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Andrés
salió de su casa, porque necesitaba el aire y los ruidos y el movimiento de la
calle para no ahogarse en la estrechez de su gabinete, y no volverse loco en la
batalla de sus cavilaciones. Además, su padre le había arrojado de ella y
condenado a no volver a verle mientras que en su cabeza germinaran los mismos
pensamientos que habían producido aquella tempestad en el seno de la familia; y
Andrés, que por gustar entonces los primeros amargores de las contrariedades de
la vida, tomaba los sucesos en el valor de todo su aparato, ni hallaba fuerzas
en su voluntad para imprimir nuevo rumbo a sus ideas, ni desparpajo bastante en
su juvenil entusiasmo para desarmar la cólera de su padre con una mentira.
Salió, pues, de casa para cambiar de ambiente y de lugares, para huir de lo que
más cerca le perseguía, y para pedir al acaso de los ruidos, de las multitudes
y de los misterios de la noche, un dictamen o, cuando menos, una tregua que no
podían darle ni la soledad de su cuarto, ni la pesadumbre de aquellos muros, para
él caldeados por la cólera de su familia.
Por eso andaba y andaba, sin derrotero fijo;
y, para colmo de sus contrariedades, la noche, con cuyo rocío contaba para
refrescar el horno de sus ideas, era de Sur en calma, negra y bochornosa;
pesaba el ambiente tibio, y hasta en la luz de los faroles públicos hallaba el
errabundo mozo la tortura del calor que enardecía la sangre de sus venas. ¡Y
él, que iba anhelando los fríos hiperbóreos y el ruido de una tempestad! ¡Hasta
los elementos parecían conjurados en su daño! Y lo creía de buena fe.
Dejó las calles del centro porque se asfixiaba
en ellas, y enderezó sus pasos hacia los suburbios.
Cuando llegó a los gigantes plátanos de
Becedo, se acordó de que a dos pasos de allí vivía el padre Apolinar. Tuvo
grandes tentaciones de subir a su casa para referirle cuanto le ocurría... Pero
¿qué adelantaría con ello? ¿Qué sabía el pobre fraile de las cosas que le
pasaban a él? ¿Qué prestigio era el suyo ante un hombre como don Pedro
Colindres, para calmar sus arrebatos y reducirle a la razón?... ¡A la razón!
Pero ¿sabía el mismo Andrés por dónde comenzar la defensa de su pleito, ni si
el pleito era defendible, ni si era pleito siquiera? ¿De qué se trataba, en
sustancia? De un supuesto que él intentaba imponer a su familia como deber de
la honra, y de una tenaz resistencia de su padre a reconocerlo así. ¿Cabían
mediadores serios en una porfía semejante? Y aunque cupieran, ¿era creíble que
se prestara nadie a sostener la causa del hijo contra la autoridad de los padres
irritados? Y aunque se prestara, ¿cómo habían de darse éstos por vencidos, si
el declararlo así era la humillación y desprestigio de los derechos
indiscutibles que tenían como dueños y señores suyos? Además, bien considerada
su actual situación, ni siquiera procedía directamente de este desacuerdo, sino
del altercado que produjo; de su propia obstinación en no declarar lo que su
padre pretendía, y de las durezas con que éste le reprochó su rebeldía
inusitada. Este era el caso; y para su resolución definitiva, no veía otro
agente que el tiempo, cuya marcha fatal e inalterable borra las grandes
impresiones del ánimo, apacigua las batallas del cerebro, cambia la faz de las
cosas y enquicia el humano discurso. Por entonces no estaba el pobre mozo más
que para sentir y padecer.
Rendido, al cabo, de dar vueltas en aquel
paseo, sentóse en el banco más retirado y sombrío. Pero allí le asaltaron, con
furia implacable, los recuerdos de la calle Alta. ¿Qué habría pasado en la
pobre bodega desde que él había bajado a la ciudad después del gran escándalo?
¿Qué efecto habría causado éste en los honradísimos viejos, al volver cada cual
de sus quehaceres? ¡Qué pensarían de él! ¡Qué les habría dicho Silda!... ¡Y las
palabras de ésta, tan crudas, hallándose los dos en lo más imponente del
conflicto!...
