|
El
cuarto era angosto, bajo de techo y triste de luz; negreaban a partes las
paredes, que habían sido blancas, y un espeso tapiz de roña, empedernida casi, cubría
las carcomidas tablas del suelo. Contenía una mesa de pino, un derrengado
sillón de vaqueta y tres sillas desvencijadas; un crucifijo con un ramo de
laurel seco, dos estampas de la Pasión y un rosario de Jerusalén, en las
paredes; un tintero de cuerno con pluma de ave, un viejo breviario muy
recosido, una carpetilla de badana negra, un calendario y una palmatoria de
hoja de lata, encima de la mesa; y, por último, un paraguas de mahón azul con
corva empuñadura de asta, en uno de los rincones más oscuros. El cuarto
tenía también una alcoba, en cuyo fondo, y por los resquicios que dejaba
abiertos una cortinilla de indiana, que no alcanzaba a tapar la menguada
puerta, se entreveía una pobre cama, y sobre ella un manteo y un sombrero de
teja.
Entre la mesa, las sillas y el paraguas, que
llenaban lo mejor de la estancia, y media docena de criaturas haraposas que,
arrimadas a la pared, aplastando las narices contra la vidriera, o
descoyuntadas entre dos sillas y la mesa, ocupaban casi el resto, trataba de
pasearse, con grandísimas dificultades, un cura de sotana remendada, zapatillas
de cintos negros y gorro de terciopelo raído. Era alto, algo encorvado, con los
ojos demasiado tiernos, de lo cual, por horror a la luz, era obra la
encorvadura del cuello; y tenía un poco abultada y rubicunda la nariz, gruesos
los labios, áspero y moreno el cutis y negra la dentadura.
Entre todos aquellos granujas no había señal
de zapato ni una camisa completa; los seis iban descalzos, y la mitad de ellos
no tenían camisa. Alguno envolvía todo su pellejo en un macizo y remendado
chaquetón de su padre; pocos llevaban las perneras cabales; el que tenía
calzones no tenía chaqueta, y lo único en que iban todos acordes era en la cara
sucia, el pelo hecho un bardal y las pantorrillas roñosas y con cabras . El mayor de ellos tendría diez años. Apestaban
a perrera.
-Vamos a ver -dijo el cura, dando un coquetazo
al del chaquetón, que se entretenía en resobar las narices contra los vidrios
del balcón, el cual muchacho era morrudo, cobrizo, bizco y de cabeza descomunal
- , ¿quién dijo el Credo?
Se volvió el rapaz después de largar un hilo sutil de saliva a la vidriera
por entre dos de sus incisivos, y respondió, encogiéndose de hombros:
-¡Qué
sé yo!
-Y
¿por qué no lo sabes, animalejo? ¿Para qué vienes aquí? ¿Cuántas veces te he
repetido que los Apóstoles? Pero ab asino, lanam... ¿Cuántos
dioses hay?...
-¿Dioses? -repitió el interpelado cruzando los
brazos atrás, con lo que vino a quedar en cueros vivos por delante; porque el
chaquetón no tenía botones, ni ojales en que prenderlos aunque los hubiera
tenido. Reparó el cura en ello y dijo, echando mano a las solapas y cruzando la
una sobre la otra:
-¡Tapa esas inmundicias, puerco!... ¿Y los botones?
-No
los tengo.
-Los
habrás jugado al bote.
-Tenía una escota* y la perdí esta mañana.
El cura fue a la mesa y sacó del cajón un
bramante, con el que a duras penas logró sujetar las dos remendadas delanteras
del chaquetón, de modo que taparan las carnes del muchacho. En seguida le
repitió la pregunta:
-¿Cuántos dioses hay?
-Pues habrá -respondió el interpelado,
volviendo a cruzar los brazos atrás - , a todo tirar, ocho o nueve.
-¡Resurge de profundis!... ¡Ánimas benditas, qué pedazo de animal... Y personas, ¿cuántas?
