Capítulo XXXIV
El honrado montañés que vio tan bien terminada
la causa de los templarios a despecho del encono que los Castros abiertamente y
el infante don Juan y otros señores con sordos manejos habían manifestado
contra aquella esclarecida orden, determinó volverse a su Cabrera, de donde
faltaba hacía ya más tiempo del que hubiera deseado. Como la situación de los
caballeros después de la ocupación de sus bienes era tan precaria, volvió a las
instancias y ofertas que ya en Ponferrada había hecho al comendador, pero con
más ardor que nunca, ponderándole con su sencilla efusión el gran contento que
recibiría su mujer con su vista, el favor que le haría en enseñar a sus hijos
los ejercicios de los guerreros, lo mucho que se divertiría con sus cazas, y
sobre todo la paz y veneración que le rodearían por todas partes. El anciano se
mantuvo inflexible como quien ha formado una resolución que todo el poder del
mundo no bastaría a destruir, y así el buen hidalgo hubo de hacer sus
preparativos de viaje sin que se le lograra aquel vivo deseo.
Cuando llegó el día de la
separación, los caballeros todos salieron a despedir a Cosme a las afueras de
Salamanca para darle un público testimonio de lo agradecidos que quedaban a su
noble comportamiento. Paga escasa en verdad, si no la realzara y diera tan
subido precio la sincera voluntad que la dictaba, porque nadie se había
arrojado a la defensa del Temple con tanto valor como aquel sencillo montañés,
ni hubo testimonio que tanto peso tuviese como el suyo en el ánimo de aquellos
santos varones. La nobleza de su alma se
descubrió bien a las claras cuando casi sólo se arrestó a sostener el choque de
la opinión embravecida en aquel siglo supersticioso, y sin vacilar se puso a
luchar cuerpo a cuerpo con el poderoso linaje de los Castros.
Cualquiera que fuese la prevención y odio con que
miraban a aquella caballería, como los rasgos generosos tienen un no sé qué de
eléctrico, poco tardó en ganar la mayor parte de los corazones; así fue que
salió de Salamanca colmado de elogios y favores de todas clases.
Llegó, por fin, el instante de la partida, y
entonces el maestre, después de haberle dado las gracias en unos términos que
el buen montañés no parecía sino que estaba a la vergüenza, según el vivo color
que a cada momento le encendía las mejillas, le regaló un caballo de casta
árabe y de hermosísima estampa, ricamente enjaezado. Bien hubiera querido él
excusar el regalo, pero no fue posible atendida la fina y delicada muestra de
gratitud de aquellos guerreros. Antes de montar a caballo, sin embargo, todavía
llamó aparte a Saldaña, y con las lágrimas en los ojos le volvió a rogar que se
fuese con él a Cabrera, cosa que él rehusó, pero no sin cierto enternecimiento
que no estaba en su mano sofocar. Por fin, después de muchos abrazos y aun
lágrimas, subió el montañés en su nueva cabalgadura y se alejó de la noble
Salamanca, acompañado de unas cuantas lanzas del abad de Carracedo que volvían
al Bierzo. Comoquiera, las alegres nuevas de que
era portador casi disiparon del todo el disgusto de la separación, porque las
cartas que llevaba para el señor de Arganza del venerable religioso, y los
sucesos que como testigo presencial podía contar, era cosa averiguada que
derramarían la alegría en las pintorescas orillas del lago de Carucedo.
Y no se engañaba, según acabamos de ver, porque
como aquellos pacíficos aldeanos sólo bienes y limosnas debían a los
templarios, recibieron como la mejor fiesta del mundo la noticia de su absolución.
Así fue que cuando puso el pie en tierra, después de haberle acogido con los
brazos abiertos el señor de Arganza y de haber visto entre las suyas la mano
delicada de aquella dama a quien sus pesares y dolencias no habían podido
despojar de su singular atractivo y hermosura, no sabía el buen cazador lo que
le pasaba, ni cabía en sí de puro ancho. Como ya
declinaba el sol cuando el encuentro y sucesos que de referir acabamos, don
Alonso no rompió la nema de los pliegos hasta llegar a la quinta.
El virtuoso abad le daba cuenta en ellos de
varios pormenores del juicio y de la sentencia, le recomendaba eficazmente a
Andrade y concluía diciéndole que, atendido el espíritu de los padres del
concilio, estaba casi cierto de que darían por libre a don Álvaro de todos sus votos.
