Capítulo XXXI
Las muchas seguridades que doña Beatriz
recibió del abad y de su buen padre, acerca de la suerte que aguardaba a los
templarios españoles, no fueron poderosas a calmar los recelos y zozobras que
se agolpaban en su ánimo; ¡tan hondas raíces había echado en su corazón el
pesar y tan negra tinta derramaba su imaginación aun sobre los objetos más
risueños! Si había de juzgar de las disposiciones de los obispos por las que
durante mucho tiempo había abrigado el prelado de Carracedo no tenía, a la
verdad, gran motivo para tranquilizarse, y por otra parte, el embravecimiento
de la opinión contra los templarios había llegado a tal punto que todo podía
temerse con razón. Añádase a esto que su enfermedad teñía habitualmente de un
color opaco aun los más brillantes objetos, y fácil será de presumir los muchos
y turbios celajes que empañaban aquel rápido vislumbre de felicidad que el abad
le había mostrado. No desconocía, por otra parte, que don Álvaro era un objeto
de enemistad especial para el infante don Juan, desde los sucesos de
Tordehumos, y su discreción natural le daba a entender que en medio de la
inquietud que inspiraban los templarios, aun después de su caída, no dejaría de
haber dificultades para restituir su libertad, su poder y sus bienes a quien
tan decidido apoyo les había prestado hasta el punto de aceptar sus votos y
compromisos.
Contra tan sólidas razones
poco valían todos los argumentos de su padre y de su tía, de manera que la
misma esperanza venía a ser para ella una luz sin cesar combatida por el
viento, y que esparcía alrededor sombras y dudas antes que seguridad y
resplandores. El incesante anhelar y zozobra que tan poderosamente habían
contribuido a la ruina de su salud continuaron, por lo tanto, minándola a gran
prisa, y como en la postración de su cuerpo toda clase de emociones venían a
ser por igual dañosas, cada día sus fuerzas se disminuían y se aumentaba el
cuidado de los que andaban a su alrededor. Don Alonso, que achacaba a sus
pesares y desvelos los estragos que se veían en su rostro, comenzó a
inquietarse seriamente cuando llegó a advertir que aquella dolencia, derivada
sin duda del alma en un principio, existía ya de por sí y como cosa aparte. Al
cariño de padre, al aguijón del remordimiento vinieron a mezclarse entonces los
temores del caballero que temblaba por la suerte y el porvenir de su linaje
depositados en tan frágil vaso, cabalmente cuando el destino parecía que iba a
convertir en bronce su vidrio delicado.
Posesionado ya de los castillos del Bierzo y
sosegados todos los rumores de guerra, pensó en sacar a doña Beatriz del monasterio
y en restituirse con ella a su casa de Arganza. Poco se alegró la joven con la
resolución de su padre, porque mientras su suerte se fallaba, ningún lugar
había más acomodado a la solemnidad religiosa de sus pensamientos y a la
tranquilidad que tanto había menester su espíritu que el retiro de Villabuena.
Los recuerdos de la infancia y adolescencia tan dulces de suyo al corazón, más
de una vez se acibaran con las imágenes que los acompañan, y entonces su
consuelo y blandura son más que dudosos. Así doña Beatriz, que en los muros de
la casa paterna había visto en brevísimo espacio de tiempo nacer y agostarse la
flor de su ventura, desaparecer su madre, perderse su libertad y aparecer
impensadamente un sol que juzgaba para siempre puesto, sólo para cegar sus ojos
y dejar un rastro de desolada luz en su memoria, temblaba volver a aquel
recinto cuando tan enigmático se presentaba todavía lo futuro. Sin embargo, el
atractivo que para su alma pura y piadosa tenían las cenizas de su madre, el
deseo de acompañar a su padre anciano y la seguridad de que los objetos
exteriores sólo podían atenuar muy levemente las ideas que como con un buril de
fuego estaban impresas en su alma, le decidieron a abandonar por segunda vez
aquella casa, de donde había salido antes para tantos pesares y sinsabores, y
de la cual entonces se apartaba sin más patrimonio que una lejana y débil
esperanza, igualmente privada de salud y de alegría. Despidióse, pues, de su
tía y de las buenas religiosas, sus amigas y compañeras, sin extremos ni
sollozos, pero profundamente conmovida y echando miradas tan vagarosas a
aquellos sitios como si hubiesen de ser las postreras. Aunque sus males y
