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Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiasticas
Nuevas vocaciones para nueva Europa

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d)La Iglesia, madre de vocaciones

La Iglesia es madre de vocaciones porque las hace nacer en su seno, por el poder del Espíritu, las protege, las alimenta y las sostiene. Es madre, en particular, porque ejerce una preciosa función mediadora y pedagógica.

« La Iglesia, llamada por Dios, constituida en el mundo como comunidad de llamados, es a su vez instrumento de la llamada de Dios. La Iglesia es llamada viviente, por voluntad del Padre, por los méritos del Hijo, por la fuerza del Espíritu Santo (...) La comunidad, que adquiere conciencia de ser llamada, al mismo tiempo adquiere conciencia de que debe llamar continuamente ».(44) Por medio y a lo largo de esta llamada, en sus varias formas, discurre también el llamamiento de Dios.

Esta función mediadora, la Iglesia la ejercita cuando ayuda y estimula a cada creyente a adquirir conciencia del don recibido y de la responsabilidad que el don conlleva consigo.

La ejerce, asimismo, cuando se hace intérprete autorizada de la llamada explícita vocacional y llama ella misma, exponiendo las necesidades vinculadas a su misión y a las exigencias del pueblo de Dios, y animandoa responder generosamente.

La ejerce, todavía, cuando pide al Padre el don del Espíritu que suscita el consentimiento en el corazón de los llamados, y cuando acoge y reconoce en ellos la llamada misma, dando y confiando, explícitamente con fe y temblor al mismo tiempo, una misión concreta y siempre difícil entre los hombres.

Podemos, en fin, añadir que la Iglesia manifiesta su maternidad cuando, además de llamar y reconocer la idoneidad de los llamados, provee para que éstos reciban una formación adecuada, inicial y permanente, y para que sean efectivamente acompañados a lo largo de una respuesta siempre más fiel y radical. La maternidad eclesial no puede agotarse, ciertamente, en el tiempo de la llamada inicial. Ni puede decirse madre aquella comunidad de creyentes que simplemente « espera », dejando totalmente a la acción divina la responsabilidad de la llamada, casi temerosa de dirigir llamadas: o que da por descontado que los adolescentes y jóvenes, en particular, sepan recibir inmediatamente la llamada vocacional; o que no ofrece caminos trazados para la propuesta y la acogida de la propuesta.

La crisis vocacional de los llamados es también, hoy, crisis de los que llaman, acobardados y poco valientes a veces. Si no hay nadie que llama, ¿cómo podrá haber quien responda?




44) DC, 13.






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