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-Y
ahora, mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
-¿Tú
no entras?
-No,
no... Tengo prisa, tengo que hacer.
-¡Me
dejas solo ahora!
-Volveré
si quieres..., pero... mejor te acostabas pronto. Mañana vendré temprano.
-Te
advierto que no te he dicho que sí.
-Bueno,
bueno..., adiós.
-Espera,
espera..., no me dejes solo... todavía. No te he dicho que sí; tal vez... lo
piense más y... me decida por seguir el camino opuesto.
-Pero
por de pronto, Víctor, prudencia, disimulo... Es decir, si no quieres exponerte
a una desgracia. Ya lo sabes.
-¡Sí,
sí! Benítez cree que un gran susto, una impresión fuerte...
-Eso;
puede matarla.
-¡Está
enferma!
-Sí,
más de lo que tú crees.
-¡Está
enferma! Y un susto, un susto grande..., puede matarla.
-Eso,
así, como suena.
-Y
yo debo subir, y guardar para mí todos estos rencores, toda esta hiel
tragármela... y disimular, y hablar con ella para que no sospeche y no se
asuste... y no se me muera de repente...
-Sí,
Víctor, sí; todo eso debes hacer.
-Pero
confiesa, Tomás, que todo eso se dice mejor que se hace; y comprende que ese
aldabón me inspire miedo, explícate la razón que tengo para tenerle el mismo
asco que si fuera de hierro líquido...
Calló
a esto Frígilis.
Llegaban
de la estación; estaban en el portal del caserón de los Ozores, que apenas
alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del techo.
Quintanar
no tenía valor para subir a su casa. No quería llamar. «Iban a abrirle, iba a
salir ella, Ana, a su encuentro, se atrevería a sonreír como siempre, tal vez a
ponerle la frente cerca de los labios para que la besara... Y él tendría que
sonreír, y besar y callar... y acostarse tan sereno como todas las noches...
Tomás debía comprender que aquello era demasiado...»
Y
además, las revelaciones de Frígilis respecto a la salud de Ana le habían caído
al pobre ex-regente como una maza sobre la cabeza. «¡Aquella alegría, aquella exaltación
que la habían llevado... al crimen, a la infamia de una traición..., eran una
enfermedad! Ana podía morir de repente cualquier día; una impresión
extraordinaria lo mismo de dolor que de alegría, mejor si era dolorosa, podía
matarla en pocas horas...» Esto había contestado Frígilis a la historia de su
amigo. A Mesía fusilémosle, había dicho, si eso te consuela; pero hay que
esperar, hay que evitar el escándalo, y sobre todo hay que evitar el susto, el
espanto que sobrecogería a tu mujer si tú entraras en su alcoba como los
maridos de teatro... Ana, culpable según las leyes divinas y humanas, no lo era
tanto en concepto de Frígilis que mereciera la muerte.
-¿Quién
quiere matarla? ¡Yo no quiero eso! -había interrumpido don Víctor al oír esto.
Pero
Frígilis había replicado:
-Sí
quieres tal si le dices que lo sabes todo. Lo que hay que hacer hay que
pensarlo; yo no digo que la perdones, que ésa sea la única solución; pero
confiesa que el perdonar es una solución también.
-Perdonarla
es transigir con la deshonra...
-Eso
ya lo veríamos. ¿Tú eres cristiano?
-Sí,
de todo corazón, más cada día... Como que ya no veo más refugio para mi alma
que la religión.
-Bueno,
pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no. Pero no se trata de
esto todavía; se trata de no cortar el camino al perdón, antes de ver si
conviene, dando a tu mujer esa puñalada mortal al entrar en su cuarto y gritar:
«¡Muera la esposa infiel!», para que ella conteste: «¡Jesús mil veces!», y
caiga redonda. Yo no sé si diría «Jesús mil veces», pero de que caería estoy
seguro. Y ya ves, antes de matarla hay que ver si tenemos derecho para ello.
-No,
yo no lo tengo; me lo dice la conciencia...
-Y
dice perfectamente. Ni yo tengo derecho para aconsejarte nada trágico. Cuando
te casé con ella, porque yo te casé, Víctor, bien te acordarás, creí hacer la
felicidad de ambos...
-Y
no parecía que te habías equivocado. La mía la habías hecho. La de ella...
durante más de diez años pareció que también.
-Sí,
pareció; pero la procesión andaba por dentro... Diez años fue buena: la vida es
corta... No fue tan poco.
-Mira,
Frígilis, tu filosofía no es para consolar a un marido en mi situación... Ya sé
yo todo lo que tú puedes decirme y mucho más... Eso no es consolarme...
-Ni
yo creo que tu situación admita consuelos más que el del tiempo y la reflexión
lenta y larga... Pero ahora no se trata de ti, se trata de ella. ¿Te empeñas en
coser el cuerpo con un florete o con una espada a Mesía? Sea; pero hay que ver
cuándo y cómo. Hay que tener calma. Después de lo que sabes de la enfermedad de
Ana, secreto que Benítez me impuso y que rompo por lo apurado del caso, después
de saber que puede sucumbir ante una revelación semejante...
-¿Pero
no es peor hacer lo que hace que saber que yo lo sé? ¿Quién te asegura a ti que
no me despreciará, que no procurará huir con el otro?
-¡Víctor,
no seas majadero! El otro... es un zascandil. No hizo más que esperar que
cayera el fruto de maduro... Ella no está enamorada de Mesía... En cuanto vea
que es un cobarde y que la abandona antes que pelear por ella... le
despreciará, le maldecirá..., y en cambio los remordimientos la volverán a ti,
a quien siempre quiso.
-¡Que
quiso!
-Sí,
más que a un padre. ¿Qué mejor prueba quieres que todo lo pasado? ¿Por qué se
hizo mística...? Y la pobre... también tuvo que sufrir ataques..., creo yo, de
otro lado..., de..., pero en fin, de esto no hablemos. ¿Por qué luchó como
luchó sin duda? Porque te quería..., porque te quiere..., te quiere mucho...
-¡Y
me vende!
-¡Te
vende!, ¡te vende...! En fin, no hablemos de eso..., ya has dicho que no
quieres mis filosofías. Ello es que si armas arriba una escena de honor
ultrajado, en seguida hay otra de entierro.
-¡Hombre,
dices las cosas de un modo...!
-La
verdad. Un drama completo. Pero en último caso, si tan irritado estás, si tan
ciego te ves, si no puedes atender a razones, ni a tu conciencia que bien claro
te habla, llama, sube, alborota, quema la casa... O no hagas tanto, que bastará
con que la espantes con tu noticia para que Ana caiga de espaldas y le estalle
dentro una de esas cosas en que tú no crees, pero que son para la vida como los
alambres para el telégrafo. Si estás furioso, si no puedes contenerte, también
tú tendrás disculpa hagas lo que hagas. (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no
tienes perdón de Dios.
Esto
último lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que hizo a su amigo
estremecerse.
Después
de este diálogo, parte del cual mantuvieron por el camino de la estación a casa
y parte dentro del portal, fue cuando Quintanar se acercó a la puerta para
coger el aldabón y cuando Frígilis exclamó:
-Y
ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
Frígilis
tenía prisa, quería dejar a don Víctor cuanto antes para correr en busca de don
Álvaro y advertirle de que Quintanar sabía su traición, para que se abstuviera
de asaltar el parque aquella noche y acudir a la cita, si la tenía, como era de
suponer. Pensaba Crespo que a Víctor no se le había ocurrido, como no se le
ocurrieron otras tantas cosas, que aquella noche se repetiría la escena de la
anterior, que debía de ser ya antigua costumbre; podía don Álvaro, que no había
visto a su víctima cuando le acechaba en el parque, volver a las andadas,
sorprenderle Quintanar, y entonces era imposible evitar una tragedia. Además,
Frígilis tenía la convicción de que don Álvaro escaparía de Vetusta en cuanto
él le dijera que Quintanar iba a desafiarle. No le faltaban motivos para creer
muy cobarde al don Juan Tenorio.
«¡Pero
aquel Víctor no le dejaba marchar!»
Por
fin, después de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor, su ira, lo que
fuera, pero sólo por aquella noche, llamó el digno regente jubilado con el
mismo aldabonazo enérgico y conciso con que hacía retumbar el patio cuando la
casa era honrada y el jefe de familia respetado y tal vez querido.
-¡Adiós,
adiós, hasta mañana temprano! -dijo Frígilis, librándose de la mano trémula que
le sujetaba un brazo.
«¡Egoísta
-pensó don Víctor al quedarse solo-; es la única persona que me quiere en el
mundo... y es egoísta!»
Se
abrió la puerta. Vaciló un momento... Se le figuró que del patio salía una
corriente de aire helado...
Entró,
y al volverse hacia el portal para cerrar la puerta que dejaba atrás, vio que
entraba en su casa un fantasma negro, largo; que paso a paso, por el portal
adelante, se acercaba a él y que se le quitaba el sombrero, que era de teja.
-¡Mi
señor don Víctor! -dijo una voz melosa y temblona.
-¡Cómo!,
¿usted?, ¡es usted..., señor Magistral...! -un temblor frío, como precursor de
un síncope, le corrió por el cuerpo al ex-regente, mientras añadía, procurando
una voz serena-: ¿A qué debo..., a estas horas..., la honra?, ¿qué pasa...?
¿Alguna desgracia...?
«Pero
este hombre ¿no sabe nada?», se preguntó De Pas, que parecía un desenterrado.
Miró
a don Víctor a la luz del farol de la escalera y le vio desencajado el rostro;
y don Víctor a él le vio tan pálido y con ojos tales que le tuvo un miedo vago,
supersticioso, el miedo del mal incierto. Hasta llegar allí, el Magistral no
había hablado, no había hecho más que estrechar la mano de don Víctor e
invitarle con un ademán gracioso y enérgico al par a subir aquella escalera.
-Pero
¿qué pasa? -repitió don Víctor en voz baja en el primer descanso.
-¿Viene
usted de caza? -contestó el otro con voz débil.
-Sí,
señor, con Crespo; ¿pero qué sucede? Hace tanto tiempo... y a estas horas...
-Al
despacho, al despacho... No hay que alarmarse..., al despacho...
Anselmo
alumbraba por los pasillos del caserón a su amo, a quien seguía el Magistral.
«No
pregunta por Ana», pensó De Pas.
-La
señora no ha oído llamar, está en su tocador... ¿quiere el señor que la avise?
-preguntó Anselmo.
-¿Eh?,
no, no, deja..., digo..., si el señor Magistral quiere hablarme a solas... -y
se volvió el amo de la casa al decir esto.
-Bien,
sí; al despacho..., entremos en su despacho...
Entraron.
El temblor de Quintanar era ya visible. «¿Qué iba a decirle aquel hombre? ¿A
qué venía...?»
Anselmo
encendió dos luces de esperma y salió.
-Oye,
si la señora pregunta por mí, que allá voy..., que estoy ocupado..., que me espere
en su cuarto... ¿No es eso? ¿No quiere usted que estemos solos?
El
Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la puerta por
donde salía Anselmo.
«Ya
estaba allí, ya había que hablar..., ¿qué iba a decir? Terrible trance; tenía
que decir algo y ni una idea remota le acudía para darle luz; no sabía
absolutamente nada de lo que podía convenirle decir. ¿Cómo hablar sin preguntar
antes? ¿Qué sabía don Víctor? Ésta era la cuestión..., según lo que supiera,
así él debía hablar...; pero no, no era esto..., había que comenzar por
explicarse. Buen apuro». Estaba el Magistral como si don Víctor le hubiera
sorprendido allí, en su despacho, robándole los candeleros de plata en que
ardían las velas.
Quintanar
daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos y pasmados.
«Usted
dirá...», decían aquellas pupilas brillantes y en aquel momento sin más
expresión que un tono interrogante.
«Había
que hablar».
-¿Tendría
usted... por ahí... un poquito de agua...? -dijo don Fermín, que se ahogaba y
que no podía separar la lengua del cielo de la boca.
Don
Víctor buscó agua y la encontró en un vaso, sobre la mesilla de noche. El agua
estaba llena de polvo, sabía mal. Don Fermín no hubiera extrañado que supiera a
vinagre. Estaba en el Calvario. Había entrado en aquella casa porque no había
podido menos: sabía que necesitaba estar allí, hacer algo, ver, procurar su
venganza, pero ignoraba cómo. «Estaba, cerca de las diez de la noche, en el
despacho del marido de la mujer que le engañaba a él, a De Pas, y al marido.
