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En
poquísimas horas, ¡cómo había cambiado de aspecto el interior de la bodega de
tío Mechelín! ¡Qué cuadro tan triste el que ofrecía mientras don Pedro
Colindres enderezaba sus pasos hacia ella! Silda, desfallecida, cansada de
llorar y sin lágrimas ya en sus ojos enrojecidos, sentada en un taburete,
apoyaba su hermoso busto contra la cómoda por el palo frontero al dormitorio,
cuyas cortinillas estaban recogidas hacia los respectivos extremos de la barra.
No daba otras señales de vida que algún entrecortado suspiro que quería
devorar, y no podía, en el fondo mismo de su pecho, y las miradas tristes que
de vez en cuando dirigía al lecho de la alcoba sobre el cual yacía vestido el
viejo marinero. Tía Sidora, sentada a media distancia entre los dos, padeciendo
por las penas de ellos tanto como por las suyas propias, sólo dejaba de
consolar a Sotileza para acudir con sus palabras, de mal forjados alientos, a
levantar los abatidos ánimos de su marido. Y, entretanto, ¡cómo se le
deslizaban gota a gota primero, y después hilo a hilo, las lágrimas por la
noblota faz abajo!...
Conocíalo Mechelín en el temblar de la voz de
su pobre compañera, porque la luz del candil no daba para tanto; y queriendo
pagarla sus esfuerzos con algo que se los evitara, decía desde su lecho, con el
ritmo triste de los agonizantes:
-¡Cosa de na, mujer; cosa de na!... Sólo que
anda uno tan apurao de casco, tan resentío de fondos, que el tocar en una
amayuela le hace una avería en ellos... Hazte tú bien el cargo... Venía uno de
la mar con un poco de risa en el ánimo, porque le duraba a uno entoavía el
acopio de la de ayer... y hasta pensaba uno ir tirando con ello... esta semana
siquiera. Después, Dios
diría... Y remando así, oye uno este decir y el otro en metá de la
calle; y pregunta uno, y va subiendo mucho más...; y entra uno en casa con el
agua a media bodega, y encuentra aquí el sospiro y allá las lágrimas; y acaba
uno de irse a pique sin poderlo remediar... ¡porque no está uno avezao a eso, y
no es uno de peña viva!... Pero güelve el hombre a flote otra vez; y aunque
saque una costilla quebrantá... u la boca muy amarga..., esto pasa; los tiempos
lo curan... de un modo u de otro, y a remar otra vez, Sidora... Y éste es el
caso; porque yo no estoy pior que ayer, aunque a ti te paezca cosa diferente:
estoy un poco desguarnío, motivao a lo que sabéis; me pedía el cuerpo una miaja
de descanso, y he querío dársela. Y no hay más.
-¿Y
te paece poco, Miguel..., te paece poco? -replicábale su mujer.
-Poco, Sidora, poco -tornaba a decir el
marinero - ; y menos me paeciera entoavía, si ese angeluco de Dios no penara
tanto y considerara que no tiene faltas de qué avergonzarse, ni siquiera señal
de culpa en lo que ha pasao.
-Eso la digo, Miguel, eso la digo yo; y a ello
me responde que de qué sirve la verdá si no hay quien la crea.
-¡Dios que la ha visto, hijuca; Dios que la ha
visto! -exclamó entonces Mechelín desde su cama - . Y con ese testigo a tu
favor, ¿qué importa el mundo entero en contra tuya?
-Pos ni ese enemigo tiene, Miguel; porque aquí
ha visto entrar la calle entera a condolerse de su mal y a poner a las
causantes en el punto que merecen... Pero ¡válgame el Santísimo Nombre de
Jesús!..., ¿de qué mal diantres estarán hechas esas almas de Satanás?..., ¿por
qué serán tan negras?..., ¿qué recreo sacarán de causar tantos males a
criaturas que no los merecen? ¿Cómo pueden vivir una hora con una entraña tan corrompía?...
-¡Ésas, ésas! -exclamó Silda entonces,
reanimándose un instante con el aguijón de sus punzantes recuerdos - . ¡Ésas
son las que me han clavao un puñal aquí..., aquí, en metá del corazón!... ¿Y no
habrá justicia que las castigue en el mundo antes que Dios las dé allá lo que
merecen?...
-Tamién se tratará de eso, hijuca; que por
onde cogelas hay, según es cuenta -repuso tía Sidora - . Y si la nuestra mano
no bastara para ese fin, otras habrá de más alcance y bien interesás en ello. Ya
se te ha dicho. Alcuérdate de que no has sido tú sola la ofendía.
