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San Juan Bautista de la Concepción
Obras II – S. Juan B. de la C.

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VI. LA PRESENCIA DE DIOS

 

1.         Dios artífice de la Religión

 

            Parece que esta plática se ha levantado de cuánta inportancia sea la compañía de Dios y conocimiento de ella en todas nuestras obras, pues de este conocimiento nacen los fructos que acabamos de decir, y cómo Dios en esta su Religión ha ido por particulares obras y efectos mostrando que Su Majestad es el que la ayuda y el que pone el todo de suerte que, por lo poco que tiene de los hombres, podamos decir en los fines de ella lo que a de sus principios confiesan nuestros padres del Paño: Hic est Ordo approbatus, non a sanctis fabricatus, sed a solo summo Deo 1; que ésta no es obra de hombres ni de sanctos, sino de sólo Dios, que por su misericordia y secretos juicios,


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no mirando lo poco que nosotros merecemos, por la grande charidad b con que ama a esta sagrada Religión, estando postrada por tierra, la quiere levantar y subir en alto. De suerte que cada día se vean verificadas las palabras del otro cardenal en Roma, en la hechura del motu propio y bulas apostólicas en confirmación de nuestra sancta regla, que vino a decir, como otras muchas veces he dicho 2, yéndosele por alto los medios y fundamentos de ella: Hágase, pero no tiene otro semejante en la Iglesia de Dios.

            No me hace dificultad decir que Dios quería hacer una obra que no tuviese otra semejante, porque él es de quien dice el mismo Cristo que es semejante el reino de los cielos a un scribano docto que cada día saca de su archivo cosas viejas y cosas nuevas 3. Y en la reforma de esta Religión se vido todo: sacó en ella Su Majestad cosas viejas: nuestra sancta regla, que ha 500 años 4 que se c hizo, nuestro sancto hábito, que es el viejo y antiguo que se traía en la Religión, la humildad, la charidad y el desprecio que siempre dende sus principios se profesó. Salen cosas nuevas, y tan nuevas que conocen no haber otras semejantes en la Iglesia de Dios, como era que el papa hiciese Religión sin frailes y provincia sin conventos d. Yo no me espancto tampoco de eso, porque dice del mismo Dios la Sabiduría: Vocat ea quae non sunt, tamquam ea quae e sunt 5; lo que no es, lo llama Dios y le pone nombre, como lo que ya es, porque su palabra basta para hacer que sea lo que no es; saca cosas nuevas, nuevas guerras y batallas, nuevos cielos y tierra nueva 6 en esta sagrada Religión. [439r] Tierra nueva, por ser nuevos hombres f con los que Dios enpieza, niños y personas sin caudal. Nuevos cielos porque ha de ser una charidad y humildad renovada y tan a lo nuevo que todos digan que hace Dios obras nuevas; nuevas porque, habiendo, en las demás que ha hecho dado tanta parte a los hombres, de ésta se quiso quedar con ella para él sólo, dando unos principios tan scondidos que no se vean ni conozcan si no es con solos los ojos de la fee, creyendo que Su Majestad es tan poderoso en sus obras que con sola una palabra suya puesta en una hormiga de un hombre pueda pasar con fee un monte de un lugar a otro 7. Y en esta hechura con tales medios no se contentó Dios con mostrar su poder, sino su eterna sabiduría, pues nuestro entendimiento no ahondó a poder descubrir sus tesoros que g tenía aguardados para sacarlos en tiempo que esta sagrada Religión tenía tanta necesidad.

            Seas tú, mi Dios, mill veces bendito, que así habrá más lugar para la humildad y menos para la presunción, porque si en esta hechura es todo nuevo, no tendrá lugar el hombre viejo de hacer de las suyas. Que es esta carne y el hombre de tierra tan inclinado a soberbia y presunción, habiendo tú, Señor, cercado esta sagrada Religión con tales


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favores, donde quiera que pongamos los ojos hallaremos nuevas obligaciones para te amar y reconocer por dueño suyo y procuraremos trabajar como criados de tan buen Señor que nos trai a su viña no para estar holgando, pues en su casa todos han de ser obreros. Y estando en esta Religión no sólo los beneficios que de tu benditíssima mano nacen y corren, sino el dador de ellos, como fuente y manantial de donde tiene su origen, habrá más ocasión de andar, Señor, enpapados en ti y amasados, pegados y juntos con el mismo Dios, pues en todas las obras y cosas que hacemos en ella te hallamos y en nosotros propios te conocemos de suerte que, viéndote a ti, pueda decir lo que el sancto rey David: que tu sciencia es maravillosa en mí 8; en mi flaqueza, en mi miseria se halla la sabiduría de Dios viendo cosas tan bajas organizadas y levantadas para cosas tan altas. Y esto porque tú, Señor, siendo criador, te juntas y mezclas con la criatura, que de suyo sólo es un poco de polvo y ceniza.

