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El pobre Cleto andaba, andaba, calle arriba y
calle abajo; del Paredón al portal, del portal al Paredón, diciéndose al
comienzo de cada subida: «De esta vez entro»; y llegaba junto a la puerta y no
entraba..., y vuelta hacia el Paredón, y siempre con aquel clavo roñoso
adentro, que se le hundía en lo más dolorido del pecho a cada paso que daba. Y
aquel clavo era Muergo y el considerar que si había de echarle de la bodega
para siempre a fuerza de bofetadas, con lo necio y lo forzudo que el monstruo
era, ya tenía campaña para rato; y si, al fin de ella, suponiendo que la
campaña tuviera fin, resultaba que le cerraban la puerta a él por lo mismo que
había tratado de barrerla de aquel modo, ¡lucida era la recompensa que obtenía
por su empeño! ¡Si él tuviera amigos a quienes pedir un consejo! ¡Personas de
formalidad y de palabra, que le creyeran todo lo que él les contara de aquellas
cosas que sentía despierto y soñando, a modo de «jirvor» que le salía de la
entraña, y rompía como una mar del Noroeste, tan pronto contra la tapa
de los sesos como contra las paredes del arca, en cuanto ponía los pensamientos
en Sotileza... (y no la apartaba un punto de su memoria); y aquel cosquilleo
que le entraba con sólo pensar en lo que él sería, arrimado para siempre a la
bodega, y lo que temía llegar a ser si, después de haber conocido cosa mejor,
no le sacaban pronto del quinto piso, o no se resolvía a tirarse una noche por
el balcón abajo! Bien apurada la materia, él no podía vivir sin lo uno ni con
lo otro. Se acordó de Andrés, en cuya influencia entre las gentes de la bodega
había pensado también otras veces para salir de sus ahogos; pero Andrés era
protector de Muergo, y no se prestaría a ayudarle en un empeño que perjudicaba
a aquel animalote. Ir derechamente con sus cuitas a los interesados en ellas,
era aventurarse demasiado, porque, tras de no conocer bien las intenciones de
aquellas gentes, él fiaba poco en la torpeza de su palabra y en la cortedad de
su genio para pintar a lo vivo las «rompientes» consabidas de sus «jirvores», y
la fuerza y significación de los otros cosquilleos que le atormentaban. Y así
discurriendo, andaba ya, sin darse de ello la menor cuenta, calle de Rúa-Mayor
abajo; y llegó a la Pescadería, desierta a aquella hora, y continuó hacia la Ribera...,
y allí se encontró, tope a tope, con el padre Apolinar. ¡Nadie como aquel buen
señor para oírle con caridad y apuntarle con un buen consejo!
Le detuvo, saludándole gorro en mano, y le
suplicó que le escuchara dos palabras que tenía que decirle.
-Si no son más que dos -díjole el fraile, al
cabo de un rato que invirtió en recoger con las manos, puestas de canto sobre
las cejas, la luz del farol más próximo, para conocer con sus ojos enfermos al
suplicante - , ya me las estás diciendo. Si son muchas, ve soltándolas según
andemos, o dímelas en llegando a casa, porque estoy muy de prisa y no puedo
perder el tiempo en la calle...
-Pus le diré en casa lo que tengo que decirle
-contestó Cleto virando de bordo y poniéndose al costado del fraile.
Éste vivía a la sazón en una de las casitas
bajas de la Alameda de Becedo; de modo que, siguiéndole los pasos, tuvo Cleto
que atravesar la ciudad por la cuesta de la Ribera y calle de San Francisco;
precisamente la arteria más llena de los jugos vitales del Santander de
entonces. Marejadas de señorío
y tiendas y más tiendas llenas de cosas y de luz, a babor y a estribor. Cleto
no recordaba haber pasado por allí en todos los días de su vida, y tanto le
sorprendieron el ruido y las maravillas del cuadro, que a pique estuvo de
olvidar con ellos sus «jirvores» y hormigueos.
