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Tío
Mocejón, el de la calle Alta (porque había otro Mocejón, más joven, en el
Cabildo de Abajo), era un marinero chaparrudo, rayano con los sesenta, de color
de hígado con grietas, ojos pequeños y verdosos, de bastante barba, casi
blanca, muy mal nacida y peor afeitada siempre, y tan recia y arisca como el
pelo de su cabeza, en la cual no entraba jamás el peine, y rara, muy rara vez,
la tijera. Tenía los andares como todos los de su oficio, torpes y
desaplomados; lo mismo que la voz, las palabras y la conversación. El mirar, en
tierra, oscuro y desdeñoso. En tierra digo, porque en la mar, como
andaba en ella, o por encima o alrededor de ella veía cuanto en el mundo podía
llamarle la atención, ya era otra cosa. El vil interés y el apego instintivo al
mísero pellejo le despertaban en el espíritu los cuidados; y no hay como la luz
de los cuidados para que echen chispas los ojos más mortecinos. En cuanto a
genio, mucho peor que la piel, que la barba, las greñas, los andares y la
mirada; no por lo fiero precisamente, sino por lo gruñón, y lo seco, y lo
áspero, y lo desapacible. Unos calzones pardos, que al petrificarse con la
mugre, el agua de la mar y la brea de la lancha, habían ido tomando la forma de
las entumecidas piernas; unos calzones así, atados a la cintura, con una
correa; unos zapatos bajos, sin tacones ni señal de lustre, en los abotagados
pies; un elástico de cobertor, omanta palentina, sobre la
camisa de estopa, y un gorro catalán puesto de cualquier modo encima de las
greñas, como trapo sucio tendido en un bardal, componían el sempiterno
envoltorio de aquel cuerpo, pasto resignado de la roña y muy capaz hasta de
pactar alianzas con la lepra, pero no de dejarse tocar del agua dulce.
Pues con ser así tío Mocejón, no era lo peor
de la casa, porque le aventajaba en todo la Sargüeta*, su mujer, cuyo genio
avinagrado y lengua venenosa y voz dilacerante, eran el espanto de la calle,
con haber en ella tantas reñidoras de primera calidad. Era más alta que su
marido, pero muy delgada, pitarrosa, con hocico de merluza, dientes negros,
ralos y puntiagudos; el color de las mejillas, rojo curado; y lo demás de la
cara, pergamino viejo; el pecho hundido, los brazos largos; podían contarse los
tendones y todos los huesos de sus canillas, siempre descubiertas, y apestaba a
parrocha* desde media legua. Nunca se le conoció otro atalaje que un
pañuelo oscuro atado debajo de la barbilla, muy destacado sobre la frente y
caído hacia los ojos, para que no los ofendiera la luz; un mantón de lana,
también oscuro y también sucio, y hasta remendado, cruzadas sobre el pecho las
puntas y amarradas encima de los riñones; un refajo de estameña parda, y en los
pies unas chancletas con luces a todos los vientos.
Sin embargo, hay quien asegura que era más
llevadera esta mujer inaguantable, que su hija Carpia, moza ya metida en los
diecinueve, tan desaliñada y puerca como su madre, pero más baja de estatura,
más morena, más chata, tan recia de voz y tan larga de lengua, y, además, cancaneada*.
