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El
negocio de Andrés caminaba en posta por la nueva senda en que le habían
encarrilado la conspiración de la capitana y la elocuencia del señor don
Venancio Liencres. Bitadura emprendería otro viaje a la isla de Cuba en
todo el mes de julio, y Andrea había propuesto que, para cuando se ausentara su
marido, estuviera preso Andrés con algún compromiso por pequeño que fuera, a
los planes del comerciante, aceptados al fin terminantemente por el capitán. Con los aires de la ausencia cambian mucho
los pensamientos de los hombres, que son mudables de suyo, y, «por si acaso»,
desde el mismo día en que quedó acordado entre Bitadura y su mujer que
Andresillo sería puesto a las órdenes de don Venancio Liencres para que fuera
haciendo de él un comerciante, se le dio un maestro que en lección particular
le repasara las cuentas y le enseñara a escribir con soltura la letra inglesa,
lo cual sería obra de dos o tres meses y de un par de horas de trabajo cada
día. Lo demás lo iría aprendiendo en el escritorio; pues, en opinión del
comerciante del Muelle, medio día de práctica sobre el atril enseñaba más que
un curso de partida doble en la cátedra de un maestro.
Entre los muchos consejos buenos que al
neófito dio su madre, le encareció particularmente el de procurarse la compañía
y el trato íntimo del hijo del comerciante, con quien, según éste había dicho y
repetido el capitán, trabajaría en el escritorio y caminarla hasta el pináculo de
su infalible prosperidad. Este preliminar le consideraba ella de mucha
importancia, pues una amistad íntima, a la edad de los dos muchachos, se
convierte años después en vínculo inquebrantable.
Bien conocía Andrés al hijo del comerciante.
Se llamaba Tolín (Antolín) y era, en lo físico, poca cosa: delgaducho y pálido,
aunque animoso. No le convenían, al paso, más de tres pies y medio
desde la raya, y hacía muy mala jaliba cuando le tocaba ponerse;
jugando al marro le atrapaba cualquiera, sin más trabajo que cortarle el atocadero,
porque se cansaba pronto de correr. A las canicas era algo más diestro,
pero poco lucido: sacaba mucha cuarta, y, además, la lengua. Dos veces había
ido a la Maruca; pero no volvió allá, porque cada vez le había costado dos días
de cama el descalzarse, e ir a la Maruca para no descalzarse era como no ir.
Por lo demás, torcía bastante bien los tacones de los borceguíes; tenía el
charol de la visera tan roído y agrietado como el de la del mayor adán, y el
pañuelo del bolsillo bien empapado en barro de todos los colores, la mejor
señal de que Tolín, aunque por la categoría de su padre pudiera, y aun debiera
serlo, no era de los pinturines ya mencionados, que jugaban a compás,
con canicas de vidrio, en los Arcos de Dóriga o en los de Bolado, después de
barrerles el suelo un almacenero.
Todo esto sabía Andrés, porque Andrés conocía
a todos sus coetáneos de Santander, altos o bajos, y, por saberlo muy bien, no
le era antipático Tolín, aunque jamás se le hubiera ocurrido echársele por
camarada de su preferencia; mas ya que se le encargaba tanto asociarse a él,
trató de hacerlo sin la menor repugnancia, y lo consiguió bien pronto, porque
la intimidad de Andrés era de las más codiciadas entre los chicos de su tiempo,
prestigio que se explica sabiendo, como sabemos, que el hijo de Bitadura era
tan apto para un fregado como para un barrido, y unía a la estampa distinguida
y hasta gallarda de un señorito, la fortaleza y la soltura de un pillete de la
calle.
¡Y
vea usted lo que es juzgar por las apariencias! La amistad de Tolín le procuró
uno de los placeres que jamás había gustado. Tolín tenía grandísima
privanza en el Joven Antoñito de Ribadeo, patache que se atracaba
junto a la escalerilla de la Pescadería, porque casi siempre llegaba cargado de
carbón. Esta privanza de Tolín tenía por motivo los muchos favores que debía el
patrón del patache al señor don Venancio Liencres, cuyas relaciones mercantiles
en los puertos de Asturias eran muchas y buenas; y no solamente proporcionaba con
ellas buenos fletes al Joven Antoñito, sino que le distinguía con
señaladísimas preferencias, y jamás negaba a su honrado patrón un anticipo de
dos o tres mil reales en días de apuro; es decir, un viaje sí y otro no, cuando
mejor andaban las cosas...