-Hay que hacerse a todo, Cleto, a todo, a
todo, hijo, a todo -decíale el padre Apolinar, reparando cómo se embobaba el
mozo con lo que iba contemplando, y cómo tropezaba con los transeúntes - . Pero
sois bonitos de mar, y en cuanto salís a tierra y os veis entre gentes
racionales y de mundo, ya os falta la respiración. Y lo peor es que esto se
pega, porque has de saberte que si vivo un año más en aquella escalera de la
calle de la Mar, con ser quien soy y con tratar a tantos terrestres como yo he
tratado siempre, salgo, cuerno, tan tonina como vosotros. ¡Mira que solamente
con aquellas crías que me mandaban a casa para escamarlas siquiera lo mayor,
había para perder el modo de hablar! No es decir esto que yo los haya
abandonado, que a mi casa van algunas todavía, y no van más, porque les parece
largo el camino, si es que no les espanta como a ti. Pero siquiera se ventilan
un poco en él, y cuando llegan a mí, ya no huelen tan mal. También los tengo
terrestres, que hijos de Dios son como cualquiera y tan necesitados, como los
más perdidos, del pan de la inteligencia y de la palabra divina. ¡Cuerno, qué
peces hay entre ellos! Pero, con todo, hombre, yo no he tenido discípulo ni
espero tenerle, por mucho que viva, tan sucio ni tan feo ni tan torpe como ese
Muergo...
Esta palabra sacó instantáneamente al hijo de
Mocejón del atolondramiento en que iba sumido. Estremeciéndose todo, echó un terno
de los más redondos y sintiéndose poseído, repleto, de todos los resquemores
que de ordinario le consumían, dijo con nerviosa vehemencia:
-Vamos a rema ligera, pae Polinar, pa
que alleguemos cuanti más antes.
-¿Qué te ha dado tan de pronto, recuerno?
-Esas pampurrias, ¡paño!, que me anadan en la
bodega.
Poco después, alumbrados malamente por la luz
de una cerilla que echó pae Polinar, subían ambos la escalera de la
casa de éste, les abría la puerta la vieja ama de gobierno del exclaustrado, y,
por último, se encerraban en un mezquino gabinete, sobre cuya mesa, bien
conocida del lector, comenzaba a lucir, ensanchándose y alzándose poco a poco,
la llama perezosa de un cabo de vela, embutido en una palmatoria, también
inventariada más atrás.
Al hallarnos nuevamente con el padre Apolinar,
y después de examinarle un instante de pies a cabeza, bien pudiéramos decir que
no pasaba día por él. La misma cara y los propios hábitos; ni una arruga ni una
costra más, ni un lamparón ni un recosido menos. El mismo pae Polinar de
siempre, con sus párpados en carne viva, su cabeza gacha y sus talares
transparentes y resobados.
-Mira, hijo, mira, ¡mira si tienes ojos para
ver! -exclamó de pronto el fraile, apuntándole con el gesto unos libracos y
unos papelotes que había sobre una mesa, por tener ocupadas las manos en
quitarse la teja y el manteo - . Míralo y dime si pae Polinar, con esta tarea
entre manos, tendrá tiempo de sobra para andarse de pingo por las calles.
Y como Cleto le miraba en demanda de una
explicación más comprensible, añadió el exclaustrado:
-Eso es canela, hijo...; digo, canela, no,
mejor es rescoldo que me consume el discurso y la salud y la poca vista que me
queda. Porque has de saberte ahora que esto es un sermón que se me ha encargado
para el día de los santos Mártires, en la capilla de Miranda... ¡El día de la
fiesta del Cabildo de Abajo!... ¡Como quien no dice nada!... ¡Échame allí
señores de Ayuntamiento, todos los mareantes y medio Santander, con la boca abierta,
escuchando al padre Apolinar! ¿Te parece que es esto para que uno se duerma y
se vaya a aquella cátedra con lo que salga a la buena de Dios?
Ocurriósele a Cleto contar por los dedos el
tiempo que faltaba hasta el 30 de agosto; vio que era mes y medio bien
cumplido, y así se lo dijo al fraile.
El cual se volvió rápidamente hacia el
sencillote mozo (pues andaba pasando la manga de su chaqueta al pelo del
sombrero, para atusarle un poco antes de ponerle sobre la cama), y le habló
así:
-Echa tres..., que más de otro tanto de lo que
falta llevo sobre esta mesa, dale que le das a libros y tintero... Echa cuatro,
que bien pueden echarse. ¿Y qué? ¿Te parece a ti que escribir un sermón para
los Mártires es añadir un pernal* a un aparejo? ¡Aquí se ven los hombres,
Cleto! ¡Aquí sudan el quilo los más guapos..., los más guapos, rejinojo! Y si
algún predicador te dice otra cosa distinta, no te dice la verdad, ¡cuerno!
