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Todo
lo contrario de Mocejón y de la Sargüeta, así en lo físico como en lo moral,
eran Mechelín y tía Sidora. Mechelín era risueño, de buen color, más bien alto
que bajo, de regulares carnes, hablador, y tan comunicativo, que frecuentemente
se le veía, mientras echaba una pitada a la puerta de la calle, referir algún
lance que él reputaba por gracioso, en voz alta, mirando a los portales o a los
balcones vacíos de enfrente, o a las personas que pasaban por allí, a falta de
una que le escuchara de cerca. Y él se lo charlaba y él se lo reía, y hasta
replicaba, con la entonación y los gestos convenientes, a imaginarias
interrupciones hechas a su relato. También era algo caído de cerviz y encorvado
de riñones; pero como andaba relativamente aseado, con la cara bastante bien
afeitada, las patillas y pelo, grises, no precisamente hechos un bardal, y era
tan activo de lengua y tan alegre de mirar, aquellas encorvaduras sólo
aparentaban lo que eran: obra de los rigores del oficio, no dejadez y abandono
del ánimo y del cuerpo. Entonaba no muy mal, a media voz, algunas canciones de
sus mocedades, y sabía muchos cuentos.
Su mujer, tía Sidora, también gastaba
ordinariamente muy buen humor. Era bajita y rechoncha; andaba siempre bien
calzada de pie y pierna, vestida con aseo, aunque con pobreza, y gastaba sobre
el pelo pañuelo a la cofia. Nadie celebraba como ella las gracias de
su marido, y cuando la acometía la risa, se reía con todo el cuerpo; pero nada
le temblaba tanto al reírse como el pecho y la barriga, que, tras de ser muy
voluminosos de por sí, los hacía ella más salientes en tales casos, poniendo
las manos sobre las caderas y echando la cabeza hacia atrás. Pasaba por regular
curandera, y casi se atrevía a tenerse por buena comadrona.
Nunca había tenido hijos este matrimonio
ejemplarmente avenido. Tío Mechelín era compañero en una de las cinco
lanchas que había entonces en todo el Cabildo de Arriba, en el cual abundaron
siempre más las barquías que las lanchas, y tía Sidora estaba principalmente
consagrada al cuidado de su marido y de su casa; a vender, por sí misma, el
pescado de su quiñón, cuando no hubiera preferido venderlo al costado de la
lancha, y acompañar, a jornal, en la Pescadería, a alguna revendedora de las
varias que la solicitaban en sus faenas de pesar, cobrar, etc. El tiempo
sobrante le repartía en la vecindad de la calle, recetando conocimientos aquí,
restañando heridas allá, cortando un refajo para Nisia o frunciendo unas mangas
para Conce... o «apañando una criatura» en el trance amargo.
Como no había vicios en casa, ni muchas bocas,
tía Sidora y su marido se cuidaban bastante bien, y hasta tenían ahorradas unas
monedas de oro, bien envueltas en más de tres papeles, y guardadas en lugar
seguro, para «un por si acaso». Los domingos se remozaban, ella con su saya de
mahón azul oscuro; medias, azules también, y zapatos rusos; pañolón de seda
negra, con fleco, sobre jubón de paño, y a la cabeza otro pañuelo oscuro. Él,
con pantalón acampanado, chaleco y chaqueta de paño negro fino, corbata a la
marinera, ceñidor de seda negra y boina de paño azul con larga borla de
cordoncillo negro; la cara bien afeitada, y el pelo atusado... hasta donde su
aspereza lo consintiera.
Todas estas prendas, más una mantilla de
franela con tiras de terciopelo, que usaban las mujeres para los entierros y
actos religiosos muy solemnes, las conservaron hasta pocos años ha, como traje
característico y tradicional, las gentes de ambos Cabildos de mareantes*.
Con una moza del de Abajo llegó a casarse
(¡raro ejemplar!) un hermano de Mechelín que era callealtero, como toda su
casta. ¡Bien se lo solfearon deudos, amigos y comadres! «Mira que eso va contra
lo regular, y no puede parar en cosa buena! ¡Mira que ella tampoco lo
es de por suyo ni de casta lo trae!... ¡Mira que Arriba las tienes más de tu parigual y conforme a la ley de Dios,
que nos manda que cada pez se mantenga en su playa!... ¡Mira que esto y que lo
otro, y mira que por aquí y mira que por allá!»