Y aquí se hacen de necesidad unos cuantos
párrafos consagrados a la especie patache, para que se tenga una idea
bastante exacta de esos apuros del Joven Antoñito de Ribadeo; de la
importancia de los favores de don Venancio Liencres al patrón, y, por consiguiente,
de lo arraigada que estaría la privanza de Tolín a bordo de aquel patache.
Se ha porfiado mucho, entre ociosos y
entrometidos, sobre si fueron o no más valientes y arriesgados que Colón y que Blondín
los hombres que se embarcaron con el primero para ir en busca de un nuevo mundo
y el que montó en las espaldas del segundo para pasar por una cuerda tendida
sobre los abismos del Niágara. Que si a Colón le alentaba la fe científica y la
pasión de la gloria, y que si a Blondin le sostenía la confianza en su
serenidad y en su experiencia bien probadas: que si los otros, tras del temor
que podía caberles, sin ser muy aprensivos, de que entregaban sus vidas al
capricho de dos locos, solamente iban impulsados por la esperanza de una buena
recompensa... Cabe, en efecto, la
disputa acerca de estos graves particulares, y me guardaré yo muy bien de
terciar en ella con la pretensión de ponerme en lo cierto. Lo que hago
en sacar a colación el caso para afirmar, como afirmo, teniéndole presente los
lectores, que se necesita mucho más valor que para todo eso, y aun estar mucho
más dejado de la mano de Dios, para entrar, con deliberado propósito, a navegar
en un patache, lo mismo de patrón, que de marinero, que de motil; porque allí
todo es peor en lo sustancial, con ligeras diferencias de detalle. Allí no
caben la fe científica, ni la pasión de la gloria, ni la confianza en la
serenidad, ni la esperanza de lucro; allí no hay nada de lo bueno, pero sí todo
lo malo de las carabelas de Colón y de la cuerda de Blondin. Entrar allí para
buscarse la vida es tirar a matarse poco a poco y con mala herramienta.
El patache es un barquito de treinta toneladas
escasas, con aparejo de bergantín-goleta. Supónese que estos barcos han sido
nuevos alguna vez; yo nunca los he conocido en tal estado, y eso que no los
pierdo de vista, como lo pueda remediar. Por tanto, puede afirmarse que el
patache es un compuesto de tablucas y jarcia vieja. Le tripulan cinco hombres;
a lo más, seis, o cinco y medio: el patrón tiene a popa su departamento
especial, con el nombre aparatoso de cámara; la demás gente se amontonan en el
rancho de proa, espacio de forma triangular, pequeñísimo a lo ancho, a lo largo
y a lo profundo, con dos a modo de pesebres a los costados. En estos pesebres se acomodan los marineros para
dormir, sobre la ropa que tengan de sobra, y debajo de la que vistan, pues son
allí tan raras como las onzas de oro las mantas y las colchonetas. Para entrar
en el rancho hay, entre el molinete y el castillo de proa, un agujero, poco
mayor que el de una topera, el cual se cubre con una tabla revestida de lona
encerada; tapa unas veces de corredera y otras de bisagras. De cualquier modo,
si el agujero se cubre con la tapa, no hay luz adentro, ni aire, y si la tapa
se deja a medio correr o levantada, entran la lluvia y el frío, y el sol, y las
miradas de los transeúntes; porque el patache, en los puertos, siempre está
atracado al muelle. Cada tripulante, incluso el patrón, compra y guarda su
pan (tortas de mucho diámetro, que duran cerca de seis días cada una). Con este
pan, unas patatas o unas alubias o unas berzas, con un escrúpulo de tocino o de
manteca o de aceite para ablandarlo, todo ello a escote, y condimentado por el
motil, cuyas manos no tocan el agua dulce como no sea para revolver, dentro de
la que echa en un balde, las patatas recién partidas, o la berza después de
haberla picado sobre el tejadillo de la cámara, a veces con el hacha; con este
potaje, repito, y aquel pan come la tripulación, en el santo suelo, alrededor
de la cacerola, en la cual va cada uno, incluso el patrón, metiendo su cuchara
cuando le toca. Así cena también las mismas patatas, las mismas alubias y las
propias berzas. En ocasiones, en lugar de las patatas, o de las berzas, o de
las alubias, hay bacalao, que el motil guisa en salsa roja, después de haberlo
desalado dándole dos zambullidas en el agua de la Dársena, desde la borda,
atado con un cordel. Para almorzar, un poco de cascarilla en un tanque... Y
siempre lo mismo, cuando los tiempos marchan bien.
