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San Juan Bautista de la Concepción
Obras I - S. Juan B. de la C.

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  • INTRODUCCION GENERAL
      • II         LOS ESCRITOS
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II         LOS ESCRITOS

1.         Estado actual de los manuscritos

El total de los escritos atribuidos a san Juan Bautista de la Concepción consta de nueve tomos manuscritos y de cuatro cartas, éstas conocidas sólo a través de copias. Los manuscritos, encuadernados en piel blanca, se guardan en el ASC1. El papel es fuerte y resistente -salvo en el tomo I- y la tinta, de color casi siempre intenso, no es corrosiva; como resultado, poseemos el texto original materialmente íntegro y perfectamente legible.

 

Los ocho primeros volúmenes, en folios de 30 x 21 cm., llevan sobre la pasta de piel la siguiente indicación: "De N. Bto. Padre Ju. Baptista", seguida del número de orden correspondiente y de una palabra que califica globalmente su contenido: "ascético", "exortatorio", "mystico", "histórico"... Todos ellos presentan idéntica caligrafía, salvo en seis casos (7 folios en total)2.

 

Llama poderosamente la atención el bajo número de tachaduras y correcciones, así como la disposición rectilínea y ordenada del texto. El papel está distribuido invariablemente en cuadernillos de diez pliegos (veinte folios) cada uno.

 

Aparte estas notas comunes, completemos la descripción con otras más particulares de cada tomo:

 

Tomo I: Está catalogado en la pasta como "ascético". Comprende 226 folios paginados íntegramente por el autor del manuscrito, como se desprende de una sencilla confrontación de números. Hay algunos folios (75-80) en blanco. La materia está dividida en doce tratados, sin un título inicial complexivo. Debido a la baja calidad del papel, éste es el volumen más deteriorado, con bastantes puntos perforados por el tiempo, sin que tengamos que lamentar por ello palabras irreconstruibles. Notamos también mayor abundancia de correcciones y añadiduras que en los demás.

            Se hallan adosados algunos documentos relativos a la revisión canónica del texto. Más adelante nos referiremos a estos votos.

 

Tomo II: Se lee también "ascético" sobre la cubierta. Consta de 268 folios según una reciente numeración que corrige una anterior. La vieja paginación, hecha de segunda mano, saltando algunas páginas, totalizaba sólo 264 folios. Los cuadernos están sin embargo numerados -de veinte en veinte folios- por el autor del texto.

 

Tomo III: Señalado como "exortatorio", agrupa 247 folios -cuatro de ellos en blanco (191-192 y los dos últimos)- conforme a la paginación


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actual, que sustituye a una precedente defectuosa. El autor del manuscrito numeró los ocho primeros cuadernillos y los veinte folios iniciales. Este volumen posee un título general en los siguientes términos: "Tratado de algunas exortaciones que se hacen a los hermanos en los capítulos ordinarios de los domingos, y muchas de ellas de repente" (f.1r).

 

Tomo IV: Catalogado como "mystico", se compone de 313 folios, del tamaño conocido, numerados de segunda mano; en blanco, los ff.131, 253, 275, 301-303. No se indican los cuadernos.

 

Tomo V: Caracterizado, sobre la cubierta, como "miscelláneo", agrupa 360 folios, cuya paginación es debida a la misma segunda mano que apreciamos en la foliación de otros volúmenes; esta numeración saltó diez cifras, de 269 a 280, por lo que fue corregida posteriormente. Es curiosa una añadidura hecha por el autor en un trozo de papel aparte, ahora pegado al folio 184. El f.286v termina con un periodo gramatical incompleto y sin continuidad a pesar de que se escribe la palabra que debía iniciar el folio siguiente; y se comprueba que el cuadernillo comenzado en el f.280, excepcionalmente de sólo siete pliegos, fue dividido por la mitad de manera que al presente no tiene más que siete folios en lugar de catorce. Queremos pensar, en el mejor de los casos, que el autor, deseando aprovechar algunas hojas dejadas en blanco, arrancó inadvertidamente un folio escrito, que después se ha perdido.

            El encabezamiento del tomo reza así: "En estos quadernos me ha parecido apunctar algunas cosas sueltas que, por no poder dar a cada una su debido lugar, para mi consuelo sólo, las pondré aquí por memoria" (f.1r).

 

Tomo VI: Indicado en la pasta como "doctrinal", se compone de 213 folios, siempre de 30 x 21 cm., numerados por la segunda mano a la que ya nos hemos referido; quedaron sin anotar dos folios: los comprendidos entre el 107 y el 108, y el 204 y el 205 respectivamente3. Al querer igualarlos tras ser cosidos, la tijera se llevó algunos números de la paginación. El volumen está perfectamente conservado.

 

Tomo VII: Definido también como "doctrinal", contiene 228 folios, entre los que se encuentran en blanco los ff.15 al 20 inclusive, 46, 104 y 211; figuran asimismo numerosos espacios sin rellenar. Las cifras de las hojas han sido escritas en este caso por una mano no sólo distinta a la que revela el manuscrito, sino también diversa a la que observamos en la foliación de otros tomos. En el margen superior del f.97r leemos esta nota: "está trasladado", sin correlación aparente con lo que se escribe en tal página. También este volumen tiene un epígrafe general: "Breves tratados acerca de los officios más communes de nuestra sagrada religión de los descalzos de la Sanctíssima Trinidad" (f.1r).

 

Tomo VIII: Al ser encuadernado se le clasificó como "histórico-moral". Es el más extenso, con 541 folios enumerados por el propio autor del


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manuscrito; en algunos casos fue cortada la primera cifra al intentar igualar los pliegos, teniendo que ser sustituida por números de segunda mano. En una hoja añadida se lee el siguiente título de autor desconocido: "Libro escrito todo por mano del apostólico varón Ntro. Venerable P. Fr. Juan Baptista de la Concepción. Trátase en él de la fundación de nuestra Descalcez y Reforma y de los primeros conventos y religiosos de ella, con mucha doctrina espiritual en que descubre nuestro Sto. P. su lebantado espíritu y eroicas virtudes". Sabemos sin embargo a quién se deben los títulos del prólogo y de los 35 primeros capítulos, títulos añadidos en los márgenes: se trata del cronista P. Juan de San Francisco (+ 1700)4. La parte histórica presenta no pocas anotaciones marginales hechas por el mencionado cronista y otras diversas personas. Este dato, junto con la pasta de pergamino rota y muy manoseada, revela que el octavo tomo, por razones obvias, ha sido el más recurrido por los cronistas y demás hijos de Juan Bautista de la Concepción.

 

Tomo IX: Encuadernado como los otros ocho, no lleva sin embargo título alguno en la pasta. Son 240 folios, escritos todos ellos por una segunda mano. Que se trata de una copia se desprende también de la ausencia total de correcciones y añadiduras y de los términos en que se expresa el título: "Pláticas que nuestro hermano Provincial a hecho de repente..." (f.1r). En lo que queda de introducción general nos desinteresamos de este tomo apógrafo.

2.         Autenticidad de los ocho primeros tomos

 

Juan Bautista de la Concepción eludió poner la propia firma a su obra literaria y evitó otras indicaciones precisas (tiempo y lugar de composición, etc.) -alusiones esporádicas, sí- que manifestasen directamente su paternidad. Pensaba que tanto la obra de la reforma como los escritos derivantes de la misma debían atribuirse a la providencia de Dios en favor de la orden trinitaria. Todas las declaraciones de propiedad personal en este campo le parecían, si no indebidas, al menos inconvenientes. De ahí la estima que tuvo siempre del anonimato. "Conociendo Dios mi soberbia -confiesa-, ha querido usar de tantas misericordias conmigo, de que mi nombre ni persona no venga escrita en letras apostólicas ni en otras partes que me puedan ser ocasión a levantarme a tomar lo que no es mío, sino sólo de Dios"5.

 

Esta carencia de autoatribuciones explícitas nos obliga ahora -por primera vez- a plantearnos seriamente el problema de la autenticidad


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de los escritos. Que el autor de los ocho tomos en cuestión6 es el reformador trinitario salta a la vista del lector menos avisado: es san Juan Bautista de la Concepción el que narra la propia experiencia religiosa y los orígenes de la reforma, en que se ha ocupado personalmente. Relata la historia de la descalcez trinitaria (VIII) en calidad de artífice material de la misma, entretejiendo la trama histórica con el hilo de las propias vicisitudes interiores. Sólo él puede hablar en primera persona, como lo hace.

 

También en los demás volúmenes es fácilmente individuable su paternidad: tratados doctrinales sobre la humildad, la observancia religiosa, el ejercicio de la autoridad en la vida religiosa (I) y el recogimiento interior (II) con frecuentes alusiones a la propia experiencia y con aplicaciones precisas a la conducta que él quiere de los reformados; exhortaciones a la perseverancia dirigidas a sus hijos (III); páginas místicas salpicadas de referencias históricas concretas -desahogo del espíritu probado en la lucha por la descalcez- y defensa de la reforma ante las objeciones de un visitador extraordinario (IV); nuevos hechos protagonizados al frente de la reforma, con respuesta autorizada a varias cuestiones sobre la misma (V); comentario a la regla primitiva y recomendaciones, henchidas de doctrina, a sus propios hijos (VI), con un substrato de episodios experienciales vividos y contados en primera persona; finalmente, descripción detallada del estilo de vida por él promovido, con profusión de anécdotas personales inconfundibles (VII). Muchas de las cosas referidas en el tomo VIII se vuelven a encontrar en los otros siete. En una palabra, una lectura atenta revela que el autor de los ocho tomos -luego veremos si son o no autógrafos- es san Juan Bautista de la Concepción.          

 

Nadie, que se sepa, ha puesto en duda -a lo largo de casi 400 años que nos separan de él- la paternidad de los escritos, lo cual avala fuertemente su autenticidad.

 

Tras estas consideraciones obligadas, ofrecemos en orden cronológico los testimonios históricos más importantes.

a)         Testimonios procesales

 

El 28 de julio de 1616, a sólo tres años de la muerte del Santo, declaró de él su confesor e hijo predilecto, el P. José de la Santísima Trinidad: "Si hubiera de decir los innumerables e incomprensibles trabajos que padeció en las fundaciones de los conventos, se pudiera hacer un largo tratado. Mas remítolo a lo que él mismo escribió de su propia mano". Y también: "El rato que pudiera descansar, lo gastaba en escribir


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el suceso de las fundaciones y la vida de los religiosos que morían de singular virtud"7.

 

El P. Adrián de la Santísima Trinidad, que había recibido el hábito de manos del Reformador, depuso el 10 de diciembre de 1624: "En unos papeles suyos se halló escrito que en una grave enfermedad, estando muy apretado y con varios pensamientos del progreso de esta su congregación [= la descalcez trinitaria], quedándose como dormido, decía le parecía que tenía a su cabecera a la santa madre Teresa de Jesús que, como piadosa enfermera, estaba asistiendo a su enfermedad; con lo cual le pareció que se había aliviado y mejorado mucho"8. Y poco antes: "Tuvo particular ilustración y don de N. Señor para hablar; y movía tanto con sus pláticas que en Alcalá se llevaba todos los estudiantes a pedirle el hábito. [Trató] de las materias espirituales, como lo testifican sus escritos y papeles, los cuales fueron tantos que, con haberse perdido muchos, excediera a los escritores mayores que ha tenido España"9.

 

Las informaciones canónicas con autoridad ordinaria sobre la vida y virtudes de san Juan Bautista de la Concepción datan del bienio 1646-1647. En ellas se recogen sobre todo las deposiciones de varios trinitarios reformados que convivieron algún tiempo con él. La mayoría de ellos, es verdad, hablan únicamente de la parte histórica del tomo VIII -con referencias precisas coincidentes con el manuscrito-, pero no hay que olvidar que los otros siete infolios son hermanos inseparables -por el contenido y la forma- de éste y que todos ellos por igual han sido atribuidos al mismo padre.

 

Algunos testimonios de interés nos los proporciona el proceso ordinario de Madrid. El P. Hermenegildo de San Juan, que "conoció y trató al siervo de Dios desde últimos del mes de abril de 1602 hasta el año de 1613", refirió el 5 de mayo de 1646 algunos pasajes de la vida del Santo casi literalmente copiados del tomo VIII: la tempestad de Ecija y la decisión de abrazar la recolección10; el viaje a Roma, la obtención del motu proprio y el regreso a España11; el asalto de los calzados al convento de Valdepeñas12; etc. Cuatro días más tarde fue oída la deposición del P. Martín de San Cristóbal -67 años de vida y 43 de reformado-, "muy íntimo y amado hijo de nuestro venerable Padre"13: "Levantávase a maitines a media noche. Y muchas veces [...] a las dos de la mañana se ponía a escribir; buena parte del tiempo que había de reposar y dar descanso a su cansado cuerpo, flaco y extenuado, lo gastaba en escribir. Que es cosa de admiración que, estando tan ocupado en el oficio de prelado el tiempo que lo fue y


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ordinariamente en fundaciones de conventos el tiempo que vivió en la reforma, y habiendo vivido en ella, después que la fundó, trece años, dejó catorce tomos escritos, casi todos de su mano, de diversas materias. Y en algunos de ellos mostró el don que le dio Dios de explicar la Sagrada Escritura. Y esto dice este testigo lo sabe por haber visto algunos de ellos. En otros mostró cuán ilustrada estaba su alma, porque trató en ellos cosas altísimas de espíritu con grande claridad. Y dice este testigo que en una ocasión le dijo [al Reformador] que cómo se ocupaba de escribir cosas tan altas de espíritu, que por qué no escribía cosas de principiantes; y respondió que para éstos estaba Fr. Luis de Granada, y otros"14. También este testigo, a deducir de una simple comparación de lo que dice con el tomo VIII, había leído precedentemente el manuscrito.

 

Toca ahora el turno a la importante declaración del P. Ambrosio de Jesús, fechada en Madrid el 14 de mayo de 1646. El P. Ambrosio, que contaba 65 años de edad y 45 de hábito al ser citado por el tribunal examinador, fue uno de los predilectos del santo Reformador; le sirvió de compañero en varios viajes e incluso de secretario15. "En cuanto a las revelaciones divinas [...] -leemos en su deposición- se remite en cuanto a esto a lo que el V. Padre dejó escrito de su letra con grande verdad y humildad, en que le conoció siempre muy extremado"16. "Y añadió al artículo 19 arriba referido -se nos dice un poco más adelante- que el siervo de Dios ordinariamente, el tiempo que le sobraba después de haber cumplido con sus obligaciones, lo gastaba en escribir y en oración, quitándole a su cansado cuerpo el alivio que había de tener en el sueño: unas veces a prima noche, otras, después de haber estado en maitines hasta las dos, todo lo que quedaba de la noche. Y cuando iba camino, no reparaba en llegar cansado, poniéndose luego a escribir, o encendía la luz muy de mañana para hacerlo. Y algunas veces hacía a este testigo escribiese, dictándole el siervo de Dios. Y es cosa de notar que, habiendo andado el tiempo que vivió en la Reforma tan ocupado, dejó tantos tomos escritos que pone admiración. Catorce tomos es público dejó escritos, la mayor parte de su mano. Los más de ellos ha visto este testigo. Y en algunos se ve el don que le dio Dios de explicar la Sagrada Escritura y cuán ilustrada estaba su alma, porque trata de cosas de espíritu altísimamente"17. Al P. Timoteo de la Madre de Dios, interrogado en Madrid el 16 de mayo del mismo año, pertenece esta afirmación: "Al undécimo artículo respondió este declarante que, entre las cosas que el siervo de Dios dejó escritas de su letra, tratando de los principios por donde fue recoleto, una fue que, habiendo salido de


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Sevilla para Andújar a visitar al P. Visitador de la Orden [...]"; y cuenta seguidamente el episodio de la tempestad que obligó al Santo a decidirse por la recolección18.

 

Los dos únicos trinitarios que comparecieron en el proceso ordinario de Valdepeñas aportan también su granito de arena en favor de la obra literaria atribuida al místico trinitario. "[El Reformador] no dormía, como dicho tiene en otra parte -recuerda el 22 de agosto de 1646 el P. Basilio del Santísimo Sacramento, buen conocedor del Santo-, desde que a las doce de la noche se levantaba a maitines, sino que estaba en oración en el coro hasta la mañana o iba a la celda algunas veces a escribir tratados místicos y espirituales, en los cuales daba muy bien a entender cuán ilustrado era de Dios; y otras veces escribía cosas tocantes a la Escritura divina, de todo lo cual fue mucho lo que dejó escrito de su mano"19. Por su parte, el P. Matías de San Francisco, quien trató al siervo de Dios durante los últimos seis años de vida, se expresó ocho días más tarde en los siguientes términos: "Y si alguna cosa cercenaba de estarse en el coro a estas horas [de la noche, después de maitines], era para irse a la celda a escribir algunos tratados místicos que escribió, en que tuvo singular luz del cielo, o alguna cosa sobre la Escritura Sagrada, acerca de lo cual fue mucho lo que escribió. Y todo ello que parece haberle sido dictado por orden y disposición del cielo, porque hablaba con tal luz y claridad que da luz con su doctrina al más ciego y pertinaz"20.

