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Andrés madrugó al día siguiente más que el
sol, y fue a la misa primera que decía en San Francisco el padre Apolinar para
los pescadores de la calle Alta. Muergo, que había ido a llamarle, llevaba los
aparejos y la cesta con las provisiones de boca para todo el día; provisiones
que la capitana había preparado por la noche, según lo tenía por costumbre cada
vez que su hijo iba de pesca. ¡Era de oír a la mujer de don Pedro Colindres
cuando, delante de su hijo, acomodaba en la cesta cada cosa!
-Dos, cuatro, siete..., diez... Una docena
justa de huevos duros te he puesto. ¿Tendréis bastante? En este envoltorio de
papel van rajas de merluza frita: dos libras y media. Por supuesto, que si
dejas meter las manazas a esa gente, no te queda a ti para probarla... ¡No
comieran rejones atravesados! ¡Hijo, yo no sé cuándo has de perder esa
condenada afición tan peligrosa! Y todo, para venir abrasado del sol y del
viento, y apestando la casa a esas inmundicias...; y lo peor es que el mejor
día, si no te quedas allá, coges un tabardillo que te lleva... Vamos, no te
amosques, que por tu bien te lo digo... Aquí va una empanada de jamón con
pollo... Éstas son salchichas...,
tres docenas. Procura que se harten con ellas esos hambrones, para que
te quede a ti más de lo otro. Para cinco he puesto. Si no son más, porque a ti
se te pega siempre medio Cabildo, que coman clavos o que se arreglen con lo que
haya. ¡Dará gusto ver a tu amigo Muergo chuparse los dedazos y relamerse los
hocicos de cerdo!... ¡Buena educación y buenos modales aprenderás a su lado!
¡Hijo, qué gustos más arrastrados tienes, y qué rabia me da no poder
arrancártelos de cuajo!... Pero la culpa la tiene tu padre, que te los
consiente, si es que no te los aplaude. ¡Sí, sí, Andrés! ¡Te lo digo como lo
siento!; y tienes que oírmelo, porque eso es lo menos a que estás obligado...
Una ración buena de pasta de guayaba, para ti solo; medio queso de Flandes y
dos libras de galletas dulces, para todos... Seis libras de pan... ¿Cuántas
botellas de vino pongo? ¿Tendréis bastante con cuatro? Vamos, te pondré seis;
porque esa gente ¡tiene un saque!... La servilleta fina. ¡Cuidado con que les
consientas limpiarse las manazas con ella! Para eso van estas dos rodillas
grandes. El vaso para ti... y otro para ellos. Tenedores, cuchillos... Fortuna
que la cesta no es chica, que si no... Ya estás aviado de lo principal... Sobre
la cama te pondré el vestido de mar y el abrigo, por si el Nordeste refresca...
¡Y por el amor de Dios, hijo mío!, no salgas muy afuera ni vuelvas tarde;
¡porque tú no sabes lo que yo me consumo pensando en lo que podrá sucederte!
¡Qué misa de tres se va a cantar en San Francisco el día en que esa condenada
afición se te acabe... y vayan las cosas por donde deban ir!
Andrés, al salir de misa, vio que también la
habían oído Mechelín y Sotileza; lo cual le demostró que los dos iban a ser de
la partida. Había acontecido esto en varias ocasiones, porque Sotileza se
perecía por ello; y como no gustaba de otras diversiones y en su casa la
mimaban en extremo, y Andrés, cuando fue consultado sobre el particular,
despachó la pretensión encareciendo mucho lo que le complacía, no puso tía
Sidora otro estorbo a los deseos de la hermosa muchacha que la condición de
que, por el bien parecer, no fuera nunca a esos holgorios sin la compañía de
tío Mechelín. Desde entonces, siempre que la salud de éste le permitía ir en su
barco a pescar con Andrés, les acompañó Sotileza.
