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Injuriar fuera la perspicacia del lector, por
roma que la supongamos (y no supondré yo tal cosa), declararle aquí, en son de
noticia importante, que pae Polinar llamó a su casa al matrimonio de la bodega
de la calle Alta para hablarle del asunto que le había encomendado Cleto. El
pobre fraile, con el trabajo que le daba el sermón que traía entre cejas, y el
miedo que le infundían las hembras de Mocejón, tomó aquel partido para perder
menos tiempo y no verse en un trance que tan de lumbre temía.
Cumplió su cometido con poco entusiasmo, y
hasta con la advertencia de que él ni entraba ni salía, y la condición de que,
si el asunto cuajaba, no supieran ni las moscas del aire que su lengua se había
movido ni para aquello poco que decía por servir al obcecado muchacho.
-Cleto es buena persona -dijo al último - .
Tendría bien por un lado para ayudar a la casa. No daría guerra en ella; pero
la darían otros, sólo por verle allí tan en paz... Ya sabéis de quién hablo.
¿Te acuerdas, Miguel? ¿Te acuerdas, Sidora?... ¡Qué gente, cuerno!; ¡qué
gente!... Por otra parte, aunque la muchacha es guapa y honrada de veras, y por
ello sólo merece un marqués, como los marqueses no buscan marineras para
casarse con ellas, Silda, más tarde o más temprano, tendrá que apechugar con un
callealtero del oficio; y este callealtero, greña y palote más o menos, allá se
irá en pelaje y en literaturas con el hijo de Mocejón después de limpio y
trasquilado... ¿Entendéis lo que digo?... Pues conociendo la voluntad de la
interesada, pésense allá en familia las verdes con las maduras de este
particular... y al cuerno, hijos; que yo ni entro ni salgo... ¡Y Dios me
librará de ello, jinojo!
Las mismas verdes y las propias maduras que el
padre Apolinar, veían en el asunto tía Sidora y su marido, con la única
diferencia de que la primera para todo lo malo hallaba un remedio; y al
segundo, hasta lo mejor llegaba a parecerle muy malo en cuanto se metía a
comparar el oro bruñido de Sotileza con el cobre roñoso del hombre que la
pretendía. Verdad que para tío Mechelín no había nacido galán en el mundo, ni
nacería tan pronto, que en buena justicia la mereciera.
Sotileza había comprendido, por todo lo que le
dijo Cleto, después del recado que le dio la criada del padre Apolinar, que en
casa de éste se había tratado el mismo punto que acababa de ventilarse en la
bodega. De modo que, a media palabra que la dijo tía Sidora después de convenir
con su marido en que era hasta deber de conciencia consultar, sin perder un
instante, la voluntad de la interesada, le salió ésta al encuentro para referir
lo que le había sucedido con Cleto.
-Mejor pa nosotros -dijo tía Sidora - , que un
trabajo nos quitas con saberlo ya.
-¡Uva! -confirmó tío Mechelín, golpeando el
suelo maquinalmente con uno de sus pies.
Silda callaba y cosía. Tía Sidora añadió,
después de un ratito de silencio:
-Conque tú dirás, hijuca.
-¿Qué quiere usté que diga?
-Lo que te paezca, sobre el caso.
-Por sabido se calla.
-Poco decir es.
-Y la metá sobra.
-Quisiera yo, hijuca, que te pusieras en los
casos... Hoy na te falta, gracias a Dios; pero mañana o el otro... ya ves
tú..., semos mortales, y viejos además, y con poca salú..., has de verte
sola..., ¡y puede que muy luego!... La casta es mala... ¡mala!..., no puede ser
peor; pero él es un venturao, noble como el pan... Con una miaja de aseo y bien
vestido, campará mucho, porque es buen mozo de por sí... No te lo empondero
tanto pa metértelo por los ojos, sino porque éste es un caso de que se pongan las
cosas en su punto, pa que al resolver no te engañes.
-¡Uva! -dijo Mechelín cambiando de pie para
golpear el suelo.
Como Sotileza no daba lumbres, tía Sidora,
algo picada por ello, añadió en seguida:
-¡Pero hijuca, respóndenos algo, por el amor
de Dios, pa que uno sepa los tus sentimientos! Si temes engañarte por ti mesma,
¿quieres que pidamos consejo, pinto el caso, a don Andrés?
-¡Ni se lo miente siquiera! -saltó la moza
inmediatamente - . No hace falta ese consejo, ni el de naide tampoco; que bien
sé yo lo que me conviene.
-Pos eso queremos saber, hijuca: lo que te
conviene a ti a la hora presente.
-¡Uva!
-Me conviene que me dejen en paz sobre esos
particulares; que no me hablen más de ellos; porque no me hace falta, porque ca
uno se entiende, y lengua me sobra pa decir: «esto quiero» cuando sea de
menester. Así estoy a gusto..., y Dios dirá mañana. ¿Me entienden ahora?
