Capítulo XXV
La posición militar de los templarios en el
Bierzo, según ya dejamos dicho en otro lugar, no podía ser más aventajada. Por
el lado de Castilla nada tenían que temer, porque las encomiendas y fortalezas
que allí poseían darían demasiado que hacer a las huestes del rey, y en el país
los vasallos de don Álvaro, que por su profesión habían pasado al poder del
Temple, eran contrapeso sobrado a las fuerzas del abad de Carracedo y del señor
de Arganza. Las suyas propias eran más que bastantes para conservar la posesión
de la tierra y cerrar ambas entradas de Galicia con los fuertes de Cornatel y
del Valcárcel.
Sin embargo, las gentes que de
toda Galicia juntaba el conde de Lemus en Monforte iban componiendo ya una
hueste poderosa formada en su mayor parte de montañeses ágiles, robustos y
alentados, acostumbrados a los ejercicios de la caza diestrísimos ballesteros
en general. El conde era además capitán muy hábil, y aunque odiado en el país,
su liberalidad y desprendimiento siempre que la ocasión lo requería, le
granjeaban la voluntad de la gente de guerra. Su astucia, además, había sabido
aprovecharse de la crédula superstición de los montañeses, pintando a los
templarios con los más negros colores, y atizando más y más aquel horror
secreto con que miraban las artes diabólicas y maravillosas y los ritos impíos
a que suponían entregados a los caballeros de la orden. Con semejantes voces y
estímulos no parecía sino que iban a emprender una cruzada contra infieles,
según el tropel de soldados que corrían a ponerse debajo de sus banderas,
deseosos algunos de servir al rey, codiciosos otros de botín y ganancias, y todos
aguijados del deseo de poner pronto fin a un mal que tan grande les pintaban.
Juntó, por fin, un tercio y comenzaron a moverse por la encañada del Sil, como
una nube amenazadora que iba a descargar sobre Cornatel, acaudillados por el
conde en persona. Este era el peligro de más
bulto a que había que acudir; así el comendador Saldaña, que para servir de
padrino a don Álvaro se había quedado durante algunos días en Ponferrada,
volvió prontamente a su antigua alcaidía. Don Álvaro solicitó licencia de su
tío para acompañarle y la consiguió al punto, con lo cual nada quedó que desear
al anciano caballero, más poseído que nunca de sus extraños pensamientos de
gloria y de conquista. La idea de ser el primero en pelear por el honor de su
cuerpo y tener por contrario el enemigo más encarnizado que contaba en
Castilla, le envanecía y alegraba extraordinariamente, porque si en los motivos
se diferenciaba algo, no era menor ni menos profundo que el de don Álvaro el
rencor que abrigaba contra el conde. La afición que había cobrado a su ahijado,
violenta como todos sus afectos, había avivado esta hoguera con todos los
pesares que la perfidia del rico-hombre gallego había derramado sobre aquel
alma generosa y llena de bondad, y el deseo de llenarla con las emociones de la
gloria y de asentar su fama sobre la ruina del enemigo comunicaba energía nueva
a todos sus movimientos y disposiciones, y al parecer le quitaba de delante de
los ojos las hondas heridas que su causa recibía en lo restante de Europa.
Pronto se sintió su presencia en el castillo, pues tanto su brazo como su
ingenio infundían por todas partes el valor y la confianza, y sus antiguos
compañeros y soldados le acogieron con extraordinaria alegría. Desde aquella
enriscada altura extendió su mirada tranquila y satisfecha por los precipicios
que la rodeaban, por el lago de Carucedo, entonces crecido con las aguas y
corrientes del invierno y por las llanuras del Bierzo que desde allí se
descubrían, y tendiendo la mano a don Álvaro y apretándosela fuertemente, le dijo
con los ojos alzados al cielo y con acento religioso y recogido: Dominus
mihi custos et ego disperdam inimicos meos.
Don Álvaro sólo le respondió apretándole también
la mano fuertemente y poniéndola enseguida sobre su corazón con un gesto
vehemente y expresivo. El comendador recorrió enseguida el castillo con el
mayor cuidado, examinando muy prolijamente sus murallas, y convenciéndose de su
buen estado, se recogió a su cámara sosegado y confiado en sus gentes y en sus
medios de defensa. Verdaderamente él es tal aun ahora, que sus obras avanzadas
han desaparecido y está cegado el foso de todo punto, que no es de extrañar la
confianza de su alcaide en aquella época.