-¡Uva, uva! -dijo tío Mechelín.
-Porque me acuerdo de ello se me dobla la pena
-replicó Silda con una intención que estaba muy lejos de conocer tía Sidora y
su marido.
-Verdá es -dijo aquélla- que respective a ese
otro particular, no pudo la mancha haber caído en paño que más estimáramos...
¡Cómo ha de ser, hijuca!..., un mal nunca viene solo... Pero Dios está en los
cielos, y hará que esa persona no se ofenda con los que no están culpaos en su
daño. Él vino por su pie, naide le llamó; y el recao que traía, bien pudo
traerle en ocasión de menos riesgo... ¡Riesgo digo yo! ¿Cómo había de
recelársele tan siquiera ese corazón de oro?... Y tocante a las gentes de su
casa, tamién se pondrán en la razón pa no creer que los pagamos con afrentar
los favores que han sembrao aquí. ¿No te haces tú ese cargo, hijuca?...
Sotileza se mordió los labios y cerró los
ojos, apretando mucho los párpados, como si la atormentaran internas visiones
siniestras. Tío Mechelín lanzó un quejido angustioso y se revolvió en su lecho.
-¿Quieres que te cambie el reparo, Miguel?
-preguntóle tía Sidora, acercándose presurosa a la cabecera de la cama.
-No hay pa qué te canses en ello por ahora
-respondió Mechelín tras un profundo suspiro; y añadió por lo bajo, aproximando
lo más que pudo la cabeza a su mujer-: Trabaja por aliviar la pena a ese
angeluco de Dios, y no te alcuerdes de mí, que con la melecina de este descanso
estoy tan guapamente.
Pero a Silda, aunque los agradecía mucho, la
mortificaban ya los consuelos de aquella especie. ¡Había oído tantos desde el
mediodía! Conociólo tía Sidora; calló y volvió a reinar el silencio en la
bodega.
Así estaba el cuadro cuando se oyeron golpes a
la puerta, que estaba atrancada por dentro. Salió a abrir la marinera, después
de secarse los ojos con el delantal, y se halló frente a frente con don Pedro
Colindres, cuya actitud airada espantó a la pobre mujer. Temiéndose lo más
malo, de buena gana le hubiera pedido un poco de caridad para el desconsuelo y
los dolores de aquella casa; pero no se atrevió a tanto; y don Pedro, tras
brevísimas y secas palabras, entró en la salita precediendo a tía Sidora.
Sotileza, al verle delante, con la sangre helada en sus venas, se levantó
repentinamente; y tío Mechelín, al conocer la voz del capitán, se arrojó de la
cama al suelo. Pero le engañó la voluntad y sólo pudo llegar hasta la puerta de
la alcoba, a cuyo marco se agarró para no desplomarse.
-¿Qué es eso, Miguel? -preguntóle Colindres,
sorprendido con la aparición del pobre marinero, tan pálido, desfallecido y
desencajado.
-Poca cosa, señor don Pedro; poca cosa
-respondió con angustia, aunque tratando de sonreír, el interrogado - . Quería
yo recibirle a usté con los honores que aquí se le deben, y me falló el
aparejo..., vamos, que me equivoqué.
Y como el pobre hombre se desfalleciera más al
hablar así, el mismo capitán le cogió en sus brazos, y, ayudado de las dos
mujeres, le volvió a la cama.
-Ya soy hombre otra vez, señor don Pedro -dijo
Mechelín un momento después de hallarse tendido sobre el lecho - . Está visto
que en dándole al cuerpo esta melecina, no pide cosa mayor... por la presente.
Cuando se volvió el capitán hacia las dos mujeres,
que habían salido de la alcoba, observó que lloraban en silencio. El corazón
del viejo marino, aunque envuelto en corteza ruda, era, como se sabe, blando y
compasivo. No hay, pues, que extrañar que el padre de Andrés, al llegar el
momento de soltar aquellas tempestades que le batían el cerebro al salir de su
casa, no supiera por dónde empezar, ni cómo arreglarse para exponer la razón de
su presencia en medio de aquel triste cuadro.
Al fin, y queriendo mostrarse más entero de lo
que estaba, dijo a las angustiadas mujeres:
-¿Qué mil demonios está pasando aquí?... Vamos
a ver... Porque lo de Miguel no es para tanto moquiteo.