Y
resultó, andando el tiempo, lo anunciado en el Cabildo de Arriba; no, a mi
entender, porque la novia fuera del de Abajo, sino porque realmente no era
buena «de por suyo», y se dio a la bebida y a la holganza, hasta que el pobre
marido, cargado de pesadumbres y de miseria, se fue al otro mundo de la noche a
la mañana, dejando en éste una viuda sin pizca de vergüenza, y un hijo de dos
años, que parecía un perro de lanas, de los negros. Mechelín y su mujer
amparaban, en cuanto podían, a estos dos seres desdichados; pero al notar que sus
socorros, lo mismo en especie que en dinero, los traducía la viuda en
aguardiente, dejando arrastrarse por los suelos a la criatura, desnuda, puerca
y muerta de hambre, amén de echar pestes contra sus cuñados, por roñosos y
manducones, y de que el chicuelo a medida que crecía se iba haciendo tan
perdido y mucho más soez que su madre, cortaron toda comunicación con sus
ingratos parientes. Así pasaron cuatro años, durante los cuales creció el rapaz
y llegó a ser el Muergo que nosotros conocemos. Muergo, pues, era sobrino
carnal de tío Mechelín, en cuya casa no recordaba haber puesto jamás los pies;
y su madre, la Chumacera*, sardinera a ratos, había obtenido por caridad, de
los que fueron compañeros de lancha de su difunto, la peseta diaria que gana
una mujer por el trabajo de madrugar para la compra de carnada* (cachón,
magano*, etc.) para la lancha, a los pescadores o boteros de la costa de la
bahía. El miedo a perder la ganga de la peseta, la obligaba a ser fiel y
puntual en este encargo, único que supo desempeñar honradamente en toda su
vida.
¡Con cuánto gusto tío Mechelín y su mujer
hubieran llevado a su lado al niño, huérfano de tan buen padre, si hubieran
creído posible sacar algo, mediano siquiera, de aquella veta montuna y bravía,
y muy particularmente sin los riesgos a que les exponía este continuo punto de
contacto con la sinvergüenza de su madre! Porque el tal matrimonio se perecía
por una criatura de la edad, poco más o menos, del salvaje sobrino, para que
llenara algo de la casa, como la llenan los hijos propios, tan deseados de
todos los que no los tienen. Así es que cuando comenzaron las negociaciones del
padre Apolinar con tío Mocejón para que éste recogiera a Silda en su casa, los
ojos se les iban a los inquilinos de la bodega detrás de la niña que jugaba en
la calle; y muy tentados estuvieron más de una vez, viendo bajar al fraile de
mal humor, a tirarle del manteo para llamarle adentro y decirle por lo bajo:
«¡Tráigala usted aquí, pae Polinar, que nosotros la recibiremos de balde, y muy
agradecidos todavía.» Pero el acuerdo era cosa del Cabildo, que bien estudiado
le tendría; y, además, no querían ellos que en casa de Mocejón llegara a
creerse que el intento de apandarse «la ayuda de costas» ofrecida, era lo que
les movía a recoger a la huérfana.
-¡Cuidao -decía Mechelín a tía Sidora - , que
ni pintá en un papel resultara más al respetive de la comenencia... ¡Finuca y
limpia es como una canoa de rey!
-En verdá -añadía tía Sidora - , que pena da
considerar la vida que le aguarda allá arriba, si Dios no se
pone de su parte.
-¡Uva! -añadía el marido, que usaba esta
interjección siempre que, a su entender, un dicho no tenía réplica.
Cuando Silda fue recogida en el quinto piso,
tío Mechelín, que la vio subir, dijo a tía Sidora:
-¡Enfeliz!... ¡No tendrás tan buen pellejo
cuando abajes!... ¡Y eso que has de
abajar pronto!