Y así quedó, por entonces, aquel asunto.
Con bastante más calor se ventilaba otro bien
distinto en todas las tertulias y cocinas de la calle, desde la noche anterior.
Este asunto era el del regateo propuesto por el Cabildo de Abajo, y aceptado
por aclamación a claustro pleno en la taberna del tío
Sevilla. En aquellos tiempos, todavía los mareantes santanderinos no habían
pensado siquiera en meterse en otras aventuras que las del oficio; y un empeño
de tal naturaleza removía en ambos Cabildos el entusiasmo de la gente moza, y
calentaba la sangre en los entumecidos cuerpos de los veteranos. Porque no se
trataba de un lance particular entre dos lanchas rivales, sino de un suceso que
revestía toda la solemnidad de los grandes conflictos entre dos pueblos
limítrofes. No eran unos cuantos remeros del Cabildo de Abajo que desafiaban a
otros tantos del Cabildo de Arriba, ni se trataba tampoco de ganar, en concurso
libre, un premio ofrecido por un particular o por el Ayuntamiento, lances en
que caben amaños para repartir la ganga entre los competidores, y apenas se siente
al amor propio; esto era muy distinto: era un Cabildo en masa desafiando al
otro Cabildo, nada menos que para el día de los santos patronos del retador,
patronos, a la vez, del Obispado, fiesta solemnísima en Santander; a la pleamar
de la tarde, cosa de las tres y media; con el Muelle atestado de curiosos: y se
regateaba una onza, sacada de la entraña misma del tesoro de los contendientes;
y los mareantes de Abajo eran vanidosos porque eran muchos, comparados con los
de Arriba... En fin, que particularmente para éstos, el suceso venía a ser una
verdadera cuestión internacional; y por tanto, no es de extrañar que anduvieran
interesados en ella hasta los gatos y los perros de la calle Alta.
Con este motivo, la bodega de tío Mechelín se
vio por las noches más concurrida que de ordinario; pues como no le gustaba ni
le sentaba bien salir a la taberna, donde se hablaba mucho del caso, los
camaradas que le querían de veras, y no eran pocos, iban de vez en cuando a
remozarle los ánimos con los dichos de la taberna, o a pedirle su autorizado
parecer, siempre que se necesitaba.
Todo esto contrariaba grandemente a Andrés,
porque le alejaba de aquellos sitios en la ocasión en que más sentía la
necesidad de frecuentarlos hasta conseguir siquiera un cuarto de hora de
libertad para advertir a Silda, tan celosa de su honra cuando se trataba de él,
lo expuesta que la tenía en boca del salvaje Muergo. En esto no faltaba a la
palabra empeñada, porque cuando la empeñó no contaba con lo que oyó después a
aquel animal. Y aunque en opinión de Silda faltara, ¿qué? Si le estaba
engañando, tonto fuera él en guardarla tan inmerecidas consideraciones; si
Muergo mentía, hasta deber de conciencia era advertírselo a ella. Pero aquel ir
y venir de gentes extrañas, con lo que ya se había dicho de él por sus visitas
a la bodega... y la actitud de su padre, tan distinta de las de otras veces; lo
que le advertía, lo que le vigilaba...; las amenazas de Luisa, que podían
cumplirse a la hora menos pensada...; y entre tantas contrariedades, espoleado
a la vez por los ímpetus de su carácter impaciente y fogoso, discurría las
cosas más absurdas, llegaba a veces con sus proyectos a las lejanías más
peligrosas. Y era lo peor que ni siquiera se asombraba de ello. Todo se sabía:
pensamientos apretados en la mollera de Andrés, resolución descabellada.
En cambio, Cleto se congratulaba, a su modo,
en aquel inusitado crecimiento de tertulianos en la bodega, porque así pasaba
él más inadvertido en ella. Entraba como uno de tantos, y Sotileza no tenía
pretexto siquiera para tacharle de porfiado. Observar sin que le observaran;
ver sin ser visto, como quien dice. Esto se lograba allí a la sazón y esto le
convenía desde que pae Polinar le había dicho que tenía de su parte la voluntad
de los dos viejos. ¡Qué bien le supo la noticia! Con lo que él le había dicho a
Sotileza y lo que ellos la añadirían, su negocio podía llegar a arreglarse a la
hora menos pensada. Entretanto, mucho ojo y mucha prudencia. Y así se conducía,
con el pechazo repleto de esperanzas.
Muergo volvió a la bodega dos noches después
de aquel su altercado con Andrés. Con el clavo que este lance le dejó adentro,
la cuestión pendiente entre ambos Cabildos y media juma de aguardiente
que llevaba, armó en la tertulia un alboroto, y su tío le prohibió volver a
poner allí los pies mientras duraran aquellas excepcionales circunstancias, por
obra de las cuales andaban los ánimos muy vidriosos en uno y en otro Cabildo.