Ningún tripulante de patache gana sueldo fijo;
todos van a la parte. Pero ¡qué parte! Por de pronto, el flete en
viaje redondo, aunque se abarrote la bodega y se encogolle el puente con
barricas y tablones, no pasa mucho más de dos mil reales. De este flete, gana
el cuarenta por ciento el barco; el patrón, soldada y media, y además el cinco
por ciento de capa o sobordo, o, lo que es lo mismo, sobre el flete
cobrado. El resto se reparte entre los cinco tripulantes: seis, ocho, doce
duros, o quince lo más, a cada uno, cantidad que significaría algo, a pesar de
su pequeñez, si el ir y venir y el fletarse de un patache fuera coser y cantar;
pero ya se verá lo que hay sobre estos particulares.
Con alguna que otra excepción vascongada, el
patache es siempre gallego o asturiano, y si no hay carbón, o manzanas, o tabales*
de arenques que traer, llega a Santander en lastre; esto es lo más corriente.
Ya está en la Dársena, atracado al muelle. Allá va el patrón, hombre ya picando
en viejo, calmoso y de triste mirar, de escritorio en escritorio, de almacén en
almacén, llamando a cada dueño por su nombre, saludándolos a todos finísimo y
cortés, y acabando en todas partes con la misma pregunta:
-¿Hay algo para Ribadesella?
Una
mañana, un día entero de gestiones así, le dan por resultado veinte sacos de
harina, dos cajas de azúcar, ocho coloños de escobas, un catre viejo y dos
fardos de papel de estraza. Los sucesivos correos van trayendo algunos
pedidos nuevos; pero tan pocos y tan lentamente, que con una suerte loca llega
a abarrotarse la bodega en poco más de mes y medio. Lo común es que el patache
no complete su carga en menos de dos meses, o que cierre el registro a media
carga. Pero, en fin, ya está despachado y se pone en franquía, es
decir, se desatraca del muelle y se fondea en medio de la Dársena, para salir a
la marea de la tarde o al Nordeste de la mañana. Pues entonces, precisamente
entonces se le antoja al tiempo dar un cambio al Noroeste y armar una
marimorena que no se acaba, en invierno sobre todo, en menos de tres semanas,
cuando no dura dos meses cumplidos; dos meses que, con los otros dos, suman
cuatro. Pongamos tres, por término medio... ¡Tres meses de patatas, de pan y de tocino para seis hombres de buen diente
y con un puñado de pesetas entre todos, para comer y vestir ellos y las
familias de los más de ellos!
Ya
amainó el temporal y apuntó el Nordeste, y el barómetro sube. Lleva el patache,
y la propia lancha, con el esfuerzo de los propios marineros, le remolca hasta
la canal. Iza allí toda su trapajería, comienza a desentumecerse y a inflarse,
y luego a virar por avante, y bordada va, bordada viene, en cosa de medio día
está fuera del puerto. Si es muy afortunado, en treinta horas llega al punto de
su destino; si es de mediana suerte, le coge una calma enfrente de Cabo Mayor,
y allí se pasa las horas muertas hecho una boya; o una serie de vientos
redondos que le tienen seis u ocho días atolondrado en la mar, sin saber adónde
tirar ni por dónde meterse, y entretanto, la gente de a bordo, que no contaba
con aquello, mano a la harina, o a las conservas, o a los fideos del flete,
porque no es cosa de morirse de hambre llevando la casa llena de provisiones.
Si es algo desgraciado, arriba dos o tres veces durante el viaje, lo cual
supone otro mes de retraso; si es desgraciado más que algo, cada una de estas
arribadas le cuesta un quebranto serio en el casco o en el aparejo, y pone a
los tripulantes en gravísimo riesgo de perder la vida. Pero, de todos modos,
venturoso o infeliz, más tarde o más temprano, le coge un vendaval entre
Tinamayor y Suances, que le trae en vilo hasta el Sardinero, si no le da la
gana de estrellarle antes contra una pena. Desde allí me lo planta de otro
voleo en la boca del puerto, con rumbo a las Quebrantas. Unas veces le arroja
en ellas de un tirón; otras le permite detenerse un poco, echando el ancla a
medio camino de las fieras rompientes. En esta situación horrible, raro es el
ejemplar que se aguanta hasta que cesa el temporal... Y, entretanto, es la
única ocasión que tienen los infelices tripulantes para abandonar el barco, que
cabecea y tumba y danza, con las velas desgarradas y tremolando en su
arboladura la jarcia hecha pedazos, juguete de las olas, que le envuelven y
meten el gigantesco lomo por debajo de su quilla.
