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El
Sardinero, en cuyas soledades se alzó en breves días un edificio, uno solo,
destinado a fonda y hospedería, había vuelto a quedarse desierto y abandonado
de todos, por obra de un lamentable suceso ocurrido en sus playas. Pasaban
veranos y solamente algún entoldado carro del país, que servía de vehículo y de
tienda de campaña a tal o cual necesitado de los tónicos vapuleos de las olas,
se veía por allí de tarde en cuando; los bailes campestres, tan afamados
después acá, andaban a la sazón a salto de romería, y ni siquiera cuajaban en
todas ellas; comenzaba a no ser de mal tono entre las
familias pudientes lo que en las mismas ha llegado a vicio de veranear en la
aldea; un viaje a Madrid era empresa de tres días, y se contaban por los dedos
los santanderinos que conocían de vista la capital de Francia; nos visitaban
durante media semana los distinguidos herpéticos de Ontaneda, o lo menos vulgar
entre los reumáticos de las Caldas o de Viesgo, al fin de sus temporadas, amén
de unas cuantas familias «del interior» que por inexcusable necesidad venían a
remojar sus lamparones en las playas de San Martín; y por lo tocante a la gente
menuda, que no tenía vapores al Astillero, ni trenes a Boo, ni tranvías
urbanos, ni sociedades de baile por lo fino, ni otras recreaciones que tanto
abundan ahora; ni estaban absorbidos los pensamientos de los unos por los
arduos problemas sociales, ni se desvelaban las otras con los cuidados de
remendar en usos y atavío a las señoras de copete, merendaba en el Verdoso oen
Pronillo, o triscaba tan guapamente en el Reganche o en los prados de San
Roque, con variantes de paseo en los mercados del Muelle, cuando el tiempo no
permitía lucir al aire libre los trapillos domingueros.
Quiero decir con todo esto y lo que me callo,
por no repetir lo que bien dicho tengo en no sé cuántos libros y ocasiones, que
si entre los mareantes de acá, el suceso de una regata, en los tiempos a que
voy refiriéndome causaba todavía las apuntadas impresiones, en la población
terrestre también despertaba no poco interés, particularmente si, como
acontecía en este caso, era muy señalado el día, y la salsilla agregada por el
Municipio daba al espectáculo cierta apariencia de fiesta marítima. Cada
Cabildo tenía sus partidarios en la ciudad; y en lides de aquella naturaleza, bien
recio demostraba sus inclinaciones cada partidario.
Ello fue que, aunque había romería en los
prados de Miranda, y el sol calentaba bien, a las dos de la tarde ya estaba a
pie firme la primera hilada de curiosos sobre la misma arista del Muelle, desde
el Merlón inclusive, hasta cerca de la Capitanía del Puerto. Poco después se
formó la segunda fila; y en seguida la tercera, y la cuarta, y la quinta,
siempre empujando las de atrás a las precedentes y culebreando, entre todos,
los muchachos, y nunca perdiendo su aplomo la primera, ni zambulléndose en la
bahía un espectador. Cómo se obra este milagro, nadie lo sabe; pero el milagro
es aquí un hecho a cada instante.
Detrás de las cortinas tendidas sobre las
barandas de los balcones, comenzaban ya las damas a colocarse en apretados
racimos, dando la preferencia las de casa a las invitadas de fuera. En el
fondo, rostros barbudos. Después iban desapareciendo poco a poco las cortinas,
y aparecían, en su lugar, sombrillas y paraguas de todos los imaginables
colores; con lo cual, cada balcón ofrecía el aspecto de una maceta enorme con
flores colosales.
En el Muelle, entre la última fila de curiosos
y las casas, buscando agujeros o rendijas por donde colarse, la atolondrada
familia del boticario de Villalón; explicando el intríngulis de la regata, que
jamás habían visto, a sus respectivas y emperifolladas esposas, el castizo
hatinero de Medina del Campo, o el reseco magistrado de Valladolid; risoteando
con su novio la repullada sirvienta, y contoneándose los almibarados pollos, no
tan encanijados como la crema de ahora, mientras lanzan pedazos de
corazón a los balcones, con flechas de miradas mortecinas. De tarde en cuando,
cohetes al aire desde el Círculo de recreo y trasera de la Capitanía.