            Ea, mis hermanos. Si en la hechura de esta obra viéremos y halláremos que non fecit taliter omni nationi 9, sea para que no haya otra nación ni Religión [439v] que más le ame ni reverencie y con mayores veras acuda a sus obligaciones. Si es verdad que el agradecimiento h mide con la propia medida que recibe, recibiéndola i nosotros tan grande y tan revertida de Dios, como queda dicho, razón será que la volvamos colmada y el peso muy corrido, que tal presencia, como digo, que tenemos delante no admite engaño.

 

2.         Frutos de la presencia de Dios

 

            ¡Oh, Señor, y si en esta sagrada Religión viese yo que ni un puncto no te apartas de ella, sino que, demás de las cercas que le has echado de beneficios, tú estuvieses siempre presente y unido y pegado con los religiosos de ella, qué grandes esperanzas podría yo tener de sus felicíssimos sucesos y de sus copiosas cosechas! ¡Oh, qué humildad, qué charidad, qué conocimiento, qué desprecio de todo lo de acá, porque, tiniendo a Dios, nada querríamos, sino a sólo él, porque en él todo lo tendríamos y en él todo lo j hallaríamos!

            ¿Qué fue el descuido de los otros arrendadores de la viña que Cristo dice en aquella parábola que propuso, sino considerar que el amo que se la habíe entregado estaba lejos y que sólo a ciertos tiempos enviaba a pedir cuenta y a que le pagasen el arrendamiento? De ahí les nació el quererse alzar con la hacienda ajena y, para mayor seguro, querer quitar la vida a los criados que venían a hacer las execuciones, hasta a su propio hijo 10. ¿Qué fue la causa de que el otro siervo poco fiel hizo un hoyo y metió el talento que su señor


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le había entregado para que con ellos granjease, sino que consideró que aquellos bienes le entregó peregre profectus est 11, que le habíe dicho que granjease mientras él venía, porque se partía al campo y a tierras lejos12 ¿De dónde nacieron tantos disparates a los insensatos, sino de decir en su corazón que no habíe Dios13 ¿De dónde tantos atrevimientos a los malos, sino de decir: Non videbit Dominus, nec intelliget Deus Jacob 14; que Dios no lo veía ni entendía? Pues si nuestros hermanos train a Dios en el corazón y cada momento los está mirando con la particular presencia que hemos dicho que tiene a esta su Religión, no admitirá descuido ni ingratitud.

            ¿De dónde le nació al justo, [a] quien compara David al árbor que está plantado junto a las corrientes de las aguas k 15, dar siempre su fructo a su tiempo y acudir a sus obligaciones, sino que las vertientes de aquel río que nacía de la silla de Dios 16 le refrescaba las raíces y lo fertilizaba? Lo propio podríamos aguardar de nuestros hermanos, pues hemos dicho que no sólo esta sagrada Religión se riega con la [440r] vertiente de los beneficios que salen de la mano de Dios, sino que en ella está la propia fuente y el mismo Dios como en su obra, en su casa, en su Religión. Si la sposa dice: Dum esset rex in accubitu suo, nardus mea dedit odorem suavitatis 17; el nardo es una yerba humilde con que antiguamente adornaban las casas y aposentos de las desposadas. Debiera de ser como ahora con la juncia y el tomillo, yerba humilde. Pues dice la esposa l: Parece que siempre estas yerbas tenían detenido en sí el olor y fragrancia, pero cuando mi sposo entró en casa y se recostó en su silla y asiento, parece que dispertó hasta el nardo, yerba humilde, para que diese su olor.

