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-En un lugar de las Montañas de León tuvo
principio mi linaje, con quien fue más agradecida y liberal la naturaleza que
la fortuna, aunque en la estrecheza de aquellos pueblos todavía alcanzaba mi
padre fama de rico, y verdaderamente lo fuera si así se diera maña a conservar
su hacienda como se la daba en gastalla. Y la condición que tenía de ser
liberal y gastador le procedió de haber sido soldado los años de su juventud;
que es escuela la soldadesca donde el mezquino se hace franco, y el franco,
pródigo; y si algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos: que se
ven raras veces. Pasaba mi padre los términos de la liberalidad y rayaba en los
de ser pródigo, cosa que no le es de ningún provecho al hombre casado y que
tiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que mi padre
tenía eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegir estado. Viendo,
pues, mi padre que, según él decía, no podía irse a la mano contra su
condición, quiso privarse del instrumento y causa que le hacía gastador y
dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo Alejandro
pareciera estrecho; y así, llamándonos un día a todos tres a solas en un
aposento, nos dijo unas razones semejantes a las que ahora diré: «-Hijos, para
deciros que os quiero bien basta saber y decir que sois mis hijos; y para
entender que os quiero mal basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a
conservar vuestra hacienda. Pues para que entendáis desde aquí adelante que os
quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro, quiero hacer una
cosa con vosotros que ha muchos días que la tengo pensada y con madura
consideración dispuesta. Vosotros estáis ya en edad de tomar estado, o, a lo
menos, de elegir ejercicio, tal, que, cuando mayores, os honre y aproveche; y
lo que he pensado es hacer de mi hacienda cuatro partes: las tres os daré a
vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin exceder en cosa alguna, y con la
otra me quedaré yo para vivir y sustentarme los días que el cielo fuere servido
de darme de vida. Pero querría que después que cada uno tuviese en su poder la
parte que le toca de su hacienda, siguiese uno de los caminos que le diré. Hay
un refrán en nuestra España, a mi parecer, muy verdadero, como todos lo son,
por ser sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que
yo digo dice: «Iglesia, o mar, o casa real», como si más claramente dijera:
«Quien quisiere valer y ser rico, siga o la Iglesia, o navegue, ejercitando el
arte de la mercancía, o entre a servir a los reyes en sus casas»; porque dicen:
«Más vale migaja de rey que merced de señor». Digo esto porque querría, y es mi
voluntad, que uno de vosotros siguiese las letras, el otro la mercancía, y el
otro sirviese al Rey en la guerra, pues es dificultoso entrar a servirle en su
casa; que ya que la guerra no dé muchas riquezas, suele dar mucho valor y mucha
fama. Dentro de ocho días os daré toda vuestra parte en dineros, sin
defraudaros en un ardite, como lo veréis por la obra. Decidme ahora si queréis
seguir mi parecer y consejo en lo que os he propuesto». Y mandándome a mí, por
ser el mayor, que respondiese, después de haberle dicho que no se deshiciese de
la hacienda, sino que gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros
éramos mozos para saber ganarla, vine a concluir en que cumpliría su gusto, y
que el mío era seguir el ejercicio de las armas, sirviendo en él a Dios y a mi
Rey. El segundo hermano hizo los mesmos ofrecimientos, y escogió el irse a las
Indias, llevando empleada la hacienda que le cupiese. El menor, y, a lo que yo
creo, el más discreto, dijo que quería seguir la Iglesia, o irse a acabar sus
comenzados estudios a Salamanca.