De pronto, la música de la caridad resonando a
lo lejos; después más cerca, y luego más cerca todavía... hasta que los menos
torpes de oído pueden notar que vienen tocando un pasodoble, con bríos muy
intermitentes. Las masas se revuelven hacia la escalerilla de los Bolados,a
poca distancia del Merlón, y por ella bajan los músicos imberbes; y después, de
lancha en lancha, de bote en bote y como Dios y su agilidad les dan a entender,
llegan a encaramarse en el puente de un quechemarín que tiene por bauprés una
percha ensebada: la cucaña del Ayuntamiento. Y vuelta a soplar allí los pobres muchachos... Y más cohetes desde allí
también.
Las
lanchas y los botes que rodean al quechemarín y se prolongan en ancha faja
hacia el norte y hacia el sur, con otras lanchas y otros botes que hay
enfrente, llenos de gente también, forman espaciosa calle, a uno de cuyos
extremos, el de la escalerilla, están fondeadas dos lanchas en una misma línea,
paralela al Muelle; y al opuesto, otra que tiene a proa una bandera con los colores
de la matrícula de Santander, tremolando en un corto listón de pino. Aquella
bandera será la credencial del triunfo, cuando la coja la lancha que primero
vuelva de la Peña de los Ratones, distante de ella tres millas al sur de la
bahía.
Sopla una ligera brisa del Nordeste; y
aprovechándola, voltejean en el fondo de este animado y pintoresco cuadro los
esquifes de lujo con todas sus lonas y perejiles al aire. No faltan el Céfiro,
regido diestramente por Andrés, a quien acompañan sus amigos; pero no Tolín,
que está en el balcón de su casa muy arrimadito a la hija del comerciante don
Silverio Trigueras. A media distancia, entre la lancha de la bandera del premio
y el quechemarín de la percha ensebada, está, en primera fila, la barquía de
Mechelín con toda la gente de la bodega y algunos agregados, los más de ellos
por cuestión de amistad, y los menos para ayudar con el remo al veterano de
Arriba. Pachuca, con su saya nueva, y Sotileza, hecha un espanto de buena moza,
ocupan el lugar preferente; es decir, el centro de la banda que da al callejón
despejado. Por una cruel disposición de la casualidad, la familia de Mocejón,
puerca, regañona y solitaria, está con su roñosa barquía, dos botes más atrás
que la de Mechelín.
De pronto se alza entre las gentes embarcadas
y las de tierra un rumor que apaga los tristes jipidos de la música, y aparece
como una exhalación, por el sur de la Monja, y entre remolinos de espuma, una
lancha blanca con cinta roja, cargada de remeros (ocho por banda), en pelo y
con una ceñida camiseta blanca con rayas horizontales, por todo vestido de
cintura arriba; casi al mismo tiempo, y en rumbo contrario, aparece otra azul
con faja blanca, por delante del Merlón, a rema ligera también y tripulada de
idéntico modo. Ambos van gobernadas a remo por el patrón respectivo, de pie
sobre el panel de popa.
Las dos se cruzan como dos centellas, enfrente
de la escalerilla, entre el alegre vocerío de los tripulantes; y se deslizan y
vuelan, y marcan sus rumbos de gaviotas gallardas curvas de blanca y hervorosa
estela. Cualesquiera de las dos sería capaz de escribir así con la quilla el
nombre de su Cabildo. Después, la rema es despacio: picadas no más con la pala
del remo..., y vuelta a volar en seguida para quedarse pronto con las alas tendidas
al aire, meciéndose al blando vaivén de las aguas removidas. En estas
evoluciones parecen corceles fogosos trabajados por sus jinetes para domar sus
impaciencias antes de entrar en la arena del torneo. Y algo hay de esto en los
hermosos escarceos de las lanchas antes del regateo, puesto que lo hacen los
remeros para ir entrando en calor. ¡Entrar en calor así! ¡Y con la mitad de ello tendría sobrado un
forzudo ganapán para no menearse en cuatro días!