 

El proceso informativo de Granada nos brinda algunos testimonios del máximo interés para nuestro caso21. El primero de ellos, y el más importante, lo suscribe el P. Gaspar de los Reyes el 13 de noviembre de 1646. El P. Gaspar, uno de los religiosos más insignes de los primeros decenios de la descalcez trinitaria, "comunicó familiarmente por espacio de diez años" con san Juan Bautista de la Concepción22. Después de haber descrito minuciosamente -repitiendo a veces a la letra el relato del tomo VIII23- el episodio de la tempestad y del voto consiguiente de pasar a la recolección, nos sigue proporcionando los siguientes datos: "Y siéndose preguntado este testigo de dónde le consta todo lo que en este artículo ha referido no habiéndose hallado presente a el suceso dicho, respondió que de todo esto tiene noticia por haberlo así este que declara oído en algunas ocasiones al mesmo siervo de Dios [...], fuera


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de que dice también haber leído esto mesmo en un libro que escribió el siervo de Dios, escripto por su mesma mano, donde, entre otras cosas que refiere, propone el suceso dicho; el cual libro, dice, se conserva el día de hoy en la relixión por haber dejado en él escripto este siervo de Dios, por orden de la obediencia, todo lo que le sucedió en la fundación de esta descalcez"24. Una respuesta semejante dio el testigo cuando se le preguntó cómo conocía tantos particulares del viaje del Santo a Roma25: "Respondió que todo lo que en esta parte dicho tiene, lo ha oído comúnmente por cosa cierta [...], fuera de que dice asimismo que todo esto lo dejó escripto el siervo de Dios en el libro que dejó escripto de su mano de las cosas notables que sucedieron en la institución de la Relixión, que es el que arriba deja referido y el que se conserva el día de hoy en la Relixión"26. Evidentemente, el P. Gaspar alude al tomo VIII manuscrito, donde se relatan puntualmente los episodios mencionados.

 

Los trabajos padecidos por el Santo en Roma encuentran idéntica confirmación: "Todo lo que aquí deja referido tiene noticia de ello por ser cosa pública y sabida en la relixión, y por haberlo así dejado escripto este siervo de Dios en el sobredicho libro que dejó escripto de su mano [...]; el cual libro dice este que declara que ha leído algunas veces por su consuelo y edificación, porque en él se manifiesta muy bien lo mucho que Dios ejercitó a este siervo de Dios"27.

 

Unos renglones más adelante leemos: "Vídose también esta providencia que Dios tenía de acudir a la fee grande de este siervo de Dios en una cosa singular que él mismo refiere en el libro que dejó escripto de su mano [...], donde dice que en una cierta ocasión, hallándose con muy pocos dineros para el remedio de su convento y para ciertos caminos que hizo [...], dice que se los multiplicó Dios [...]"28. Hablando de su observancia religiosa, dice el P. Gaspar "que favorecía Dios tanto este celo religioso de este varón apostólico que dice él con humildad de sí mesmo en el libro, que -como dicho tiene- dejó escripto de su mano por orden de la obediencia, que le solían dispertar algunas veces para que pudiese veer los defectos de los religiosos y así, como prelado suyo, pudiese reprehenderlos y enmendarlos; lo cual dice haberlo leído en dicho libro este testigo"29. Asimismo, tras alegar en favor del espíritu profético del Reformador dos hechos extraordinarios que le ocurrieron en su viaje a Roma30, "respondió que esta noticia la tiene por haberlo así visto y leído en el libro que, como dicho tiene, dejó escripto de su mano por orden y mandato de la obediencia, donde [...] refiere los sucesos que aquí deja referidos, de cuya verdad no se puede


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dificultar, siendo el autor que esto escribió en todo tan calificado como lo fue este siervo de Dios"31. Y prosigue la declaración: "Y dice más, que dice el mesmo venerable Padre en el libro referido que, cuando salió de Valdepeñas para enbarcarse este viaje [...], pidió a muchas personas siervas de Dios para el día de Nuestra Señora de setiembre siguiente las comuniones y oraciones32 [...] Iten dice haber escripto este siervo de Dios otros muchos libros fuera del referido, en que manifiesta muy bien, en las cosas místicas y realçadas que en ellos trata, la abundancia de la luz divina de que gozaba su dichosa alma. Y en los cuales libros dice que ha leído mucho este que declara, y que ha hallado en ellos escriptos y explicados en ellos cosas más místicas y realçadas que en autor otro alguno jamás ha visto, porque toca en dichos libros y tratados las cosas más interiores y más delicadas a que suelen en la oración llegar las almas que son más favorecidas de Dios y de Su Majestad más ilustradas; lo cual, dice, hace con una distinción y claridad tan grande que es a su parecer indicio cierto de que estaba en esta parte bien ejercitado y que tenía especial luz del cielo"33.

 

Son dignas de interés igualmente las frases que el segundo testigo del proceso granadino, el P. Juan de San Felices, dedicó el 19 de noviembre del mismo año a los escritos de nuestro santo: "Después de haber asistido a los maitines de media noche -refiere el P. Juan, quien en Madrid atendió como enfermero al Reformador por espacio de año y medio34-, era ordinario en él el quedarse en el coro en oración hasta la mañana; y si alguna cosa de este tiempo cercenaba, era para irse a la celda a escribir algunos tratados místicos y espirituales, y tan realçados en todo que dan a entender muy bien lo mucho que los ejercitó este gran siervo de Dios y cuán ilustrado fue de Su Majestad en su trato místico de oración. Los cuales tratados, dice, juntamente con otras muchas cosas muy provechosas y útiles que escribió, se conservan escriptas de su misma mano en la Religión el día de hoy, de las cuales dice este testigo haber visto y leído algunas, dignadas [sic] todas de un tan gran varón y muy útiles para los religiosos"35. Este mismo testigo cuenta después un episodio de la vida del Santo36 "por haberlo así leído en un libro que dejó escripto de su mano este V. Padre, donde refiere por menudo, por orden de la obediencia que así se lo dispuso y mandó, todas las cosas que le sucedieron en la institución de la Religión, donde entre otras cosas dice con humildad y encogimiento lo que en esta parte ha referido"37.


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No podemos dejar de añadir a esta ya larga cadena de testimonios algunos pasajes de la deposición firmada por el P. José de Santa María, buen conocedor del Reformador, el 7 de diciembre de 1646 en Granada: "Llegó a tanto esta persecución que Su Majestad le ofreció que aun los mesmos escriptos y libros que escribió, por ser de este venerable padre, muchos de ellos los quemaron, con ser como eran escriptos y libros de grande ejemplo y edificación y para exortar a las almas a el trato de virtud y perfección: tanto como esto, dice, persiguieron a este siervo de Dios que aun les daba en rostro sus escriptos. Y siendo repreguntado este testigo de dónde tiene noticia de el caso dicho..., respondió que tiene noticia de todo por haberlo así oído comúnmente en la Religión, en la cual se sabía lo que dichos libros y escriptos contenían"38. El P. José conoció algunas incidencias del viaje marítimo del Reformador a Roma "por haberlo así visto y leído en un libro que este V. P. dejó escripto de su mesma mano, el cual escribió por mandato de la obediencia, donde, entre otras muchas cosas que escribe de cosas muy singulares que le sucedieron en la fundación de la Religión, refiere las dos cosas que aquí en este artículo deja dichas. Y dice que el sobredicho libro es sin duda alguna escripto por mano de el siervo de Dios, porque conoce su letra como la suya propia por haberle muchas veces visto escribir y por tener consigo un quaderno de letra de el V. Padre, que le guarda por reliquia suya; y dice que la letra de este dicho libro es la mesma de el quaderno que trai consigo"39. "Iten más -se nos informa todavía- dice este testigo que declara que tiene un quaderno de la letra de este siervo de Dios, y que es tal el afecto que le tiene que le trai siempre por reliquia consigo"40.

 

Concluimos el elenco de pruebas procesales con un testimonio particularmente convincente, que tenemos que agradecer al P. Gabriel de Santa María, citado en el proceso canónico de Córdoba. Su declaración, datada el 7 de diciembre de 1647, contiene las siguientes palabras: "Esta fee viva en Dios que tuvo este V. P. se manifiesta muy bien [...] en una cosa singular que dejó escrita este siervo de Dios, entre otras muchas, en un libro que dejó escrito de su mano, en donde por mandado de la obediencia refiere muy a la larga todo lo que le sucedió en la consecución de la Reforma y en las fundaciones de los conventos que fundó. Dice, pues, en este dicho libro este V. P., en un párrafo que está en la hoja 268 del dicho libro, que, como Su Majestad traía religiosos nuevos a su nueva Religión y que en todo eran nuevos, así en el hábito como en edad, que eran pocos para el trabajo y pocos para buscar el sustento necesario para el convento donde estaba este siervo de Dios, no sabía de dónde le provenía el sustento necesario para los religiosos sus hijos [...]. Y añade en el dicho párrafo este V. P. estas palabras formales: "Yo confieso -dice- que nos sustentaba


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 Dios y proveía como a los pajarillos del nido""41. Relata a continuación el P. Gabriel dos casos singulares: multiplicación espontánea de vino y de dinero. "Todo esto dize este que declara que dexó escripto el siervo de Dios en el dicho libro42, de cuya verdad no se puede de ninguna suerte dudar, pues no puede caber cosa que contraria sea en un varón de tan ilustre santidad y que escribía el dicho libro forçado de la obediencia para edificación y consuelo de su relixión"43. Y aún se precisa más: "Y siendo repreguntado este testigo cómo sabe que fue escripto por este venerable padre el dicho libro, respondió que esto le consta porque conoce la letra de el dicho libro y sabe ser suya porque concuerda con la letra mesma que este que declara vido deste siervo de Dios; fuera de que dice que es cosa indubitable en la Religión que el dicho libro es escripto por mano deste siervo de Dios, y por tal se conserva y guarda en ella con gran cuidado y afecto por ser cosa escripta por mano deste su siervo"44. "Iten más dice este testigo que, estando este que declara en una cierta ocasión, después de ya muerto este siervo de Dios, en el convento de Valdepeñas, halló en la librería de dicho convento un papel manuscrito de letra deste siervo de Dios, en el cual leyendo este que declara por curiosidad, halló que en él decía lo siguiente: "Estando yo en una gran tristeza o enfermedad corporal echado en la tarima, me hizo presencia la santa madre Teresa de Jesús y se estuvo un gran rato conmigo sin decirme ni hablarme cosa alguna, sólo consolándome con su presencia". Hasta aquí dice este testigo que son las palabras que halló escritas de mano de este venerable padre en el sobredicho papel"45. El P. Gabriel estaba persuadido de que el beneficiado de la aparición de santa Teresa fue el Reformador por "dos principios: el uno dice que es porque, como este siervo de Dios escribía por orden de la obediencia las cosas que le habían pasado [...], dice que, como en el libro que arriba deja referido dejó escrito de su mesma mano otras visiones que a este modo le pasaron, juzga prudencialmente que, pues el otro papel era escrito de su mano y que en él hablaba como persona propia, como de sus palabras se colige [...]; el otro principio [...] es que la santa madre Teresa de Jesús tuvo singular afecto a este siervo de Dios"46.


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b)         Otros testimonios

 

Escuchamos en este párrafo a algunos autores del siglo XVII, todos ellos fidedignos, que abogan inequívocamente por la autenticidad de los escritos de S. Juan Bautista de la Concepción.

 

El primero -y quizá el más autorizado- es el P. Justo de Jesús, discípulo entusiasta y conocedor directo del santo Reformador47. En su obra, todavía inédita, Ramillete de flores virtuosas48, dedica los primeros 64 folios, redactados hacia 163249, a la vida del Santo. Leemos en ella, después de una carta del interesado: "Otras muchas cartas de mucha erudición y consuelo escribió nuestro venerable Padre, así a prelados de la Religión como a particulares súbditos y a seglares, que muchas de ellas tuve yo en mis manos, las cuales dejó olvidadas en Pamplona el venerable P. Joseph de la Santísima Trinidad; y yo, ignorante de lo que ahora hago, se las envié a Madrid, de lo cual me pesa harto. En la historia general de la Religión juzgo saldrán, con otros muchos tratados que nuestro venerable Padre escribió, que están en el archivo de Madrid"50. En el elenco de fuentes para la biografía del Reformador, alude el P. Justo a "cartas y tratados que escribió, que tuve suyos, pero muy mucho se me ha olvidado"51.

 

Otra confirmación de lo que venimos diciendo nos la proporciona el primer cronista de la descalcez trinitaria, el P. Diego de la Madre de Dios, contemporáneo del Santo en la Orden durante seis años52. Nos informa, en el prólogo a su Crónica, editada en 1652 pero preparada desde 163553: "De los [religiosos] que escribo, parte he sacado de los papeles de nuestro venerable P. Fr. Juan Baptista de la Concepción"54.


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Luego, hablando de la facundia del Santo, confiesa: "En esta materia podría referir mucho; baste decir que tuvo tal abundancia y facilidad que, con haberse perdido cantidad de sus escritos, han quedado ocho tomos, que se guardan en el archivo de nuestro convento de Madrid, de varios tratados, todos de su letra; y apenas se halla borrada en ellos una palabra, habiendo escrito lo más en medio de sus continuas ocupaciones y enfermedades. Estos tratados adornó de innumerables lugares de Escritura, explicados con notable propiedad"55.

 

Al jesuita Alonso de Andrade pertenecen las siguientes palabras sobre la producción literaria de S. Juan Bautista de la Concepción: "Escribió muchas obras eruditas, y de las que se han podido recoger hay ocho tomos de sermones y varios tratados espirituales, que se guardan en el convento de Madrid; y si se dieran a la estampa, fueran de grande utilidad, así para los predicadores como para las personas que desean aprovechar en espíritu, que no es justo que de varones tan señalados estén sus tesoros escondidos"56.

 

El célebre historiador sevillano Nicolás Antonio informa en 1672 sobre el santo trinitario: "Hombre muy insigne por sus letras, elocuencia y virtudes cristianas y religiosas; de tal excelencia y abundancia de doctrina estuvo dotado que llegó a escribir muchos tratados, de materias muy varias, dejándolos manuscritos y casi sin tacha alguna, los cuales se conservan autógrafos en la casa de Madrid"57.

 

Y ahora un pasaje publicado en 1676 por el P. José de Jesús María, excelente biógrafo de S. Juan Bautista de la Concepción: "Los materiales de que para el intento me he valido son muchos y diversos, y todos de toda autoridad y crédito. El primero y principal son los originales mesmos escritos de mano de N. V. Padre, en especial un libro en que, instado de sus hijos y obligado de la obediencia, escribió, después de más de tres años que se anduvo escusando y dilatando, los principios de la recolección, la erección de la reforma y descalcez, sus progresos y estado hasta los fines del año 1607 y lo que a él mesmo en todo este tiempo le sucedió58. De la identidad y autor de este libro no hay razón alguna de dudar, pues, cuando no tuviera a favor suyo la tradición de la religión, que como de su venerable fundador le guarda con otros


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manuscritos suyos en el archivo general de nuestro convento de Madrid -prueba tan convincente, según Chrisóstomo, que en lo que es tradición no quiere que se busque otra-, cuando esto, digo, no fuera así, la letra manifiesta la mano. Pues, cotejada con firmas que se hallan del bendito padre, se conoce con claridad ser suya. Los testigos que le conocieron lo deponen así, y algunos de ellos refieren cláusulas enteras del mesmo libro citando los folios de él, donde yo las he hallado"59. Cuando es deudor de las noticias y textos contenidos en el tomo VIII de los escritos del Santo, el P. José menciona siempre al margen, con toda precisión, el folio correspondiente60.

 

Cerramos la presente sección con unas líneas del P. Alejandro de la Madre de Dios, cronista de la descalcez: "Desde que [el Reformador] dejó el oficio de provincial, había estado retirado, primero en La Solana y después en Valladolid, entregado a la oración, en que era versado sobremanera. Y en este tiempo, se entiende, escribió unos libros admirables, en que se trata de la fundación de la descalcez y otras materias espirituales promiscuas, aunque no las dejó perficionadas y enteras, y esto les quita el gozar de la luz pública"61.