¿Qué hacía allí? ¿Qué iba a decir?» Por la memoria excitada del Magistral
pasaron todas las estaciones de aquel día de Pasión. Mientras bebía el vaso de
agua y se limpiaba los labios pálidos y estrechos, sentía pasar las emociones
de aquel día por su cerebro como un amargor de purga. Por la mañana había
despertado con fiebre, había llamado a su madre asustado y como no podía
explicarle la causa de su mal había preferido fingirse sano y levantarse y
salir. Las calles, las gentes brillaban a sus ojos como un resplandor
amarillento de cirios lejanos; los pasos y las voces sonaban apagados, los
cuerpos sólidos parecían todos huecos; todo parecía tener la fragilidad del
sueño. Antojábasele una crueldad de fiera, un egoísmo de piedra, la
indiferencia universal. ¿Por qué hablaban todos los vetustenses de mil y mil
asuntos que a él no le importaban, y por qué nadie adivinaba su dolor, ni le
compadecía, ni le ayudaba a maldecir a los traidores y a castigarlos? Había salido
de las calles y había paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena
húmeda bordada por las huellas del agua corriente, con sus árboles desnudos y
helados. Había paseado pisando con ira, con pasos largos, como si quisiera
rasgar la sotana con las rodillas; aquella sotana que se le enredaba entre las
piernas, que era un sarcasmo de la suerte, un trapo de carnaval colgado al
cuello.
«Él,
él era el marido -pensaba-, y no aquel idiota, que aún no había matado a nadie
(y ya era mediodía) y que debía de saberlo todo desde las siete. Las leyes del
mundo, ¡qué farsa! Don Víctor tenía el derecho de vengarse y no tenía el deseo;
él tenía el deseo, la necesidad de matar y comer lo muerto, y no tenía el
derecho... Era un clérigo, un canónigo, un prebendado. Otras tantas carcajadas
de la suerte que se le reía desde todas partes». En aquellos momentos don
Fermín tenía en la cabeza toda una mitología de divinidades burlonas que se
conjuraban contra aquel miserable Magistral de Vetusta.
La
sotana, azotada por las piernas vigorosas, decía: ras, ras, ras, como
una cadena estridente que no ha de romperse.
Sin
saber cómo, De Pas había pasado delante de la fonda de Mesía. «Sabía él que don
Álvaro estaba en casa, en la cama. Sí, como temía, don Víctor no le había
cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada había ocurrido, en el lecho
estaba don Álvaro tranquilo, descansando del placer. Podía subir, entrar en su
cuarto, y ahogarle allí..., en la cama, entre las almohadas... Y era lo que
debía hacer; si no lo hacía era un cobarde; temía a su madre, al mundo, a la
justicia... Temía el escándalo, la novedad de ser un criminal descubierto; le
sujetaba la inercia de la vida ordinaria, sin grandes aventuras..., era un
cobarde: un hombre de corazón subía, mataba. Y si el mundo, si los necios
vetustenses, y su madre y el obispo y el papa, preguntaban ¿por qué?, él
respondía a gritos, desde el púlpito si hacía falta: Idiotas ¿que por qué mato?
Porque me han robado a mi mujer, porque me ha engañado mi mujer, porque yo
había respetado el cuerpo de esa infame para conservar su alma, y ella,
prostituta como todas las mujeres, me roba el alma porque no le he tomado
también el cuerpo... Los mato a los dos porque olvidé lo que oí al médico de
ella, olvidé que ubi irritatio ibi fluxus, olvidé ser con ella tan
grosero como con otras, olvidé que su carne divina era carne humana; tuve miedo
a su pudor y su pudor me la pega; la creí cuerpo santo y la podredumbre de su
cuerpo me está envenenando el alma... Mato porque me engañó; porque sus ojos se
clavaban en los míos y me llamaban hermano mayor del alma al compás de sus
labios que también lo decían sonriendo; mato porque debo, mato porque puedo,
porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy fiera...»
Pero
no mató. Se acercó a la portería y preguntó... por el señor obispo de Nauplia,
que estaba de paso en Vetusta.
-Ha
salido -le dijeron.
Y
don Fermín, sin ver lo que hacía, dobló una tarjeta y la dejó al portero.
Y
volvió a su casa.
Se
encerró en el despacho. Dijo que no estaba para nadie y se paseó por la
estrecha habitación como por una jaula.
Se
sentó, escribió dos pliegos. Era una carta a la Regenta. Leyó lo escrito y lo
rasgó todo en cien pedazos. Volvió a pasear y volvió a escribir, y a rasgar, y
a cada momento clavaba las uñas en la cabeza.
En
aquellas cartas que rasgaba, lloraba, gemía, imprecaba, deprecaba, rugía,
arrullaba; unas veces parecían aquellos regueros tortuosos y estrechos de tinta
fina la cloaca de las inmundicias que tenía el Magistral en el alma: la
soberbia, la ira, la lascivia engañada y sofocada y provocada, salían a
borbotones, como podredumbre líquida y espesa. La pasión hablaba entonces con
el murmullo ronco y gutural de la basura corriente y encauzada. Otras veces se
quejaba el idealismo fantástico del clérigo como una tórtola; recordaba sin
rencor, como en una elegía, los días de la amistad suave, tierna, íntima, de
las sonrisas que prometían eterna fidelidad de los espíritus; de las citas para
el cielo, de las promesas fervientes, de las dulces confianzas; recordaba
aquellas mañanas de un verano, entre flores y rocío, místicas esperanzas y
sabrosa plática, felicidad presente comparable a la futura. Pero entre los
quejidos de tórtola el viento volvía a bramar sacudiendo la enramada, volvía a
rugir el huracán, estallaba el trueno y un sarcasmo cruel y grosero rasgaba el
papel como el cielo negro un rayo. «¡Y por quién dejaba Ana la salvación del
alma, la compañía de los santos y la amistad de un corazón fiel y confiado...!
¡Por un don Juan de similor, por un elegantón de aldea, por un parisién de
temporada, por un busto hermoso, por un Narciso estúpido, por un egoísta de
yeso, por un alma que ni en el infierno la querrían de puro insustancial, sosa
y hueca...! Pero ya comprendía él la causa de aquel amor: era la impura
lascivia, se había enamorado de la carne fofa, y de menos todavía, de la ropa
del sastre, de los primores de la planchadora, de la habilidad del zapatero, de
la estampa del caballo, de las necedades de la fama, de los escándalos del
libertino, del capricho, de la ociosidad, del polvo, del aire. Hipócrita...,
hipócrita..., lasciva, condenada sin remedio, por vil, por indigna, por
embustera, por falsa, por...», y al llegar aquí era cuando, furioso contra sí
mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral, airado porque no sabía escribir
de modo que insultara, que matara, que despedazara, sin insultar, sin matar,
sin despedazar con las palabras. «Aquello no podía mandarse bajo un sobre a una
mujer, por más que la mujer lo mereciera todo. No, era más noble sacar de una
vaina un puñal y herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo
un sobre perfumado».
Pero
escribía otra vez, procuraba reportarse, y al cabo la indignación, la franqueza
necesaria a su pasión estallaban por otro lado; y entonces era él mismo quien
aparecía hipócrita, lascivo, engañando al mundo entero. «Sí, sí -decía-, yo me
lo negaba a mí mismo, pero te quería para mí; quería, allá en el fondo de mis
entrañas, sin saberlo, como respiro sin pensar en ello, quería poseerte, llegar
a enseñarte que el amor, nuestro amor, debía ser lo primero; que lo demás era
mentira, cosa de niños, conversación inútil; que era lo único real, lo único
serio el quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacía falta; y arrojar yo la
máscara, y la ropa negra, y ser quien soy lejos de aquí, donde no lo puedo ser:
sí, Anita, sí, yo era un hombre, ¿no lo sabías? ¿Por eso me engañaste? Pues mira,
a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene miedo, sábelo, hasta cuando
le miro; si me viera en despoblado, solos frente a frente, escaparía de mí...
Yo soy tu esposo; me lo has prometido de cien maneras; tu don Víctor no es
nadie; mírale cómo no se queja: yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo;
mandaba en tu alma, que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te
quiero como tu miserable vetustense y el aragonés no te pueden querer. ¿Qué
saben ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo...? Sí, tú las sabías
también... y las olvidaste... por un cacho de carne fofa, relamida por todas
las mujeres malas del pueblo... Besas la carne de la orgía, los labios que
pasaron por todas las pústulas del adulterio, por todas las heridas del estupro,
por...»
Y
don Fermín rasgó también esta carta, y en mil pedazos más que todas las otras.
No acertaba a arrojar en el cesto los pedacitos blancos y negros, y el piso
parecía nevado; y sobre aquellas ruinas de su indignación artística se paseaba
furioso, deseando algo más suculento para la ira y la venganza que la tinta y
el papel mudo y frío.
Salió
otra vez de casa; paseó por los soportales que había en la Plaza Nueva,
enfrente de la casa de los Ozores.
«¿Qué
habría pasado? ¿Habría descubierto algo don Víctor? No; si hubiera habido algo
ya se sabría. Don Víctor habría disparado su escopeta sobre don Álvaro, o se
estaría concertando un desafío y ya se sabría; no se sabía nada, nada; luego
nada había sucedido».
Dos,
tres veces, ya al obscurecer, entró el Magistral en el zaguán obscuro del
caserón de la Rinconada. Quería saber algo, espiar los ruidos..., pero a llamar
no se atrevía... «¿A qué iba él allí? ¿Quién le llamaba a él en aquella casa
donde en otro tiempo tanto valía su consejo, tanto se le respetaba y hasta
quería? Nadie le llamaba. No debía entrar». No entró. «Además -iba pensando
mientras se alejaba-, si yo me veo frente a ella, ¿qué sé yo lo que haré? Si
ese marido indigno, de sangre de horchata, la perdona, yo..., yo no la perdono
y si la tuviera entre mis manos, al alcance de ellas siquiera... Sabe Dios lo
que haría. No, no debo entrar en esa casa; me perdería, los perdería a todos».
Y
volvió a la suya.
Doña
Paula entró en el despacho. Hablaron de los negocios del comercio, de los
asuntos de Palacio, de muchas cosas más; pero nada se dijo de lo que preocupaba
al hijo y a la madre.
«No
se podía hablar de aquello», pensaba él.
«No
se podía hablar de aquello ni a solas», pensaba ella.
La
madre lo sabía todo. Había comprado el secreto a Petra.
Además,
ya ella, por su servicio de policía secreta y por lo que observaba
directamente, había llegado a comprender que su hijo había perdido su poder
sobre la Regenta. Si antes la maldecía porque la creía querida de su Fermo,
ahora la aborrecía porque el desprecio, la burla, el engaño, la herían a ella
también. ¡Despreciar a su hijo, abandonarle por un barbilindo mustio como don
Álvaro! El orgullo de la madre daba brincos de cólera dentro de doña Paula. «Su
hijo era lo mejor del mundo. Era pecado enamorarse de él, porque era clérigo;
pero mayor pecado era engañarle, clavarle aquellas espinas en el alma... ¡Y
pensar que no había modo de vengarse! No, no lo había». Y lo que más temía doña
Paula era que el Magistral no pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese
algún delito escandaloso.
La
desesperaba la imposibilidad de consolarle, de aconsejarle.
A
doña Paula se le ocurría un medio de castigar a los infames, sobre todo al barbilindo
agostado; este medio era divulgar el crimen, propalar el ominoso adulterio, y
excitar al don Quijote de don Víctor para que saliera lanza en ristre a matar a
don Álvaro.
«Y
nada de esto se le podía decir a Fermo».
Doña
Paula entraba, salía, hablaba de todo, observaba todos los gestos de su hijo,
aquella palidez, aquella voz ronca, aquel temblor de manos, aquel ir y venir
por el despacho.
«¡Qué
no hubiera dado ella por insinuarle el modo de vengarse! Sí, bien merecía aquel
hijo de las entrañas que se le arrancasen aquellas espinas del alma. ¡Había
sido tan buen hijo! ¡Había sido tan hábil para conservar y engrandecer el
prestigio que le disputaban!» Desde que doña Paula vio que «no estallaba un
escándalo», que don Fermín mostraba discreción y cautela incomparables en sus
extrañas relaciones con la Regenta, se lo perdonó todo y dejó de molestarle con
sus amonestaciones. Y después del triunfo de su hijo sobre la impiedad
representada en don Pompeyo Guimarán, después de aquella conversión gloriosa,
su madre le admiraba con nuevo fervor y procuraba ayudarle en la satisfacción
de sus deseos íntimos, guardando siempre los miramientos que exigía lo que ella
reputaba decencia.
