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¡Si tuvo resonancia el caso! ¡Cómo no había de
tenerla con aquel aparato, a aquellas horas, siendo Andrés quien era, y su
cómplice tan afamada en el barrio, y aun fuera del barrio, y la ciudad tan
pequeña todavía! Se supo todo, todo, y muchísimo más; porque la imaginación del
vulgo es fecundísima en supuestos, y la frescura de las gentes imperturbable en
acreditarlos con grandes visos de verdad; y se dijo... ¿quién es capaz de saber
lo que se dijo, y cómo fue rodando la bola de nieve, y creciendo, creciendo,
hasta que pudieron verla los más ciegos y percibir los más sordos sus crujidos?
Don Pedro Colindres frecuentaba muchos centros
cuya miga era el tufillo alquitranado. Allí toda la concurrencia de tertulianos
era de gentes de su profesión; y entre estas gentes andaba, con más calor que
entre otras, rodando lo cierto y lo imaginado sobre el fresquísimo suceso de la
calle Alta. Nadie fue tan imprudente que relatara la historia con pelos y
señales al padre del protagonista de ella; pero el capitán, con los
desperdicios de tantas conversaciones sobre el mismo tema, cortadas de pronto
al acercarse él a los relatantes, fue poco a poco acumulando recelos que, con
los precedentes que ya tenía, imbuidos por su mujer, llegaron a producirle muy
serias inquietudes. La capitana las tuvo insoportables antes que él; porque las
amigas que se le acercaron, recién atiborradas de aquellas noticias, fueron
menos prudentes que los amigos del capitán, y dejáronla, con el escozor de las
presunciones, a dos dedos de la verdad. Lo poco que faltaba hasta dar con ella
lo llevaba escrito Andrés en su azoramiento nervioso, en su aire distraído, en
su desazón alarmante.
Cuando, apenas cerrada la noche, entró en casa
en este mismo estado en que, con extrañeza, le habían visto a la hora de
sentarse a la mesa, le llamó su padre al gabinete donde acababa de tener una
larga conferencia con su mujer. Andrés acudió al llamamiento sin intentar
siquiera el disimulo del martirio moral en que se hallaba. Entró, pues, en el
gabinete como entra un reo animoso en la capilla: con la agonía en su espíritu;
pero no indócil ni desesperado.
Don Pedro Colindres, al verle así, notó que se
trocaba su indignación en honda pena, y le dijo:
-En buena justicia, no podrás tenerme, Andrés,
por padre duro de entrañas; no podrás decir que te he esclavizado a mis
caprichos de hombre intratable; que no te he dado toda la libertad que me has
pedido; que no he puesto de mi parte todo cuanto me ha sido posible para ganar
tu sumisión con el cariño, y no con durezas; porque no he querido en ti el
temor, sino el respeto, y, en todo lo que fuera compatible con el que me debes,
la confianza.
-Es la pura verdad -respondió Andrés.
-Pues en testimonio de que así lo crees y de
que no eres desagradecido, vas a declarar aquí mismo, ahora mismo, lo que te pasa,
lo que te ha pasado esta mañana.
Andrés sintió su cuerpo bañado en un sudor
frío y mortal, faltáronle las fuerzas con que había contado, y se dejó caer en
una silla junto a la cual estaba de pie. Alarmóse su madre al verle tan pálido,
y se lanzó a él de un brinco desde el sofá en que se hallaba sentada. El
capitán se acercó también, pero no alarmado, porque conocía mejor que su mujer
la causa del desfallecimiento de su hijo.
-¿Qué te sucede, Andrés?..., ¡hijo mío!
-exclamaba la capitana cogiéndole la cabeza entre sus manos.
-Nada -respondió Andrés, enderezándose y
queriendo sonreír con un gran esfuerzo de su voluntad.
-Pues claro que no es nada -observó don Pedro
para tranquilizar a su mujer.
Después, encorvando su cuerpo hasta
interponerse entre ella y su hijo, habló a éste así, dulcificando cuanto pudo
la natural rudeza de su acento:
-Bien conozco que es duro el trance en que te
pongo con mi exigencia; pero, ¡qué demonio!, temporales más fuertes corremos
los hombres, con el ánimo encogido, eso sí, pero con la cara serena... Ya ves, hay que dar ejemplo... Conque
un poco de voluntad, y pecho al agua, hijo... ¿Tienes algún reparo en hablar
delante de tu madre... de ciertas cosas que habrá de por medio?... ¿Quieres que
se marche de aquí?... ¿Tienes más confianza con ella y quieres que me marche
yo?... Con franqueza, hombre, ¡lo que tú quieras!..., ¡lo que quieras hijo, con
tal de que nos saques luego de estas ansias que nos ahogan!...