3.         Autógrafos del Santo

 

Con lo dicho ha quedado probada, más que suficientemente, la autenticidad de los ocho tomos ya descritos, esto es, que el autor de todos ellos fue S. Juan Bautista de la Concepción, reformador de la orden trinitaria. De esta conclusión, sin embargo, no se sigue necesariamente que los manuscritos hoy existentes se deban a su pluma, al no poderse descartar a priori la posibilidad de haberse perdido los originales en el largo periodo de tiempo que nos separa de su muerte. De ahí que, a pesar de haber ofrecido ya, en los párrafos precedentes, no pocos elementos en favor de la autografía de los manuscritos analizados, nos planteemos ahora explícitamente tan importante cuestión.

 

Una simple ojeada a los manuscritos -véase la fotografía- coloca al lector entendido ante escritos no más tardíos de la primera mitad del siglo XVII: la caligrafía y la ortografía (especialmente las abreviaturas) y ciertas formas de expresión se remontan, en efecto, al tiempo indicado.

 

Una segunda consideración que se nos impone de entrada es que la tradición, rica en testimonios explícitos, atribuye unánimemente a S. Juan Bautista de la Concepción la redacción del manuscrito; no hay


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nadie que ponga en duda esta verdad, pacíficamente aceptada y confirmada desde el principio. Ya hemos visto cómo muchos de los testigos aducidos afirman machaconamente que el Santo dejó varias obras escritas de su puño y letra; e, incluso, declaran haber leído en ellas la historia de la descalcez trinitaria, descrita, como sabemos, en el actual tomo VIII. Y no se olvide que todos los testigos procesales y varios de los autores llamados en causa conocieron personalmente al Reformador y conocían, por ende, su caligrafía. No es el caso de repetir la lista de fuentes utilizadas, pero sí dos de ellas. El P. Gabriel de Santa María, después de asegurar que el Santo -al que conocía muy bien- dejó muchas cosas "escritas de su mano", refiere "un párrafo que está en la hoja 268 del dicho libro [tomo VIII]", citando, incluso, varias frases textuales del mismo; pues bien, el párrafo y las frases recordadas se hallan efectivamente en el f.268r del tomo VIII manuscrito que hoy conservamos. Y el biógrafo P. José de Jesús María precisa en 1676 hablando de la autenticidad del mencionado tomo: "Cuando esto [la tradición], digo, no fuera así, la letra manifiesta la mano; pues, cotejada con firmas que se hallan del bendito padre, se conoce con claridad ser la suya. Los testigos que le conocieron lo deponen así, y algunos de ellos refieren cláusulas enteras del mesmo libro citando los folios de él, donde yo las he hallado"62.

 

Aparte esa serie de pruebas externas, ante ocho voluminosos infolios manuscritos, redactados sin pensar en la imprenta, la hipótesis inicial más lógica parece la de su originalidad autográfica: es muy improbable que un copista se tomara la molestia de transcribir esa montaña de folios. Pero dejémonos de conjeturas y vayamos a las pruebas internas, que no faltan.

 

Llama la atención la limpidez y claridad que revisten, aún hoy, los ocho tomos del manuscrito, limpidez y claridad inusitadas en otros autógrafos de los siglos XVI y XVII: pocas palabras tachadas, márgenes regulares, folios más o menos del mismo formato. No es difícil dar una explicación satisfactoria a este primer dato de observación sin atentar a la tesis que intentamos probar. La uniformidad de los folios -para comenzar con lo más fácil- se debe al hecho de que el autor utilizaba, como hemos indicado ya, cuadernillos de diez pliegos doblados por la mitad. En cuanto a la regularidad en dejar espacios marginales -cosa que no hay que exagerar, pues no faltan líneas más largas que otras-, nos parece lo más normal en un escritor que usa folios iguales63.

 

El bajo número de tachaduras y correcciones pone en evidencia dos cosas: la gran facilidad de expresión del autor, atestiguada por una infinidad de contemporáneos suyos; y la falta material de tiempo para poder releer y revisar lo que iba escribiendo. De hecho, el propio Santo confiesa que no vuelve sobre lo escrito; y muchas veces se lamenta de


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 haber perdido el hilo de la historia o del tratado sin poder remediarlo64. Aunque prueba días de sequedad para la pluma, escribe mucho en poco tiempo65: las ideas y los ejemplos -todo ello alimentado por inagotables vivencias espirituales- le brotan con la fluidez de un torrente. No se preocupa del orden y de la sistematización de las ideas: el caudal que salta de su corazón -más que de su cerebro- le roba toda la atención que podría prestar al aspecto formal de sus obras. Es normal, por tanto, que en el autógrafo escaseen retoques que denotarían una relectura del mismo.

 

Es oportuno recordar, por otra parte, que a nuestro autor no le constreñía ninguna circunstancia externa a examinar los manuscritos. Deseaba, sí, someterlos al juicio del visitador apostólico (sólo el vol. VIII, que el P. Elías de San Martín se lo había ordenado) y a la genérica corrección de los hermanos, pero justamente por eso -es decir, porque espera que otros ordenarán y pulirán lo escrito- desatiende la revisión de sus papeles. No pensaba en editarlos ni temía el látigo de la Inquisición. Sabía que su lectura quedaría por mucho tiempo circunscrita a un puñado de trinitarios descalzos.

 

A pesar de lo que acabamos de decir, no faltan en el manuscrito tachaduras, correcciones y añadiduras efectuadas por el autor, dato que aboga en favor de la genuinidad del autógrafo. El tomo I y la parte histórica del VIII ofrecen mayor número de correcciones que los otros volúmenes. La descripción de los orígenes de la reforma estimulaba, lógicamente, el sentido crítico del Santo, que se nos revela deseoso de objetividad hasta el escrúpulo. No se olvide tampoco que estos dos volúmenes fueron paginados desde el primero al último folio por el autor, el cual, al dar un nuevo vistazo al manuscrito, se sentiría impulsado a perfeccionarlo con algunos retoques. Entre las añadiduras marginales hay frases e, incluso, periodos gramaticales; y hay casos en que se agrega un párrafo bastante amplio al final del capítulo.

 

Alejan aún más la sombra de un copista numerosas lagunas significativas que apreciamos en el manuscrito66. Faltan con frecuencia los títulos de los capítulos: el autor ha ideado una cierta división del texto, pero no pierde tiempo en formular un epígrafe que no sabe si corresponderá al contenido del capítulo; deja por lo mismo espacios de siete


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u ocho líneas en blanco, con la simple indicación, en ocasiones, de capº La separación de capítulos viene señalada a veces, en un segundo momento, con la llamada marginal: aquí se divida capº Encontramos aquí y allá huecos destinados a nombres o referencias que el autor no recuerda y espera que alguien los rellene. Hay capítulos que, pensando en completarlos más tarde, se abandonan inconclusos con un espacio final no utilizado. Así, por ejemplo, hablando de las oraciones que debe recitar el religioso a la salida y a la entrada del convento, termina con estas palabras: "Y porque no me acuerdo de los versos y oraciones que se dicen, dejaré aquí blanco donde se pongan cuando se hallaren, o se compongan y acomoden otras; los versos y oraciones son los siguientes"; y reserva medio folio para tal fin67. En otro lugar, después de elencar catorce razones alegadas por algunos descalzos en contra del traspaso de calzados a la reforma, añade: "Escríbanse más si las dieren", y deja media hoja disponible68. "El decreto que se hizo en el ayuntamiento es de esta manera", leemos al final del capítulo del tomo VIII, pero sigue medio folio en blanco en lugar del decreto, que el autor evidentemente no tuvo a mano cuando quiso copiarlo.

 

Las interrupciones en la escritura, detectables por el tipo de letra -mayor o menor- y la calidad de la tinta, nos brindan una demostración clara de que el manuscrito es de primera mano: el Reformador trinitario, como sabemos, se vio obligado a escribir aprovechando breves periodos de tiempo discontinuos y robando horas al sueño. A veces69 interrumpe bruscamente la escritura sin concluir el razonamiento o el periodo gramatical y sin colocar un signo de puntuación final, y prosigue luego -en otro momento, quizá distante- dejando lo anterior mutilado.

 

Pongamos algún ejemplo del tomo VIII. El análisis grafológico revela una interrupción en el f.72v; pues bien, se nos ratifica en el texto al retomar la escritura: "Hasta aquí fue Dios servido escribiese en espacio de cinco días hará presto un año". El f.105r presenta dos tipos de tinta y grafía. Con el primero concluye: "Me he hado priesa a escribir seis pliegos de papel entendiendo dar fin a todo lo que pasó en Roma, por haberme de partir mañana camino largo, y sabe Dios cuándo tornaré a proseguirlo, que en otros dos días que escribiera como hoy pudiera ser lo acabara, que hasta entrar en España lo deseo grandemente". Estas frases están escritas en febrero de 1605. En abril de 1606, sin embargo, continúa en el mismo folio con tinta y letra ligeramente distintas: "Sean siempre conmigo Jesús y María, que yo no cómo tengo de poder proseguir esta historia más de un año en que lo dejé aquí". Termina una digresión doctrinal en el f.204v, y luego, en el f.213r, dejando en blanco los anteriores, vuelve a escribir en otro tiempo -y


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la caligrafía lo delata- queriendo engancharse al hilo de la historia abandonado folios atrás: "Yo confieso que tornar a proseguir esta materia me es de harta mortificación"70.

 

Las partes del manuscrito escritas de segunda o tercera mano corroboran lo que venimos sosteniendo. Los ff.57v-58v del tomo VIII están escritos y firmados por el P. Agustín de los Reyes. Se trata de una reseña biográfica del hermano Esteban de la Santísima Trinidad solicitada por el santo Reformador al P. Agustín71. Ya antes, en el f.23v, advertimos una frase escrita por dicho religioso, del tenor siguiente: "Digo ser verdad la cláusula de haber trocado las palabras como se contienen. Yo firmo de mi nombre. Fray Augustín de los Reyes". Y coincide la caligrafía de ambos pasajes.

 

Las restantes secciones no autógrafas -redactadas al parecer por una misma persona y ésta distinta del P. Agustín de los Reyes72- son las siguientes: I, f.49, salvo el título y las dos últimas líneas, escritos por el Santo, quien, además, ha leído y corregido la parte confiada al amanuense; VI, f.150, también releído por el autor del manuscrito; y los ff.330, 448 (desde la cuarta línea hasta la mitad del verso) y 494-495r del tomo VIII73.

 

Para terminar, vamos a exponer una prueba grafológica de notable interés. Fuera de los volúmenes aludidos, conocemos varias firmas del Reformador trinitario74. Reproducimos tres de ellas: a) la que se lee al pie de su acta de profesión religiosa75 y dice literalmente "Fr. Juan Baptista Rico"76; b) la de una escritura del 17-VII-1606: "Fray Juan Baptista de la Concepción"77; c) la que figura en un documento de octubre de 1611: "Fray Juan Baptista de la Concepción"78. La grafía


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de esas firmas concuerda con la del manuscrito, donde, por otra parte, hallamos escrito varias veces el propio nombre ("fray Juan Baptista"), por ejemplo, en VIII, ff.240r (dos veces: y líneas desde abajo), 247r ("san Juan Baptista"), 284r. Es evidente la misma mano. Se aprecia además claramente encima de las firmas un signo extraño: una especie de cruz, pero con dos líneas verticales en vez de una, más cortas que la horizontal79. Ahora bien, hemos podido comprobar con grata sorpresa que el mencionado signo se repite al inicio de la mayor parte de los capítulos que integran los ocho tomos manuscritos, prueba concluyente de que su autor es siempre el mismo. Pero aún hay más. Obsérvese la rúbrica que acompaña a las firmas. Una rúbrica semejante, debida sin duda a la misma mano, la descubrimos con sorpresa nada menos que tres veces en el actual tomo VII del manuscrito80. Vemos, pues, que S. Juan Bautista de la Concepción no descuidó contraseñar de alguna manera sus autógrafos, a pesar de no firmarlos. Lo haría quizá con el deseo de ofrecer una garantía a sus hijos presentes y futuros, a quienes en primer lugar dirigía su obra literaria, y dentro de ella, muy especialmente, el tomo VII, que trata del estilo de vida implantado en la reforma.

 

Ponemos punto final a estas líneas con la satisfacción de haber comprobado por primera vez la veracidad de una convicción jamás declinada en la mente de los trinitarios descalzos: que los escritos atribuidos a S. Juan Bautista de la Concepción y hoy conservados son efectivamente suyos y han sido redactados de su puño y letra.

4.         ¿Dejó el Santo catorce volúmenes de escritos?

 

Los dos únicos testigos procesales -aducidos en el párrafo segundo de esta introducción- que especifican la cuantía de los escritos del místico y reformador trinitario hablan de catorce tomos; y nosotros conocemos sólo ocho. Puesto que no podemos desconfiar de testimonios tan fidedignos, queremos ensayar aquí una explicación del problema.

 

Creemos improbable que fueran computados entre dichos tomos el manual editado en 1606 y algunos escritos menores, particularmente memoriales, que el autor redactó en defensa de la reforma o con otros fines81.


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No sabemos si el Santo llegó a escribir dos obras prometidas -un "libro de apuntamientos" y un muestrario de cartas-, pero ciertamente faltan en la producción actual82.

 

Es muy posible que, según se acostumbraba entonces, S. Juan Bautista de la Concepción, sobresaliente predicador, compusiera una colección de sermones para uso personal83.

 

Pudiera ser también que fueran contadas entre los catorce tomos algunas colecciones de cartas. Sabemos que, aún en vida del Reformador, su discípulo predilecto, P. José de la Santísima Trinidad, reunió un buen número de misivas autógrafas suyas84. Y siendo millares las cartas escritas por nuestro autor, muchas de las cuales dirigidas a los reformados85, parece lógico pensar que a más de uno se le ocurriría coleccionarlas y guardarlas.

 

El actual tomo IX de los manuscritos es copia del autógrafo original. Dicho autógrafo formó parte tal vez de los seis primitivos volúmenes perdidos o destruidos. Y decimos "perdidos o destruidos" porque, según la deposición de varios testigos en los procesos, muchos escritos del santo se perdieron86 o fueron quemados87.

 

Cuando se procedió a la primera revisión oficial de la obra (1721-26) se insistió en una explicación que también puede dar razón, al menos en parte, de la reducción numérica de los volúmenes: pudieron ser cosidos dos o más juntos. Hay indicios que avalan esta hipótesis. El Santo


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folió únicamente el primero y el octavo; los demás, a deducir de su paginación, fueron ordenados por otra persona, que pudo no haber respetado una primera distribución hecha por el autor. Refuerza esta sospecha el examen del contenido de algunos. En el IV tenemos dos tratados que, no guardando relación alguna con el resto de la materia, pudieron existir inicialmente aislados: la necesidad de que todas las órdenes se reformen (ff.167-186) y la larga respuesta a siete dificultades nacidas de la visita especial del franciscano Andrés de Velasco (ff.187-313). Se da principio al tomo V para "apuntar algunas cosas sueltas" (f.1r), a las que después se dedican sólo los primeros 135 folios; el resto (ff.136-316), después de media página en blanco, versa sobre cinco cuestiones referentes a la descalcez trinitaria, que probablemente formaron al principio un volumen aparte. Al título general del tomo VI -"Una breve resunta y recopilación de la regla primitiva..."- no corresponde más que una mínima parte (86 ff. iniciales); y, dejando en blanco casi todo el f.86, los restantes 126 contienen cuatro tratados -sobre los donados, los prelados, los estudiantes y los predicadores- que de por sí constituyen un bloque independiente.

 

Sea que la suerte seguida por seis de los primeros volúmenes haya sido la pérdida o la quema, sea que se encuentren fusionados todos o algunos de ellos con los demás que hoy poseemos, lo cierto es que ya en 1652 no quedaban más que ocho tomos88.

5.         Trayectoria histórica de los manuscritos

 

Pensamos que, al trasladarse a Sanlúcar de Barrameda (1612) con el fin de gestionar allí una nueva fundación, dejaría el Santo sus manuscritos -al menos la mayor parte de ellos- en el convento de Madrid, donde principalmente los había escrito: recién operado y al límite de sus fuerzas, es muy improbable que cargase en aquel penoso viaje con un pesado fardo de cuadernos.