No,
no se podía hablar de aquello que tanto importaba a los dos; y al fin doña
Paula dejó solo a don Fermín; subió a su cuarto y desde allí, en vela, se
propuso espiar los pasos de su hijo, que continuaba moviéndose abajo: le oía
ella vagamente.
Sí,
don Fermín, que cerró la puerta del despacho con llave en cuanto se quedó solo,
se movía mucho: tenía fiebre. Se le ocurrían proyectos disparatados, crímenes
de tragedia, pero los desechaba en seguida. «Estaba atado por todas partes».
Cualquier atrocidad de las que se le ocurrían, que podía ser sublime en otro,
en él se le antojaba, ante todo, grotesca, ridícula.
Pero
aquella sotana le quemaba el cuerpo. La idea de maníaco de que estaba vestido
de máscara llegó a ser una obsesión intolerable. Sin saber lo que hacía, y sin
poder contenerse, corrió a un armario, sacó de él su traje de cazador, que
solía usar algunos años allá, en Matalerejo, para perseguir alimañas por los
vericuetos, y se transformó el clérigo en dos minutos en un montañés esbelto,
fornido, que lucía apuesto talle con aquella ropa parda ceñida al cuerpo fuerte
y de elegancia natural y varonil, lleno de juventud todavía. Se miró al espejo.
«Aquello ya era un hombre». La Regenta nunca le había visto así.
«En
el armario había un cuchillo de montaña».
Lo
buscó, lo encontró y lo colgó del cinto de cuero negro. La hoja relucía, el
filo señalado por rayos luminosos parecía tener una expresión de armonía con la
pasión del clérigo. El Magistral le encontraba una música al filo
insinuante.
«Podía
salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habría poca gente por las
calles, nadie le reconocería con aquel traje de cazador montañés; podía ir a
esperar a don Álvaro a la calleja de Traslacerca, a la esquina por donde decía
Petra que le había visto trepar una noche. Don Álvaro, si don Víctor no había
descubierto nada o si no sabía que don Víctor le había descubierto, volvería
otra vez, como todas las noches acaso..., y él, don Fermín, podía esperarle al
pie de la tapia, en la calleja, en la oscuridad..., y allí, cuerpo a cuerpo,
obligándole a luchar, vencerle, derribarle, matarle... ¡Para eso serviría aquel
cuchillo!»
Doña
Paula se movió arriba. Crujieron las tablas del techo.
Como
si las ideas de la madre se hubiesen filtrado por la madera y caído en el
cerebro del hijo, don Fermín pensó de repente:
«Pero,
no, todos éstos son disparates; yo no puedo asesinar con un puñal a ese
infame... No tengo el valor de ese género. Estas son necedades de novela. ¿Para
qué pensar en lo que no he de hacer nunca? No hay más remedio que utilizar el
valor y las ideas románticas y caballerescas de don Víctor; guardaré el
cuchillo, mi espada tiene que ser la lengua...»
Y
don Fermín se despojó del chaquetón pardo, dejó el sombrero de anchas alas,
desciñó el cinto negro, guardó todas estas prendas, más el cuchillo, en el
armario y se vistió la sotana y el manteo, como una armadura. «Sí, aquélla era
su loriga; aquéllos, sus arreos».
«Ahora
mismo; voy a verle ahora mismo. Si el muy idiota fue a cazar a Palomares, a
estas horas debe de estar de vuelta o llegando; es la hora del tren. Voy a su
casa...»
Y
salió.
«Si
mi madre me sale al paso le diré que me espera un enfermo, que quiere confesar
conmigo sin falta...»
En
efecto, al sentir a su hijo en el pasillo bajó doña Paula corriendo.
-¿Adónde
vas?
Él
dijo su mentira.
Y
ella fingió creerla y le dejó marchar, porque adivinó en el rostro, en la voz,
en todo, que su hijo no iba ciego, no iba a dar escándalo.
«Acaso
se le había ocurrido lo mismo que a ella».
Y
don Fermín de Pas llegó al caserón de los Ozores, vio a don Tomás Crespo
desaparecer por la plaza, entró en el portal y se decidió a saludar a don
Víctor, que abría la puerta, y subió con él; y estaba dispuesto a hablarle, a
preguntarle, a aconsejarle..., a insinuarle la venganza necesaria..., y no
sabía cómo empezar.
Cuando
acabó de beber el vaso de agua que sabía a polvo, el Magistral aún no sabía lo
que iba a decir.
Pero
los ojos de Quintanar seguían preguntando pasmados, y don Fermín habló...
-Amigo
mío, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia de usted y el temor de
no acertar con la embocadura del asunto, que es espinoso y por desgracia, por
mucho que se suavice la expresión, de poco agradable acceso...
-Al
grano, señor Magistral.
-La
hora de mi visita, el hacer yo pocas a esta casa hace algún tiempo; todo esto
contribuirá...
-Sí,
señor, contribuye...; pero adelante. ¿Qué pasa, don Fermín? ¡Por los clavos de
Cristo!
-De
Cristo tengo yo que hablarle a usted también, y de sus clavos, y de sus espinas
y de la cruz...
-Por
compasión...
-Don
Víctor, yo necesito antes de hablar que usted me declare el estado de su
ánimo...
-¿Qué
quiere usted decir?
-Está
usted pálido, visiblemente preocupado, bajo el peso de un gran disgusto, sin
duda; lo he notado al entrar, a la luz del farol de la escalera...
-Y
usted también... está...
La
voz de Quintanar temblaba.
-Pues
eso quiero saber; si usted conoce la causa de mi visita, en parte a lo menos,
podré ahorrarme el disgusto de abordar los preliminares enojosísimos de una
cuestión...
-Pero,
¿de qué se trata?, ¡por las once mil...!
-Señor
Quintanar, usted es buen cristiano, yo sacerdote; si usted tiene algo que...
decir..., algún consejo que buscar... Yo también vengo a hablarle a usted de lo
que sé como sacerdote, pero la conciencia de quien me lo comunicó exige
precisamente que yo dé este paso...
Don
Víctor se puso en pie de un salto.
En
aquel momento estaba muy satisfecho de sí mismo el Magistral, porque acababa de
ver claro. Ya sabía qué camino era el suyo.
-¿Una
persona... que le manda a usted venir a estas horas a mi casa...?
-Don
Víctor, confiéseme usted si usted sabe algo de un asunto que le interesa
muchísimo, y si el saberlo es la causa de esa alteración de su semblante...
Necesito empezar por aquí.
-Sí,
señor; hoy sé algo que no sabía ayer..., que me importa muchísimo, ¡ya lo
creo!, más que la vida... Pero si usted no habla más claro, yo no sé si
debo..., si puedo...
-Ahora,
sí; ahora ya puedo hablar más claro...
-Una
persona... decía usted...
-Una
persona que ha protegido un... crimen que perjudica a usted... ha acudido
arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su complicidad
bochornosa... y a decirme que la conciencia la había acusado, y que por medida
perentoria de reparación... había puesto en poder de usted el descubrimiento de
esa... infamia... Pero temiendo nuevas desgracias, por su manera torpe de
proceder... se apresuraba a declararme lo que había, para ver si podían
evitarse más crímenes..., que al cabo, crimen sería una violencia..., una
venganza sangrienta...
Don
Fermín se interrumpió para callar, respetando así el dolor de don Víctor, que
se había dejado caer sobre un sofá, y apretaba la cabeza entre las manos.
-¿Petra...,
ha sido Petra? -dijo don Víctor preguntando con el tono especial del que ya
sabe lo mismo que pregunta.
-La
infeliz no comprendió al principio que su conducta podía causar nuevos
estragos. Y a eso vengo yo, don Víctor, a impedirlos si es tiempo... En nombre
del Crucificado, don Víctor, ¿qué ha sucedido aquí?
-Nada,
¡pero aún estamos a tiempo! -contestó el marido burlado, puesto en pie, con los
puños apretados, avergonzado, como si se viera en camisa en medio de la plaza;
furioso ante la idea de que no había habido allí nada, ningún crimen
cuyo autor debía ser él, según exigían las leyes del honor... y del teatro-.
Nada, nada..., pero habrá, habrá sangre... ¿Y usted lo sabe? ¿Esa mujer ha
divulgado mi deshonra...? Eso ha sido también una venganza, no es
arrepentimiento; es venganza..., pero esto importa poco. ¡Lo que importa es que
el mundo sabe...! ¡Desgraciado Quintanar! ¡Mísero de mí...!
Y
volvió a caer sobre el sofá el pobre viejo, que volvía a sentir el mismo sueño
soporífero que le había encogido el ánimo por la mañana.
«El
mundo sabe», había dicho don Víctor, y estas palabras sugirieron a don Fermín
otra mentira provechosa.
Pero
antes dijo:
-Don
Víctor, no extraño que en su dolor usted no tenga tiempo ni fuerza para
reflexionar..., pero yo no he dicho que el mundo supiera..., yo no soy el
mundo; soy un confesor.
-¿Pero
cree usted que Petra no habrá dicho...?
-Petra
no; pero... por desgracia...
-Además,
lo que importa aquí es mi honra, no que el mundo sepa o ignore... De todas
maneras, pronto sabrá de mi venganza y se podrá enterar de todo.
Y
se puso a dar vueltas por el despacho.
De
Pas se levantó también.
-Por
desgracia -continuó-, la maledicencia se ha apoderado hace tiempo de ciertos
rumores, de algo aparente...
Don
Víctor rugió al gritar:
-¡Dios
mío!, ¿qué es esto?, ¿esto más? ¿El mundo dice...? ¿Vetusta entera habla...?
Y
se clavaba las uñas en la cabeza, mesándose las canas.
Don
Fermín, mientras el otro se entregaba a los arranques mímicos de su dolor, de
su vergüenza, habló largo y tendido del asunto. «Sí, por desgracia, hacía meses
ya, desde el verano, desde antes acaso, se murmuraba de la confianza y de la
frecuencia con que don Álvaro entraba en el palacio de los Ozores. Esto era lo
peor, después de la desgracia en sí misma. Era lo peor porque el Magistral, que
conocía las exaltadas ideas de don Víctor respecto al honor, temía que
obedeciendo a impulsos disculpables, pero no justos, y sordo a la voz de la
religión, se arrojase a tomar venganza terrible, sobre todo de don Álvaro, cuyo
crimen no podía ser más repugnante y digno de castigo. Pero, amigo, aunque él,
el Magistral, como hombre y hombre de experiencia, se explicaba la vehemente
cólera que debía de dominar a don Víctor, y comprendía, y disculpaba hasta
cierto punto, sus deseos de pronta y terrible venganza; si tal hacía como
hombre, en cuanto sacerdote de una religión de paz y de perdón, tenía que
aconsejar y procurar, en cuanto pudiese, la suavidad, los procedimientos que la
moral recomienda para tales casos». Don Víctor, con el rostro entre las manos
hacía signos de protesta; negaba como si quisiese arrancarse la cabeza del
tronco.
«Pero
qué le diría, o le podría decir Quintanar al Magistral que él no
comprendiera... Sí, sí, mirando las cosas como las mira el mundo, aquello pedía
sangre; es más, no ya sólo por satisfacer el deseo de vengarse, hasta para
poder vivir entre las gentes con lo que llama el mundo decoro, era necesario,
según las leyes sociales, según lo que las costumbres y las ideas corrientes
exigían, que don Víctor buscase a Mesía, le desafiase, le matase si posible le
era, o si le cogía in fraganti en el delito, o cerca de él, que le
sacrificase sin miramientos, con justicia pronta. Así lo habían hecho varones
esclarecidos que eran asombro del mundo y se veían cantados y alabados en
poemas y tragedias. Todo esto lo sabía el Magistral perfectamente». Y en
efecto, con tal calor y elocuencia exponía «las razones que, desde el
punto de vista mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre», que después,
cuando recordaba que tenía que defender el partido contrario, el de caridad,
perdón y amor al prójimo, olvido de los agravios y conformidad con la cruz;
cansado ya por los esfuerzos anteriores, era otro el Magistral, se volvía
premioso, decía con frialdad vulgaridades de sermón de aldea. Su propósito no
lo penetraba don Víctor, pero sentía los efectos de la perfidia del canónigo.