Miró
el bizco, a su manera, de hito en hito al cura, que también le miraba a él como
podía, y respondió con todas las señales de estar poseído de la mayor
curiosidad:
-¡Personas!...
¿Qué son personas, usté?
-¡San
Apolinar bendito! -exclamó el sencillo clérigo haciéndose cruces - , ¿conque no
sabes qué son personas..., lo que es una persona?... Pues ¿qué eres tú?
-¿Yo?...
Yo soy Muergo*.
-Ni
tanto siquiera, porque los hay en la playa con más entendimiento que tú... ¿Qué
son personas? -repitió el cura, encarándose con el muchacho que seguía a Muergo
por la derecha, también descamisado, pero con calzones, aunque escasos y malos,
menos feo que Muergo y no tan bronco de voz.
Este
muchacho, no sabiendo qué responder, miró al más inmediato, el cual miró al que
le seguía; y todos fueron mirándose unos a otros, con las mismas dudas pintadas
en la cara.
-¿De
modo -exclamó entonces el cura volviendo a encararse con el que seguía a Muergo
- , que tampoco sabes qué eres tú?
-¡Eso sí, corflis! -respondió el muchacho,
creyendo ver una salida franca para sus apuros.
-¿Pues
qué eres?
-Surbia*.
-¡Eso
te diera yo para que reventaras, animal!
-Y tú,
¿qué eres? -añadió el cura, dirigiéndose a otro, de media camisa, pero sin
chaqueta y muy poco pantalón.
-Yo
soy Sula* -respondió el interpelado, que era rubio, y delgadito, por lo cual
descollaba en él, más que en el fondo tostado de sus camaradas, la roña de las
carnes.
De
esta manera, y tratando de responder a la misma pregunta, fueron diciendo sus
motes los otros tres muchachos que había en el cuarto, o séanse Cole*, Guarín y
Toletes*. Acaso ninguno de ellos conocía su propio nombre de pila.
El cura, que los tenía bien estudiados, no
acabó de perder la paciencia por eso. Les descerrajó cuatro improperios y media
docena de latines, y después les dijo en santa calma:
-Pero la culpa me tengo yo, que me empeño en
varear el árbol, sabiendo que no puede soltar más que bellotas. El que menos de vosotros lleva dos meses
asistiendo a esta casa... ¿A qué, santo nombre de Dios?... Y ¿por qué, Virgen
María de las Misericordias? Pues porque el padre Apolinar es un bragazas que se
cae de bueno.
«PaePolinar,
que este hijo está, fuera del alma, hecho una bestia; paePolinar, que este otro
es una cabra montuna...;paePolinar, que esta condenada criatura me quita la
vida a disgustos; que yo no puedo cuidar de él; que en la escuela de balde no
le hacen maldito el caso... ; que éste, que el otro, que arriba, que abajo; que
usté que lo entiende y para eso fue nacido... que enséñele, que dómele, que
desásnele...» Y tres que me ofrecen y cuatro que yo busco, cata la casa llena
de muchachos; y aguanta su peste, y explica y machaca... y cébalos para que
vuelvan al día siguiente, porque yo sé lo que sucediera de otro modo... ; y
házlo todo de buena gana, porque eso es tu obligación, pues eres lo que eres, sacerdos
Domini nostri Jesuchristi, por lo cual digo con Él, sinite pueros
venire ad me: dejad que los niños se acerquen a mí... ; y ríase usted de
la vecina de abajo y del padre de éste y de la madre del de más allá, que
murmuran y corren y propalan que si salís de mis manos más burros de lo que
vinisteis a ellas, como salieron otros muchachos que vinieron a mí antes que
vosotros... ¡Lingua corrupta, carne mísera y concupiscente!...