 

Hipótesis aparte, sabemos que en 1632 se guardaban en el archivo general de la casa madrileña los preciados autógrafos89; y allí siguieron durante todo el siglo XVII90. Fueron trasladados a Roma en 1718 juntamente con los procesos apostólicos instruidos en Madrid y Córdoba (1715-1717). No se nos da explícitamente la noticia en las fuentes que hemos consultado, pero se desprende de los siguientes datos: sabían los promotores de la causa de nuestro santo que, a tenor de las instrucciones de Urbano VIII, en Roma debía preceder el examen de los escritos a


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la discusión de las virtudes; el 29 de julio de 1718 llegaron al convento romano de S. Carlos "alle Quattro Fontane" cuatro trinitarios descalzos con los procesos super virtutibus et miraculis fabricados en Córdoba y en el arzobispado de Toledo91, y no se ve por qué habían de ser cuatro para llevar solamente las actas de los procesos (tres volúmenes en total). Creemos, pues, que los autógrafos del Santo pasaron a Roma en la fecha indicada.

 

El 9 de agosto de 1721 -como veremos más adelante- decretó la Congregación de Ritos el examen oficial de los escritos. Y días antes habían sido encuadernados en la forma que hoy los tenemos, es decir, con pastas de pergamino acompañadas del título y número de orden. Nos lo indica el Libro de cartas cuentas de la Procura general (1711-37) con la siguiente partida del año 1721: "Más, en enquadernar bien las obras de nro. V. P. para darlas a examen, doce julios -0012". La lista de gastos de dicho Libro obedece a una mera sucesión cronológica de hechos, por lo que podemos fijar el pago de la encuadernación entre "el ferragosto del año 1721" y la salida del "decreto de deputación de revisores"92, conceptos respectivamente anterior y posterior a la referida partida93.

 

Aprobados en 1726, la Sagrada Congregación retuvo en su propio archivo los manuscritos hasta al menos 1760, año en que fue proclamada la heroicidad de las virtudes del Santo94: es ésa la costumbre del dicasterio romano, con la finalidad obvia de conservar a disposición de los interesados un testimonio excepcional del espíritu del siervo de Dios.

 

En 1769 se guardaban en el archivo general de S. Carlos "alle Quattro Fontane" (Roma), como nos lo certifica el P. Roque de la


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Concepción, quien se propuso copiarlos en parte95. Seguían en Roma por los años 178196 y 178997. En el definitorio general, celebrado en Madrid el 11 de mayo de 1807, se acordó que el P. Antonio de Jesús María, "ya que está encargado de copiar de buena letra las obras que se trajeron de Roma de N. V. P. Reformador, de las que cada año deberá presentar al definitorio lo que haya copiado para juzgar si es digno de continuar con las esenciones que se conceden a los escritores, se le patente de tal"98. En realidad, no fueron enviados a Madrid -creemos que un poco antes del mencionado Definitorio- más que los cinco últimos volúmenes; los tres primeros quedaron en Roma y fueron copiados por el P. Joaquín de los Santos99. Salieron de nuevo para Roma los cinco tomos al inicio de marzo de 1830 "remitidos por medio del Excmo. Sr. Consejero de Estado D. Juan Bautista de Herro"100. No sabemos quién ni cuándo los entregó en el convento de S. Carlos, pero el dos de mayo no habían alcanzado aún su destino101.


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Digamos, finalmente, que a partir de la publicación de las obras (1830-31) los inestimables autógrafos de S. Juan Bautista de la Concepción han sido custodiados ininterrumpidamente en el tantas veces mencionado archivo de S. Carlos102.

6.         Primera revisión de las obras

 

El proceso de beatificación de un siervo de Dios incluye como paso obligado el examen de los escritos -si los hay- que se le atribuyen. Este requisito, que hoy se cumple antes de la introducción de la causa, en el pasado precedía a la aprobación de las virtudes, a tenor de un decreto de Urbano VIII (1625)103.

 

Por lo que toca a nuestro caso, salió el 9 de agosto de 1721 el decreto que disponía la revisión de los ocho tomos autógrafos de S. Juan Bautista de la Concepción. La Congregación confió el asunto, como es costumbre, al entonces ponente de la causa, cardenal Barberini, y éste, a su vez, deputó a dos teólogos competentes para el estudio directo de las obras. Pero ¿habría que esperar a que los encargados leyesen detenidamente los ocho imponentes infolios? ¿No cabía la posibilidad de un procedimiento más expeditivo? Quizá por esto, el cardenal se contentó con que los censores enjuiciaran tan sólo el contenido del segundo volumen, todo él doctrinal y ciertamente muy representativo en el conjunto de la producción del santo trinitario. A pesar de no figurar los nombres de los revisores en los fondos de la Congregación de Ritos104, hemos logrado averiguar uno de ellos en la persona del italiano Abad Compagnizani105, a quien se entregó, para su examen, una copia del tomo II.


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El teólogo Compagnizani, primero de los dos censores a quien recurrió sucesivamente el cardenal Barberini106, se declaró "insuficiente para poder dar una censura sobre tal obra, ya que trata de ciertas vías por mí jamás practicadas"107, pero no dejó de hacer respetuosamente algunas observaciones, que exigieron del P. Miguel de S. José, postulador general, una atenta respuesta. El P. Miguel pudo concluir el 23 de febrero de 1725 su esmerada apología de los puntos contestados, y puso inmediatamente todo el material en manos del cardenal Barberini108, quien, a su vez, designó sin tardanza el teólogo encargado de examinar dicho material109. Exigente y celoso de su misión, este segundo "teólogo deputado" corroboró algunas objeciones que el postulador creía haber rebatido110, por lo que fue necesario redactar otros cuatro folios con el fin de "discutir breve y eficazmente, y remover" las nuevas críticas111.

 

El 3 de enero de 1726 tuvo lugar en el palacio del cardenal Barberini la congregación particular "super examine nonnullorum opusculorum a praedicto servo Dei exaractorum"112, en la que, superados finalmente todos los obstáculos, se emitió el juicio aprobatorio de los ocho tomos autógrafos del Reformador trinitario113. También fue favorable días más tarde (16 de febrero) la resolución de la congregación ordinaria. El cardenal ponente consignó el 1 de marzo el total de los manuscritos al


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secretario, Mons. Tedeschi114, quien, a la vista de los mismos, procedió ya a la confección del siguiente decreto:

            "DECRETUM

 

  Corduben. Beatificationis et Canonizationis ven. Servi Dei P. Fr. Joannis Baptistae a Sanctissima Conceptione, Fundatoris Ordinis Discalceatorum SSmae Trinitatis Redemptionis Captivorum.

 

  Commissa Emo et Rmo D. Card. Barberino praedicti Ponenti a Sac. Rit. Congregatione die 9 augusti 1721, annuente etiam Sanctissimo, revisione infrascriptorum opusculorum ab ipso Servo Dei in lingua hispanica exaratorum, nempe

                        1          Tomi incipien.: Capítulo de quán difficultosa cosa sea, etc.; et terminan.: que no es menos que recibirlo por rey115. Pag. 226.

                        2          Tomi incipien.: Capítulo quán sólo es el camino de la verdad; et terminan.: en tratos y negocios donde Dios no está. Pag. 264.

                        3          Tomi incipien.: Tratado de algunas exortaciones; et terminan.: el ser vencidos en la batalla. Pag. 244.

                        4          Tomi incipien.: Nota que el título de este tratado; desinen.: premiado con gloria eterna, quam mihi et vobis. Pag. 313.

                        5          Tomi incipien.: Estos quadernos; et desinen.: de llevarnos a su gloria, Amén. Pag. 316.

                        6          Tomi incipien.: Una breve resunta y recopilación; et terminan.: que hay en el mundo. Pag. 211.

                        7          Tomi incipien.: Breves tratados acerca de los oficios; et finien.: de donde se podrán sacar. Pag. 228.

                        8          Tomi incipien.: Las raçones que pueden obligar; et terminan.: nos lleve en su compañía. Pag. 541.

 

  Habitaque postmodum sub die 3 februarii proxime praeteriti Congregatione particulari super examine dictorum opusculorum, in qua rescriptum fuit nihil substantiale in operibus obstare quin ad ulteriora procedatur, ita tamen ut edi non possint nisi praevia ipsorum operum revisione et suppletione sive emendatione in nonnullis accidentalibus, demum, ad instantiam P. Michaelis a S. Josepho, Commissarii Generalis Ordinis Discalceatorum SSmae Trinitatis Redemptionis Captivorum, et dictae Causae Postulatoris, discusso in Sac. Rit. Congregatione ordinaria examine suprascriptorum opusculorum, Sac. eadem Rit. Congregatio, ad relationem ipsius Emi Ponentis, audito etiam Rmo Prospero de Lambertinis, Archiepiscopo Theodosiae, Fidei Promotore, censuit rescribendum procedi posse ad ulteriora, servato decreto Congregationis particularis sub dicta die 3 februarii habitae, si SSmo D. nostro visum fuerit. Die 16 februarii 1726.

 

  Factaque deinde per me Secretarium de praedictis Sanctissimo Domino Nostro relatione, Sanctitas Sua benigne annuit. Die 23 martii ejusdem anni 1726.

            F. Card. Paulutius, Praefectus

                        Loco + sigilii

 

                                                           N.M. Tedeschi, Archiep. Apamenus S.R.C. Secret."116


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7.         Búsqueda de los "papeles perdidos"

 

La aprobación de los escritos suponía la luz verde para afrontar el examen de las virtudes del siervo de Dios. Pero nuestra causa topó de improviso con un nuevo obstáculo a salvar antes de esta segunda etapa decisiva. Al estudiar con ojo crítico los procesos, tanto el promotor como el subpromotor de la fe -monseñor Alberto Filipense y don Juan Pruneto- tropezaron con una considerable laguna117: algunos testigos procesales de visu118 atribuían al Reformador trinitario nada menos que catorce tomos de escritos, mientras que de hecho no habían sido revisados y aprobados más que ocho; por añadidura, se mencionaban algunas cartas y relaciones, que ni siquiera habían sido presentadas a la Congregación. Se tendió así un freno a la causa, que naturalmente no podía proseguir sin ulteriores averiguaciones sobre el particular119.

 

Como primera medida se celebró en marzo de 1732 una reunión entre el promotor y el subpromotor de la fe y el postulador y procurador de la causa. El procurador general de la Orden y postulador de la causa, P. Miguel de S. Rafael, explicó hábilmente a los presentes cómo los ocho volúmenes aprobados contenían efectivamente catorce tratados distintos y que dichos tratados habían existido como tomos independientes antes de su encuadernación. Satisfizo la solución al promotor de la fe, pero, no obstante, se vio la oportunidad de investigar la cuestión más a fondo, especialmente por lo que tocaba a otros escritos menores del místico trinitario; se preveía razonablemente que la Congregación no dejaría de prescribir nuevas averiguaciones en orden a disipar la más mínima duda120. La "dificultad era de facto y no se podía evacuar sin la prueba de facto", por lo que se acordó "hacer en España las diligencias auctoritate apostolica para ver si se hallaban más tomos o escritos del siervo de Dios"121.

 

A instancias del postulador, dispuso a tal efecto la Sagrada Congregación -con un decreto del 12 de enero de 1733- la búsqueda de nuevos escritos en Córdoba, Madrid, Valdepeñas, Salamanca y


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Toledo122. El secretario de la Congregación entregó al postulador una instrucción del promotor de la fe y una carta del prefecto que debían dirigirse a los obispos correspondientes123, y éste las envió inmediatamente al general de la Orden, Alejandro de la Concepción, residente en Madrid, "para que las repartiese"124.

 

Pudieron, pues, realizarse con la máxima presteza las pesquisas decretadas.

 

Se procedió, concretamente, de esta manera:

 

a)           El obispo de Córdoba, don Tomás Ratto Ottonelly, legítimamente impedido por razón de sus ocupaciones, encomendó las diligencias (17-IV-1733) a don Francisco Miguel Moreno Hurtado, prebendado de la catedral, provisor y vicario general. Se indagó en el convento fundado por el Reformador y en otras partes de la ciudad, debiendo concluir: "No se han encontrado ni descubierto papel alguno, carta ni otro género de escrito del V. siervo de Dios P. F. Juan Bautista de la Concepción".

 

b)           Monseñor José Sancho Granado, prelado de Salamanca, mandó el 12 de mayo la búsqueda de posibles escritos en su ciudad. Terminó la pesquisa el 10 de junio con resultado totalmente negativo.

 

c)           El arzobispo de Toledo, Diego de Astorga y Zéspedes, decretó el 10 de marzo se hiciesen las correspondientes diligencias en la ciudad primada, delegando a tal fin a su sufragáneo y auxiliar monseñor Benito Modveño Ramos, obispo de Sión. Se cerró el procesículo el 20 de agosto con el resultado de "no haberse encontrado obras ni escritos algunos de los referidos".

 

d)           En Madrid, donde se investigó desde el 30 de junio hasta el 20 de agosto, se constató igualmente la inexistencia de autógrafo alguno del Santo.

 

e)           La investigación requerida en Valdepeñas, ciudad incardinada en la archidiócesis de Toledo, fue confiada el 9 de marzo por el cardenal Astorga a su vicario y visitador general para la región de Ciudad Real, don Juan José García Alvaro. La búsqueda, realizada escrupulosamente en el convento de los trinitarios descalzos, y en toda la villa a través del bando de rigor, condujo al hallazgo de una firma del Santo, pero no se dio con "ningún escrito de los referidos", como se lee en el acta de clausura fechada en Madrid el 20 de agosto.

 

Fueron llevados a Roma los procesículos, sellados y cerrados, por el procurador general de la causa, el P. Juan de la Asunción125.


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Por fin, oída la relación del cardenal Pico, ponente sustituto del cardenal Barberini, sobre el resultado de las diversas diligencias llevadas a cabo, decretó el 5 de diciembre de 1733 la Sagrada Congregación procedi posse ad ulteriora126.

 

Con tal decreto, claro está, se puso fin a la intensa búsqueda de los papeles perdidos, pero la duda sobre el volumen de escritos quedaba pendiente de resolución hasta las congregaciones particulares sobre las virtudes, ya que era allí donde debían ser ventiladas las animadversiones del promotor de la fe. El procurador de santos y patrono de la causa, el sacerdote palatino Antonio Mazzini -asistido naturalmente por el procurador general de la Orden-, al redactar su responsio ad animadversiones Rmi. P. D. Fidei Promotoris, tuvo que ocuparse en primer lugar de la animadversio praeliminaris sobre los escritos. Conocemos ya su respuesta: traídas las obras a Roma en un único envoltorio de cuadernos sueltos, habían sido cosidas y encuadernadas en ocho tomos, los cuales, como se puede comprobar, contienen catorce tratados distintos127. Esta explicación, con ser aparentemente convincente, no responde, como sabemos, a la realidad de los hechos en cuanto que ya en 1652128, antes de su envío a Roma, se componían de sólo ocho tomos los escritos en cuestión.

 

Con todo, en la congregación antepreparatoria sobre las virtudes, celebrada el 26 de enero de 1740 en el domicilio del cardenal Pico de Mirándola, a la sazón ponente de la causa129, fue aceptada como verosímil la inclusión de los catorce tomos iniciales en los ocho aprobados, pero se constató la falta de otros escritos menores, a saber, algunas cartas y memoriales. Las nuevas animadversiones, redactadas a raíz de la reunión precedente por el entonces promotor de la fe, abogado Valenti, no insistían ya como antes, aun solicitándola, en la búsqueda de cartas y papeles sueltos, que "se pueden perder fácilmente"; y formulaban dos nuevas exigencias: a) la localización y copia de algunos pasajes del tomo VIII aludidos por algunos testigos procesales como fuente de la propia información sobre la vida del Santo; b) la exhibición de algunos libros que tratan, poco o mucho, del siervo de Dios130. El sumario de las objeciones y las respectivas respuestas salió de la imprenta el mes


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de agosto de 1741131, mas hubo de esperarse a 1747 para celebrar la congregación preparatoria super virtutibus; precisamente el cuatro de julio de dicho año tuvo lugar en el palacio del Quirinale la esperada reunión, que, entre otras cosas, dio por resuelto definitivamente el intrigante problema de los escritos132.

8.         La edición completa (1830-1831)

 

Los escritos autógrafos de S. Juan Bautista de la Concepción no han conocido más que una sola edición completa (Roma, 1830-1831), a la que es obligado dediquemos un poco de espacio en esta introducción.

a)         Copia de los manuscritos

 

Damos en primer lugar noticia sumaria de los copistas que prepararon el material para la imprenta.

 

A raíz de la aprobación de las virtudes del Santo (10 de agosto de 1760), elaboró un compendio del tomo IV el P. Manuel de Santa Bárbara (+ 1774); se conserva aún inédito133.

 

Conocemos una transcripción de los 19 primeros capítulos del mismo tomo hecha con muy buena caligrafía por el P. Roque de la Concepción (+ 1803)134.