-Lo
mismo creo -respondió la mujer, muy pensativa y con las manos sobre las caderas
- . Pero tú y yo, agua que no hemos de beber, dejémosla correr; y la lengua,
callada en la boca, que más temo a esa gente de arriba que a una galerna* de
marzo.
-¡Uva!-concluyó Mechelín con una expresiva
cabezada, guiñando un ojo, dándose media vuelta y poniéndose a canturriar una
seguidilla, como si no hubiera dicho nada, o temiera que le pudieran oír los de
arriba.
Pero desde aquel momento no perdieron de vista
a la pobre huérfana, que, a juzgar por su impasible continente, parecía ser la menos
interesada de todos en la vida que arrastraba en el presidio a que se la había
condenado creyendo hacerla un favor. Se condolían mucho de ella, viéndola en
los primeros meses, de invierno riguroso, entrar en casa tiritando y amoratada
de frío, con el cesto de los muergos al brazo, y con la cacerola de gusanas
entre manos; o bajar del piso con cardenales en la cara, y con el pañuelo del
cuello por venda sobre la frente. Nunca la vieron llorar ni señales de haber
llorado, ni pudieron sorprender entre sus labios una queja. En cambio, la
lengua se le saltaba de la boca a tía Sidora con las ganas que tenía de
sonsacar pormenores a la niña; pero el miedo que tenía a los escándalos de la
familia de Mocejón, la obligaba a contenerse. En ocasiones, al sentir que
bajaba Silda, se atravesaba el pescador o la marinera, a la puerta de la calle,
con un zoquete de pan, haciendo que comía de él, pero en realidad, por tener un
pretexto para ofrecérsele.
-¡Bien a tiempo llegas, mujer! -le decía con
fingida sorpresa - . A volver iba al arca este pan, porque no tengo maldita la
gana. Si tú lo quisieras...
Y
se le dejaba entre las manos, preguntándole al oído:
-¿Qué
tal andamos hoy de apetito?
-Una
cosa regular -decía la niña, revelando, en el afán con que apretaba el zoquete,
las ganas que tenía de devorarle.
Pero
no podían conseguir que se detuviera allí un instante, ni que al pasar les
dijera una sola palabra de las que ellos querían oír. ¿Era miedo que tenía la
niña a las venganzas de sus protectores?¿Era dureza y frialdad de
carácter?
Ellos
achacaban la reserva a lo primero, y esta consideración doblaba a sus ojos el
valor de las prendas morales de aquella inocente mártir.
Vieron,
días andando, cómo ésta volvía tarde a casa, y averiguaron la vida que hacía
fuera de ella, y los castigos que se le daban por su conducta, y las veces que
había dormido a la intemperie, en el quicio de una puerta o en el panel* de una
lancha.
-¡Y
acabarán con la infeliz criatura, dispués de perderla! -exclamaba tío Mechelín
al hablar de ello - . Tan tiernuca y polida, déla usté carena por la mañana,
lapo al megodía y taringa por la noche, con poco de boquibilis y no digo yo
ella, una navío de tres puentes se quebranta... ¡Fuérame yo, en su caso,
pa no golver en jamás!
-Como llegará a suceder -añadió la marinera -
, si Dios antes no lo remedia. ¡Eso tiene el poner, sin más ni más, la carne en
boca de tiburones!
-¡Uva!
Una noche, después de haber resonado hasta en
la bodega los horrores que vomitaban en el quinto piso las bocas de la Sargüeta
y de Carpia contra la niña, que poco antes había llegado a casa, y dos ayes de
una voz infantil, penetrantes, agudos, lamentosos, como si inopinadamente una
mano brutal arrancara de un tirón a un cuerpo lleno de salud todas las raíces
de la vida; después de haberse asomado a la puerta de cada guarida algún
habitante de ella, no obstante lo frecuentes que eran en aquella vecindad, más
arriba o más abajo, las tundas y los alborotos, tío Mechelín y su mujer vieron
a Silda que bajaba el último tramo de la escalera con igual aceleramiento que
si la persiguieran lobos de rabia. La salieron al encuentro en el portal (tía
Sidora con el candil en la mano), y observaron que la niña traía las ropitas en
desorden, el pelo enmarañado, los ojos humedecidos, la mirada entre el espanto
y la ira, la respiración anhelosa y el color lívido.