Era de oficio sardinera, y cosa de taparse la gente los oídos y los ojos,
y aun las narices, cuando ella pasaba con el carpancho* lleno, encima de la
cabeza, chorreando la pringue sobre hombros y espaldas, cerniendo el corto y
sucio refajo al compás del vaivén chocarrero de sus caderas, pregonando a
gañote limpio la mercancía. Ninguna sardinera ponía la nota final más alta ni
tan bien sostenida; se llegaba a perder la esperanza de que aquel grito áspero
y penetrante tuviera fin. Pero que cualquier transeúnte le diera a entender esa
sospecha con el menor gesto, o mostrara su desagrado con la más leve palabra;
que cualquier fregona inexperta, después de preguntarle desde el balcón de la
cocina «¿A cómo?», no replicara a su respuesta, o replicara de malos
modos, o que después de haber replicado, por ejemplo, «A tres», y
de haber dicho la sardinera: «Abaja», la fregona no bajara, o tardara
en bajar...; ¡era cuando había que oír y que ver lo que decía y hacía Carpia
entonces, con el carpancho en el suelo, en mitad de la calle, y la vista unas
veces en su agresor, oen el sitio que éste había ocupado, si se retiró
prudentemente a lo escondido temiendo la granizada, y otras en el primer
transeúnte que cruzara a su lado, o en todos los transeúntes, o en todos los
balcones de la calle! Mirándola en aquel trance, se dudaba cuál era en ella más
asombroso, entre la palabra, la idea, el gesto, la voz y los ademanes; y todo
ello junto parecía imposible que cupiera en una criatura humana, y del mismo
sexo en el cual se vinculan el aseo y la vergüenza. Y, sin embargo, Carpia no
estaba enfadada de veras: aquello no era más que un ligero desahogo que
se permitía entre burlona y despechada, porque cuando se enfadaba, es decir,
cuando reñía con todo el ceremonial del caso entre el gremio, que ha
llegado a formar escuela y va a la hora presente en próspera fortuna... ¡Dios de bondad!... En fin, casi tan
terrible como su madre, de quien tomó el estilo, ora oyéndola en la vecindad,
ora aprendiendo con ella a correr la sardina, llevando por las asas el
carpancho entre las dos.
Carpia tenía un hermano llamado Cleto, de
menos edad que ella. Salía este hermano más a la casta de su padre que a la de
su madre. Era sombrío y taciturno, pero trabajador. Andaba ya a la mar, y no se
llevaba bien con su hermana. La daba patadas en la barriga, o donde la
alcanzaba, cuando llegaba el caso de responder a las desvergüenzas de la
sardinera.
No sabía hablarla de otro modo.
Esta apreciable familia habitaba el quinto
piso de una casa de la calle Alta (acera del sur), que tenía siete a la vista,
y cuya línea de fachada se extendía muy poco más que el ancho de sus balcones
de madera. Digo que tenía siete pisos a la vista, porque entre bodega,
cabretes, subdivisiones de pisos y buhardillas, llegaba a catorce las
habitaciones de que se componía, o, si se quiere de otro modo más exacto,
catorce eran las familias que se albergaban allí, cada una en su agujero
correspondiente, con sus artes de pescar*, sus ropas de agua*, suscubos
llenos de agalla con arena para macizo*, sus astrosos vestidos de
diario y toda la pringue y todos los hedores que estas cosas y personas llevan
consigo necesariamente. Cierto que los inquilinos que tenían balcón le
aprovechaban para destripar en él la sardina, colgar trapajos, redes,
medio-mundos* y sereñas, y quetenían la curiosidad de arrojar
a la calle, o sobre el primero que pasara por ella, las piltrafas inservibles,
como si el goteo de las redes y de los vestidos húmedos no fuera bastante
lluvia de inmundicia para hacer temible aquel tránsito a los terrestres que
por su desventura necesitaban utilizarle; y en cuanto a los cubiles que no tenían
estos desahogaderos, allá se las componían tan guapamente sus habitadores,
engendrados, nacidos y criados en aquel ambiente corrompido, cuya peste les
engordaba. De todas maneas, ¿cómo remediarlo? No vivían mejor los inquilinos de
las casas contiguas y siguientes, ni los de la otra acera, ni todo el Cabildo
de Arriba... Lo propio que el de Abajo en las calles de la Mar, del Arrabal y
del Medio.
Volviendo a tío Mocejón, añado que era dueño y
patrón de una barquía, por lo cual cobraba de la misma dos soldadas
y media: una y media por amo y unapor patrón; o, lo que
es lo mismo (para los lectores poco avezados en esta jerga), de todo lo que se
pescara, hecho tantas partes como fueran los compañeros de la barquía,
se tiraba él dos y media. Procedía de abolengo esta riqueza (mermada en la
mitad en manos de Mocejón, puesto que lo heredado por éste fue una lancha); y
nadie sabe la importancia que esta propiedad le daba entre todo el Cabildo, en
el cual era rarísimo el marinero que tenía una parte pequeña en la embarcación
en que andaba; ni lo que influyó en la Sargüeta y en su hija Carpia
para que llegaran a ser las más desvergonzadas y temibles reñidoras del
Cabildo.