-¡Ay, señor! -respondió la marinera entre
sollozos abogados - , ¡eso, después de lo otro!...
-Y ¿cuál es lo otro, mujer?
-¡Lo otro!... Pos pensaba yo que por ello sólo
venía usté.
-¡Uva! -dijo tío Miguel desde su cama.
Al capitán se le amontonaron en la cabeza
todos los recuerdos de su reciente entrevista con Andrés; y la mala sangre que
las imprudencias de éste le habían hecho, le obligó, retoñando de pronto, a
decir con mucha exaltación:
-Es verdad, Sidora: por ello sólo he venido aquí. ¿Te parece
bastante motivo para el viaje?
-Y sobrao, con más de la mitá, señor
-respondió la pobre mujer acoquinada.
Silda, que no podía tenerse de pie, volvió a
sentarse en el mismo rincón en que la vimos antes.
El capitán, encarándose a ella, la dijo con
cierta sequedad:
-Es preciso que yo sepa, de tu misma boca, lo
que ha pasado aquí esta mañana. ¿Tienes ánimos para referirlo, pero sin quitar
un ápice de la verdad, ni añadir una tilde que la desfigure?
-Sí, señor -respondió con entereza la
interrogada.
-Por supuesto, Miguel -añadió don Pedro
Colindres volviéndose hacia la alcoba - , en el supuesto de que el relato no
sirva de cebo a tus males; porque, aunque el caso apura, no es puñalada de
pícaro. Yo volveré a otra hora...
-No, señor don Pedro -se apresuro a responder
Mechelín - , no hay pa qué molestarle a usté más; porque, apuramente, relate es
ése que hasta me engorda el oírle. Y no se espante de ello; que consiste en
que, cuanto más me repiten el caso, más me voy haciendo a él y menos que daña
acá dentro... Cuenta, cuenta, saleruco de Dios, sin reparo de na, pa que se
entere el señor don Pedro.
-Y bien puede usté creer al venturao -añadió
tía Sidora - ; que, por gusto de él, no se hablara de otra cosa en todo el
santo día de Dios en esta casa.
Con estas manifestaciones y la buena y bien notoria
voluntad de Silda, comenzó ésta a referir el suceso con los mismos pormenores
que le había referido Andrés en su casa.
-Exactamente -dijo el capitán, apenas acabó
Sotileza su relato - . Lo mismo que yo sabía hasta donde tú lo has dejado.
Pero, después acá, ¿qué más ha ocurrido?
-Señor..., yo a punto fijo no lo sé, y no
puedo responderle más.
-A lo que paece, y por lo que cuentan los
vecinos que aquí van entrando -dijo tía Sidora - , el mal enemigo que lo
regolvió dende abajo, se vio a pique de que le arrastraran las gentes por el
moño. Porque antes de que esta venturá saliera de su cárcel, ya ellas habían
contreminao* la calle entera con injurias y maldaes... ¡Si no medran de otra
cosa, señor! Después, la de abajo subió y se encerró en casa con la otra, sin
atreverse a abrir las puertas del balcón, porque habían sembrao muchos
agravios, y, por malas que sean, tenía que pesarles la obra en la concencia...,
siquiera por el miedo... Luego llegaron de la mar el padre y el hijo: aticuenta
que la noche y el día; y rifieren que hubo en la casa una tempestá, porque al
uno, arrimao a las pícaras con la mala entención, too le paecía poco, y al otro
venturao se le partía el corazón y se le caía la cara de vergüenza. Creo que
maltrató a la hermana y estuvo en poco que no le alcanzaran golpes a su madre.
Aquí ha bajao... no sé cuantas veces: de aquella entrá no pasa; y allí se está
arrimao a la pared, con las manos en las faldriqueras, el ojo airao y la greña
caída. No dice jus ni muste, por más que se le anima pa que
vea que no se le cobran a él pecaos de su casta..., y se güelve como entró...
Hay quien dice que se puede hacer bueno, con testigos, lo que esos demonios de
mujeres dijeron y traficaron pa perdición de esta casa; y que no deben quedar tantas
maldaes sin castigo... Y esto es too lo que le podemos decir a usté, señor don
Pedro, por lo que nos cuentan de lo que ha pasao en estas horas que llevamos
arrinconaos en esta soledá tan triste... Tocante al pobre Miguel, ya se puede
usté hacer cargo: es viejo, está muy achacoso; encontróse con esto al llegar a
casa..., ¡él, que había salido de ella hecho unas tarrañuelas!... y cayó
desplomao; vamos, desplomao como una paré vieja... De modo que no es de
asombrarse naide porque a esta desventurá y a mí se nos escape la lágrima de
tarde en cuando. ¡Han visto tan pocas las paredes de esta casa, señor don
Pedro!