En fin, la marea está en su punto; suena la
música otra vez; bajan a las dos lanchas de respeto, inmediatas a la
escalerilla, personas de ambos pelajes, es decir, el marino y el terrestre;
entran de popa en el callejón las dos lanchas del regateo; atrácase cada una de
ellas a otra de las del Jurado; sujétanlas allí sendos jueces, llamados señores
de tierra,mientras las tripulaciones se ponen en orden y se aperciben a la
liza; hácese la convenida señal... ¡y allá va eso!
La del Cabildo de Arriba, es decir, la blanca,
va por la derecha. A la segunda estropada, está delante de la barquía
de Mechelín; y entonces, entre el crujir de estrobos* y toletes, rechinar de
remos sobre las bozas, el murmullo del torbellino revuelto por las lanchas y el
gritar de los remeros, sobresale la voz de Cleto, que rema a proa, lanzando al
aire estas palabras resonantes:
-¡Por ti, Sotileza!
Y Sotileza le vio tender su fornido tronco
hacia atrás, y, con la fuerza de sus brazos, arquear el grueso remo de palma,
como si fuera un acero toledano.
Nada respondió la rozagante callealtera con
los labios, porque la emoción sentida con el lance le embargaba el uso de la
lengua; y algo hubiera dicho de muy buena gana, ya que no por Cleto solo,
aunque no dejó de estimar su cortesía, por el pedazo de honra cabildera que en el
empeño se jugaba: pero, en cambio, el viejo Mechelín, vuelto al calor de sus
entusiasmos por el fuego de aquellas cosas, agitó la gorra dominguera en el
aire, y gritó con la voz de sus mejores tiempos:
-¡Hurra por ti, valiente..., y por todos los de
allá arriba!
Y las dos lanchas pasan como si misterioso
huracán las impeliera; y rebasan en tres segundos de la bandera de honor, que
las saluda flameando; y las dos estelas se confunden en una sola; y las puntas
de los remos enemigos se tocan algunas veces; y caen y se alzan las palas de
éstos sin cesar, y tan a tiempo, como si un solo brazo las moviera; y los
troncos de los remeros se doblan y se yerguen con ritmo inalterado: de modo que
hombres, remos y lanchas componen, a los ojos deslumbrados del espectador, un
solo cuerpo regido por una sola voluntad.
Y así van alejándose, sin que el ojo más sutil
pueda notar medio palmo de ventaja en ninguna de las dos. En ocasiones tales,
suele decidir el resultado de la lucha una estrategema: algo como zancadilla a
tiempo; una atracada de sorpresa, por ejemplo, cuando no se puede cortar el
rumbo, en buena ley, a la más animosa; pero en este caso se juega limpio y a
cartas descubiertas.
A medio camino, ya se las ve más apartadas
entre sí, ganando espacio a la derecha, porque el descenso de la marea
comenzará pronto, y hay que contar con la deriva que las apartaría del rumbo
conveniente si ahora enfilaran la peña por la proa. Dos minutos después, la
simple vista no puede apreciar la diferencia entre sus colores; y un poco más
allá, son dos bultos descoloridos, casi informes, y apenas se distingue el
aleteo de los remos sino por el centellear del sol en los chorros de líquidos
cristales que al levantarse destilan de sus palas.
Al fin desaparece una lancha detrás del
islote, y en seguida la otra... y vuelven ambas a aparecer por el este del
peñasco, conservando la primera la misma ventaja que al ocultarse las dos. Pero
¿cuál de ellas es la que viene delante? Muchos espectadores dudan: los que
miran con catalejos de atalaya o con gemelos de teatro, sostienen que la
callealtera; y, según sus dictámenes, su ventaja es tal, que tiene ya ganada la
partida sólo con no aflojar la rema, aunque la otra redoble sus esfuerzos.