-No quiero que se marche nadie -respondió
Andrés - , porque nada de lo que tengo que decir es para afrentarme con ello
por lo que fue en sí, aunque, por el modo de ser, se lo haya parecido a
algunos.
-Pues ya te estamos oyendo -dijo el capitán -
. Conque, habla; pero sin ocultarnos ni una pizca de la verdad.
Aquí comenzó Andrés a relatar el caso con la
mayor exactitud, y hasta con exornaciones de su cosecha, para darle más
colorido de interés, con el sano fin de que resaltara, en el mayor bulto
posible, la iniquidad de las hembras de Mocejón.
La capitana se tapaba los ojos con las manos
al describir su hijo los alaridos de las reñidoras y la avidez de los curiosos
mientras él estaba encerrado en la bodega, y cuando salió hasta el portal
detrás de Sotileza, hecha una tempestad, y más tarde se lanzó a la calle viendo
centellas sus ojos y pisando lumbre sus pies.
-¡Qué vergüenza, Virgen Santísima, para ti...
y para todos nosotros, Andrés! -exclamó la capitana al acabar su hijo el
relato.
El capitán lanzó un taco embreado, aunque a
media vela; y mirando con duro ceño a su hijo, le habló así:
-No está mal hecha la historia; y lo digo
porque, con sólo oírtela, hubiera jurado yo que se me iba pintando de almagre
toda la cara. Pero falta lo más interesante de ella, y espero que nos lo
cuentes con la misma exactitud con que nos has contado lo demás.
-Pues no queda nada por referir -dijo Andrés
con bien poca sinceridad.
-¡Vaya si queda! -exclamó su padre - . Ahora
tienes que decirnos a qué ibas tú a la bodega esa de la calle Alta.
-Pues iba -respondió Andrés muy vacilante y
desconcertado- a recoger unos aparejos que...
-¡Mentira, Andrés, mentira!... -le interrumpió
su padre con voz y ademanes muy airados - . Por eso sólo, que pudo hacerse a
otra hora cualquiera del día o de la noche, no faltas tú, como faltaste esta
mañana, a tus deberes en el escritorio. ¡Confiésanos la verdad, Andrés!
-Ya la he confesado.
-¡Te repito que mientes!
-Pero ¿qué quieren ustedes que les diga yo? -preguntó
Andrés con un acento en que se confundían la contrariedad, harto manifiesta, y
el enojo muy mal disimulado.
-La verdad, nada más que la verdad -insistió
su padre - . ¿Qué intenciones te llevaban a esa casa a tales horas?
-Las que me han llevado tantísimas veces
-respondió Andrés de mala gana.
-Me lo voy sospechando -dijo con voz terrible
el capitán - . Pero, cuando menos, en esas otras veces había en la casa alguien
más que esa mujer; tú no faltabas a tus deberes..., te podía disculpar la
fuerza de tus aficiones... Ahora no hay nada que te disculpe, Andrés, nada;
nada de cuanto el suceso arroja de sí: todo ello te condena... Y si te callas,
¿qué es lo que debemos creer?...
Andrés permaneció unos instantes con la cabeza
inclinada, la mirada indecisa y retorciéndose, con mano nerviosa, una de las
guías de su bigote. Después se alzó de la silla y comenzó a dar cortos y
agitados paseos por el gabinete. Estando así, su madre no apartaba de él los
ojos anhelantes, y el capitán insistió en su pregunta:
-¿Qué es lo que debemos creer, Andrés?
Este, acosado de nuevo en un callejón sin
salida, respondió seca y brutalmente.
-Lo que a ustedes les parezca.
-¿Lo ves, Pedro, lo ves? ¿Ves cómo salió lo
que yo me temía? -exclamó al punto la capitana - . ¡Ya han dado sus frutos aquellas malas
compañías! ¡Ya nos lo echaron a perder! ¡Dime ahora que veo visiones y
que soy una madre impertinente!