-¡Déjeme pasar, tía Sidora! -dijo la niña a la
marinera, al ver que ésta le cerraba el camino de la calle.
-Pero
¿aónde vas, enfeliz, a tales horas? -exclamó la mujer de Mechelín, tratando de
detenerla.
-Me
voy -añadió Silda, deslizándose hacia la puerta, no cerrada todavía - , para no
volver más. ¡Todos son malos en esa
casa!
-¡Métete
en la mía, ángel de Dios, siquiera hasta mañana! -dijo el pescador, deteniendo
con gran dificultad a la niña.
-¡No, no! -insistió ésta, desprendiéndose de
la mano que blandamente la sujetaba - , que está muy cerca de la otra.
Y salió del portal como un cohete.
-¡Pero escucha, alma de Dios!... ¡Pero
aguarda, probetuca!...
Así exclamaba tía Sidora viendo desaparecer a
Silda en las tinieblas de la calle, sin resolverve a dar dos pasos en ella
detrás de la fugitiva; porque el mismo Mechelín, con tener buena vista, entre
las mejores de los de su oficio, no pudo saber, por ligero que anduvo, si la
niña había seguido calle adelante, hacia Rúa Mayor, o había tirado hacia el
Paredón, o por la cuesta del Hospital.
El lector sabe lo que fue de ella aquella
noche y a la mañana siguiente, por habérselo oído referir a Andrés y haberla
visto, tan descuidada y campante, en casa del padre Apolinar, junto a la
Maruca, en la Fuente Santa y en los prados de Molnedo.
No habría llegado a la Maruca con Andrés y su
séquito de raqueros, cuando ya el padre Apolinar, con el sombrero de teja caído
sobre los ojos, la cabeza muy gacha por miedo a la luz, y los embozos del
pelado manteo recogidos entre sus manos cruzadas, restregando, alguna vez que
otra, el cuerpo contra la camisa (si es que no la había dado también, desde que
salimos de su casa con el relato) y carraspeando a menudo, atravesaba los
Mercados del Muelle, con rumbo a la calle Alta.
Sin ser visto, ¡cosa rara!, de la tía Sidora,
cuando menos, pues estaba abierta de par en par la puerta de su bodega, llegó
al quinto piso, y llamó con los nudillos de la mano, diciendo al mismo tiempo:
-¡Ave María!
Una voz de mujer respondió una indecencia
desde allá dentro; pero con tal dejo, que el exclaustrado, sin soltar de sus
manos cruzadas los embozos del manteo, se rascó dos veces seguidas las
espaldas, por el procedimiento acostumbrado, y murmuró, después de carraspear:
-¡Mucha mar de fondo debe haber aquí!
En seguida volvió a carraspear y a resobarse;
empujó la puerta, como la voz se lo había ordenado, y entró.
Mocejón estaba a la mar; pero estaban en casa,
destorciendo filásticas* de chicotes viejos, la Sargüeta y su hija, las cuales,
aunque no esperaban seguramente la visita del bendito fraile, en cuanto le
vieron delante sospecharon el motivo que le llevaba allí; porque, con tener
todavía entre dientes el suceso de la noche anterior, recordaron las
insistencias del padre Apolinar para que se cumplieran los intentos del Cabildo
respecto de la huérfana de Mules; las torres y montones que les había ofrecido
en cambio del amparo que les pedía; la veces que le habían reclamado
infructuosamente el cumplimiento de las ofertas... En fin, que les dio el corazón que venía a lo
de Silda; y sin esperar a que acabaran de darle los buenos días, ya
temblaba la casa.
Tío
Mechelín no había ido a la mar aquel día, porque había pasado la noche con un
ladrillo, envuelto en bayeta amarilla, en el costado de estribor, para matar un
dolorcillo que se le presentó poco antes de meterse en la cama; obra, en su
opinión y en la de su mujer, del disgusto que tomó, en seguida de la cena, con
el suceso de Silda. El dolor se calmó mucho a la madrugada, y en dudas estuvo
el enfermo, al oír en la calle el grito de ¡arriba! del deputao, que
tiene esa obligación, y por ella cobra, de levantarse como todos los demás
compañeros; pero no se lo consintió su mujer, y se aguantó en la cama hasta
bien entrado el día.
