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Precisamente muy pocas horas después de ella,
fue cuando Andrés se decidió a manifestar a su padre uno de los deseos, de los
pocos deseos más voraces que sentía: tener un bote suyo, o la mitad siquiera,
como muchos jovenzuelos de su edad. Porque entonces había una escuadrilla de
elegantísimos esquifes particulares (que se fondeaban enfrente del café Suizo),
como ahora hay caballos de regalo y coches de fantasía. Procuró suavizar las
asperezas que pudiera llevar consigo la pretensión, declarando a su padre que
arrimaría a la compra todos los ahorros que había hecho de los sueldos y
gratificaciones ganados en el escritorio. Sonrióse el capitán y le ofreció el
regalo de un esquife nuevo, a condición de que no volviera a la Zanguina más
que de tránsito y en los casos de necesidad; porque necesidad de darse una
vuelta por la Zanguina la tenían cuantas personas de abajo eran dueñas
de bote o aficionadas siquiera a los placeres de bahía. Andrés aceptó de buena
gana la condición, y con las instrucciones del mismo Bitadura, le construyó Lencho
un esquife, aparejado de balandro, tan bello y sutil, que navegaba solo.
Por entonces empezó tío Mechelín a adolecer de
muchos achaques que a menudo le impedían salir a la mar, y aun le postraban en
la cama. Los míseros ahorros se agotaron, y en la bodega comenzaron a sentirse
varias necesidades, porque la labor de las mujeres no daba para cubrirlas
todas. Andrés lo observó con mucha pena, sobre todo cuando se convenció de que
los achaques del honrado pescador eran lacras del oficio, enconadas por el peso
de los años; es decir, de las que no tienen cura y piden grandísimos cuidados
para ir pasando el enfermo poco a poco el último y breve tramo de la vida.
-Yo no sé -decía una tarde tía Sidora a
Andrés, con los ojos empañados, mientras su marido se quejaba, tendido en la
cama- cómo, mirándose en este espejo, hay hombre tan dejao de la mano de Dios
que se mete en este oficio. ¡Infeliz! ¡Cincuenta años largos de bregar en esos
mares, con fríos que aterecen, con soles que abrasan, con vientos, con lluvias,
con nieves; poco descanso, una pizca de sueño y vuelta a la lancha antes de
romper el día, y cierre usté los ojos para no ver la estampa de la muerte, que
se embarca primero que naide, y va siempre allí, allí, con los infelices, pa
acabar con toos ellos cuando menos lo esperan y onde no hay otro amparo que la
misericordia de Dios! Mire usté, don Andrés: yo no sé qué me pasa cuando me
regatean cuarto a cuarto una libra de merluza en la plaza, gentes que tiran un
duro por un pingajo que no necesitan. ¡Si supieran lo que cuesta sacar aquel
pescao de la mar! ¡Qué peligros! ¡Qué trabajos!... ¿Y pa qué, Señor? Pa que el
primer día que el infeliz mareante se quede en la cama no tenga su familia qué
comer..., por honrao y trabajador que sea, como este venturao, que no tiene un
mal vicio... ¡Si hubiera habido ahorros pa una barquía tan siquiera!... Ya ve
usté, dos mil reales en cincuenta y más años de brega no es mucho pedir... Si
hoy tuviéramos esa barquía, en días de salú saldría Miguel con ella a la badía,
si no le era posible salir más ajuera; y cuando no, el barco mesmo lo ganara
pescando otros en él, y de ese quiñón comeríamos en casa. ¡Pero ni eso, don
Andrés, ni eso! Y yo no tengo jornal toos los días; me faltan los ojos para la
costura, y la poca que dan en la calle a esta desgraciá, que es mi consuelo y
mi ayuda, la pagan mal y cuando los paece...
Sotileza, que se hallaba presente, no apartaba
los ojos de tía Sidora sino para ponerlos en los humedecidos de Andrés.
El cual, tan pronto como salió de allí, habló
larga y elocuentemente con su padre, que conocía mucho a tío Mechelín y
estimaba de veras sus honrosas cualidades.