No le faltaba mucho a éste para contribuir con
una más a las ya vertidas allí, cuando acabó su relato entre sollozos la
tribulada marinera, porque bien tenía su hijo a quien salir en muchas de sus
corazonadas de carácter; pero sorteó bien el apuro, y resuelto a cumplir su
propósito de examinar bien aquel terreno, ya que estaba sobre él y podía, con
un poco de prudencia hacerlo sin molestar a nadie, continuó sus investigaciones
así:
-No es eso precisamente lo que yo trataba de
averiguar, Sidora, aunque me alegre de saberlo.
-Usté dirá, señor.
-Quería yo que me dijerais qué impresión os ha
causado el suceso...
-Pues bien a la vista está, señor.
-No es eso tampoco..., no he hecho yo la
pregunta bien. ¿Qué propósitos tenéis después de lo ocurrido?; ¿a quién echáis
la culpa?...
-¡La culpa!... ¿A quién se la hemos de echar?
A quien la tiene: a esas pícaras de arriba... Bien claro lo ha dicho tamién
esta desgraciá...
-Ya, ya; ya me he enterado. Pero suele suceder, cuando se
examinan en familia casos como ese de que tratamos, que unos dicen que «si no
hubiera sido por esto, no hubiera acontecido lo otro»; y que «si tú», y que «si
yo», y que «si el de más allá»...; en fin, ya me entiendes. Luego viene el
ajuste de cuenta, digámoslo así, y lo que debe Juan, y lo que debe Pedro...; y
lo que debiera suceder..., y lo que sucederá..., y lo que espera.... y lo que
se teme...
-¡Lo que se espera!..., ¡lo que se teme!
-repetía la pobre mujer mirando de hito en hito al capitán.
-¡Díselo, Sidora, díselo, que ahora es la
ocasión! -voceó desde su cama Mechelín.
-¿Y qué es lo que ha de decirme? -preguntó don
Pedro Colindres, volviéndose con fruncido ceño hasta la alcoba.
-Pus lo que ella sabe y ahora viene al caso
-respondió el marinero - . ¡Anda, Sidora, ya que le tienes tan a mano!
¡Anímate, mujer, que él güeno es de por suyo!
-Sí, hijo, sí. ¿Por qué no he de decirlo?
-contestó tía Sidora - . No es ello ningún pecao mortal.
El capitán estaba en ascuas, y Sotileza como
una escultura de hielo, en un rincón de la cómoda.
-Sepa usté, señor don Pedro -dijo tía Sidora -
, que juera de las amarguras del caso, por lo que es en sí, aquí no hay otro
pío que nos atormente que el no saber lo que nos espera por lo relative a don
Andrés.
-¡A ver, a ver! -murmuró el capitán
acomodándose mejor en la silla para redoblar su atención. Si la hubiera fijado
un poco en la cara de Sotileza en aquel momento, ¡qué sonrisa de hieles hubiera
visto en su boca, y qué centella de ira en sus ojos!
-El señor don Andrés -continuó tía Sidora-
entraba aquí como en su mesma casa, porque debíamos abrírsela de par en par. Él
merecía que se hiciera eso con él en los mismos palacios de la reina de España;
y por merecerlo tanto, aquí no tenía más que corazones que se gozaban en verle
tan parcialote y campechano con personas que no eran quién ni siquiera pa
limpiarle las suelas de los zapatos. Bien sabe usté, señor, que si hoy tenemos
pan que llevar a la boca, al corazón de él y a la caridá de su familia lo
debemos. Por no causarle una pesaúmbre, y por no dársela a sus padres, ca uno
de nosotros hubiera arrancao peñas con los dientes, si peñas con los dientes
hubiera habido que arrancar pa ello... Pero hay almas de Satanás, señor, que
enferman con la salú de su vecino..., y ya sabe usté lo acontecío esta
mañana... El golpe iba a la honra de esta desdichá; pero alcanzó la metá de él
a don Andrés, que estaba en casa entonces, como pudo estar otro cualquiera. Por
lo que a nosotros nos duele, sacamos el dolor que tendrá él, y la pena y los
enojos de toda su familia... Justo y natural es que así sea; pero, ¡por el amor
de Dios, señor don Pedro!, mire las cosas con buena entraña, y quítenos la metá
de la pesaúmbre que nos ahoga perdonando la que le dimos, sin más parte en ello
que la que tomó el demonio por nosotros.
