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Después de haberse enterado de la conversación
entre el fraile y Doña Blanca, el Comendador se abstuvo de tomar una resolución
precipitada. Se contentó con rogar a su maestro que no se volviese a
Villabermeja, que siguiese frecuentando la casa de Doña Blanca y que tratase de
desvanecer todo recelo en dicha señora, prometiéndole no hablar con Clarita de
la proyectada boda ni decirle nada en contra de los deseos de su madre.
El Comendador quería meditar, y meditó
largamente, sobre el asunto. Sus meditaciones (ya hemos dicho que el Comendador
era descreído) no podían ser muy piadosas. Era también el Comendador alegre,
fino y sereno, y nada podían tener de apasionadas sus meditaciones. Su espíritu
analítico le presentaba, sin embargo, todas las dificultades del caso.
No cabía la menor duda. La criatura lindísima
y simpática que a él debía el ser estaba condenada, o a vivir como usurpadora
indigna de lo que no le pertenecía, o a casarse con D. Casimiro, o a ser monja.
Uno de estos tres extremos era inevitable, a no causar un escándalo espantoso o
a no realizar un difícil rescate.
Doña Blanca tenía razón, salvo que para
tenerla no era menester mostrarse tan hosca y tan poco amena con todo el género
humano, empezando por su infeliz marido.
Para D. Fadrique había un ideal económico más
fundamental que el político. Este ideal era que toda riqueza, todos los bienes
de fortuna llevasen a ser un día, cuando la sociedad tocase ya en la perfección
deseada, signo infalible de laboriosidad, de talento y de honradez en quien los
había adquirido; que el ser rico fuese como innegable título de nobleza, ganado
por uno mismo o por el progenitor que le ha dejado los bienes.
Bien sabía D. Fadrique que este término estaba
aun remotísimo, pero sabía además que el mejor modo de acercarse a él era el de
hacer todo negocio suponiéndole ya llegado; esto es, como si no hubiese riqueza
mal adquirida en la tierra. Lo contrario sería conspirar a que prevaleciese el
villano refrán de que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón,
y contribuir a que la vida, la historia, el desenvolvimiento civilizador de la
sociedad sean una trama inacabable de bellaquerías.
Fundado en estos principios, desechaba de sí
D. Fadrique el pensamiento de que en cada lugar del mundo habría de seguro un
enjambre de madres en el caso de Doña Blanca y una multitud de hijas o de hijos
en el caso de Clarita, para los cuales el problema moral, de tan difícil solución,
que atormentaba a Doña Blanca, era como si no fuese, dejándolos disfrutar de la
hacienda que la suerte y la ley les otorgaban, sin el menor escrúpulo y con la
mayor frescura. Desechaba también la idea, algo cómica, pero más que posible,
de que el mismo D. Casimiro, por circunstancias análogas, podría tener menos
derecho que Clarita a la herencia, aunque toda fuese vinculada; de que D.
Valentín, su padre o su abuelo, podrían también no haber tenido derecho, y de
que sólo Dios sabe, aunque tal vez el diablo no lo ignore, por qué arcaduces
subterráneos y por qué intrincados caminos ha venido a cada cual lo que por
herencia disfruta. En estos casos la fe debe salvar; pero en el caso de Doña
Blanca no había fe que valiese contra la evidencia que ella tenía. Cerrar los
ojos, vendárselos y remedar fe era una infamia. D. Fadrique, condenando en su
corazón y en su inteligencia serena los furores de Doña Blanca, la aplaudía y
ensalzaba de que pensase con rectitud y con nobleza. Vaya a quien vaya,
merézcale o no, tenga derecho o no le tenga derecho aquel a quien un bien se
destina, son cosas que importan poco ante la superior consideración de que ese
bien me consta que no es mío y de que sólo le gozo por engaño, por cielito y
por mentira.
Como D. Fadrique era persona de mucho seso y
sentido común, aunque se hallaba en época de reformas, sistemas y ensueños de
toda clase, no pensó en condenar la herencia. Sin el grandísimo deleite de
dejar ricos a nuestros hijos, se perdería el mayor estímulo para el trabajo, para
el buen orden, para la aplicación y para aguzar y ejercitar el ingenio. D.
Fadrique reconocía no obstante, que si estaba lejos aún el día en que sea casi
imposible adquirir mal lo que uno mismo adquiere, estaba aún mucho más lejos el
día en que sea casi imposible heredar mal lo que se hereda. El modo de no
empujar hacia más hondo porvenir la aurora de ese día, era dar buen ejemplo en
contra. La razón de Doña Blanca
salía siempre triunfante de cada laberinto de reflexiones en que D. Fadrique se
abismaba.