Como tío Mocejón era bastante torpe en números
y se mareaba en pasando la cuenta de la que él pudiera echar con los dedos de
la mano, bien agarrados, uno a uno, con la otra, la patrona, es decir,
su mujer, era quien cobraba cada sábado el pescado vendido durante la semana al
costado de la barquía, al volver ésta de la mar; lances en los cuales había
acreditado, principalmente, la Sargüeta, el veneno de su boca, lo resonante de
su voz, lo espantoso de su gesto, lo acerado de sus uñas y la fuerza de sus
dedos enredados en el bardal de una cabeza de la Pescadería. Por eso, del
cepillo de las Ánimas sacara una revendedora los cuartos, si no los tenía
preparados el viernes por la noche, antes que pedir a la Sargüeta diez horas de
plazo para liquidar su deuda. Aunque patronas se llaman todas las mujeres de
los patrones de lancha, cobren o no por su mano las ventas de la semana, en
diciendo «la patrona» del Cabildo de Arriba, ya se sabía que se trataba de la
Sargüeta. ¡Qué tal patrona sería!
Ya se irá comprendiendo que no le faltaban
motivos a la muchachuela Silda para resistirse a volver a la casa de que huyó. En cuanto a las razones que se tuvieron
presentes para que la recogieran en ella cuando se vio huérfana y abandonada en
medio de la calle, como quien dice, no fueron otras que la de ser Mocejón
marinero pudiente, y, además, compadre de Mules, por haber éste sacado de pila
al único hijo varón de la Sargüeta. Que costó Dios y ayuda reducir a Mocejón y
toda su familia a que se hiciera cargo de la huérfana, no hay necesidad de
afirmarlo; ni tampoco que el padre Apolinar y cuantas personas anduvieran con
él empeñadas en la misma empresa caritativa, oyeron verdaderos horrores,
particularmente de Carpia y de su madre, antes de lograr lo que intentaban; lo
cual no aconteció hasta que el Cabildo ofreció a Mocejón una ayuda de costas de
vez en cuando, siempre que la huérfana fuera tratada y mantenida como era de
esperar. Mocejón quiso, por consejo de su mujer, que la promesa del Cabildo «se
firmara en papeles por quien debiera y supiera hacerlo», pero
el Cabildo se opuso a la exigencia, y como ya había más de una familia
dispuesta a recoger a Silda por la ayuda de costas ofrecida, sin que se
declarara en papeles la oferta, tentóle la codicia a la Sargüeta, convenció a
los demás de su casa, contando con que a un mal dar, del cuero le saldrían las
correas de la muchacha, diole albergue en su tugurio, y poco más que albergue,
y mucho trabajo.
Por
de pronto, no hubo cama para ella: verdad que tampoco la tenían Carpia ni su
hermano. Allí no había otra cama, propiamente hablando, y por lo que hace a la forma,
no a la comodidad ni a la limpieza, que el catre matrimonial, en un espacio
reducidísimo, con luz a la bahía, el cual se llamaba sala porque contenía
también una mesita de pino, una silla de bañizas, un escabel de
cabretón y una estampita de San Pedro, patrono del Cabildo, pegada con pan
mascado a la pared. Carpia dormía sobre un jergón medio podrido, en una alcoba
oscura con entrada por el carrejo*, y su hermano encima del arcón en
que se guardaba todo lo guardable de la casa, desde el pan hasta los zapatos de
los domingos. A Silda se la acomodó en un rincón que formaba el tabique de la
cocina con uno de los del carrejo, es decir, al extremo de éste y enfrente de
la puerta de la escalera, sobre un montón de redes inservibles y debajo de un
retal de manta vieja. ¡Si la pobre chica hubiera podido llevarse consigo la
tarimita, el jergón, las dos medias sábanas y el cobertor raído a que estaba
acostumbrada en su casa... Pero todo ello, y cuanto había de puertas adentro,
no alcanzó para pagar las deudas de su padre. Después de todo, aunque Silda
hubiera llevado su cama a casa de tío Mocejón, se habrían aprovechado de ella
Carpia o su hermano, y, al fin, la misma cuenta le saldría que no teniendo cama
propia. No sé si discurría Silda de esta suerte cuando se acostaba sobre el
montón de redes viejas del rincón de la cocina; pero es un hecho averiguado que
tenderse allí, taparse hasta donde le alcanzaba la media manta y quedarse
dormida como un leño, eran una misma cosa.