-¡Uva, señor don Pedro, uva! -añadió Mechelín
desde allá dentro - . ¡Eso pedimos, eso queremos..., que no es cosa mayor en
ley de josticia y buena voluntá!
-¿Y eso es todo cuanto se os ocurre? -preguntó
el capitán, respirando con más desahogo que antes - . ¿Eso es todo cuanto
deseáis; por lo que a mí toca.... por lo que pueda importarme ese suceso...,
por la parte que de él ha alcanzado a mi hijo?
-¿Y le paece a usté poco? -exclamaron casi al
mismo tiempo tía Sidora y su marido.
El capitán soltó, allá en los profundos de su
pechazo, una interjección de las más gordas, por ciertos amargores de
conciencia que comenzara a sentir enfrente del candoroso desinterés de aquel
honrado matrimonio; y para disimularlos mejor, habló así:
-Eso se da por entendido, Sidora: en mi casa
no hay nadie tan inconsiderado que, por mucho que le duela lo acontecido..., ¡y
mira que nos duele bien!, trate de haceros responsables de daños que no habéis
causado... Pero se me había figurado a mí que podríais desear, y sería muy
natural que lo desearais, otra cosa muy distinta, algo... como, por ejemplo, el
castigo de esas dos bribonas por medio de la justicia humana; y que os ayudara
yo en el empeño, por poder más que vosotros.
-¡Uva, uva! -sonó la voz de Mechelín dentro de
la alcoba.
-Tamién se ha tratado algo de eso, señor -dijo
tía Sidora muy reanimada con la actitud que iba tomando el capitán - . Pero hubo sus mases y sus menos
sobre el particular. Hay quien dice que es mejor dejarlo así, porque
esas cosas tocantes a la honra no conviene manosearlas mucho; y hay quien
piensa que castigando a las causantes se pone la verdá más a la vista.
-¡Uva, uva!...
-Por las trazas -dijo el capitán - , ¿tú estás
por que eso se lleve adelante, Miguel?
-Sí, señor -respondió éste - , ¡y a toa vela!
-¿Y tú, muchacha? -preguntó don Pedro a
Sotileza - ; tú, que eres la más interesada.
-¡También! -respondió con bravura la
interpelada.
-Pos si creéis que eso conviene -añadió tía
Sidora, antes que se consultara su voluntad - , que no quede por mí. No soy
vengativa, señor; pero la verdá es que no se puede hacer vida con sosiego onde
están esas mujeres, y que si ahora se quedan triunfantes con esa maldá, como se
han quedao siempre, yo no sé lo que pasará mañana aquí.
-Pues se hará lo posible por que se lleven
esta vez su merecido -concluyó el capitán, a quien se le antojaba que el
castigo de las hembras de Mocejón también desembarazaría de ciertos estorbos la
situación de Andrés ante la opinión pública.
Poco después de esto se levantó para marcharse.
Sotileza se levantó también; y venciendo con un visible esfuerzo de voluntad
repugnancias que la combatían, le dijo así, sin apartarse de la cómoda sobre
cuya meseta se apoyaba con una mano:
-Señor don Pedro, por nada de lo que se ha
tratado aquí, ha venido usté a esta casa.
-¿Qué dices, muchacha? -exclamó el capitán
mirándola con asombro.
-La pura verdá -respondió Silda con valentía -
. Y por ser la verdá, la digo sin ánimo de ofender a naide con ella... y por
que quiero que vaya usté seguro de llevar por la paz lo que pensó llevarse de
aquí por la guerra.
-¡Hijuca! -exclamó asustada tía Sidora.
Mechelín se incorporó sobre la cama, y don
Pedro Colindres no disimuló cosa mayor la zozobra en que le ponían aquellas
terminantes afirmaciones de Sotileza. Esta continuó:
-Quiero que usté sepa, oído de mi mesma boca,
que nunca me dejé tentar de la cubicia, ni me marearon los humos de señorío;
que estimo a Andrés por lo que vale, pero no por lo que él pueda valerme a mí;
y que si para poner ahora a salvo la buena fama, no hubiera otro remedio que el
que me diera llevándome a ser señora a su lado, con la honra en pleito me
quedara, antes que echarme encima una cruz de tanto peso.
