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Las cuatro de la tarde serían cuando el sol,
entre nubes cubierto, con luz escasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote
para que sin calor y pesadumbre contase a sus dos clarísimos oyentes lo que en
la cueva de Montesinos había visto, y comenzó en el modo siguiente:
-A obra de doce o catorce estados de la
profundidad desta mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio
capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña
luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden, abiertos en la
superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba
cansado y mohíno de verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella
escura región abajo, sin llevar cierto ni determinado camino, y así, determiné
entrarme en ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no descolgásedes
más soga hasta que yo os lo dijese; pero no debistes de oírme. Fui recogiendo la
soga que enviábades, y haciendo della una rosca o rimero, me senté sobre él
pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar al fondo, no
teniendo quién me sustentase; y estando en este pensamiento y confusión, de
repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo; y cuando menos lo
pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé en la mitad del más
bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar la
más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi que no
dormía, sino que realmente estaba despierto; con todo esto, me tenté la cabeza
y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba, o alguna
fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados
que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí
ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos
muros y paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cual
abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacía mí se venía un
venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el suelo le
arrastraba; ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso
verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba, canísima, le
pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas en la
mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos
de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y la anchísima presencia, cada
cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y lo
primero que hizo fue abrazarme estrechamente, y luego decirme: «-Luengos
tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la Mancha, que los que estamos en
estas soledades encantados esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo
que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva
de Montesinos: hazaña sólo guardada para ser acometida de tu invencible corazón
y de tu ánimo estupendo. Ven conmigo, señor clarísimo; que te quiero mostrar
las maravillas que este transparente alcázar solapa, de quien yo soy alcaide y
guarda mayor perpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma
nombre». Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunté si fue verdad lo
que en el mundo de acá arriba se contaba, que él había sacado de la mitad del
pecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte y
llevádole a la Señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte.
Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga, porque no fue daga, ni
pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna.
-Debía de ser -dijo a este punto Sancho- el
tal puñal de Ramón de Hoces, el sevillano.
-No sé -prosiguió don Quijote - ; pero no
sería dese puñalero, porque Ramón de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles,
donde aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta averiguación no es de
importancia, ni turba ni altera la verdad y contexto de la historia.
-Así es -respondió el primo-: prosiga vuestra
merced, señor don Quijote; que le escucho con el mayor gusto del mundo.
-No con menor lo cuento yo -respondió don
Quijote - ; y así, digo que el venerable Montesinos me metió en el cristalino
palacio, donde en una sala baja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro,
estaba un sepulcro de mármol, con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a
un caballero tendido de largo a largo, no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe
hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros
huesos. Tenía la mano derecha (que a mi parecer es algo peluda y nervosa, señal
de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón; y antes que
preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al del sepulcro, me
dijo: «-Éste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados
y valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado, como me tiene a mí y a otros
muchos y muchas, Merlín, aquel francés encantador que dicen que fue hijo del
diablo; y lo que yo creo es que no fue hijo del diablo, sino que supo, como
dicen, un punto más que el diablo. El cómo o para qué nos encantó nadie lo
sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no están muy lejos, según imagino.
Lo que a mí me admira es que sé, tan cierto como ahora es de día, que
Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que después de muerto le saqué
el corazón con mis propias manos; y en verdad que debía de pesar dos libras,
porque, según los naturales, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor
valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo esto así, y que realmente murió
este caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como si
estuviese vivo?» Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz, dijo:
«-¡Oh, mi primo Montesinos!
Lo postrero que os rogaba,
Que cuando yo fuere muerto,
Y mi ánima arrancada,
Que llevéis mi corazón
Adonde Belerma estaba,
Sacándomele del pecho,
Ya con puñal, ya con daga.»
Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el
lastimado caballero, y, con lágrimas en los ojos, le dijo: «-Ya, señor
Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciago día de
nuestra pérdida: yo os saqué el corazón lo mejor que pude, sin que os dejase una
mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo de puntas; yo partí con
él de carrera para Francia, habiéndoos primero puesto en el seno de la tierra,
con tantas lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos y limpiarme con
ellas la sangre que tenían, de haberos andado en las entrañas; y, por más
señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé saliendo de Roncesvalles
eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no oliese mal, y fuese, si no
fresco, a lo menos, amojamado, a la presencia de la señora Belerma; a la cual,
con vos, y conmigo, y con Guadiana vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y
sus siete hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y
amigos, nos tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y aunque
pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan
Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de
tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el
mundo de los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas de
Ruidera; las siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de los
caballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana vuestro
escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un río llamado
de su mesmo nombre; el cual cuando llegó a la superficie de la tierra y vio el
sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se
sumergió en las entrañas de la tierra; pero como no es posible dejar de acudir
a su natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y
las gentes le vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con
las cuales, y con otras muchas que se llegan, entra pomposo y grande en
Portugal. Pero, con todo esto, por dondequiera que va muestra su tristeza y
melancolía, y no se precia de criar en sus aguas peces regalados y de estima,
sino burdos y desabridos, bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que
agora os digo ¡oh primo mío! os lo he dicho muchas veces; y como no me
respondéis, imagino que no me dais crédito, o no me oís, de lo que yo recibo
tanta pena cual Dios lo sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya
que no sirvan de alivió a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera.
Sabed que tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, aquel
gran caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín: aquel
don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en los
pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante
caballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos
desencantados; que las grandes hazañas para los grandes hombres están
guardadas.» «-Y cuando así no sea -respondió el lastimado Durandarte con voz
desmayada y baja - , cuando así no sea ¡oh primo!, digo, paciencia y barajar».
Y volviéndose de lado, tornó a su acostumbrado silencio, sin hablar más
palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos, acompañados de profundos gemidos
y angustiados sollozos; volví la cabeza, y vi por las paredes de cristal que
por otra sala pasaba una procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas,
todas vestidas de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas, al modo
turquesco. Al cabo y fin de las hileras venía una señora, que en la gravedad lo
parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas,
que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna
de las otras; era cejijunta y la nariz algo chata; la boca grande, pero
colorados los labios; los dientes, que tal vez los descubría, mostraban ser
ralos y no bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas almendras; traía
en las manos un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón
de carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos como toda
aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que
allí con sus dos señores estaban encantados, y que la última, que traía el
corazón entre el lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus
doncellas cuatro días en la semana hacían aquella procesión y cantaban, o, por
mejor decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de
su primo; y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía la
fama, era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamento
pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza. «-Y
no toma ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil, ordinario
en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun años, que no le tiene ni asoma
por sus puertas; sino del dolor que siente su corazón por el que de contino
tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la desgracia de su mal
logrado amante; que si esto no fuera, apenas la igualara en hermosura, donaire
y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan celebrada en todos estos contornos, y
aun en todo el mundo.» «-Cepos quedos -dije yo entonces - , señor don
Montesinos: cuente vuesa merced su historia como debe; que ya sabe que toda
comparación es odiosa, y así, no hay para qué comparar a nadie con nadie. La
sin par Dulcinea del Toboso es quien es, y la señora doña Belerma es quien es,
y quien ha sido, y quédese aquí.» A lo que él me respondió: «-Señor don
Quijote, perdóneme vuesa merced; que yo confieso que anduve mal, y no dije bien
en decir que apenas igualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me
bastaba a mí haber entendido, por no sé qué barruntos, que vuesa merced es su
caballero, para que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo
cielo.» Con esta satisfación que me dio el gran Montesinos se quietó mi corazón
del sobresalto que recebí en oír que a mi señora la comparaban con Belerma.
-Y aun me maravillo yo -dijo Sancho- de cómo
vuestra merced no se subió sobre el vejote, y le molió a coces todos los
huesos, y le peló las barbas, sin dejarle pelo en ellas.
-No, Sancho amigo -respondió don Quijote - ;
no me estaba a mí bien hacer eso, porque estamos todos obligados a tener
respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros, y principalmente a los que
lo son y están encantados: yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras
muchas demandas y respuestas que entre los dos pasamos.
