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Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiasticas
Nuevas vocaciones para nueva Europa

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b) La comunión eclesial

La primera función vital que brota de la liturgia es la manifestación de la comunión que se vive en el interior de la Iglesia, como pueblo reunido en Cristo a través de su cruz, como comunidad en la que toda división se supera siempre en el Espíritu, que es Espíritu de unidad (Ef 2,11-12; Gal 3, 26-28; Jn 19,9-26).

La Iglesia se propone como el espacio humano de hermandad en el que todo creyente puede y debe adquirir experiencia de la unión entre los hombres y con Dios que es don de lo alto. De esta dimensión eclesial son espléndido ejemplo los Hechos de los Apóstoles, donde se describe una comunidad de creyentes profundamente marcada por la unión fraterna, por la coparticipación de los bienes espirituales y materiales, de los afectos y sentimientos (Hch 2,42-48), hasta el punto de formar « un solo corazón y una sola alma » (Hch, 4,32).

Si toda vocación en la Iglesia es un don que vivir para los otros, como servicio de caridad en la libertad, entonces es también un don que vivir con los otros. Por lo que sólo se descubre viviendo en hermandad.

La hermandad eclesial no es sólo virtud de comportamiento, sino itinerario vocacional. Sólo viviéndola se la puede elegir como componente fundamental de un proyecto vocacional, o sólo disfrutándola es posible abrirse a una vocación que, en todo caso, será siempre vocación a la hermandad.(79) Por el contrario, no puede sentir ninguna atracción vocacional quien no experimenta alguna hermandad y se cierra a toda relación con los otros o considera la vocación sólo como perfección privada y personal.

La vocación es relación; es la manifestación del hombre que Dios ha creado abierto a la relación; e incluso, en el caso de una vocación a la intimidad con Dios en la vocación al claustro, supone una capacidad de apertura y de coparticipación que sólo se puede adquirir con la experiencia de una hermandad real. « La superación de una visión individualista del ministerio y de la consagración, de la vida en cada una de las comunidades cristianas, es una aportación histórica decisiva ».(80)

La vocación es diálogo; es sentirse llamado por Otro y tener el valor de responderle. ¿Cómo puede madurar esta capacidad de diálogo en quien no ha aprendido, en la vida de todos los días y en las relaciones diarias, a dejarse llamar, a responder, a reconocer el yo en el tú? ¿Cómo puede hacerse llamar por el Padre quien no se preocupa de responder al hermano?

La coparticipación con el hermano y con la comunidad de los creyentes llega a ser entonces camino, a lo largo del cual se aprende a hacer partícipes a los otros de los proyectos propios, para aceptar, en fin, para sí el plan diseñado por Dios. Que será siempre y en todos los casos un proyecto de hermandad.

Una experiencia de coparticipación en torno a la Palabra, señalada por algunas Iglesias europeas, son los centros de escucha, esto es, grupos de creyentes que se reúnen periódicamente en sus casas para redescubrir el mensaje cristiano e intercambiar las respectivas experiencias y los dones de interpretar la Palabra misma.

Para los jóvenes, estos centros adquieren una connotación vocacional de la Palabra que llama, en la catequesis y en la oración vivida de manera más personal y comprometedora, más espontánea y creativa. El centro de escucha llega a ser de este modo estímulo a la corresponsabilidad eclesial, porque aquí se pueden descubrir los diferentes modos de servir a la comunidad y, a menudo, pueden madurar vocaciones específicas.

Otra experiencia positiva de itinerario vocacional en las Iglesias particulares y en los diversos Institutos de vida consagrada es la comunidad de acogida, que pone en práctica la invitación de Jesús: « Venid y veréis ». Invitación que el Papa Juan Pablo II define como la « regla de oro de la pastoral vocacional ».(81) En estas comunidades o centros de orientación vocacional, gracias a una experiencia muy específica e inmediata, los jóvenes pueden hacer un verdadero y gradual camino de discernimiento. Se les acompaña, por tanto, para que en el momento oportuno estén en grado no sólo de identificar el proyecto de Dios sobre ellos, sino de decidir escogerlo como propia identidad.




79) « El primer lugar de testimonio es la vida de una Iglesia que se descubre « comunión » y donde las parroquias y las diversas asociaciones son vividas como comunión de comunidad » (Proposiciones, 14).



80) Proposiciones, 21.



81) Vita consecrata, 64.






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