«Sí -pensaba el ex-regente, mientras el Magistral volvía a enumerar los
sacrificios de amor propio, pundonor y otras muchas cosas que exigía la
religión a un buen cristiano a quien su mujer engañaba-, sí, he estado ciego,
me he portado indignamente, he debido matar a Mesía de una perdigonada, sobre
la tapia, o si no, correr en seguida a su casa y obligarle a batirse a muerte
acto continuo; el mundo lo sabe todo, Vetusta entera me tiene por... un... por
un...», y saltaba don Víctor cerca del techo al oírse a sí mismo en el cerebro
la vergonzosa palabra.
Y
entonces las frases frías, desmadejadas, con que el Magistral recomendaba el
perdón, el olvido, le sonaban a hueco, a retórica vana: «Aquel santo varón no sabía
lo que era un ultraje de aquella especie; ni lo que exigía la sociedad».
Para
que el clérigo le dejase en paz y no le cansase más con sus sermones sosos y
desprovistos de vida, de unción, don Víctor fingió ceder, y dijo que no haría
ningún disparate, que meditaría, que procuraría armonizar las exigencias de su
honor y aquello que la religión le pedía...
Entonces
se alarmó don Fermín; creyó que había perdido terreno, y volvió a la carga. Con
vivos colores pintó el desprecio que el mundo arroja sobre el marido que
perdona y que la malicia cree que consiente...
Don
Víctor, oyendo al Magistral, se figuraba el hombre más despreciable del mundo
si no hacía una que fuese sonada... «Oh, sí, cuanto antes..., en cuanto fuera
de día daría sus pasos, mandaría dos padrinos a don Álvaro; había que matarle».
Don
Fermín volvió a tranquilizarse viendo la exaltación de la ira pintada en el
magistrado. «Sí, había hombre; la máquina estaba dispuesta; el cañón con que él,
don Fermín, iba a disparar su odio de muerte ya estaba cargado hasta la boca».
Don
Víctor no hablaba. Gruñía, arrimado a la pared, en un rincón...
«Ya
no había qué hacer allí». El Magistral se despidió. Pero al salir, al llegar a
la puerta, se volvió de repente y con ademán solemne, como sacerdote de ópera,
exclamó:
-Exijo
a usted, como padre espiritual que he sido y creo que soy todavía de usted, le
exijo en nombre de Dios... que... si esta... noche.. sorprendiera usted...
algún nuevo... atentado..., si ese infame, que ignora que usted lo sabe todo,
volviera esta noche... Yo sé que es mucho pedir..., pero un asesinato no tiene
jamás disculpa a los ojos de Dios, aunque la tenga a los del mundo... Evite
usted que ese hombre pueda llegar aquí..., pero... ¡nada de sangre, don Víctor,
nada de sangre en nombre de la que vertió por todos el Crucificado...!
«¡Es
verdad -pensó don Víctor cuando se quedó solo-, es verdad! ¿Y yo, estúpido,
tonto, no había dado en ello? Ese hombre debe volver esta noche... ¡Y yo, por
no matarla a ella con el susto, iba a dejar que otra vez..., otra vez...! ¡Y no
pensaba en ello...!»
Se
abrió la puerta y entró la Regenta.
Venía
pálida, vestía un peinador blanco y no hacía ruido al andar. Sus ojos parecían
más grandes que nunca y miraban con una fijeza que daba escalofríos. A lo menos
los sintió don Víctor, que dio un paso atrás y tuvo terror, como en presencia
de un fantasma. Antes que en la traición de aquella mujer pensó en el gran
peligro que corría la vida de Ana si una emoción fuerte la espantaba. No le
pareció su mujer a don Víctor, le pareció la Traviata en la escena en que muere
cantando. Sintió el pobre viejo una compasión supersticiosa: aquel ser vaporoso
que se le aparecía de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo quería
él en aquel instante con amor de padre que teme por la vida de su hija, y lo
temía al mismo tiempo como a cosa del otro mundo... «¡Qué fácil era asesinar
con una palabra a la pobrecita enferma, que acaso no era responsable de su
delito! Oh, no, lo que es a ella no la mataría, ni con puñal, ni con bala, ni
con palabras fulminantes...»
-¿Quién
estaba ahí? -preguntó Ana, tranquila.
-El
Magistral -respondió don Víctor, que suponía a su mujer enterada de lo mismo que
preguntaba.
Ana
se turbó.
-¿A
qué venía... a estas horas? -preguntó disimulando sus temores.
-¿A
qué? Cosas de política... Eso del obispo y el gobernador..., lo de las
votaciones, que corre prisa..., en fin..., cosas de política.
La
Regenta no insistió. Se retiró sin acercarse a su marido, que no la buscó
tampoco para darle el beso en la frente con que solían despedirse todas las
noches.
Respiró
Quintanar cuando se vio solo. «Aquello había salido bien. No se había
descubierto. Anita no había podido sospechar... Tenía la conciencia tranquila,
señal de que había hecho bien por lo pronto».
Pidió
el té, que era su cena los días de caza y de comida de fiambre; dio orden a los
criados de acostarse; y a las once y media, de puntillas y sin tropezar en
nada, a pesar de ir a oscuras, bajó al parque en zapatillas, armado de
escopeta. La había cargado con postas.
«¡Oh,
sí! El Magistral le había sugerido, sin querer, una buena idea. ¿Que no hubiera
sangre, eh? Oh, lo que es como volviese aquella noche... ¡moría don Álvaro! Y
que ardiera el mundo. Que se asustara Ana, que cayera redonda, que le
prendieran a él... Cualquier cosa..., pero como volviera, moría». Así como poco
antes había sentido la conciencia tranquila al contener su cólera delante de
Ana, ahora se sentía satisfecho ante su resolución de matar al ladrón de su
honra si volvía.
La
noche era obscura; el frío, intenso. Don Víctor no tuvo más remedio que volver a
su cuarto por la capa. Se exponía a hacer ruido o que el otro tuviera tiempo de
venir y escalar el balcón entretanto..., pero a cuerpo no se podía estar allí.
Se quedaría helado. Fue, con la prisa que pudo, a buscar la capa, y bien
embozado volvió a su puesto de centinela en el cenador, desde el cual veía el
perfil de la tapia destacándose borrosa en el cielo negro; y vería también el
balcón del tocador si se abría para dar paso a don Álvaro.
Oyó
las doce, la una, las dos..., no oyó las tres, porque debió de dormitar un
poco, aunque él se lo negaba a sí mismo... Y a las cuatro no pudo resistir ya
el frío y el sueño; y delirante, sin conciencia de sí mismo ni del mundo
ambiente, tropezando en todo, subió a su cuarto, buscó la cama a tientas, se
desnudó por máquina, se envolvió entre las sábanas y se quedó dormido en un
sopor de fiebre lleno de fantasmas ardientes, de monstruos dolorosos.
Aquella
tarde no asistieron al Casino a la hora del café, como solían, ni Mesía, ni
Ronzal, ni el capitán Bedoya ni el coronel Fulgosio.
Lo
cual, notado que fue por Foja, el ex-alcalde, le hizo exclamar en son de
misterio:
-Señores,
cuando yo digo que hay gato...
-¿Qué
gato? -preguntó don Frutos Redondo, el americano.
Estaban,
como siempre a tal hora, en la sala contigua al gabinete rojo, el del tresillo.
Todos
los presentes rodearon a Foja, que añadió:
-Noten
ustedes que hoy no han venido ni Ronzal, ni el capitán ni el coronel. Ciertos
son los toros. Cuando el río suena...
-Pero
¿qué suena? -preguntó Orgaz padre, que algo sabía.
Joaquinito,
que se daba aires de saber muchas cosas, dijo:
-Nada,
señores, yo digo a ustedes que no hay nada...
-Pues
con permiso de usted yo sé que hay grandes novedades. Lo sé de buena tinta...
Quintanar debe de haber mandado a estas horas sus padrinos a don Álvaro.
-¡Padrinos!,
¿por qué? -preguntó Redondo.
-¡Bah!
Está usted buen cazurro. Demasiado sabe usted por qué. La verdad es que aquello
era un escándalo.
Joaquín
Orgaz defendió a don Álvaro.
Pero
Foja no atacaba a Mesía, atacaba a don Víctor, que había consentido tanto
tiempo aquella desvergüenza.
-¿Pero
qué sabe usted si consentía? No sabía nada. Y si ahora desafía al otro, será
que descubrió algo...
-O
que se ha cansado de aguantar...
-O
no habrá tal desafío...
Toda
la tarde se habló allí de lo mismo. Al oscurecer llegó Ronzal. Nadie se atrevió
a interrogarle al principio. Foja se cansó de ser prudente y preguntó a Trabuco
dándole un golpecito en el hombro:
-¿Es
usted padrino?
-¿Padrino
de qué? -dijo Ronzal con ceño adusto, aire misterioso y como hombre
prudentísimo que opone un muro de hielo a una indiscreción.
-Padrino
del duelo a muerte entre Mesía y Quintanar...
-¿Pero
a usted quién le ha dicho...? Palabra de..., quiero decir..., yo no sé..., yo
niego... Es usted un mentecato y un hablador insustancial ¿Cree usted que
asuntos tan serios se vienen a tratar al café?
-¿Ven
ustedes? Lo que yo decía -gritó Foja triunfante sin hacer caso de los insultos.
Ronzal
negó, se obstinó en callar; pero se conocía que le costaba grandes esfuerzos.
Miró
el reloj muchas veces y preguntó a Joaquinito Orgaz, aparte, pero de modo que
lo oyeran los demás:
-¿Sabe
usted si don Pedro el picador tiene todavía sables de...?
Y
lo demás lo dijo en voz baja.
Orgaz
no sabía nada; Ronzal hizo un gesto de disgusto y salió del Casino, diciendo:
-Adiós,
señores.
-¿Ven
ustedes? Lo que yo decía. Duelo tenemos.
Aquellos
señores se declararon en sesión permanente. Los mozos encendieron el gas y
continuó el tertulín de la tarde empalmándose con el de la noche. Algunos
fueron a cenar y volvieron. A las ocho en todo el Casino no se hablaba más que del
duelo. Los del billar dejaron los tacos para venir a la sala de las mentiras a
cazar noticias; hasta los de arriba, los del cuarto del crimen, que
solían dejar que pasaran revoluciones sin darse por entendidos, mandaron sus
emisarios abajo para saber lo que ocurría.
Un
desafío en Vetusta era un acontecimiento de los más extraordinarios. De tarde
en tarde algunos señoritos se daban de bofetadas en el Espolón, en algún sitio
público, pero no pasaba de ahí. Los insultos no tenían jamás consecuencias. Nunca
había habido en Vetusta una sala de armas. Hacía años, un comandante retirado
había querido ganarse la vida dando lecciones de sable: el Marquesito, Orgaz
hijo y padre, Ronzal y otros varios comenzaron con gran afición a dejarse dar
de palos, pero pronto se cansaron y el comandante tuvo que dedicarse a pedir un
duro prestado a cualquiera.
No
se recordaba en la población más que dos desafíos en que se hubiera llegado al
terreno; uno de Mesía, allá, muchos años atrás, cuando era muy joven;
había sido padrino del contrario Frígilis, único vetustense que asistió al
lance.
Nunca
había querido decir lo que había pasado allí, pero era lo cierto que ni Mesía
ni su adversario habían guardado cama un solo día después del duelo.
El
otro desafío había sido entre un jefe económico y un cajero por cuestiones de
la caja. Sobre si sacaste tú o saqué yo. Se habían batido a primera sangre. El
cajero había recibido un arañazo en el cuello, porque el jefe económico daba
sablazos horizontales con el propósito de degollar al contrario. Y no había más
desafíos llevados al terreno en las crónicas vetustenses.
Se
discutió mucho aquella noche, para pasar el rato mientras llegaban noticias,
sobre la legitimidad de esta costumbre bárbara que habíamos heredado de la
Edad Media.
Orgaz
padre, que era algo erudito, aunque de oficio escribano, aseguró que el duelo
era resto de las ordalías.
Don
Frutos dijo que sí sería, pero que ni ordalías ni san ordalías le hacían a él
batirse. Él acudía al juez si le ofendían, y si no había modo, ventilaba la
cuestión a palos:
-Eso
de que me mate un espadachín, que no ha tenido que trabajar para ganarse la
comida, no lo consentirá el hijo de mi madre.
-Sin
embargo -decía Orgaz padre-, hay circunstancias... el honor... la sociedad...
Ya ve usted, Fígaro condena el duelo, y confiesa que él se batiría llegado el
caso.
-Es
que yo no soy un mal barbero, señor mío -gritó don Frutos-, tengo algo que
perder.