A esta sazón dijo el primo:
-Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra
merced en tan poco espacio de tiempo como ha que está allá bajo, haya visto
tantas cosas y hablado y respondido tanto.
-¿Cuánto ha que bajé? -preguntó don Quijote.
-Poco más de una hora -respondió Sancho.
-Eso no puede ser -replicó don Quijote - ,
porque allá me anocheció y amaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces;
de modo que, a mi cuenta, tres días he estado en aquellas partes remotas y
escondidas a la vista nuestra.
-Verdad debe de decir mi señor -dijo Sancho -
; que como todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo
que a nosotros nos parece un hora, debe de parecer allá tres días con sus
noches.
-Así será -respondió don Quijote.
-Y ¿ha comido vuestra merced en todo este
tiempo, señor mío? -preguntó el primo.
-No me he desayunado de bocado -respondió don
Quijote - , ni aun he tenido hambre, ni por pensamiento.
-Y los encantados, ¿comen? -dijo el primo.
-No
comen -respondió don Quijote - , ni tienen escrementos mayores; aunque es
opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.
-¿Y
duermen por ventura los encantados, señor? -preguntó Sancho.
-No, por cierto -respondió don Quijote - ; a
lo menos, en estos tres días que yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el
ojo, ni yo tampoco.
-Aquí encaja bien el refrán -dijo Sancho- de
dime con quién andas, decirte he quién eres: ándase vuestra merced con
encantados ayunos y vigilantes: mirad si es mucho que ni coma ni duerma
mientras con ellos anduviere. Pero perdóneme vuestra merced, señor mío, si le
digo que de todo cuanto aquí ha dicho, lléveme Dios (que iba a decir el diablo)
si le creo cosa alguna.
-¿Cómo no? -dijo el primo - . Pues ¿había de
mentir el señor don Quijote, que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para
componer e imaginar tanto millón de mentiras?
-Yo no creo que mi señor miente -respondió
Sancho.
-Sino ¿qué crees? -le preguntó don Quijote.
-Creo -respondió Sancho- que aquel Merlín o aquellos
encantadores que encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha
visto y comunicado allá abajo, le encajaron en el magín o la memoria toda esa
máquina que nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda.
-Todo eso pudiera ser, Sancho -replicó don
Quijote - , pero no es así; porque lo que he contado lo vi por mis propios ojos
y lo toqué con mis mismas manos. Pero, ¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo,
entre otras infinitas cosas y maravillas que me mostró Montesinos (las cuales
despacio y a sus tiempos te las iré contando en el discurso de nuestro viaje,
por no ser todas deste lugar), me mostró tres labradoras que por aquellos
amenísimos campos iban saltando y brincando como cabras, y apenas las hube
visto, cuando conocí ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos
aquellas mismas labradoras que venían con ella, que hablamos a la salida del
Toboso? Pregunté a Montesinos si las conocía; respondióme que no, pero que él
imaginaba que debían de ser algunas señoras principales encantadas, que pocos
días había que en aquellos prados habían parecido; y que no me maravillase
desto, porque allí estaban otras muchas señoras de los pasados y presentes
siglos, encantadas en diferentes y estrañas figuras, entre las cuales conocía
él a la reina Ginebra y su dueña Quintañona, escanciando el vino a Lanzarote,
Cuando de Bretaña vino.
Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su amo,
pensó perder el juicio, o morirse de risa; que como él sabía la verdad del
fingido encanto de Dulcinea, de quien él había sido el encantador y el
levantador de tal testimonio, acabó de conocer indubitablemente que su señor
estaba fuera de juicio y loco de todo punto, y así le dijo:
-En mala coyuntura y en peor sazón y en aciago
día bajó vuestra merced, caro patrón mío, al otro mundo, y en mal punto se
encontró con el señor Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba
vuestra merced acá arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado,
hablando sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los
mayores disparates que pueden imaginarse.
-Como te conozco, Sancho -respondió don
Quijote - , no hago caso de tus palabras.