Y eslabonando con este recuerdo el de todo
cuanto le había pasado desde entonces, y la consideración de lo que le estaba
pasando, embravecióse más y más la tempestad de su cabeza; pensó volverse loco
bajo el fragor de aquella lucha de ideas incongruentes y de conclusiones
desesperantes, y se levantó nervioso y agitado; y volvió a moverse de un lado
para otro; y anduvo, y anduvo, sin saber por dónde, hasta que, al cabo de una
hora bien corrida, notó que se hallaba al otro extremo de la ciudad y a dos
pasos de la Zanguina. Bullían los mareantes de Abajo en derredor de ella; y por
esta sola razón, trató de apartarse de allí. Le espantaban las gentes
conocidas. Pero ¿adónde iba ya? Miró su saboneta de oro, y vio que marcaba las
diez y media. A las diez acostumbraba él a retirarse a casa todas las noches.
Ya estaría su madre echándole en falta, y quizá muerta de angustia recordando
de qué modo había salido a la calle... Pero ¡volver a casa en la situación de
ánimo en que se hallaba él, y tener que presentarse delante de su padre, que le
había arrojado de allí con prohibición terminante de no acercarse mientras
siguiera pensando del modo que pensaba!... ¡Y al día siguiente, vuelta a lo
mismo; y además el presidio del escritorio, donde ya se sabría todo lo que le
pasaba!... ¡Qué infernal complicación de contrariedades para el fogoso y
alucinado muchacho!
Mientras su discurso recorría vertiginosamente
estos espacios, con grandes señales de optar por lo menos cuerdo, sintió un
golpecito en la espalda y una voz que le decía:
-¡Varada en peña, don Andrés!
Volvióse éste sobrecogido, pensando que
alguien se entretenía en leerle los pensamientos, si es que no había estado él
pensando a gritos, y conoció al bueno de Reñales, patrón de lancha de los más
formales y sesudos del Cabildo de Abajo.
-¿Por qué me lo dice usted? -le preguntó
Andrés.
-¿No veo cómo anda por aquí esta probe gente,
como rebaño a la vista del lobo?
-Y ¿por qué es eso?
-Pensé que usté lo sabía, don Andrés... Pos es
motivao a la leva.
-Era de esperar ya... Y ¿qué tal es?
-Pos,
hijo, una barredera... No la recuerdo mayor. Esta tarde se nos ha notificado
por la Comandancia... No queda un mozo en los dos Cabildos... Del de Abajo,
solamente, van cuatro de segunda campaña por no haber número bastante de los de
primera ¡conque fegúrese usté!
-Triste es eso, Reñales; pero son cargas del
oficio.
-¡Güeno está el oficio, don Andrés!... Dos
días hace que no vamos a la mar.
-Pues ¿cómo así?
-¿No ve usté el cariz del tiempo?
-Bien en calma está.
-Sí; pero calma traidora... ¿Quién se fía de
ella, don Andrés?
-Tres días van así ya, y nada ha sucedido.
-Ya
lo veo... Pero eso es bueno pa sabido.
-El viento al Sur no tiene malicia ahora: es
viento de la estación.
-Ya nos hacemos cargo; y algo por eso, y mucho
por lo que apura la necesidá, pensamos salir mañana. ¡Buenos ánimos llevará
esta probe gente con el galernazo* que les ha venío de arriba!...
Andrés se quedó pensativo unos instantes, y
preguntó en seguida al patrón:
-¿Dice usted que mañana irán las lanchas a la
mar?
-Si Dios quiere y el tiempo no empeora.
-¿A qué va la de usted, tío Reñales?
-A merluza.
-Me alegro, porque voy a ir en ella.
-¿Usted, don Andrés?
-Yo,
sí. ¿Qué tiene de particular?
-De particular, no es cosa mayor, que abonao
es usté pa ello, y la mar bien le conoce.
-Pues, entonces...
-Decíalo yo porque podía usté aguardar a mejor
ocasión.
-¿Qué mejor ocasión que ésta?
-Mejores las hay, don Andrés, mejores: siempre
que está el tiempo al Nordeste.
-Pues yo le prefiero al Sur cuando es
estacional, como ahora.
-Es un gusto como otro, don Andrés; aunque no
verá usté un solo mareante que le tenga igual. Yo cumplo al respetive con decir
lo que me paece.