            Esta sagrada Religión parece que estaba humillada, caída y como postrada por tierra; entra Dios en su retrete, casa y morada, ya el nardo da olor y echa de sí particular fragrancia. Y si no, digamos que, habiendo Dios entrado en su Religión como en su casa y asiento, los que, por poco caudal, estaban encogidos m y retirados y desechados, como gente de poca consideración n, ahora que entra el rey a aposentarse en ella, hasta el nardo, hasta el frailecito más pequeño, ha de salir a dar su buen olor de mortificación, de penitencia, de charidad, de humildad, etc. Todo esto, mis hermanos, nace de considerar la presencia de Dios en estas sus obras y la asistencia particular que tiene en ellas para las dar vida.

 

3.            Conservar la presencia de Dios

 

            ¡Oh Señor mío, y si de veras considerásemos estos copiosos fructos que con tu presencia un alma coge y una Religión crece, qué de


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diligencias haríamos para que siempre en el amarte y quererte fuesen principios! Cuando, viendo la necesidad al ojo, no nos atrevemos a estar sin ti un puncto ni momento, antes como niños que temen la caída por su flaqueza y poca edad, buscan ligaduras y ataduras para no se apartar, prometiéndose en la absencia sus ciertas caídas y desmedros. ¡Oh mis hermanos, cómo esto que voy diciendo debiera de sentir la esposa cuando, habiéndole echado la mano, decía: Tenui eum, et non dimittam donec introducam me in domum genitricis meae 18!; asídolo he, no lo tengo de dejar hasta que me entre en casa de mi madre o. Como si dijera: Solos dos seguros hallo de todo mi bien en esta vida: es el teneros vuestra presencia y compañía. Y en la otra vida el que tienen las almas sanctas, que es entrar en la gloria de nuestro amo y señor, donde non accedet malum 19, no puede entrar allá ningún mal, neque aerugo, neque tinea demolitur; consérvase la buena ropa sin polilla y el trigo sin gorgojo; ubi neque fures effodiunt p, nec furantur 20, no alcanzan allá las scaleras [440v] de los ladrones, está nuestro tesoro bien guardado, porque está en Dios y en él el corazón de los bienaventurados y así no tiene peligro de que lo hurten.

            Pero fuera, Señor, de estos dos lugares yo hallo, dice la esposa, mill peligros, ya de parte mía, porque me entriego luego al regalo y a la cama blanda, pies lavados y túnica limpia, y otras veces a vaguear por las calles y plazas donde de parte de los otros me suceden mill peligros, pues me he visto en sus manos, en quien si no dejara el manto pudiera ser dejara la honra 21. Y pues esto es así, razón será que, una vez que os echo mano, que no os deje, sino que os asga, ligue y ate para que siempre estéis conmigo.

            Esto pido yo a mis hermanos consideren, ya para su Religión, ya para sí, para que, habiéndonos Dios hecho tan singulares mercedes de que esta Religión lo tenga, que no lo deje ir mientras aquí viviéremos, hasta que nos ponga en el seguro que tiene lo demás de su rabaño. Consideren que si este Dios se nos absentase tantico, nos sucederían los inconvenientes que la sposa dice: luego querríamos cama blanda, pies lavados y camissa linpia, y tras eso vaguear por las calles y puertas de la ciudad, donde, si no dejamos la vida, dejamos la capa y honra que debe cubrir a Religión tan sancta como ésta. Lo propio debe considerar cada uno en orden a sí: que, mientras le durare esta dichosa compañía, esté muy cierto tendrá absencia de males y presencia de bienes sin cuento y número.

 

4.            Inestimable bien

 

            ¡Oh Señor, y cómo me voy metiendo en los fructos de tu presencia y a dar en unas alturas y profundidades donde se perderá el navío de


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más alto bordo y el juicio y entendimiento del más alto querubín! Sólo rastrear tres o cuatro cosas quisiera hacer, tomando, para subir a ellas, por escalones los exemplos de las cosas visibles para que, viendo los admirables fructos y bienes que train consigo unas criaturas que hoy son y mañana perecen 22, nos aficionemos a esta presencia y busquemos los medios más eficaces que puede haber para tener siempre en casa un tan buen Señor que no se nos vaya.