Por conclusión de lo que trataron padre e
hijo, dijo al segundo el primero:
-Que no lo sepa tu madre, porque no mira esas
cosas por el lado que nosotros; pero hay que proporcionarle a Mechelín la
barquía que necesita.
Y tío Mechelín la tuvo muy pronto, y desde
aquel día reverdecieron las mustias alegrías de la bodega de la calle Alta, y
fueron en ella Andrés y el nombre de su padre hasta venerados. Por entonces
dijo a Sotileza tía Sidora:
-Mira, hijuca, haz por ser desde hoy un poco
placentera de semblante y de palabra con esa persona, que es una onza de oro de
por sí, siquiera porque no piense que somos ingratos. No es que tú le quieras
mal, que bien sé yo que no hay na de ello; pero la cara no debe tapar nunca lo
que pasa por dentro, ni aunque lo de adentro sea malo, cuanto más siendo bueno.
Porque es de saberse que, aunque entre Andrés
y Sotileza había grande intimidad, era ésta casi toda a expensas del carácter
franco y comunicativo del primero. Sotileza no era mucho más expresiva con él
que con las demás personas que la trataban, con la monstruosa excepción de
Muergo; pero como, con respecto a Andrés, ningún mal querer tenía que disimular
la arisca rapaza, que ya iba tocando en los límites de la belleza a que llegó
poco después, se prestó de buena gana a hacer el esfuerzo que le reclamaba la
más agradecida que experta marinera. Cuyo asombro no tuvo medida cuando reparó
que, según iba subiendo la afabilidad de Sotileza con Andrés, bajaba la de
Andrés con Sotileza, y hasta iba cercenando poco a poco sus visitas a la
bodega. ¿Qué demonios pasaba allí? ¿De qué se había resentido un mozo tan
caballero y tan campechano, en quien todos adoraban? ¿No los juzgaría ya
merecedores del bien que les había hecho? ¿Pues no veía cómo le saboreaban y se
nutrían de él, y a su amparo conllevaba alegre todo el peso de sus plagas el
achacoso marinero, sin que le robara el sueño la visión del hospital para
remate de sus días, y cómo aprovechaba la menor tregua en sus dolores para
ganar un quiñón más con el trabajo de su persona, porque ése era su deber? ¿No
iba a menudo desde la humilde bodega a la casa del capitán, poco, pero lo mejor
de lo escogido entre lo mejor de la pesca del día, no en pago del beneficio
recibido, pues éste no tenía precio, ni el bienhechor le hubiera cobrado jamás,
sino en testimonio de que el pedazo de pan no había caído en estómagos
ingratos? Y si no era esto o algo que pudiera parecérsele, ¿qué era? Y en vano
se consumía y se devanaba los seso tía Sidora, y entretanto, cuanto más reparaba
en Andrés, más cambiado lo encontraba.
Llegó a consultar el caso con su marido, y
luego con Sotileza; mas como el primero la echó enhoramala, jurando y
perjurando que él no había visto señales de semejante cambio, y la segunda,
encogiéndose de hombros, opinó lo propio que tío Mechelín, la buena mujer,
comenzando a dudar si había visto visiones, fue, ya que no olvidándolas,
acostumbrándose a ellas, que era todo cuanto podía hacer con el clavo que tenía
allá dentro.
Y el caso es que tía Sidora estaba en lo
firme; lo que ignoraba, por fortuna suya; era la causa del retraimiento de
Andrés, y esta causa va a conocerla el lector.
El mismo día en que tío Mechelín se halló en
posesión de la barquía, subió a su casa Mocejón, que ya estaba hecho un carcamal,
vomitando por aquella bocaza las mayores tempestades entre vahos de veneno.
-¡Ñules..., reñules! -exclamaba mientras,
dando bandazos* y cabezadas, iba desde la puerta de la escalera con rumbo a la
sala, donde destorcían chicotes viejos la Sargüeta y Carpia, y fumaba Cleto,
silencioso, mustio y arrimado a la pared - . ¡Lo que se corría salió! Pero,
¡ñules!, ¿onde está la vergüenza de las gentes? ¿Con qué cara toman eso? ¿Hay ley de Dios, u no hay ley de
Dios? Esta casa, ¿es casa..., u qué es? Si de la mía se la sacó porque
la maltrataban..., ¿cómo se consiente, ñules, que se la tenga en ésa... pa esos
timinejes?... Porque, ¡reñules!, la cosa es clara, y en cuanti me la apuntó al
oído endenantes quien las pesca al vuelo..., la pesqué yo también. ¡Reñules,
qué sirvergüenzas!