-Y yo lo agradezco por el buen deseo... Conque
no hay más que hablar.
-¿Por supuesto, que querrá usté que le vayan a
avisar a casa?
-¡De ningún modo! No hay necesidad de
alborotar el barrio. Yo estaré aquí, o en la Rampa, a la hora conveniente; y si
no estoy, se larga usted sin esperarme. Entretanto, quédese esto entre los dos,
y no diga usted una palabra de los propósitos que tengo... Pudiera no ir; y no
hay necesidad de que se atribuya el caso a lo que no es.
-¡Je, je!... Vamos, eso es decir que no está
usté muy seguro de que a última hora...
-Justamente... Pudiera no estar tan animoso
entonces...
-Y recela que se le tenga por encogío...
-Eso es.
-Pus no lo creería quien le conozca, don
Andrés.
-¡Quién sabe!... Por si acaso, punto en boca,
y lo dicho...
-Nunca supo hablar la mía pa descubrir
secretos.
-Hasta mañana, Reñales.
-Si Dios quiere, don Andrés.
No le había salido a éste muy errada la cuenta
al discurrir que para verse libre, de cualquier modo, de apuros como el suyo,
no había otro remedio que entregarse a los decretos de la ciega casualidad. La
que le llevó a la Zanguina y le acercó al prudente Reñales en el momento
crítico de resolver, por su propio consejo, el único conflicto verdaderamente
serio en que se había visto aquella noche, poniéndole entre los labios la
golosina de un envejecido y vehemente deseo, dio al traste con todas sus
vacilaciones y le arrojó en las marañas de un nuevo desatino.
¡Volver a casa después de haberle echado de
ella su padre tan sin motivo ni razón! ¡Que penara, que penara un poco por su
dureza inoportuna! Eso le enseñaría a no ser tan injusto y tan violento otra
vez. En cuanto a su madre... ¿Pero qué había puesto ella para defender al hijo
atribulado? ¿No había puesto su haz correspondiente en la hoguera de las
cóleras del padre, calumniando las generosas intenciones de la inocente Silda?
Pues que penara también un poco..., que mucho más estaba penando él... Mas
aunque por ahorrar esas penas a sus padres se decidiera a tornar aquella noche
al abandonado hogar, ¿qué resolvería esta abnegación de su parte,
quedando la discordia en pie y recrudeciéndose de nuevo al día siguiente, quizá
entre el suplicio de insoportables mediadores?... Nada, nada: oído de piedra a
las voces de su corazón, que le aconsejaban cosa muy distinta... ¡y adelante
con su proyecto! Éste lo resolvía todo a la vez. Una mala noche pronto se
pasaría; y, en cambio, al día siguiente, ni caras indigestas, ni palabras
impertinentes, ni miradas burlonas; y en vez del hormigueo de las calles, y el
tufo de las muchedumbres, y el polvo de las basuras, y el tormento de la
conversación, la inmensidad del espacio, la grandeza del mar, el aire salino,
el columpio de las ondas y el olvido de la tierra, infestada de la peste de los
hombres. Entretanto, las horas corrían, cambiaríanse los pareceres..., y el que
pasa un punto, pasa un mundo.
De este modo iba formando Andrés en su
voluntad la resolución que le había inspirado su casual encuentro con Reñales,
y hasta creyendo de buena fe que podía ser providencia lo que parecía
casualidad, cuando lo cierto era que se había agarrado a aquel asidero como pudo
agarrarse a las alas de una mosca, para caer del lado a que se inclinaba en el
momento de resolverse, o a volver a su casa, como era lo cuerdo y conveniente,
o a declararse en abierta rebelión contra todos sus deberes, que era lo
descabellado. Pero ya sabemos lo que son apreturas de esa especie en cabezas
juveniles como la de Andrés, y no hay que maravillarse de que optara por lo
peor en la necesidad de elegir entre dos cosas que le parecían rematadamente
malas.