Ríase usted de eso, como yo me río, porque debo reírme... Pero vosotros,
alcornoques, más que alcornoques, ¿qué hacéis para corresponder a los esfuerzos
del padre Apolinar? ¿Cómo estamos de silabario al cabo de dos meses?... ¡Ni la
O, cuerno, ni la O se conoce en estas aulas si os la pinto en la pared! Pues de
doctrina cristiana, a la vista está... Y como no quiero enfadarme, aunque
motivos había para echaros uno a uno por el balcón abajo... vamos a otra cosa,
y alabado sea Dios per omnia saecula saeculorum, que lo demás es
chanfaina.
Tras este desahogo, pasó fray Apolinar, sin
dejar de pasearse, casi en redondo, con las manos cruzadas atrás, a lo que él
llamaba lo llano y de todos los días; a preguntar a los granujas las oraciones
más usuales y sencillas, para que no las olvidaran, lo único que había logrado
meterles en la cabeza, aunque no bien ni del todo. Muergo no necesitó remolque
más que tres veces en el Avemaría; Cole dijo tal cual el Padrenuestro,
y el que mejor sabía el Credo, entre todos ellos, no pasó, sin
apuntador, del «su único Hijo».
En vista de lo cual, fray Apolinar no le dio a
Sula más que media galleta dulce; un botón del provincial de Laredo a Toletes y
un higo paso a Guarín.
-Del lobo un pelo, hijos -les dijo en seguida
el pobre exclaustrado - ; otra vez será menos... y peor. Y ahora... ¡hospa,
canalla!... Pero aguárdate un poco, Muergo.
Los
muchachos, que ya se disponían a salir, se detuvieron. Y dijo el fraile
a Muergo, alzándole las haldillas del chaquetón:
-Esto no puede continuar así. Sin camisa,
cuando hay chaqueta, vaya con Dios; pero sin calzones... ¿Adónde han ido a
parar los tuyos?
-Los puso antier mi madre a secar en las
Higueras -respondió Muergo a tropezones.
-¿Y no han secado todavía, hombre de Dios?
-Los royó una vaca mientras mi madre
destripaba una merluza que agolía mal.
-¡Castigo de Dios, Muergo; castigo de Dios!
-dijo fray Apolinar rascándose el cogote - . Las merluzas que huelen mal, porque están podridas, se tiran a la mar, y no
se limpian lejos de las gentes para vendérselas después, a medio precio, a los
pobres como yo, que tienen buenas tragaderas. Pero ¿no quedó nada de los
calzones, hombre?
-La
culera -respondió Muergo - , y ésa, en banda.
-Poco
es -repuso el exclaustrado, revolviéndose dentro de su ropa, movimiento que era
muy habitual en él - . ¿Y no hay otros en casa?
-No, señor.
-¿Ni barruntas de dónde pueden venir?
-No, señor.
-¡Cuerno con el hinojo!... Pues así no puedes
continuar, porque aun cuando te sobra paño para envolverte, a lo mejor se rompe
la driza*; tú no reparas en ello, y si reparas, lo mismo te da... De modo que
lo de siempre, hijo, lo de siempre: tú que no puedes, llévame a cuestas, padre
Apolinar. ¿No es eso? ¿No es
la purísima verdad? ¡Cuerno si lo es!
Muergo se encogió de hombros, y fray Apolinar
se metió en la alcoba. Oyésele pujar allá dentro y murmurar entre dientes
algunos latinajos; y no tardó en aparecer, alzando la cortina, con un
envoltorio negro entre manos, el cual puso en seguida en las de Muergo.
-No son cosa mayor -le dijo - ; pero, al fin,
son calzones. Dile a tu madre que te los arregle como pueda, y que no los ponga
a secar en las Higueras cuando tenga que lavarlos; y si le parece poco todavía,
que se consuele con saber que a la hora presente no los tiene mejores, ni
tantos como tú, el padre Apolinar... Conque ¡vira, canalla, por avante!
Otra vez se revolvió el concurso, gruñendo y
respingando como piaras de cerdos que huelen el cocino al salir de la pocilga,
y se pintaba en todos los roñosos semblantes el ansia de llegar a la escalera
para examinar la dádiva de fray Apolinar, la cual conservaba aún el calorcillo
que le había chocado a Muergo en ella al entregársela el pobre exclaustrado,
cuando se abrió la puerta y se presentaron en el cuarto dos nuevos personajes.
