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Ioannes Paulus PP. II
Ecclesia in America

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Enviados por Cristo

66. Cristo resucitado, antes de su ascensión al cielo, envió a los Apóstoles a anunciar el Evangelio al mundo entero (cf. Mc 16, 15), confiriéndoles los poderes necesarios para realizar esta misión. Es significativo que, antes de darles el último mandato misionero, Jesús se refiriera al poder universal recibido del Padre (cf. Mt 28, 18). En efecto, Cristo transmitió a los Apóstoles la misión recibida del Padre (cf. Jn 20, 21), haciéndolos así partícipes de sus poderes. Pero también « los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo ». (239) En efecto, ellos han sido « hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo ». (240) Por consiguiente, « los fieles laicos —por su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia », (241) y por ello deben sentirse llamados y enviados a proclamar la Buena Nueva del Reino. Las palabras de Jesús: « Id también vosotros a mi viña » (Mt 20, 4), (242) deben considerarse dirigidas no sólo a los Apóstoles, sino a todos los que desean ser verdaderos discípulos del Señor.

La tarea fundamental a la que Jesús envía a sus discípulos es el anuncio de la Buena Nueva, es decir, la evangelización (cf. Mc 16, 15-18). De ahí que, « evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda ». (243) Como he manifestado en otras ocasiones, la singularidad y novedad de la situación en la que el mundo y la Iglesia se encuentran, a las puertas del Tercer milenio, y las exigencias que de ello se derivan, hacen que la misión evangelizadora requiera hoy un programa también nuevo que puede definirse en su conjunto como « nueva evangelización ». (244) Como Pastor supremo de la Iglesia deseo fervientemente invitar a todos los miembros del pueblo de Dios, y particularmente a los que viven en el Continente americano —donde por vez primera hice un llamado a un compromiso nuevo « en su ardor, en sus métodos, en su expresión » (245)— a asumir este proyecto y a colaborar en él. Al aceptar esta misión, todos deben recordar que el núcleo vital de la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro e inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino que Él nos ha conquistado a través de su misterio pascual. (246)




239) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 33: AAS 81 (1989), 453.



240) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31.



241) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), 455.



242) Cf. ibíd., 2, l.c., 394-397.



243) Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 14: AAS 68 (1976), 13.



244) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), 455.



245) Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de marzo de 1983), III: AAS 75 (1983), 778.



246) Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 22: AAS 68 (1976), 20.






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