Poco a poco van tomando forma los dos bultos y
aumentando los tamaños y apreciándose movimientos y colores... Ya pueden los
ojos más inexpertos medir la distancia que separa a las dos lanchas; y cuando
la callealtera está sobre el banco del Bergamín, tiene la azul a más de cable*
y medio por la proa.
Ninguna de ellas ceja, sin embargo, en sus
esfuerzos; en ambas se boga con el mismo coraje que al principio.
Ya que una sola ha de vencer, que se estime
por los maestros los méritos de la menos afortunada.
La callealtera avanza como un rayo, y llega a
la boca del ancho canal; y desde allí, con los remos en banda ya, regida por su
diestro patrón, se atraca a la lancha de la bandera. Arrebátala Cleto de un
tirón, entre los ¡hurras! y el palmoteo de la gente; y sin perder su arrancada,
la vencedora llega hasta la barquía de Mechelín; y allí Cleto, desencajado,
reluciente de sudor, como todos sus camaradas, dice con su recia voz, trémula
por el entusiasmo:
-¡Tórnala tú, Sotileza!... ¡pa que la claves
tú mesma con las tus manucas!
Y con aplauso de todos, compañeros y
circunstantes, entrega la bandera, que en aquel momento era la honra del
Cabildo de Arriba, a la hermosa callealtera, que la amarra con sus propias
manos, como Cleto lo pedía, al pico del tajamar de la lancha triunfadora.
Muchos cohetes en el Círculo de Recreo y en la Capitanía, y muchos trompetazos
y cohetes también en el quechemarín.
Mientras tía Sidora y su marido, locos de
alegría, abrazan a Cleto, y también a Colo, que se arrima allí para recibir los
aplausos de Pachuca entusiasmada, se alza un coro de maldiciones en la barquía
de Mocejón por la «desvergonzada» hazaña de su hijo, y llega hasta cerca de la
boca del canal, para torcer el rumbo en seguida y desaparecer por detrás del Merlón,
la lancha azul del Cabildo de Abajo.
La callealtera había recorrido seis millas en
veinticinco minutos.
Cuando terminó esta primera parte de la
fiesta, ya estaban sobre el puente del quechemarín, en cueros vivos, salvo la
zona cubierta por un pintoresco taparrabos, los contendientes de la cucaña.
Muergo era uno de ellos, y andaba dado a los
demonios porque acababa de presenciar desde allí el episodio de la barquía
cuando más le estaba requemando la derrota de la lancha de su Cabildo. Pensaba
vengarse de Cleto ofreciendo a Sotileza la bandera de la cucaña.
Por verle las gentes asomar al palo, se oyó
una exclamación de asombro avanzar en oleadas desde la muchedumbre del Muelle
hasta la que circundaba al quechemarín. Parecía un bárbaro australiano, o un
salvaje de la Polinesia.
A los dos pasos sobre la percha, se le fueron
los pies; perdió el equilibrio, y cayó al agua dando tumbos y pernadas en el
aire. Entonces se le tuvo por algo así como un chimpancé, derribado por una
bala desde la copa de un árbol de los bosques vírgenes del África. Resoplando
en el agua verdosa, buceando y revolviéndose en ella como si fuera su natural
elemento, un ballenato pintiparado. A todo se parecía menos a un hombre de raza
europea. Y como él tomaba el bureo por aplausos a sus donaires, en cada
tentativa de asalto a la cucaña hacía mayores barbaridades.
Desde las primeras, estaba Sotileza con
grandes deseos de marcharse de allí; y como a tía Sidora le pasaba lo mismo y a
tío Mechelín no le divertía gran cosa, armáronse los remos de la barquía, y
fuese ésta poquito a poco hacia la calle Alta.
El lector y yo nos apartaremos también de
aquel espectáculo que, con Muergo y sin ellos, cansa muy pronto a los más
pacientes espectadores.
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