El uno era un muchacho frescote, rollizo, de ojos negros, pelo abundante,
lustroso y revuelto; boca risueña, redonda barbilla, y dientes y color de una
salud de bronce: representaba doce años de edad, y vestía como los hijos de
«los señores».
Traía de la mano a una muchachuela pobre,
mucho más baja que él, delgadita, pálida, algo aguileña, el pelo tirando a
rubio, dura de entrecejo y valiente de mirada. Iba descalza de pie y pierna, y
no llevaba sobre sus carnes, blancas y limpias, en cuanto de ellas iba al
descubierto, más que un corto refajo de estameña, ya viejo, ceñido a la
flexible cintura sobre una camiseta demasiado trabajada por el uso, pero no
desgarrada ni pringosa, cualidades que se echaban de ver también en el refajo.
Hay criaturas que son limpias necesariamente y sin darse cuenta de ello, lo
mismo que les sucede a los gatos. Y
no se tache de inadecuada la comparación, pues había algo de este animalejo en
lo gracioso de las líneas, en el pisar blando y seguro, y en el continente
receloso y arisco de la muchachuela.
En
cuanto la vio Muergo se echó a reír como un estúpido; Cole soltó un taco de los
gordos, y Sula otro de los medianos. La recién llegada remedó a Muergo con una
risotada falsa, poniendo la cara muy fea, sin hacer caso maldito de los otros
dos granujas, ni del mismo padre Apolinar, que alumbró un coquetazo a cada uno
de los tres.
-¿A qué vienen esas risotadas, bestia, y esas
palabrotas sucias, puercos? -dijo el fraile mientras largaba los coscorrones.
-Es la callealtera..., ¡ju, ju, ju! -respondió
Muergo, rascándose el cogote, machacado por los nudillos de fray Apolinar.
-La conocemos nusotros -expuso Cole,
palpándose la greña.
-Que de poco se ajuega, si no es por Muergo
-añadió Sula.
Muergo volvió a reírse estúpidamente, y la muchacha
tornó a hacerle burla.
-¿Y por eso te ríes, ganso? -dijo el fraile,
largándose otro coquetazo - . ¡Pues
el lance es de reír!
-Es
callealtera... -repitió Cole - , y estaba haciendo barquín-barcón* en una
percha que anadaba en la Maruca... Yo y Sula estábamos allí tirándola piedras
desde la orilla. Dimpués, allegó Muergo... la acertó con un troncho, y
se fue al agua de cabeza.
-¿Quién? -preguntó el fraile.
-Ella -respondió Cole - . Yo pensé que se
ajuegaba, porque se iba diendo a pique... Y Muergo se reía.
-Y yo -saltó Sula - , le dije, «¡Chapla,
Muergo, tú que anadas bien, sácala, porque se está ajuegando!» Y entonces se echó al agua y la sacó. Dimpués, la
ponimos quilla arriba, y a golpes en la espalda, largó por la boca el agua que
había embarcao.
-Y
eso ¿es verdad, muchacha? -preguntó a ésta el exclaustrado.
-Sí,
señor -respondió la interpelada, sin dejar de remedar a Muergo, que volvió a
reír como un idiota.
-Corriente-dijo
el exclaustrado - . Pero ¿a qué vienes
aquí, y a qué vienes tú, Andresillo, y por qué la traes de la mano? ¿En qué
bodegón habéis comido juntos, y qué pito voy a tocar yo en estas aventuras?
-Es
callealtera -respondió muy serio el llamado Andresillo.
-Ya me voy enterando, ¡cuerno! Tres veces con
ésta me lo han dicho ya. ¿Y qué hay con eso?