La carta concluía con algunas reflexiones llenas de unción y de consuelo, vivo
traslado de la caridad que se abrigaba en aquella alma, a pesar de la notable
adustez de su carácter. Encargar festejos y toda
clase de finezas para el portador de semejantes nuevas era trabajo de todo
punto excusado, además que don Alonso estimaba cordialmente a aquel hombre,
dechado de honradez y de virtudes antiguas. Así
fue que, en los días que permaneció en la quinta, no cesaron las funciones de
caza y pesca, los banquetes y las danzas. Sin embargo de todo, el montañés, que
nunca había hecho ausencia tan larga de su casa, anhelaba extraordinariamente
volver a ver la cara de su mujer y los enredos de sus hijos; por lo cual, al
cabo de una semana, se despidió de su noble huésped y de su interesante hija,
para volverse a sus nativas montañas. Doña Beatriz le regaló unas preciosas
ajorcas de oro y pedrería para su esposa, y don Alonso le hizo presente de un
hermoso tren de caza, con una cometa primorosamente embutida en plata. Además,
para mayor honra, le acompañó un buen trecho de camino, al cabo del cual se
separaron haciéndose las más cordiales protestas de amistad y buena
correspondencia. En su alma era donde encontraba
Andrade el mejor galardón de sus acciones, pero no dejaba de ser uno y bien
halagüeño la afición que con ellas había logrado despertar en todas las almas
bien nacidas. Mezclábase también a estos
sentimientos un poco de vanidad por haber venido a ser el héroe de aquellos
sucesos, por manera que el respeto antiguo con que entre los suyos era mirado,
subió de punto y aun llegó a pasmo y admiración.
Después de esta peripecia pasó doña Beatriz del
extremo de la ansiedad y del dolor al de la esperanza y alegría. No sólo veía a
su amante honrado y absuelto, sino libre de sus votos, volviendo a sus pies más
rendido y enamorado que nunca y abriendo como la aurora las puertas de la luz
al día resplandeciente y eterno de su amor. Desde entonces parecía que un nuevo
germen de vida discurría por aquel cuerpo debilitado y lánguido, y que sus ojos
recobraban poco a poco la serenidad de su mirada. Sus mejillas comenzaron a
colorearse suavemente, y en todos sus discursos se notaba que la confianza
había vuelto a introducirse en su alma. Locos extremos, sin duda, en que más
parte tenía el deseo de su corazón que la realidad de las cosas, puesto que la
suerte de don Álvaro estaba todavía pendiente del fallo de un tribunal, y que
ni la razón ni la religión aconsejan que se ponga tanta fe en la inestabilidad
de los negocios humanos. Los que contaban con la
condena y castigo de los templarios, que era la corte de Castilla y la mayor
parte de sus ricos hombres, aunque estaban apoderados de sus bienes y aun de
sus personas, volvieron a sus recelos y temores no bien los vieron absueltos y
dados por libres los cargos que se les imputaban. Por lo mismo redoblaron su
diligencia y esfuerzos para que los tristes pedazos de aquel ilustre cuerpo,
como los de la serpiente fabulosa, no pudieran volver a juntarse y soldarse
para tomar a la vida. Desconcertada su acción y secuestrados sus bienes, el
medio más eficaz de reducirles al último abatimiento era privarles de aquellas
alianzas, escasas en número a la verdad, pero por lo mismo sinceras, a cuya
sombra pudieran intentar su restauración; y cuando a tanto no alcanzaran,
debilitar por lo menos todo lo posible a los señores que les quedaban amigos
para hacerlos menos temibles. En tan fatal
coyuntura se ofrecía a la resolución del tribunal el asunto de don Álvaro. Aunque
todos sabían que la amargura del desengaño era la que le había llevado a la
soledad del claustro, no por eso dejaban de conocer que, habiendo pronunciado
sus votos voluntariamente, cualquiera que fuesen las cualidades de que en su
origen adolecían, nunca faltaría a la fe jurada a sus hermanos. Claro estaba,
por consiguiente, que si quedaba suelto de las ligaduras religiosas y volvía a
ser señor de sus bienes en un país donde el Temple había echado tan hondas
raíces, podían amagar grandes peligros, y mucho más si al cabo llegaba a
entroncarse con la poderosa casa de Arganza. Como
don Álvaro, por otra parte, no había querido apartar su causa de la de su
Orden, ni aun a trueque de la felicidad con que le brindaba, más que el abad de
Carracedo, y sus amigos, su propio corazón, de imaginar era, que no bien se le
deparase la ocasión, trataría de volver por el honor de los suyos y de reparar
la injusticia cometida con ellos. Muy común es
aborrecer a quien sin causa se agravia, porque su presencia es un vivo reproche
y sañudo despertador de su conciencia, y por esta razón, sin duda, miraba el
infante don Juan a don Álvaro con sangriento rencor. Cuánto, pues, no debieron
crecer sus inquietudes cuando vio la posibilidad de que de nuevo se anudase
aquel lazo que ya antes había roto con el enlace del conde de Lemus, y que
entonces parecía traído por una mano invisible. Desde el día mismo de la
sentencia volvió a sus cábalas y maquinaciones, procurando torcer el ánimo de
los obispos para que declarasen templario a don Álvaro, y como tal sin
absolverle de ninguno de sus votos le sujetasen a la final determinación del
Sumo Pontífice. Con esto se lograba que, continuando sus bienes en secuestro,
perdiese aquella insigne milicia la esperanza de mejorar su causa al abrigo de
un señor poderoso y valiente, mientras el tiempo y el decaimiento a que habían
venido acababa de todo punto con su lustre y prestigio. Sólo de esta suerte
podía descansar su codicia acerca del fruto que pensaba sacar aquel rico botín.
