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¡En guardia, caballero!
Abandonemos por ahora al tío
Lucas, y enterémonos de lo que había ocurrido en el molino desde que dejamos
allí sola a la señá Frasquita hasta que su esposo volvió a él y se encontró con
tan estupendas novedades.
Una hora habría pasado después
que el tío Lucas se marchó con Toñuelo, cuando la afligida navarra, que se
había propuesto no acostarse hasta que regresara su marido, y que estaba
haciendo calceta en su dormitorio, situado en el piso de arriba, oyó lastimeros
gritos fuera de la casa, hacia el paraje, allí muy próximo, por donde corría el
agua del caz.
-¡Socorro, que me ahogo!
¡Frasquita! ¡Frasquita!... -exclamaba una voz de hombre, con el lúgubre acento
de la desesperación.
-¿Si será Lucas? -pensó la
navarra, llena de un terror que no necesitamos describir.
En el mismo dormitorio había
una puertecilla, de que ya nos habló Garduña, y quedaba efectivamente sobre la
parte alta del caz. Abriola sin vacilación la señá Frasquita, por más que no
hubiera reconocido la voz que pedía auxilio, y encontrose de manos a boca con
el Corregidor, que en aquel momento salía todo chorreando de la impetuosísima
acequia...
-¡Dios me perdone! ¡Dios me
perdone! -balbuceaba el infame viejo - . ¡Creí que me ahogaba!
-¡Cómo! ¿Es V.? ¿Qué
significa? ¿Cómo se atreve? ¿A qué viene V. a estas horas?... -gritó la
Molinera con más indignación que espanto, pero retrocediendo maquinalmente.
-¡Calla! ¡Calla, mujer!
-tartamudeó el Corregidor, colándose en el aposento detrás de ella - . Yo te lo
diré todo... ¡He estado para ahogarme! ¡El agua me llevaba ya como a una pluma!
¡Mira, mira cómo me he puesto!
-¡Fuera, fuera de aquí!
-replicó la señá Frasquita con mayor violencia - . ¡No tiene V. nada que
explicarme!... ¡Demasiado lo comprendo todo! ¿Qué me importa a mí que V. se ahogue? ¿Lo he llamado yo a V.? ¡Ah!
¡Qué infamia! ¡Para esto ha mandado V. prender a mi marido!
-Mujer, escucha...
-¡No escucho! ¡Márchese V.
inmediatamente, señor Corregidor!... ¡Márchese V., o no respondo de su vida!...
-¿Qué dices?
-¡Lo que V. oye! Mi marido no está en casa; pero yo me
basto para hacerla respetar. ¡Márchese V. por donde ha venido, si no quiere que
yo le arroje otra vez al agua con mis propias manos!
-¡Chica, chica! ¡no grites
tanto, que no soy sordo!... -exclamó el viejo libertino - . ¡Cuando yo estoy
aquí, por algo será!... Vengo a libertar al tío Lucas, a quien ha preso por
equivocación un alcalde de monterilla... Pero, ante todo, necesito que me
seques estas ropas... ¡Estoy calado hasta los huesos!
-¡Le digo a V. que se marche!
-¡Calla, tonta!... ¿Qué sabes tú? Mira... aquí te traigo el
nombramiento de tu sobrino... Enciende la lumbre, y hablaremos... Por lo demás,
mientras se seca la ropa, yo me acostaré en esta cama...
-¡Ah, ya! ¿Conque declara V. que venía por mí? ¿Conque
declara V. que para eso ha mandado arrestar a mi Lucas? ¿Conque traía V. su
nombramiento y todo? ¡Santos y Santas del cielo! ¿Qué se habrá figurado de mí
este mamarracho?
-¡Frasquita! ¡soy el
Corregidor!
-¡Aunque fuera V. el Rey! A
mí, ¿qué?
-¡Yo soy la mujer de mi
marido, y el ama de mi casa! ¿Cree V. que yo me asusto de los Corregidores? ¡Yo
sé ir a Madrid, y al fin del mundo, a pedir justicia contra el viejo insolente
que así arrastra su autoridad por los suelos! Y, sobre todo, yo sabré mañana
ponerme la mantilla, e ir a ver a la señora Corregidora...
-¡No harás nada de eso! -repuso
el Corregidor, perdiendo la paciencia, o mudando de táctica - . No harás nada
de eso; porque yo te pegaré un tiro, si veo que no entiendes de razones...
-¡Un tiro! -exclamó la señá
Frasquita con voz sorda.
-Un tiro, sí... Y de ello no
me resultará perjuicio alguno. Casualmente he dejado dicho en la Ciudad que
salía esta noche a caza de criminales... ¡Conque no seas necia... y quiéreme...
como yo te adoro!
-Señor Corregidor; ¿un tiro?
-volvió a decir la navarra, echando los brazos atrás y el cuerpo hacia
adelante, como para lanzarse sobre su adversario.