 

Como sabemos, fue expresamente comisionado por el definitorio general para "copiar de buena letra las obras" con miras a su publicación el P. Antonio de Jesús María (1755-1824)135. Se le confiaron los tomos IV-VIII, que con tal motivo fueron llevados al convento de Madrid, donde residía. Desconocemos el fruto de sus sudores.

 

El P. Joaquín de los Santos (+ 1835 en Roma) fue el último infatigable copista y el corrector de las pruebas de imprenta. Conservamos los tres primeros tomos copiados de su mano para la impresión136.

b)         Segunda revisión

 

Juan Bautista de la Concepción fue beatificado el 26 de septiembre de 1819; ¡y sus escritos seguían escondidos en un humilde archivo de


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Roma! Con tal motivo tomó consistencia en las cabezas rectoras de la Orden la idea de que convenía publicar cuanto antes el rico bagaje literario del nuevo beato. Mas para ello debía cumplirse un requisito previo, decretado por la Sagrada Congregación de Ritos al concluir el primer examen de los manuscritos: nueva revisión y corrección del autógrafo.

 

Se elevó, pues, a la Sagrada Congregación la siguiente solicitud:

 

 

"[...] Los religiosos trinitarios descalzos quisieran imprimir las obras del siervo de Dios, ya beato, pero no pueden hacerlo si primero, de acuerdo al decreto aludido [del 23-III-1726], no se cumple la condición siguiente: nisi praevia ipsorum operum revisione et suppletione sive emendatione in nonnullis accidentalibus, como fue decretado entonces en las dos congregaciones arriba mencionadas [3 y 26 de febrero de 1726]; ni tampoco puede darse licencia para la solicitada edición si no se hacen antes por parte de la Sagrada Congregación tales revisiones y correcciones in accidentalibus. Y teniendo en cuenta que semejantes correcciones deberán asociarse a las censuras referidas en las dos congregaciones indicadas arriba, han sido sacadas del archivo tales censuras y ha pasado a mis manos toda la "posición". Y puesto que toda la actual inspección se limita a tales correcciones con objeto de poder proceder después a la impresión, se requiere que el Emo. y Rmo. Sr. Cardenal Prefecto destine a tal fin un nuevo revisor, que, junto a las censuras antiguas, pueda hacer una nueva revisión y corrección no sólo in accidentalibus, sino también in substantialibus siempre que encuentre proposiciones y expresiones que merezcan ser reformadas y expuestas con mayor claridad. Ahora bien, ya que la revisión que suele hacer la Sagrada Congregación de Ritos no tiene otro objeto sino el de conocer que en los escritos de los siervos de Dios no se encuentra nada que ofenda la fe y las buenas costumbres y, por lo mismo, pueda impedir la introducción y la prosecución de la causa, no basta esta revisión para poder autorizar la publicación de tales escritos, para la cual deben tenerse presentes otras circunstancias. El revisor que ha de destinarse debe ser un buen teólogo, experto en la ciencia de las cosas místicas y conocedor de la lengua española, pues las obras que deben analizarse y corregirse están en dicho idioma. Creo no será muy difícil dar con alguno a propósito en una u otra de las casas religiosas, pero quizá pueda encontrarse más fácilmente un sujeto hábil entre los jesuitas de la casa profesa o en el colegio romano. Sea cual fuere el teólogo deputado según el gusto de Su Ema. Rma. el Sr. Cardenal Prefecto, podrá dignarse de enviármelo a mí, el que suscribe, con el fin de que pueda darle las oportunas instrucciones. Y cuando el teólogo designado concluya su trabajo, su dictamen deberá ser remitido a Su Ema. Rma. para que pueda darle el curso que estimará más conveniente. Aloysius Gardellini, S.R.C. Assessor"137.

 

 

En respuesta a la requisitoria precedente, el cardenal prefecto encargó con fecha del 15 de abril de 1826 el examen de las obras en cuestión al jesuita español P. Ildefonso José de la Peña138. Recibió la misma


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designación el P. José de Sto. Tomás, procurador general de los carmelitas descalzos españoles.

 

Ambos teólogos presentaron únicamente, después de tres años largos, el juicio escrito sobre el primer volumen de las obras. Ofrecemos a continuación la versión española de sus votos:

 

1.           "Habiéndome sido encomendada -por rescripto del Emo. y Rmo. Sr. Julio María de la Somalia, cardenal prefecto de la S. C. de Ritos, fechado el 15 de abril de 1826- la revisión y sustitución o corrección en algunas cosas accidentales de las obras del Bto. Juan Bautista de la Concepción, Fundador de la Orden de Descalzos de la Santísima Trinidad Redención de Cautivos, con el fin de cumplir este mandato, honorífico y muy grato para mi pequeñez, examiné al punto atentamente el primer volumen de dichas obras, y no hallé en él nada que parezca contradecir la sagrada fe, la santa doctrina y las buenas costumbres. Por el contrario, resplandecen en él: la celestial y práctica doctrina del beato autor, una santa simplicidad y un celo admirable por la salvación y la perfección. En efecto, a base de principios prácticos, ofrece luz a maestros y discípulos, superiores y súbditos para suprimir impedimentos y progresar debidamente por el muy difícil camino del espíritu y de las virtudes. Y para no faltar a mi oficio, he anotado algunas pocas cosas accidentales que, a mi parecer, deben ser modificadas, suplidas o suprimidas; tales cosas vienen indicadas en folio adjunto.

 

En fe de lo cual, etc., en Roma en la casa de los profesos de la Compañía de Jesús el 18 de junio de 1829. Ildefonso José de la Peña, S.J."139.

 

En folio aparte, suscrito en la misma fecha, puso el P. Peña 48 expresiones del texto corregidas, completadas o dignas, a su juicio, de ser eliminadas. En general son retoques de poca monta, pero en la última anotación se pide nada menos que la supresión de doce líneas del original; y los editores, claro está, obedecieron dócilmente al censor140.

 

2.           "Comisionado por el P. Maestro del Sagrado Palacio Apostólico, he leído y examinado atentamente este primer libro de las obras que escribió de propia mano el B. Juan Bautista de la Santísima Concepción, Fundador de los Descalzos de la Orden de la Santísima Trinidad; y no he hallado en él nada que no sea conforme a nuestra fe católica, excepto algunas cosas muy accidentales, que pueden ser enmendadas muy fácilmente por cualquiera que no desconozca la lengua española. A mi juicio, parece que el Beato compuso la sustancia de este libro por inspiración divina. Se dan en él, efectivamente: erudición con simplicidad, doctrina sin engreimiento, magisterio con humildad y santidad sin engaño. Como soldado excelentemente experimentado en la palestra de la vida espiritual, proporciona en este libro a todos los religiosos,


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tanto superiores como súbditos, óptimas reglas para poder apartarse de los lazos del mundo y evitar las alianzas meramente terrenas; e indica el camino para contemplar la grandeza de Dios, conocer nuestra miseria y cuidar la propia abnegación, estimulando a todos con ejemplos familiares y con doctrina sólida de la santa Madre Iglesia, con el testimonio frecuente de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, testigos de la verdadera tradición. Suministra a todos en pocas sentencias la leche y miel celestiales de su doctrina. Vertió lo que había bebido de lo alto, a saber, el presente escrito ascético-místico, que, haciéndose todo para todos, legó a sabios e ignorantes como prenda de su espíritu. Por todas estas razones, considero este volumen muy digno de que vea la luz pública.

 

Roma, casa generalicia de la Congregación Italiana, 26 de julio de 1829.

 

Fr. José de Sto. Tomás, Procurador General de los Carmelitas Descalzos de la Congregación Española"141.

 

No se hizo una evaluación pormenorizada de los demás volúmenes, pero todos ellos llevan el "nihil obstat" autógrafo de uno o dos revisores según la siguiente distribución: el tomo I tiene el "nihil obstat" del P. Peña y del P. José de Sto. Tomás fechado el 1 de agosto de 1829; los tomos II y III fueron aprobados también por ambos censores el 16 (P. Peña) y el 31 (P. José de Sto. Tomás) de octubre de 1829; el tomo IV presenta el visto bueno del P. José (6-XII-1829), y de un nuevo censor, a saber, Dn. Romano Prieto, prior de Santa Maria della Pietà (3-V-1830); y en los cuatro tomos restantes no figura más que el "nihil obstat" del carmelita acompañado de estas fechas: 29-XII-1829 (V), 11-I-1830 (VI), 1-II-1830 (VII) y 28-II-1830 (VIII).

c)         Licencias de la Orden

 

Copiamos en este apartado un acuerdo del definitorio general y la "licencia de la religión" que fue impresa al frente de las obras:

 

1.           El definitorio general, reunido en Madrid los días 3 y siguientes del mes de mayo de 1829, tomó esta importante decisión: "Deseando el definitorio inspirar en todos los religiosos al amor a la regular observancia y señalarles un camino seguro y recto por el que puedan, ayudados de la divina gracia, llegar muy en breve a un grado muy eminente de perfección, ha adoptado como un medio eficacísimo para conseguir este fin tan interesante poner en las manos de todos las preciosas obras que nuestro apostólico Padre y Fundador el B. Juan Bautista de la Concepción nos dejó escritas, milagrosamente, a nuestro parecer, y por una especial providencia del Señor. Con este objeto ha determinado se impriman dichas obras en Roma, en atención a estar


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ya copiados en nuestro colegio de S. Carlos de aquella ciudad algunos tomos de ellas y revisados por sujeto destinado al efecto, dejando al celo y prudente disposición de N.R.P. Vicario General el modo y los medios con que se ha de ejecutar"142.

 

2.           En correspondencia con el acuerdo precedente, el P. Vicario General tuvo a bien conceder la necesaria licencia de publicación:

            "Bendita sea la SSma. Trinidad.

            Fr. Ignacio de San José, Vicario General del Orden de Descalzos de la SSma. Trinidad R. de C., etc.

 

Con acuerdo de nuestro definitorio general, celebrado en este nuestro convento de la villa y corte de Madrid en los días tres de mayo y siguientes de este presente año, damos licencia al P. Fr. Juan de la Visitación, religioso sacerdote profeso y definidor general de nuestra sagrada Religión, procurador general interino en la curia romana y presidente de nuestro convento de San Carlos a las Cuatro Fuentes de Roma, para que pueda imprimir e imprima en la dicha ciudad las obras de N.B.P. Fundador Juan Bautista de la Concepción, contenidas en ocho volúmenes o tomos que escribió de su propia mano dicho N.B.P., según se hallan reconocidos, revisados y aprobados en la congregación o congregaciones tenidas al efecto; habiendo primero presentado las dichas obras y cada uno de sus tomos a las personas que se estila y se acostumbra presentar cualquier libro para imprimirse en la dicha ciudad de Roma; atentos a que dichas obras han sido vistas, examinadas y arregladas conforme al rescripto de la Sagrada Congregación por personas doctas comisionadas al dicho fin, y de su parecer se puede conceder esta dicha licencia.

 

Dada en este nuestro convento de Madrid, firmada de mi mano, sellada con el sello de nuestro oficio y refrendada de nuestro secretario, en quince días del mes de noviembre de mil ochocientos veinte y nueve años.

Fr. Ignacio de San José, vicario general.

Por mandato de N.R.P. Vicario General,

Fr. Martín de San Juan de Mata, secretario general"143.

d)         Impresión de las obras

 

"En 1829 se emprendió por primera vez la impresión de las obras de nuestro B. P. Fundador, la cual se hizo en menos de dos años. Es increíble cuánto debió trabajar [el P. Joaquín de los Santos] en la corrección de las mismas, habiendo sido impresas por personas que desconocían el español y encontrándose este padre solo en casi todas las correcciones, y además asistiendo muchísimas veces a todos los actos


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de la comunidad, por lo que se vio obligado a quitar tiempo al descanso de la noche para hacer las correcciones". Así se expresa el necrologio del convento de S. Carlos de Roma144, refiriéndose al P. Joaquín de los Santos145, quien, como sabemos, había copiado anteriormente los tres primeros tomos de los escritos.

 

Gracias a una relación detallada del P. Juan de la Visitación, responsable de la edición, sabemos que la impresión "principió el día 18 de septiembre del año 1829 y concluyó el 24 de junio de 1831"; y comportó un gasto complexivo de 2.444 duros146. La labor tipográfica corrió a cargo de Leopoldo Bourlié, "impresor de Propaganda Fide", como se lee en la portada de los ocho tomos impresos.

e)         Juicio valorativo

 

Hemos de afirmar sin eufemismos que objetivamente la edición resultó desastrosa. Traiciona en muchos casos su misma razón de ser: la fidelidad al pensamiento del autor. Son incontables las expresiones mal transcritas o tergiversadas por una puntuación defectuosa; se aprecia con demasiada frecuencia la falta de palabras, frases e incluso periodos existentes en el autógrafo. La puntuación es anárquica: acentos, puntos, comas, interjecciones, interrogaciones que sobran o faltan continuamente. Es muy escasa la división y distribución de párrafos y periodos. Todas estas notas asociadas originan un bosque literario inextricable, que desalienta y cansa al lector más tenaz.

 

Son ciertamente varias las causas influyentes en una obra tan lamentable, y es justo tenerlas en cuenta. Recordemos en primer lugar la imperfección del mismo autógrafo visto desde nuestra reglamentación sintáctica y gramatical: puntuación desigual e insuficiente, periodos incompletos, cruces de ideas, anacolutos, etc. Observamos también en el original un gran descuido en lo que toca a la disposición de la materia: no se cuida la forma con indicaciones y epígrafes que faciliten la asimilación de las ideas, que ya de por sí proceden con poco orden. Volveremos más adelante sobre el análisis literario y gramatical del manuscrito.


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[Imagen]


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Muchas infidelidades del texto obedecen a errores involuntarios de los copistas, que se saltaron inadvertidamente palabras y aun líneas. La repetición de una misma palabra en el párrafo, cosa muy frecuente, y la sucesión monótona de líneas sin apenas espacios en blanco favorecen esta clase de despistes a la hora de trasladar el autógrafo.

 

No olvidemos tampoco otras circunstancias desfavorables al buen éxito de la edición: el hecho de publicar en Roma una obra escrita en español; las prisas -inexplicables- con las que se realizó la impresión (menos de dos años para una mole de ocho grandes tomos); el haber gravado sobre unas solas espaldas el peso de las correcciones.

f)          Dedicatoria

 

Para concluir esta rápida descripción de la primera y única edición completa de los escritos de san Juan Bautista de la Concepción, reproducimos la dedicatoria y el prólogo que la precedieron. He aquí primeramente el texto íntegro de la dedicatoria:

 

"AL APOSTOLICO CELESTIAL VARON NUESTRO B.P. JUAN BAUTISTA DE LA

            CONCEPCION, Fundador del sagrado Orden de Descalzos de la Santísima

            Trinidad Redención de Cautivos Cristianos.

 

            BEATO PADRE NUESTRO:

 

 

Gloria y acción de gracias a la Santísima Trinidad, que por un efecto de su bondad inefable ha cumplido nuestros deseos. Venerando, pues, con el debido culto religioso vuestra prodigiosa santidad y las heroicas virtudes que la adornan y caracterizan, vamos ya a dar a la prensa vuestros deseados y admirables escritos, lo único que restaba para vuestro honor, consuelo y edificación de vuestros hijos. Pero si las obras que salen a la luz pública necesitan por lo común de un sabio y un poderoso mecenas que con su poderoso valimiento las defienda, ¿no tendrán las vuestras igual necesidad, y que un insigne patrón las recomiende y defienda de la crítica maligna y mordaz de nuestro siglo? Es verdad que estas vuestras obras, que están escritas por obediencia y selladas con la humildad, tienen en su favor la recomendación del cielo y la irresistible protección consignada a los humildes de corazón. Sí, dulcísimo Padre nuestro, en tan sólidos principios se apoyan estos vuestros escritos, que no tuvieron más blanco en sus producciones que la mayor gloria de la Santísima Trinidad, el espiritual aprovechamiento del prójimo y su segura dirección por el camino del cielo. Este ciertamente se manifestó propicio a vuestros votos; y vuestras sólidas instrucciones, documentos y avisos para la vida espiritual acreditan y dan testimonio de la sabiduría celestial y movimiento interior que dirigió vuestra pluma. No, no se funda vuestra doctrina en las orgullosas quiméricas ideas que el hombre terreno y carnal había de suscitar y fomentar en los últimos tiempos, como lo previno el apóstol san Judas en su carta canónica. Imbuido el mundo con estas negras ideas, que


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en todos los siglos ha inspirado y fomentado igualmente la ciencia terrena y carnal, desechó su remedio y salud no conociendo a Jesús, su único Salvador, y la verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo. Tampoco le conocen ni le conocerán aquellos que se precian de ilustrados y sabios, pero sabios con la expresada ciencia del mundo, que es la ciencia que actualmente reprueba la sabiduría humilde y celestial contenida en el Evangelio. Esta divina sabiduría, que fue siempre el norte de vuestro magisterio, os dirigió en vuestros escritos, como en vuestras acciones, manifestando a todos con sencillez y energía que sólo Jesús es el camino seguro, la verdad y la vida. Tan nobles y maravillosos son los sentimientos que producen vuestros escritos, con los que sus lectores, penetrados de una suave unción y de un poderoso atractivo, se ven conducidos dulcemente por el camino de la perfección, a la que llegan por la práctica de las virtudes cristianas y religiosas que persuaden e inspiran. Pero, si a pesar de estos notorios efectos que producen, vuestros piadosos escritos cuando ahora se presentan al público necesitan la protección y defensa de un mecenas sabio y poderoso, ¿quién mejor que vos, Padre nuestro, podrá desempeñar este cargo y sostener la doctrina sana que enseñan con admirable magisterio? ¿A quién mejor que a vos podemos nosotros ofrecer, dedicar y consagrar unos escritos que os reconocen por autor y padre?