¡Qué ganas se le pasaban a Cleto de echar un
memorial al campechano mozo para que se le diera una plaza en la barquía en la
que iban tantas cosas que le arrastraban a él hacia allá! Por de pronto,
Sotileza, que era, como quien dice, su propia entraña; después, Muergo, que no
merecía ni debía ir solo tan cerca de quien iba; y, por último, aquella
pitanza, tan abundante y sabrosa, que llevaba Andrés para regodearse todos al
mediodía. Y su memorial hubiera sido bien despachado, seguramente; y lo fío yo
con los propósitos que tuvo Andrés, en una ocasión, de anticiparse a los deseos
de Cleto. Pero a Cleto le detenían las mismas razones que expuso a Andrés tía
Sidora para que no intentara llevarle consigo en la barquía, lo más odiado en
casa de Mocejón de todo lo perteneciente a la bodega, donde había tantas cosas
aborrecibles para las mujeres del quinto piso. Cleto no tenía agallas bastantes
para arrostrar las tempestades domésticas que le aguardaban, sentándose a remar
en la barquía de su vecino, ni éste ni la gente de su casa querían tener con las
de arriba más pleitos que los pendientes... ¡que no eran pocos!
Por eso Cleto no acompañaba a Andrés en la
barquía de tío Mechelín, y se conformaba con ver, desde lejos, embarcarse a los
expedicionarios cuando Sotileza iba entre ellos.
-Por suerte, va Andrés con ella -exclamaba
para sí en tales casos, si Muergo se embarcaba también.
Y eso mismo hizo y dijo en aquel día de
fiesta, encaramado en lo alto del Paredón, mientras se embarcaban el viejo
Mechelín, Muergo, Cole y Sotileza, cuando empezaba el sol a dorar los contornos
del hermoso panorama de la bahía, y a saltar la luz en manojos de centellas al
quebrarse en el terso cristal de las aguas. Reinaba en la naturaleza una calma
absoluta y algo bochornosa, y había nubes purpúreas sobre el horizonte,
alrededor del astro.
Aunque se izó la vela, fue por entonces
inútil, por falta de aire. Muergo y Cole armaron los remos; tío Mechelín, a
proa, armó también el suyo, porque no dijeran que ya no servía el pobre hombre
para nada; y buscando la contracorriente, porque la marea empezaba a apuntar en
aquel instante, bogaron hacia la boca del puerto.
Andrés y Sotileza, sentados a popa, disponían
y encarnaban los aparejos entre dichos harto inocentes y alegres carcajadas.
Porque es de advertirse que Sotileza, tan sobria de frases y de sonrisas en
tierra, era animadísima en estos lances de la mar; y como hacía mucho tiempo ya
que Andrés no seguía aquel sistema de disimulos a que espontáneamente se condenó,
porque fue persuadiéndose poco a poco de que era innecesario, puesto que nadie
se acordaría de los motivos que se le aconsejaron, no desperdiciaba estas y
otras prodigalidades que de vez en cuando brindaba a su genio retozón y alegre
el más retraído y seco de su amiga.
Esta, con todos sus andariveles domingueros,
no valía tanto, aunque ella creía lo contrario, como en sus cortos y escasos
trapillos domésticos; pero, no obstante, iba muy guapa en la barquía, con su
pañuelo de seda encarnado encima del negro y ceñido jubón; su saya azul oscura;
bien calzada, y con el profuso moño y la mitad de su cabeza ocultos por el
gracioso pañuelo a la cofia.
Muergo se sentaba dos bancos más a proa que
ella, y estribaba en el inmediato con sus piezazos negros y callosos. Cubría su
torso hercúleo una ceñida y vieja camiseta blanca con rayas azules; y estos
colores daban extraordinario realce al bronceado matiz de su pellejo
reluciente. La sonrisa estúpida de siempre se dibujaba entre las dos
cordilleras de sus labios, y a través de los mechones de greña que colgaban
frente abajo, fulguraban los cruzados rayos de sus ojos bizcos.
Andrés se complacía en cotejar las frescas,
finas y juveniles facciones de la linda muchacha, con los detalles de la
cabezona del remero. Admirando estaba mentalmente el contraste que formaban las
dos caras, cuando le dijo Sotileza al oído:
-¡Nunca le he visto más feo que hoy!
-¡Muy feo está! -respondió Andrés coincidiendo
con Sotileza en un mismo pensamiento.
-¡Da gusto mirarle! -añadió la muchacha, con
expresión codiciosa, hundiendo al mismo tiempo toda la fuerza de su mirada en
las tenebrosas escabrosidades de la cara de Muergo.
