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-Perfectamente,
señor don Pedro; todo lo que usted me cuenta, todas las noticias que me da,
junto con los resultados obtenidos, prueba de nuevo que la Montañesa es
una finquita más que regular; en lo que no tiene poca parte la mano de su
administrador, que la trae y la lleva por esos mares de Dios con una suerte
rara. Verdaderamente, tiene usted mano de ángel. Hasta los huracanes,
una vez empujándole y otras deteniéndole, parece que están a su servicio, a fin
de que el buque llegue a puerto en hora de sazón para el negocio de la casa...
Que siga unos cuantos años todavía alumbrándole tan buena estrella, y... a
propósito de azares de la mar: ¿persiste usted en hacer marino al único hijo
que tiene?
Decía así don Venancio Liencres, comerciante
rico y armador de la Montañesa, hablando con su capitán al día
siguiente de lo narrado en el capítulo anterior, en el triste y empolvado
departamento señorial del mezquino escritorio que tenía en el entresuelo de una
casa del Muelle. Rato hacía que
estaban solos allí los dos: el comerciante, mal vestido y peor sentado en el
sillón de paja de su pupitre, sobrecargado de fajos de cartas sin contestar y
muestras de azúcar, harinas y cacao, y el capitán en el sofá roñoso de
enfrente, debajo del retrato de la Montañesa, igual al que tenía él en
su casa, y de un papel con los Días de correo a la semana, clavado
en la pared con tachuelas amarillas, sobre un ribete de ligueta encarnada.
Mientras
el comerciante hablaba así, manoseaba, con notorio cariño, después de haberle
plegado cuidadosamente, el extracto de cuentas del último viaje de la
fragata, que apresuradamente, y para gobierno suyo, le habían hecho en el
contiguo departamento, cuya puerta de comunicación había cerrado el capitán,
por encargo de don Venancio, después de entrar por ella.
Bitadura
se quedó un poco suspenso por la pregunta del comerciante, tan inesperada como
extraña para él. Inesperada, porque era la primera vez que aquel hombre le
hablaba de su hijo; extraña, porque jamás se le había ocurrido que Andrés
pudiera seguir otra carrera que la de marino. Por eso, sin salir de su medio
asombro, respondió con esta otra pregunta:
-Y si no le hago marino, ¿qué va a ser?
-Cualquier cosa... Todo es preferible a esa
carrera de azares, en que el hombre de mejor corazón y de más suerte no puede
conseguir jamás lo que logra sin esfuerzo cualquier perdulario que no sea
marino: la vida de familia. Bien lo sabe usted.
-Cierto es eso -respondió el capitán,
devorando un suspiro y frunciendo el entrecejo, como si el comerciante le
hubiera acertado en el rinconcito en que él guardaba el único secreto de su
corazón.
-Además -añadió don Venancio Liencres - , no
se halla usted, con respecto al porvenir de su hijo, en el caso de otros
compañeros de profesión: usted, por haber obtenido buenos frutos de su carrera
y por no tener más que un hijo, puede darle a escoger entre lo que más le guste.
-Nada le gusta tanto como la carrera de marino
-se apresuró a replicar el capitán.
-O escoger usted mismo -continuó el
comerciante, fingiendo no haber oído la réplica- lo más conveniente para él;
porque las inclinaciones de los niños obedecen por lo común a caprichos del
momento... a fantasías pasajeras de la imaginación, al contagio de los
entusiasmos de otro... Ya
usted me entiende.
-Sí
que le entiendo, señor don Venancio -dijo Bitadura con una fuerza de atención y
una seriedad poco imaginables en el descuidado marino que el día antes bailaba
la sopimpa en su casa con Madruga - ; pero puesto a escoger carrera para
Andrés, ¿qué escojo? ¿La de
picapleitos?
-¡Bah!
-¿La
de matasanos?
-¡Puf!
-¿La
de procurador?... ¿La de escribano?... ¿La de catedrático?...
-¡Horror!...