 

Sí, vuestros son estos escritos, copiados fiel y literalmente de los mismos que, con vuestra propia mano y con tantas fatigas, sudores y trabajos, escribisteis. Nos los habéis dejado como un rico patrimonio de vuestro amor y como un testamento eterno, en que repartís a todos aquel espíritu divino que ardía en vuestro humilde y amoroso corazón, cuando en este mundo erais el modelo y ejemplar que se proponían imitar vuestros hijos.

 

Recibid, Padre nuestro, esta dádiva, que se ha tomado de los tesoros de la sabiduría que se dignó comunicaros el Padre celestial. Ya no tenéis que temer los funestos efectos de la vanidad, ni en vuestro feliz estado tiene lugar elación alguna, por la gloria y honor que os resulte de estos vuestros escritos. Recibidlos, pues, bajo vuestra protección; porque, colocado en la gloriosa mansión donde reináis con Jesucristo, asistís ante su trono y sois objeto de sus divinas complacencias, podéis sin peligro y con seguridad ampararlos y defenderlos.

 

Aceptad, en fin, el celo con que vuestros hijos dan a luz pública estos escritos que, ocultos al mundo, mientras peregrinasteis en él, por vuestra humildad, ofrecen con su lectura un fondo copioso de instrucción, que ilustra las almas contra las ilusiones del error, las fortifica contra los ataques del infierno, las guía sin riesgo por las sendas oscuras de la perfección y, encendiendo en el corazón del hombre las llamas de aquel fuego que el Hijo de Dios vino a traer a la tierra, forma dignos adoradores de la Santísima Trinidad, a quien sirven y aman en espíritu y verdad. Tal es el objeto con que publicamos y damos a la prensa estos vuestros escritos; y esperamos que no serán menos estimados ni


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menos provechosos al bien espiritual de los fieles que los de las Teresas de Jesús, Juanes de la Cruz y Franciscos de Sales.

 

Resta sólo, beato Padre nuestro, suplicaros que con vuestros escritos nos acojáis también bajo vuestro amparo y comuniquéis, como Elías a su discípulo Eliseo, vuestro espíritu duplicado, siendo participantes de aquella admirable fortaleza y paciencia invencible con que os adornó el cielo para propagar más y más la gloria de la Santísima Trinidad. Interponed vuestros ruegos con la Santísima Virgen María, Nuestra Santísima Madre, para que proteja, como os lo prometió, esta vuestra familia que fundasteis con su protección y a costa de tantos trabajos, persecuciones y fatigas. Suplicadla, en fin, que se digne destilar el fecundo rocío de su eficaz patrocinio sobre esta mística viña que plantó en el campo de la Iglesia la diestra del Altísimo y en cuyo cultivo tanto os afanasteis, para que siempre se conserve en ella el fervor de vuestros ejemplos, la práctica de vuestras heroicas virtudes y los abundantes frutos de perfección y amor de Dios que debe excitar la lección de estos vuestros admirables escritos.

 

Así lo deseamos y así lo expresamos para la mayor gloria de la Santísima Trinidad, honra vuestra, gozo y edificación de los que, postrados a vuestros pies, os suplican y confiesan ser vuestros indignos y humildes hijos.

            LOS TRINITARIOS DESCALZOS".

g)         Prólogo

"CATOLICO Y DEVOTO LECTOR:

 

 

La mística teología es aquella tan noble cuanto sagrada ciencia que, entre las muchas que el hombre puede conquistar con su estudio, merece ciertamente el más encarecido homenaje, por ser la que más se aproxima a la sabiduría del mismo Dios y de los espíritus celestiales. La voz mística trae su etimología de la voz griega mistin, que significa cosa divina y secreta, como afirman san Dionisio Areopagita y santo Tomás el Angélico; se dice divina por cuanto su causa eficiente y final es el mismo Dios, y se llama secreta porque sus principales efectos se verifican cuando el espíritu está reconcentrado y unido con su Criador. Y por lo mismo san Juan de la Cruz le da el título de escalera secreta, ya que el alma sube por ella, como por firme escalera, a tanta elevación que llega a unirse y formar un solo espíritu con la suprema divinidad: qui autem adhaeret Deo, unus spiritus est (1 Cor 6,17).

 

Esto no obstante, conviene advertir que sin la mística teología se puede venir en conocimiento de una primera causa que es Dios, como lo han conocido con la sola luz natural: , varios filósofos, y especialmente Platón, que por lo mismo fue llamado el divino; y el apóstol san Pablo lo confirma en la epístola a los Romanos (1,19) diciendo: Quod notum est Dei, manifestum est in illis; , se puede conocer también en fuerza de una luz sobrenatural de revelación sin que concurra la fe


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habitual ni la gracia santificante, como ocurrió a Balaán profeta (Núm 22,23-24); y el Angélico santo Tomás dice que esto mismo puede convenir aún a el demonio: De secretis divinis tantum revelatur daemonibus quantum oportet, vel mediantibus angelis, etc.147.

 

Pero el tener íntimo conocimiento de Dios, el penetrar la profundidad de sus arcanos, el transformarse e identificarse con el Espíritu divino, es privilegio peculiar de la mística teología. La cual se divide en especulativa y práctica, o bien sea en mística de doctrina y mística de experiencia, como escribe santo Tomás148: Duplex est cognitio divinae bonitatis et voluntatis: una speculativa, alia affectiva sive est cognitio sperimentalis. La mística de doctrina enseña el modo de unirse a Dios con el favor de la divina gracia y auxilios ordinarios, con ejercitarse en las virtudes teologales, morales, dones del Espíritu Santo, preceptos y consejos divinos; y ésta es la que se llama vía ordinaria o adquirida, que realmente es parte constituyente [de] la teología escolástica, que por su grandeza y sublimidad mira a las demás ciencias liberales como a sus siervas o doncellas: Misit ancillas suas, ut vocarent ad Arcem (Prov 9,3). La mística de experiencia constituye a el espíritu en unión con su autor supremo mediante la divina gracia que Dios le infunde, luces especialísimas, conocimientos y privilegios sobrenaturales con que dicho Señor le regala; y ésta se llama vía extraordinaria, pasiva o infundida. Por lo que una y otra producen la verdadera sabiduría, que contempla la altísima causa que es Dios en el modo más elevado que puede convenir al hombre viador. Es verdadera sabiduría, pero no como virtud intelectual, sino como un don del Espíritu Santo, reuniéndose también el don del entendimiento, a quien pertenece la penetración y conocimiento del objeto que medita. Por lo que se deduce que el don de sabiduría nace y se forma cuando el alma, engolfada en la más alta contemplación, recibe regocijos y placeres inexplicables gustando y aun saciándose de la divina dulzura, como bien dice Cornelio a Lapide149: Ab interno divinorum sapore et gustu dulcedinis summi boni dicitur sapientia. Y más mejor en los Cantares (2,3) demuestra esto mismo la sagrada esposa cuando dice: he reposado a la sombra de mi amado, y mi paladar probó gran dulzura en su fruto: Sub umbra illius, quem desideraveram, sedi et fructus eius dulcis gutturi meo. Finalmente, se debe decir con verdad que es imposible poder explicar la grandeza, riqueza, sabiduría, perfecta paz y, para decirlo en una palabra, suma gloria que disfruta el alma cuando, mediante la contemplación, se une con místico y sobrenatural matrimonio con el objeto que adora y por quien arde en afecto y perfectísimo amor: In meditatione mea exardescet ignis (Sal 38,4); Anima mea liquefacta est (Cant 5,6); Lampades eius, lampades ignis atque flammarum (Cant 6,8). Es tanta la eficacia del referido afecto y tanta la violencia de fuego devorante, que viene como a disolverse el alma, divinizarse e identificarse con su divino Esposo: Talis est quisque


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qualis est eius dilectio. Terram diligis? terra es; Deum diligis? quid dicam? Deus eris150.

 

Esto bien supuesto, ¡cuán dignas serán de lástima y compasión tantas y tantas almas que, internándose en los negocios mundanos, viven enteramente olvidadas de cuanto conduce al conocimiento de las dulzuras sobrenaturales! Son muy semejantes a las aves nocturnas, que siempre huyen de los resplandores del sol. Y ¡cuánto más reprensibles serán aquellas que se han consagrado en el modo más singular y santo al servicio de Dios, y con todo eso miran no solamente como indiferente, sino también como despreciable la mística facultad referida, viniéndose a privar del comercio místico, de la unión santa, de la locución pura, de la negociación tan lucrosa que disfruta el espíritu cuando vive en perfecta alianza con el supremo numen que adora! Y ¡cuán, finalmente, reos delante de Dios serán aquellos confesores y directores de las conciencias que, por ignorar la mística teología, por no conocer en modo alguno la ascética (contentándose de una bien ligera noticia de la moral) causan más bien impedimento y gravísimo perjuicio que provecho y alivio a las almas que dirigen, porque ni entienden el lenguaje del penitente ni conocen el estado en que se encuentra ni distinguen el grado en que se halla! Y así es que, como bien dice san Juan de la Cruz, son muy semejantes los dichos confesores y directores a los fabricantes de la torre babilónica, los mismos que, por no entenderse unos con otros, hubieron de abandonar la obra porque, cuando necesitaban una materia, les venía presentada otra totalmente diferente y contraria. Y lo que peor es que todo el daño recae en aquellas pobres almas que tienen la desgracia de ser dirigidas por confesores que carecen de tan noble ciencia teológica arriba dicha, sin cuyo favor es imposible medicar las aflicciones, angustias y mortales amarguras con que Dios prueba tan aventurados espíritus con el objeto de purificarlos y acrisolarlos en aquella fragua del místico martirio.

 

San Juan de la Cruz, en el proemio del libro que intituló Subida del Monte Carmelo, dice que son tantas y tan profundas las tinieblas y trabajos, tanto corporales como espirituales, que Dios hace sufrir antes de llegar al estado de perfección, que no hay ciencia humana que pueda entenderlo ni experiencia que pueda significarlo; de todo lo cual se deduce la grande necesidad que tienen de un médico prudente que las alivie, de un juez misericordioso que las conforte y de un maestro científico que las dirija. Por tanto, si el confesor y director no posee estas tres dichas cualidades, causará muchos perjuicios a los penitentes que de él se fían y esperan consuelo. Por la misma razón o motivo san Francisco de Sales tiene por muy difícil la elección acertada de un buen director. Avila -ait- vult conscientiae directorem inter mille eligi, ego vero inter decem millia eligendum esse contendo: pauciores enim quam possit exprimi huic muneri pares et idoneos reperiri est. Illum caritate, scientia, prudentiaque refertum et plenum necesse est; si vel una ex his dotibus


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careat, non sine periculo eligi poterit151. Santa Teresa de Jesús, en la obra que intituló Camino de la perfección, dice y confirma la referida doctrina; y en la vida que escribió de sí misma confiesa que su salud espiritual estuvo en gran peligro tanto por su antecedente miseria cuanto por la impericia e ignorancia de sus confesores. Por lo que si tú, oh benigno lector, te ejercitas en el gran ministerio de dirigir las conciencias que a la perfección anhelan, puedes conocer con evidencia que el conocimiento de la mística teología te es indispensable para el buen éxito de tu tan digna y apostólica ocupación.

 

Es verdad que dicha teología es muy laboriosa y difícil, tanto en la especulación cuanto en la práctica; y por lo mismo algunos autores que han escrito de esta materia, apenas tocaron la ascética que, cuasi arrepentidos, dejaron la pluma por no quererse ingerir en los secretos y arcanos de la misma. No pocos escritores tratan la mística experimental proponiendo muchas dificultades y dejándolas sin resolución. Varios, finalmente, maestros de la mística han escrito relativamente a algunas partes de esta facultad teológica, dejando otras muchas en el más vergonzoso silencio no por otro motivo que por la obscuridad y dificultad ya referida. Ninguno ignora que esta tan generosa ciencia es la sola que en este valle de lágrimas se aproxima más que otra ninguna a la sabiduría del mismo Dios; y todo buen católico confiesa que la verdadera felicidad, con que premia el supremo remunerador a sus verdaderos siervos en la eterna vida, consiste en hacerlos poseedores de esta sapiencia celestial y divina. Parece por tanto imposible que tan precioso tesoro no sea estimado de los hombres y especialmente de las personas religiosas, consagradas al inmediato culto de Dios. Porque, aun cuando, supuestas las dificultades y obscuridades referidas, no se pudiese obtener después de un penoso y continuado estudio si no es una bien pequeña noticia de lo divino, debería todo hombre anhelar con el mayor empeño al conseguimiento de tan inexplicable felicidad, por ser de suma gloria y grandeza el poseer algún conocimiento bien que tenue y argumentativo relativamente a las cosas celestiales, como bien dijo el gentil filósofo152: Magnum est de rebus caelestibus aliquid posse cognoscere, etiam debili et topica ratione.

 

Bien pocos son ciertamente los autores que han formado escritos tan completos y voluminosos como exige la materia de que se trata, pero entre estos pocos se numera felizmente el beato Juan Bautista de la Concepción, reformador del orden trinitario, gloria de la nación española y émulo grande de espíritu de un san Juan de la Cruz, de un san Francisco de Sales y, especialmente, de la mística doctora santa Teresa de Jesús, la misma que, parece, le comunicase su espíritu cuando le profetizó, siendo de muy tierna edad, que debería ser su fiel imitador en todas las grandes impresas que dicha santa tenía premeditadas, de las que en aquella actualidad practicaba algunas. El beato Juan Bautista correspondió exactamente a la dicha profecía en toda su grandísima


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amplitud, porque, si la gran fundadora reformó el orden del Carmelo, a la reforma del orden trinitario dirigió el nuestro beato sus afanes y, a pesar de los muchos obstáculos que a cada paso se le presentaban, obtuvo después de infinitos trabajos la perfección y victoria a que tanto su ardiente celo anhelaba. Si la santa madre Teresa mereció el gran predicamento de mística doctora por las grandes y tan útiles obras que escribió, no menos lo merece el beato reformador trinitario, que ha dejado a la posteridad el don tan señalado de sus místicas obras, recopiladas en ocho bien grandes tomos en folio, que contienen la más exquisita doctrina, el más verdadero y puro lenguaje espiritual, el método más seguro y simple que de tan difícil materia se puede desear. Es preciso convencerse que a formar dichos escritos haya concurrido muy extraordinariamente el omnipotente Dador de luces y dones, porque la sola potencia humana, asistida con los auxilios comunes y ordinarios, no podía sembrar en los referidos escritos tanta divina unción que se gusta, tanto convencimiento que tranquiliza, tanta facilidad que enamora, tanta seguridad que incita y obliga a enamorarse del camino de la perfección.