-La conozco del Muelle-Anaos* -continuó Andrés
- . Baja casi todos los días allá. Yo no sabía lo de la Maruca... ¡que si lo
sé! (y enderezó a Muergo un gestecillo avinagrado), porque también conozco a
éstos.
-¿Del Muelle-Anaos? -preguntó fray Apolinar,
sin pizca de asombro.
-Sí,
señor -respondió Andrés - . Van muy a menudo.
-Y él a la Maruca -añadió Guarín.
-¡Cuerno con el rapaz, y qué veta saca!...
Pero vamos al caso. Resulta, hasta
ahora, que esta niña es callealtera, y que tú y esta granujería, a pesar de las
respectivas vitolas, sois... tal para cual... ¿Y qué más?
-Que
esta mañana avisó a mi madre el talayero que quedaba a la vista la Montañesa...
y yo salí de casa para ir a San Martín a verla entrar... y llegué al
Muelle-Anaos.
-¡Al Muelle-Anaos!... ¿No vivís ya en la calle
de San Francisco?
-Sí, señor.
-¡Pues buen camino llevabas para ir a San
Martín!
-Iba a ver si estaba allí Cuco y me quería
acompañar.
-¡Cuco! ¿También eres amigo de Cuco, de ese
raquerazo descortés y grosero, que me canta coplas indecentes en cuanto me
columbra de lejos?... ¡Cuerno con la cría!
-Yo nunca le oigo esas cosas... Malo, algo
malo, es; pero no hace daño a nadie. Anda en el bote del Castrejo, y me enseña a remar, y a echar coles
y tapas*, y a descansar de espaldas y de pie...
-Sí,
y a birlar los puros a tu padre para regalárselos a él; y a correr la
escuela, y a andar en las guerras... y a muchas cosas más que me
callo... ¡Pues buenas tripas se le pondrían a tu padre si al entrar hoy con la
corbeta te veía en las peñas de San Martín en compañía de tan ilustre camarada!
¡Cuerno, recuerno del hinojo!
Andrés se puso muy colorado, y dijo, con la
cabeza algo gacha:
-No, señor... Yo no hago nada de eso,
paePolinar.
-¡Como que te vas a confesar conmigo ahora!
-repuso el fraile con mucha sorna - . Pero, ¡a mí de esas cosas, Andresillo!... En fin, ya hablaremos de esto en
mejor ocasión. Ahora, sigue con el cuento. ¿Qué te dijo Cuco en el
Muelle-Anaos?
-A Cuco no le vi, porque andaba de flete con
unos señores. Pero estaba ésta comiendo un zoquete de pan que le habían dado,
de pura lástima, unos calafates, y me dijo que había dormido anoche en una
barquía*, porque la habían echado de casa.
-Y,
¿por qué?
-Porque
le gusta mucho la bribia, y la pegaron.
-¡Guapamente, cuerno!... ¡Eso es lo que se
llama una escuela de órdago para una mujer! ¿Cómo te llamas, hija?
-Silda
me llamo -respondió secamente la interpelada.
-Es callealtera -añadió Andrés.
-¡Dale, y van cuatro! -exclamó el presbítero.
-No tié padre... ¡ju, ju, ju! -graznó el
salvaje Muergo.
La niña le remedó, según costumbre.
-Se ajuegó en San Pedro del Mar en la última
costera* del besugo -dijo Cole.
-Ni madre tampoco tiene -añadió Sula.
-La recogió de lástima un callealtero que se
llama tío Mocejón* -expuso Andrés.
-¡Ta, ta, ta, ta!... -exclamó el padre
Apolinar al oírlo - . Luego esta muchacha es hija del difunto Mules, viudo
hacía dos años cuando pereció este invierno, con aquellos otros infelices... ¡Pues pocos pasos di yo, en gracia de la
Virgen, para que te recogieran en esa casa!... Hija, no te conocía ya.
Verdad que no recuerdo haberte visto más de dos veces, y ésas mal, como lo veo
yo todo con estos pícaros ojos que no quieren ser buenos... Corriente; pero,
¿de qué se trata ahora, caballero Andrés?