Había
un mal moral que pedía remedio. Hasta aquí iba D. Fadrique de acuerdo
con la idea de Doña Blanca. ¿Era el remedio peor que el mal? El remedio era
duro; pero D. Fadrique comprendía que no era peor que la enfermedad, y que era
menester aplicarle no habiendo otro.
El remedio podía aplicarse de dos maneras. O
casando a Clarita con D. Casimiro, y, esto era fácil, o haciéndola tomar el
velo. Esto segundo, a pesar de lo mundano, impío y anti-religioso que era D.
Fadrique, le parecía mil veces mejor. Comprendía, no obstante, que para que
Clarita entrase en un convento sin saber ella por qué, era necesario que
alguien le infundiese la vocación. Tal trabajo no podía tomarle su madre. Sólo
el P. Jacinto podría persuadir a Clarita a que se retirase al claustro.
Para un hombre lleno del espíritu del siglo
XVIII, alimentado con la lectura de los enciclopedistas, creyente en Dios, pero
hablando siempre de la naturaleza, no hay que exponer aquí cuán horrible
aparecía el sacrificio de la hermosura, de la vida, del brío juvenil, sintiendo
ya sin duda fervorosamente el amor y reclamándole, en aras de un sentimiento
misterioso, de un objeto, a su ver, impalpable y hasta incomprensible. Al
Comendador se le antojaba esto una nefanda monstruosidad; pero la prefería a
ver, a imaginar a Clara entre los secos brazos de D. Casimiro; y en su orgullo
de hidalgo, y en su afán de no verse él mismo mentiroso y fullero, y de no
pensar menos noblemente que una mujer fanática y desatinada, lo prefería todo a
que Clarita se alzase en su día con los bienes de D. Valentín.
El punto final de las meditaciones de D.
Fadrique era siempre el mismo, por cuantas sendas y rodeos tratase de llegar a
él. No quería a Clara poseedora de lo que le constaba que no era suyo; no la
quería mujer de D. Casimiro; no la quería monja tampoco, y no quería dar
escándalo ni amargar la vida de D. Valentín con afrentoso desengaño. Era, pues,
indispensable que él fuese el libertador, el rescatador de Clarita.
A pesar de tener preocupado el ánimo con estas
cosas, el Comendador ejercía tanto dominio sobre sí, que nada dejaba notar.
Paseaba con Lucía por las huertas o charlaba
con ella y procuraba esquivar sus preguntas inquisitoriales.
Así
transcurrieron ocho días. Durante ellos se informó el Comendador, con el mayor
secreto y diligencia, del valor exacto de todos los bienes de D. Valentín.
Pasaban de cuatro millones de reales.
Bastante
se apesadumbró, no debemos ocultarlo, de que D. Valentín hubiese llegado a ser tan
rico. El Comendador tenía poquísimo más capital, sumando el valor de algunas
finquillas que había comprado cerca de Villabermeja, y lo que tenía en varias
casas de banca en la Gran Bretaña y en Madrid. Su decisión, a pesar de la
pesadumbre, fue firme, con todo.
El Comendador sabía y estimaba cuánto vale el
dinero. La vanidad de haberle adquirido diestra y honradamente le daba para él
mayor hechizo. Pero ¿en qué mejor podía emplearse el caudal, la ganancia y el
ahorro de toda una vida activa, el fruto del brío, del trabajo y del ingenio,
que en salvar a un ser tan querido y que tan digno era de serlo?
Suponiéndose ya el Comendador despojado de
cuatro millones, se miraba reducido a la triste condición de un hidalgo
labriego, que o tendría que salir otra vez a buscar fortuna, o tendría que
acomodarse a vivir mal y humildemente en Villabermeja. Esto no le arredró.
Eliminadas, pues, varias soluciones, el
problema quedó claro y sencillo. La única dificultad que había que vencer era
la de pasar a poder de D. Casimiro, de modo tan natural, que apartase toda
sospecha, una suma de cuatro millones, y hacer valer y constar, como era justo,
este sacrificio cerca de Doña Blanca, para que la terrible señora reconociese a
su hija por libre de toda obligación y por apta para recibir, en su día, los
bienes todos de D. Valentín, como devolución, y no como herencia.
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