-¡Déjame en paz con doscientos mil demonios,
Andrea, que éste no es momento de ventilar esas cosas! -replicó a su mujer el
capitán, con voz huracanada; y en seguida, volviéndose hacia Andrés, le dijo
temblando de ira-: La única respuesta que cuadraba a eso que acabas de decirme,
era un bofetón que te dejara sin muelas en la boca, ¡mentecato! Pero todo se
andará, si en que se ande te empeñas. Yo te lo aseguro... ¿Qué es lo que buscas
con esas respuestas, después de lo que te ha sucedido? ¿Quieres matar,
pisoteando el cariño de tus padres, el bochorno que te da el acordarte de lo
que has hecho, o tratas de engañarnos con la misma verdad? Pues entiende que yo
te cojo por la palabra y que creo lo que me parece, y que esto a mí me parece
es lo peor de lo que yo puedo creer. ¿Lo entiendes bien?
-Sí, señor -respondió Andrés, insensible y sombrío.
-Corriente
-añadió su padre, apretando los puños y mordiéndose los labios de ira - . Pues
ahora nos queda otro punto que ventilar aquí, y de mayor importancia que todos
los demás.
La pobre Andrea no cesaba un punto de pasear
su mirada angustiada de la cara de su marido a la cara de Andrés.
-En el lance de esta mañana no has sido tú
solo el corrido de vergüenza, ni el único que está dando pábulo a las zumbas de
todo aquel barrio y de media ciudad. Considerando eso..., porque tú lo habrás
considerado bien, ¿qué ideas te pasan ahora por la cabeza?; ¿con qué aparejo
piensas dar la proa al temporal?
-Con el que sea necesario -respondió sin
vacilaciones Andrés.
-¡Eso no es responder bastante!
-Pues yo no puedo responder más.
-¡No pongas a prueba mi paciencia, Andrés!
-¡Pues tenga usted algo de caridad conmigo!
Andrea miró entonces a su marido con una
expresión en que iban bien recomendados los deseos de Andrés.
-¡Caridad! -respondió el capitán sin hacer
gran caso de las miradas de su mujer - . ¿Pues la tienes tú con tu padre? ¿No
presumes que cada respuesta de las tuyas es una puñalada para nosotros?... ¡Y
no te dejaré ya de la mano, no, aunque pongas el grito en el cielo; porque
mucho más me duelen a mí los golpes de las palabras tuyas! Con ellas me has
demostrado que mi pregunta te ha llegado a lo vivo, y a dar en lo vivo tiraba
yo, Andrés. Y eso vivo es muy grave; y se conoce en lo que tiemblas y por lo
que te callas, más que por lo que dices... ¡Habla, hijo; pero por derecho y
claro, sin embustes ni rodeos! Tu madre y yo tenemos que conocer la extensión
de esas aventuras, el rumbo de tus intenciones. ¡Mira que tememos que sean muy
malas; porque, si fueran buenas, ya nos lo hubieras dicho!
Decirle a Andrés que eran muy malas sus
intenciones en el supuesto de que se enderezaran a lavar las manchas arrojadas
por él mismo en el honor de Sotileza, era sacar de quicio al fogoso muchacho.
No cruzaba por sus mientes, maduro y sazonado por lo menos, el pensamiento que
su padre se temía; y no cruzaba así, porque la misma Sotileza se le había
desdeñado al conocerle en momentos bien críticos para la pobre muchacha. Pero
¿por qué, en el supuesto de que existiera, se le maltrataba de tal modo? ¿Por
qué el honor de la huérfana de Mules, capaz de aquel noble desinterés, no había
de ser tan digno de respeto como el de la más empingorotada señorona?
Y estas consideraciones, hechas en un instante
por Andrés, desconcertáronle en tales términos, que las dio traducidas en las
palabras que dijo para responder a los mandatos y advertencias de su padre.
La capitana tuvo que interponerse entre su
marido y Andrés para evitar que el primero cumpliera la amenaza que había hecho
antes al segundo.