 

Con estas dichas obras o escritos encuentran las almas que sus dudas se diluciden, sus temores se desvanezcan, sus obscuridades en lo posible se auyenten y los engaños diabólicos se descubran. Las personas consagradas al servicio de Dios, a quienes incumbe mayor obligación de perfeccionarse, encuentran el modo de suavizar las asperidades de la vida religiosa, la facilidad de uniformarse a la voluntad de quien las guía; advertirán las virtudes que son más necesarias para las ventajas que se ganan en el camino de la perfección. Más que a alguna otra clase de personas, es utilísima esta obra a los confesores y directores de las conciencias, y máximamente de aquellas que se encaminan a la perfección, porque no hay duda que puede ocurrir que no disuelva, no hay circunstancia por cuanto sea ínfima que no sea advertida del autor, no hay error, ilusión de las muchas que se encuentran en este camino de perfección que no venga descubierta. Describe el Beato reglas admirables para que los referidos confesores conozcan y distingan el estado del penitente, el grado, la vida que debe ejercitar de las tres que admite, esto es, activa, contemplativa y mixta; cuenta el peligro que corre de causar grave daño al espíritu si el director no conoce el estado de principiantes, adelantados y perfectos; da reglas para conocerlo y para saber cuándo el alma asciende a superior grado de perfección, o por el contrario, cuándo retrocede. Enseña las medicinas, auxilios, consolaciones que debe usar para confortar el espíritu cuando Dios Nuestro Señor le constituye en perfecta desolación. Finalmente, encuentra todo erudito lector en esta magnífica obra un jardín botánico, provisto de tanta variedad de específicos cuantos pueden ocurrir en el camino de la perfección tanto al penitente cuanto al confesor para llegar al puerto de salvación, que todo buen cristiano desea; siendo éste el motivo esencial que movió al beato Juan Bautista de la Concepción a fatigarse tanto


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en la composición de estas obras. Por tanto aprovéchate de ellas si quieres llegar a la patria donde el dicho beato se encuentra. Vale"153.

9.         Perfil interno de los escritos

 

No pueden faltar -en esta ya larga introducción- unas pinceladas que delimiten y definan a grandes líneas la masa literaria que presentamos. Son simples indicaciones tendentes a facilitar el primer encuentro con un autor tan fecundo y original como desconocido154.

a)         Motivación y finalidad

 

Juan Bautista de la Concepción dio inicio a su obra literaria en 1604 con la narración de la historia de la reforma trinitaria (t.VIII). La concluyó en 1612, pocos meses antes de su muerte. En esporádicos y breves intervalos de esos ocho años -tiempo de plena dedicación a la extensión de su reforma-, redactó todos sus voluminosos infolios. Tomó la pluma, como otros muchos místicos, por obediencia. Fue el visitador apostólico, el carmelita descalzo Elías de San Martín, quien se lo pidió insistentemente durante tres años hasta vencer su resistencia155. Luego, el interés y la "golosidad" de los hermanos por los orígenes del instituto le sirvieron de acicate.

 

En las primeras líneas redactadas expone "las razones que pueden obligar a que los que trai Dios primero en el principio de las religiones escriban y hagan memoria de los favores y misericordias que Dios hace a la tal religión", a saber: a) el servir de estímulo y edificación a los hermanos; b) el deseo de evitar que todo, o casi todo, quede sepultado en un irreparable olvido a causa de la incuria del principal y, muchas veces, único testigo directo de los hechos; c) el cumplimiento de un deber elemental para con los hermanos, que "andan golosos por estos papeles"156; d) la mayor gloria de Dios157.

 

Estas motivaciones subyacen fundamentalmente a toda su producción literaria. Tan elevados propósitos tienen como fuerza sustentante, que los amalgama y garantiza su fiel cumplimiento, la "pasión por la verdad"158. Lo declara el autor, apenas empuñada la pluma, cual ardiente deseo y sagrado compromiso: "En todo lo que aquí dijere, pido a la


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majestad y providencia de Dios sea servido de me dar gracia para que en todo ande medido con la propia verdad, no añadiendo un tilde ni punto en quien pueda tener sospecha ser falso; sino lo que fuere dudoso lo pondré por tal, y lo que cierto, y lo que por vistas o por oídas. De que cumpliré esto, hago protestación a la SS. Trinidad". Es una "protestación" que reitera en lo sucesivo bastantes veces, signo evidente de su incorruptible sinceridad159.

 

La gloria de Dios y el bien de los hermanos le impulsan a pedir al visitador y a todos los lectores que verifiquen y enmienden, si es el caso, cuanto escribe. "Deseo cualquier cosa que aquí diga en cualquier tiempo, se verifique en todo con la misma verdad, no sólo en lo sustancial"160. "Deseo no engañarme. Yo estos papeles no los escribo para que se lean sin que primero mil veces se registren, borren, enmienden o quemen, porque deseo en todo hacer la voluntad de Dios y conformarme en obras, pensamientos y palabras"161. El ansia de verdad le lleva asimismo a invocar los testigos de los hechos que refiere162.

 

Sin excluir otros destinatarios ocasionales (trinitarios calzados, futuras monjas, carmelitas descalzos, incluso los seglares), piensa principalmente en la utilidad de sus hijos, los trinitarios reformados, y por medio de ellos en la gloria de Dios. A los reformados dirige expresamente el relato histórico del tomo VIII163, las normas de vida del VII, las exhortaciones del III, el comentario a la Regla y demás breves tratados del VI, las consideraciones sobre la reforma del V, las pláticas del IX. Pero también los tratados específicamente doctrinales y místicos -expresión de su desbordante experiencia de vida sobrenatural- les tienen a ellos como principales destinatarios. Para él, los religiosos -y concretamente sus hijos- deben ser personas más que iniciadas en el camino de la perfección. Distingue "tres estados de gentes que hay en la Iglesia": el de los casados, que se limitan a observar los diez mandamientos; el de los continentes, "los cuales, guardando con grande puntualidad la ley de Dios, guardan muchos de sus consejos"; "el tercer estado es el de los religiosos, los cuales, desembarazados de todas las cosas de la tierra, procuraron con grandes veras llegarse a Dios con particular gracia, don y unión sobrenatural de su espíritu al de Dios"164.


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Pues bien, su obra se endereza a los progredientes y avanzados en la vida espiritual, es decir, "a los religiosos y a gente que trata de perfección", a toda "alma que de veras busca a Dios"165.

 

Le preguntó en cierta ocasión un trinitario "que por qué no escribía cosas de principiantes. Y respondió que para esto estaba fray Luis de Granada y otros"166. "Yo -declara a propósito del tratado sobre el recogimiento interior- no escribo aquí para predicadores, sino para gente devota, que pretende ser aprovechada y aficionada a lo que es más perfecto y mayor bien de su alma"167. En efecto, orienta su mirada al justo, al religioso, al alma aprovechada, como sujetos de una vida espiritual intensa que tiende a la unión perfecta con Dios. Aun los tratados aparentemente menos doctrinales están cuajados de alta teología mística; por ejemplo, el dedicado a la humildad o al recogimiento interior se sitúan en un plano mucho más elevado que los homónimos de otros autores del siglo de oro español. Son páginas que no descienden al terreno de la casuística moral o de los recetarios ascéticos.

b)         Base experiencial

 

Los escritos del místico y reformador trinitario llevan la impronta de la propia polifacética experiencia. El cruzamiento simbiótico de la doctrina y la vida, la teoría y la práctica, la mística y la ascesis dan a sus páginas el sello inconfundible de una rica vivencia personal. No obedecen a pretensiones publicitarias ni a esquemas intelectuales prefijados. Son jirones de una vida para estímulo y enseñanza de los demás: "En esto yo no tengo la cuenta que suelen tener los que escriben para imprimir libros porque, como éstos escriben lo que estudian, estudian con concierto y orden lo que viene, pero yo escribo lo que se me ofrece movido de los deseos grandísimos que tengo de nuestro aprovechamiento, deseando ser como la araña, que hace las redes con que cazar de lo que hila y teje de sus propias entrañas, y se sustenta y tiene vida a costa de su propia vida"168.

 

Los relatos históricos y las páginas relativas a la forma de vida implantada en la reforma son de carácter netamente autobiográfico,


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porque versan sobre unos hechos protagonizados por el autor y, sobre todo, reflejan la tarea que ha polarizado todas sus energías. Dios le quiso por reformador, y él respondió como tal con la entrega de todo su ser. De ahí esa densidad espiritual y ese sabor de confesión que trazuman los capítulos consagrados al nacimiento y a la expansión de la reforma.

 

También los tratados místicos arrancan de su experiencia. Sabemos que nuestro Santo fue objeto de predilecciones divinas -con las consolaciones y las pruebas concomitantes- hasta ser elevado a la unión transformante o al matrimonio espiritual. Y no es ésta una simple deducción apriorística: se trata más bien de un dato de observación que emerge indiscutiblemente del análisis de la obra literaria y del parangón de ésta con la vida del autor. No le basta a Juan Bautista de la Concepción toda su habilidad en despersonalizar sus descripciones con el uso constante de la tercera persona o con el recurso a formas literarias imaginarias (diálogo entre personajes inventados, etc., algo así como el camuflaje ideado por santa Teresa en su correspondencia con el P. Gracián) para quedar efectivamente oculto tras los bastidores; hay tantas cosas que lo delatan ante el observador atento: alusiones -si bien muchas veces veladas- a episodios de la propia vida, correlación de cuanto dice con otros escritos suyos, menciones en primera persona que de cuando en cuando se le escapan. Así, se puede comprobar sin mucho esfuerzo que su primer tratado espiritual, intitulado La llaga de amor, donde expone las pruebas purificativas extraordinarias que preceden al matrimonio místico con Cristo, destapa sus vivencias personales al inicio de la reforma169. En el caso de El recogimiento interior, lo reconoce explícitamente: "Aquí pretendo más hablar de experiencia y práctica que no de especulación" (4, 1), lo mismo que al abordar el tema del conocimiento sobrenatural170. No es el teólogo que hilvana fríamente unas ideas, sino el amigo de Dios que busca una expresión a la propia experiencia. Escribe con el corazón en la mano, porque su corazón es la fuente de cuanto nos quiere comunicar.

 

La doctrina de nuestro Santo se centra en los aspectos característicos de la vida cristiana asumida en toda su hondura de vida en Cristo: la unión con Dios Trinidad, presente en el fondo del alma, la acción donal del Espíritu, la configuración con Cristo paciente, la purificación radical de las potencias, el conocimiento amoroso de Dios. Privilegia las cuestiones relacionadas con la unión transformante. Desde la identificación con Cristo contempla las virtudes propias del justo, en particular del religioso: la abnegación, la pobreza de espíritu, la caridad, la humildad, la obediencia, la afición a la Eucaristía y el amor a María, el espíritu de oración. Expone en muchas partes las implicaciones mutuas


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de la acción y la contemplación sin precipitarse en soluciones facciosas. Al dictado de la propia vida, insiste en la integración de ambas, ignora la contemplatio acquisita y acentúa fuertemente la gratuidad de las comunicaciones divinas al alma.

 

De la vivencia personal de la comunión con Dios Amor proviene en él, como en todos los místicos, una gran libertad de espíritu y una envidiable independencia de juicio al abordar temas espirituales. Recibió en Alcalá una formación teológica de corte escolástico, pero no se siente demasiado condicionado por ella; su espíritu desborda el estrecho corsé de los esquemas y métodos de escuela. Esto no obsta para que proceda siempre con la prudencia y atención del que se considera fiel hijo de la Iglesia. Por una parte, la conciencia de verse agraciado inmerecidamente con dones divinos imprevisibles e insondables y, por otra, el deseo de amoldarse en todo a la enseñanza del magisterio eclesiástico, sustentan en él una actitud constante de humilde sujeción al dictamen de la Iglesia, de los santos y de los maestros de espíritu. Son frecuentes las declaraciones explícitas en este sentido: "Hase de presuponer que todo lo que en este papel y en los demás yo escribiere, no sólo digo una y millares de veces lo sujeto a nuestra madre Iglesia y, ligado de pies y manos, me rindo a lo que enseña, pero -como hombre ignorante, que siempre lo fui- me sujeto a cualquier censura de todo hombre docto, y recibo su corrección y enmienda"171. "Y si en esto no acertare, bórrelo quien lo leyere, y entienda no alcanzárseme más, pretendiendo en todo sujetarme a la fe de la santa Iglesia, doctrina y lección de los santos"172.

c)         Fuentes literarias

 

En sus comentarios y exhortaciones relativos al estilo de vida y al espíritu de los trinitarios descalzos, nuestro santo Reformador se inspira, lógicamente, en la "regla primitiva", esto es, la regla de san Juan de Mata, aprobada el 17 de diciembre de 1198 por Inocencio III. La evoca a menudo e incluso comenta detenidamente una parte de sus cláusulas (VI, 1-117). Junto con la regla, tiene en cuenta también la legislación vigente entre los hermanos de la antigua observancia, sobre todo las constituciones que él mismo ha practicado en las provincias de Castilla y Andalucía173.


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Situado en una corriente, ya caudalosa, de reformas regulares, leyó con interés las crónicas, los textos legislativos y los instruccionales de novicios de otras familias religiosas descalzas o recoletas, destacando el Carmen Descalzo, cuyo desarrollo siguió muy de cerca. En el noviciado carmelitano de Roma tuvo que conocer a fondo los libros básicos que manejaban los hijos de santa Teresa174. La Instrucción de novicios175, el Ceremonial176 y las Constituciones177 habían atraído su atención ya en la época de recoleto (1596-97)178. Se requieren todavía precisas investigaciones para evaluar con exactitud el espesor del influjo de todas estas lecturas en la obra que nos ocupa, pero es incuestionable el hecho de tal influjo.

 

Como podrá comprobar fácilmente el lector, el reformador trinitario revela una cultura bíblica, teológica y humanística nada comunes. No es de extrañar, si se tiene en cuenta su trayectoria intelectual: desde corta edad hasta recibir el sacerdocio, el estudio fue su ocupación constante y principal, destacando sus años de universidad (Baeza y Alcalá de Henares). A pesar de carecer de títulos académicos, en la Orden fue reconocido como teólogo, incluso como "teólogo de profesión"179. "Me tienen por teólogo", confirma él mismo180. Es igualmente indicativo el dato de que, siendo novel sacerdote, fuera nombrado predicador de varios conventos, comprendido el de Sevilla. Poseía, según esto, un conocimiento de las ciencias eclesiásticas y de la enseñanza de los Santos Padres amplio y notorio181.

 

Cita autores clásicos y contemporáneos, espirituales182 y profanos. Estos últimos (filósofos, poetas, historiadores, naturalistas) le robaron algunos


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ratos de lectura cuando era estudiante universitario y aún después, siendo predicador entre los calzados. Pero los abandonó completamente una vez abrazada la reforma. El espíritu descalzo que vive intensamente le induce a desestimarlos. En este sentido, pide al neoprofeso que "huya de libros impertinentes de astrología, medicina y otros, que no pueden servir sino de gastar y consumir tiempo"183. Y alerta a los hermanos que han de ocuparse de la predicación para que no cedan ante la moda de ciertos predicadores, que, deseosos de agradar a los oyentes, "por buscar cosas extraordinarias, ni dejan guerra de los romanos ni fábula de los emblemas ni costumbres antiguas ni historias humanas que no les quieran dar una vuelta. Ya por nuestros pecados están más cursadas las leyes de los emperadores que la ley de Cristo. Ya parece que es galantería dejar holgar la Escritura y ocupar los versos de Virgilio y otros autores gentiles y humanos". Si lo que se pretende es vestir con palabras adecuadas a Cristo desnudo, objeto de la predicación, "¿no es yerro, teniendo el Hijo de Dios vestidos propios en la Sagrada Escritura, que son figuras y autoridades que se cortaron e hicieron a su medida, ir a buscar la ley que hizo Rómulo y los versos que compuso Homero para quien a él se antojó?"184.

 

Conoce bien los escritos mayores de los Santos Padres, en especial Agustín, Ambrosio, Gregorio Magno, Jerónimo, Juan Crisóstomo, Cipriano, Hilario, Bernardo. Alude muchas veces y con predilección a los libros de santa Teresa, que demuestra haber leído detenidamente185. Sin embargo, no hemos detectado en su obra huellas inconfundibles de san Juan de la Cruz que permitan sostener, como han hecho varios autores186, que el reformador trinitario leyó algunos manuscritos (copias) del Doctor Místico -sabido es que la primera edición data de 1618-. Es sólo una posibilidad, no una certeza.