Con grandes obstáculos tenía que luchar, sin
embargo, y no era el menor de todos ciertamente ser él quien tan solícito se
mostraba en semejante fallo, porque su reputación no podía andar más
despreciada y abatida, aunque se abrigase de la majestad y pompa del rey su
sobrino. Por otra parte, las candorosas declaraciones de don Álvaro que viendo
ya a salvo el honor y aun la vida de sus hermanos, había acallado, por fin, los
generosos escrúpulos de su honor; las cartas del infante a don Juan Núñez en
que se revelaba la negra trama de Tordehumos, los esfuerzos de este buen
caballero, sinceramente arrepentido y deseoso de enmendar su anterior conducta,
y el noble desprendimiento de Saldaña que, a trueque de favorecer al señor de
Bembibre, no vaciló en acusarse de haber ejercido coacción en el maestre para
su admisión en la orden, eran contrapeso más que suficiente a las intrigas y
maquinaciones de aquel mal caballero. No era la cuestión de gobierno y buena
política la sometida a la sensatez de los prelados de Castilla y Portugal, sino
la justicia estricta y rigurosa, y así, desde luego, manifestaron su resolución
de favorecer a don Álvaro. En tan robusto fundamento descansaban las esperanzas
del abad de Carracedo y las seguridades, temerarias sin duda, de doña Beatriz.
Desgraciadamente, no estaba del mismo modo de
pensar el inquisidor delegado del Papa, y sin su ayuda mal podía ponerse el
sello a la ventura de aquellos desdichados amantes. Arrastrado por el rey de
Francia, según ya dijimos, entró Clemente en la persecución de los templarios;
la política más que el encono le mantuvo en aquella senda, indigna de la
majestad pontificia, y atendiendo a ella más que a otra cosa, sus legados
salieron bien penetrados de sus instrucciones y decididos a llevar a cabo sus intentos.
Viendo, pues, Aymerico que los padres de Salamanca, puesta la mirada únicamente
en la justicia, se inclinaban a pronunciar la nulidad de los votos de don
Álvaro, y ocupado de los mismos temores que el infante don Juan, comenzó a
suscitar estorbos a la decisión del concilio. No le valieron, sin embargo, sus
astucias; así es, que pasado poco tiempo, hubo de recaer fallo sobre este
incidente del gran proceso del Temple. La
sentencia declaró a don Álvaro libre de los votos de obediencia y pobreza, únicos
que le ligaban a la orden, y le restituyó todos sus bienes y derechos, pero no
pudo coronar la obra de virtud de aquellos piadosos prelados. El voto de
castidad y pureza, atadura la más fuerte de todas, quedaba sujeto a la
jurisdicción especial del legado pontificio, pues cualquiera que fuese la
nulidad de los otros, al cabo todos se referían a un orden de cosas ya finado o
suspenso por lo menos, al paso que éste, como de obligación absoluta y
puramente individual, no estaba sujeto a tiempo ni circunstancias, habiendo
sido pronunciado voluntariamente. Semejante
explicación, como otras muchas que se fundan en una mezquina y farisaica
explicación de las leyes, tenía mucho más de escolástica y teológica que de
caritativa y benéfica, porque el ningún valor esencial de la profesión de don
Álvaro mal podía fortalecer ninguna de las obligaciones con ella contraídas, y
por otra parte, ningún empleo más noble podía buscarse al poder de la religión
que remediar los daños de la iniquidad y perfidia. Por dado que fuese el siglo
aquel a sutilezas de escuela, de tanto bulto eran estas razones y tan acomodada
por otra parte la solicitud al espíritu del Evangelio, que los obispos todos
con el mayor encarecimiento rogaron al inquisidor que, en uso de sus facultades
extraordinarias, rompiese la última valla que se oponía a la felicidad de dos
personas tan dignas de estimación y de respeto por sus desventuras y por su
elevado carácter, agradeciendo así las hazañas de don Álvaro en Andalucía y
Tordehumos, y librando a un tiempo de su final ruina a dos linajes esclarecidos
y antiguos. Cabalmente, estas razones eran las
que más desviaban al inquisidor de otorgar la demanda, pues no habiendo sido
poderosa su influencia a estorbar la declaración que restituía a don Álvaro a
la clase de señor independiente, el único medio que tenía de disminuir su
poderío era impedir aquel enlace deseado. Tan cierto es que la mano de la
política, y la razón de estado sin escrúpulo, trastornan las esperanzas más
legítimas y se burlan de todos los sufrimientos del alma.
