|
En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa
Cascajo pasaron la impertinente referida plática, no estaban ociosas la sobrina
y el ama de don Quijote, que por mil señales iban coligiendo que su tío y señor
quería desgarrarse la vez tercera, y volver al ejercicio de su, para ellas, mal
andante caballería: procuraban por todas las vías posibles apartarle de tan mal
pensamiento; pero todo era predicar en desierto y majar en hierro frío. Con
todo esto, entre otras muchas razones que con él pasaron, le dijo el Ama:
-En verdad, señor mío, que si vuesa merced no
afirma el pie llano y se está quedo en su casa, y se deja de andar por los
montes y por los valles como ánima en pena, buscando esas que dicen que se
llaman aventuras, a quien yo llamo desdichas, que me tengo de quejar en voz y
en grita a Dios y al Rey, que pongan remedio en ello.
A lo que respondió don Quijote:
-Ama, lo que Dios responderá a tus quejas yo
no lo sé, ni lo que ha de responder su Majestad tampoco; y sólo sé que si yo
fuera rey, me excusara de responder a tanta infinidad de memoriales
impertinentes como cada día le dan; que uno de los mayores trabajos que los
reyes tienen, entre otros muchos, es el estar obligados a escuchar a todos y a
responder a todos; y así, no querría yo que cosas mías le diesen pesadumbre.
A lo que dijo el Ama:
-Díganos, señor, en la corte de su Majestad,
¿no hay caballeros?
-Sí -respondió don Quijote - , y muchos; y es
razón que los haya, para adorno de la grandeza de los príncipes, y para
ostentación de la majestad real.
-Pues ¿no sería vuesa merced -replicó ella-
uno de los que a pie quedo sirviesen a su rey y señor, estándose en la Corte?
-Mira, amiga -respondió don Quijote-: no todos
los caballeros pueden ser cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben
ser caballeros andantes: de todos ha de haber en el mundo; y aunque todos
seamos caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros; porque los
cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la Corte, se
pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer
calor ni frío, hambre ni sed; pero nosotros, los caballeros andantes
verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de noche y
de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros mismos pies, y
no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su mismo ser, y en todo
trance y en toda ocasión los acometemos, sin mirar en niñerías, ni en las leyes
de los desafíos; si lleva, o no lleva, más corta la lanza, o la espada; si trae
sobre sí reliquias, o algún engaño encubierto; si se ha de partir y hacer
tajadas el sol, o no, con otras ceremonias deste jaez, que se usan en los
desafíos particulares de persona a persona, que tú no sabes y yo sí. Y has de
saber más: que el buen caballero andante, aunque vea diez gigantes que con las
cabezas no sólo tocan, sino pasan las nubes, y que a cada uno le sirven de
piernas dos grandísimas torres, y que los brazos semejan árboles de gruesos y
poderosos navíos, y cada ojo como una gran rueda de molino y más ardiendo que
un horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna; antes con gentil
continente y con intrépido corazón los ha de acometer y embestir, y, si fuere
posible, vencerlos y desbaratarlos en un pequeño instante, aunque viniesen
armados de unas conchas de un cierto pescado que dicen que son más duras que si
fuesen de diamantes, y en lugar de espadas trujesen cuchillos tajantes de
damasquino acero, o porras ferradas con puntas asimismo de acero, como yo las
he visto más de dos veces. Todo esto he dicho, Ama mía, porque veas la
diferencia que hay de unos caballeros a otros; y sería razón que no hubiese
príncipe que no estimase en más esta segunda, o, por mejor decir, primera
especie de caballeros andantes, que, según leemos en sus historias, tal ha
habido entre ellos que ha sido la salud no sólo de un reino, sino de muchos.
-¡Ah, señor mío! -dijo a esta sazón la Sobrina
- . Advierta vuesa merced que todo eso que dice de los caballeros andantes es
fábula y mentira, y sus historias, ya que no las quemasen, merecían que a cada
una se le echase un sambenito, o alguna señal en que fuese conocida por infame
y por gastadora de las buenas costumbres.
-Por el Dios que me sustenta -dijo don Quijote
- , que si no fueras mi sobrina derechamente, como hija de mi misma hermana,
que había de hacer un tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho, que
sonara por todo el mundo. ¿Cómo que es posible que una rapaza que apenas sabe
menear doce palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar las
historias de los caballeros andantes? ¿Qué dijera el señor Amadís si lo tal
oyera? Pero a buen seguro que él te perdonara, porque fue el más humilde y
cortés caballero de su tiempo, y demás, grande amparador de las doncellas; mas
tal te pudiera haber oído, que no te fuera bien dello; que no todos son
corteses ni bien mirados: algunos hay follones y descomedidos. Ni todos los que
se llaman caballeros lo son de todo en todo; que unos son de oro, otros de
alquimia, y todos parecen caballeros; pero no todos pueden estar al toque de la
piedra de la verdad. Hombres bajos hay que revientan por parecer caballeros, y
caballeros altos hay que parece que aposta mueren por parecer hombres bajos:
aquéllos se levantan, o con la ambición, o con la virtud; éstos se abajan, o
con la flojedad, o con el vicio; y es menester aprovecharnos del conocimiento
discreto para distinguir estas dos maneras de caballeros, tan parecidos en los
nombres y tan distantes en las acciones.