Cualquiera que ella fuese, los enemigos tardaron
poco en llenar aquellos contornos con el ruido de sus armas. A los dos o tres
días los puestos de soldados de la guarnición, que llegaban hasta las Médulas,
se fueron retirando sucesivamente y dejaron al conde dueño del campo con sus
bandas, no muy veteranas ni disciplinadas, pero en cambio pintorescas y
vistosas en sumo grado. Sus lanzas y hombres de armas venían equipados con
cierta regularidad, y aun sus caballos traían las defensas de costumbre, pero
los peones variaban extraordinariamente. Los gallegos de Valdeorras y de otros
valles y pueblos que componen la mayor parte de la provincia de Orense venían
armados de cueras de pellejo de buey bien adobadas, y traían además en la
cabeza unas monteras que casi por entero la cubrían. Las piernas las traían
hasta las rodillas con unos greguescos muy anchos de lienzo blanco y lo demás
desnudo menos el pie, que cubría un enorme zueco de becerro y de madera. Las
armas en unos eran picas y en los otros unas porras de gran peso y guarnecidas
de puntas de hierro, cuyo golpe debía de ser fatal en aquellos brazos robustos
y fornidos. Todos ellos se distinguían por su corpulencia, por su fuerza y por
la pesadez de sus movimientos. Los de las
montañas de la Cabrera traían todos gorros de pieles de cordero, coleto muy largo
de piel de rebezo destazada y de color rojizo, calzones ajustados de paño
oscuro y unas pellejas rodeadas a las pantorrillas y sujetas con las ligaduras
y correas de la abarca. La traza de estos serranos era viva, ágil y suelta: su
cuerpo enjuto, su fisonomía atezada y seca, porque su vida dura de cazadores y
pastores les sujetaba a todas las asperezas e inclemencia de su clima; y las
armas que usaban eran un gran cuchillo de monte a la cinta y su ballesta, en la
cual eran muy certeros y temibles. Pudiérase decir de los unos que componían la
infantería de línea de aquel pequeño ejército, y de los otros que eran los
flanqueadores y tropas ligeras a quienes por lo fragoso del país debería caber
la mayor gloria y peligro de la demanda, que no dejaba de ofrecerlo grave.
Toda esta gente acampó a la falda del antiguo
monte Meduleum, tan celebrado por su extraordinaria abundancia de
criaderos de oro durante la dominación romana en la Península Ibérica. Esta
montaña, horadada y minada por mil partes, ofrece un aspecto peregrino y fantástico
por los profundos desgarrones y barrancos de barro encarnado que se han ido
formando con el sucesivo hundimiento de las galerías subterráneas y la acción
de las aguas invernizas y que la cruzan en direcciones inciertas y tortuosas.
Está vestida de castaños bravos y matas de roble, y coronada aquí y allá de
picachos rojizos de un tono bastante crudo, que dice muy bien con lo
extravagante y caprichoso de sus figuras. Su extraordinaria elevación y los
infinitos montones de cantos negruzcos y musgosos que se extienden a su pie,
residuo de las inmensas excavaciones romanas, acaba de revestir aquel paisaje
de un aire particular de grandeza y extrañeza que causa en el ánimo una emoción
misteriosa. De las galerías se conservan enteros muchos trozos que asoman sus
botas negras en la mitad de aquellos inaccesibles derrumbaderos y dan a la
última pincelada a aquel cuadro en que la magnificencia de la naturaleza y el
poder de los siglos campean sobre las ruinas de la codicia humana y sobre la
vanidad de sus recuerdos. Al pie de la montaña está fundada la aldea de las Médulas,
poco considerable en el día, pero que en la época de que hablamos era mucho más
pobre y ruin todavía. Aquí asentó el conde sus reales rodeado del trozo más
florido y mejor armado de su gente, y la que no pudo ampararse de las pocas
chozas que allí había se repartió por las minas y cuevas para buscar un abrigo
contra la intemperie de la estación. La caballería se ladeó hacia la izquierda
y se extendió por las orillas del lago de Carucedo que le brindaban abundosos
pastos y forrajes. De esta suerte repartidos, púsose el sol turbio y triste de
diciembre, y estableciendo sus guardias y precaviéndose como lo pedía la
vecindad de un enemigo audaz y temible, aguardaron alrededor de sus hogueras la
venida del nuevo día. Amaneció éste, y al punto
los clarines, gaitas y tamboriles saludaron sus primeros resplandores. Los
relinchos de los caballos a la orilla del lago, los ecos de los groseros
instrumentos, las voces de mando y los romances guerreros de aquellas alegres
animadas tropas resonaban con extraordinario ruido entre aquellas breñas y
precipicios, y los corzos y jabalíes huían asustados por las laderas con
terribles saltos y bufidos. Semejante estruendo y algarabía formaba raro
contraste con el reposo y silencio del castillo, cuyos caballeros, inmóviles
como estatuas, reflejaban en sus bruñidas armaduras los tempranos rayos del
sol. El ronco murmullo que se oyó entre ellos fue el de los salmos y oraciones
matutinas que entonaron a media voz, de rodillas, con la cabeza descubierta,
las lanzas y espadas inclinadas al suelo, y el rostro vuelto hacia el oriente.
