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Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiasticas
Nuevas vocaciones para nueva Europa

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f) La pastoral vocacional es personalizada y comunitaria

Puede parecer una paradoja, pero en realidad este principio atestigua la naturaleza ambivalente, en cierto sentido, de la pastoral vocacional, capaz cuando es auténtica- de conjuntar los dos polos: sujeto y comunidad. Desde el punto de vista del animador vocacional es hoy urgente pasar de una pastoral vocacional llevada a cabo por un solo agente, a una pastoral concebida siempre más como acción comunitaria, de toda la comunidad en sus diversas expresiones: grupos, movimientos, parroquias, diócesis, institutos religiosos y seculares...

La Iglesia está llamada cada vez más a ser hoy toda vocacional: dentro de ella « cada evangelizador debe adquirir conciencia de llegar a ser una « lámpara » vocacional, capaz de suscitar una experiencia religiosa que lleve a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes y a los adultos a la relación personal con Cristo, en cuyo encuentro se descubren las vocaciones específicas ».(74)

Del mismo modo el destinatario de la pastoral vocacional es, sin embargo, toda la Iglesia. Si es toda la comunidad eclesial la que llama, es también toda la comunidad eclesial la que es llamada, sin excepción alguna. Polo emisor y polo receptor en algún modo se identifican en el interior de las diversas articulaciones ministeriales del entramado eclesial. Pero el principio es importante; es el reflejo de aquella misteriosa identificación entre el que llama y el llamado en el interior de la realidad trinitaria.

En tal sentido la pastoral vocacional es comunitaria. Y es maravilloso, siempre en tal sentido, que sean todos los Apóstoles los que se dirijan a la muchedumbre el día de Pentecostés y que, después, Pedro tome la palabra en nombre de los doce. Incluso, cuando se trata de elegir a Matías o a Esteban y más tarde a Bernabé y a Saulo, toda la comunidad toma parte en el discernimiento, con la oración, el ayuno y la imposición de las manos.

Pero, al mismo tiempo, es cada uno quien debe hacerse intérprete de la propuesta vocacional, es el creyente quien, en virtud de su fe, debe en cierto modo hacerse cargo de la vocación del otro.

No atañe, pues, sólo a los presbíteros o a los consagrados el ministerio del llamamiento vocacional, sino a cada creyente, a los padres, a los catequistas, a los educadores. Si es cierto que la llamada va dirigida a todos, también es igualmente cierto que la misma llamada va personalizada, dirigida a una persona concreta, a su conciencia, dentro de una relación del todo personal.

Hay un momento en la dinámica vocacional en el que la propuesta va de persona a persona, y necesita de todo aquel clima particular que sólo la relación individual puede garantizar. Es cierto, por tanto, que Pedro y Esteban hablan a la muchedumbre; pero Saulo tiene necesidad de Ananías para discernir lo que Dios quiere de él (Hch 9,13-17), como la tuvo el eunuco de Felipe (Hch 8,26-39).




74) Proposiciones, 13.






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