Capítulo VII
El medio de que el señor de Arganza se había
valido para arrancar del corazón de su hija el amor que tan firmes raíces había
echado no era, a la verdad, el más a propósito. Aquella alma pura y generosa,
pero altiva, mal podía regirse con el freno del temor, ni del castigo. Tal vez
la templanza y la dulzura hubieran recabado de ella cuanto la ambición de su
padre podía apetecer, porque la idea del sacrificio suele ser instintiva en
semejantes caracteres, y con más gusto la acogen a medida que se presenta con
más atavíos de dolor y de grandeza, pero doña Beatriz, que según la exacta
comparación del abad de Carracedo, se asemejaba a las aguas quietas y
trasparentes del lago azul y sosegado de Carucedo, fácilmente se embravecía
cuando la azotaba su superficie el viento de la injusticia y dureza. La idea
sola de pertenecer a un tan mal caballero como el conde Lemus, y de ser el
juguete de una villana intriga, la humillaba en términos de arrojarse a
cualquier violento extremo por apartar de sí semejante mengua.
Por otra parte, la soledad, la
ausencia y la contrariedad, que bastan para apagar inclinaciones pasajeras, o
culpables afectos, sólo sirven de alimento y vida a las pasiones profundas y
verdaderas. Un amor inocente y puro acrisola el alma que le recibe, y por su
abnegación insensiblemente llega a eslabonarse con aquellos sublimes
sentimientos religiosos, que en su esencia no son sino amor limpio del polvo y
fragilidades de la tierra. Si por casualidad viene la persecución a adornarle
con la aureola del martirio, entonces el dolor mismo lo graba profundamente en
el pecho, y aquella idea querida llega a ser inseparable de todos los
pensamientos, a la manera que una madre suele mostrar predilección decidida al
hijo doliente y enfermo que no la dejó ni un instante de reposo.
Esto era cabalmente lo que sucedía con doña
Beatriz. En el silencio que la rodeaba se alzaba más alta y sonora la voz de su
corazón, y cuando su pensamiento volaba al que tiene en su mano la voluntad de
todos y escudriña con su vista lo más oscuro de la conciencia, sus labios
murmuraban sin saber aquel nombre querido. Tal vez pensaba que sus oraciones se encontraban con las suyas en el cielo,
mientras sus corazones volaban uno en busca de otro en esta tierra de
desventuras, y entonces su imaginación se exaltaba hasta mirar sus lágrimas y
tribulaciones como otras tantas coronas que la adornarían a los ojos de su
amado. Su tía, que también había amado y visto
deshojarse en flor sus esperanzas bajo la mano de la muerte, respetaba los
sentimientos de su sobrina y procuraba hacerle llevadero su cautiverio, dándole
la posible libertad y tratándola con el más extremado cariño, porque su femenil
agudeza le daba a entender claramente que sólo este proceder podía emplearse
con aquella naturaleza, a un tiempo de león y, de paloma. La prudente señora
quería dejar obrar la lenta medicina del tiempo antes de arriesgar ninguna otra
tentativa. El día que doña Beatriz había señalado
a don Álvaro en su carta estaba elegido con gran discreción, porque en él se
celebraban después de las vísperas los funerales de los regios patrones de
aquella santa casa, que comúnmente solían atraer numeroso concurso, a causa de
la limosna que se repartía, y de ordinario duraban hasta de noche. Fácil le
fue, por lo tanto, al caballero deslizarse a favor de un disfraz de aldeano por
entre el gentío y meterse en un confesonario, donde se escondió como pudo,
mientras los paisanos del pueblo oían el sermón con la mayor atención. En las
iglesias de aquel país había, y hay aún en algunas, confesonarios cerrados por
delante, con unas puertas de celosía, y más de una vez han sucedido
ocultaciones semejantes a la de nuestro caballero. Por fin, después de acabados
los oficios, la iglesia se fue desocupando, las monjas rezaron sus últimas
oraciones, el sacristán apagó las luces y salió de la iglesia cerrando las
puertas con sus enormes llaves. Quedóse el templo
en un silencio sepulcral y alumbrado por una sola lámpara, cuya llama débil y
oscilante más que aclaraba los objetos, los confundía. Algunas cabezas de animales y hombres que
adornaban los capiteles de las columnas lombardas parecían hacer extraños
gestos y visajes, y las figuras doradas de los santos de los altares, en cuyos
ojos reflejaban los rayos vagos y trémulos de aquella luz mortuoria, parecían
lanzar centelleantes miradas sobre el atrevido que traía a la mansión de la
religión y de la paz otros cuidados que los del cielo. El coro estaba oscuro y
tenebroso, y el ruido del viento entre los árboles, y el murmullo de los
arroyos que venían de fuera, junto con algún chillido de las aves nocturnas,
tenían un eco particular y temeroso debajo de aquellas bóvedas augustas.