¡Buen chanfaina de predicador estaría él! ¡Bueno, bueno, bueno de veras! En
fin, ya lo verás tú ese día, si vas por la ermita.
-¡Yo! -exclamó Cleto con el más sincero de los
asombros - . ¡Como no vaiga yo a eso!...
-Es verdad, que tú eres del Cabildo
de Arriba... Pero otros del de Abajo me oirán, y ya llegarás a saber si aquello
que yo les diga se aprende en un par de meses... ¡Vaya con estos muchachos que
nacen enseñados y con la palabra de Dios, verbum Dei, entre los
labios!... Y ahora dime: ¿qué tripa se te ha roto? ¿Qué me quieres? ¿Por qué me
buscas, et quare conturbas me?
Cleto, que estaba de prisa, no hizo
esperar mucho la respuesta, si respuesta puede llamarse aquella marejada de
sonidos guturales, de frases oscuras y descosidas, de interjecciones
fulminantes, restregones de pies, bamboleos de espaldas y cabeza y crujidos de
la silla.
-Bueno está todo eso -dijo el padre Apolinar,
hombre muy ducho en descifrar tan rara especie de enigmas - . Pero ¿por qué me
lo cuentas a mí?
-Pus pa que me dé un consejo, y si es caso,
arrime el hombro también -respondió Cleto.
-¡Claro! -repuso el fraile retorciéndose
dentro de sus ropas - . Esa ya me la temía yo aquí..., en cuanto rompiste a
hablar..., en cuanto te sentaste en esa silla..., en cuanto me paraste en la
Ribera, ¡cuerno!... Además, eso que te pasa tenía que suceder, porque la mano
de Dios alcanza a todas partes, y la que se hace se paga, y en teniendo
vosotros algo que pagar, ya estoy yo, como el otro que dice, aflojando la
peseta. ¡Recuerno con la lotería! Y dime, zoquete de jinojo, ¿por qué asomaste
tú la jeta en aquella casa? ¿Qué falta hacías allí?
-Ella me pegó un botón una vez.
-Ya, ya; ya me has enterado de ello, con todo
lo que se siguió a esa pegadura; pero después, cuando viste lo que te pasaba
por adentro, ¿por qué no hiciste bota arriba a la banda*? Porque yo,
al hallarte en la bodega alguna de las veces que he ido por allá, siempre
entendí que no se trataba más, por tu parte, que de echar un párrafo y una
punta, para pasar aquel rato de menos en tu casa.
-Así fue al escomienzo; pero endimpués...
¡Paño!... ¿No le he dicho ya cómo me iba entrando, entrando ello solo?
-¡Pues entonces, Cleto, entonces debió ser la
retirada, sabiendo, como sabes, que entre el quinto piso y la bodega no puede
haber amaños ni conciertos!... Pero, vamos a ver, ¿sabe ella algo de lo que te
pasa por los adentros?
-Yo no se lo he dicho.
-¿Lo sabe Mechelín?
-Ni jota.
-¿Lo sabe su mujer?
-Lo mesmo que el marido.
-¿Qué tal cara te ponen?
-Los viejos, tal cual; ella... me paice que no
tan güena... ¡Paño! Mejor se la pone a Muergo, y esto es lo que me desguarne.
-Y, en vista de lo que me dices, ¿qué quieres
que haga yo?
-Darme un consejo.
-¿Para qué?
-Pa dir endimpués a decirla, como usté sabe decirlo,
que me quiero casar con ella.
-¡Baldragazas! Pues si das por sentado que
hemos de acabar por ahí, ¿para qué quieres el consejo?
-Creo que pa na. Lo otro es lo que va usté a
hacer, y en el aire.
-¡Un galernazo que te barra! ¿Sabes tú lo que
me pides? ¿Sabes quién es tu padre?
-Por demás.
-¿Sabes quién es tu madre?
-Mejor entodía.
-¿Sabes
quién es tu hermana?