Se le pidieron explicaciones, y comenzó a
enlazar, a su brutal manera, el donativo de la barquía con el apego de Andrés a
la bodega y con la fresca juventud de su inquilina. Y digo que comenzó tío
Mocejón a hacer este enlace, porque a medio camino de su tarea le salieron al
encuentro las mujeres de su casa y llevaron los supuestos apuntados a los
extremos más escandalosos. Cleto tardó en enterarse, por lo perezoso que era de
comprensión; pero en cuanto vio de qué se trataba, saltó como un tigre y
exclamó indignado:
-¡Paño! ¡To eso es una pura mentira! ¡Tos ustés mienten aquí! ¡Y
tú más que denguno, bribona! ¡Yo conozco a ese c... tintas! ¡Yo sé bien quién
es ca uno de los de abajo..., y sé también quién es ca uno de los de aquí!... Y
digo que eso es mentira, ¡paño!, y güelvo a decir que miente usté, porque
chochea... y usté, porque nunca ajuntó boca con verdá.... y tú, por envidiosa y cancaneá... ¡Repaño!
Según iba Cleto vociferando así, su madre le
tiraba a la cara el escabel; Carpia, los chicotes embreados, y Mocejón, sin
fuerzas para arrojarle cosa alguna, ni para darle dos bofetones, lanzaba
interjección y el improperio, que retinglaban. Entre golpe y golpe, la Sargüeta
y su hija tampoco cerraban boca ni se cedían el turno.
-¡Anda, bragazas! ... ¡Mal hijo!...
-¡Toma, indecente..., pa que la lleves el
regalo!
-¡La han vendío, sí!
-¡Y se ha dejao vender!
-¡Y no por la barquía, que por menos se vendió
primero!
-¡Así se echan ropajes de lo mejor!
-¡Y se vive a la sombra, sin trabajar!
-¡Vete a buscarla ahora!... ¡Carga con ella,
lichón!
-¡Pero mira bien ónde la metes, porque si aquí
la asomas, arde la casa! ¡Puáa!
Esto, sin contar lo de Mocejón, que no puede
contarse, es una compendiadísima muestra de lo que se gritó en el quinto piso
en menos de medio minuto, entre feroces manoteos y gestos espantables. Cleto
echaba espumarajos por la boca; y, no pudiendo tomar el desquite de su padre ni
de su madre, arremetió con Carpia y le dio la tunda más soberana que había
llevado en todos los días de su vida. Después salió de casa como un cohete;
pero las hembras de ella no le injuriaron desde el balcón, como solían, porque,
como reñidoras de oficio, sabían muy bien que el asunto era peligroso para
echarlo a la calle desde tan alto. Sabían, igualmente, que Sotileza no tenía el
aguante de la atemorizada Silda, y tampoco ignoraban que el amparo del Cabildo
y la estimación de las gentes de la calle, más se arrimaban a la huérfana de Mules
que a ellas, hasta en cuestiones de escasa monta. ¿Qué no sucedería en un punto
tan escandaloso? Pues si no fuera así, ¿cuánto haría ya que sus lenguas habrían
estampado el sello afrentoso en la puerta de la bodega? ¿Para qué se necesitaba
el testimonio de lo de la barquía? Desde que Andrés y Sotileza habían dejado de
ser muchachuelos impúberes, ¿no era cada visita del uno a la casa de la otra
fundamento bastante para alzar sobre él una cordillera de infamias dos bocas
tan venenosas como las suyas? El sello se estamparía, ¡pues no faltaría otra
cosa!... Y a fuego, no solamente en la puerta de la casa, sino en el rostro de
todos y cada uno de sus moradores; pero cuando las circunstancias les
ofrecieran una ocasión que las eximiera a ellas de toda responsabilidad; cuando
la apariencia de los hechos confirmara la justicia de la denuncia. A eso iban
caminando con heroica perseverancia, con ojo avizor y trabajando a la sordina.