Algo más que la cama extrañaba la comida. No
era de bodas la de su casa; pero la que había, buena o mala, era abundante
siquiera, porque entre dos solas personas, repartido lo que hay, por poco que
sea, toca a mucho a cada una. Luego, como hija única de su padre, que no se
parecía en el genio ni en el arte a Mocejón, era, relativamente, niña mimada;
por lo cual, de la parte de Mules siempre salía una buena tajada para aumentar
la de su hija, al paso que, desde que vivía con la familia de la Sargüeta,
nunca comía lo suficiente para acallar el hambre; y lo poco que comía, malo, y
nunca cuando más lo necesitaba, y, de ordinario, entre gruñidos e improperios,
si no entre pellizcos y soplamocos. Siempre era la última en meter la cuchara
común en la tartera de las berzas con alubias y sin carne, y todos los de la
casa tenían un diente que echaba lumbres; de modo que, por donde ellos habían
pasado ya una vez, era punto menos que perder el tiempo intentar el paso.
¡Tenían un arte para cargar la cuchara!... Cada cucharada de Mocejón parecía un
carro de hierba. Solamente su mujer le aventajaba, no tanto en cargarla, como
en descargarla en su boca, que le salía al encuentro con los labios replegados
sobre las mandíbulas angulosas y entreabiertas, y los dientes oblicuos hacia
afuera, como puntas de clavos roñosos; luego... luego nada, porque nunca pudo
averiguar Silda, que no dejaba de ser reparona, si era la boca la que se
lanzaba sobre la presa, o si era la presa la que se lanzaba, desde medio
camino, dentro de la boca: ¡tan rápido era el movimiento, tan grande la sima de
la boca, tan limpia la dentellada y tan enorme el tragadero por donde
desaparecía lo que un segundo antes se había visto, chorreando caldo, a media
cuarta de la tartera! No eran tan limpios en el comer Carpia y su hermano,
aunque sí tan voraces; pero lo mismo los hijos que los padres, tenían la buena
costumbre, antes de soltar en la tartera la cuchara que acababan de tener en la
boca, de darla dos restregoncitos contra los calzones o contra el refajo, a fin
de quitar escrúpulos al que iba a tomar con ella su correspondiente cucharada,
por riguroso turno.
Porque Silda no lo hizo así el primer día que
comió en aquella casa, la llamó puerca la Sargüeta y le dio Carpia un
testarazo.
Cuando no había olla, cosa que no dejaba de
ocurrir a menudo, si abundaban las sardinas, Silda consolaba el hambre con un
par de ellas, asadas, con un gramo de sal, encima de las brasas; si no había
sardinas o agujas, o panchos, o raya, o cualquier pescado de poca estimación en
la plaza (de lo cual le daba la Sargüeta una pizca mal aliñada, o un par de
pececillos crudos), una tira de bacalao o un arenque, por todo compaño, para el
mendrugo de pan de tres días, o el pedazo de borona, según los tiempos y las
circunstancias. Tal era su comida: fácil es presumir cómo serían sus almuerzos
y sus cenas.
Entretanto, tenía que andar en un pie a todo
lo que se le mandara, si quería comer eso poco y malo con sosiego; y lo que se
le mandaba era demasiado, ciertamente, para una niña como ella. Por de pronto, ayudar a las mujeres de casa,
dentro o alrededor de ella, en el aparejo de la barquía, es decir,
componer las redes, secarlas, hacer otro tanto con las velas y con las artes
de pescar, etc. etc...