            ¡Oh pozo hondo y mar sin suelo! ¿Qué tiene q que hacer la presencia de todas las cosas juntas criadas para lo menos que tu presencia puede hacer en la parte donde entra? Todo lo de acá, mis hermanos, son unos charquillos que no matan la sed, sino untan los labios y encienden más el deseo de la presencia de aquel en quien todo se halla con perfección. Paréceme a mí todo lo de acá y los favores que con las criaturas podemos [441r] tener es como el agua que echa el herrero a la fragua: que enciende y aviva más los carbones y parece que aquellas gotas de agua se vuelven centellas y chispas que despide de sí. Como quien dice: no es esta agua suficiente para mitigar ni apagar los ardores de estos carbones encendidos, más y más es menester.

            Así digo yo que la presencia de todas las cosas, puesta en la consideración de un justo, no sirven sino de mostrar que cuando todas las tenga y posea no le sirven sino de descubrir su poquedad, pues no sólo no le matan la sed, apagan los ardores y deseos que tiene, sino antes parece se le vuelven centellas y chispas que de sí arroja, mostrando más fortaleza resistiéndolas como si ellas fueran sus contrarios, para quedar la tal alma r más desenbarazada para buscar sola una cosa que le es necesaria, de la cual hace mill protestaciones que si la alcanza no se apartará de ella para siempre.

            Pues si esto es así, ¿de qué me ha de servir poner exemplo de los bienes que trai s consigo la presencia de las criaturas? Digo, mis hermanos, que todo esto es verdad, pero el querer yo poner exemplo en ellas no es para que ellas nos satisfagan ni harten ni en ellas descansemos, que bien conozco su poquedad, sino (como tengo dicho otras muchas veces) para que nos sirvan de escalones, considerando que si los fructos de las cosas criadas dispiertan a agradecimiento y a deseo de ellas propias a los de acá abajo, que ¿qué harán los fructos copiosos que da aquel árbor de vida al alma donde él está plantado?, y que estas criaturas nos sirvan de un resbaladero para ir a Dios, fuente y origen de todo bien.

            Aquel grande patriarcha Joseph, cuando se vido en Egipto con sus trojes llenas de pan, trigo y mantenimiento para los de su reino, deseosos de engolosinar a los que estaban en tierras más bajas y apartadas, dicen que echó mucha paja el río Nilo abajo, no para que la comiesen los hombres, que bien sabía que era manjar de bestias, sino para que de allí viniesen en conocimiento del grano que él tenía encerrado en los graneros de la corte,


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porque el argumento era llano y fácil: paja viene de arriba, gran cosecha debe de haber habido, y así t se dispusiesen para ir por ello 23. Lo propio digo yo: que la presencia de todas las cosas de la tierra no es sino una poca de paja que arroja [441v] el poder de Dios aquí abajo, no para que con su presencia nos sustentemos ni satisfagamos, que bien se ve todo eso es manjar de este hombre animal, sino para que el alma discurrau saque consecuencia de que el grano, el sustento y mantenimiento del alma está allá arriba, donde se está guardando para los que de veras se quisieren disponer para lo buscar y alcanzar.

            Llano es v, hermanos, que si un caminante topase un arroyuelo turbio y cenagoso y trujese sed, que no sería tan indiscreto que se arrojaría a beber de aquella agua, sino que, yéndose el arroyo arriba, buscaríe su manantial donde aquel agua nace clara y limpia. El querer yo poner exemplo en la presencia de las criaturas no es para que en ellas matemos la sed, porque el peccado ya lo ha enturbiado todo lo de acá abajo, perturbádolo y desordenado de suerte que, si no es alguno que no tenga entendimiento, como el caballo y el mulo, como dice David 24, no se abalanzará a ellas, sino, puniendo los ojos en ellas, irá con la consideración agua arriba hasta topar su nacimiento y origen, que está en la boca de Dios, con cuya palabra les dio ser y de ahí cogerá el agua linpia, clara, dulce y tal cual conviene para su remedio.