Éste sintió la puñalada de luz en lo más hondo
de sí mismo; conmovióse todo; relinchó como un potro cerril, y cargándose sobre
el remo con todos sus bríos bestiales, dio tal estropada*, cogiendo a
Cole descuidado, que torció el rumbo de la barquía.
En la cara de Sotileza brilló entonces algo como
relámpago de vanidad satisfecha, y al mismo tiempo se oyó la voz de Mechelín,
que gritaba desde proa, detrás de la vela desmayada y lacia:
-¿Qué haces, animal?
-Na
que le importe -respondió Muergo, relinchando otra vez.
En esto Andrés y Sotileza largaron los
respectivos aparejos, cada cual por su banda; y cuando la barquía llegaba al
promontorio de San Martín, ya había embarcado en ella más de dos libras de
pescado entre panchos, mules y llubinas, trabados a la
cacea.
Allí comenzaba verdaderamente la
diversión proyectada.
Se bajó la inútil vela, y Andrés y Sotileza, a
barco parado, echaron la primera calada* debajo del Castillo; porque
junto a las rocas y en lo más hondo es donde se pescan los durdos, las
jarguetas y otros peces de estimación.
Después pasaron a la isla de la Torre, y luego
a la playa de enfrente, porque los barbos prefieren los fondos arenosos; y más
tarde, a la Peña Horadada; y así, de peñasco en peñasco, de playa en playa,
pescando lo que se trataba, más porredanas, panchos y julias de manto negro,
que los barbos que apetecían los pescadores, llegaron éstos, en virtud de que
la mar estaba como un espejo, a la isla de Mouro, no sin que Mechelín,
siguiendo la diaria costumbre de los patrones de lancha, dijera descubriéndose
la cabeza en el momento de salir del puerto: «Alabado sea Dios», y rezara y
mandara rezar un Credo. Sotileza, que jamás había salido mar afuera, comenzó a
sentir los efectos de la casi invisible, pero constante, ondulación de las
aguas.
A causa de este percance inesperado, volvió la
barquía al puerto, ante cuya boca exclamó Mechelín, observando también en ello
otra costumbre jamás quebrantada por los patrones en casos tales:
-¡Jesús, y adentro!
Después de rebasar del Promontorio, se
prepararon las guadañetas; y dejándose llevar de la corriente la
barquía, se dio principio a la pesca, o más bien al robo de los maganos.
Sotileza, aunque tenía un arte admirable para
agitar con la blandura y tacto necesarios dentro del agua aquel manojo de
alfileres con las puntas vueltas hacia arriba, carecía de práctica en la manera
de embarcar el magano trabado sin que el chorro de tinta negra que éste larga
en cuanto se siente fuera de su natural elemento, se estrelle contra el mismo
pescador o los que se hallen cerca de él. Así fue que con el primer magano que
trabó en su guadañeta, puso a Andrés lo mismo que si le hubieran zambullido en
un tintero. Mordíase Sotileza los labios, por no reírse con el lance, que, por
de pronto, arrancó a Andrés una interjección algo fuerte; y acabó por reír como
una loca, cuando Andrés, pasada la primera impresión, tomó también el caso a
risa. Entonces Muergo, que los miraba sin pestañear, descansando de codos sobre
el ocioso remo, exclamó de pronto, al calar otra vez la muchacha su guadañeta:
-¡Puño! ¡Ahora pa mí, Sotileza!... ¡Échame toa
la tinta de ese que pesques, en metá de la cara!... ¡Ju, ju, ju!
Sotileza le respondió con una mirada en que
iba escrita la intención de echarle encima lo más que pudiera; y Muergo,
dejando el remo, se plantó a su lado dispuesto a recibirlo. Pero salió el
magano, soltó la tinta, y fue ésta a parar a la pechera de Cole, que no lo
deseaba ni en nada se metía.
-¡Güena suerte tenéis! -rugió Muergo
contrariado.
Mas no había acabado de decirlo, cuando ya
tenía en su caraza toda la pringue del magano que acababa de sacar Andrés.
-¡No es lo mismo uno que otro, puño!
-exclamaba Muergo escupiendo tinta y echando el busto fuera del carel para
lavarse la cara, en la cual apenas se distinguían las manchas negras.