Lo ordinario es que el ancla roñosa garree*, o
se rompa la cadena, y que el mísero barco vaya a las rompientes, donde en
breves instantes le convierte en astillas la fuerza incalculable de aquellas
embravecidas mares.
Todos
los inviernos devora este monstruo su ración de patache. En una sola
tarde, no hace muchos años, he visto yo perecer cinco. Los cinco, después de entrar acosados por el
temporal y de faltarles la virada suprema, la de la salvación, la que les aleja
del abismo, habían tenido que fondear delante de las rugientes fauces del
monstruo. Cuatro tripulaciones se habían salvado ya a duras penas, y la
lancha de un práctico recogía la quinta, con heroicos esfuerzos, cuando yo
llegué al castillo de la Cerda. Momentos después, rotas las débiles amarras,
desfilaban uno a uno hacia las Quebrantas, y, para llegar más pronto, a
brincos, como cabra entre malezas, y desaparecían todos ellos en aquel infierno
de espuma, de golpes y de bramidos.
También ha probado barcos grandes el paladar
del monstruo aquél; pero muy de tarde en tarde, porque el barco grande huye de
la costa cuando cerca de ella le coge un temporal; y si la necesidad le obliga
a tomar el puerto y a fondearse en sitio peligroso, tiene buenas cadenas y
mejores cables; y, por último, desde que los hay disponibles, pide un
remolcador que le saque del apuro. El pobre patache navega a la costa, en la
costa le cogen los malos tiempos, y en la costa los aguanta, porque no sabe ni
puede andar por otra parte; sus cables y sus cadenas son, relativamente,
débiles, y un remolque de vapor le cuesta lo que él no puede pagar.
Tal es su triste condición; la cual no ahorra,
sino más bien duplica, con relación a otro barco más grande, las faenas de los
tripulantes a bordo, donde todo es escaso y flaquea, y exige, por ende, mayores
desvelos y más grandes sacrificios a cada uno.
En suma: trabajo incesante, comida misérrima,
un pesebre por lecho, un mechinal por dormitorio, todos los riesgos de la mar,
todas las desventajas para correrlos, y la conciencia de no mejorar nunca de
fortuna por aquel camino. Todo esto acepta, a sabiendas y de buena gana, un
hombre que se decide a formar parte de esa legión de héroes de la miseria, de
las angosturas y de las fatigas, que ni siquiera tienen por estímulo la triste
esperanza de que al acabar su carrera estrellados contra un peñasco, o
arrastrados por torbellinos de arena y ondas amargas, se grabe su martirio en
la memoria de las gentes, o merezca siquiera su conmiseración, pues hasta la
que se siente por los náufragos de alto bordo, se regatea a
los de un mísero patache. ¡Tan necesario e inevitable se conceptúa su
desastroso fin!
Y ahora pregunto: ¿Es comparable este valor
pasivo y desinteresado con la fiebre ambiciosa de los hombres que acompañaron a
Colón en su primer viaje, y del que pasó el Niágara sobre una cuerda,
encaramado en las espaldas de Blondín?
Y también caigo en la cuenta de que ni esta
pregunta, ni mucho de lo que la precede, eran de necesidad para el fin que me
propuse sacando a relucir el patache en este cuento; pero no siempre se corta
por donde se señala, ni es fácil hablar con interés de un desdichado sin hacer
una excursión por todo el campo de sus desdichas. Achaque es éste del corazón
humano, y ¡ojalá no adoleciera de otros más graves!
Perdone, pues, el lector las sobras, si le
molestan, y aténgase a lo pertinente al caso, para comprender la importancia de
los favores que hacía el señor don Venancio Liencres al patrón del Joven
Antoñito de Ribadeo, sacándole del apuro de sus largas estancias junto al
Muelle, una vez con fletes de preferencia y otras con generosos anticipos de
dinero.