Y tan firme llegó a ser su repentino
propósito, que para evitar, en lo posible, todo riesgo de que se malograra,
apenas se despidió de Reñales, se alejó de las inmediaciones de la Zanguina,
para discurrir a su gusto sin excitar la curiosidad de nadie. Porque le quedaba
otro punto, muy interesante, por dilucidar. ¿Dónde y cómo iba a pasar las horas
que faltaban hasta la madrugada del día siguiente? No había que pensar en
fondas ni paraderos, donde el menor de los riesgos era el ser él muy conocido
de fondistas y mesoneros; ni tampoco en la casa de ningún amigo... Pasarse
tantas horas recorriendo calles, tras de ser excesivamente penoso, era muy
expuesto a llamar la atención más de lo conveniente... Sin dudas ni
vacilaciones, optó por la Zanguina.
En la Zanguina, dentro de muy poco rato, no
quedaría un marinero, porque, aunque muchos de ellos acostumbraban a dormir
allí, esto acontecía en lo más penoso de las costeras; y en aquella ocasión
llevaban ya dos días sin salir a la mar. Estando sola la Zanguina, llegaría en
el momento de ir a cerrarse sus puertas, y no antes, porque, echándole de menos
en su casa, no sería extraño que alguien fuera allí a preguntar por él. Le
diría al tabernero, muy conocido suyo, todo lo que había de decirle para que no
le chocara su pretensión de pasar así la noche, tumbado sobre un banco, hasta
la hora de salir a la mar en la lancha de Reñales... Y comenzó a ponerlo por
obra antes que se le enfriaran los propósitos.
Con grandes precauciones, porque el sitio era
de los más poblados de la ciudad, observó, a la mayor distancia posible, cómo
fueron retirándose poco a poco hasta los parroquianos más pegajosos del afamado
establecimiento; y en cuanto vio señales de que iban a entornarse sus puertas,
acercóse allá y expuso sus intenciones al tabernero. No le chocaron a éste cosa
mayor, porque sabía dónde llegaba la pasión del hijo del capitán Bitadura por
las costumbres de la gente marinera.
-¡Pero no me diga, don Andrés, que se va a
pasar aquí la noche encima de un banco duro! -le dijo el tabernero - . Le
arreglaré un poco de mullida con la metá de mi cama...
-Nada de eso -respondió Andrés - . Si me
acuesto sobre mullida, no despertaré a la hora que necesito.
-Si de toas maneras he de abrir yo la taberna
antes que den el apuya.
-No importa. Yo me entiendo. Ponme en la mesa
del último cajón de allá un pedazo de queso, otro de pan, un vaso de vino y una
vela, y no te cuides de mí sino para despertarme mañana a tiempo, si es que no
me he despertado yo...
El tabernero empezó a complacerle encendiendo
una vela de sebo; la encajó después en una palmatoria de hoja de lata, y fuese
con ella al departamento indicado por Andrés. Caminando éste detrás de la luz,
vio un bulto en la oscuridad del fondo de los primeros cajones de la fila. El
bulto roncaba que era un espanto.
-¿Quién duerme ahí? -preguntó Andrés.
-Es Muergo -respondió el hombre de la vela - .
Entendimos que se volvía loco de rabia cuando supo que le alcanzaba la leva...
Juraba y perjuraba que primero se echaba a la mar que consentir en que le
llevaran al servicio... Dimpués tomó una cafetera de aguardiente; pensamos que
acababa aquí con medio Cabildo; rindióle al cabo el sueño y se quedó como usté
le ve ahora... Juera del alma, don Andrés, es una pura bestia.
¡Y Andrés envidiaba en aquel instante hasta la
suerte de Muergo!
Minutos después, el aturdido mozo, en el
rincón más oscuro del más apartado cuchitril de la Zanguina, reponía las
fuerzas del cuerpo quebrantado con las míseras provisiones que el tabernero
había puesto sobre la bisunta mesa, mientras aspiraba oleadas de aquella
atmósfera pestilente, y sentía en las profundidades de su cabeza el estruendo
de la batalla que estaban librando allí sus no domadas ideas.
Algo más tarde, cansado de meditar y de temer,
estiró las piernas sobre el banco en que se sentaba; apoyó el tronco contra la
pared; cruzó los brazos sobre el pecho, y quiso facilitarle su conquista al
sueño, que tanto necesitaba, apagando la luz, que es enemiga del reposo; pero
desistió de su propósito, porque no se atrevía a quedarse a oscuras y solo con
sus alborotados pensamientos.
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