En éstas y otras corrió el tiempo hasta más
del mediodía: la marea estaba bajando, el calor sofocaba, y venían del Sur unas
bocanadas de aire tibio que rizaban apenas la superficie de la bahía, a la vez
que iban sus aguas tomando un tinte azul muy intenso.
-A comer -dijo de pronto Andrés.
-¿En ónde? -preguntó tío Mechelín.
-Donde siempre: en la arboleda de Ambojo.
-Algo lejos está -replicó el marinero - . ¿Se
ha hecho usté cargo de que ya apunta el Sur, con trazas de apretar recio?
-Y eso ¿qué? -observó Andrés - . ¿Ya no hay agallas para tan
poco?
-Por usté lo digo, don Andrés, y por esa
muchacha, que se pueden calar algo los vestidos; que lo que toca a mí, sin
cuidao me tienen estas chanfainas de badía... ¡Isa, Cole!
Y Cole, ayudado de Muergo, izó otra vez la
vela, que se agitó en el aire hasta que, atesada su escota por Andrés, que
también cogió la caña, quedó tersa e inmóvil, mientras la barquía comenzaba a
deslizarse lentamente, porque el viento era escaso, con la proa puesta a los
pies del Alisas.
Media hora después llegaba a la costa en cuya
demanda iba. El viento había arreciado un poco; y como la playa es llana, la
resaca* la invadía un buen trecho entre el arenal descubierto y el punto en que
de intenso embarrancó la barquía. Cuestión de descalzarse para saltar a tierra
quien no tuviera en sus piernas el brío necesario para salvar el obstáculo de
un solo brinco, o dejarse sacar los más escrupulosos en brazos del más forzado
y menos aprensivo.
Por de pronto, se convino en que Cole se
quedara al cuidado de la barquía para que no llegara a vararse por completo, lo
cual acontecía si se tardaba mucho en resolver el punto referente al modo de
desembarcar sus tripulantes y pasajeros; y sacó Andrés para él, del cesto de
las provisiones, abundante ración de cuanto había. Mechelín, en gracia de sus
achaques, consintió en que Muergo cargara con él hasta dejarle en seco; y
mientras andaba Andrés empeñado en hacer otro tanto con Sotileza, que prefería
descalzarse y ya se disponía a hacerlo, volvió Muergo del arenal, la agarró de
la cintura y cargó con ella, que se dejó llevar, muerta de risa, en tanto
Andrés saltaba, de un brinco prodigioso, desde el carel de la barquía a la
parte enjuta de la playa, en cuyas arenas hundió los pies hasta el tobillo.
Y Muergo, que le precedía más de dos brazas,
seguía corriendo sin soltar la carga, que antes parecía darle fuerzas que
consumírselas; y casi tocaban ya los primeros cantos de las veredas que
arrancaban de aquellos límites del arenal, y aún no daba señales de posar a la
gentil moza, que, entre risas y denuestos, le machacaba la cara y le tiraba de
la greña.
-¡Déjala ya, animal! -le gritó Andrés.
-¡Suéltala, piazo de bestia! -repitió tío
Mechelín.
Como si callaran. Muergo corría y corría, y
parecía dispuesto a no dejarla hasta la arboleda misma, a cuya sombra deseaba
Andrés que se comiera.
Viendo trepar a aquel monstruo greñudo y cobrizo
por los ásperos callejos y entre las matas de escajo, oprimiendo entre sus
brazos nervudos las ricas formas de la garrida callealtera, había que pensar en
Polifemo robando a Galatea, o siquiera en Cuasimodo corriendo a esconder a la
Esmeralda en los laberintos de su campanario.
Al fin, volvió solo, echando chispas por los
ojos bizcos, y agitándose en derredor de su cabezota, al impulso del viento,
los mechones retorcidos de su greña montuna.
Tío Mechelín le maltrató de palabra por
aquella acción que tan mal parecería a los que no conocieran el juicio de la
honradísima muchacha, y Andrés también le echó un trepe gordo. Muergo no hizo
caso maldito de las durezas de su tío; pero a Andrés le soltó al oído estas
palabras mientras se restregaba las manos y escondía en lo más hondo de los
respectivos lagrimales todo lo negro de sus ojos:
-¡Puño, qué gusto dan estas cosas!
A lo que respondió el mozo largándole un
puntapié por la popa, de tal modo, que le apartó de sí más de dos varas.