Cleto, por de pronto, salió henchido del
horror de aquel cuadro de abominaciones satánicas; mas, en cuanto el aire de la
calle oreó su rostro enardecido, y su pobre razón fue entrando en caja, y
latiendo al ordinario compás su corazón honradote, observó que en lo más hondo
de él había una espina que le punzaba, al mismo tiempo que en su cabeza andaba
aporreándole las paredes, como moscardón encerrado entre cristales, una
terrible sospecha. ¡Ah!, si la calumnia deja siempre alguna señal de su paso,
aun en las inteligencias más sutiles y en los corazones mas aguerridos, ¿cómo
habían de librarse la rudimentaria razón y el pecho desapercibido de Cleto, del
veneno que destilaron allí las palabras de toda su familia?... ¿Por qué no
había de ser verdad lo que él rechazó como calumnioso, por oírlo de tales
bocas? Andrés, pudiente y guapo mozo; Sotileza, huérfana y menesterosa, robaba
los ojos de la cara; tío Mechelín y su mujer, dos «aventuraos de Dios» y muy
agradecidos al otro. Y si el otro se empeñaba, ¿qué había de resultar de todo
esto? Y si no era para empeñarse, ¿a qué iba allí tan a menudo el otro?
¡Qué días y qué noches pasó el infeliz entre
este batallar de sus cavilaciones! Todo se le volvía observar a Andrés cuando
le encontraba en la bodega, y vigilar la calle para sorprenderle en ella a
horas desusadas, y reparar en Sotileza cuando estaba al lado de Andrés... Y
peor lo ponía así; porque las miradas más inocentes y las palabras más
sencillas, le parecían testimonios irrecusables de la causa de sus recelos; y
el menor ruido por la noche, en la escalera o en el portal, le hacía saltar del
empedernido lecho y salir a escuchar por una rendijilla de la puerta. Por
fortuna para todos, no se atrevió a decir una palabra, aunque muchas veces las
tuvo entre los labios, al matrimonio de abajo, siquiera por vía de desahogo, ya
que no sirvieran a nadie de escarmiento. Pero, en cambio, detuvo una noche a
Andrés en mitad de la acera, y llevándole, previa su venia, hacia el Paredón,
cuya explanada estaba solitaria en aquel momento, le expresó, muy bajito y a su
modo, cuanto le escocía y le atormentaba adentro, robándole el apetito y el
descanso.
Andrés se quedó espantado, porque ignoraba los
verdaderos motivos de las alarmas de Cleto. Cleto le había asegurado que sólo
la buena fama de aquella honrada familia le movía a contarle lo que le contaba,
y para que un mozo tan rudo como Cleto se parara en pequeñeces tales, mucho
debían haber trascendido los supuestos. Indagó sobre este punto; y aunque Cleto
le aseguró que solamente se lo había oído a las gentes de su casa, como éstas
se sobraban para propagarlo por todo el pueblo, no le tranquilizó cosa mayor.
Pero negó con solemne entereza; y, estrechando la diestra de Cleto con la suya,
le juró, delante de la cara de Dios, que en su vida le había cruzado por las
mientes un pensamiento tan infame como el que la calumnia le atribuía. El hijo
de Mocejón, ante una sinceridad como aquélla, vio rasgarse la bóveda celeste y
asomar por allí el Sol y la Luna y legiones de ángeles con las alas de oro. Ni
rastros le quedaron en el alma de aquella sospecha que tan bárbaramente le
había atormentado.
Andrés comprendió que le era preciso hacer
algo para atajar en su camino los calumniosos supuestos, y, por de pronto,
aquella noche ya no fue de tertulia a la bodega.