tristezas eran como una sombra para aquellas santas mujeres, su dulzura, su
discreción, su bondad y hasta el particular atractivo de su figura, las
aficionaban extraordinariamente a su trato y compañía; así fue que, por su
parte, hicieron gran llanto en su partida. Por
fin, salió acompañada de su Martina y de sus antiguos criados. ¿Dónde estaban
los días en que sobre un ágil y revuelto palafrén corría los bosques de Arganza
y Hervededo con un azor en el puño, acechando las garzas del aire, como una
ninfa cazadora? Ahora ni aun el sosegado y cómodo paso de su hacanea podía
sufrir, y más de una vez hubo de pararse la cabalgada en el camino para
reclinarla al pie de un árbol solitario donde cobrase aliento. La agitación de
la despedida la había debilitado en gran manera, así es que llegó a Arganza más
desencajada que de ordinario y llena de fatiga. Las imágenes que aquellos
sitios le presentaron, animadas con todo el ardor de la calentura, produjeron
gran trastorno en su ánimo y aguaron el contento de aquellos pacíficos
aldeanos, para quienes su venida era como la visita de los ángeles para los
patriarcas. A la mañana siguiente quiso bajar a
la capilla donde estaba enterrada doña Blanca, y por la tarde, apoyada en
Martina y en su padre que apenas se atrevía a contrariarla, se encaminó
lentamente al nogal de la orilla del arroyo debajo de cuyas ramas se despidió
don Álvaro para siempre. Si sus lágrimas hubieran corrido en abundancia, sin
duda se hubiera descargado de un gran peso, pero el deseo de esconderlas de su
padre las cuajó en sus ojos, y el esfuerzo que hubo de hacer se convirtió, como
era natural, en daño suyo. Aquella noche la lenta calentura que la consumía se
avivó en tales términos que entró en un delirio terrible en que sin cesar
hablaba del conde, de su madre y de don Álvaro, quejándose dolorosamente de
cuando en cuando. El señor de Arganza, desolado y fuera de sí, mandó
inmediatamente por el anciano monje de Carracedo, que ya la había asistido en
Villabuena cuando su anterior enfermedad. El buen religioso vino al amanecer
con toda diligencia y encontró ya a doña Beatriz casi de todo punto sosegada,
porque en aquella complexión ya destruida no tenían gran duración los accesos
del mal. Informóse, sin embargo, de todo lo sucedido, y como don Alonso
descorriese a sus ojos hasta el último velo, le dijo:
-Noble don Alonso, fuerza será que vuestra hija
no vea durante algún tiempo estos sitios que tan dolorosas memorias renuevan en
ella. Trasladadla sin perder tiempo a la quinta que poseían los templarios
sobre el lago Carucedo, porque allí es el aire más templado y el país más
plácido y halagüeño. Pronto vendrá la primavera con sus flores y entonces se
decidirá la suerte de doña Beatriz, que de continuar aquí, no puede menos de
ser desastrada. -Pero decidme -le preguntó con
ansiedad el señor de Arganza-, ¿y vos me respondéis de su vida?
-Su vida -le contestó el religioso- está en las
manos de Dios, que nos manda confiar y esperar en Él. Sin embargo, vuestra hija
es joven todavía y por profunda raíz que haya echado el mal en ella, bien puede
suceder que un suceso feliz y precursor de una época nueva la curase harto
mejor que todos los humanos remedios. No nos descuidemos, de nuevo os lo
encargo: aprovechad el respiro que va a darnos un calmante que tomará hoy y
lleváosla al punto. En efecto, el calmante proporcionó
tan grande alivio a la enferma que don Alonso, devorado de recelos y de
inquietudes, después de acelerar todos los preparativos de viaje, partió a los
dos días con su hija. Algo mejor preparada ésta y atenta más que a su quietud y
bienestar propio al sosiego de su padre, emprendió sin repugnancia su nueva
peregrinación, despidiéndose de aquellos sitios, teatro de sus juegos
infantiles, con un mal disimulado acento, en que no podía traslucirse la
esperanza de volverlos a ver. Tal vez nadie mejor que ella podía juzgar su
estado, pues sólo a sus ojos era dado ver los estragos de su alma; pero ¿quién
podía adivinar lo que el porvenir guardaba en los pliegues oscuros de su
manto?, y por otra parte, la imagen de don Álvaro, libre de sus votos, más
rendido, más noble y más hermoso que nunca, era como un ave de buen agüero,
cuyos cantos se quedan halagando el oído por rápido que sea su vuelo.