Concluido este acto religioso, tornaron a su silencio y recogimiento ordinario,
aguardando en actitud briosa la llegada del enemigo, que de momento a momento
se acercaba, a juzgar por la distinción y claridad con que se oían sus
instrumentos músicos. Don Álvaro pidió licencia para batir y registrar el
campo, pero el comendador no se la otorgó, resuelto, a pesar de su ardimiento y
cólera, a no romper el primero las hostilidades, conforme a lo acordado entre
los templarios españoles, y temeroso, por otra parte, de que don Álvaro, sin
escuchar más voz que la de su resentimiento, no se empeñase temerariamente.
Otro caballero de más edad salió a la descubierta, y después de reconocer bien
al enemigo y haber escaramuzado ligeramente con sus corredores, se volvió a dar
cuenta a Saldaña de su expedición. Mientras tanto
las cejas de los montes vecinos se fueron coronando de montañeses que no
cesaban en sus rústicas tonadas. Los gallegos se extendieron por la ladera más
suave que se extiende hacia Bermés; y la caballería, a quien por la naturaleza
del terreno y la clase del ataque no podía caberle gran parte de peligro ni
gloria, se estacionó en la reducida llanura que corona la cuesta de Río
Ferreiros, ocupando el camino único de Cornatel y cortando toda comunicación
con Ponferrada. El conde apareció poco después, seguido de los hidalgos de su
casa, montado en un soberbio caballo castaño de guerra, con riendas y arreos de
seda azul cuajados de plata, que el fogoso animal salpicaba de espuma a cada
movimiento de cabeza. La armadura era del mismo color y adornos con una banda
encarnada que la atravesaba, y el casco dorado remataba con hermoso penacho de
plumas bancas y tendidas que se movían al leve soplo del viento. Venía, en
suma, gallardamente ataviado en medio de su lúcido cortejo, y su hueste entera
le saludó con vivas y aclamaciones y con las sonatas más expresivas que
melodiosas de sus gaitas y tamboriles. Saludó él también graciosamente con su
espada, volviéndose hacia todas partes, y enseguida se puso a reconocer la
posición con aquel ojo militar y certero que en muchas guerras le había
granjeado fama de diestro y experimentado caudillo. Bajó paso a paso la cuesta
de Río Ferreiros, cruzó el riachuelo, entonces hinchado por las lluvias, y
presto se convenció de que por aquella parte el castillo era inexpugnable,
porque la naturaleza se había empeñado en fortificarle con horrorosos
precipicios. Para mayor seguridad, sin embargo, situó un destacamento de
caballería en el vecino pueblo de Santalla, con lo cual aseguraba de todo punto
el camino de Ponferrada. Subió enseguida de nuevo el recuesto, entonces decidió
hacer su embestida por el lado de poniente y mediodía, donde la fortaleza
presenta dos frentes regulares, pero defendidos entonces cuidadosamente con una
fortísima muralla y un foso muy hondo. Por
respeto a los usos de la guerra, envió antes de comenzar el ataque un pliego a
los sitiados comunicándoles las órdenes que tenía del rey e intimándoles la
rendición con amenazas y arrogancias empleadas adrede para exacerbarlos y
empeorar su causa con la resistencia. Saldaña contestó, según era de esperar,
que ninguna autoridad reconocía en el monarca de Castilla, como miembros que
eran de una orden religiosa sólo dependiente del Papa; que de las órdenes de Su
Santidad sólo obedecían la que les mandaba comparecer en juicio, pero no la que
les desposeía de sus bienes y medios de defensa antes de juzgarlos, pues claro
estaba que la había arrancado la violencia del rey de Francia y finalmente, que
no habiéndose purgado el conde de la ruindad de Tordehumos, cometida en la
persona de don Álvaro Yáñez, le advertía que no tratarían con él de igual a
igual, y que a cuantos mensajeros enviase los recibiría como a espías de un
capitán de bandoleros, y los ahorcaría de la almena más alta. Aunque el conde
se esperaba semejante respuesta, los términos de menosprecio y denuesto en que
estaba concebida le hicieron rechinar los dientes de ira y le robaron el color
de la cara. Lo peor del caso era que su conciencia le repetía punto por punto
las injurias del comendador, y que con enemigo tan implacable y fiero no valían
desdenes ni altanerías. Comoquiera, pasado el primer
impulso, volvieron sus ordinarias y habituales disposiciones a su natural
corriente, y por último, se alegró ferozmente de aquel desafío a muerte, en que
la superioridad numérica de sus tropas y el apoyo del rey del pontífice y de
toda la cristiandad parecían prometerle que llevaría lo mejor. Había recibido
con siniestra alegría la nueva de la profesión de don Álvaro, porque de esta
suerte él mismo se prendía en las redes que acabarían por perderle. Así, pues,
gozoso de contar como por suyos a dos tan aborrecidos enemigos, se apresuró a
trazar aquel mismo día las trincheras y señalar los puestos y cuerpos de
guardia con gran tino y habilidad, para apretar aquel baluarte en que tan
grandes esperanzas tenía puestas la orden. En realidad, para cercar un castillo
por su misma situación aislado, pocas fuerzas eran necesarias; para apoderarse
de él era para lo que ocurrían inmensas dificultades.