-¡Válame Dios! -dijo la sobrina - . ¡Que sepa
vuesa merced tanto, señor tío, que si fuese menester en una necesidad, podría
subir en un púlpito e irse a predicar por esas calles, y que, con todo esto, dé
en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender
que es valiente, siendo viejo, que tiene fuerzas, estando enfermo, y que
endereza tuertos, estando por la edad agobiado, y, sobre todo, que es
caballero, no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son
los pobres...!
-Tienes mucha razón, Sobrina, en lo que dices
-respondió don Quijote - , y cosas te pudiera yo decir cerca de los linajes,
que te admiraran; pero por no mezclar lo divino con lo humano, no las digo.
Mirad, amigas: a cuatro suertes de linajes (y estadme atentas) se pueden
reducir todos los que hay en el mundo, que son éstas: unos, que tuvieron
principios humildes, y se fueron extendiendo y dilatando, hasta llegar a una
suma grandeza; otros, que tuvieron principios grandes, y los fueron
conservando, y los conservan y mantienen en el ser que comenzaron; otros, que
aunque tuvieron principios grandes, acabaron en punta, como pirámide, habiendo
diminuido y aniquilado su principio hasta parar en nonada, como lo es la punta
de la pirámide, que respeto de su basa o asiento no es nada; otros hay (y éstos
son los más) que ni tuvieron principio bueno, ni razonable medio, y así tendrán
el fin, sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria. De los
primeros, que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza que agora
conservan, te sirva de ejemplo la Casa Otomana, que de un humilde y bajo pastor
que le dio principio, está en la cumbre que le vemos. Del segundo linaje, que
tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla, serán ejemplo muchos
príncipes que por herencia lo son, y se conservan en ella, sin aumentarla ni
diminuirla, conteniéndose en los límites de sus estados pacíficamente. De los
que comenzaron grandes y acabaron en punta hay millares de ejemplos, porque
todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los Césares de Roma, con toda la
caterva (si es que se le puede dar este nombre) de infinitos príncipes,
monarcas, señores, medos, asirios, persas, griegos y bárbaros, todos estos
linajes y señoríos han acabado en punta y en nonada, así ellos como los que les
dieron principio, pues no será posible hallar agora ninguno de sus
decendientes, y si le hallásemos, sería en bajo y humilde estado. Del linaje
plebeyo no tengo que decir sino que sirve sólo de acrecentar el número de los
que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo
dicho quiero que infiráis, bobas mías, que es grande la confusión que hay entre
los linajes, y que solos aquéllos parecen grandes y ilustres que lo muestran en
la virtud, y en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas
y liberalidades, porque el grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el
rico no liberal será un avaro mendigo; que al poseedor de las riquezas no le
hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas comoquiera, sino
el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda otro camino para
mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado,
cortés y comedido, y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador, y,
sobre todo, caritativo; que con dos maravedís que con ánimo alegre dé al pobre
se mostrará tan liberal como el que a campana herida da limosna, y no habrá
quien le vea adornado de las referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje
de juzgarle y tenerle por de buena casta, y el no serlo sería milagro; y
siempre la alabanza fue premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de
ser alabados. Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar
a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo
tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la
influencia del planeta Marte; así, que casi me es forzoso seguir por su camino,
y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en
persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y
la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea; pues con saber, como sé, los
innumerables trabajos que son anejos a la andante caballería, sé también los
infinitos bienes que se alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es
muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y
paraderos son diferentes, porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en
muerte, y el de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que
se acaba, sino en la que no tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano
nuestro, que
Por estas asperezas se camina
De la inmortalidad al alto asiento,
Do nunca arriba quien de allí declina.
-¡Ay, desdichada de mí -dijo la Sobrina - ;
que también mi señor es poeta! Todo lo sabe, todo lo alcanza: yo apostaré que
si quisiera ser albañil, que supiera fabricar una casa como una jaula.
-Yo te prometo, Sobrina -respondió don Quijote
- , que si estos pensamientos caballerescos no me llevasen tras sí todos los
sentidos, que no habría cosa que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de
mis manos, especialmente jaulas y palillos de dientes.
A este tiempo llamaron a la puerta, y
preguntando quién llamaba, respondió Sancho Panza que él era; y apenas le hubo
conocido el Ama, cuando corrió a esconderse, por no verle: tanto le aborrecía.
Abrióle la Sobrina, salió a recebirle con los brazos abiertos su señor don
Quijote, y encerráronse los dos en su aposento, donde tuvieron otro coloquio,
que no le hace ventaja el pasado.
|