-¡Mal
rayo la parta!
-¿Sabes lo que hicieron una vez conmigo?
-Sí que lo sé.
-¿Sabes que hoy es el día en que no me atrevo
a poner los pies en la calle Alta si las columbro en el balcón, y que en dos
ocasiones, por no haberlas distinguido bien, me dieron una corrida en pelo a
todo lo largo de la acera?
-Así lo oí endimpués.
-¿Sabes que antes de verte casado con esa
muchacha, serían capaces de prender fuego a la bodega, y a la casa, y a todos
los de la vecindad?
-Por falta de mala entraña, no quedaría.
-Y sabiendo todas esas cosas, Cleto de los
demonios, ¿me quieres meter a mí en la danza? ¿No me ves ya en el martirio? ¿No
me ves atenaceado, con la saliva en la cara, las hieles en la boca y en tiras
las carnes y el pellejo? ¡Cuerno, o tú me quieres mal, o no estás en tus
cabales!
-¡Paño! Pero si usté se cierra a la banda,
¿qué voy a hacer yo?
-Y a mí, ¿qué me cuentas de eso? ¿Te ha parido
el padre Apolinar, por si acaso? ¿Te debe el pan que come? ¿Los hábitos que
viste?... ¡Nada, hijo!..., ¡lo de siempre! Los jolgorios y los tragos dulces,
para vosotros solitos, y en cuanto hay una desazón o una descalabradura, a
buscarme a mí para que os quite el hipo u os ponga la venda. Esas canonjías me regalaréis. ¡Suerte de
las personas, ¡cuerno!; ¡suerte, y no más que suerte! Verdad que ése es mi
deber, si bien se mira... Pero también es cierto que los deberes se han de
cumplir con su cuenta y razón, y esto que ahora se me pide es mucho más de lo
regular, y no lo haré, y no, y no. ¿Lo quieres más claro todavía, Cleto?
Cleto bamboleó la cabeza, se levantó
perezosamente de la silla, dio algunas vueltas al gorro entre sus manos y
murmuró sordamente palabras incomprensibles. De pronto enderezóse iracundo, y
dijo al padre Apolinar, que se paseaba por la estancia:
-No sé lo que haré por mí solo en lo tocante
al caso de ella; pero lo que es él, lo que es Muergo, pae Polinar, si a pura
morrá no acaba, ha de fenecer de otro modo, u se me aparta de allí.
-Hombre -respondió el fraile cuadrándose
delante de Cleto - , si no fuera pecado mortal, te diría que puede que hicieras
una obra de caridad... ¡Ave María Purísima! ¡Qué barbaridades se le escapan a
uno con estas marimorenas! No hagas caso, Cleto; no hagas caso de estos dichos
al tunturuntún... ¡Pero vosotros tenéis la culpa, cuerno!... Conque vete, vete
poco a poco; no tomes esas cosas tan a pechos; cálmate, duerme..., si tienes en
dónde; observa por la buena, déjate de ese animal, que ningún daño puede
hacerte en lo que temes; perdónale... ¡Y quién sabe hombre, quién sabe! Por lo
más oscuro amanece; y, en fin, ya me daré yo unas vueltas por allá; iré
palpando el terreno, y, según yo le vea..., con prudencia, se entiende, ¡con
mucha prudencia!, te avisaré cuando deba avisarte. Y tú, entretanto, la lengua
y las manos quietas; mucho ojo a mí, ¡mucho ojo!, y por el cariz que yo presente
y el que vayas viendo en la bodega, y algo que yo te apunte cuando deba
apuntártelo... ¡Ea!, ya te he dicho bastante. Ahora vete, y déjame trabajar un
poco, que bastante tiempo he perdido para lo que vamos ganando, ¡cuerno!
Salió Cleto algo más animado, pero no
satisfecho, y se arrimó el fraile a la mesa. Sentóse, y mientras desdoblaba su
manuscrito, después de haberle sacado de las entrañas de uno de los libracos,
murmuraba:
-¡Con estos entretenimientos y estas
preparaciones, haga usted cosa de sustancia; busque latines al caso y
emperejile discursos que aturdan a los oyentes!