Los gallegos comenzaron al punto a abrir las
trincheras, y los montañeses de Cabrera, bajando de las crestas de la montaña
que cae al mediodía del castillo, y amparándose de los matorrales y peñascos,
protegían sus trabajos con una nube de flechas dirigidas con gran puntería.
Acaudillábalos un hidalgo de aquel país, llamado Cosme Andrade, arquero y
ballestero muy afamado, y la distribución y colocación que les dio fue muy
atinada, pues apenas asomaba un sitiado le alcanzaba al punto una flecha. De
ellos, algunos peor armados, cayeron pasados en claro y otros malheridos, pero
los caballeros, con sus armaduras damasquinas, de finísima forja, nada tenían
que temer de aquellas armas lanzadas a cierta distancia, y sobre todo mal
templadas para atravesar sus petos y espaldares. En cambio, los ballesteros del
castillo, cuando alguno de los enemigos se descubría, al punto lo convertían en
blanco, y como no siempre los matorrales y retamas los escondían del todo, y
por otra parte sus enormes coletos de destazado no los reguardaban bien, venía
a resultar, como era natural, que recibían más daño. De todas maneras sus
disparos incomodaban extraordinariamente a los del castillo, y a su sombra
seguían las obras del cerco. Todo aquel día
corrió de este modo, sin que los caballeros hiciesen salidas ni ningún género
de demostración hostil, y entrambos bandos pasaron la noche en sus respectivos
puestos. Cornatel, envuelto en el silencio y las tinieblas, formaba vivo
contraste con el campo del de Lemus, resplandeciente, con un sinnúmero de
hogueras en que asaban cuartos de vaca y trozos de venado como en los tiempos
de Homero, y poblado de un murmullo semejante al de una inmensa colmena. El
conde descansó poco en toda aquella noche y continuamente se le veía pasar de
un corro a otro, como animando y prometiendo recompensas a sus gentes.
Brillaban sus armas a la luz de las hogueras, y su penacho blanco se revestía
de un color rojizo mientras, agitado por un viento recio que se había
levantado, flotaba semejante a un fuego fatuo en la cimera de su yelmo. Por lo
demás, tantas lumbres encendidas por la ladera del monte arriba y cuyas llamas,
ora vivas y resplandecientes, ora turbias y oscuras según la humedad o sequedad
del combustible, oscilaban a merced del viento con mil formas caprichosas,
llenando el aire con los fantásticos festones del humo que desprendían,
formaban un espectáculo sumamente vistoso y sorprendente. La principal ardía
delante de la tienda del conde, sobre la cual estaba enarbolada la bandera de
los Castros, que también azotaban las ráfagas nocturnas, silbando por entre las
rocas y árboles. Una porción de mujeres que habían seguido a sus padres,
maridos, amantes o hermanos a aquella expedición, vestidas las unas con una
saya blanca, un dengue encarnado al pecho y un pañuelo blanco a la cabeza o con
rodados oscuros, dengues y jubones del mismo color y un tocado de pieles negras,
según eran de Galicia o de Cabrera, y una gran parte de ellas jóvenes y
agraciadas, acababan de completar aquel cuadro bullendo y agitándose por todas
partes. A cierta hora, sin embargo, cesó todo movimiento, si no es el de los
centinelas que se paseaban cerca del fuego, y un ruido acompasado como de
martillazos con que algo se clavaba. Saldaña, que
con su vista de águila había seguido todo aquel día los pasos del enemigo,
adivinando sus intenciones como si fuesen las suyas propias, estaba entonces en
uno de los más altos torreones del castillo acompañado del señor de Bembibre,
no menos ocupado que él en observarlo todo atentamente.