Así como acabamos de concordarnos y escoger
nuestros ejercicios, mi padre nos abrazó a todos, y con la brevedad que dijo
puso por obra cuanto nos había prometido; y, dando a cada uno su parte, que, a
lo que se me acuerda, fueron cada tres mil ducados en dineros (porque un
nuestro tío compró toda la hacienda y la pagó de contado, porque no saliese del
tronco de la casa), en un mesmo día nos despedimos todos tres de nuestro buen
padre, y, en aquél mesmo, pareciéndome a mí ser inhumanidad que mi padre
quedase viejo y con tan poca hacienda, hice con él que de mis tres mil tomase
los dos mil ducados, porque a mí me bastaba el resto para acomodarme de lo que
había menester un soldado. Mis dos hermanos, movidos de mi ejemplo, cada uno le
dio mil ducados; de modo que a mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y
más tres mil, que, a lo que parece, valía la hacienda que le cupo, que no quiso
vender, sino quedarse con ella en raíces. Digo, en fin, que nos despedimos dél
y de aquel nuestro tío que he dicho, no sin mucho sentimiento y lágrimas de
todos, encargándonos que les hiciésemos saber, todas las veces que hubiese
comodidad para ello, de nuestros sucesos, prósperos o adversos. Prometímosselo
y abrazándonos y echándonos su bendición, el uno tomó el viaje de Salamanca, el
otro de Sevilla, y yo el de Alicante, adonde tuve nuevas que había una nave
ginovesa que cargaba allí lana para Génova.
Éste hara veintidós años que salí de casa de
mi padre, y en todos ellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido
dél ni de mis hermanos nueva alguna; y lo que en este discurso de tiempo he
pasado lo diré brevemente. Embarquéme en Alicante, llegué con próspero viaje a Génova,
fuí desde allí a Milán, donde me acomodé de armas y de algunas galas de
soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte; y estando ya de
camino para Alejandría de la Palla, tuve nuevas que el gran Duque de Alba
pasaba a Flandes. Mudé propósito, fuíme con él, servíle en las jornadas que
hizo, halléme en la muerte de los Condes de Eguemón y de Hornos, alcancé a ser
alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamado Diego de Urbina, y a cabo
de algún tiempo que llegué a Flandes, se tuvo nuevas de la liga que la Santidad
del papa Pío Quinto, de felice recordación, había hecho con Venecia y con
España, contra el enemigo común, que es el Turco; el cual en aquel mesmo tiempo
había ganado con su armada la famosa isla de Chipre, que estaba debajo del
dominio del Venecianos: pérdida lamentable y desdichada.
Súpose cierto que venía por general desta liga
el serenísimo don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey don
Felipe; divulgóse el grandísimo aparato de guerra que se hacía; todo lo cual me
incitó y conmovió el ánimo y el deseo de verme en la jornada que se esperaba; y
aunque tenía barruntos, y casi promesas ciertas, de que en la primera ocasión
que se ofreciese sería promovido a capitán, lo quise dejar todo y venirme, como
me vine a Italia, y quiso mi buena suerte que el señor don Juan de Austria
acababa de llegar a Génova; que pasaba a Nápoles a juntarse con la armada de
Venecia, como después lo hizo en Mecina. Digo, en fin, que yo me hallé en
aquella felicísima jornada, ya hecho capitán de infantería, a cuyo honroso
cargo me subió mi buena suerte, más que mis merecimientos; y aquel día, que fue
para la cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las
naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por
la mar, en aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana
quebrantada, entre tantos venturosos como allí hubo (porque más ventura
tuvieron los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores
quedaron), yo solo fuí el desdichado; pues, en cambio de que pudiera esperar,
si fuera en los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche que
siguió a tan famoso día con cadenas a los pies y esposas a las manos. Y fue
desta suerte: que habiendo el Uchalí, rey de Argel, atrevido y venturoso
cosario, embestido y rendido la capitana de Malta, que solos tres caballeros
quedaron vivos en ella, y éstos mal heridos, acudió la capitana de Juan Andrea
a socorrella, en la cual yo iba con mi compañía; y haciendo lo que debía en
ocasión semejante, salté en la galera contraria, la cual desviándose de la que
la había embestido, estorbó que mis soldados me siguiesen, y así, me hallé solo
entre mis enemigos, a quien no pude resistir, por ser tantos; en fin, me
rindieron, lleno de heridas. Y como ya habréis, señores, oído decir que el
Uchalí se salvó con toda su escuadra, vine yo a quedar cautivo en su poder, y
solo fuí el triste entre tantos alegres y el cautivo entre tantos libres;
porque fueron quince mil cristianos los que aquel día alcanzaron la deseada
libertad, que todos venían al remo en la turquesca armada.
