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Ioannes Paulus PP. II
Carta Apostólica en XVII Centenario del Bautismo del Pueblo Armenio

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1"Dios, admirable y siempre providente, según tu presciencia, has dado inicio a la salvación de los armenios".

El antiguo himno litúrgico, que canta la iniciativa de Dios en la evangelización de vuestro noble pueblo, amadísimos hermanos y hermanas, brota de mi corazón colmado de gratitud en este feliz aniversario, en el que celebráis el XVII centenario del encuentro de vuestros antepasados con el cristianismo. La Iglesia católica entera se alegra al recordar el providencial baño bautismal, gracias al cual vuestra noble y querida nación comenzó definitivamente a formar parte del grupo de pueblos que han acogido la vida nueva en Cristo.

"Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo" (Ga 3, 27). Estas palabras del apóstol san Pablo revelan la singular novedad que da al cristiano el hecho de haber recibido el bautismo. En efecto, en este sacramento el hombre es incorporado a Cristo, de forma que puede afirmar con confianza:  "Ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).
Este encuentro personal e irrepetible regenera, santifica y transforma al ser humano, haciéndolo un perfecto adorador de Dios y templo vivo del Espíritu Santo. El bautismo, injertando al discípulo en la verdadera vid que es Cristo, lo convierte en un sarmiento capaz de producir fruto. Hecho hijo en el  Hijo, llega a ser heredero de la felicidad eterna preparada desde el origen del mundo.

Por consiguiente, todo bautismo es un acontecimiento marcado por el encuentro de amor entre Cristo Señor y la persona humana, en el misterio de la libertad y de la verdad. Es un acontecimiento que entraña una dimensión eclesial, como sucede en todos los sacramentos:  la incorporación a Cristo conlleva también la incorporación a la Iglesia, Esposa del Verbo, Madre inmaculada y afectuosa. Al respecto afirma el apóstol san Pablo:  "En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo" (1 Co 12, 13).

Esta incorporación a la Iglesia resulta especialmente evidente en la historia de algunos pueblos, para los que la conversión ha sido un hecho comunitario, vinculado a acontecimientos o circunstancias particulares. Cuando sucede eso, se habla de "bautismo de un pueblo".




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