Entonces se vistió; desayunóse con una mediana
ración de cascarilla con leche, y, por no aburrirse, se puso a torcer, a la
teja, unos cordeles de merluza. No le llenaba del todo este procedimiento,
pues era más recomendado, por más seguro, el de torcer a la pierna, es
decir, sobre el muslo con la palma de la mano, en lugar de atar un casco de
teja al extremo de la cuerda y hacerle dar vueltas en el aire. Pero notó tío
Mechelín, al ponerse a trabajar, que al continuo sobar la cuerda con la palma
de la mano sobre el muslo, se le despertaba el dolor con más crudeza que del
otro modo, y optó por el cascote. Así estuvo trabajando hasta muy cerca del
mediodía.
Mientras él remataba la última braza de las
noventa que pensaba dar al cordel que tenía entre manos, su mujer colocaba,
pues sabía hacerlo primorosamente, un anzuelo grande, el único que lleva el
aparejo de merluza, al extremo de la sotileza*, oalambre fino en que
debía terminar el cordel, y tenía convenientemente dispuesto el chumbao*, opeso
de plomo que se amarra en el empalme de la sotileza* con el cordel,
para que el aparejo, al ser calado*, se vaya a pique.
Por
tales alturas andaba ya este negocio cuando en las de la escalera se oyeron las
voces de la Sargüeta y de Carpia, que respectivamente decían a gritos:
-¡Pegotón!
-¡Magañoso!
Y
al mismo tiempo, el zumbar de otra voz áspera y varonil, y los golpes sonoros
en los inseguros peldaños, como de zancas torpes que bajaran por ellos,
saltándolos de tres en tres.
El
matrimonio de la bodega salió despavorido al portal, adonde no tardó en llegar,
haciéndose cruces con una mano, agarrándose con la otra a la sucia barandilla y
murmurando latines y fulminando conjuros, el padre Apolinar.
-¡De ira proterva... de iniquitatibus corum... libera me... libera me.
Domine, et exaudi orationem meam!... ¡Jesús, Jesús... Jesús, María y José!... ¡Furias,
furias del averno!... ¡Ufff!... ¡Fugite... fugite!... ¡Carnemísera!...
Tu palabra impía escandalizará a la Tierra; pero el Señor te confundirá... te
confundirá... ¡Alabado sea su santísimo nombre!
Así bajaba exclamando el aturdido fraile, y
así llegó al último peldaño, sin dejar de oírse las otras voces que desde allá
arriba le apedreaban con amenazas y con improperios.
-¡Farfallón!
-¡Piojoso!
Esto fue lo más blando y lo último que se le
dijo al pobre hombre... desde lo alto de la escalera; porque, apenas callaron
allí las voces, aparecieron en el balcón, más venenosas y desvergonzadas,
contando las voceadoras con dar al fraile una corrida en pelo a todo lo largo
de la calle. Mirándolas con espanto se quedó el infeliz, al oírlas de nuevo por
allí, con los pies clavados en el portal y un latín cuajado en la entreabierta
boca. ¡Salir entonces! ¡Quién se lo mandara!
Pero no hubiera salido de ningún modo, porque
para que no saliera sin hablar con ellos, se le habían puesto delante tía
Sidora y su marido; los cuales, haciéndole señas para que callara, le cogieron
cada uno por un embozo del manteo y le condujeron a la bodega, cuya puerta
cerraron después de entrar.
