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Bastó con que le buscaran con arte las cosquillas
de sus debilidades, para ser el primero en acudir a las juntas preparatorias y
el primero en hablar en ellas para ponderar las ventajas incalculables de la
atrevida empresa, y no de los últimos entre los principales accionistas, y de
los más apasionados en la memorable batalla que se libró más tarde sobre si el
camino había de ir por la derecha o por la izquierda; y hasta se presume que
metió una vez la pluma en el Despertador Montañés, para contestar a
ciertas agresiones embozadas que creyó ver en El Espíritu del Siglo, cuando
estos dos periódicos, órganos respectivos de los dos bandos beligerantes,
andaban tirándose los trastos a la cabeza. Aplaudió el establecimiento de las
líneas de vapores entre este puerto y otros franceses del Atlántico... y, en fin,
hasta mordió después el cebo de las primeras sociedades de crédito que se
colaran en la Montaña detrás del ferrocarril. Perdió bastante el apego al viejo
sillón de su escritorio, y se dio con entusiasmo al negocio ilustrado con
peroraciones elocuentes y escolios luminosos en las aceras del Muelle y en el Senado
del Círculo de Recreo.
Su hijo y Andrés le reemplazaban en
el banco de la paciencia (así llamaba él al escritorio a la antigua). Tolín había
salido muy dispuesto para lo que pudiera llamarse gerencia del departamento:
los corredores, la correspondencia, el buen orden y la disciplina de arriba y
de abajo, es decir, del escritorio y del almacén; tenía una excelente nariz,
delicado paladar y admirable sutileza de tacto en las yemas de sus dedos para
examinar muestras de harina, azúcar y cacao; y sobre todo, afición, que es el
misterio de todos estos tiquismiquis. Andrés le ayudaba muy poco, y tenía a su
cuidado la caja. Carecía de verdadera vocación de comerciante. El pundonor, una
gran fuerza de voluntad, primero, y ya, últimamente, la costumbre, hicieron que
se acomodara sin disgusto a aquellas tareas tan ingratas para quien no las
penetre con verdadero amor a los fines a que se enderezan. Bastaba ver a los
dos amigos, para comprender sin esfuerzo esta diversidad de gustos y de
aptitudes entre ambos. Tolín era un jovenzuelo de pobre naturaleza, de serena
fisonomía, reparón y hasta minucioso en la mirada; escogido, o más bien preciso
en la frase, metódico en su labor, y muy ordenado en los accesorios de ella; su
letra era clara, de la mejor ralea española; aprovechaba las tiras sobrantes de
papel, por diminutas que fueran, para hacer sus cálculos numéricos, en
guarismos que parecían de molde; sabía repartir la atención convenientemente y
sin embarullarse entre varios asuntos a la vez; y aunque era ágil en sus
movimientos y poco dengoso, no había en su vestido correcto ni una mancha ni
una arruga. En fin, que caía en el escritorio como santo en su peana.
Andrés era un mocetón sanguíneo, frescote, de
mirada voraz, pero rápida y versátil; esbelto, varonilmente hermoso en
cualquiera de sus actitudes. Sentado a media nalga, delante del atril, crujía
la banqueta a cada rasgo de su pluma; y mientras los rizos brillantes de su
pelo negro se le bamboleaban delante de los ojos, su boca no cesaba de murmurar
alguna palabra, o de silbar muy bajito los aires más corrientes. Una
equivocación de pluma le hacía prorrumpir en las más lamentosas exclamaciones,
y por un borrón insignificante se decía a sí propio las mayores atrocidades,
olvidado de que había gentes que le escuchaban; y, sin embargo, el volar de una
mosca le distraía, y al menor ruido de la calle se plantaba de un salto a la
ventana del entresuelo. En los cobros y pagos que tenía a su cargo, como cajero
de la casa, armaba un estruendo de dos mil demonios al contar las monedas que
le entregaban, o al derramar encima del mostrador los talegos de napoleones, y
al probar la ley de los sospechosos haciéndoles rebotar sobre el tablero. Por
lo demás, era puntual asistente a las horas de trabajo, y placentero y
servicial para todo y para todos; pero no le cabía la vida en el pellejo, y
necesitaba todas aquellas inquietudes y los otros estruendos para no ahogarse
dentro de la envoltura. Como se ve, no podían darse dos naturalezas más
distintas entre sí que las de Andrés y Tolín. Lo único en que se parecían los
dos mozos era en el cordialísimo cariño que mutuamente se profesaban.