-Pues yo -respondió éste, dando vueltas a la
gorra entre sus manos- la dije, al oír lo que me contó: «Vuélvete a casa.» Y
ella me dijo: «Si vuelvo, me desloman; y no quiero volver por eso.» Y dije yo: «¿Qué vas a hacer por aquí
sola?» Y dijo ella: «Lo que hagan otros.» Y yo le dije: «Puede que no te
peguen.» Y dijo ella: «Me han pegado muchas veces...; todos son malos allí, y
por eso me he escapado para no volver.» Y yo, entonces, me acordé de usté, y la
dije: «Yo te llevaré a un señor que lo arreglará todo, si quieres venir
conmigo.» Y ella dijo: «Pues vamos.»
Y por eso la traje aquí.
A
todo esto, la niña, cuando no hacía gesto a Muergo, recorría con los ojos
suelo, muebles y paredes, tan serena y tranquila como si nada tuviera que ver
con lo que se trataba allí entre el padre Apolinar y el hijo del capitán de la Montañesa.
-Es decir -exclamó el bendito fraile,
cruzándose de brazos delante del protector y de la protegida - , que éramos
pocos, y parió mi abuela. ¡Cuerno con las gangas que le caen al padre Apolinar!
Desavénganse las familias; descuérnense los matrimonios; escápense los hijos de
sus casas; aráñense los dos Cabildos; enamórese Juan sin bragas de Petra con
mucha guinda...; húndase el pico de Cabarga y ciérrese la boca del puerto...,
aquí está el padre Apolinar, que lo arregla todo; como si el padre Apolinar no
tuviera otra cosa que hacer que enderezar lo que otros tuercen, y desasnar
bestias como las que me escuchan. Y, ¿quién te ha dicho a ti, Andresillo, que
basta con querer yo que se recoja a esta muchacha en una casa honrada, para
darla por recogida ya? Y, ¿qué sabes
tú si, aunque eso fuera posible, querría yo hacerlo? ¿No lo hice ya una
vez? ¿Ha servido de algo? ¿Me lo han agradecido siquiera? Pues sábete que
negocios ajenos matan al alma; y de negocios ajenos estoy yo hasta la corona,
¡hasta la corona, hijo... y más arriba también!... ¡Cuerno con el hinojo de mis
pecados!...
Aquí se dio dos vueltas el fraile por el
cuarto, mientras las ocho criaturas se miraban unas a otras, o se desperezaban
algunas de ellas, o se aburrían las más; y, después de retorcerse dos veces
seguidas dentro del vestido, detúvose delante de Silda y de Andresillo, y les
dijo:
-De modo que lo que vosotros queréis es que
ahora mismo os acompañe a casa de Mocejón, y le hable al alma y le diga: aquí
está el hijo pródigo, que vuelve arrepentido al hogar paterno...
-A mí, no -interrumpió Andrés con viveza - ; a
ésta es a quién ha de acompañar usté. Yo me voy ahora mismo a San Martín a ver
entrar a mi padre, que debe estar ya si toca o llega.
-Y yo me voy contigo -dijo Silda con la mayor
frescura - . Me gusta mucho ver entrar esos barcos grandes...
-Entonces, cabra de los demonios -repuso fray
Apolinar, cuadrándose delante de ella - , ¿para quién voy a trabajar yo? ¿Qué
voy a meterme en el bolsillo con ese mal rato? Si a ti no te importa lo que
resulte del paso que me obligáis a dar, ¿qué cuerno me ha de importar a mí?... ¡Pues no voy, ea!
-A
que sí, pae Polinar -le dijo Andrés, mirándole muy risueño.
-¡A
que no! -respondió el fraile, queriendo ser inexorable.
-A que sí -insistió Andrés.
-¡Cuerno!
-replicó el otro, casi enfurecido - ; ¡pongo las dos orejas a que no, y a
retequenó!