Tenía esa habitación una salita con alcoba, a
la parte del sur, con una ventana enrejada que las llenaba de luz, y aún
sobraba algo de ella para alumbrar un poco una segunda alcoba, separada de la
primera por un tabique con un ventanillo en lo alto, y entrada por el carrejo
que conducía a la sala desde la puerta del portal. Cuando esta puerta se abría, se notaban ciertas
señales de claridad en la cocina y dos mezquinas accesorias que caían debajo de
la escalera. Cerrada la puerta, todo era negro allí, y no tenía otro
remedio tía Sidora que encender un candil, aunque fuera al mediodía. Las
puertas de las alcobas tenían cortinas de percal rameado; las paredes estaban
bastante bien blanqueadas, y en las de la sala había tres estampas: una de la
Virgen del Carmen, otra de San Pedro, apóstol, y otra del arcángel San Miguel,
con sus marcos enchapados en caoba. Debajo de la Virgen del Carmen había una
cómoda, con su espejillo de tocador encima, algo resobado todo ello y marchito
de barniz, pero muy aseado; como las cuatro sillas de perilla y los dos
escabeles de pino, y el cofre de cuero peludo con barrotes de madera
claveteada, y hasta el cesto de los aparejos, que estaba encima de uno de los
escabeles, y el suelo de baldosas que sostenía todos estos muebles y cachivaches.
La cama, que se veía por entre las cortinas recogidas sobre sendos clavos
romanos, algo magullados ya y contrahechos, llenando dos tercios muy cumplidos
de la alcoba, no estaba mal de mullida, a juzgar por lo mucho que abultaba lo
que cubría una colcha de percal, llena de troncos entretejidos, de gallos
encarnados y azules, y de otros volátiles pintorescos. El tufillo que se
respiraba allí, algo trascendía a dejo de pescado azul y humo reconcentrado;
pero, así y todo, una tacita de plata llena de pomada de rosas parecía aquella
bodega, comparada con todas y cada una de las viviendas de la escalera.
Y vamos al caso. Fray Apolinar fue conducido,
del modo susodicho, hasta la salita. Allí se dejó caer en una silla que le
preparó muy solícito tío Mechelín, y después de quitarse el sombrero, que puso
sobre otra silla, y de pasarse por la cara un arrugado pañuelo de hierbas,
continuó así sus interrumpidas lamentaciones.
-¡Carne...,
carne mísera, frágil y pecadora! ¡Buff!... ¡Qué sinvergüenzas!... ¡Ni consideración
al hombre de bien, ni respeto al sacerdote..., ni temor de Dios! ¡Y seguirá el
improperio a la luz del día! ¡Lenguas
de serpiente! A bien que yo nada debo y con nada pago. ¡Magañoso!...
Corriente: el hombre más honrado puede serlo como yo lo soy... y como lo es
ella, cuerno; que bien magañosa es... ¡Farfallón!... porque ofrezco, en nombre
de otro, lo que otro se resiste a dar... porque no debe darlo... ¿Es merecido
el epíteto? Pues dígote ¡pegotón! ¡Pegotón! ¿Por qué? ¿De quién? Cierto que nadie
lo creerá del padre Apolinar... pero los que no le conozcan... ¡Y en qué ocasión! Mira, hombre..., ¡y Dios
me confunda si lo hago por bambolla!... (Y se levantó la sotana hasta más
arriba de las rodillas, dejando ver que sólo cubrían sus largas piernas unos
calzoncillos de algodón y unas medias negras y recosidas, de estambre.) Y
perdona el modo de señalar, Sidora; pero una hora hace tenía yo pantalones,
aunque malos... ¡Mira si he prosperado de entonces acá!... ¡Si seré pegotón!...
¡Carne, carne concupiscente y corrompida!... Pero, en fin, más pasó Cristo por
nosotros, con ser quien era..., ¡Desvergozadas!... Et dimite nobis, Domine,
debita nostra, sicutnos dimitimus debitoribus nostris... Porque yo os
perdono con todo mi corazón, y si otra me queda, que con ella reviente...
¡Picaronazas! ¿Sigue el infierno vomitando escorias todavía, Miguel?... ¡Oyes sus voces protervas en el balcón,
Sidora, tú que tienes buen oído?
-Y
a usté ¿qué le importa que griten o que se callen? -respondió la marinera,
queriendo echar a broma aquel paso, que trascendía a prólogo de tragedia - .
Hágales la cruz como al demonio y témplese los nervios; que cuanto más solimán
echen ahora, menos tendrán en el cuerpo para la otra vez.