La comitiva cruzó el Sil por la misma barca de
Villadepalos que en otros tiempo más felices debió conducirla en brazos de su
amante a un puerto de seguridad y de ventura. Fatalidad y no pequeña era
encontrar por todas partes memorias tan aciagas, pero aquel reducido país había
servido de campo a tantos sucesos que más o menos de cerca le tocaban, que bien
podía decirse que sus pensamientos y recuerdos lo poblaban y de donde quiera
salían al encuentro de sus miradas. Pasado el río
hay una cuesta muy empinada, desde la cual, a un tiempo, se divisan entrambas
orillas del Sil, todo el llano que forma su cuenca, el convento de Carracedo
con su gran mole blanca en medio de una fresquísima alfombra de prados, y los
diversos términos y accidentes de las cordilleras que por dondequiera cierran y
amojonan aquel país. Comenzaba a desprenderse la
vegetación de los grillos del invierno; el Sil un poco crecido, pero cristalino
y claro, corría majestuosamente entre los sotos todavía desnudos que adornaban
sus márgenes; el cielo estaba surcado de nubes blanquecinas en forma de bandas,
por entre las cuales se descubría un azul purísimo, y una porción de mirlos y
jilgueros revoloteando por entre los arbustos y matas anunciaban con sus trinos
y piadas la venida del buen tiempo. Del otro lado
descollaban las sierras de la Aguiana con sus crestas coronadas de nubes a la
sazón y los agudos y encendidos picachos de las Médulas remataban su cadena con
una gradación muy vistosa. Casi al pie se extendía el lago de Carucedo, rodeado
de pueblos, cuyos tejados de pizarras azules vislumbraban al sol siempre que se
descubría, y terminado por dos montes, de los cuales el que mira a mediodía
estaba cubierto de árboles, mientras el que da al norte formaba extraño
contraste por su desnudez y peladas rocas. Doña Beatriz se sentó a descansar un
rato en el alto de la cuesta, y desde allí tendía la vista por entrambas perspectivas,
levantando de vez en cuando sus ojos al cielo, como si le rogase que los
recuerdos de amargura y las pruebas de su juventud quedasen a su espalda como
la tierra de Egipto detrás de su pueblo escogido, y a orillas de aquel lago
apacible y sereno comenzase una nueva era de salud, de esperanza y de alegría
que apenas se atrevía a fingir en su imaginación. Después de descansar un rato,
subió la comitiva en sus caballos y se encaminó silenciosamente a la hermosa
quinta en que doña Beatriz debía aguardar el fallo de su vida y de su suerte.
Era éste un edificio con algunas fortificaciones
a la usanza de la época, pero sobrado primoroso para fortaleza, porque todos
los frágiles adornos y labores del gusto árabe se juntaban en sus afiligranadas
puertas y ventanas y en los capiteles que coronaban sus almenas. Habíanla
labrado los templarios en tiempos de su mayor esplendor, y para su asiento
escogieron una colina poco elevada y de suavísimo declive que está debajo del
pueblo del Lago y domina la líquida llanura en cuyos cristales moja sus
pies. Forma el lago junto a ella un lindo seno, y allí se abrigaban algunos
esquifes ligeros en que los caballeros acostumbraban a solazarse con la pesca
de las anguilas, de que hay gran abundancia, y cazando con ballesta algunas de
las infinitas aves acuáticas que surcan la resplandeciente superficie. Como las
áridas cuestas del monte del norte, que los naturales apellidan de los Caballos,
hacían espaldas a la quinta, resultaba que de aquel paisaje agraciado y lleno
de suavidad únicamente se ocultaban los términos áridos y yermos. Lo restante
era, y es todavía, un panorama de variedad y amenidad grandísima que, repelido
por el espejo del lago, figura a veces, cuando lo agita blandamente la brisa,
un mar confuso de rocas, árboles, viñedos y colinas sin cesar divididos y
juntados por una mano invisible. Tiene el lago más de una ensenada, y la que se
prolonga entre oriente y norte, perdida entre las sinuosidades de un valle,
parece dilatar su extensión, y los juncos y espadañas que la pueblan sirven de
abrigo a infinitas gallinetas de agua y lavancos de cuello tornasolado. No
lejos de esta ensenada está el pueblo de Carucedo, sentado en una fresca
encañada y a su extremo una porción de encinas viejísimas y corpulentas, cuyas pendientes
ramas se asemejan a las de los árboles del desmayo, sirven de límite a las
aguas, mientras en la orilla opuesta occidental un soto de castaños enormes
señala también su término a los caudales del lago.
Doña Beatriz que tenía un alma abierta, por
desgracia suya en demasía, a todas las emociones puras y nobles, no pudo menos
de admirar la belleza del paisaje, cuando las laderas de los montes que
descienden al lago y su hermosa tabla comenzaron a desplegarse a sus ojos desde
las alturas de San Juan de Paluezas. A medida que se acercaba íbase descogiendo
un nuevo pliegue del terreno, y ora un grupo de árboles, ora un arroyo que
serpenteaba en alguna quiebra, ora una manada de cabras que parecían colgadas
de una roca, a cada paso derramaban nuevas gracias sobre aquel cuadro. Cuando,
por fin, llegó a la quinta y se asomó al mirador, desde el cual todos los
contornos se registraban, subieron de punto a sus ojos todas aquellas bellezas.