Muergo recibió el agasajo con un
estremecimiento bestial, dos zancadas al aire y un relincho.
Después cogió la cesta de las provisiones y
una gran jarra vacía que llevaba tío Mechelín, y siguieron todos hacia la
arboleda, a cuya entrada aguardaba Sotileza, mientras Cole, después de haber
desatracado la barquía, no sin mucho esfuerzo, y de haberse fondeado con el
rizón* donde no corría peligro de vararse otra vez, daba comienzo a su
particular banquete, al suave arrullo de la resaca y al dulce balanceo de la
barquía sobre los blandos lomos del oleaje que el viento agitaba lentamente.
¡Sabrosísima, y bien glosada además, fue la
comida de los cuatro comensales de la arboleda! Y por lo que toca a Muergo,
hubo que ponerle a raya, según costumbre, porque no tenía calo, particularmente
en el beber. Andrés y Sotileza apenas bebían otra cosa que el agua fresca que
se había traído del manantial cercano; y, por acuerdo de ambos, se guardó de
todo lo mejor que se comía una buena ración para tía Sidora, con harta
pesadumbre de Muergo, que hubiera devorado también las rebañaduras. Tío
Mechelín agradeció en el alma esta cariñosa atención consagrada a su mujer,
como en otros lances idénticos; y con este motivo, amén de sentirse él bien
confortado y bajo el saludable influjo de la amenidad del sitio, y de las
caricias del aire, despertósele aquella locuacidad tan suya, que sólo la
tiranía de los años y de los achaques había sido capaz de ir adormeciendo poco
a poco, y empezó a entonar panegíricos de su vieja compañera. Cantó, una a una,
sus virtudes y sus habilidades; después retrocedió con la memoria a los tiempos
de su propia mocedad, y pintó sus castos amores y sus alegres bodas; y en
seguida su felicidad de casado y sus desventuras de pescador; y luego sus lances
de hombre maduro; y, por último, los achaques de su vejez, sin reparar que
desde la mitad de su relato, que fue larguísimo, Muergo roncaba tendido boca
arriba y Sotileza y Andrés no le escuchaban, por estar más atentos que a su
palabra a las que a media voz y con mucho disimulo se decían mutuamente los dos
mozos. El mismo Mechelín se fue rindiendo a los asaltos del sueño, y acabó por
tenderse en el suelo y por roncar tan de firme como su sobrino.
Andrés y Sotileza se miraron entonces, sin
saber por qué; y quizá sin conocer tampoco la razón de ello, pasearon después
la vista en derredor del sitio que ocupaban, y todo lo vieron desierto y sin
otros rumores que los que el viento producía entre las ramas de los árboles.
Sotileza, con el bochorno de la tarde y los
vapores de la comida, estaba muy encendida de color, y como ya se ha dicho que
a merced de tales jolgorios era más animada y habladora que de costumbre, este
exceso de animación se revelaba en la luz de sus ojos valientes y en la sonrisa
de su boca fresca. Con esto y el fuego de sus mejillas, Andrés la vio, sobre el
fondo solitario y arrullador de aquel cuadro, como nunca la había visto. Se
acordó, con indignación, de la calumnia de marras; y para
enmendarlo, comenzó a convertir en frases terminantes las medias palabras que
usó mientras tío Mechelín relataba sus aventuras. Y aquellas frases eran requiebros netos. Y
Sotileza, que no los había oído jamás en tales labios, entre la sorpresa que le
producían y el efecto de otra especie que le causaban, no acertaba a responder
lo que quería. Esta lucha interior le saltaba a la cara en una expresión
difícil de interpretar para unos ojos serenos; mas no para los de Andrés, que,
ofuscado en aquel instante por los relámpagos de su interna tempestad, todo lo
convertía en sustancia. Alucinado así, tomó con su diestra una mano que
Sotileza tenía abandonada sobre su falda, y con el brazo izquierdo le ciñó la
cintura, mientras su boca murmuraba frases ponderativas y fogosas. La moza
entonces, como si se viera enredada en los anillos de una serpiente, deshizo
los blandos con que la sujetaba Andrés con una brusca sacudida, lanzando al
mismo tiempo sus ojos tales destellos y transformándose la expresión de su cara
de tal modo, que Andrés se apartó un gran trecho de ella, y sintió que se le
disipaba el entusiasmo, como si acabaran de echarle un jarro de agua por la
cabeza abajo.