Lleváronme a Costantinopla, donde el Gran
Turco Selim hizo general de la mar a mi amo, porque había hecho su deber en la
batalla, habiendo llevado por muestra de su valor el estandarte de la religión
de Malta. Halléme el segundo año, que fue el de setenta y dos, en Navarino,
bogando en la capitana de los tres fanales. Vi y noté la ocasión que allí se
perdió de no coger en el puerto toda el armada turquesca; porque todos los
leventes y genízaros que en ella venían tuvieron por cierto que les habían de
embestir dentro del mesmo puerto, y tenían a punto su ropa y pasamaques, que
son sus zapatos, para huirse luego por tierra, sin esperar ser combatidos:
tanto era el miedo que habían cobrado a nuestra armada. Pero el cielo lo ordenó
de otra manera, no por culpa ni descuido del general que a los nuestros regía,
sino por los pecados de la cristiandad, y porque quiere y permite Dios que
tengamos siempre verdugos que nos castiguen. En efeto, el Uchalí se recogió a
Modón, que es una isla que está junto a Navarino, y echando la gente en tierra,
fortificó la boca del puerto, y estúvose quedo hasta que el señor don Juan se
volvió. En este viaje se tomó la galera que se llamaba La Presa, de
quien era capitán un hijo de aquel famoso cosario Barbarroja. Tomóla la
capitana de Nápoles, llamada La Loba, regida por aquel rayo de la
guerra, por el padre de los soldados, por aquel venturoso y jamás vencido
capitán don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz. Y no quiero dejar de decir
lo que sucedió en la presa de La Presa. Era tan cruel el hijo de
Barbarroja, y trataba tan mal a sus cautivos, que así como los que venían al
remo vieron que la galera Loba les iba entrando y que los alcanzaba,
soltaron todos a un tiempo los remos, y asieron de su capitán, que estaba sobre
el estanterol gritando que bogasen apriesa, y pasándole de banco en banco, de
popa a proa, le dieron bocados, que a poco más que pasó del árbol ya había
pasado su ánima al infierno: tal era, como he dicho, la crueldad con que los
trataba, y el odio que ellos le tenían. Volvimos a Constantinopla, y el año
siguiente, que fue el de setenta y tres, se supo en ella como el señor don Juan
había ganado a Túnez, y quitado aquel reino a los turcos, y puesto en posesión
dél a Muley Hamet, cortando las esperanzas que de volver a reinar en él tenía
Muley Hamida, el moro más cruel y más valiente que tuvo el mundo. Sintió mucho
esta pérdida el Gran Turco, y, usando de la sagacidad que todos los de su casa
tienen, hizo paz con Venecianos, que mucho más que él la deseaban, y el año
siguiente de setenta y cuatro acometió a la Goleta y al fuerte que junto a
Túnez había dejado medio levantado el señor don Juan. En todos estos trances
andaba yo al remo, sin esperanza de libertad alguna; a lo menos, no esperaba
tenerla por rescate, porque tenía determinado de no escribir las nuevas de mi
desgracia a mi padre.
Perdióse, en fin, la Goleta, perdióse el
fuerte, sobre las cuales plazas hubo de soldados turcos pagados setenta y cinco
mil, y de moros, y alárabes de toda la África, más de cuatrocientos mil,
acompañado este tan gran número de gente con tantas municiones y pertrechos de
guerra, y con tantos gastadores, que con las manos y a puñados de tierra pudieran
cubrir la Goleta y el fuerte. Perdióse primero la Goleta, tenida hasta entonces
por inexpugnable, y no se perdió por culpa de sus defensores (los cuales
hicieron en su defensa todo aquello que debían y podían), sino porque la
experiencia mostró la facilidad con que se podían levantar trincheas en aquella
desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos no la
hallaron a dos varas; y así, con muchos sacos de arena levantaron las trincheas
tan altas, que sobrepujaban las murallas de la fuerza; y, tirándoles a
caballero, ninguno podía parar, ni asistir a la defensa.