Después limpió la pluma de ave en la pechera
de la sotana, probó el temple de sus puntos sobre la uña del pulgar de la mano
izquierda, hizo una pantalla con los libros puestos de canto, para defender sus
ojos de los rayos directos de la luz...
Y se le presentó delante el ama de gobierno
para decirle:
-Ahí está la mujer de Capuchín, el de Prado de
Viñas.
-¿Y qué se le pudre a la mujer de Capuchín? -contestó
el fraile.
-Que tiene el marido mucho peor.
-Pues que se lo cuente al médico, ¡jinojo!
-Ya se lo ha contado, señor, y por eso viene
aquí.
-Mejor hiciera entonces en ir a la botica.
-¡Así tuviera con qué, la probe!
-¡Y será capaz de venir a que se lo dé yo!
-Una limosna pide.
-¡Pues a buena puerta llama! Pidiérala yo,
Ramona, si no fuera por la vergüenza, ¡cuerno!
-Lo peor de todo es que en aquella casa no hay
con qué dar una taza de caldo al enfermo... ¡Ni una miga de pan, señor!...
-¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima!...
¡y tiene tres hijos y la mujer, y se cae de hombre de bien!...
Y mientras exclamaba así el bueno de pae
Polinar, palpábase los bolsillos y hundía las manos después en el cajón de la
mesa.
-Pero ¿qué jinojos ha de haber aquí?
-murmuraba, sin dejar de palpar a tientas - . ¡Si, por no tener, ni siquiera
tiene cerradura muchos años hace!... Nada, Ramona, nada... ¡nada! Dile a esa
infeliz que perdone por Dios, que yo no puedo socorrerla.
-Pues ¿ y el duro de esta mañana? -se atrevió
a preguntarle la sirvienta.
-¿Qué duro, mujer de Dios?
-El de la misa de don Andrés.
-Sí... échale un galgo.
-¡Desde esta mañana acá!
-«¡Desde esta mañana acá!...» ¡Qué cosas tienes! ¿Cuánto
tiempo había de durarme?... Pues hasta que me lo pidieran. Me lo pidieron esta
tarde en cuanto salí de casa, y me quedé sin él. ¡Cuerno!, me parece que la
cosa no puede ser más natural ni más corriente.
Íbase ya la criada con el triste recado para
la mujer de Capuchín, y de pronto la llamó el fraile.
-Oye, Ramona -le dijo - , antes que te vayas,
y por lo que sea: ¿qué tenemos para cenar?
-Para usté, carne con patatas.
-¡Cómo «para usted»!... ¿Y para ti?
-Para mí, hay cuatro sardinas.
-¿Y desde cuándo acá hay manjares distintos
para nosotros?
-Es tan poca la carne que no alcanza para los
dos.
-Conque poca... Y ¿qué tal está?, ¿qué tal
está, con esas patatitas?
-A medio hacer todavía, señor.
-A medio hacer, a medio hacer... ¡Vea usted, qué jinojo!... Pues
mira, tráete ahora mismo esa carne, según esté, con puchero y todo...
-Pero, señor, si...
-Que te lo traigas, ¡cuerno!
Salió la vieja Ramona, y volvió en el aire con
un puchero humeante entre las manos, envuelto en una rodilla sucia.
Pae Polinar le acercó a sus narices; sorbió
con ansias aquellos vapores suculentos y olorosos; y apartando en seguida el
puchero lejos de sí, como quien huye de una mala tentación, dijo a su criada:
-¡Bueno, bueno, bueno de veras va el guisado
éste!... Pero como yo no tengo grandes ganas que digamos, dásele a la mujer de
Capuchín para que le despachen en su casa como Dios les dé a entender.
Tras algunos reparos infructuosos, fuese la
criada dispuesta a cumplir el mandato de su amo; el cual, asomando la cabeza
fuera del gabinete, la gritó:
-Pero dile que me devuelva la servilleta...
sino les hace mucha falta.
Luego se volvió a su sillón y a sus papeles,
murmurando mientras los manoseaba:
-Cabalmente, he leído yo, no sé dónde, que
para conservar la salud mientras se hacen trabajos de tanto empeño como estos
que yo traigo entre manos, no hay nada mejor que meterse en la cama con hambre.
Pues lo que toca a la mía de esta noche, es de órdago... ¡de órdago! ¡Cuerno,
si lo es!
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