 

5.         Alma endiosada

 

            Esto presupuesto, digo, mis hermanos, si queremos ver en cuánto hemos de estimar los favores de este gran Dios, que así con larga mano acude a hacernos bien, y procurar su presencia sea perpetua mientras en este mundo viviéramos, hasta que con nosotros en aquellos montes ubérrimos donde tendremos grandíssimo seguro de todos los ajes 25 de acá, que consideremos la falta que hace cualquier cosa de las que Dios tiene criadas para que cada una surta su efecto y haga su operación, y por ahí veremos la falta que nos hará la presencia de Dios. Enpecemos por las cosas bajas, por las piedras, que les tiene Dios dado por officio hacer firmes los fundamentos y edificios, etc. Si no las hubiera, ¡con cuánta dificultad se hicieran esas grandezas de torres y palacios que hermosean el mundo! El aire, que le ha dado Dios por officio que refresque y temple, y el agua que enfríe, y al fuego que caliente. Dadme que eso faltara, ¿con qué se pudieran redimir las faltas que hicieran estas cosas con sus absencias? [442r] Por cierto con ninguna otra. Dadme que el sol no saliera, ¡a ver con qué alumbráramos el mundo, dónde hubiera hartos candiles y hachas para absentar tantas tinieblas! Dadme que el sol y esa máquina de los cielos a quien Dios le tiene dado por


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officio que concurra a la generación y conservación de todo lo criado, si cesara ¿con qué pudiéramos suplir estos efectos tan maravillosos?

            Parece que estas cosas son de filosophía. Pongamos exemplo en cosas de menos consideración. A la otra mujer faltóle su marido y nada le enllena, todo le falta, así en el remedio de cosas esteriores como de los consuelos y abrigo interior. Pongamos otro exemplo más bajo. Perdéis la dentadura, no os podéis valer ni sabéis cómo suplir el officio que hacían los dientes, sino que, por muchas industrias que buscáis, os hacéis viejo en dos días. Oh Señor de mi alma w, Dios y bien de todas las cosas, en quien todo lo criado está en summa perfección, ¿qué será tenerte y qué será carecer de ti? Quiérolo dejar a la consideración de mis hermanos, pues ya les doy ocasión para que lo piensen. Y después de pensado no seamos como aquellos de quien dice Sanctiago que se miran en el espejo y, en volviendo x la cabeza, se olvidan el remedio de sus faltas que en él vieron 26, sino que, mirando en la presencia de este gran Dios los inmensos bienes que de ella nos vienen, si no la sentimos y tenemos, la procuremos y, si la tenemos, la conservemos de suerte que, siéndonos tan necesaria, no nos apartemos de ella in aeternum.

            ¡Oh Señor mío, y cómo todo esto es hablar y regar por de fuera con pobres palabras, en comparación de el bien que tú haces al alma donde tú estás! ¿Qué tengo de decir de esta presencia de Dios en el almay ¿Que está rica? ¿Que está hermosa, fuerte, sana, buena, alegre, etc.? Decí todo lo que quisiéredes z decir, que todo eso son unas gotillas solamente, distiladas de aquel abismo de bienes. No hay que decir más de una palabra, si sola ésta se entendiera y supiera pesar; y es decir que el alma que te tiene está endiosada, amasada en un ser divino, mezclada en un ser eterno, trocada, vuelta y hecha Dios. Está de suerte que ella a sí propia no se conoce, pues, viéndose de su cosecha criatura baja, se ve por participación del Dios que la tiene y posee grande, rica, hermosa, poderosa y con los bienes del mismo a Dios por participación y communicación. Estas cosas, mis hermanos, ni aun hablarse no se pueden bien. Procuremos, como yo dejo dicho, [442v] que a nosotros y a nuestra Religión nos dure esta presencia de b Dios, de quien entendemos nacen todos los favores de que esta sagrada Religión goza y ha de gozar, visibles y invisibles.

 

6.            Considerar el bien de la presencia de Dios

 

            Bien pudiéramos tratar cómo se pudiera conservar esta presencia de Dios y de las diligencias que convenía hacer para que no nos faltara, pero paréceme me voy alargando mucho. Pero procuraremos resumirlo


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en una palabra, y es que, si el siervo de Dios con veras desea traer siempre esta continua presencia, lo primero considere de cuánta inportancia le sea, según lo que hemos dicho, para que ninguna diligencia que para ello le fuere necesario no le sea dificultoso el hacerla. Y esto es de mucha consideración. Así como el que desea ser rico primero considera los descansos, bienes y regalos que las riquezas le pueden acarrear si las alcanza, y con esta consideración no hay dificultad que no intente ni trabajo que no abrace. Acuérdese de aquello que dijeron los soldados de Holofernes cuando vieron a Judic hebrea, hermosa: Quis non pugnavit pro Israel (id est, contra Israel): Quae mulieres habet formosas? 27 ¿Quién con gusto no abrazará mill trabajos y con gana enpuñará la spada y saldrá a los peligros por gozar compañía de mujeres tan hermosas?