Hubo
que explicarle a don Frutos quién era Fígaro; pero aún después de enterado,
Redondo, que sudaba ya de tanto discutir y gritar, vociferó diciendo que, de
todas maneras, al que le desafiase, él le rompía el alma...
-Pues
yo -dijo el ex-alcalde- a la justicia me atengo... una querella criminal, la
ley está terminante...
-Pues
yo -exclamó solemnemente Orgaz padre, puesto en pie y con voz temblorosa-, yo
no hago nada de eso. Al que me desafíe, si es un diestro, le obligo a aceptar
un duelo en las condiciones siguientes: (Atención general.) A dos pasos de
distancia (se coloca, midiendo dos pasos largos, enfrente de don Frutos, que se
pone muy serio y erguido) una pistola cargada, y otra no cargada. (Orgaz
palidece ante la idea de que aquello pudiera suceder como lo cuenta.) Una, dos,
tres (da las tres palmadas), ¡plun!, ¡y al que Dios se la dé, San Pedro se la
bendiga! Así me bato yo. La cuestión no es ser diestro, es tener valor.
-¡Bravo,
bravo!, ¡eso, eso! -gritó gran parte del concurso como si oyera aquello por
primera vez.
Siempre
que se hablaba de desafíos decían lo mismo que aquel día Foja, don Frutos,
Orgaz y otros caballeros.
En
vano esperaron los socios noticias. En toda la noche no parecieron por allí ni
Ronzal, ni Fulgosio, ni Bedoya, que, según se decía, eran los padrinos, amén de
Frígilis.
Era
verdad. Por más que Crespo encargó el secreto más absoluto a todas las personas
que tuvieron que intervenir en el triste negocio, no se sabe cómo, aunque se
sospecha que por culpa de Ronzal, pronto corrió por Vetusta el rumor de lo cierto.
Petra y Ronzal habían sido los indiscretos. Petra, por venganza, por mala
índole, había hablado, había dicho a alguna amiga lo de su antigua
ama. «¿Que por qué había dejado aquella casa? Por tal y por cual». Trabuco, a
quien la honra de merecer la confianza de Quintanar había llenado de vanidad,
no había podido resistir la tentación de dejar transparentarse su
secreto. Ello era que en todo Vetusta no se hablaba de otra cosa.
El
Gobernador decía en su casa que no se le hablase de aquello, que su deber de
autoridad estaba en abierta contradicción con su deber de caballero, que debía
tener oídos de mercader, ojos de topo, y los tendría...
Pasó
aquel día, y pasó el siguiente y no se sabía nada.
-¿Era
una papa lo del duelo? -preguntaba Foja en el Casino.
Y
entonces reventó Joaquinito Orgaz, que lo sabía todo por el Marquesito.
-No,
no era broma; la cosa iba de veras. Duelo a muerte.
Pero
los padrinos se habían portado mal, eran torpes, a pesar de las ínfulas del
coronel Fulgosio, que decía tener el código del honor en la punta de los dedos:
no parecían armas. Se había hablado del sable primero; pero no parecían sables
de desafío; no había en Vetusta sables así, o no querían darlos los que los
tenían. Se había recurrido a la pistola... y tampoco parecían pistolas a
propósito. «Yo creo -añadía Joaquinito-, y Paco cree lo mismo, que esto es
inverosímil y que Frígilis quiere dar largas al asunto a ver si convence a
Mesía y lo hace marcharse de Vetusta».
-¡Qué
indignidad! -gritó Foja.
-Pues
ésa había sido la primera solución. La misma noche del día en que, al parecer
(esto se cuenta por lo menos), don Víctor descubrió su deshonra, Frígilis fue a
ver a Mesía y le suplicó que saliera del pueblo cuanto antes. Mesía se lo contó
ce por be a Paco.
-Bueno,
¿y qué más?
-Nada,
que Mesía, como era natural, se opuso; dijo que Quintanar y todo Vetusta podían
atribuir a miedo su ausencia. Pero Frígilis, que tiene cierta influencia sobre
don Álvaro, le obligó a darle palabra de honor de que al día siguiente tomaría
el tren de Madrid. Parece ser que Quintanar tuvo en sus manos la vida de
Álvaro; que pudo matarle de un tiro y no le mató. Y Frígilis invocaba esto y
los derechos del marido ultrajado para obligar a Mesía a huir. «Eso no es
cobardía -dice que le dijo-, eso es hacerse justicia a sí mismo, usted merece
la muerte por su traición y yo le conmuto la pena por el destierro».
-¿Eso
dijo Crespo?
-Eso.
-¡Miren
Frígilis!
-Tiene
mucha confianza con Álvaro, que le respeta mucho.
-Bueno,
¿y qué más?
-Nada,
que Álvaro dio palabra. Pero al día siguiente, ayer por la mañana, cuando
estaba ya nuestro don Juan haciendo el equipaje para largarse, se le
presentaron Frígilis y Ronzal en son de desafío. Parece ser que muy temprano
don Víctor llamó a Frígilis y le obligó a buscar a Trabuco para ir juntos a
desafiar al burlador; Frígilis no tuvo más remedio que obedecer, porque al
saber Quintanar que el otro pensaba escapar, amenazó con seguirle al fin del
mundo y llamarle cobarde en los periódicos, en la calle... Estaba furioso.
-¡Claro,
las comedias!
-Ello
es, que Frígilis tuvo que devolver a Álvaro la promesa de huir y mandarle
buscar padrinos.
-¿Y
Mesía?
-Es
claro; dejó el viaje y buscó padrinos; querían que yo fuese uno (mentira), pero
después... como yo soy muy amigo de ambos..., en fin, se buscó otros... y no
parecían... Sólo Fulgosio, que siempre se presta a tales enredos... y Bedoya,
que al fin es militar...
En
general, Joaquinito estaba bien enterado. Mesía se lo había dicho todo al
Marquesito, que había ido a verle a la fonda.
Lo
que no le había dicho era que él tenía mucho miedo; que así como se alegraba de
ver rotas aquellas relaciones que iban a acabar con la poca salud que le
quedaba y a dejarle en ridículo a los mismos ojos de Ana, le horrorizaba la
idea de verse frente a frente de don Víctor con una espada o una pistola en la
mano.
La
proposición primera de Frígilis la aceptó inmediatamente.
«¡Era
natural!, debía huir, ¿con qué derecho iba él a procurar la muerte del hombre
que le había perdonado la vida aquella mañana y a quien él había robado la
honra? Huiría; al día siguiente, sin falta, tomaría el tren».
Ya
lo esperaba Frígilis, que sabía a qué atenerse respecto del valor de Álvaro.
Como
que había sido testigo de aquel duelo misterioso, a que aludían los socios del
Casino. Don Álvaro, por culpa de una mujer, había sido retado a singular
combate por un forastero; todos los padrinos eran de la guarnición menos
Frígilis, único vetustense que presenció el lance. El duelo era a sable, en el
Montico, en una arboleda, de tarde, cerca del oscurecer. Mesía y su adversario
estaban en mangas de camisa (se acordaba Frígilis como si hubiese sido el día
anterior), estaban en mangas de camisa, sable en mano..., ambos pálidos y
temblando de frío y de miedo. El cielo encapotado amenazaba desplomarse en
torrentes de lluvia. Los dos combatientes miraban a las nubes.
Frígilis comprendió lo que deseaban. Comenzó la lid soltera y al primer choque
de los aceros estalló un trueno y empezaron a caer gotas como puños. Mesía y su
adversario temblaban como las ramas de los árboles que batía el viento... Tan
grande fue el chaparrón que los padrinos suspendieron el duelo... que no se
continuó. «No habían ido a batirse contra los elementos». Mesía quedó incólume
y Crespo implícitamente le dio seguridades de que guardaría el secreto de aquel
trance ridículo y de la cobardía del Tenorio vetustense.
Recordando
todo esto, Frígilis trató como un zapato a Mesía aquella noche memorable en que
le intimó la huida. Pero -decía bien Joaquín Orgaz- al día siguiente tuvo que
devolver su palabra a don Álvaro. Ya no debía huir. Quintanar se empeñaba en
batirse; era aragonés y no cejaría.
«No
sé quién me le ha cambiado. Anoche parecía resuelto o poco menos a una solución
pacífica, se contentaba con que usted desapareciera; y hoy, cuando fui a verle
me encontré al señor de Ronzal, que está presente, al lado del lecho de mi
amigo».
Ronzal
saludó.
Mesía
se había puesto muy pálido. Estaba metiendo ropa blanca en un mundo y suspendió
la tarea.
-De
modo que...
-Que
tiene usted que buscar padrinos.
A
Frígilis le había disgustado que don Víctor, sin consultar con él, hubiese
llamado a Ronzal. Quintanar creía en la energía del diputado por Pernueces y
sabía que no estimaba a don Álvaro. Según el ex-magistrado, era un buen
padrino. Error, según Frígilis.
Lo
peor fue que no hubo modo de disuadir a Quintanar.
-¡Ni
un día se ha de aplazar esto! Ya que mi deshonra es pública, que la reparación
lo sea, y además terrible y rápida.
-Pero
si tienes fiebre, si estás malo...
-No
importa. Mejor. Si ustedes no van a desafiar a ese hombre, me levanto y busco
yo mismo otros padrinos.
No
hubo más remedio.
Mesía,
a regañadientes, y ocultando el pavor como podía, buscó sus dos padrinos.
Se
convino que el duelo fuese a sable. Pero no parecían sables útiles. Además
surgieron dificultades sobre ciertos pormenores. Y así pasó un día.
Al
siguiente por la mañana se acordó que se batieran a pistola.
Don
Víctor formó entonces su plan. Se alegró de que fuese el duelo a pistola.
Pero
tampoco parecían pistolas de desafío.
Y
pasó otro día.
Don
Víctor se levantó al siguiente después de pasar setenta horas en la cama, con
fiebre un día entero, impaciente a ratos, angustiado otros, y siempre
disimulando en presencia de Ana, que le cuidaba solícita.
Durante
aquellas largas horas de cama, con la debilidad que sucedió a la calentura
vinieron accesos de melancolía, y meditaciones filosófico-religiosas. Don
Víctor sintió que el ánimo aflojaba no por amor a la vida propia, que no creía
en gran peligro ante don Álvaro, sino por miedo a los remordimientos. Cuando
supo lo de las pistolas, resolvió no matar a su contrario. «Le dejaría cojo.
Tiraría a las piernas. El otro no era probable que le hiriese a él tirando a
veinte pasos; tendría que ser por una casualidad».
Sin
que Ana sospechase nada, porque Mesía había cumplido su palabra, dada a
Frígilis, de despedirse por escrito para un viaje electoral, urgentísimo y
breve; sin que Ana sospechase por lo menos que se trataba de la vida o la
muerte de su esposo y de su amante, salió de casa don Víctor por la puerta del
parque acompañado de Frígilis, a la hora en que solían ir de caza.
En
la calleja de Traslacerca les esperaba Ronzal. La mañana estaba fría y la
helada sobre la hierba imitaba una somera nevada.
En
la carretera de Santianes les esperaba un coche; dentro de él estaba Benítez,
el médico de Ana. Al verle don Víctor palideció, pero en nada más se pudo notar
su emoción.
Llegaron,
sin hablar apenas durante el viaje, a las tapias del Vivero. Se apearon y,
rodeando la quinta del Marqués, entraron en el bosque de robles donde meses
antes don Víctor había buscado a su mujer ayudado del Magistral. «¡Cuántas
cosas se explicaba ahora que no había comprendido entonces!» No importaba; la
verdad era que del furor que en su corazón había hecho estragos después de la
visita nocturna de don Fermín, ya no quedaban más que restos apagados: ya no
aborrecía a don Álvaro, ya no se figuraba imposible la vida mientras no muriese
aquel hombre: la filosofía y la religión triunfaban en el ánimo de don Víctor.
Estaba decidido a no matar.
Llegaron
a lo más alto del bosque; allí había una meseta, y en un claro sitio suficiente
para medir más de treinta pasos. Las últimas condiciones del duelo eran éstas:
veinticinco pasos, pudiendo avanzar cinco cada cual. Valía apuntar en los
intervalos de las palmadas, que habían de ser muy breves. Lo cierto era que
Fulgosio, el coronel, nunca había presenciado un duelo a pistola, aunque él aseguraba
haber asistido a muchos, y Ronzal y Bedoya en su vida habían intervenido en
semejantes negocios. Frígilis sólo había visto el duelo frustrado de Mesía.