Entonces, como si se hubieran puesto
instantáneamente de acuerdo los ocho personajes que le rodeaban, gritaron
unísonos y con cuanta voz les cabía en la garganta:
-¡A
que sí!
Y
como vieron al fraile rascarse nervioso la cabeza y alumbrar un testarazo a
Muergo, lanzáronse en tropel a la escalera, que, angosta y carcomida,
retemblaba y crujía, y no pararon hasta el portal, donde se examinó el regalo
del padre Apolinar.
Después de convenir todos en que no era cosa
superior, dijo Andrés a Silda:
-Para cuando volvamos de San Martín, ya habrá
estado pae Polinar en casa de tío Mocejón, o en otra casa... De un brinco subo
yo a preguntarle lo que haya pasado. Tú me esperas aquí, y bajo y te lo cuento. No te dé pena, que ya lo
arreglaremos entre todos. Ahora, vámonos.
La niña se encogió de hombros, y Muergo, apretándose
el nudo de la driza del chaquetón, dijo enseñando los dientes y revirando mucho
los ojos:
-Yo voy también en cuanto deje estos calzones
a mi madre.
-Y yo también -añadió Sula.
Silda llamó burro a Muergo; Guarín, Cole y los
demás dijeron que se iban, quién al Muelle-Anaos, quién a las lanchas, quién a
otros quehaceres, y Muergo a dejar los calzones en su casa, y se separaron a
buen andar.
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . .
Todo esto acontecía en una hermosa mañana del
mes de junio, bastantes años... muchos años hace, en una casa de la calle de la
Mar, de Santander; de aquel Santander sin escolleras ni ensanches; sin
ferrocarriles ni tranvías urbanos; sin la plaza de Velarde y sin vidrieras en
los claustros de la catedral; sin hoteles en el Sardinero y sin ferias
ni barracones en la Alameda segunda; en el Santander con dársena y con pataches
hasta la Pescadería; el Santander del Muelle-Anaos y de la Maruca; el de la
Fuente Santa y de la Cueva del tío Cirilo; el de la Huerta de los Frailes en
abertal y del provincial de Burgos envejeciéndose en el cuartel de San
Francisco; el de la casa de Botín, inaccesible, sola y deshabitada; el de los
Mártires en la Puntida, y de la calle de Tumbatrés; el de las gigantillas el
día 3 de noviembre, aniversario de la batalla de Vargas, con
luminarias y fuegos artificiales por la noche, y de las corridas en que mataba
Chabiri, picaba el Zapaterillo, banderilleaba Rechina, y capeaba el Pitorro, en
la plaza de Botín, con música de los Nacionales; el Santander de los Mesones de
Santa Clara, del Peso público y de Mingo, la Zulema y Tumbanavíos; del Chacolí
de la Atalaya y del cuartel del Reganche en la calle Burgos; del parador de
Hormaeche, y de la casa del navío; el Santander de aquellos muchachos decentes,
pero muy mal vestidos que, con bozo en la cara todavía, jugaban al bote en
la plaza Vieja, y hoy comienzan a humillar la cabeza al peso de las canas,
obra, tanto como de los años, de la nostalgia de las cosas veneradas que se
fueron para nunca más volver; del Santander que yo tengo acá dentro, muy
adentro, en lo más hondo de mi corazón, y esculpido en la memoria de tal
suerte, que a ojos cerrados me atrevería a trazarle con todo su perímetro, y
sus calles, y el color de sus piedras, y el número, y los nombres y hasta las
caras de sus habitantes; de aquel Santander, en fin, que a la vez que motivo de
espanto y mofa para la desperdigada y versátil juventud de hogaño, que le
conoce de oídas, es el único refugio que le queda al arte cuando con sus
recursos se pretende ofrecer a la consideración de otras generaciones algo de
lo que hay de pintoresco, sin dejar de ser castizo, en esta raza pejina* que
va desvaneciéndose entre la abigarrada e insulsa confusión de las modernas
costumbres.
|