El sol se ponía detrás de los montes dejando un
vivo rastro de luz que se extendía por el lago y a un mismo tiempo iluminaba
los diversos terrenos esparciendo aquí sombras y allí claridades. Numerosos
rebaños de ganado vacuno bajaban mugiendo a beber moviendo sus esquilas, y
otros hatos de ovejas y cabras y tal cual piara de yeguas con sus potros
juguetones venían también a templar su sed, triscando y botando, mezclando
relinchos y balidos. Los lavancos y gallinetas, tan pronto en escuadrones
ordenados, como desparramados y solitarios, nadaban por aquella reluciente llanura.
Una pastora, que en su saya clara y dengue encarnado mostraba ser joven y
soltera y en sus movimientos gran soltura y garbo, conducía sus ovejas cantando
una tonada sentida y armoniosa, y como si fuera un eco, de una barca que
cruzaba silenciosa, costeando la orilla opuesta salía una canción guerrera
entonada por la voz robusta de un hombre, pero que apagada por la distancia
perdía toda su dureza, no de otra suerte que si se uniese al coro armonioso,
templado y suave que al declinar el sol se levantaba de aquellas riberas.
Por risueños puntos de vista que ofrezcan las
orillas del Cúa y del Sil, fuerza es confesar que la calma, bonanza y plácido
sosiego del lago de Carucedo no tiene igual tal vez en el antiguo reino de León.
Doña Beatriz, casi arrobada en la contemplación de aquel hermoso y rutilante
espejo guarnecido de su silvestre marco de peñascos, montañas, praderas y
arbolados, parecía engolfada en sus pensamientos. Para un corazón poseído de
amor como el suyo, la creación entera no parece sino el teatro de sus penas o
su felicidad, de sus esperanzas o sus dudas, y esto cabalmente sucedía aquella
interesante y desgraciada señora. La imagen de don Álvaro era el centro adonde
iban a parar todos los hilos misteriosos del sentimiento que en su alma
despertaban aquellos lugares, y entretejiéndolos con los que de tiempos más
dichosos quedaban todavía enmarañados en su memoria formaba en su imaginación
la tela inacabable de una vida dichosa, llena de correspondencia dulcísima y de
aquel noble orgullo que en todos los pechos bien nacidos excita la posesión de
un bien legítimamente adquirido. ¡Engañosas visiones que al menor soplo de la
razón se despojaban de sus fantásticos atavíos y caían en polvo menudo en medio
de las puntas y abrojos que erizaban el camino de doña Beatriz! Al cabo de una
larga meditación, en la cual como otras tantas ráfagas luminosas había visto
pasar todas aquellas representaciones doradas y suaves de un bien ya disipado,
y de otro bien incierto, y apenas bosquejado, la desdichada exhaló un largo
suspiro y dijo: -¡Dios no lo ha querido!
-Dios ha querido probarte y castigarme, ángel del
cielo -contestó su padre abrazándola-, nuestras penas acabaron ya y los nuevos
tiempos se acercan a más andar. Dios se apiadará de tu juventud y de estas
canas vecinas ya al sepulcro, y no querrá borrar mi nombre de la faz de la
tierra. Doña Beatriz le besó la mano sin
contestar, porque no se atrevía a entregarse a tan risueñas ideas, ni alcanzaba
a acallar los presentimientos que de tiempos atrás habían llegado a
posesionarse de su espíritu, pues, para colmo de amargura, la muerte que por
tanto tiempo había invocado como término y descanso de sus penas, sin verla
aparecer jamás, ahora cruzaba a lo lejos como un lúgubre relámpago, cuando la
vida cobraba a sus ojos todas las galas de la esperanza, y sembraba de flores
funerarias el camino que guiaba a su templo. Sin embargo, doña Beatriz, como
todas las almas fuertes, pasado el primer estremecimiento hijo del barro
aceptaba sin miedo ni repugnancia esta idea, y sólo se dolía de la contingencia
de su fin prematuro por el luto de su padre, y de aquel amante arrebatado de
sus brazos por una deshecha borrasca y que otra no menos deshecha podía volver
a ellos. Así pues, sin decir palabra, se apoyó en el brazo del anciano y
lentamente bajó la escalera con barandilla prolijamente calada hasta que en la
cámara, para ella aderezada, la dejó en compañía de Martina. Dejémosla también
nosotros entregada a las dulzuras del sueño que aquella noche bajaba sobre sus
párpados más suave y bienhechor que en muchos días, y transportémonos a
Salamanca, donde se iba a fallar el ruidoso proceso que traía alborotada a la
cristiandad entera.
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