Tolín sabía algo de esto, porque estaba
cansado de hallarse con el patrón en la escalera y de oír hablar de él a su
padre, y como no hay patache que, por malo que sea, no tenga una lancha
bastante buena, la del Joven Antoñito de Ribadeo era, casualmente, de
las mejores en su clase: ligerita y esbelta, no mal pintada, ni muy sucia. Tolín
vio esto, y, por verlo, se acordó de los vínculos que unían con su padre al
patrón del patache; y, acordándose de ello un día se coló en el Joven
Antoñito de Ribadeo, en el cual no lo recibieron con palio porque no le
había; pero, en su defecto, el patrón se le presentó a sus marineros para que
se le tratara allí como quien era, concluyendo por advertirles, pues barruntaba
lo que iba buscando el chicuelo, que siempre que pidiera la lancha, se la
dieran, y hasta la ayuda del motil cuando tratara de salir de la Dársena.
Desde aquel día mandaba Tolín a bordo del
patache más que el mismo patrón. Pero no abusaba. Su único entretenimiento era
bajarse a la lancha, siempre ociosa, puesto que el barco estaba atracado al
Muelle, y, desde que el motil le había enseñado a cinglar*, andar voltejeando
por la Dársena, o corretear de aquí para allí agarrado a las estachas de los
quechemarines y lanchones. Tolín habló de estas cosas con Andrés en cuanto fue
amigo; y Andrés, asombrado de la fortuna de Tolín, quiso que le presentara en
el patache aquel mismo día; y Tolín le presentó, no solamente como un amigo,
sino como un futuro consocio en la casa de comercio, y además como
hijo del capitán de la Montañesa. Un solo título de éstos hubiera
bastado para merecer toda la consideración de los tripulantes del Joven
Antoñito de Ribadeo; con los tres juntos, casi le admiraron. Después trepó
por la jarcia hasta los tamboretes y bajó hasta el fondo de la bodega con la
agilidad y firmeza de un grumete; y, por último, saltó a la lancha, armó uno de
sus remos a popa, y cinglando con una sola mano y con la otra en la cadera,
llegó, sorteando lanchas y cabos tendidos, hasta la Rampa Larga en un
periquete, y en otro volvió. Aquello acabó de ganarle las simpatías de la
tripulación del patache, y desde entonces ya tuvo barco donde holgar a su
antojo, y hasta lancha buena y de balde con que salir a bahía, solo o
acompañado, a correr las aventuras de remero y de pescador. ¡Nunca pudo
imaginarse Tolín, poco dado a las emociones marítimas, el valor de la ganga que
proporcionó a su amigo al partir con él su privanza a bordo del Joven
Antoñito de Ribadeo!
Andrés,
en cambio de este favor, quiso hacer partícipe a Tolín de todas sus amistades y
entretenimientos, que pudieran llamarse de contrabando. Pero las diversiones de
Muelle-Anaos no eran para el hijo de don Venancio Liencres. Las bromas de Cuco
le asustaban; los Cafeteras, Pipas y Micheros, grandullones ya, le inspiraban
poca confianza, y los Surbias, Coles, Muergos y Guarines, tropa menuda, con sus
hembras y todo, le olían muy mal y le daban asco. De la Maruca ya había
probado bastante para convencerse de que no debía volver allá. En la calle,
adonde también le llevó su amigo, le pareció bien la gente de la bodega; pero
la bodega y el resto de la casa, no tanto; el resto de la casa sobre todo. La
curiosidad le arrastró a explorarla un poco por la escalera. No pasó del tercer
piso. Tramos inseguros, escalones desclavados o carcomidos, ramales inesperados
a derecha e izquierda, y dondequiera que fijaba la vista, una puerta negra, mal
cerrada y llena de rendijas..., ¡muchas puertas!... ¡Y unas caras asomando, a
veces!... ¡Con unas greñas!... ¡Y unos rumores adentro, y unos
gritos!... Luego, mugre en las
paredes, mugre en la barandilla, mugre en los peldaños..., ¡y una peste a parrocha,
y como a espinas de bonito chamuscadas!... Llegó a creerse perdido
y enfermo en un laberinto de horrores inmundos; dudó un instante si aquello era
realidad o una pesadilla, y retrocedió espantado, llamando a Andrés, que ya
subía en busca suya.
-Pues
todas las casas de la calle son por el estilo..., o peores -le dijo, para
tranquilizarle.
Y
Tolín, al saberlo, cogió miedo a toda la calle, por la cual no había pasado dos
veces en su vida.