Perseverante, pues, en su propósito, desoyó
Aymerico no sólo las reclamaciones del abad y de los prelados, sino los ruegos
de una gran porción de señores que, guiados por don Juan Núñez de Lara, y
llenos de afición a don Álvaro, emplearon todos sus esfuerzos en allanarle el
camino de su felicidad. Recayó, pues, brevemente la sentencia dando por válido
y obligatorio el voto de que se trataba hasta que el Sumo Pontífice, en el
concilio general que debía celebrarse en Viena del Delfinado, determinase lo
más justo. El inquisidor, por su parte, para
dulcificar algún tanto la amargura de este fallo, ofreció interponer sus buenos
oficios con la corte romana, para la resolución definitiva de este asunto que
en conciencia no había podido zanjar favorablemente, según decía. Ninguno se
dejó engañar, sin embargo, porque acudiendo al concilio de Viena casi todos los
obispos de la cristiandad, y habiendo de verse en él las piezas innumerables
del inmenso proceso del Temple, no había imaginación que le viese el término,
ni esperanza que hasta su fin pudiese llegar. Muy
general fue la pesadumbre que ocasionó semejante desenlace, pero la del abad,
del maestre, de Saldaña y don Juan Núñez de Lara fue grandísima y sobremanera
amarga, aunque dictada por tan distantes motivos. Mucho le pesaba al buen
religioso de ver así malogrados sus afanes, y a los ancianos caballeros asistir
a los funerales de la última esperanza de don Álvaro, pero en Lara se mezclaba
al dolor el más vivo remordimiento, y de todos ellos era quizá el más digno de
compasión. Por lo que hace a aquel desventurado
joven, no se le oyó más que una queja, la de ver definitivamente separada su
suerte de la de los templarios cuando acababan de romper el último talismán que
podía hacerle agradable el poder y los honores. Desde entonces hasta el día en
que hubo de dar la vuelta al Bierzo en compañía del abad no volvió a pronunciar
una sola palabra sobre su suerte, pero en aquella ocasión, y sobre todo al
despedirse de Saldaña, soltó la compresa a su dolor, y maldijo mil veces del
sino que había traído al mundo. El anciano le consoló como pudo, exhortándole a
la fortaleza, y poniéndole delante la inmensidad del porvenir con que le
brindaba su juventud. Tanto él como el maestre y casi todos los caballeros
quedaban en calidad de reclusos esparcidos en monasterios y conventos apartados
hasta la resolución del Papa; así pues, don Álvaro, después de haber recibido
la bendición de su tío y los abrazos de Saldaña y de sus compañeros, salió de
Salamanca con el abad de Carracedo, desamparado y triste como nunca. Después de
tantos desengaños y severas lecciones, al cabo de tantos vaivenes dentro de su
propio corazón y en los revueltos caminos del mundo, la luz de la esperanza
sólo podía iluminar dudosa y turbiamente las tinieblas de su alma. No se le
ocultaba el estado de doña Beatriz y el terrible golpe que con el último suceso
iba a recibir, y contra aquel presentimiento, contra aquella voz interna, se
estrellaban todos los consuelos y reflexiones del abad; bien es verdad que los
mismos temores y zozobras asaltaban el alma del anciano y privaban a su voz de
aquel acento de seguridad tan necesario para comunicar el valor y la confianza.
El viaje, por consiguiente, fue muy desabrido y silencioso.
Había pensado el monje presentarse, desde luego,
en la quinta de Carucedo y preparar por sí mismo a doña Beatriz para la dura
prueba a que volvía a sujetarle la suerte, pero, mejor mirado todo, juzgó más
prudente detenerse a descansar en Bembibre, y desde allí escribir a don Alonso
todo lo ocurrido. Habíase adelantado Millán a la
impensada nueva del regreso de su amo, y todo Bembibre salió a su encuentro,
pues ni un sólo día habían dejado de rezar por su feliz y pronta vuelta, ni
echar de menos su autoridad paternal. Don Álvaro procuró corresponder como
siempre a aquellas sencillas muestras de aprecio, pero nadie dejó de observar
con disgusto cuán mudado estaba con los pesares el semblante de su señor. La
guarnición que en nombre del rey ocupaba el castillo lo dejó al punto en manos
de su legítimo dueño, y un buen número de los soldados que habían acompañado a
don Álvaro a la expedición de Tordehumos se apresuraron a guarnecerlo. En una
palabra, el día entero y aun alguno de los posteriores se pasaron en danzas y
regocijos de todas clases, pues todo había vuelto en Bembibre a su antigua
alegría. ¡Todo menos el corazón de su señor!
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