No era don Pedro Colindres hombre capaz de
tener en poco la honra ajena sólo por verla en hábitos humildes; pero la
respuesta de Andrés, por lo descosida, por lo irrespetuosa, por lo desatinada,
en fin, le había hecho creer que sólo se trataba allí de un antojillo pueril,
de una muchacha peligrosa, de una llamarada de pasión que era preciso apagar a
todo trance y sin pérdida de un solo momento. Y por si la sospecha no llevaba
bastante peso por sí sola, la reforzó la capitana, que se había quedado atónita
con las declaraciones de su hijo, con estas palabras que salieron vibrantes de
su boca:
-Y después de oír esto, Pedro, ¿no caes en la
cuenta de lo demás? ¿No se ve bien claro que lo del encierro en la bodega y lo
del escándalo en la calle no ha sido otra cosa que un amaño de esa pícara para
atrapar a este inocente?
-¡Es falso ese supuesto! -respondió iracundo
el fogoso mozo, olvidado del respeto que debía a su madre, por la gran
injusticia que se cometía con la honrada callealtera.
-¡Hasta eso, Andrés, hasta eso! -increpóle su
padre lanzando rayos por los ojos - . ¡Hasta el cariño y el respeto a tu madre
pisoteas por salirte con la tuya! ¡Hasta ese extremo te han corrompido el
corazón! ¡Hasta ese punto te han cegado los ojos!
-¡Yo no pisoteo esas cosas, padre! -respondió
medio sofocado Andrés - . Pero no soy una peña dura, y me duelen mucho ciertos
golpes. ¡Que no me los den!
-Y los que tú nos estás dando a nosotros
ahora, hijo del alma, ¿piensas que no duelen? -díjole su madre con el llanto en
los ojos.
-¡Bah! -exclamó don Pedro Colindres con feroz
ironía - . ¿Qué importan esos golpes? Yo ya soy casco arrumbado; tú, caminando
vas a ello... Días antes, días
después, ¿qué más da?... Y con nosotros bien cumplido tiene. Lo que
ahora importa es que él no pase una mala desazón, y que no pierda sueño la
señora marquesa del pingajo... ¡Ira de Dios!... Esto no se puede sufrir, y yo
no contaba con ello..., porque ni tu madre ni yo lo merecemos, Andrés,
¡ingrato!, ¡mal hijo!
-¡Señor! -murmuró roncamente Andrés, sofocado
bajo el efecto de estas palabras que caían en su corazón como gotas de plomo
derretido.
-Pedro, ¡por el amor de Dios!, cálmate un poco
-díjole la capitana llorando - , que él hablará y nos dirá lo que queremos. ¿No
es verdad, Andrés, que vas a decir... lo que debe decirse..., porque tú no has
dicho nada con serenidad hasta ahora?
-Tras de lo que nos ha confesado -interrumpió
el capitán sin dar tregua a sus iras - , nada puede decirme que no sea una
nueva insensatez, o una mentira que yo no he de tragarle...
-Ya usted lo oyó -dijo Andrés a su madre - ,
estoy de más aquí; porque si se me pregunta, yo no he de dejar de responder
conforme a lo que siento.
-Pues por eso -saltó el capitán, llegando a
los últimos límites de su exasperación - , porque conozco la mala calidad de lo
que sientes, no quiero oírte una palabra más; por eso estás aquí de sobra; por
eso quiero que te me quites de delante... y que no vuelva a verte yo enfrente
de mí mientras no vengas pensando de otro modo... ¿Lo entiendes?, ¡mentecato!,
¡desagradecido!
-No lo olvidaré -contestó Andrés con sequedad.
Y salió del gabinete apresuradamente.
Don Pedro Colindres se quedó en él dando
vueltas de un lado para otro, como tigre en su jaula. La capitana le seguía en
sus desconcertados movimientos, con los ojos llenos de lágrimas, y algunas
reflexiones entre los labios, que no llegaron a salir de ellos. Así pasó un
buen rato. De pronto dijo el capitán, sin dejar de moverse:
-Dame el sombrero, Andrea.
-¿Adónde quieres ir?
-A la calle Alta ahora mismo. Es necesario
estudiar ese punto sobre el terreno, y no desperdiciar instante ni noticia para
conjurar el mal, cueste lo que cueste.
A la capitana le pareció bien la idea; casi
tanto como otra que se le había puesto a ella entre cejas desde las primeras
respuestas de Andrés.
No había llegado al portal don Pedro
Colindres, cuando su mujer estaba ya poniéndose la mantilla apresuradamente.
Minutos después iba caminando hacia casa de don Venancio Liencres.
Andrés había salido a la calle rato hacía.
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