Pero ¡qué frágil y mísera y concupiscente,
como diría el padre Apolinar, es la condición humana! Aquel Andrés tan
escrupuloso, tan hidalgote, tan precavido, tan prudente y abnegado, al oír las
negras confidencias de Cleto en la explanada del Paredón, en las angosturas de
su cuarto, en el silencio y oscuridad de la noche, escrupulizando en el
laboratorio de su razón las que él había tenido para proceder como procedía en
su trato con la familia de tío Mechelín, ya comenzó a ser muy otra cosa,
aunque, en honor de la verdad, sin darse la menor cuenta de ello. La conciencia
más recta adolece de cierta elasticidad, que si no se la pone coto con la
fuerza de una voluntad de hierro y de una razón bien maciza, llega a los
extremos más peligrosos. Esto, en general. Pues si a favor de la ingénita
flaqueza conspira la inexperiencia de los pocos años, el ímpetu de las
veleidades de una naturaleza virginal y poderosa, la ignorancia, la pasión, el
entusiasmo, como acontecía en el caso de Andrés, ayúdenme ustedes a sentir.
Andrés había visto crecer a Sotileza y transformase poco a poco, de niña
vagabunda y medio encanijada, en apuesta y garrida moza; pero jamás le había
pasado por las mientes una idea que tuviera la conexión más lejana con los
propósitos que le atribuían las maldicientes sardineras de la calle Alta. De
aquí su sincera indignación al enterarse de la confidencia de Cleto, y su
propósito instantáneo de irse retirando paso a paso de la humilde casa donde su
presencia comprometía el honor de una doncella. Pero, disipada la luz de este
relámpago, y examinando luego las cosas a la débil claridad de su razón, lo
primero que ésta le presentó delante de los ojos fue el cuerpo mismo de la
supuesta delincuencia; no en los atavíos insustanciales de la inocente
compañera de juegos infantiles, o de la buena amiga de su incipiente mocedad,
sino con todos los incentivos que puede ir acumulando una fantasía soñadora
sobre un lujo de formas juveniles, como el de la hermosa callealtera. En
seguida, recordando otra vez los supuestos calumniosos de las hembras, de tío
Mocejón, se dijo en sus adentros: «Luego esto era posible.» Y por un
contrasentido bien usual y corriente en todos los aprietos del humano discurso,
volvió a indignarse de que se le hiciera capaz de cometer un delito cuya
hipótesis estaba saboreando rato hacía.
Después volvió sobre su propósito de ir
alejándose poco a poco de la bodega, y sin echar un punto de la memoria a la
huérfana amparada allí, pensó en lo que juzgarían de su conducta tío Mechelín y
su mujer, tan bondadosos, tan campechanos. Declararles el motivo era darles una
puñalada en el corazón; ocultársele, era hacerse reo de una falta, cuando menos
de consecuencia, en su cariño y buena amistad. Y todo ello, ¿por qué? Porque a
dos sinvergüenzas del quinto piso se les había ocurrido dar a un acto noble y
generoso una interpretación inicua. ¿Y había de estar la tranquilidad de una
conciencia limpia a merced de los juicios de dos mujeres desenfrenadas? ¿Y había de subordinar él sus gustos
lícitos, sus placeres honrados, a los dictámenes de dos calumniadoras? ¡Jamás!
Por consiguiente, tomaría el aviso en cuenta, eso sí; pero no daría a la
hedionda familia de Mocejón el placer imperdonable de someterse a sus deseos.
Tomaría ciertas precauciones decorosas para alejar de los suspicaces todo
pretexto a la murmuración; frecuentaría menos que antes la bodega, pero
volvería a ella, ¡vaya si volvería! ¡Y que se atreviera nadie a preguntarle
«para qué»! ¡Que intentara algún deslenguado poner en duda su honradez, su
lealtad, la nobleza de sus propósitos!... ¡Sería capaz de hacer y de
acontecer!... ¡Consumar él un atentado semejante contra el honor y el sosiego
de una familia honrada!...
Y si le hubieran puesto un Cristo delante para
jurar que en todo esto que afirmaba de sí propio no había un atisbo de mentira,
lo hubiera jurado hasta con entusiasmo. Y habría jurado verdad.