Cuando
toda la familia, hombres y mujeres, iban a la pesca de bahía, especialmente a
la boga (pescado que entonces abundaba muchísimo, y que desapareció por
completo años después, debido, según dice la gente de mar, a la escollera de
Maliaño, porque precisamente el espacio que ella encierra era donde las bogas
tenían su pasto), a la pesca de bahía tenía que ir Silda también, y a trabajar
allí, aunque niña, tanto o más que las mujeres, o que Carpia, pues la Sargüeta
rara vez iba ya a la bahía con su marido; a ella se encomendaba preferentemente
la engorrosa tarea de sacar la ujana*, hundiendo en la basa las dos
manos, con los dedos extendidos, como las layas de los labradores, y
virar luego la tajada, y deshacerlaen pedacitos para dar con las gusanas,
que iba echando en una cazuela vieja, o en una cacerolilla de hoja de
lata, con arena en el fondo. Otras veces se la veía con un cestito al
brazo, picoteando el suelo con un cuchillo, a bajamar, para dar con las
escondidas amayuelas*; o en las playas de arena, sacando muergos con
un ganchito de alambre. Pero, al cabo, estas tareas y otras semejantes, aunque
penosas, sobre todo en invierno, le daban cierta libertad, y a menudo pasaba
ratos muy entretenidos con niñas y muchachos de su edad, que también andaban al
muergo y a la amayuela y a la gusana y al chicote. Esto fue siempre lo
preferible para ella: coger la esportilla y largarse a la Dársena, al arqueo
del chicote, de la chapita y del clavo de cobre. Allí conoció a Muergo, y a
Sula, y a otros muchachos raqueros de la calle de la Mar, y sobre todo al
famoso Cafetera* (cuya biografía en libros anda hace años), que aunque de la
calle Alta, no asomaba por ella jamás, y a Pipa y a Michero, y a más de una
chicuela que andaban con ellos a todo lo que salía. Siguiendo a esta tropa
menuda, se aficionó al Muelle-Anaos y a la vida independiente y divertida que
hacía en aquel terreno famoso, en que cada cual campaba por sus respetos, como
si estuviera a cien leguas de la población y de todo país civilizado.
Insensiblemente fue retardando la hora de volver a casa, y volvía casi siempre con
la espuerta vacía. En ocasiones no volvió hasta por la noche; y como lo mismo
la sacudían el polvo por faltar una hora que por faltar todo el día, optó
serenamente por lo último; y al Muelle-Anaos acudía casi diariamente, aunque la
mandaran a la Peña del Cuervo, y con los del Muelle-Anaos aprendió a la Maruca.
Así la conoció Andrés.
Es de advertir que Silda, aunque asistía a
todas las empresas y a todos los juegos de la pillería del Muelle-Anaos, rara
vez tomaba parte en ellos más que con la atención; no por virtud seguramente,
sino porque era de ese barro: una naturaleza fría y muy metida en sí. Sabía
dónde se upaba* el cobre y el cacao y el azúcar, y de qué manera, y
dónde se vendía impunemente, y a qué precio; sabía dónde se gastaban los
cuartos, así adquiridos, en tazas de café con copa, y lo que se daba por un
ochavo, y por un cuarto, y por dos cuartos, y hasta por un real; sabía cómo se
jugaba al cané... y sabía muchísimas cosas más que se enseñaban en aquella
escuela de cuantos vicios pueden arraigar en criaturas vírgenes de toda
educación física y moral; pero jamás en su espuerta entró cosa que no pudiera
cogerse a vista de todo el mundo; ni vendió en el barracón del tío Oliveros un
triste clavo ni una hebra de cáñamo; ni tomó en sus manos un naipe para el
cané, ni una piedra en las guerras de Bajamar entre raqueros y terrestres, o
entre raqueros de la calle Alta y raqueros de la calle de la Mar. Satisfacíase
con asistir a todo y enterarse de todo cuanto hacían los pilletes, impávida e
insensible, por carácter, como se ha dicho ya, no por virtud.
Andrés tampoco tomaba parte en las empresas raqueriles
de los muchachos del Muelle-Anaos; pero sí en sus pedreas, en sus
zambullidas, en sus juegos de agilidad, en sus intentos, casi siempre logrados,
de atrapar un perro y arrojarle al agua con un canto al pescuezo. Sus
diversiones de preferencia allí eran remar con Cuco en su bote, y pescar con un
aparejillo que tenía, desde las escaleras del Paredón. Esto le gustaba mucho
también a Silda; y en cuanto Andrés calaba la sereña, ya estaba ella a su lado,
muy calladita y con los ojos clavados en el aparejo.
-¡Que pican! -solía decir alguna vez que otra,
muy por lo bajo, viendo que la sereña se estremecía.
-Es
picada falsa -respondía Andrés sin halar el aparejo.
Y
así se pasaban los dos larguísimos ratos. Cuando se trababa algún
pancho, Silda ayudaba a Andrés a encamar los anzuelos; y si los panchos eran
dos, ella destrababa el uno.