            Yo pienso que es muy ordinario de los que no se quieren cansar en procurar traer esta divina presencia el no considerar los bienes que consigo trai la hermosura de aquella soberana presencia y los seguros que con ella gozará. Y si para esta consideración no bastaren los tres ringlones que quedan scritos de los fructos que lleva este soberano árbor de vida en el alma do se planta, que cuando no tuviera otro más de lo que dice la esposa en los Cantares: que, después de le haber deseado mucho, se contentó con sentarse a su sombra. Pero este Dios que su fructa tiene y la lleva para nuestro provecho, gustaba de inclinar sus ramas para que de ella cogiese la esposa que allí estaba sentada. Y para que no entendiésemos era fructa como la del mundo, por madurar y sin sazón, dijo: Et fructus eius dulcis gutturi meo 28; que era fructa dulce y sabrosa c, que es lo que la Iglesia canta cuando lo prueba, diciendo: O quam suavis est, Domine, spiritus tuus! qui ut dulcedinem tuam [in filios] demonstrares, pane suavissimo [de caelo] praestito d, esurientes reples bonis, et fastidiosos divites dimittis inanes 29. Y David dice: Quam bonus Israel Deus, his qui recto sunt corde! 30

            Fuera nunca acabar si ahí nos hubiésemos de tornar. Baste haber dispertado a un alma que desea a Dios con estas cuatro palabras. Y si éstas no le movieren a hacer todo aquello de que tuviere necesidad para deligenciar este summo bien, lea algunos libros, que en ellos, donde quiera que abra, hallará esta [443r] communicación de bienes que está haciendo este gran Dios sin que nadie le pueda hurtar el cuerpo. Si sabe latín, lea el psalterio e, en quien, cuando no sepa más que latín, hallará que por encima para ignorantes y rústicos se están revertiendo mill bienes que Dios communica a los que le aman, porque f los psalmos son como los árbores aromáticos: que, sin que los hieran ni rompan con hierro ni guchillo, ellos sudan y echan una mirra, que llamamos


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primera, de gran suavidad y provecho. Así digo yo que quien los leyere hallará encima de la corteza unos sentidos y misterios altíssimos y sacramentos descubiertos que en la corteza y letra se están descubriendo sin que vais a las scuelas a aprender grandes teulugías. Y si la persona que esta presencia de Dios pretende fuese tan rústica que no supiere leer en estos libros, lea en el que leía san Antonio en el desierto, cuando decía: Liber meus mundus est; que el mundo lo dispertaba y llamaba a dar continuas alabanzas a Dios y le servía de cadena para que, tirando de las criaturas, trujese tras sí al Criador. Y si para esto le parece que ha menester saber philosophía, quiriendo escudriñar las naturalezas de las cosas, para que considerando la quintaesencia de ellas, considere algo de la esencia divina, deje ese libro y tome otro más fácil, que es el de la ley de Dios, de quien dice David: Lex Domini immaculata, convertens animas; testimonium Domini fidele, sapientiam praestans parvulis 31; tome en las manos la ley de Dios, que es sin mancilla, suave y amorosa, que convierte almas a su Dios y es un testimonio fiel, cierto y verdadero, que da sabiduría a los niños pequeñitos que no saben el abecé, que es decir: bien pueden engañarse los maestros en escuelas y el astrólogo errar en las medidas y conjeturas de los cielos y el médico en el conocimiento de las yerbas, pero no la ley de Dios, que es un testimonio fiel del Señor que enseña en qué consiste la verdadera sabiduría.