A los pocos meses de ingresar en el
escritorio, enfermó Tolín. La fiebre duró muchos días, y la convalecencia fue
larga. Andrés, como ya se ha dicho, sabía pintar barcos con tinta, añil y botabomba*.
Tolín salió algo mañoso de la enfermedad, y quiso que su amigo le
entretuviera de día y de noche pintando barcos y muñecos a su lado; y Andrés
tuvo la santa paciencia de estar cerca de quince días pinta que pinta, sobre un
velador que se arrimaba a la cama de su amigo, mientras éste no pudo
levantarse, y luego en la mesa del comedor. A todas estas sesiones de arte
casero asistía Luisa cuando no estaba en el colegio, siguiendo sin pestañear
los rumbos del pincel y de la pluma de Andresillo, que ya sabían trazar,
respectivamente, sin que la mano los moviera, una mar borrascosa con cuatro
descargas de añil, un velamen de polacra con una inundación de botabomba, y
uncasco y su aparejo con dos docenas de rayas hechas «en un decir Jesús».
-Pinta ahora el capitán -le decía Tolín alguna
vez.
Y Andresillo pintaba un muñeco, que daba en
las vergas con la gorra.
-Ahora el piloto -añadía Luisa.
Y el piloto se pintaba junto al capitán; y
luego todos los tripulantes, y el perro de a bordo, y el gallinero, y la rueda
del timón, y un lechoncillo, y media docena de gallinas..., hasta que decía
Andrés:
-Ya no caben más cosas.
Tolín quiso, al cabo de los días, echar
también su cuarto a espadas, y como en sus buenos tiempos de granuja había
cultivado algo el dibujo franco en las paredes de los portales, y era, por
naturaleza, bastante dispuesto para las obras de imitación que no exigieran
otras virtudes que la paciencia, en fuerza de disolver terrones de añil y de botabomba,
y depringarse los dedos y los labios, llegó a pintar tan a la perfección
como su maestro, aunque éste no lo creía así, y se lo decía, por lo bajo y a la
disimulada, a la niña, cada vez que ésta, dando con el codo a Andrés, le
señalaba, con el asombro en los ojos, lo que iba pintando su hermano.
El cual se aficionó tanto al arte, que después
de volver a sus tareas de escritorio, continuó pintando por su cuenta en los
ratos desocupados; y como su padre le comprara una caja de pinturas de las
mejores (cinco reales y medio, o seis a lo más, valían), de las mejores,
repito, que se vendían en los Alemanes de la calle de San Francisco (negras,
con tapa carmesí, barnizada), se dio a pintar cuanto Dios crió y se le metía
por los ojos. Entonces pintó a don Venancio Liencres, de perfil, con saco
negro, sombrero de copa y bastón; a su madre (a la del pintor), con manteleta
flecuda, gorra con plumajes y vestido rayado, de perfil también; a Luisilla, en
adecuado atalaje, igualmente de perfil, y a la cocinera y a la doncella y al
tenedor de libros..., a todos de perfil y encarados a la izquierda, por no
saber arreglárselas por el otro lado, y mucho menos con las figuras de frente.
Después pintó sillas y bancos y mesas y el gato, y copió las flores del papel
del comedor y las figuras de la baraja; hasta que, viéndole su padre con
vocación tan decidida, trató de ponerle a aprender el dibujo, por principios,
con Cardona, que daba lecciones en su taller del teatro; pero Tolín no estaba
por retroceder a los enojosos y lentos preliminares de escuela,
después de llegar hasta donde él había llegado en el arte, y quiso continuar
cultivándole sin más guía que su pertinaz inspiración. Proveyóse de papel de
marquilla, que nunca había tenido, y se lanzó al paisaje. Entonces copió, a
trozos y en detalles, cuanto se alcanzaba a ver desde su casa por delante y por
detrás. Esta obra duró años; porque al mismo tiempo trabajaba con afición y
aprovechamiento en el escritorio de su padre, y el panorama era enorme, y sus
detalles eran infinitos. Solamente la casa de Botín con los sillares de sus
arcos, uno a uno, y con las tabletas de sus persianas verdes, una a una, le
llevó cerca de tres meses: háganme ustedes el Muelle, losa a losa, y la
Catedral, canto a canto y teja a teja, y así la había con sus barcos y sus
montañas del fondo; y el Alta, con su Atalaya y sus árboles; y la Maruca, y San
Martín; y a ver quién es el guapo que se compromete a pintarlo en menos tiempo.