Nada de eso, don Pedro amigo, nada de eso: es la peste del mundo, y,
además, una miseria... ¡Abogados,
médicos... curiales, literatos! ¡Pu! Bambolla y hambre... A cosa más
sólida debe aspirar un padre para su hijo... Y ríase de los que le digan que no sólo de pan viven las gentes; que esto
suelen decirlo los que nunca han logrado hartar el estómago. ¡Pan, pan
ante todo, mi señor don Pedro!; es decir, ¡pesetas, muchas pesetas!, que lo
demás, ello solo se viene a la mano. Mire usted, hombre: mi padre guardaba
ganado en el monte, y mi madre sallaba maizales a jornal; yo no tuve otros
estudios que los que pudo darme el maestro del pueblo: las cuatro reglas, una
bastardilla mediana y el Catecismo. Pues con esto solo y mucha paciencia, y hoy
barriendo el almacén y andando a escobazos con los ratones que mordían los
sacos de harina, y después haciendo casi lo mismo en el escritorio, y luego
corriendo las hojas, y copiando algunas cartas y llevando muchas al correo, y
¡aguantando y aguantando! y ¡adelante y adelante!, hoy dependiente, mañana un
poquito más, al otro día mucho más alto... y en fin, aquí me tiene usted. Me
dieron la mujer que pedí cuando se me antojó casarme; cónsul del Tribunal de
Comercio he sido, no sé cuántas veces; alcalde, siempre que me ha dado la gana,
y no gasto coche porque no le necesito, y el único que hay en el pueblo no sale
más que los días que repican fuerte. ¿En qué se me conoce que no he resobado de
muchacho los bancos de las aulas con el trasero?; o, por lo menos, ¿qué
diferencia de cultura halla usted entre las dos docenas de personas que pasan
aquí por principales, y yo? Quiero decir con esto que el comercio es el alma de
los pueblos, la miga de todas las cosas, la mejor y más digna carrera para la
juventud, con doble motivo cuando ésta no necesita pasar por las estrecheces
por que yo pasé para llegar adonde he llegado. ¿Me entiende el señor don Pedro?
El señor don Pedro entendía perfectamente al
señor don Venancio; y, porque le entendía, se permitió apuntar algunas
observaciones no desprovistas de fundamento, tales como la del riesgo de
pasarse la vida empeñado en las ingratas tareas del escritorio, y llegar a
viejo sin haber salido de pobre, ni visto el mundo ni aprendido cosa alguna de
lo que hay o de lo que se enseña en él.
-¡Desatinos, desatinos! -decía don Venancio
Liencres a cada reparo que, a su manera, le hacía Bitadura, deseoso,
evidentemente, de ponerse de acuerdo con el modo de discurrir del comerciante;
el cual remachó sus argumentos con la fuerza de este otro-: El comercio de
Santander es, hoy por hoy, pan de flor; poco, pero bueno; y oro molido llegará
a ser si la codicia no nos ciega, si no hacemos locuras... como esa que se ha
echado a volar estos días, con referencia a no sé quién que habló del caso no
sé dónde: la de que podrían ser convenientes un camino de hierro entre Alar y
Santander, a imitación del que se está haciendo entre Aranjuez y Madrid, y una
línea de vapores entre este puerto y la isla de Cuba. ¡Caminos de hierro! ¡Vapores! Aventuras de loco;
calaverada de gente levantisca que tiene poco que perder, y quiere probar
fortuna con caudales de los incautos, para venir a parar a aquello de «aquí
yace un español que, estando bueno, quiso estar mejor». Y vuelvo a mi tema: si
nos arreglamos con lo que tenemos, y no nos lanzamos en aventuras
descabelladas, como esa del ferrocarril y de los vapores (que, a Dios gracias,
no pasa de una idea de estrafalario, comentada por cuatro desocupados), el
maravedí que aquí se siembre en el comercio, con un poco de cariño y de
inteligencia, da la peseta bien cumplida en el primer agosto. ¿Se va
usted enterando, señor don Pedro?
Don Pedro se iba enterando, en efecto, y, por
lo mismo, se atrevió a decir al comerciante, que, aun aceptando como el
Evangelio todo lo que exponía, quedaba la dificultad material de poner a
Andresillo en ese rumbo. ¿Qué entendía Bitadura de esas cosas, aunque andaba
tan arrimado a ellas por razón de su oficio? ¿Quién le daba la mano? ¿Qué valedores tenía? ¿Adónde se
arrimaba su hijo? ¿Por qué puerta le metía?
-Vamos a eso -respondió don Venancio, que
hablando de aquellas cosas estaba en su púlpito natural, porque no entendía
pizca de otras, amén de que, por las trazas, había tomado con empeño el asunto
de la carrera de Andrés - . Entrégueme usted su chico. Yo no tengo más que dos
hijos: el varón será de su edad, próximamente: pienso traerlo al escritorio en
cuanto pase el verano. Que trabajen
juntos y se hagan buenos amigos: un mismo estímulo puede animar a los dos, pues
si el hijo de don Venancio Liencres trabajaría en la viña de su padre, en esa
vida tiene muy buenas cepas en producto el padre de Andrés Calandres. Que
pasaba los años, y los niños aplicados llegaban a comerciantes entendidos, y
usted y yo a retirarnos a descansar: aquí quedaba su caudal de usted,
acrecentado por los intereses o por el beneficio de los negocios, si había
preferido usted que ese caudal pasara de la humilde categoría de una cuenta
corriente con interés, a la más respetable de un socio comanditario... ¿Acaba
usted de comprenderme, señor don Pedro?