-¡Por vida del mismo pateta! -respondió el capitán
mirando a la valiente moza con un gesto que tanto tenía de agrio como de dulce
- , que no sé adónde quieres ir a parar por ese camino.
-Pensé que sobraba la mitá de lo dicho para
ser bien entendida de usté -replicó Sotileza.
-Pues figúrate que no he comprendido pizca de
tus intenciones, y que quiero que me las pongas en la palma de la mano.
Sotileza continuó:
-Conozco bien a Andrés, porque le llevo tratao
muchos años; y por eso, y por algo que me dijo esta mañana al verme aquí agonizando
de vergüenza, y por el aire que usté traía al entrar en esta casa, bien puedo
yo creer que haya repetido a su padre lo que yo no quise dejar sin la respuesta
que cuadraba.
Don Pedro Colindres, interpretando las últimas
palabras de Silda en un sentido bien poco honroso para Andrés, se picó del
honorcillo y repuso con dureza:
-Pues si él te dijo lo que yo presumo, ¿qué
más podías desear tú? ¿En esas
estamos ahora, después de tantos pujos de humildad?
Con
esto fue Sotileza quien se sintió herida en el amor propio; y para acabar
primero y a su gusto aquella porfía que la molestaba, pero que debía sostener,
porque le interesaba, concluyó así:
-Yo no he dicho ahora cosa que desmienta lo
que dije antes. Pensé que era sobrado hablar así para que usté sólo me
entendiera; pero ya que me salió mal la cuenta, le diré más claro. De caridá
vivo aquí, y con estos cuatro trapucos valgo lo poco en que me tienen las
gentes. Vestida de sedas y cargada de diamantes, sería una tarasca y se me
irían los pies en los suelos relucientes. Malo para los que tuvieran que
aguantarme, y peor para mí, que me vería fuera de mis quicios. A esa pobreza
estoy hecha, y en ella me encuentro bien, sin desear cosa mejor. Esto no es
virtú, señor don Pedro, es que yo soy de esa madera. Por eso dije a Andrés lo
que él bien sabe; y necesito que usté me conozca, porque no quiero responder
más de mis faltas..., ni tampoco que se me gane la delantera en casos como el
presente; que por humilde que una sea, no dejan de doler los gofetones que se
le den por humos que nunca se tuvieron. Con esto ya lleva usté más de lo que
venía buscando, y yo me quedo con un cuidao de menos... Y perdóneme ahora la
libertá con que le hablo, siquiera porque el sosiego de todos lo pide así.
Verdaderamente daba Sotileza a don Pedro
Colindres mucho más de lo que éste había ido a buscar a la bodega de la calle
Alta; pero el capitán no debía confesarlo allí, porque entendía que la
confesión no realzaría gran cosa la calidad de los pensamientos generadores de
aquel paso. Por eso dijo a Sotileza, por todo comentario a sus declaraciones:
-Aunque aplaudo esa honrada modestia que tan
bien te está, quiero que sepas que esta vez has pecado conmigo de maliciosa...
Y no hablemos más del asunto, si os parece. Olvídese todo; contad conmigo
siempre, y aún mejor que nunca...; y cuídate mucho, Miguel. Adiós, Sidora...
Adiós, guapa moza.
Y salió de allí don Pedro Colindres, bien
convencido de que si en su casa continuaba agitándose la cola del escándalo de
marras, no sería por obra de la familia de Mechelín. Esto simplificaba mucho el
conflicto que le había lanzado a él a la calle; y por creerlo así, volvía al
lado de la capitana bastante más tranquilo que cuando se había apartado de
ella.
Entretanto, Silda, acudiendo al hechizo que
tenía su voz para el asombrado matrimonio, se despachaba a su gusto, dando a
sus palabras dirigidas al capitán el sentido más apartado de su verdadera
significación.
¿Se dejaron engañar los pobres viejos? Parecía que sí, pues no
debió tomarse por señal de lo contrario la postración en que volvió a caer el
dolorido marinero, apenas le dejaron solo las mujeres para disponer la una un
nuevo reparo, y prepararle la otra una escudilla de caldo con vino de la Nava;
ni la extraña expresión que había quedado estampada en la faz de tía Sidora.
Con las emociones de la inesperada escena, se podían explicar ambas cosas, sin
tomarlas por señales de una nueva pesadumbre.
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