Cuando volvemos a hallarle sustituyendo a su
padre en el escritorio, ya la manía iba cesando: solamente pintaba algunas
cosillas de tarde en tarde; pero el fuego de su amor al arte adentro le ardía
aún, puesto que para recreo de su espíritu, quebrantado por el peso de las
tareas del entresuelo, se encerraba en su cuarto tan pronto como entraba en
casa, y se pasaba media hora en la contemplación extática de dos docenas largas
de obras de su pincel, que, «puestas en cuadros», como lo mejorcito de la
colección, adornaban las paredes. Allí estaban, años hacía, siendo la
admiración de todos los que en la casa moraban y a la casa concurrían, con el
respectivo rótulo al pie, en letras como cerojas, que decía así:
LO HIZO ANTOLÍN LIENCRES (DE AFICIÓN)
EL AÑO DE MIL OCHOCIENTOS Y TANTOS
Y por si no era bastante el paréntesis del
rótulo para ponderar el mérito de la obra, don Venancio, su señora, su hija, la
doncella..., cualquiera persona que con cualquier pretexto (y entonces
abundaban) introdujera a un visitante en aquel cuarto, tenía muy buen cuidado
de decir, señalando cuadro por cuadro:
-Ésta es la Capitanía del puerto; ésta es la
casa de Botín; éste es el castillo de San Felipe, con su catedral detrás; ésta
es la lancha del Astillero, cargada de pasaje, a remo y a vela a un mismo
tiempo... ¿Qué propio está todo, eh?... ¡Parece que está hablando cada cosa de
por sí!
Y de añadir en seguida:
-Pues mire usted, todo lo pinta de afición.
Jamás ha tenido maestro ni le ha querido... ¿Para qué, haciendo lo que él hace
y sabiendo lo que sabe?
Andrés se dio muy pronto por vencido. Verdad
que no le hurgaba mucho las entrañas el pundonor artístico. Cuando Luisilla vio
a su hermano pintar barcos por debajo de la pata, y hasta despilfarrarlos como
detalles decorativos de sus paisajes, dijo una noche a Andrés:
-Aprende, aprende, hijo. ¡Esto se llama pintar
barcos... y botes!
-Mejor es manejar bien los de verdad, como yo los manejo -respondió
Andrés.
-Y
andar con marinerotes... ¡y con marinerazas -replicó Luisa con mucho retintín.
Andrés se puso muy colorado, porque era la
verdad que se alampaba por la compañía de esas gentes y por aquellas
diversiones.
Las que absorbían el seso a Tolín, juntamente
con el cambio operado en sus costumbres públicas, por obra del tiempo que iba
corriendo y de las condiciones enclenques de su naturaleza, fueron apegándole
de tal modo al rincón de la casa, que aquellas tertulias nocturnas del tiempo
de su convalecencia llegaron a ser para él una verdadera necesidad. Ni con agua
hervida se le podía echar a la calle en cuanto se encendían los faroles
públicos.
El núcleo de su tertulia le componían Luisa y
Andrés. Algunas veces se arrimaban allá tres o cuatro amiguitos y amiguitas de
la vecindad; pero esto ocurría pocas veces, sin pena alguna de los otros, que
se encontraban muy a su gusto estando solos. Por lo común, mientras Tolín
pintaba, Andrés refería lo referible de sus aventuras marítimas, y Luisa
atendía a la pintura y a los relatos, sin perder una pincelada ni una frase.
Algunas veces metía su cucharada en las dos
cazuelas, y decía, por ejemplo, a su hermano:
-Me parece que ese verde es más de lechuga que
de mar.
O interrumpía a Andrés con estas palabras:
-Pues eso no le cae bien a un muchacho decente
como tú. A lo mejor, hueles a esas pringues de lancha... y puede que tú también
digas cosas feas cuando nosotros no te oímos.