Aquellas condiciones las había copiado el coronel de una novela francesa que le
había prestado Bedoya. Lo único original allí era que Fulgosio juraba que su
honor de soldado no le permitía autorizar un simulacro de desafío, y que el
duelo a pistola y a tal distancia y a la voz de mando sin apuntar y entre dos primerizos,
pues primerizo era también Mesía a pistola, sería la carabina de Ambrosio.
Bedoya
pensó que don Víctor era buen tirador, pero no se atrevió a presentar
objeciones a su colega. La parte contraria tampoco tuvo nada que decir.
Cuando
llegaron a la meseta, lugar del duelo, don Víctor y los suyos encontraron solo
el terreno. Quince minutos después aparecieron entre los árboles desnudos don
Álvaro y sus padrinos, más el señor don Robustiano Somoza. Mesía estaba hermoso
con su palidez mate, y su traje negro cerrado, elegante y pulquérrimo.
A
don Víctor se le saltaron las lágrimas al ver a su enemigo. En aquel instante
hubiera gritado de buena gana: ¡perdono!, ¡perdono...!, como Jesús en la cruz.
Quintanar no tenía miedo, pero desfallecía de tristeza, «¡qué amarga era la
ironía de la suerte! ¡Él, él iba a disparar sobre aquel guapo mozo que hubiera
hecho feliz a Anita, si diez años antes la hubiera enamorado! ¡Y él... él,
Quintanar, estaría a estas horas tranquilo en el Tribunal Supremo o en La
Almunia de don Godino...! Todo aquello de matarse era absurdo... Pero no había
remedio. La prueba era que ya le llamaban, ya le ponían la pistola fría en la
mano...»
Frígilis,
sereno, por dignidad, pero temiendo una casualidad, la de que Mesía tuviera
valor para disparar y, por casualidad también, herir a Víctor, Frígilis apretó
la mano a Quintanar al dejarle en su puesto de honor.
Y
se separaron testigos y médicos a buena distancia, porque todos temían una
bala perdida.
Don
Álvaro pensó en Dios sin querer. Esta idea aumentó su pavor; recordó que
aquella piedad sólo le acudía en las enfermedades graves, en la soledad de su
lecho de solterón...
Frígilis
estaba asustado del valor de aquel hombre.
Mesía
mismo se explicaba mal cómo había llegado hasta allí.
Pensando
en esto, y mientras apuntaba a don Víctor, sin verle, sin ver nada, sin fuerza
para apretar el gatillo, oyó tres palmadas rápidas y en seguida una detonación.
La bala de Quintanar quemó el pantalón ajustado del petimetre.
Mesía
sintió de repente una fuerza extraña en el corazón; era robusto, la sangre
bulló dentro con energía. El instinto de conservación despertó con ímpetu.
«Había que defenderse. Si el otro volvía a disparar iba a matarle; ¡era don
Víctor, el gran cazador!»
Mesía
avanzó cinco pasos y apuntó. En aquel instante se sintió tan bravo como
cualquiera. ¡Era la corazonada! El pulso estaba firme; creía tener la cabeza de
don Víctor apoyada en la boca de su pistola; suavemente oprimió el gatillo frío
y... creyó que se le había escapado el tiro. «No, no había sido él quien había
disparado, había sido la corazonada».
Ello
era que don Víctor Quintanar se arrastraba sobre la hierba cubierta de
escarcha, y mordía la tierra.
La
bala de Mesía le había entrado en la vejiga, que estaba llena.
Esto
lo supieron poco después los médicos, en la casa nueva del Vivero, adonde se
trasladó, como se pudo, el cuerpo inerte del digno magistrado. Yacía don Víctor
en la misma cama donde meses antes había dormido con el dulce sueño de los
niños.
Alrededor
del lecho estaban los dos médicos; Frígilis, que tenía lágrimas heladas en los
ojos; Ronzal, estupefacto, y el coronel Fulgosio, lleno de remordimientos.
Bedoya había acompañado a Mesía, que pocas horas después tomaba el tren de Madrid,
tres días más tarde de lo que Frígilis había pensado.
Pepe,
el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y triste,
esperaba órdenes en la habitación contigua a la del moribundo. Vio salir a Frígilis,
que enseñaba los puños al cielo, creyéndose solo.
-¿Qué
hay, señor? ¿Cómo está ese bendito del Señor...?
Frígilis
miró a Pepe como si no le conociera; y como hablando consigo mismo dijo:
-La
vejiga llena... La peritonitis de... no sé quién... Eso dicen ellos.
-¿La
qué, señor?
-Nada...
¡que se muere de fijo!
Y
Frígilis entró en un gabinete, que estaba a obscuras, para llorar a solas.
Poco
después Pepe vio salir al coronel Fulgosio y detrás a Somoza, el médico.
-¿Y
trasladarle a Vetusta...? -decía el militar.
-¡Imposible!
¡Ni soñarlo! ¿Y para qué? Morirá esta tarde de fijo.
Somoza
solía equivocarse, anticipando la muerte a sus enfermos.
Esta
vez se equivocó, dándole a don Víctor más tiempo de vida del que le otorgó la
bala de don Álvaro.
Murió
Quintanar a las once de la mañana.
...............................................
El
mes de mayo fue digno de su nombre aquel año en Vetusta. ¡Cosa rara!
Las
nubes eternas del Corfín habían vertido todos sus humores en marzo y en abril.
Los vetustenses salían a la calle como el cuervo de Noé pudo salir del arca, y
todos se explicaban que no hubiera vuelto. Después de dos meses pasados debajo
del agua, ¡era tan dulce ver el cielo azul, respirar aire y pasearse por prados
verdes cubiertos de belloritas que parecen chispas del sol!
Toda
Vetusta paseaba.
Pero
Frígilis no pudo conseguir que Ana pusiera el pie en la calle.
-Pero,
hija mía, esto es un suicidio. Ya sabe usted lo que ha dicho Benítez, que es
indispensable el ejercicio, que esos nervios no se callarán mientras no se los
saque a tomar el aire, a ver el sol... Vamos, Anita, por Dios, sea usted
razonable..., tenga usted caridad... consigo misma. Saldremos muy temprano al amanecer
si usted quiere; ¡está el Paseo Grande tan hermoso a tales horas! O si no al
obscurecer, a tomar el fresco, por una carretera... Por Dios, hija, va usted a
enfermar otra vez.
-No,
no salgo... -y Ana movía la cabeza como los ciegos-. Por Dios, don Tomás, no me
atormenten, no me atormenten con ese empeño... Ya saldré más adelante..., no sé
cuándo. Ahora me horroriza la idea de la calle... ¡Oh, no, por Dios..., no!,
por Dios me dejen.
Y
juntaba las manos y se exaltaba; y Frígilis tenía que callar.
Ocho
días había estado Ana entre la vida y la muerte, un mes entero en el lecho sin
salir del peligro, dos meses convaleciente, padeciendo ataques nerviosos de
formas extrañas, que a ella misma le parecían enfermedades nuevas cada vez.
Frígilis
había dicho a la Regenta que Quintanar estaba herido allá en las marismas de
Palomares, que se le había disparado la escopeta y... Pero Ana, espantada,
adivinando la verdad, había exigido que se la llevase a las marismas de
Palomares inmediatamente...
«No
podía ser, no había tren hasta el día siguiente...»
«Pues
un coche, un coche... Se me engaña; si eso fuera cierto, usted estaría al lado
de Víctor...»
Frígilis
explicó su presencia lo menos mal que pudo.
Las
mentiras piadosas fueron inútiles; Ana se dispuso a salir sola, a correr en
busca de su Víctor... Hubo que decirle una verdad: la muerte de su esposo.
Quiso verle muerto, pero no pudo moverse; cayó sin sentido y despertó en el
lecho. Dos días creyó Frígilis tenerla engañada, atribuyendo la desgracia a un
accidente de la caza. Pero Ana creía la verdad, no lo que le decían; la
ausencia de Mesía y la muerte de Víctor se lo explicaron todo.
Y
una tarde, a los tres días de la catástrofe, en ausencia de Frígilis, Anselmo
entregó a su ama una carta en que don Álvaro explicaba desde Madrid su
desaparición y su silencio.
Cuando
Crespo, al obscurecer, entró en la alcoba de Ana, la llamó en vano dos, tres
veces... Pidió luz asustado y vio a su amiga como muerta, supina, y sobre el
embozo de la cama el pliego perfumado de Mesía.
Y
poco después, mientras Benítez traía a la vida con antiespasmódicos a la
Regenta y recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos,
complicaciones del sistema nervioso, Frígilis en el tocador leía la carta del
que siempre llamaba ya para sus adentros cobarde asesino; y después de leer el
papel asqueroso, lo arrugaba entre sus puños de labrador y decía con voz ronca:
-¡Idiota!,
¡infame!, ¡grosero!, ¡idiota!
Don
Álvaro en aquel papel que olía a mujerzuela, hablaba con frases románticas e
incorrectas de su crimen, de la muerte de Quintanar, de la ceguera de la
pasión. «Había huido porque...»
-¡Porque
tuviste miedo a la justicia, y a mí también, cobarde! -se dijo Frígilis.
«Había
huido porque el remordimiento le arrastró lejos de ella... Pero que el
amor le mandaba volver. ¿Volvía? ¿Creía Ana que debía volver? ¿O que debían
juntarse en otra parte, en Madrid, por ejemplo?» Todo era falso, frío, necio,
en aquel papel escrito por un egoísta incapaz de amar de veras a los demás, y
no menos inepto para saber ser digno en las circunstancias en que la suerte y
sus crímenes le habían puesto.
Ana,
que no había podido terminar la lectura de la carta, que había caído sobre la
almohada como muerta en cuanto vio en aquellos renglones fangosos la
confirmación terminante de sus sospechas, no pudo por entonces pensar en la
pequeñez de aquel espíritu miserable que albergaba el cuerpo gallardo que ella
había creído amar de veras, del que sus sentidos habían estado realmente
enamorados a su modo. No, en esto no pensó la Regenta hasta mucho más tarde.
En
el delirio de la enfermedad, grave y larga, que Benítez combatió desesperado,
lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento mezclado con los
disparates plásticos de la fiebre.
Otra
vez tuvo miedo a morir, otra vez tuvo el pánico de la locura, la horrorosa
aprensión de perder el juicio y conocerlo ella; y otra vez este terror,
superior a todo espanto, la hizo procurar el reposo y seguir las prescripciones
de aquel médico frío, siempre fiel, siempre atento, siempre inteligente.
Días
enteros estuvo sin pensar en su adulterio ni en Quintanar; pero esto fue al
principio de la mejoría; cuando el cuerpo débil volvió a sentir el amor de la
vida, a la que se agarraba como un náufrago cansado de luchar con el oleaje de
la muerte obscura y amarga.
Con
el alimento y la nueva fuerza reapareció el fantasma del crimen. ¡Oh, qué
evidente era el mal! Ella estaba condenada. Esto era claro como la luz. Pero a
ratos, meditando, pensando en su delito, en su doble delito, en la muerte de
Quintanar sobre todo, al remordimiento, que era una cosa sólida en la
conciencia, un mal palpable, una desesperación definida, evidente, se mezclaba,
como una niebla que pasa delante de un cuerpo, un vago terror más temible que
el infierno, el terror de la locura, la aprensión de perder el juicio; Ana
dejaba de ver tan claro su crimen; no sabía quién discutía dentro de ella,
inventaba sofismas sin contestación, que no aliviaban el dolor del
remordimiento, pero hacían dudar de todo, de que hubiera justicia, crímenes,
piedad, Dios, lógica, alma... Ana. «No, no hay nada -decía aquel tormento del
cerebro-; no hay más que un juego de dolores, un choque de contrasentidos que
pueden hacer que padezcas infinitamente; no hay razón para que tenga límites
esta tortura del espíritu, que duda de todo, de sí mismo también, pero no del
dolor que es lo único que llega al que dentro de ti siente, que no se sabe cómo
es ni lo que es, pero que padece, pues padeces».
Estas
logomaquias de la voz interior, para la enferma, eran claras, porque no hablaba
así en sus adentros sino en vista de lo que experimentaba; todo esto lo pensaba
porque lo observaba dentro de sí: llegaba a no creer más que en su dolor.
Y
era como un consuelo, como respirar aire puro, sentir tierra bajo los pies,
volver a la luz, el salir de este caos doloroso y volver a la evidencia de la
vida, de la lógica, del orden y la consistencia del mundo; aunque fuera para
volver a encontrar el recuerdo de un adulterio infame y de un marido burlado,
herido por la bala de un miserable cobarde que huía de un muerto y no había
huido del crimen.