-Desde ahí -le dijo fieramente la indignada
moza - , todo lo que quieras..., no siendo hablarme como me has hablado... No
digo de ti, que estás tan alto; pero ni de los de mi parigual debo de oír yo
cosa que no pueda decirse delante de ese venturao (y señalaba a tío Mechelín).
Andrés sintió en mitad del pecho la fuerza de
esta brusca lección, y respondió a Sotileza:
-Tienes razón que te sobra. He hecho una barbaridad, porque... ¡no
sé por qué! Perdónamela.
Pero, aunque así se expresaba, otra le quedaba
adentro. En descalabros tales es donde más padece la vanidad de los buenos
mozos; y la de Andrés había quedado muy herida, tanto por el descalabro en sí,
cuanto por venir éste de mujer que, aun resuelta a rechazarle a él, estaba obligada
a hacerlo de otro modo menos brutal; y porque no se compaginaban
fácilmente su cruda esquivez con un mozo tan gallardo, y el regocijo con que la
esquiva se dejaba llevar poco antes entre los brazos del monstruoso Muergo.
La alusión al pobre y honrado marinero dormido
a su lado, también le había llegado al alma, no por inmerecida, sino porque la
ocurrencia de Sotileza debió haberla tenido él antes; y así se hubiera evitado
que le recordaran los labios de una marinera ruda lo que más le estaba
mordiendo la conciencia. En fin, que al verse corrido en aquel trance, obra de
las circunstancias, pensaba y sentía lo que sintiera y pensara cualquier nieto
de Adán, tan honradote, tan mozo, tan sano y tan irreflexivo como él, en
idéntica situación.
En tanto, Sotileza, sin señales ya de su
enojo, se puso a levantar manteles y a acomodar en la cesta los avíos
y las sobras de la comida. De paso, despertó a los dormidos: al «venturao»,
sacudiéndole blandamente; y a Muergo arrojándole a la cabeza el agua que había
quedado en la jarra. Enderezóse éste lanzando un bramido, mientras se
incorporaba el otro bostezando y restregándose los ojos; y como los celajes se
oscurecían y el Sur iba apretando, diéronse prisa todos y volvieron a la playa,
bien corrida ya la media tarde.
Nadie se había acordado de Cole, el cual, como
si contara con ello, se había tendido a dormir, tan guapamente, sobre la vela
plegada en el panel de la barquía, en cuyo fondo se zarandeaba, a medio flotar
en el agua, de intento vertida allí, la pesca de la mañana. Costó muchas y
recias voces desde la playa el trabajo de despertar a Cole; pero al fin
despertó: haló el arpón para adentro, y atracó la barquía, que no fue mucho,
pues la resaca era mayor que por la mañana, porque el viento era más fuerte y
la marea subía ya. Como no era tan fácil saltar desde el arenal al barco como
desde el barco al arenal, Andrés no tuvo otro remedio que dejarse embarcar en
brazos de Muergo, y resignarse a ver otra vez entre ellos, sin pizca de
protesta, a la que tan duras se las había hecho a él por menos estrujones.
Ya todos en la barquía, tío Mechelín reclamó
el gobierno de ella para sí, como más viejo en el oficio, y en virtud de «lo
que pudiera tomar», porque el viento arreciaba por instantes. Sometióse Andrés,
sin réplica, a los mandatos del experto marinero: sentóse éste a proa; agarró
la caña, e izada ya la vela, templó la escota a su gusto. Crujió la lona, tersa
y sonora como el parche de un pandero, y el barco se puso en rumbo,
encabritándose sobre las olas que le batían de proa, como caballo fogoso que
encuentra una barrera en su camino. Como era de esperar, la barquía, ciñendo el
viento, tumbó sobre el costado y comenzó a navegar de bolina*; pero derivaba*
mucho por ceñir* demasiado, y Mechelín remedó la deriva* mandando echar la orza
a sotavento (una sencilla tabla colgada del carel). Andrés y Sotileza se
sentaron en el costado opuesto, para repartir mejor la carga de la barquía, que
volaba sobre la hirviente superficie. Embestía las olas con ímpetu loco; y al
estrecharse con ellas, embarcaba los chorros de espuma en que las dejaba
partidas.