            Llámalo testimonio fiel. Suele acá uno, para el crédito de sus negocios y abono de lo que pretende, llevar una cédula, pero si es tiempo peligroso o hay alguna sospecha de la verdad de que aquella cédula no sea tan verdadera como conviene, pedís testimonio hecho ante scribano, y aun la propia firma del principal con quien se hace el contrato. Pues esto dice David en este psalmo o en este verso: muchas veces te he dicho, hombre, que todas esas criaturas son letras grandes que enseñan quién es tu Dios. Si por ser cédulas de criaturas sospechosas te pareciere que tienes en qué dudar o que no te tratan con la fidelidad que conviene, o, porque son letras muy rasgadas, no las sabes leer, ves aquí un testimonio fidelíssimo, firmado del mismo Señor, que es su ley, que no la verá niño, por pequeño que sea, que no le cierta [443v] y verdadera sabiduría: Lex Domini immaculata, etc. Y si quisieres otro dispertador para que esté más cerca de ti, que siempre que te descuidares de cumplir esta ley te llame, te dispierte y enseñe, yo te lo daré: tú a ti propio. Tú, si bien te miras, eres un relox que por momentos va g pasando y contando las horas, punctos y minutos, para que no te descuides un istante en buscar h a este Señor. Y este relox tiene su dispertador, que es tu conciencia, que en disparando dará mill golpes y mazadas ese tu corazón pidiéndote vela y cuidado en buscar este bien. De manera que por ninguna parte puedes pretender ignorancia


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de que no hay quien te diga ni publique los bienes que con esta presencia de tu Dios alcanzarás.

 

7.         ¡Fuera lo que no es Dios!

 

            Pues habiendo considerado los fructos y bienes que un alma puede tener con tal compañía, nada, en orden a eso, se le hará dificultoso por gozar tanto bien. Pues tras esta consideración ha de procurar desenbarazarse y linpiarse. Y, atento que no pretendo tratar esto aquí sino muy a la ligera, no tomo esto con demasiado fundamento ni trato de ello para los que dende el principio deben ser enseñados en esta materia, sino para algunos de nuestros hermanos que enpiezan a abrir los ojos. Y así no trato yo ahora de la limpieza de conciencia en orden a peccados, sino en orden a otras cosas que pueden inpedir esta presencia con particular grado de unión. Y así digo que se linpie de cualquier género de pensamientos y cuidados, por pequeños que sean.

            Llano es que si os cai un pelito o polvo en los ojos, por pequeño que sea, que no os dejará ver. Lo cual no hiciera si cayera en el zapato, que no estorbará en el andar, porque el officio de los pies es más grosero y el de los ojos más puro y delicado. El seglar, que es parte baja de este cuerpo místico de la Iglesia, no lo hemos de querer tan limpio y puro, porque como pies de este conpuesto anda por el suelo del trato y conocimiento de Dios, trai sus afectos envueltos en tierra y para su officio, que ha de ser cumplir la ley que Dios le manda según su estado, no le inpidirá el polvo de los cuidados de acá. Pero los religiosos, que son los ojos de Dios, como él propio lo dice: Qui tangit vos, tangit pupillam oculi mei 32; religiosos que son ojos de Dios, que se han de ocupar en mirar su presencia, en meditarle y contemplarle, han de estar limpidíssimos, no han de admitir ni aun un polvito por pequeño que sea. Que yo de ellos entiendo lo que Cristo dijo a san Pedro: Qui lotus est, non indiget nisi ut pedes lavet 33; el que está linpio no tiene necesidad sino de lavarle los pies. Pues ¿cómo, si está limpio, tiene necesidad de que le laven los pies? Digo que el seglar estará limpio para seglar, [444r] pero si del seglar hemos de i hacer religioso, es necesario otro lavatorio más puro, más delicado y oloroso. Y así se entiende (pienso yo) lo que dice san Juan en el Apocalipsi: Qui justus est, justificetur adhuc 34; si el hombre es justo y quiere pasar más adelante, tórnese a justificar otra vez.

            Y esto es lo que decía David después de le haber dicho el profeta Natán que Dios le había perdonado su peccado. Y después de lo haber llorado, tornaba y decía muchas veces: Amplius lava me 35; otra vez, Señor, y muchas, porque ojos que se han de ocupar en tal presencia han de


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estar muy sin lagañas y muy lavados. Lo cual lo suelen explicar algunos diciendo que a quien dan una guchillada tiene necesidad de dos curas: una que le sana la llaga, otra que le quita la señal y fealdad que dejó después de curada. Pues el peccado tiene necesidad de dos curas: una sanar la llaga que hace y, después de sana, quitarle la señal que dejó, que fue una inclinación o propensión al mal a que estaba acostumbrado. ¿Cómo? Confiésase un amancebado, perdónale Dios sus peccados, pero allá dentro quédanle unos movimientos naturales que le dejó la costumbre de su peccado; y éstos son de que segunda vez pide David que lo torne Dios a lavar; que, pues ha de andar en su presencia, será razón que ni aun señal no le quede de que hubo tiempo en que estuvo apartado de él.