Y
este mismo placer, esta complacencia egoísta, que ella no podía evitar, que la
sentía aun repugnándole sentirla, era nuevo remordimiento.
Se
sorprendía sintiendo un bienestar confuso cuando funcionaba en ella la lógica
regularmente y creía en las leyes morales y se veía criminal, claramente criminal,
según principios que su razón acataba. Esto era horrible, pero al fin era vivir
en tierra firme, no sobre la masa enferma, movediza de disparates del capricho
intelectual, no en una especie de terremoto interior que era lo peor
que podía traer la sensación al cerebro.
Ana
explicó todo esto a Benítez como pudo, eludiendo el referirse a sus
remordimientos.
Pero
él comprendió lo que decía y lo que callaba y declaró que el principal deber
por entonces era librarse del peligro de la muerte.
-¿Quiere
usted un suicidio?
-¡Oh,
no, eso no!
-Pues
si no hemos de suicidarnos, tenemos que cuidar el cuerpo, y la salud del cuerpo
exige otra vez... todo lo contrario de lo que usted hace. Usted, señora, cree
que es deber suyo atormentarse recordando, amando lo que fue... y aborreciendo
lo que no debió haber sido. Todo esto sería muy bueno si usted tuviera fuerzas
para soportar ese tejemaneje del pensamiento. No las tiene usted. Olvido, paz,
silencio interior, conversación con el mundo, con la primavera que empieza y
que viene a ayudarnos a vivir... Yo le prometo a usted que el día en que la vea
fuera de todo cuidado, sana y salva, le diré, si usted quiere: Anita, ahora ya
tiene usted bastante salud para empezar a darse tormento a sí misma.
Y
Frígilis hablaba en el mismo sentido.
Y
nadie más hablaba, porque Anselmo apenas sabía hablar, Servanda iba y venía
como una estatua de movimiento... y los demás vetustenses no entraban en el
caserón de los Ozores después de la muerte de don Víctor.
No
entraban. Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a otros, con
cara de hipócrita compunción, se ocultaban los buenos vetustenses el íntimo
placer que les causaba aquel gran escándalo que era como una novela,
algo que interrumpía la monotonía eterna de la ciudad triste. Pero
ostensiblemente pocos se alegraban de lo ocurrido. ¡Era un escándalo! ¡Un
adulterio descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un ex-regente de Audiencia muerto
de un pistoletazo en la vejiga! En Vetusta, ni aun en los días de revolución
había habido tiros. No había costado a nadie un cartucho la conquista de los
derechos inalienables del hombre. Aquel tiro de Mesía, del que tenía la culpa la
Regenta, rompía la tradición pacífica del crimen silencioso, morigerado y
precavido. Ya se sabía que muchas damas principales de la Encimada y de la
Colonia engañaban o habían engañado o estaban a punto de engañar a su
respectivo esposo, ¡pero no a tiros! La envidia que hasta allí se había
disfrazado de admiración, salió a la calle con toda la amarillez de sus carnes.
Y resultó que envidiaban en secreto la hermosura y la fama de virtuosa de la
Regenta no sólo Visitación Olías de Cuervo y Obdulia Fandiño y la baronesa de
la Deuda Flotante, sino también la Gobernadora, y la de Páez, y la
señora de Carraspique, y la de Rianzares, o sea el Gran Constantino, y las
criadas de la Marquesa y toda la aristocracia, y toda la clase media y hasta
las mujeres del pueblo... y, ¡quién lo dijera!, la Marquesa misma, aquella doña
Rufina tan liberal que con tanta magnanimidad se absolvía a sí misma de las ligerezas
de la juventud... ¡y otras!
Hablaban
mal de Ana Ozores todas las mujeres de Vetusta, y hasta la envidiaban y
despellejaban muchos hombres con alma como la de aquellas mujeres. Glocester en
el cabildo, don Custodio a su lado, hablaban de escándalo, de hipocresía, de
perversión, de extravíos babilónicos; y en el Casino, Ronzal, Foja, los Orgaz
echaban lodo con las dos manos sobre la honra difunta de aquella pobre viuda
encerrada entre cuatro paredes.
Obdulia
Fandiño, pocas horas después de saberse en el pueblo la catástrofe, había
salido a la calle con su sombrero más grande y su vestido más apretado a las
piernas y sus faldas más crujientes, a tomar el aire de la maledicencia, a
olfatear el escándalo, a saborear el dejo del crimen que pasaba de boca en boca
como una golosina que lamían todos, disimulando el placer de aquella dulzura
pegajosa.
«¿Ven
ustedes? -decían las miradas triunfantes de la Fandiño-. Todas somos iguales».
Y
sus labios decían:
-¡Pobre
Ana! ¡Perdida sin remedio! ¿Con qué cara se ha de presentar en público? ¡Como
era tan romántica! Hasta una cosa... como ésa tuvo que salirle a ella así..., a
cañonazos, para que se enterase todo el mundo.
-¿Se
acuerdan ustedes del paseo de Viernes Santo? -preguntaba el barón.
-Sí,
comparen ustedes... ¡Quién lo diría...!
-Yo
lo diría -exclamaba la Marquesa-. A mí ya me dio mala espina aquella
desfachatez... aquello de ir enseñando los pies descalzos... malorum signum.
-Sí,
malorum signum -repetía la baronesa, como si dijera: et cum
spiritu tuo.
-¡Y sobre todo el escándalo! -añadía
doña Rufina indignada, después de una pausa.
-¡El
escándalo! -repetía el coro.
-¡La
imprudencia, la torpeza!
-¡Eso!
¡Eso!
-¡Pobre
don Víctor!
-Sí,
pobre, y Dios le haya perdonado..., pero él, merecido se lo tenía.
-Merecidísimo.
-Miren
ustedes que aquella amistad tan íntima...
-Era
escandalosa.
-Aquello
era...
-¡Nauseabundo!
Esto
lo dijo el Marqués de Vegallana, que tenía en la aldea todos sus hijos
ilegítimos.
Obdulia
asistía a tales conversaciones como a un triunfo de su fama. Ella no había dado
nunca escándalos por el estilo. Toda Vetusta sabía quién era Obdulia..., pero
ella no había dado ningún escándalo.
Sí,
sí, el escándalo era lo peor; aquel duelo funesto también era una complicación.
Mesía había huido y vivía en Madrid... Ya se hablaba de sus amores reanudados
con la Ministra de Palomares... Vetusta había perdido dos de sus
personajes más importantes... por culpa de Ana y su torpeza.
Y
se la castigó rompiendo con ella toda clase de relaciones. No fue a verla
nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se le había pasado por las mientes
recoger aquella herencia de Mesía.
La
fórmula de aquel rompimiento, de aquel cordón sanitario, fue ésta:
-¡Es
necesario aislarla...! ¡Nada, nada de trato con la hija de la bailarina
italiana!
El
honor de haber resucitado esta frase perteneció a la baronesa de la Barcaza.
Si
Ripamilán hubiera podido salir de su casa, no hubiera respetado aquel acuerdo
cruel del gran mundo. Pero el pobre don Cayetano había caído en su
lecho para no levantarse. Allí vivió, siempre contento, dos años más.
Acabó
su peregrinación en la tierra cantando y recitando versos de Villegas.
La
Regenta no tuvo que cerrar la puerta del caserón a nadie, como se había
prometido, porque nadie vino a verla; se supo que estaba muy mala, y los más caritativos
se contentaron con preguntar a los criados y a Benítez cómo iba la enferma, a
quien solían llamar esa desgraciada.
Ana prefería aquella soledad; ella
la hubiera exigido si no se hubiera adelantado Vetusta a sus deseos. Pero
cuando, ya convaleciente, volvió a pensar en el mundo que la rodeaba, en los
años futuros, sintió el hielo ambiente y saboreó la amargura de aquella maldad
universal. «¡Todos la abandonaban! Lo merecía, pero... de todas maneras ¡qué
malvados eran todos aquellos vetustenses que ella había despreciado siempre,
hasta cuando la adulaban y mimaban!»
La
viuda de Quintanar resolvió seguir hasta donde pudiera los consejos de Benítez.
Pensaba lo menos posible en sus remordimientos, en su soledad, en el porvenir triste,
monótono en su negrura.
En
cuanto se lo permitió la fortaleza del cuerpo redivivo trabajó en obras de
aguja, y se empeñó, con voluntad de hierro, en encontrarle gracia al punto de
crochet y al de media.
Aborrecía
los libros, fuesen los que fuesen; todo raciocinio la llevaba a pensar en sus
desgracias; el caso era no discurrir. Y a ratos lo conseguía. Entonces se le
figuraba que lo mejor de su alma se dormía, mientras quedaba en ella despierto
el espíritu suficiente para ser tan mujer como tantas otras.
Llegó
a explicarse aquellas tardes eternas que pasaba Anselmo en el patio, sentado en
cuclillas y acariciando al gato. Callar, vivir, sin hacer más que sentirse bien
y dejar pasar las horas, esto era algo, tal vez lo mejor. Por allí debía de
irse a la muerte... Y Ana iba sin miedo. El morir no la asustaba; lo que quería
era morir sin desvanecerse en aquellas locuras de la debilidad de su cerebro...
Cuando
Benítez la sorprendía en estas horas de calma triste y muda, le preguntaba Ana con
una sonrisa de moribunda:
-¿Está
usted contento?
Y
con otra sonrisa fría, triste, contestaba el médico:
-Bien,
Ana, bien... Me agrada que sea usted obediente...
Pero
cuando se quedaban solos Benítez y Crespo, el doctor decía:
-No
me gusta Ana...
-Pues
yo la veo muy tranquila a ratos...
-Sí,
pues por eso... no me gusta. Hay que obligarla a distraerse.
Y
Frígilis se propuso conseguir que se distrajera.
Y
por eso la rogaba que saliese con él a paseo cuando llegó aquel mayo risueño,
seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado en Vetusta.
Pero
como no consiguió nada, como Anita le pedía con las manos en cruz que la
dejasen en paz, tranquila en su caserón, Crespo resolvió divertir a su pobre
amiga en su misma casa.
«¡Si
él pudiera hacer que se aficionara a los árboles y a las flores!»
Por
ensayar nada se perdía. Ensayó.
Ana,
por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, sonriente, y bajaba al
parque cuando se trataba de lecciones prácticas. Frígilis llegó a
entusiasmarse, y una tarde contó la historia de su gran triunfo, la
aclimatación del Eucaliptus globulus en la región vetustense.
Durante
la enfermedad de su amiga, don Tomás Crespo, desconfiando del celo de Anselmo y
de Servanda, y sin pedir permiso a nadie, se instaló en el caserón de los
Ozores. Trasladó su lecho de la posada en que vivía desde el año sesenta, a los
bajos del caserón. El tocador y la alcoba de Ana estaban encima del cuarto que
escogió Frígilis. Allí, con el menor aparato posible, sin molestar a nadie, se
instaló para velar a la Regenta y acudir al menor peligro.
Comía
y cenaba en la posada, pero dormía en el caserón.
Esto
no lo supo Anita hasta que, ya convaleciente, se quejó un día de aquella
soledad. Confesó que de noche tenía a veces miedo. Y poniéndose como un tomate,
el buen Frígilis advirtió tímidamente que hacía más de mes y medio él se había
tomado la libertad de venirse a dormir debajo de la Regenta. Los criados tenían
orden de no decírselo a la señora.
Desde
que esto supo, Ana se creyó menos sola en sus noches tristes. Roto el secreto,
Frígilis tosía fuerte abajo a propósito, para que le oyera Ana, como diciendo:
«No temas, estoy yo aquí».
Pero
como la malicia lo sabe todo, también supo esto Vetusta. Se dijo que Frígilis
se había metido a vivir de pupilo en casa de la Regenta, en el caserón
nobilísimo de los Ozores.
Y
decían unos:
-Será
una obra de caridad. La pobre estará mal de recursos y con la ayuda de
Frígilis... podrá ir tirando.
Y
el gran mundo echaba por los dedos la cuenta de lo que le habría
quedado a Anita. «No debía de haberle quedado nada».
-Ella
rentas no las tiene.
-Las
de su marido, las de don Víctor allá en Aragón no le pertenecen.
-La
viudedad no la habrá pedido...
-¡Sería
ignominioso...!
-¡Ya
lo creo! ¡Reclamar la viudedad... ella... causa de la muerte del digno
magistrado!
-Sería
indigno.
-Indigno.