Don Álvaro no era superior a su siglo, y en
cualquiera otra ocasión, semejantes circunstancias no hubiesen dejado de hacer
impresión profunda en su ánimo; pero los peligros reales que le cercaban si era
descubierto, el riesgo que corría en igual caso doña Beatriz, el deseo de
aclarar el enigma oscuro de su suerte, y sobre todo la esperanza de oír aquella
voz tan dulce, se sobreponían a toda clase de temores imaginarios. Oyó por fin
la campana interior del claustro, que tocaba a recogerse, luego voces lejanas
como de gentes que se despedían, pasos por aquí y acullá, abrir y cerrar
puertas, hasta que al último todo quedó en un silencio tan profundo como el que
le envolvía. Salió entonces del confesonario y se
acercó a la reja del coro bajo, aplicando el oído con indecible ansiedad y
engañándose a cada instante creyendo percibir el leve sonido de los pasos y el
crujido de los vestidos de doña Beatriz. Por fin, una forma blanca y ligera
apareció en el fondo oscuro del coro, y adelantándose rápida y silenciosamente
presentó a los ojos de don Álvaro, ya un poco habituados a las tinieblas, los
contornos puros y airosos de la hija de Ossorio. Más
fácil le fue a ella distinguirle, porque el bulto de su cuerpo se dibujaba
claramente en medio de los rayos desmayados de la lámpara que por detrás le
herían. Adelantóse, pues, hasta llegar a la verja, con el dedo en los
labios como una estatua del silencio que hubiese cobrado vida de repente, y
volviendo la cabeza, como para dirigir una postrera mirada al coro, preguntó
con voz trémula: -¿Sois vos don Álvaro?
-¿Y quién sino yo -respondió él- vendría a
buscar vuestra mirada en medio del silencio de los sepulcros? Me han dicho que
habéis sufrido mucho con la separación de vuestra madre, y aunque en esta
oscuridad no distingo bien vuestro semblante, me parece ver en él la huella del
insomnio y de las lágrimas. ¿No se ha resentido vuestra salud?
-No, a Dios gracias -respondió
ella casi con alegría-, porque como penaba por vos, el cielo me ha dado
fuerzas. No sé si el llanto habrá enturbiado mis ojos, ni si el pesar habrá
robado el color de mis mejillas, pero mi corazón siempre es el mismo. Pero somos
unos locos -añadió como recobrándose- en gastar así estos pocos momentos que la
suerte nos concede, y que sin gran peligro nuestro tal vez no volverán en mucho
tiempo. ¿Qué imagináis, don Álvaro, de haberos yo llamado de esta suerte?
-He imaginado -respondió él- que leíais en mi
alma, que con vuestra piedad divina os compadezcíais de mí.
-¿Y no habéis meditado algún proyecto temerario y
violento? ¿No habéis pensado en romper mis cadenas con vuestras manos
atropellando por todo? Don Álvaro no respondió y
doña Beatriz continuó con un tono que se parecía al de la reconvención:
-Ya veis que vuestro corazón no os engañaba y que
yo leía en él como en un libro abierto, pero sabed que no basta que me améis,
sino que me creáis y aguardéis noblemente. No quiero que os volváis contra el
cielo, cuya autoridad ejerce mi padre, porque ya os dije que yo jamás mancharía
mi nombre con una desobediencia. -¡Oh, Beatriz!