-Sí, señor -respondió éste, sin disfrazar el
vivo interés con que trataba el punto - . Pero y si, después de metido en el
comercio, resulta que no le toma ley o no sirve para el paso, ¿qué hago yo con
mi hijo?
-Pues, ¡canastos! -replicó el comerciante - ,
si después de hecho marino resulta que se marea, o se ahoga, o sale un perdido
y vende el barco, ¿hará usted de él cosa mejor que un pinche de escritorio, holgazán
y torpe, como hay muchos?...
-Tiene usted razón, señor don Venancio
-respondió con prontitud Bitadura, que no disimulaba jamás sus impresiones.
-¡Vaya si la tengo! -exclamó el comerciante,
repantigándose en el sillón, completamente satisfecho de su triunfo, aunque sin
extrañarse de él.
-Creo
que hemos de entendernos -añadió Bitadura, levantándose - . Por lo
pronto, le agradezco a usted con todo corazón el interés que se toma por la suerte
de mi hijo, y la oferta que me hace... No tardaré en responderle con mayor
claridad... No lo extrañe usted. Las
cosas que mejor me suenan son las que más quiero yo ver de lejos: se marca
mejor así el rumbo que traen, que atracándose a ellas.
En
esto, oprimía con su diestra la mano que le había tendido el comerciante; y,
como estaba algo conmovido, al decir por despedida: «a la orden de usted, señor
don Venancio», don Venancio vio las estrellas, por una razón que se le
alcanzaría al más torpe al observar cómo, momentos después de salir Bitadura,
se soplaba el comerciante los dedos, cárdenos y como pegados unos a otros;
detalle que prueba, a lo sumo, que es un poco peligroso dar la mano a hombres
como aquél, si están algo conmovidos.
Pero ¿por qué mil demonios se interesaba tanto
el señor don Venancio Liencres por la suerte de Andresillo? ¿Qué se le daba al
rico comerciante, duro de epidermis, como las talegas que amontonaba en su caja
de hierro, de que al hijo del capitán Bitadura le tocara la lotería o se le
comieran los tiburones? ¿De cuándo acá reparaba tanto el hombre del daca-y-toma
en que los marinos gozaban poco las delicias del hogar doméstico? ¿Por qué se
mostraba ahora tan sensible a esas pequeñeces, de las cuales jamás le
había oído hablar, como si las considerara género de mal comercio para su
corazón? ¿Por qué en lo referente a ellas discurría lo mismo que Andrea?...
¡Tate!... ¡Andrea!... Este nombre fue un punto luminoso en la oscuridad de los
razonamientos del capitán, mientras iba camino de su casa... «¿Apostamos dos
cuartos -se dijo- a que mi mujer ha andado conspirando por aquí? ¿Serán de ella
también las razones de conveniencia que don Venancio me ha expuesto,
combatiendo mi propósito de hacer marino a mi hijo? De cualquier modo, y sean de quienes fueren esas
razones, están muy en su lugar y yo no debo desatenderlas porque no se me hayan
ocurrido a mí.»
Efectivamente,
la capitana había conspirado contra los planes de su marido en el escritorio de
don Venancio Liencres. Cada pena negra que pasaba, y pasaba muchas la infeliz
durante las larguísimas ausencias de su marido, temiendo por su vida entre las
veleidades del mar o los rigores de extraños climas, y, ¿por qué ocultarlo?,
por su cariño de esposo amante (que lo era en verdad, y a toda prueba, el bueno
de Bitadura), cada pena de éstas, repito, que pasaba Andrea, volvía los ojos
del alma a su hijo, y otra pena mayor le resultaba de ello, al considerar que a
las ausencias del capitán habría que añadir pronto las del agregado... ¡y
las dos ausencias a un tiempo!..., ¡y ella sola, enteramente sola, en su casa,
temiendo por la vida de los dos! Muchas veces había intentado hablar con
este tema a su marido, y hasta conseguido fijar su atención por unos instantes;
pero de allí no pasó nunca, porque Bitadura, que todo lo metía a barato, le
salía al encuentro con una cuchufleta, pegándole una papuchadita y mordiéndole
luego los carrillos, o tapándole la boca con un beso, después de haberla dado
tres vueltas en el aire, entre sus brazos de hierro, en la misma postura que
coloca un padrino a su ahijado mientras el cura le pone la sal en los labios.