No le faltaban agallas, ni era dengoso; pero
su parte física era débil, y el espíritu mejor templado flaquea dentro de un
cuerpo enfermizo. Además, su educación había sido exclusivamente terrestre, y
la tierra era su elemento para las pocas valentías que podía permitirle su
naturaleza. Jamás se le hubiera ocurrido andar en bote por la Dársena, sin ser
el bote de un amigo de su padre y capitán de un barco atracado al Muelle;
conjunto de circunstancias que, cuando voltejeaba cerca del patache, le
permitían considerarse en el portal de su casa, entre amigos de la familia. Lo
menos marítimo de lo marítimo, en punto a recreaciones, era la Maruca, por
abundar en ella la pillería terrestre, y por eso, y por estar cerca de su casa
y conocerla mucho de vista, intentó, con mal éxito, acercarse allá.
De modo que le dijo a Andrés, después de la
prueba de la calle Alta, que contara con él para todo menos para esas
cosas; y como habiéndole acompañado un día a pasear en el bote del
patache, y yendo los dos solos remando les arrastrara la marea y los aconchara
contra la cadena de una fragata, poniéndolos el bote casi quilla arriba, trance
en el cual hubieran perecido sin el socorro de una barquía que pasaba, también
le advirtió que no volviera a remar con él otra vez si salían fuera de la
Dársena.
Andrés se admiró de que hubiera un muchacho a
quien no le gustaran esas cosas, y procurócomplacer a su amigo
acomodándose a sus gustos siempre que podía; apartóse algo de la Maruca y del
Muelle-Anaos; pero no de la calle Alta, adonde iba con bastante frecuencia a
echar largos párrafos con la gente de la bodega, porque además de que tío
Mechelín, a quien había caído muy en gracia, le encantaba con sus relatos de la
mar, con sus cuentos y, sobre todo, con su buen humor, y tía Sidora se gozaba
mucho de verle por allí, al despedirse de todos nunca dejaba Silda de decirle,
con su acento imperioso y su ceño duro:
-Vuelve.
¿Y cómo no había de volver Andrés, si le daba
gloria ver a aquella chiquilla, poco antes medio salvaje, sentadita al lado de
tía Sidora, tan limpia, tan peinada, tan aliñadita de ropa, tan juiciosita,
pasando un hilo por dos remiendos para soltarse a coser, o manejando el juego
de agujas para aprender los crecidos en una media de algodón azul?
Además, le había afirmado tía Sidora que sacaba mucho arte para la cocina y
para el arreglo de la casa, y cuando la llevaba consigo a las faenas de la
Pescadería, de todo se enteraba y de todo le daba cuenta después; y eso que
parecía que en nada paraba la atención. No quería ni que la hablaran de la vida
que había hecho hasta allí desde la muerte de su padre. Por lo que toca a tío
Mechelín, todo se le volvía contar a Andrés las habilidades de Silda en cuanto
ésta daba media vuelta, y enseñarle los botones que le había pegado, ella sola,
en el chaleco, o el remiendo que le había cosido en el elástico. En fin, que la
chiquilla era otra ya, y el honrado matrimonio estaba chocho con ella. A mayor
abundamiento, las del quinto piso andaban calladitas como unas santas, cansadas
de provocaciones y chichorreos inútiles desde el balcón y siempre que, entrando
o saliendo, pasaban por delante de la bodega, porque cuando uno no quiere dos
no riñen, sin contar con lo que las refrenaba y contenía la declaración del
Cabildo, que, desatendida, podía dar en qué entender hasta a la autoridad de
Marina, cuyos fallos no admitían réplica. ¿Qué más? Hasta Muergo parecía
influido benéficamente por la transformación de la chicuela. No solamente no
había vendido la camisa, sino que andaba a la conquista de otra, o de cosa
mejor, presentándose a menudo en la bodega, con el poquísimo aseo que cabía en
un puerco como él, y triscándose, en tanto, los zoquetes de pan que, no de muy
buena gana, le regalaba su tía.
¿No era harto justificable el placer que experimentaba
Andresillo viendo tales cosas en aquella pobrísima morada? ¿No era el bienestar
que reinaba en ella, alrededor de Silda, obra suya, hasta cierto punto?
¿Quién, sino él, había cogido a la desamparada
criatura en medio del arroyo y la había puesto en camino de llegar donde había
llegado? Que no pensara Tolín en apartarle de la bodega de la calle Alta,
porque eso no podía ni debía hacerlo él, aun sin lo mucho que le tiraban hacia
allá sus aficiones marineras, los relatos del campechano tío Mechelín y las
cariñosas deferencias de la tía Sidora.
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