            Lo propio digo yo del religioso que profesa la perfección que debe tener debajo de este sancto hábito: que no sólo se ha de contentar con que Dios le haya perdonado sus peccados y estar retirado en la celda, sino que cada día se ha de procurar justificar mill veces, y, aunque limpio, tornar a lavar. Porque si la nieve es lo que se puede decir de la blancura, tantas veces se puede lavar un religioso que quede blanco sobre la nieve, como a sí propio se lo ofrecía el sancto rey David. Llano es que si acá laváis unos manteles que se han de poner a cualquier mesa, donde todo género de gentes se han de sentar, como los manteles que se lavan en el mesón y bodegón para cualquier género de gentes y viandantes, basta darles un jabón, un agua y cernada; pero si fuesen manteles que se han de poner en la mesa del rey, no se contentarían con que no tuviesen manchas, sino que estuviesen muy blancos y se le diesen muchos jabones.

            ¡Oh mis hermanos, y si acabásemos de entender esto debajo destos términos tan ordinarios y fáciles, y cómo procuraríamos disponernos con veras para esto que vamos diciendo! El seglar, que es como mesa de bodegón, en cuyo entendimiento y voluntad se asientan cualquier género de criaturas para en ellas [444v] poner su trato y afición, lávese, quítese las manchas. Con eso nos contentamos, con que no tenga peccados. Pero el religioso, que ha de ser mesa donde Dios j viene y se sienta y cena con el alma 36, dándole un estrecho abrazo, no se ha de contentar con no tener peccados ni con haber dado un jabón y hecho una colada, sino que ha de estar limpíssimo, puro y horro de cualquier género de cuidados, que, en fin, son los religiosos spejos cristalinos del mismo Dios que han de estar limpios y puros.

            Ea, mis hermanos, los que pretendemos esta continua presencia, vaya fuera todo lo que no es Dios. ¿Para qué quiere el agua de los charcos quien tiene la fuente en casa? Quien pretende estar unido con este gran Dios, ¿para qué quiere presencia de las criaturas? No haya de hoy en adelante memoria ni acuerdo de padre, madre, parientes, amigos, conocidos, natural


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tierra; que, en fin, todo es tierra y con facilidad enturbiarán las aguas que nacen de la presencia de Dios. Acá decimos que el agua toma el sabor por do pasa. Si queremos tener presencia de Dios con presencia de las cosas de acá, será agua turbia y lo que de suyo es dulce, suave, amoroso, por la junta y mezcla se nos volverá algo desabrido.

 

8.         «Sólo yo y sólo Dios»

 

            ¡Oh glorioso Bernardo! Y qué bien dijiste, cuando tratabas de esta delicada y soberana presencia, que de suerte ninguna no se compadecía el consuelo divino con el humano 37. Que fue decir que, el que de veras busca consuelo en Dios, que carta de horro a los cuidados de acá y a las criaturas; que, aunque ellas nos enseñan, como hemos dicho, que hay Dios y sus grandezas, enséñanlo a voces: Et hoc quod continet omnia, scientiam habet vocis 38, y atruenan a un alma de suerte que, quiriéndosele Dios communicar a solas y hablar en secreto, estas cosas, aunque sean buenas, inpiden, porque esta presencia no admite voces, estruendo ni ruido, sino silencio y quietud. Que por eso al alma a quien Dios se le quiso manifestar, se la llevó al campo y se apartó de estos ruidos. Y David dice: Factus k sum sicut passer solitarius in tecto, et sicut niticorax in domicilio 39. Como quien dice, hablando con Dios: si me consideráis, Señor, como lechuza, ya sabéis que ésta no sale a dar su vuelo hasta que en la obscura noche las demás criaturas duermen y cuando todo está en silencio; y si como pájaro de día solo estoy metido en un agujero, apartado de lo que me puede inpedir, y así os pido que vengáis y os dejéis ver, que ya yo os aguardo en el puesto que vos queréis y deseáis para [445r] os tener y gozar.

            Luego, según esto, mis hermanos, no pido yo mucho en pedir la soledad, de suerte que cada uno de nosotros diga con veras: «sólo yo y sólo Dios». Acuérdense que quien más le impidió a la esposa el trato con su esposo fue el querer