-contestó don Álvaro con precipitación-, no me condenéis sin oírme. Vos no
sabéis lo que es vivir desterrado de vuestra presencia; vos no sabéis, sobre
todo, cómo despedaza mis entrañas la idea de vuestros pesares, que yo,
miserable de mí, he causado sin tener fuerzas para ponerles fin. Cuando os veía
dichosa en vuestra casa, de todos acatada y querida, el mundo entero no me
parecía sino una fiesta sin término, una alegre romería a donde todos iban a
rendir gracias a Dios por el bien que su mano les vertía. Cuando los pájaros
cantaban por la tarde, sólo de vos me hablaban con su música, la voz del
torrente me deleitaba porque vuestra voz era la que escuchaba en ella; y la
soledad misma parecía recogerse en religioso silencio sólo para escuchar de mis
labios vuestro nombre. Pero ahora la naturaleza entera se ha oscurecido, las
gentes pasan junto a mí silenciosas y tristes, en mis ensueños os veo pasar por
un claustro tenebroso con el semblante descompuesto y lleno de lágrimas, y el
cabello tendido, y el eco de la soledad que antes me repetía vuestro nombre
sólo me devuelve ahora mis gemidos. ¿Qué queréis?, La desesperación me ha hecho acordar entonces de que era
noble, de que penabais por mí, de que tenía una espada y de que con ella
cortaría vuestras ligaduras. -Gracias, don Álvaro
-respondió ella enternecida-, veo que me amáis demasiado, pero es preciso que
me juréis aquí delante de Dios, que a nada os arrojaréis sin consentimiento
mío. Sois capaz de sacrificarme hasta vuestra fama, pero ya os lo he
dicho, yo no desobedeceré a mi padre. -No puedo
jurároslo, señora -respondió el caballero-, porque ya lo estáis viendo; la
persecución y la violencia han empezado por otra parte y tal vez sólo las armas
podrán salvaros. Mirad que os pueden arrastrar al pie del altar y allí
arrancaros vuestro consentimiento. -No creáis a
mi padre capaz de tamaña villanía. -Vuestro padre
-replicó don Álvaro con cólera- tiene empeñada su palabra, según dice, y además
cree honraros a vos y a su casa. -Entonces yo
solicitaré una entrevista con el conde y le descubriré mi pecho y cederá.
-¿Quién, él?, ¿ceder él?-contestó don Álvaro
fuera de sí y con una voz que retumbó en la iglesia-, ¡ceder cuando justamente
en vos estriban todos sus planes! ¡Por vida de mi padre, señora, que sin duda
estáis loca! La doncella se sobrepuso al susto
que aquella voz le había causado, y le dijo con dulzura, pero con resolución.
-En ese caso yo os avisaré, pero hasta entonces
juradme lo que os he pedido. Ya
sabéis que nunca, nunca seré suya. -¡Doña
Beatriz! -exclamó de repente una voz detrás de ella.
-Jesús mil veces -exclamó acercándose
involuntariamente a la reja mientras don Álvaro maquinalmente echaba mano a su
puñal-. Ah, ¿eres tú, Martina? -añadió reconociendo a su fiel criada que había
quedado de acecho, pero de la cual se había olvidado por entero.
-Sí, señora -respondió la muchacha-, y venía a
deciros que las monjas comenzarán a levantarse muy, pronto, porque ya está
amaneciendo. -Preciso será, pues, que nos
separemos -dijo doña Beatriz con un suspiro-; pero nos separaremos para
siempre, si no me juráis por vuestro honor lo que os he pedido.
-Por mi honor lo juro -respondió don Álvaro.
-Id,
pues, con Dios, noble caballero, yo recurriré a vos si fuere menester, y estad
seguro de que nunca maldeciréis la hora en que os confiasteis a mí.
Ama y criada se apartaron entonces con
precipitación, y don Álvaro, después de haberlas seguido con los ojos, se
escondió de nuevo. Al poco rato las campanas del monasterio tocaron a la
oración matutina con regocijados sonidos, y el sacristán abrió las puertas de
la iglesia dirigiéndose a la sacristía, de manera que don Álvaro pudo salir sin
ser visto. Encaminóse luego precipitadamente al monte, donde Millán había
pasado la noche con los caballos, y montando en ellos, por sendas y veredas
excusadas llegaron prontamente a Bembibre.
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