Pero Andrés iba creciendo, se acercaba la hora de decidirse, y Andrea seguía
temiendo lo peor. Se armó de voluntad después de meditarlo mucho, y tres días
antes de la llegada de su marido pidió una audiencia en el escritorio a don
Venancio Liencres; y con esa sencilla y poderosa elocuencia del corazón, tan
común en todas las madres cuando abogan por la causa de sus hijos, expuso al
comerciante sus temores, sus deseos y sus fervientes súplicas para que,
guardando, mientras fuera posible, el secreto de aquellas gestiones, tratara de
desarraigar en su marido la idea que tanto la atormentaba a ella.
Don Venancio Liencres era un hombre completamente
insignificante; intus et foris; pero en los casos dudosos, tenía el
buen instinto de inclinarse a lo mejor, porque su madera, aunque tosca, era
sana; además, como todas las nulidades de suerte, que son hechas de esta
manera, careciendo de materiales propios para hacer algo regular siquiera,
tomaba los que le ofrecían en cualquier parte; y los tomaba con amor, porque se
pagaba muchísimo de que las gentes le tuvieran en algo, haciendo algo que no
hicieran los demás. Estimaba cordialmente al capitán; conocía de vista a su
hijo, y hasta le parecía guapo y dispuesto; tuvo en mucho aquel acto de
consideración hacia él, de una mujer tan guapota y honrada como la capitana;
pareciéronle naturalísimos sus temores y muy fundados sus deseos, y aun se
conmovió un poquillo con sus sentidas palabras; y no sólo la prometió, de todas
veras, servirla en cuanto deseaba, sino que, de cuenta propia, llegó con su
amparo hasta donde ha visto el curioso lector; y todavía hubiera llegado más
allá, si mayor esfuerzo se hubiera necesitado para conseguir, con la virtud
sola de sus razonamientos (pues cabalmente el razonar bien era la manía del
señor don Venancio Liencres), el triunfo sobre la obstinación del capitán.
Esta vez fue Bitadura quien sacó, tan pronto
como llegó a casa, la conversación sobre la carrera de Andrés; y como la
capitana no ignoraba de dónde venía su marido, a las primeras palabras de éste
se le puso la cara que ardía. Esto la delató, y Bitadura se hizo el enfadado;
pero se le veía la mentira por el rabillo del ojo y por los extremos de la
boca. Andrea, haciendo como que no veía nada, confesó el hecho con todos sus
pormenores, y un aire de resignación bastante falsificado también.
-¡Nos veremos sobre ese particular! -exclamó
Bitadura, paseándose por la sala, siempre de espaldas a su mujer, braceando
mucho y taconeando más - . ¡Ir con los secretos de familia a casa de los
vecinos!... ¡Eso no se hace!
Andrea, que le miraba a hurtadillas y le vio
tan empeñado en no dar la cara, comenzó a pasear detrás de él, pero muy
cerquita, y le dijo, según iba andando, con acento de estudiada humildad:
-Pues, hijo, si tan mal he obrado creyendo
acertar, ya lo sabes: el cuchillo eres y la carne soy; conque corta por donde
quieras.
-¡Sí, señora! -respondió Bitadura volviéndose
de pronto - . ¡Sí que cortaré!... ¡Y ahora mismo! ¡Y mucho! ¡Venga usted acá!
¡Siéntese usted aquí!
Y sentándose él en el sofá, la sentó a ella
sobre sus rodillas.
-¡Míreme usted a la cara!... ¡Venga esa
pitorruca!
Y le dio un mordisco en la nariz.
-¡Vengan esas orejinas!
Y se las mordió también.
-Y ahora, para acabar primero, vaya todo este
brazado de carne por el balcón abajo.
Y
tomó a su mujer en brazos, como solía. Púsose enfrente del balcón, y
diciendo: «¡a la una!, ¡a las dos!, ¡a las tres!», columpiándola al mismo
tiempo, giró de pronto sobre sus talones hacia adentro, y la estampó en la cara
media docena de besos.
-Toma..., por habladora..., por cuentera... y
porque me da la gana.
Andrea se reía como si la hicieran cosquillas,
y tomaba aquellos castigos tan dulces por señales de buen agüero... hasta que
Bitadura le dijo que todo se haría como ella deseaba; y se trocaron los
papeles. No tenía las fuerzas de su marido para columpiarle en sus brazos; pero
la intención era buena y, en fin, hizo lo que pudo en testimonio de su
agradecimiento.
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