-Si te empeñas, te lo pegaré, y así me veré libre
de tus amenazas y de tu hermosura... -respondió el Corregidor, lleno de miedo y
sacando un par de cachorrillos.
-¿Conque pistolas también? ¡Y en la otra faltriquera el
nombramiento de mi sobrino! -dijo la señá Frasquita, moviendo la cabeza de
arriba abajo- Pues, señor, la elección no es dudosa. Espere Usía un momento;
que voy a encender la lumbre.
Y, así hablando, se dirigió
rápidamente a la escalera, y la bajó en tres brincos.
El Corregidor cogió la luz, y
salió detrás de la Molinera, temiendo que se escapara; pero tuvo que bajar
mucho más despacio, de cuyas resultas, cuando llegó a la cocina, tropezó con la
navarra, que volvía ya en su busca.
-¿Conque decía V. que me iba a
pegar un tiro? -exclamó aquella indomable mujer dando un paso atrás - . Pues,
¡en guardia, caballero; que yo ya lo estoy!
Dijo, y se echó a la cara el
formidable trabuco que tanto papel representa en esta historia.
-¡Detente, desgraciada! ¿Qué
vas a hacer? -gritó el Corregidor, muerto de susto - . Lo de mi tiro era una
broma... Mira... Los cachorrillos
están descargados. En cambio, es verdad lo del nombramiento... Aquí lo
tienes... Tómalo... Te lo regalo... Tuyo es... de balde, enteramente de
balde...
Y lo colocó temblando sobre la
mesa.
-¡Ahí está bien! -repuso la
navarra - . Mañana me servirá para encender la lumbre, cuando le guise el
almuerzo a mi marido. ¡De V. no quiero ya ni la gloria; y, si mi sobrino
viniese alguna vez de Estella, sería para pisotearle a V. la fea mano con que
ha escrito su nombre en ese papel indecente! ¡Ea, lo dicho! ¡Márchese V. de mi
casa! ¡Aire! ¡aire! ¡pronto!... ¡que ya se me sube la pólvora a la cabeza!
El Corregidor no contestó a
este discurso. Habíase puesto lívido, casi azul; tenía los ojos torcidos, y un
temblor como de terciana agitaba todo su cuerpo. Por último, principió a
castañetear los dientes, y cayó al suelo, presa de una convulsión espantosa.
El susto del caz, lo muy
mojadas que seguían todas sus ropas, la violenta escena del dormitorio, y el
miedo al trabuco con que le apuntaba la navarra, habían agotado las fuerzas del
enfermizo anciano.
-¡Me muero! -balbuceó - .
¡Llama a Garduña!... Llama a Garduña,
que estará ahí... en la ramblilla... ¡Yo no debo morirme en esta
casa!...
No pudo continuar. Cerró los
ojos, y se quedó como muerto.
-¡Y se morirá como lo dice!
-prorrumpió la señá Frasquita - . Pues, señor, ¡esta es la más negra! ¿Qué hago
yo ahora con este hombre en mi casa? ¿Qué dirían de mí, si se muriese? ¿Qué diría Lucas?... ¿Cómo podría
justificarme, cuando yo misma le he abierto la puerta? ¡Oh! no... Yo no debo
quedarme aquí con él. ¡Yo debo buscar a mi marido; yo debo escandalizar el
mundo antes de comprometer mi honra!
Tomada esta resolución, soltó
el trabuco, fuese al corral, cogió la burra que quedaba en él, la aparejó de
cualquier modo, abrió la puerta grande de la cerca, montó de un salto, a pesar
de sus carnes, y se dirigió a la ramblilla.
-¡Garduña! ¡Garduña! -iba
gritando la navarra, conforme se acercaba a aquel sitio.
-¡Presente! -respondió al cabo
el Alguacil, apareciendo detrás de un seto - . ¿Es V., señá Frasquita?
-Sí, soy yo. ¡Ve al molino, y socorre a tu amo, que se está
muriendo!...
-¿Qué dice V.? ¡Vaya un maula!
-Lo que oyes, Garduña...
-¿Y V., alma mía? ¿Adónde va a estas horas?
-¿Yo?... ¡Quita allá,
badulaque! Yo voy... a la Ciudad por un médico! -contestó la señá Frasquita,
arreando la burra con un talonazo y a Garduña con un puntapié.
Y tomó..., no el camino de la
Ciudad, como acababa de decir, sino el del Lugar inmediato.
Garduña no reparó en esta
última circunstancia; pues iba ya dando zancajadas hacia el molino y
discurriendo al par de esta manera:
-¡Va por un médico!... ¡La infeliz no puede
hacer más! ¡Pero él es un pobre
hombre! ¡Famosa ocasión de ponerse malo!... ¡Dios le da confites a quien
no puede roerlos!
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