Andrés, porque quería de veras a Tolín,
concurría con asiduidad a aquella tertulia, en la cual se complacía mucho su
madre (la capitana) y don Venancio Liencres, a quien el hijo de Bitadura estaba
más obligado cada día. Porque si le hubiera dicho quien tenía autoridad para ello:
«pásate esas dos o tres horas que se te conceden de libertad por la noche,
donde más te agrade», ¡oh, entonces!..., entonces, sin abandonar por completo a
Tolín, no frecuentara tanto su casa, con la pejiguera de mudarse la camisa un
día sí y otro no, y el riesgo, entre otros, siempre gravísimo para él, de
tropezarse a lo mejor con la señora de don Venancio, tan seria y estirada, y
tener que saludarla muy atento y cortés, en la seguridad de no ser respondido
más que con una palabra, y ésa corta y seca. Bastante más le consideraban y se
divertía en la bodega de la calle Alta, y junto a la Capitanía del puerto, o en
la punta del Muelle, o en los Arcos de Hacha; dondequiera que hubiera marineros
desocupados y en corrillo. ¡Conocía y trataba a tantos de ellos!...
Según fue creciendo, las llamadas
conveniencias sociales le obligaron a guardar un poco más la distancia; pero no
por eso perdieron una pizca de fuerza sus inclinaciones: antes bien, se
afirmaban y crecían con él, lo cual era crecer mucho, porque Andrés crecía y
ensanchaba que era una bendición de Dios. A los diecisiete años rebajó de la
talla más de dos dedos, y alzaba en el almacén una quintalera en cada mano
hasta más arriba de las caderas. Remando, daba torno al marinero más forzudo, y
gobernaba el aparejo de un bote o de una lancha con singular destreza. Ni sures
ni vendavales le imponían; y contra vientos y mareas bregaba triunfante, y no
sólo impávido, sino gozoso. Yo no sé qué demonio tenía la mar para aquel
muchacho; parecía de la naturaleza de los perros de lanas: en cuanto la veía,
ya estaba buscando un pretexto para arrojarse a ella. Conocía las corrientes,
las puntas de arena y todos los misterios de la bahía, como el mejor práctico,
y había corrido en ella cuantos riesgos y temporales pueden correrse por
nieblas, varaduras y vientos desencadenados... En fin, que se la sabía de
memoria. Entróle comezón de ir aprendiendo algo de mar afuera, y para lograrlo
no desperdiciaba ocasión. La primera se la ofreció la casualidad.
Las lanchas de práctico no tienen tripulantes
fijos, y se echa mano de los primeros que se presentan. La remuneración es tal
cual. Por un limonaje* a un barco que pase de ciento cincuenta
toneladas, se le cobran doscientos veinte reales, de los cuales ciento son para
el práctico, soldada y media para la lancha, y el resto para repartir entre los
marineros. Cada día entran dos prácticos de servicio, los cuales deben estar,
una hora antes de amanecer, en la boca del puerto, y no pueden retirarse hasta
otra hora después de anochecido. Si el servicio de estas lanchas no alcanza,
avisa el práctico mayor, para los casos extraordinarios, al patrón o a los
patrones que se necesiten, por riguroso turno.