-Y
ya no está bien que viva en el caserón de los Ozores.
-Claro,
porque aunque se lo regaló su esposo, según dicen, él fue quien se lo compró a
las tías de Ana, y no con bienes gananciales, sino vendiendo tierras en la
Almunia.
-Sea
como sea, ella no debía vivir en esa casa.
-De
modo que no se sabe de qué vive.
-Vivirá
de eso. De mantener en su casa a Frígilis, que pagará bien.
-Eso
sí, porque él es un chiflado, que no tiene escrúpulos..., pero es bueno.
-Bueno...
relativamente -decía el Marqués, que con la gota que le empezaba a molestar iba
echando una moralidad severa y un humor negro como un carbón.
Y
recordando aquel gerundio que tanto efecto había hecho en otra ocasión, resumía
diciendo:
-De
todas maneras, eso de vivir bajo el mismo techo que cobija a la viuda infiel de
su mejor amigo es... ¡es nauseabundo!
Y
nadie se atrevía a negarlo.
Todos
aquellos escrúpulos que tenía la tertulia de los Vegallana habían atormentado
también a la Regenta. En cuanto se sintió bastante fuerte para salir a la huerta,
se atrevió a decir a Frígilis lo que la atormentaba tiempo atrás.
-Yo...
quisiera salir de esta casa... Esta casa... en rigor... no es mía... Es de los
herederos de Víctor, de su hermana doña Paquita, que tiene hijos... y...
Frígilis
se puso furioso. ¡Cómo se entiende! Todo lo había arreglado él ya. Había
escrito a Zaragoza y la doña Paquita se había contentado con lo de la Almunia.
«Bastante era. El caserón era de Ana legalmente y moralmente».
Ana
cedió porque no tenía ya energía para contrariar una voluntad fuerte.
Con
más ahínco se negó a firmar los documentos que Frígilis le presentó, cuando se
propuso pedir la viudedad que correspondía a la Regenta.
-¡Eso
no, eso no, don Tomás; primero morir de hambre!
Y,
en efecto, sí, el hambre, una pobreza triste y molesta, amenazaba a la viuda si
no solicitaba sus derechos pasivos.
Ana
dijo que prefería reclamar la orfandad que le pertenecía como hija de militar.
-Échele
usted un galgo... Si eso no valdrá nada... Y no sé si podríamos...
Y
Frígilis, no sin ponerse colorado al hacerlo, falsificó la firma de Ana, y
después de algunos meses le presentó la primera paga de viuda.
Y
era tal la necesidad, tan imposible que por otro camino tuviera ella lo
suficiente para vivir, que la Regenta, después de llorar y rehusar cien veces,
aceptó el dinero triste de la viudez y en adelante firmó ella los documentos.
Benítez
y Frígilis veían en esto síntomas tristes. «Aquella voluntad se moría -pensaba
Crespo-; en otro tiempo Ana hubiera preferido pedir limosna... Ahora cede...
por no luchar».
Y
se le caían las lágrimas.
«Si
yo fuera rico..., pero es uno tan pobre...»
«Y
-añadía-, por supuesto, cobrar esos cuatro cuartos no es vergonzoso..., a ella
se lo parece..., pero no lo es... Ese dinero es suyo».
Así
vivía Ana.
Benítez,
desde que desapareció el peligro inminente, visitó menos a la viuda.
Servanda
y Anselmo eran fieles, tal vez tenían cariño al ama, pero eran incapaces de mostrarlo.
Obedecían y servían como sombras. Le hacía más compañía el gato que ellos.
Frígilis
era el amigo constante, el compañero de sus tristezas.
Hablaba
poco.
Pero
a ella la consolaba el pensar: «Está Crespo ahí».
Paso
a paso volvía la salud a enseñorearse del cuerpo siempre hermoso de Ana Ozores.
Y
con algo de remordimiento de conciencia, sentía de nuevo apego a la vida, deseo
de actividad. Llegó un día en que ya no le bastó vegetar al lado de Frígilis,
viéndole sembrar y plantar en la huerta y oyendo sus apologías del Eucaliptus.
Se
había prometido no salir de casa, y la casa empezaba a parecerle una cárcel
demasiado estrecha.
Una
mañana despertó pensando que aquel año no había cumplido con la
Iglesia. Además, ya podía salir de su caserón triste para ir a misa. Sí, iría a
misa en adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso, a la capilla de la
Victoria, que estaba allí cerca.
Y
también iría a confesar.
Sin
tener fe ni dejar de tenerla, acostumbrada ya a no pensar en aquellas grandes
cosas que la volvían loca, Anita Ozores volvió a las prácticas religiosas,
jurándose a sí misma no dejarse vencer ya jamás por aquel misticismo falso
que era su vergüenza. «La visión de Dios... Santa Teresa... Todo aquello había
pasado para no volver... Ya no le atormentaba el terror del infierno, aunque se
creía perdida por su pecado, pero tampoco la consolaban aquellos estallidos de
amor ideal que en otro tiempo le daban la evidencia de lo sobrenatural y
divino».
Ahora
nada; huir del dolor y del pensamiento. Pero aquella piedad mecánica, aquel
rezar y oír misa como las demás le parecía bien, le parecía la religión
compatible con el marasmo de su alma. Y además, sin darse cuenta de ello, la religión
vulgar (que así la llamaba para sus adentros) le daba un pretexto para
faltar a su promesa de no salir jamás de casa.
Llegó
octubre, y una tarde en que soplaba el viento Sur, perezoso y caliente, Ana
salió del caserón de los Ozores y con el velo tupido sobre el rostro, toda de
negro, entró en la catedral solitaria y silenciosa. Ya había terminado el coro.
Algunos
canónigos y beneficiados ocupaban sus respectivos confesonarios esparcidos por
las capillas laterales y en los intercolumnios del ábside, en el trasaltar.
¡Cuánto
tiempo hacía que ella no entraba allí!
Como
quien vuelve a la patria, Ana sintió lágrimas de ternura en los ojos. ¡Pero qué
triste era lo que la decía el templo hablando con bóvedas, pilares,
cristalerías, naves, capillas..., hablando con todo lo que contenía a los
recuerdos de la Regenta...!
Aquel
olor singular de la catedral, que no se parecía a ningún otro, olor fresco y de
una voluptuosidad íntima, le llegaba al alma, le parecía música sorda que
penetraba en el corazón sin pasar por los oídos.
«¡Ay
si renaciera la fe! ¡Si ella pudiese llorar como una Magdalena a los pies de
Jesús!»
Y
por la vez primera, después de tanto tiempo, sintió dentro de la cabeza aquel
estallido que le parecía siempre voz sobrenatural, sintió en sus entrañas
aquella ascensión de la ternura que subía hasta la garganta y producía un amago
de estrangulación deliciosa... Salieron lágrimas a los ojos, y sin pensar más,
Ana entró en la capilla oscura donde tantas veces el Magistral le había hablado
del cielo y del amor de las almas.
«¿Quién
la había traído allí? No lo sabía. Iba a confesar con cualquiera y sin saber
cómo se encontraba a dos pasos del confesonario de aquel hermano mayor del
alma, a quien había calumniado el mundo por culpa de ella y a quien ella misma,
aconsejada por los sofismas de la pasión grosera que la había tenido ciega,
había calumniado también pensando que aquel cariño del sacerdote era amor
brutal, amor como el de Álvaro, el infame, cuando tal vez era puro afecto que
ella no había comprendido por culpa de la propia torpeza».
«Volver
a aquella amistad ¿era un sueño? El impulso que la había arrojado dentro de la
capilla ¿era voz de lo alto o capricho del histerismo, de aquella maldita
enfermedad que a veces era lo más íntimo de su deseo y de su pensamiento, ella
misma?» Ana pidió de todo corazón a Dios, a quien claramente creía ver en tal
instante, le pidió que fuera voz Suya aquélla, que el Magistral fuera el
hermano del alma en quien tanto tiempo había creído y no el solicitante lascivo
que le había pintado Mesía el infame. Ana oró, con fervor, como en los días de
su piedad exaltada; creyó posible volver a la fe y al amor de Dios y de la
vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que era peor que el
infierno; creyó salvarse cogida a aquella tabla de aquel cajón sagrado que
tantos sueños y dolores suyos sabía...
La
escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y
misteriosos de la lámpara de la capilla se mezclaban en el rostro anémico de aquel
Jesús del altar, siempre triste y pálido, que tenía concentrada la vida de
estatua en los ojos de cristal que reflejaban una idea inmóvil, eterna...
Cuatro o cinco bultos negros llenaban la capilla. En el confesonario sonaba el
cuchicheo de una beata como rumor de moscas en verano vagando por el aire.
El
Magistral estaba en su sitio.
Al
entrar la Regenta en la capilla, la reconoció a pesar del manto. Oía distraído
la cháchara de la penitente; miraba a la verja de la entrada, y de pronto aquel
perfil conocido y amado se había presentado como en un sueño. El talle, el
contorno de toda la figura, la genuflexión ante el altar, otras señales que
sólo él recordaba y reconocía, le gritaron como una explosión en el cerebro:
«¡Es
Ana!»
La
beata de la celosía continuaba el rum rum de sus pecados. El Magistral no la
oía, oía los rugidos de su pasión que vociferaban dentro.
Cuando
calló la beata volvió a la realidad el clérigo, y como una máquina de echar
bendiciones desató las culpas de la devota, y con la misma mano hizo señas a
otra para que se acercase a la celosía vacante.
Ana había resuelto acercarse también, levantar
el velo ante la red de tablillas oblicuas, y a través de aquellos agujeros
pedir el perdón de Dios y el del hermano del alma, y si el perdón no era
posible, pedir la penitencia sin el perdón, pedir a fe perdida o adormecida o
quebrantada, no sabía qué, pedir la fe aunque fuera con el terror del
infierno... Quería llorar allí, donde había llorado tantas veces, unas con
amargura, otras sonriendo de placer entre las lágrimas; quería encontrar al
Magistral de aquellos días en que ella le juzgaba emisario de Dios, quería fe,
quería caridad... y después el castigo de sus pecados, si más castigo merecía
que aquella oscuridad y aquel sopor del alma...
El confesonario crujía de cuando en cuando,
como si le rechinaran los huesos.
El Magistral dio otra absolución y llamó con
la mano a otra beata... La capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos
negros, todos absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y al fin
quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor dentro del
confesonario.
Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí
dentro ya empezaba la noche.
Ana esperaba sin aliento, resuelta a acudir,
la seña que la llamase a la celosía...
Pero el confesonario callaba. La mano no
aparecía, ya no crujía la madera.
Jesús de talla, con los labios pálidos
entreabiertos y la mirada de cristal fija, parecía dominado por el espanto,
como si esperase una escena trágica inminente.
Ana, ante aquel silencio, sintió un terror
extraño...
Pasaban segundos, algunos minutos muy largos,
y la mano no llamaba...
La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en
pie con un valor nervioso que en las grandes crisis le acudía... y se atrevió a
dar un paso hacia el confesonario.
Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y
brotó de su centro una figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un
rostro pálido, unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos como los del
Jesús del altar...
El Magistral extendió un brazo, dio un paso de
asesino hacia la Regenta, que, horrorizada, retrocedió hasta tropezar con la
tarima. Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera,
abierta la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo,
que el terror le decía que iba a asesinarla.
El Magistral se detuvo, cruzó los brazos sobre
el vientre. No podía hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo; volvió a
extender los brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y después,
clavándose las uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer
desplomado, y con piernas débiles y temblonas salió de la capilla. Cuando
estuvo en el trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque iba ciego, procuró no
tropezar con los pilares y llegó a la sacristía sin caer ni vacilar siquiera.
Ana, vencida por el terror, cayó de bruces
sobre el pavimento de mármol blanco y negro; cayó sin sentido.
La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se
iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.
Celedonio,
el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla
en capilla cerrando verjas. Las
llaves del manojo sonaban chocando.
Llegó a la capilla del Magistral y cerró con
estrépito.
Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído
algo allí dentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia el fondo de la
capilla, escudriñando en la oscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver
una sombra mayor que otras veces...
Y entonces redobló la atención y oyó un rumor
como un quejido débil, como un suspiro.
Abrió, entró y reconoció a la Regenta, desmayada.
Celedonio sintió un deseo miserable, una
perversión de la perversión de su lascivia: y por gozar un placer extraño, o
por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y
le besó los labios.
Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de
un delirio que le causaba náuseas.
Había creído sentir sobre la boca el vientre
viscoso y frío de un sapo.
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