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Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiasticas
Nuevas vocaciones para nueva Europa

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a) La liturgia y la oración

La liturgia significa e indica al mismo tiempo la manifestación, el origen y el alimento de cada vocación y ministerio en la Iglesia. En las celebraciones litúrgicas se hace memoria de aquel hacer de Dios por Cristo en el Espíritu al que remiten todas las dinámicas vitales del cristiano. En la liturgia, que culmina con la Eucaristía, se manifiesta la vocación-misión de la Iglesia y de cada creyente en toda su plenitud.

De la liturgia parte siempre una llamada vocacional para quien participa.(77) Cada celebración es un evento vocacional. En el misterio celebrado el creyente no puede dejar de reconocer la propia vocación personal, ni puede desoir la voz del Padre que en el Hijo por el poder del Espíritu lo llama a darse a su vez por la salvación del mundo.

También la oración llega a ser camino para el discernimiento vocacional, no sólo porque Jesús invita a rogar al dueño de la mies, sino porque es en la escucha de Dios donde el creyente puede llegar a descubrir el proyecto que Dios mismo ha diseñado: en el misterio contemplado el creyente descubre la propia identidad, « escondida con Cristo en Dios » (Col 3,3).

Y, además, es sólo la oración la que puede avivar las disposiciones de confianza y de abandono indispensables para pronunciar el propio « sí » y superar temores e incertidumbres. Toda vocación nace de la in-vocación.

Pero, también, la experiencia personal de la oración, como diálogo con Dios, pertenece a esta dimensión: incluso si es « celebrada » en la intimidad de la propia « celda » es relación con la paternidad de la que proviene la vocación. Tal dimensión es muy evidente en la experiencia de la Iglesia de los orígenes, cuyos miembros eran perseverantes « en la fracción del pan y en la oración » (Hch 2,42); cada elección, sobre todo para la misión, tenía lugar en un contexto litúrgico (Hch 6, 1-7; 13,1-15).

Es la lógica orante que la comunidad había aprendido de Jesús cuando « a la vista de las muchedumbres cansadas y decaídas como ovejas sin pastor, exclamó: La mies es mucha pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies » (Mt 9,37-38; Lc 10,2).

Las comunidades cristianas de Europa han puesto en práctica estos años múltiples iniciativas de oración por las vocaciones, que encontraron amplio eco en el Congreso. La oración en las comunidades diocesanas, religiosas y parroquiales, hasta el punto ser « incesante » en muchos casos, día y noche, es uno de los caminos principalmente seguidos para crear una nueva sensibilidad y una nueva cultura vocacional favorable al sacerdocio y a la vida consagrada.

La imagen evangélica del « Dueño de la mies » conduce al corazón de la pastoral de la vocaciones: la oración. Oración que sabe « mirar » con sabiduría evangélica al mundo y a cada hombre en la realidad de sus necesidades de vida y de salvación. Oración que manifiesta la caridad y la« compasión » (Mt 9,36) de Cristo para con la humanidad, que también hoy aparece como « un rebaño sin pastor » (Mt 9,36). Oración que manifiesta la confianza en la voz poderosa del Padre, el único que puede llamar y mandar a trabajar a su viña. Oración que manifiesta la esperanza viva en Dios, que no permitirá jamás que falten a la Iglesia los « obreros » (Mt 9,38) necesarios para llevar a término su misión.

En el Congreso despertaron mucho interés los testimonios sobre la experiencia de lectio divina en perspectiva vocacional. En algunas diócesis están muy extendidas las « escuelas de oración » o las « escuelas de la Palabra ». El principio en el que se inspiran es el ya clásico, contenido en la Dei Verbum: « Todos los fieles adquieran la sublime ciencia de Jesucristo por la lectura frecuente de la Divina Escritura, acompañada de la oración ».(78)

Cuando tal ciencia llega a ser sabiduría que se nutre con asiduidad, los ojos y los oídos del creyente se abren al reconocer la Palabra que llama sin descanso. Entonces el corazón y la mente están en grado de acogerla y vivirla sin temor.




77) « La liturgia es por sí misma una llamada. Ella es el momento privilegiado donde todo el pueblo de Dios se encuentra y se realiza el misterio de la fe » (Proposiciones, 13).



78) Dei Verbum, 25.






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