-¡Uva!
-añadió tío Mechelín, que no quitaba ojo al exclaustrado, ni perdía una palabra
de las pocas, pero buenas, que llegaban a sus oídos desde el balcón del quinto
piso, no obstante estar cerrada la puerta de la bodega - . ¡Esa es la
fija: proba a la cellisca, y vira por avante*!
-Es que, si declaro mi verdad, ni en este
puerto cerrado me creo seguro contra esos huracanes... ¡Si huelen que estoy aquí!... ¡Cuerno!... Y no es
que tiemble mi carne flaca, sino que temo a más de una mala lengua que a un
bote de metralla.
-Si
agüelen que está usté aquí, pae Polinar -repuso en voz solemne tío Mechelín,
preparándose como para decir una gran cosa - ; si agüelen que está uste
aquí...sera como si no lo agolieran; porque a mi casa no atraca nadie cuando yo
hago una raya en la puerta.
-¡Bah!... -añadió tía Sidora con muchísimo
retintín - . ¿No hay más que querer asomar el hocico en casa de naide, pa
salirse con la suya?... Échese, échese a la espalda, pae Polinar, esos
cuidados, díganos, con dos pares de rejones que las entren de pecho a espalda,
¿qué mil demonios ha tenido con ellas? ¿Qué mala ventisca le llevó hoy, santo de Dios, a caer entre las uñas de
esas gentes?
-¡Uva,
uva!... Eso es lo que hay que saber.
-Pues, hijos de mi alma -dijo el exclaustrado
después de enjugar blandamente los sanguinolentos bordes de sus párpados con un
retal de lienzo fino que traía guardado para esos lances - , con dos palabras
os mataré la curiosidad... que se presenta en mi casa la niña...
-¿Qué niña?
-La del difunto Mules.
-¿Silda?
-Así creo que se llama.
-¿Cuándo se presentó?
-No creo que hace una hora todavía.
-¿De
aónde venía?... ¿Ónde está?
-Cállate la boca, hombre; que todo irá
saliendo cuando deba salir... Y
dempués, pae Polinar, ¿qué resultó?
-Digo
que se me presenta la niña, o, para que el demonio no se ría de la mentira, me
la presentan y se me dice: «Padre Apolinar, que anoche la golpearon y la
maltrataron en su casa y se escapó de ella, y durmió en una barquía, y que ya
no tiene más casa que la calle, con el cielo por tejado... y que a ver cómo
arregla usted este negocio...» Porque
ya sabéis, hijos míos, que al padre Apolinar se le encomienda, en los dos
Cabildos, el arreglo de todas las cosas que no tienen compostura... Ésa
es mi suerte. No es cosa mayor; pero las hay peores... y, sobre todo, a mí no
me toca escoger... Que el padre Apolinar oye esto, y que, en bien de la niña
desamparada, piensa acudir a casa de Mocejón, para oír..., para saber..., para
implorar, si convenía... Y que vengo,
y que llamo, y que me mandan entrar, y que entro... y que, en lugar de oírme,
me injurian y vilipendian, porque intercedí para que recogieran a la muchacha y
el Cabildo no les ha dado lo que les ofreció por otras bocas y por la mía; y
que me lo habré comido yo, y que me harán y que me desharán... Y ¡cuerno!, que
tuve que salir ahumando, por que no me devoraran aquellas furias... Y ya
sabéis del caso tanto como yo.
Tía Sidora y su marido cambiaron entre sí una
mirada de inteligencia; y no bien acabó el padre Apolinar su relato, díjole
aquélla:
-¿De modo que, a la hora presente, Silda está
sin amparo?
-Como no sea el de Dios... -respondió el
fraile.
-Ése a naide falta -replicó la marinera - ;
pero ayúdate y te ayudaré... ¿Y qué es de ella, la infeliz?
-No te lo puedo decir. De mi casa salió...
para ir a ver entrar la Montañesa, con el hijo del capitán... ¡Mira si
la acongoja bien lo que le pasa! ¡Recuerno con la cría!