Fue común opinión que no se habían de encerrar
los nuestros en la Goleta, sino esperar en campaña al desembarcadero, y los que
esto dicen hablan de lejos y con poca experiencia de casos semejantes; porque
si en la Goleta y en el fuerte apenas había siete mil soldados, ¿cómo podía tan
poco número, aunque más esforzados fuesen, salir a la campaña y quedar en las
fuerzas, contra tanto como era el de los enemigos? Y ¿cómo es posible dejar de
perderse fuerza que no es socorrida, y más cuando la cercan enemigos muchos y
porfiados, y en su mesma tierra? Pero a muchos les pareció, y así me pareció a
mí, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a España en permitir
que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquella gomia o esponja y
polilla de la infinidad de dineros que allí sin provecho se gastaban, sin
servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla ganado la felicísima
del invictísimo Carlos V, como si fuera menester para hacerla eterna, como lo
es y será, que aquellas piedras la sustentaran. Perdióse también el fuerte;
pero fuéronle ganando los turcos palmo a palmo, porque los soldados que lo
defendían pelearon tan valerosa y fuertemente, que pasaron de veinticinco mil
enemigos los que mataron en veintidós asaltos generales que les dieron. Ninguno
cautivaron sano de trecientos que quedaron vivos, señal cierta y clara de su
esfuerzo y valor, y de lo bien que se habían defendido, y guardado sus plazas.
Rindióse a partido un pequeño fuerte o torre que estaba en mitad del estaño, a
cargo de don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Cautivaron
a don Pedro Puertocarrero, general de la Goleta, el cual hizo cuanto fue
posible por defender su fuerza; y sintió tanto el haberla perdido, que de pesar
murió en el camino de Constantinopla, donde le llevaban cautivo. Cautivaron
ansimesmo al general del fuerte, que se llamaba Gabrio Cervellón, caballero
milanés, grande ingeniero y valentísimo soldado. Murieron en estas dos fuerzas
muchas personas de cuenta, de las cuales fué una Pagán de Oria, caballero del
hábito de San Juan, de condición generoso, como lo mostró la suma liberalidad
que usó con su hermano el famoso Juan de Andrea de Oria; y lo que más hizo
lastimosa su muerte fué haber muerto a manos de unos alárabes de quien se fió,
viendo ya perdido el fuerte, que se ofrecieron de llevarle en hábito de moro a
Tabarca, que es un portezuelo o casa que en aquellas riberas tienen los
ginoveses que se ejercitan en la pesquería del coral; los cuales alárabes le
cortaron la cabeza y se la trujeron al general de la armada turquesca, el cual
cumplió con ellos nuestro refrán castellano: «que aunque la traición aplace, el
traidor se aborrece»; y así, se dice que mandó el general ahorcar a los que le
trujeron el presente, porque no se le habían traído vivo.
Entre los cristianos que en el fuerte se
perdieron, fue uno llamado don Pedro de Aguilar, natural no sé de qué lugar del
Andalucía, el cual había sido alférez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y
de raro entendimiento; especialmente tenía particular gracia en lo que llaman
poesía. Dígolo porque su suerte le trujo a mi galera y a mi banco, y a ser
esclavo de mi mesmo patrón; y, antes que nos partiésemos de aquel puerto hizo
este caballero dos sonetos a manera de epitafios, el uno a la Goleta y el otro
al fuerte. Y en verdad que los tengo de decir, porque los sé de memoria y creo
que antes causarán gusto que pesadumbre.
En el punto que el cautivo nombró a don Pedro
de Aguilar, don Fernando miró a sus camaradas, y todos tres se sonrieron; y,
cuando llegó a decir de los sonetos, dijo el uno:
-Antes que vuestra merced pase adelante, le
suplico me diga qué se hizo ese don Pedro de Aguilar que ha dicho.
-Lo que sé es -respondió el Cautivo- que al
cabo de dos años que estuvo en Constantinopla, se huyó en traje de arnaute con
un griego espía, y no sé si vino en libertad, puesto que creo que sí, porque de
allí a un año vi yo al griego en Constantinopla y no le pude preguntar el
suceso de aquel viaje.
-Pues lo fué -respondió el caballero - ;
porque ese don Pedro es mi hermano, y está ahora en nuestro lugar, bueno y
rico, casado y con tres hijos.
-Gracias sean dadas a Dios -dijo el Cautivo-
por tantas mercedes como le hizo; porque no hay en la tierra, conforme mi
parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida.
-Y más -replicó el caballero - , que yo sé los
sonetos que mi hermano hizo.
-Dígalos, pues, vuestra merced -dijo el
Cautivo - , que los sabrá decir mejor que yo.
-Que me place -respondió el caballero - ; y el
de la Goleta decía así:
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