Andrés se había echado su capote impermeable
sobre la espalda; pero Sotileza llevaba la suya sin un amparo, porque no había
consentido que tío Mechelín, viejo y achacoso, le diera el sueste* y
elchaquetón embreados con que se cubría para no mojarse, y que a prevención
había llevado a la pesca. Los dos marineros mozos no tenían más ropa que la
puesta al salir de casa. Así es que, para no calarse ni perderse el vestido
bueno, bastante mojado ya, Sotileza no tuvo otro remedio que aceptar el
medio capote que con insistencia le ofrecía Andrés.
Viose, pues, la hermosa pareja guarecida bajo
una misma envoltura de pocas varas de paño, y muy arropadita por la cabeza y
por los costados; porque contra el agua que sin cesar saltaba por aquella
banda, toda prevención era poca. Andrés, recordando lo pasado, procuraba
molestar a su compañera lo menos que podía; pero dejar de arrimarse a ella por
alguna parte le era imposible, porque el capote no daba para tanto lujo.
Muergo y Cole achicaban a cada momento el agua
que iba embarcándose. Tío Mechelín no apartaba la vista del rumbo y del
aparejo. Y la barquía, volando, atropellaba a las olas, y caía en sus senos, y
se alzaba en sus crestas; y a veces, sólo un punto de su quilla tocaba el agua
espumosa. Chorros de ellas corrían por las caras de Cole y de Muergo, y los mechones
de la greña de éste goteaban como bardal después de la cellisca.
De pronto dijo Andrés a Sotileza, y por lo
bajo:
-En este mismo sitio zozobró mi bote una
tarde, con un viento como el de hoy.
-¡Vaya un consuelo para mí! -respondió la
otra, en la misma tessitura.
-Es que me empeñé yo en tomar todo el viento
de costado sin mover la escota... Una barbaridad.
-¿Y cómo salistes?
-Me cogió una lancha que venía detrás, y
remolcó también el bote.
Volvieron a callar el uno y la otra, hasta que
al hallarse la barquía enfrente de la Monja y próxima a los primeros barcos,
volvió a decir Andrés, bajito también:
-Aquí me puso al Céfiro quilla arriba
una racha de vendaval.
-¿Y tú? -preguntó Sotileza.
-Yo me aguanté agarrado al bote, hasta que me
cogió uno de un barco. Aquel día me vi mal, porque caí debajo; y, además, hacía
mucho frío.
-Dos zambullidas... Bastante es para lo mozo
que eres.
-Dos, ¿eh? ¡Y también siete llevo ya!... ¡Y
ojalá contara hoy la de ocho!
-¡Vaya una intención, Andrés!
-No es tan mala como tú piensas, Sotileza;
porque quisiera hallarme en un lance en que dieras a los brazos míos tanto
valor... siquiera, como a los de Muergo.
-¡Mira con qué coplas sales!
-¿Te ofendes de ellas también?
-Porque
no vienen al caso.
-Pues nunca vendrán mejor.
-Señal de que no están en ley.
En esto les inundó una cascada que saltó a
bordo al entrar la barquía en un verdadero callejón de naves fondeadas, donde
el viento era más impetuoso y los maretazos* más fuertes. Tío Mechelín, en
vista de lo que esto prometía para más adelante, propuso a Andrés enmendar el
rumbo para desembarcar al socaire del Paredón del Muelle-Anaos, en lugar de
seguir hasta el de la calle Alta, como aquél deseaba.
Y así se hizo, con magistral destreza de
Mechelín y beneplácito de todos.
Dijo Andrés qué pescado de lo cogido por la
mañana quería para su casa y la de don Venancio Liencres, dejando el resto en
beneficio del barco; despidióse de todos muy campechano, y de Sotileza entre
cariñoso y resentido; y tomó el rumbo de su casa, mientras la gente de la
barquía la desvalijaba de todo lo movible y manducable, y después de dejarla
bien amarrada, cargaba con ello y se encaminaba a la calle Alta por la de
Somorrostro arriba..., seguida, a lo lejos, del taciturno Cleto, que había
presenciado, sin ser visto, la atracada y el desembarco, diciendo para las
honduras de su bodega:
-Mientras Andrés la ampare, no me
importa.
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