Al ocurrir un caso de éstos, una tarde de día
festivo, se hallaba Andrés echando un párrafo con algunos mareantes a la puerta
de la Zanguina. Faltaban dos hombres para completar la tripulación de la
lancha, que debía salir a tomar el barco en el Sardinero; el caso era de
urgencia, y el práctico se impacientaba. «Ésta es la mía para ver algo de eso»,
pensó Andrés. Y se brindó generosamente a tener por un lado. Considerábanle
allí mucho por ser hijo de quien era y por la veta que sacaba, y con todos los
miramientos y salvedades de rigor y de cortesía, se aceptó la proposición con
entusiasmo. Como si al mozo le hubiera tocado la lotería, corrió al muelle
delante de los que corrían más; saltó a la lancha el primero, armó su remo en
la banda más floja, largó la tuina debajo del banco, afirmó los pies en el
delantero... y ya estaba en sus glorias. La lancha, boga que boga, salió del
puerto; tomó el barco al oeste de la Peña de Mouro, y después de quedar
amarrada al costado, Andrés subió a bordo con el práctico. ¡Otro cachito de
gloria, enteramente nueva, para el animoso muchacho! ¡Abocar al puerto sobre el
puente de un bergantín con toda su lona al viento y presenciar las maniobras de
a bordo, y las ansiedades del capitán, con el ánimo esclavo de los mandatos y
las señales del práctico, y oír el áspero rechinar de la garrucha, y el cántico
triste y cadencioso de los hombres que cobran* la escota, y el ruido
de los que corren, y la voz que los manda, y el rumor de la estela, y sentir en
la cara el aire que mueve una vela al ser braceada, y en los pies el efecto
engañoso del lento cabeceo del bergantín al deslizar su quilla entre las ondas
que él mismo agita siguiendo el rumbo que le traza el diestro timonel; y
saborear, en la misma colmena, las dulzuras de la inexplicable, misteriosa
armonía que llega a producir este conjunto de ruidos, colores y movimientos!
El lance le engolosinó de tal modo, que le
repitió en adelante muchas veces: siempre que tuvo ocasión de ello, ya que no
remando en la lancha del práctico, como curioso agregado a su tripulación.
He vuelto a citar la Zanguina, la famosa
taberna marinera del Cabildo de Abajo, cuya procedencia ignoran hasta los
mismos viejos que la frecuentan todavía, y no llegaron a conocerla en los Arcos
de Dóriga, donde se dice que la estableció por vez primera, y con el mismo nombre,
un capitán negrero que con los relatos de sus aventuras crispaba las greñas de
los rudos mareantes que le escuchaban. Pues para asistir a la Zanguina,
siquiera dos veces por semana, a las horas de sesión, cercenaba Andrés
el tiempo necesario a la tertulia de Tolín, al fin o al comienzo de ella, según
las estaciones y las costeras. Tolín lo sabía; su hermana no. Pero a
ésta le engañaban entre los dos con una mentirilla cualquiera, a fin de que don
Venancio ignorase el suceso. Porque el demonio de la muchacha, que ya iba
pasando de niña, había dado en la flor de meterse en las cosas de Andrés, como
si le importaran mucho; y con unos reparos y unos aspavientos y unas
advertencias, tan escrupulosas y tan encarnecidas, que solamente podía
explicárselo el hijo del capitán Bitadura por la razón de ser Luisa hija de su
madre, tan celosa del lustre de su casa y del bien parecer de los que andaban
en ella.
A la Zanguina iba Andrés, porque en la
Zanguina vivían, más que en sus propios domicilios, los mareantes del Cabildo
de Abajo. Por allí pasaban para ir a todas partes, y por allí volvían; y allí
descansaban y allí departían; allí tomaban la mañana, y las nueve, y las diez,
y las once, y la sosiega; y torcían sus aparejos, y compraban la parrocha, y
levantaban empréstitos, y dejaban sus ahorros; y allí al volver de la mar,
cargados con las artes y las ropas de agua, aguardaban las mujeres a sus
maridos; las de los malos, para llenarlos de improperios a cambio de algunos
bofetones; las de los buenos, con la comida en la cesta y el hijo más chiquitín
en el otro brazo; porque estos marinerotes, aunque no tan finos de piel ni tan
pulidos de palabra como los pescadores de poema, también gustan de tener sobre
las rodillas al retoño más menudo y darle el bocadillo más sabroso, a la vez
que ellos se zampan, aunque en lugar extraño, la puchera doméstica, sobre todo
cuando cuentan con no cruzar las puertas de su casa en dos o tres días, lo cual
acontece durante las campañas de mucha brega, como las del besugo. Allí preparaban
sus artes para la madrugada siguiente, y allí, por tanto, encarnaban los
innúmeros anzuelos de sus cordeles besugueros, y allí se embobalicaba Andrés
viendo con qué primor iban los pescadores colocando en el fondo de la copa losanzuelos
ancarnados, contra las paredes los reñales, y sobre los bordes el
cordel. Ya había estudiado esta materia en la calle Alta; pero no es lo mismo
vérselo hacer a un hombre solo, en el silencio de su hogar, que a muchos
hombres a la vez, entre el ruido de las conversaciones, el interés de los
relatos, el tufillo de la taberna y a la luz de los reverberos.