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Dada su formación aristotélico-tomista, el místico trinitario recurre con frecuencia y confianza a santo Tomás de Aquino, para él maestro insuperable de teología187, y al Filósofo, es decir, Aristóteles188. Son incontables sus alusiones hagiográficas. Se nota que ha meditado con especial atención en los ejemplos y enseñanzas de los grandes fundadores, como Benito, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús (para él, más fundadora que reformadora). Saltan a su pluma muchos nombres más de santos y beatos, desde los mártires y eremitas de los primeros siglos hasta los más recientes del siglo XVI. Aparte los ya mencionados, otros que nombra varias veces son: Ignacio de Antioquía, Antonio Abad, Hilario, Martín, Catalina de Siena, Catalina de Génova, Angela de Foligno, Gertrudis, Enrique Susón, Francisco Javier, Francisco de Borja, Nicolás Factor (hacia el que siente especial devoción), Juan de Dios. La lista es parcial. "La mayoría de estas vidas las conocería leyendo algún Flos sanctorum, como los de Ribadeneira y Alonso de Villegas, muy difundidos en la España de su época; otras a través de la liturgia, el oficio divino y mediante la lectura de autores antiguos, como cuando se refiere a las vidas de monjes y ermitaños, "de quien escriben san Jerónimo y san Juan Clímaco"189; o de libros más próximos, como los editados por Cisneros, y de los recién salidos textos teresianos. Algunas noticias hagiográficas le llegaron por vía oral"190. Ha leído las crónicas de las órdenes religiosas (benedictinos, franciscanos, dominicos, mercedarios...). Menciona una serie de autores de sermonarios, en los que se inspira para sus prédicas: Luis de Granada, Heredia, el trinitario Ponciano Basurto, Sebastián Barradas, S.J., Felipe Díaz, etc. Entre las lecturas que le son familiares e inculca a sus hijos, están asimismo: san Juan Clímaco, Hugo de San Víctor, Fr. Luis de Granada, Francisco Arias, el libro de La imitación de Cristo o, como prefiere llamarlo, Contemptus mundi191, también la obrita homónima de Lotario Segni (Inocencio III), recomendada ya por las constituciones, el Prado espiritual192. Como era de esperar, también los textos litúrgicos, que halla en el breviario o recita en la misa, despuntan en sus páginas como fuentes ocasionales.

 

Manifiesta sobre todo un dominio sorprendente del texto sagrado, con referencias constantes tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento. En su totalidad, el libro inspirado se le impone como autoridad suprema


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e indiscutible para todo tipo de cuestiones. Frente a la inconsistencia de los libros de los hombres, es "la fruta de dura" y "el huerto cerrado" que debe sustentar la predicación cristiana193. "Es verdad que a lo que se dice la sagrada Escritura le pega mucho ser y nueva vida", afirma194. "Las referencias bíblicas constituyen el armazón de todos sus escritos. Suprimirlas equivaldría a desmoronar el edificio doctrinal que lo sustenta [...]. En nuestro autor la cita bíblica es constante, tanto que a veces entorpece la lectura, ya porque corta el relato o la exposición, ya porque las acumula en exceso. Aunque no tenemos aún la cifra exacta del número total de citas, tras un primer recuento hemos advertido más de tres mil, correspondiendo la mayoría al Antiguo Testamento. Nombra casi todos los libros sagrados"195. A ese cómputo hay que sumar centenares de referencias y alusiones implícitas. Se diría, en frase de un testigo contemporáneo, "que tiene toda la Sagrada Escritura en su alma estampada y esculpida"196.

 

Recurre a la Escritura casi siempre de memoria y lamenta las inexactitudes, que son bastante frecuentes: "Lo que más siento es, si traigo algún lugar de la Escritura, no hacerlo con su propio latín y lugar, pero ya pongo esta palabra en el que bien no me acordare: vide"197. El idilio místico del Cantar de los Cantares es, lógicamente, su fuente principal de inspiración para ilustrar la experiencia de la unión amorosa con Dios. Como todos los místicos, abunda en la interpretación alegórica del texto revelado, con exuberancia de explicaciones para acomodarlo a la doctrina que expone. No podemos esperar de él una exégesis histórico-científica, pero tiene presente la pluralidad de sentidos que se atribuyen a la palabra de Dios y, con relativa frecuencia, aduce diversas interpretaciones aportadas por los Padres y comentaristas antiguos.

 

Las citaciones literales están hechas generalmente en latín según la versión de la Vulgata clementina198. Las transcribimos, como todas las demás frases latinas, en letra cursiva con objeto de distinguirlas mejor.

d)         Estilo

 

Nuestro místico escribe exclusivamente en prosa. La suya, por contenido y objetivos, es una prosa didáctica o ensayística, en la que emplea


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diversas formas de expresión: la prosa histórica o narrativa, el tratado, el diálogo, la exhortación199.

 

El estilo literario es reflejo fiel del modo de ser y sentir del escritor. Pues bien, S. Juan Bautista de la Concepción plasma en su obra: la nobleza y elevación de sentimientos de un alma endiosada; el fuego interior y el celo del apóstol; la sencillez y el tino pedagógico del padre; el candor y la transparencia de los limpios de corazón; la vivacidad y la fuerza descriptiva de un observador atento de los hombres y de las cosas. Estuvo dotado especialmente para la predicación, no sólo por su celo apostólico y su esmerada preparación intelectual, sino también por sus óptimas cualidades oratorias: facilidad de palabra, mente ágil, envidiable capacidad analítica, habilidad en la selección de ejemplos. Sus libros revelan, como es de suponer, estas mismas virtudes.

 

Escribe como habla, imaginándose a los destinatarios de sus papeles reunidos en auditorio ante sus ojos. Se expresa con cálida naturalidad. Intercala exclamaciones y oraciones espontáneas. Hace llamadas a sus hermanos para que se detengan en contemplar una escena o sigan con la máxima atención el hilo del razonamiento. Anticipa hipotéticas objeciones de los lectores, a las que responde inmediatamente como si los tuviera delante.

 

Toma la pluma para exhortar, convencer, estimular a vivir en comunión con Dios. La verdad de la acción de Dios Amor claramente percibida en la propia intimidad y la finalidad apostólica indicada le hacen veraz a carta cabal, ardoroso, infatigable en la comunicación escrita. Su palabra está llena de vida, porque arranca del fondo de su ser e intenta inculcar vivencias. De ahí esa convicción y entusiasmo que brillan en todas sus páginas.

 

La expresión literaria es, por ello, exuberante, rica en formas e imágenes. Su deseo de ser claro y convincente le lleva a penetrar hasta sus últimos repliegues el tema y a agotar la línea argumental, apoyándose por una parte en pilares doctrinales incontestables (la Biblia, los Padres de la Iglesia, los santos, la teología tomista...) y sirviéndose, por otra, del análisis conceptual y de una infinidad de ejemplos. Mientras resulta de ello un cuerpo de segura doctrina, no puede evitar en ocasiones el defecto de excesiva conceptualización en sus disquisiciones.

Dominio del lenguaje y de la ejemplificación

 

La fecundidad de ideas y la facundia expresiva, caldeadas por el afán comunicativo, así como la contención o limitación de la pluma por motivos sociales y religiosos, encuadran a san Juan Bautista de la Concepción en el Barroco de nuestra literatura religiosa200.


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Conoce perfectamente la lengua. Sorprende la riqueza y variedad de su vocabulario. Acude con soltura tanto a términos populares y regionales como a vocablos técnicos y cultos. Está muy familiarizado con la sinonimia, presente en todas sus páginas. Utiliza copiosamente el clásico refranero español y los modismos vulgares del idioma. "Como Cervantes, se vale profusamente de los refranes. Fluyen de su pluma con la misma facilidad que de la boca de Sancho. Los emplea por lo general de uno en uno, en el momento preciso"201. Cuando cogía la pluma, robando horas al sueño202 y aprovechando avaramente esporádicos ratos de tiempo, rellenaba a toda prisa folios y folios, sin tomarse la molestia de repasar lo escrito: "Confieso que esto que escribo, lo escribo con más facilidad que lo leo. Testigos nuestros hermanos: que, para escribir siete u ocho pliegos de papel, lo hago en menos de un día acudiendo a las demás ocupaciones; y no me atrevería a leerlos en un día entendiéndolos, porque, aunque me parece lo entiendo cuando lo escribo, apenas lo entiendo cuando lo leo, aunque lo lea dos y tres veces"203. El autógrafo presenta una escritura rápida, clara, limpia, con pocas tachaduras y vocablos sobreañadidos. En consecuencia, por falta de memoria actual, va dejando algunas lagunas de nombres y datos geográficos y cronológicos, se desliza en inexactitudes al citar la Escritura y otras fuentes, que a menudo ni siquiera refiere, cae en repeticiones inútiles.

 

Nuestro autor intenta traducir al lenguaje vulgar, familiar, lo inefable, sin renunciar por ello -él que se había formado en las aulas de Alcalá- a tecnicismos filosóficos y teológicos. Tiene un decir limpiamente castizo. Es sobrio en el uso de epítetos y adjetivos calificativos, abundoso en el de los determinativos. Da vigor a sus afirmaciones con cadenas de verbos, sustantivos (sinónimos o no), predicados.

 

No son pocas las palabras antiguas, hoy raras o en desuso, presentes en su obra. Anotamos su significado en aquellos casos en que resulta difícil dilucidarlo en el vocabulario actual. Además de la última edición del Diccionario de la Lengua Española publicado por la R. A. de la Lengua, nos sirven de pauta las siguientes obras:

            1.         S. COVARRUBIAS, Tesoro de la Lengua Castellana o Española, Ed. de Martín Riquer de la Real Academia Española, Barcelona, Alta Fulla, 1989.

 

            2.         REAL ACADEMIA ESPAÑOLA, Diccionario de la Lengua Castellana, 6 vols., Madrid 1726-39.


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Baste la citación aquí de estas fuentes, que no volveremos a mencionar salvo en muy contados casos. A pesar de esta valiosísima ayuda y otras consultas suplementarias, no hemos podido dar con el significado exacto de algunos vocablos, por más que el contexto nos lo desvela con mayor o menor aproximación: atolvar, gargo, gilipliega, manijear, otorguijo, pegostre...

 

El místico trinitario ejercita con maestría el arte de la ejemplificación, dotando a su obra de una rara claridad expositiva. Preocupado de que el lector le entienda bien, pone comparación tras comparación. Recuerda que por lo común las personas conscientes de haber recibido de Dios alguna gracia extraordinaria, "aunque no se declaran cuanto conviene, ponen exemplos y lo reducen a término por do se pueda entender lo que dicen", como fue el caso de santa Teresa de Jesús204. "Será Dios servido se nos ofrezca ocasión en que lo demos todo a entender con ejemplos particulares y claros", declara en cierta ocasión205, formulando así uno de sus principales criterios didácticos y literarios. Pero, claro está, se impone luego el acierto en elegir ejemplos adecuados, es decir, significativos y fácilmente inteligibles206. A tono con esos principios, privilegia los "ejemplos vivos" y cercanos, que son los más eficaces207.

 

No deja idea sin su correspondiente ejemplo. La Biblia, que conoce de punta a cabo, le proporciona abundante material ilustrativo. Aduce con notable profusión anécdotas y símiles entresacados de los tres reinos naturales (mineral, vegetal, animal). Muy en consonancia con el espíritu renacentista, siente una gran curiosidad y estima por la naturaleza208. Temperamento observador, se entretiene a menudo en descripciones psicológicas de extraordinaria viveza. Con frecuencia -como lo haría desde el púlpito- se fija en los aspectos más ridículos de la vida cotidiana con el fin de atraer más la atención del lector; y no carece de lances ingeniosamente humorísticos, haciendo honor a lo que dicen de él sus contemporáneos: que era fácil para el gracejo y siempre de buen humor209. Hasta las cuestiones místicas más difíciles intenta aclararlas con "un ejemplo, aunque todos son toscos para cosas tan delicadas"210. Ello no supone la absolutización de un recurso literario auxiliar. Nuestro místico reconoce la insuficiencia -y a veces impropiedad- de los "ejemplos naturales para las obras sobrenaturales que


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Dios hace"211. Con frecuencia no tendrá otra salida más que la apelación a la palabra de Dios.

 

Es continua su atención a los comportamientos humanos, los fenómenos naturales, los hechos cotidianos, asumidos en calidad de símbolo, imagen, expresión de las realidades espirituales212. Además de los símiles comunes a los grandes místicos (el matrimonio y la familia, la mujer preñada, el gusano de seda, el ave fénix, el leño encendido, la luz que penetra en una estancia, el agua que fluye, el sol y la luna, los montes, la rosa, el mar...), topamos en nuestro escritor con una variedad inusitada de ejemplos vivos, cuadros costumbristas, comparaciones pintorescas y hasta peregrinas, historietas de fabricación casera, anécdotas religiosas y profanas, episodios bíblicos, fábulas clásicas y cuentecillos de extracción popular. Los diversos campos del saber humano (filosofía, medicina, astrología, zoología, historia, música, artes plásticas) están en él representados como medios auxiliares de enseñanza religiosa.

 

Ilustra a veces su pensamiento con ejemplos tomados de las fiestas y entretenimientos de la sociedad: las corridas de toros, las comedias populares, los titiriteros ambulantes, las fiestas palaciegas, los juegos de pequeños y grandes213. Según Cervantes, "no parece mal un refrán traído a cuento". Lo mismo opina nuestro escritor, de hondas raíces populares, al acudir a menudo al incomparable refranero español.

 

Estas dos cualidades -rico vocabulario e ilustración de las cosas del espíritu con imágenes naturales- combinadas dan a la obra de Juan Bautista de la Concepción una gran fluidez y amenidad. Su prosa es armoniosa, bien articulada, también sonora y expresiva por su riqueza terminológica.

Figuras retóricas y gramaticales

 

Enemigo de la afectación, nuestro autor rehuye las formas retóricas rebuscadas y los aditivos lingüísticos de sabor culteranista. Las figuras retóricas más socorridas, como en todos los místicos, son la metáfora, la paradoja, el paralelismo, la antítesis, los juegos de palabras.

 

 

Como conviene al legado de un gran predicador del siglo XVI, su prosa se articula más bien en periodos largos, sin dejar de caer alguna


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que otra vez en una cierta afectación retórica. En ocasiones construye largas cadenas de frases ligadas por partículas relativas y causales.

 

La expresión oral o escrita de vivencias espirituales, es sabido, no alcanza a ser sino un tenue reflejo de lo que se quiere comunicar. De ahí que los místicos recurran tanto a imágenes, símbolos, ejemplos, símiles, conjuntos sinonímicos y paráfrasis en el intento desesperado de transmitir la inefable experiencia que les distingue214. El apego del escritor trinitario a la sinonimia, con series de hasta cinco, seis y más vocablos, pudo ser favorecido también por dos circunstancias particulares: el largo periodo dedicado al ministerio de la predicación y las nuevas tendencias del barroco literario.

 

Pongamos algún ejemplo. "El primer conocimiento sobrenatural tiene y lleva efectos admirables, tiene divinas y celestiales propiedades, cría y engendra en la persona que tiene tales conocimientos buenos humores, que son ansias y deseos de Dios, produce un espíritu quieto, tranquilo, sosegado, pacífico, que en lo corporal llamamos bien acomplesionado"215. A veces se agolpan los sustantivos: "Las piedras que levantan este templo son las mortificaciones, penas, dolores, trabajos y aflicciones"216. A Juan de Dios le tuvieron por loco, "sólo por ver que exteriormente borraba la raya y límites de quien los del mundo llaman razón, cortesía, pulicía, honra, comedimiento, crianza, miramiento y otras cosas"217. Las cadenas de verbos impactan como flechas aceradas. Ciertas pruebas "obra Dios y hace por manos ajenas, ya de hombres ya de demonios: de hombres persiguiendo, afligiendo, afrentando, injuriando, maltratando y mortificando; por manos de los demonios atormentando y molestando y como ahogando, estrujando o exprimiendo el cuerpo y el alma"218. "Todo esto hace mi ley guardada y puesta en las manos del hombre, que es quien lo defiende, ampara, regala, sustenta y entretiene, prospera y enriquece"219. "Que en ella [el alma] se entra Dios; en ella, si así se puede decir, se extiende y echa sus raíces, la abraza con ellas, la une, la pega, la liga, la mezcla..."220. "Al punto y al instante me enamoré de la vida de los trabajos, la que acepté, la quise, la escogí, la abracé, la amé y la reverencié en nombre de Jesucristo"221. La adjetivación resulta a menudo torrencial: "...en ese mundo asqueroso, inficionado, perdido, hediondo, abominable"222; "...una ley suave, amorosa, liviana, corta, recogida y resumida"223. Abundan los predicados en cascada: "Han de decir que sois loco, desatinado, perdido,


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sin seso y juicio"224. "Cuando nace (Cristo), como gusanillo, anda buscando agujero donde meterse, desechado, abatido, perseguido, pisado, escupido, abofeteado, azotado, enclavado, espinado, alanceado"225.

 

Los sinónimos -es oportuno recordarlo tratándose de obras espirituales- no sólo corroboran una idea, sino también la amplían y puntualizan a base de nuevos conceptos. Son por tanto enriquecedores, y el estudioso los deberá analizar con toda atención a la hora de calibrar el pensamiento del autor. Así, por ejemplo, los