El de Arriba preguntó al de Abajo, que era el
retador, hasta dónde quería el regateo, y desde dónde: él a todo se allanaba.
Respondió el de Abajo que hasta la Peña de los
Ratones, desde la escalerilla de los Bolados,según costumbre.
En aquel mismo día comenzaron los preparativos
Arriba y Abajo. Por de pronto, rasca que rasca los pantoques* y branques* de
las lanchas, hasta dejarlos más lisos que la misma seda; y después, afirma
bancos, bozas y toletes, y luego carena por lo fino, hasta que no pase una gota
de agua; y venga alquitrán que cubra y no pese; y pinta los costados, y dale,
por último, sebo a los pantoques, o jabón, si se teme que el sebo se agarre
demasiado.
La lancha de Arriba se pintó de blanco con
cinta roja; la de Abajo, de azul con cinta blanca. Cleto y Colo formaban parte
de la tripulación escogida para la primera; Cole y Guarín, de la segunda.
Muergo se quedó sin plaza, porque no era de fiar en lance tan delicado, no por
falta de empuje, sino por su brutal informalidad. Sintió a su modo el desaire;
pero se consoló pensando en que ese día estrenaba vestido, con zapatos y todo,
y con el propósito de dar un tiento al palo ensebado, después del regateo.
Y así fue llegando el 30 de agosto, con
regocijo de tantas gentes, y trasudores del padre Apolinar, que apenas pegó los
ojos en toda la última semana, empeñado en meter en la memoria todo lo que
había borrajeado durante tres meses cumplidos.
Al amanecer, ya estaba Muergo en la Rampa
Larga refregándose la cabezona y las patazas con el agua del mar. Después,
dejando que éstas se fueran secando por sí solas, mientras iba de vuelta a su
casa para ponerse el vestido nuevo, pasábase el gorro por la cara y se peinaba
la greña con los dedos.
Una hora más tarde, cumpliendo regocijadísimo
los deseos y el encargo de Sotileza, subía hacia la calle Alta, reventando en
su atavío flamante y resbalándose a cada paso en las aceras, porque no se
amañaba con aquellos zapatos de suela algo convexa y muy bruñida, que acababa
de estrenar.
Increíble parecía a los que le miraban el
relieve que adquiría su fealdad envuelta en paño fino y en camisa limpia. ¡Qué
relucir de pellejo!; ¡qué caer de melena por debajo de la ancha gorra con borla
de cordoncillo!; ¡qué arqueo de brazos!; ¡qué sonreír de gusto!..., y ¡qué andares
aquéllos!
Sotileza se santiguó tres veces en cuanto le
tuvo delante, y juntó después las manos y abrió mucho los ojos, como si se
asombrara de que pudieran llegar a tal extremo las humoradas de la naturaleza.
-Aguántate así, Muergo -le dijo entusiasmada -
. Deja que te arrepare un poco desde lejos. ¡Bendito sea el Señor!
-¿Te gusto, puño? -exclamó el otro, parándose
esparrancado en mitad de la salita - . ¿Te paizco bien con esta empavesá? ¡Ju,
ju!... ¿Ónde está mi tío?
-Están a misa los dos... No te marches hasta
que vuelvan... Quiero que te vean así.
-¡Ni falta que hacen, puño!... Pa que me
güelvan a echar... Por ti vine yo, Sotileza..., porque te lo ofrecí; y, más a
más, tengo que decirte una cosa que me jurga mucho acá entro, ¡puño!
-Pues mira -respondió la moza en ademán
resuelto - , si llegas a hablarme de cosa que yo no te pregunte, te planto en
metá de la calle y no vuelves a entrar aquí. ¿Lo oyes bien?
-¡Puño!
¿También tú?... Pero si tengo un pensar, ¿qué mal hay en echarle juera?
-Cuando venga el caso.
-Es que agora viene, ¡puño!
-¡Te digo que no..., y no seas burro!...
¡Madre de Dios!, ¡qué arte de vestirse!... ¡Ven acá, animal!
Muergo
avanzó dos pasos hacia Sotileza. Ésta, después de mirarle de arriba abajo, le deshizo
el nudo mal hecho de la corbata de seda negra, volvió a hacerle como era
debido; estiró los fuelles de la pechera de la camisa y arregló sobre ella las
largas puntas colgantes del pañuelo de marga de seda. Muergo le dejaba
hacer, sin atreverse a respirar siquiera. Sentía en el pecho la impresión de
aquellos dulces manoseos, y temblaba de pies a cabeza.