-Don Álvaro -dijo por fin con mal disimulado
regocijo-, mañana vienen. -Ya lo sé -respondió el
joven-; oíd cómo clavan o las escalas o el puente de vigas con que piensan
suplir el levadizo para atacar la puerta cuando nos hayan ganado la barbacana.
-¡Pobres montañeses! -repuso Saldaña, con una
sonrisa y un acento en que se notaba tanto menosprecio como lástima-; piensan
que nos van a cazar como a los osos y jabalíes de sus montes, y sin duda
despertarán muy tarde de su sueño. -¿Me
perdonaréis si os pregunto lo que pensáis hacer? -le preguntó el mancebo
respetuosamente. -No todo os diré ahora -contestó
el comendador-, sólo sí que a vos reservo la parte más honrosa y brillante de
la jornada. Antes de romper el día bajaréis con todos los caballos que hay en
el castillo por la escalera secreta que ya sabéis y va a dar a la orilla misma
de ese riachuelo, y siguiendo su orilla tomaréis la vuelta a la caballería del
conde que creyéndonos de todo punto aislados, sin duda estará desprevenida y la
desbarataréis; pero para esto preciso será que aguardéis emboscado en el monte
hasta que la campana del castillo os dé la señal tañendo a rebato.
-Pero, señor -repuso don Álvaro-, ¿y podrán bajar
los caballos por aquella escalera de piedra tan larga y pendiente?
-Todo está previsto -respondió el anciano-, la
escalera está llena de tierra para que no resbalen. Además, ya sabéis que los
caballos del Temple son de las mejores castas de la Siria y de Andalucía, aquí
y en toda Europa, y nuestros esclavos infieles los enseñan y acostumbran a
todo. -¿Y habéis tenido en cuenta -insistió don
Álvaro- el cuerpo avanzado que tienen en Santalla?
-Eso es lo que los pierde cabalmente -replicó el
comendador-; porque como sólo atienden al camino de Ponferrada, podéis pasar
por medio de entrambos y cogerlos de improviso. ¡Ah!, don Álvaro -añadió
tristemente-, yo he peleado con los árabes y mamelucos, ¿y queréis que no se me
alcance algo de estratagemas y ardides? -Sí, sí,
ya veo que todo lo tenéis previsto; pero ¿Y querrán los caballeros más antiguos
que yo pelear bajo mi mando? -Todos os estiman y
respetan por vuestra alcurnia, carácter y valor -contestó Saldaña-, y todos os
obedecerán gustosos; pero ¿qué tenéis, que no habéis hecho sino ponerme reparos
y dificultades en lugar de agradecerme la preferencia que os doy?
Don Álvaro permaneció callado y como indeciso
unos breves instantes, al cabo de los cuales volvió a preguntar a Saldaña:
-¿Y pensáis que el conde esté mañana con sus
lanzas? -No, por cierto -contestó él-, porque ya
sabéis que nuestro enemigo no abandona los sitios del riesgo. Nuestro odio
mismo nos obliga a hacerle justicia. -Pues
entonces -repuso don Álvaro-, más os agradeciera que me dejarais en la
barbacana del castillo. Saldaña levantó entonces
la cabeza y le dirigió una terrible mirada que don Álvaro no vio por la
oscuridad de la noche, pero su ademán le hizo bajar los ojos.
-Don Álvaro -le dijo el anciano con severidad-,
hace muchos años que a ningún mortal se ha acercado mi corazón tanto como a
vos; por lo mismo, no os advertiré que vuestro único deber es la obediencia;
pero no dejaré de deciros que el desprendimiento personal es lo que más ensalza
al hombre. Para esta empresa os necesito, id y cumplidla, y prescindid por hoy
de vuestro odio por más legítimo que sea, y esperad a mañana, que tal vez la
suerte lo ponga en vuestras manos. De todos modos, si me lo entrega a mi
albedrío, tal vez le irá peor. Don Álvaro, un
tanto avergonzado de haber querido anteponer el interés de su venganza a la
gloria de aquella milicia que con tanto amor le había recibido en sus filas,
dio sus disculpas al comendador, que las recibió con su señalada benevolencia y
se dispuso a su empresa que no dejaba de ofrecer riesgos. El comendador se
separó de él para dar las últimas órdenes y acabar los preparativos, ya de
antemano dispuestos, con que pensaba recibir a los sitiadores en el asalto del
día siguiente.
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