-Cosas
de inocentes, pae Polinar. Dios lo hace. Y usté ¿qué rumbo piensa tomar?
-El
de mi casa en cuanto salga de aquí.
-Digo yo respetive a la muchacha.
-Pues respetive a la muchacha digo yo también.
Después, daré cuenta de todo al alcalde de mar de este Cabildo, para que sepa
lo que ocurre; y allá se descuernen ellos... Yo, lavo inter inocentes manos
meas.
-Y si en tanto le saliera a la pobre
desampará un buen refugio -preguntó tía Sidora, mientras su marido confirmaba
las palabras con expresivos gestos y ademanes - , ¿por qué no le había de aprovechar?
-¡Uva! -concluyó el tío Mechelín acentuando la
interjección con un puñetazo al aire.
-¡Un
buen refugio! -exclamó el fraile - . ¡Qué más quisiera ella! ¡qué más quisiera
yo! Pero ¿dónde está él, Sidora de mis pecados?
-Aquí
-respondió con vehemencia cordialísima la marinera, sacando más pecho y más
barriga que nunca - . En esta misma casa.
-¡Uva! -añadió tío Mechelín - . En esta misma
casa.
-¡Aquí! -exclamó asombrado fray Apolinar - . Pero ¿estáis dejados de la mano de Dios?
¡Tenéis la paz y buscáis la guerra!
-¿Por
qué la guerra?
-¿Sabéis
que es una cabra cerril esa chiquilla?
-Porque
no ha tenido buenos pastores; ahora los tendría.
-¿Y las del quinto piso?... ¿Pensáis que os darán hora de sosiego?
-Ya
nos entenderemos con esas gentes: por buenas, si va por las buenas; y si va por
malas... hasta para la mar hay conjuros, bien lo sabe usté.
-Pues
hijos -exclamó fray Apolinar, levantándose de la silla y calándose el sombrero
de teja - , con tan buena voluntad, no ha de faltaros el auxilio de Dios. Mi
deber era poneros en los casos; y ya que os puse y no os espantan, digo que me
alegro por el bien de esa inocente; y como no digo más que lo que siento, ahora
mismo me largo en busca de su rastro, sin más miedo a los demonios del balcón
que a los mosquitos del aire... Bofetones, afrentas y cruz sufrió Cristo por
nosotros... Ánimo, y a sufrir algo por Él.
Y salió acompañado del honradote matrimonio.
Al pasar por delante de la alcoba del carrejo, tía Sidora, alzando las
cortinillas de la puerta, dijo deteniendo al fraile:
-Mire y perdone, pae Polinar. Aquí pensamos
ponerla. Se llevarán estas ropas de agua y todos estos trastos de la mar, que
ocupan mucho y no agüelen bien, al rincón de adjunto la cocina; se arreglará
como es debido la cama, que ahora no tiene más que el jergón; y hasta el dormir
la oiremos nosotros desde la otra alcoba. ¡Verá qué guapamente va a estar!...
Como hubiera estado el lichón de mi sobrino si fuera merecedor de ello.
-¿Qué sobrino? -preguntó el fraile andando
hacia la puerta del portal.
-El
hijo de la Chumacera, de allá abajo.
-¡Ah,
vamos..., Muergo!... ¡Buen pez! Si va de la que va, te digo que hará buena a su
madre. Carne, carne también, mordida del gusano corruptor... ¡Buen pez!...
¡bueno, bueno, bueno! Conque hasta luego: vaya, adiós, Miguel; ea, adiós,
Sidora.
Los
cuales le oyeron claramente murmurar estas palabras, en cuanto puso los pies en
el portal:
-¡Domine,
exaudi orationem meam!
Porque sin duda iba pidiendo al Altísimo
que le librara de las injurias que las del quinto piso quisieran lanzarle desde
el balcón.
Si
hace la salida un minuto antes, el haber pasado, como pasó, desde aquel punto
de la calle hasta la esquina de la cuesta del Hospital, sin oír una injuria,
hubiera sido un verdadero milagro; pues aún estaban entonces, de codos sobre la
barandilla, echando pestes por la boca, la Sargüeta y su hija Carpia.
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