Y a
todo esto, calladita, impasible, y siempre con la cara, las manos y los pies
limpios como un sol. Era como la señorita de aquella sociedad de salvajes; a
Andrés le hacía por eso mismo mucha gracia, y tenía con ella consideraciones y
miramientos que jamás usaba con las otras niñas desharrapadas que solían andar
por allí. En cambio, ella no mostraba mayor inclinación al vestido y a los
modales de Andrés, que a la basura y a la barbarie de los raqueros. Al
contrario, el objeto de sus visibles preferencias parecía ser el monstruoso
Muergo, el más estúpido, el más feo y el más puerco de todos sus camaradas. Mas
estas preferencias no se revelaban en el hecho solo de acercarse a él muy a
menudo, pues a otros muchos se acercaba también, siempre que le daba la gana,
sino en que con ninguno era tan cariñosa como con Muergo.
-¡Límpiate los mocos y lávate esa cara,
cochino! -solía decirle; o-: ¿Por qué no te esquilan esa greña?... Dile a tu
madre que te ponga una camisa.
Entre
tantos puercos y descamisados como andaban por allí, solamente se dolía de la
roña y de la desnudez de Muergo. Y Muergo correspondía a estas relativas
delicadezas de Silda, riéndose de ella, dándola una patada, o arrimándola un
tronchazo como el de la Maruca. ¡Y la preferencia continuaba, por parte de Silda!
¿Por qué razón? Vaya usted a
saberlo. Acaso la fuerza del contraste; la misma monstruosidad de Muergo; un
inconsciente afán, hijo de la vanidad humana, de domar y tener sumiso lo que
parece indómito y rebelde, y de embellecer lo que es horrible; hacer con Muergo
lo que algunas mujeres, de las llamadas elegantes en el mundo, hacen con
ciertos perros lanudos y muy feos: complacerse en verlos tendidos a sus pies,
gruñendo de cariño, muy limpios y muy peinados, precisamente porque son
horribles y asquerosos y no debieran estar allí.
Más
fácil de explicar es la inclinación de Andrés al Muelle-Anaos y a la pillería
que en él imperaba. Hijo de marino y llamado a serlo, los lances de la bahía le
tentaban, y el olor del agua salada y el tufillo de las carenas le seducían; y
escogió aquel terreno para satisfacer sus apetitos marineros, porque allí había
botes de alquiler, y lanchas abandonadas, y barcos en los careneros, y ocasión
de bañarse impunemente y en cueros vivos a cualquier hora del día, y correr la escuela,
fumar con entera tranquilidad, y muy principalmente porque otros chicos de su
pelaje andaban también por allí muy a menudo: ventajas todas que no podían
hallarse reunidas ni en la Dársena ni en los cañones del
Muelle. Sólo la Maruca las ofrecía alguna vez; y por eso iba también, de tarde
en tarde, a la Maruca.
Por
lo que hace a su amistad con los raqueros, no había otro remedio que elegir
entre ella y la fatiga de entrar en su terreno por la fuerza de las armas, lo
cual era algo pesado y expuesto para hecho diariamente. Por lo común, se hacía
la primera vez. Después se firmaban las paces, y se vivía tan guapamente con
aquella pillería, cuidando de tenerla engolosinada con cigarros y cualquier
chuchería de la ciudad, especialmente a Cuco, que, por su corpulencia y
barbarie, era el más temible en sus bromas, aunque, a su modo, fuera
sociable y cariñosote.
Y como Silda iba apegándose más y más a la
vida regalona del Muelle-Anaos, y sus ausencias de casa eran más largas cada
día, y el Cabildo no parecía acordarse de dar la ofrecida ayuda de costas, y la
familia de Mocejón estaba resuelta a no mantener de balde a una chiquilla tan
inútil y rebelde, ocurrió una noche lo de la tunda aquélla, que obligó a Silda,
que tantas había sufrido ya, a largarse a la calle y a dormir en una barquía,
por no querer aceptar la oferta que, al bajar, la hizo al oído el bueno del tío
Mechelín, marinero que, con su mujer, tía Sidora, ocupaba la bodega, o sea la
planta baja de la casa.
Y como es preciso hablar algo de esta nueva
familia que aparece aquí, y el presente capítulo tiene ya toda la extensión que
necesita, quédese para el siguiente, en el cual se tratará de ese asunto... y
de otro más, si fuere necesario.
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