Y,
sin embargo, escarbando bien en su corazón, ¡qué pronto se hubiera hallado
escondido en el fondo de él algo que acreditara la inconsciente falsedad del
juramento! Porque lo cierto es que desde la primera vez que volvió a la bodega
después de haberse entregado a aquellas meditaciones, aunque resuelto a
combatir heroicamente contra todo mal pensamiento que el demonio pudiera
sugerirle, y contra las facilidades tentadoras de inesperada ocasión, si sus
ojos se apartaban muy a menudo de Sotileza, en cambio, cuando la miraban, ¡de
qué distinto modo que antes la veían!
Lo cual demuestra, por de pronto, tres cosas:
Que Andrés, pensando y obrando así, sentía
menos honrada e hidalgamente que en la explanada del Paredón al escuchar
las confidencias de Cleto (tesis de estos últimos párrafos).
Que en el conflicto en que estas confidencias
le habían colocado, lo más discreto y menos peligroso para él y para las gentes
de la bodega hubiera sido retirarse de ella poco a poco y para siempre.
Y, por último, que tía Sidora tenía mucha
razón al afirmar que en Andrés había habido un cambio repentino.
¡Si la mujer de tío Mechelín hubiera sabido
qué esfuerzos de voluntad costaba este cambio al resuelto muchacho,
precisamente cuando a Sotileza le daba por atenderle y agasajarle como nunca lo
había hecho!
Y así fue pasando más tiempo, y con él
llegando Sotileza a la plenitud de su desarrollo, y Andrés haciéndose un mozo
cabal, fornido y gallardo; diestro, valiente y forzudo en la mar, donde
consumía todas las horas de huelga, ya voltejeando con su Céfiro
(nombre del esquife de su propiedad), ayudado de Cole y de Muergo, que
ordinariamente se lo cuidaban; ya pescando por todo lo alto en la barquía de
Mechelín, cuyo flete pagaba escrupulosamente con notorio disgusto del
achacoso mareante, que tenía a cargo de conciencia recibir aquellos dineros de
tales manos. Gozaba de gran prestigio en los dos Cabildos; en ambos eran muy
escuchados sus pareceres, y el mejor patrón de lancha le hubiera cedido gustoso
el gobierno de ella en momentos apurados.
De cuanto pescaba iba lo mejor a casa de don
Venancio Liencres; y de propio intento lo mandaba a menudo por Sotileza, que
también llevaba a la capitana lo que le regalaba Mechelín a cada instante, y
aun al mismo don Venancio, por insinuación de Andrés. Porque es de advertir
que, cabalmente desde que se propuso tomar en la bodega de la calle Alta
aquellas «precauciones decorosas», le entró la comezón, que jamás había
sentido, de que en su casa y en la de don Venancio Liencres se conocieran y se
admiraran las prendas excepcionales de la rozagante muchacha.
Y sucedió que la capitana llegó a decir a
Andrés un día, que si aquella tal y cual volvía a poner los pies en su casa,
haría con ella esto y lo de más allá; y que la distinguida hermana de Tolín le
dijo una noche más de otro tanto con igual motivo. Y Andrés se quedó como quien
ve visiones, porque no atinaba con la razón de tales aspavientos.
Porque Andrés, a pesar de estas y otras cosas,
por las cuales se perecía, levantaba muy holgadamente todo el peso de sus
obligaciones en el escritorio, y el de sus deberes de amistad y cortesía al
lado de su compañero Tolín. Para entonces era Luisa lo que prometió ser de
pequeña: una señorita fina, muy compuesta y muy escrupulosa en el
ceremonial de su mundo. Era bastante sosa de palabra; pero no tanto en
el mirar de sus ojos, negros y grandes, ni en el caer de sus labios húmedos
sobre la dentadura blanca y apretada. Se pagaba mucho de guardar las distancias
de clase, como su augusta madre; pero hacía una excepción con Andrés, con cuyo
trato se había ido familiarizando desde niña. Continuaba siendo incansable
fisgona de la vida y milagros de este mozo, y como aquélla era tan contraria a
sus gustos e inclinaciones, rara vez estaban juntos sin que ella le calentara
las orejas. Andrés solía amoscarse de tarde en tarde con estas libertades; Luisa
se ponía nerviosa de ira al ver que se le negaba derecho para decir lo
que decía; pero Tolín terciaba en la contienda y los ponía en paz; es decir,
conseguía que se hablara de otro asunto, porque lo que es paz, verdaderamente,
no se lograba, puesto que, al deshacerse la tertulia, Luisa se encerraba en su
cuarto con un humor de todos los diablos, y Andrés salía renegando de la
impertinente y entremetida «que al fin había de ser causa de que él no volviera
más por allí».