¡Cuánta gente conoció allí; cuántos caracteres
estudió; cómo fue aprendiendo el nombre y la aplicación y el manejo de cada
cosa; las zunas y las virtudes de cada mareante, la constitución del gremio, su
tesoro, sus deudas, los intríngulis de cada familia, sus alegrías, sus
pesadumbres!... ¡Porque aquéllas sí que eran cosas de cristal, y no las que
habitan y nos encarecen esos señores públicos, cuyas vidas son un misterio
indescifrable, a pesar de la imaginada trasparencia de sus conchas! Aquello era
propia y materialmente vivir y pensar a gritos, en mitad del arroyo.
Allí conoció también al Falagán reinante a
la sazón, de la tradicional dinastía de los Falaganes de Cueto, en la cual
venía vinculado, y aún viene en estos tiempos, el servicio de vigías de cabo
Mayor, servicio que se reduce a encender en él hogueras cuando hay Sur en bahía
o rompe la mar en la costa, para advertírselo con el humo, si es de día, y con la
luz, si es de noche, a las lanchas que están pescando afuera.
Aunque no con todos estos pormenores que se
van narrando, Bitadura y su mujer conocían las geniales aficiones de Andrés, y
estaba muy distante el capitán de condenarlas. Pero la capitana las tenía entre
ceja y ceja a todas las horas de Dios.
-Ya lo ves -le decía su marido - . La veta de
ese muchacho es de la casta: pez de la mar, desde los pies a la cabeza. ¡Mira
si tenía yo razón cuando quería enseñarle a navegar!
-Cierto -respondió la capitana - . Pero, por
de pronto, le tengo a salvo de borrascas y tiburones; y eso vamos ganando.
-Ni siquiera eso... ¡ni tanto como ello!
-replicaba Bitadura - . Que puede el mejor día ponérsele el bote por montera...
¡Y mira que es gloria el acabar ahogado en una palangana, cuando se pudo morir
entre los huracanes de la mar! Pero, en fin, lo quisiste, y ya que te saliste
con la tuya, no me pesa verle como le veo. Es fuerte, es guapo, tiene
corazón..., y para eso son los hombres, mejor que para zarandear las
arrastraderas, con las manos enguantadas y el pescuezo entre dos foques
almidonados, en los salones y paseos... No falte él a sus deberes, como no
falta, y, te lo repito, me gusta la hebra que va sacando. Lo que siento es que,
por andar a escondidas para muchas cosas, las haga de prisa y mal; y hacerlo
mal y de prisa donde él lo hace, es muy peligroso, porque puede irle en ello la
vida... ¡Sobre esto hay que hablar, Andrea!
-Y sobre lo otro también -replicó la capitana
con ahínco.
-¿Y cuál es lo otro?
-Lo otro es que no hay quien le despegue de
esa condenada bodega de la calle Alta.
-¿La de Mechelín?... ¡La casa más honrada y
pacífica de todo el Cabildo de Arriba! Allí bien está..., mejor que en la
Zanguina, donde le he visto yo una noche al pasar por delante de la taberna.
-¡También a la Zanguina!... ¡Y por la noche!
Pues ¿no va a casa de don Venancio?
-Por lo visto hace a todo el ángel de Dios.
¡Si te digo que saca una filástica!... Pero no te apures por lo de la Zanguina,
porque eso corre de mi cuenta.
-Pero ¿qué dirán en casa de ese señor?
-No saben nada del caso... Y si lo supieran,
¡qué demonio!... ¿Les he entregado yo el hijo para que les haga la corte a
todas horas? Pues mírate: entre los dos extremos, más le quiero con resabios de
Zanguina, que plagando la casa y la ciudad de mascarones pintados con añil y
yema de huevo, como hace el otro.
-Yo me entiendo, Pedro.
-También me entiendo yo, Andrea... Y también
te entiendo a ti: sólo que tampoco en eso vamos conformes. Lo que esté de Dios,
a la mano ha de venirse; y lo que no venga de ese modo, ni debe buscarlo él, ni
debes forzarle tú para que lo busque, porque ni lo necesita, ni, si me apuras
un poco, le conviene... Y basta de conversación.
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