-Ni yo tampoco de las de vuestra merced
-replicó Sancho - , siquiera me hiera, siquiera me mate por las que le he
dicho, o por las que le pienso decir si en las suyas no se corrige y enmienda.
Pero dígame vuestra merced, ahora que estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció a
la señora nuestra ama? Y si la habló, ¿qué dijo y qué le respondió?
-Conocíla -respondió don Quijote- en que trae
los mesmos vestidos que traía cuando tú me le mostraste. Habléla, pero no me
respondió palabra; antes, me volvió las espaldas, y se fue huyendo con tanta
priesa, que no la alcanzara una jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me
aconsejara Montesinos que no me cansase en ello, porque sería en balde, y más
porque se llegaba la hora donde me convenía volver a salir de la sima. Díjome
asimesmo que, andando el tiempo, se me daría aviso cómo habían de ser desencantados
él, y Belerma, y Durandarte, con todos los que allí estaban; pero lo que más
pena me dio de las que allí vi y noté, fue que estándome diciendo Montesinos
estas razones, se llegó a mí por un lado, sin que yo la viese venir, una de las
dos compañeras de la sin ventura Dulcinea, y llenos los ojos de lágrimas, con
turbada y baja voz, me dijo: «-Mi señora Dulcinea del Toboso besa a vuestra
merced las manos, y suplica a vuestra merced se la haga de hacerla saber cómo
está; y que, por estar en una gran necesidad, asimismo suplica a vuestra merced
cuan encarecidamente puede sea servido de prestarle sobre este faldellín que
aquí traigo, de cotonía nuevo, media docena de reales, o los que vuestra merced
tuviere; que ella da su palabra de volvérselos con mucha brevedad.» Suspendióme
y admiróme el tal recado, y volviéndome al señor Montesinos, le pregunté: «-¿Es
posible, señor Montesinos, que los encantados principales padecen necesidad?» A
lo que él me respondió: «-Créame vuestra merced, señor don Quijote de la
Mancha, que ésta que llaman necesidad adondequiera se usa, y por todo se
extiende, y a todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y pues la
señora Dulcinea del Toboso envía a pedir esos seis reales, y la prenda es
buena, según parece, no hay sino dárselos; que, sin duda, debe de estar puesta
en algún grande aprieto.» «-Prenda, no la tomaré yo -le respondí - , ni menos
le daré lo que pide, porque no tengo sino solos cuatro reales.» Los cuales le
di (que fueron los que tú, Sancho, me diste el otro día para dar limosna a los
pobres que topase por los caminos), y le dije: «-Decid, amiga mía, a vuesa
señora que a mí me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera ser un Fúcar
para remediarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debo tener salud
careciendo de su agradable vista y discreta conversación, y que le suplico cuan
encarecidamente puedo sea servida su merced de dejarse ver y tratar deste su
cautivo servidor y asendereado caballero. Diréisle también que cuando menos se
lo piense oirá decir como yo he hecho un juramento y voto, a modo de aquel que
hizo el Marqués de Mantua de vengar a su sobrino Baldovinos, cuando le halló
para expirar en mitad de la montiña, que fue de no comer pan a manteles, con
las otras zarandajas que allí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo de no
sosegar, y de andar las siete partidas del mundo, con más puntualidad que las
anduvo el infante don Pedro de Portugal, hasta desencantarla.» «-Todo eso, y
más, debe vuestra merced a mi señora» - me respondió la doncella. Y tomando los
cuatro reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se
levantó dos varas de medir en el aire.
-¡Oh santo Dios! -dijo a este tiempo dando una
gran voz Sancho - . ¿Es posible que tal hay en el mundo y que tengan en él tanta
fuerza los encantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi
señor en una tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor, por quien Dios es que
vuesa merced mire por sí, y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas
vaciedades que le tienen menguado y descabalado el sentido!
-Como me quieres bien, Sancho, hablas desa
manera -dijo don Quijote - ; y como no estás experimentado en las cosas del
mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles;
pero andará el tiempo, como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las
que allá abajo he visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya
verdad ni admite réplica ni disputa.
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