Y éstos eran los únicos malos ratos que pasaba
el hermoso mocetón, que en todo lo demás era un cascabel de oro, que tintinaba
alegrías en cuanto se le agitaba un poco..., y aunque no se le agitara.
Particularmente a Cleto, él le tenía sorbido
el seso desde aquel apretón de manos. Todo lo creía posible en el mundo, menos
que pudiera llegar a ser verdad el supuesto injurioso de su familia. Al padre
Apolinar se le caía la baba viéndole y escuchándole; y como Andrés era dueño de
algunos dineros, porque ganaba en el escritorio más de lo preciso para cubrir
sus necesidades, y sabía el destino que daba el caritativo fraile las limosnas
que recibía, y era además creyente a puño cerrado, no se hartaba de encargarle
misas a San Pedro, y a los Mártires, y a la Virgen; hoy para que saliera tío
Mechelín de la cama, mañana para que su padre llegara felizmente del viaje en
que estaba empeñado, otro día para librarse él de un contratiempo en la
expedición de pesca que proyectaba mar afuera..., y así; pero misas hasta de a
duro. ¡Misas de a duro! ¡Y a pae Polinar, que estaba cansado de decirlas a
peseta..., y a dos reales; y tan agradecido y contento!
¡Pensar que él gastaba sus ahorros en atavíos
de sociedad y de paseo!... Si le fueron insufribles estos lugares cuando había
clases y categorías, qué habían de parecerle cuando, desde la introducción de
los vapores y de la legión de ingleses traída por Mould a Santander para
acometer las obras del ferrocarril, ya podía un mozuelo imberbe salir a la
plaza con sombrero de copa alta sin temor de que se la derribaran de la cabeza
a tronchazos; andaban por la calle, vestidos de señores, los marinos de la Berrona,
sin la menor señal externa de lo que habían sido todos ellos cinco años
antes, y Ligo, y Sama, y Madruga, y otros tales, si bien marinos todavía por
dentro, y violentándose mucho para no descubrir la hilaza al hablar, mientras
andaban por acá iban al Suizo a tomar sorbete, después de haber paseado en la
Alameda con levita ceñida y sombrero de copa; y chapurreaban el inglés los
chicos de la calle para jugar a las canicas con los rubicundos rapaces de la
«soberbia Albión»; y habían caído los paraderos de Becedo, y estaba denunciada
la casa de Isidro Cortés, entre las dos Alamedas, y en capilla, para ser
terraplenada, la dársena chica, y a medio rellenar la Maruca; y, en fin, que
toda carne había corrompido ya su camino, y estaba la población, de punto a
cabo, hecha una indignidad de mescolanzas descoloridas y de confusiones
intraducibles.
Quedárase todo ello para su amigo Tolín, que
no perdía paseo en las Alamedas, muy soplado de sombrero alto, guante de
cabritilla y bastón de retorcida ballena, y miraba tierno a todas las hijas de
los comerciantes ricos; y aun para su mismo padre, don Venancio Liencres, y
otros tales, que desde aquellas juntas de pudientes padecían tales pujos de
publicidad y de elocuencia mercantil, que ni paraban en casa ni cerraban boca
en todo el santo día de Dios.
Sí, bien apurado el asunto, Andrés y otra
media docena escasa de valientes, tan apegados como él al tufillo alquitranado
y a los placeres marítimos, eran los únicos ejemplares que sobrevivían de
aquella raza de anfibios, que pocos años antes lo llenaban todo en el pueblo e
imprimían carácter a su juventud.
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . .
Así estaban las personas, las cosas y los
lugares de esta puntual historia, cuando Muergo y el hijo de Mocejón se dieron
aquella mano de morrás en el portal de Sotileza.
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