-¡Qué bardal de pelos! -exclamó la moza
después que acabó con la corbata - . ¿Por qué no te han esquilado un poco,
arlotón? ¿No hay siquiera un peine en todo el Cabildo de Abajo?
Y en esto le arrancó la gorra de la cabeza, y
comenzó a encresparle la melena con los dedos.
-¡Virgen María, si esto es un monte cerrao!
Espera que le arregle un poco antes de meter el peine.
Y al mismo tiempo que esto decía, Sotileza
hundía las manos en la espesura.
Muergo lanzaba de su pecho rugidos sordos, y
Sotileza, lejos de amedrentarse con ellos, tira de aquí y desbroza de allá,
cuanto más roncaba él, con mayor ansia hundía ella sus dedos en la escabrosidad.
De pronto lanzó Muergo un verdadero bramido.
-¿Te duele? -preguntó Sotileza sin cejar en su
empeño.
-¡No, puño! -contestó el bárbaro, bajando más
la cabeza - . ¡Jálame más..., más!..., ¡que me gusta mucho!... ¡Más juerte,
Sotileza!; ¡puño!... Así, así... ¡Jala más!..., ¡más entodía!... ¡Ayyy!...
Sotileza dio entonces un salto hacia atrás,
porque sintió las manazas de Muergo alrededor de su talle.
-¡Eso no! -le gritó al mismo tiempo.
-¡Eso sí, puño! -bramó el monstruo - . ¿Pos
qué te pensabas?...
Y avanzó hacia ella, trémulo y erizado,
indómito, espantoso.
En el rincón de la salita había una vara con
que tía Sidora había sacudido la lana de su colchón unos días antes. Sotileza
se abalanzó a ella; y antes que Muergo llegara a tocarle en el pelo de la ropa,
ya tenía encima de su alma dos varazos que le arrancaron sendas blasfemias.
Muergo se detuvo allí, pero rugiendo y anheloso. Sotileza le sacudió otro par
de verdascazos.
-¡Atrás!..., ¡más atrás!... -le gritó al mismo
tiempo, fiera y resuelta.
Muergo retrocedió tres pasos.
-¡Más atrás! -insistió Sotileza esgrimiendo la
vara - . ¡Allí..., contra la paré!...
Y sólo cuando Muergo arrimó a ella las
espaldas, dejó Sotileza su actitud amenazante. Muergo jadeaba, y Sotileza poco
menos. Ésta le habló entonces así, como si quisiera clavarle al muro con sus
palabras:
-Ése es tu lugar, y éste el mío. ¿Lo entiendes
bien? Pues el día en que vuelvas, a quivocarte, será la última vez que te mire
a la cara. ¿Te conformas?
-¡Sí, puño! -respondió el otro, como bramaría
una fiera acurrucada en el rincón de la jaula.
-Toma ahora la gorra -díjole entonces Sotileza
con gran serenidad, después de haberla alzado del suelo.
Muergo alargó la mano.
-Amáñate primero un poco los pelos -le
advirtió la resuelta moza, sacudiendo entretanto muy cariñosamente el polvo de
la gorra.
Muergo obedeció sin chistar.
-Baja ahora la cabeza.
Muergo obedeció también. Entonces Sotileza,
con sus propias manos, le puso la gorra como debía ponerse.
-No la toques -le dijo después de enderezarse
el otro, en cuyo pecho se oían zumbidos, como de lejanas rompientes - . ¿Estás
contento?
-Pos mírame tú como otras veces -respondió
Muergo - . ¡Así..., así!... ¡Ay, puño, qué salú da eso!
Sotileza se echó a reír, y en seguida dijo:
-Cuéntame ahora lo que tenías que contarme.
Muergo, despertando con estas palabras del
estupor en que le había hundido la reciente escena, se disponía a referir a Sotileza
el encuentro que tuvo con Andrés en las inmediaciones de la Zanguina; pero
entraron en la bodega tía Sidora y su marido, que volvían de misa, y el relato
quedó sin hacerse.
-¡Alabado sea el Santísimo Nombre de Dios!
-exclamó la marinera contemplando a su sobrino - . ¡En los días de su vida
discurrió el mesmo Satanás estampa como la que tienes hoy!
-¡Vaya, que paeces un gabarrón empavesao!
-añadió tío Mechelín haciéndose cruces.
Con esto y lo que le había pasado poco antes,
acabósele la paciencia a Muergo; el cual, con dos reniegos y una interjección
brutal por toda despedida, largóse de allí resuelto a no parar hasta Miranda,
en cuya ermita ondeaba, desde el amanecer, la bandera del Cabildo de San Martín
de Abajo, y clamoreaba el sonoro esquilón, recreándose en todo ello los ojos y
los oídos de los devotos mareantes que, paso a paso, iban acercándose allá por
los atajos del breve y hondo valle intermedio.
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