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| Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiasticas Nuevas vocaciones para nueva Europa IntraText CT - Texto |
En este proceso de inculturación de la buena nueva, la Palabra de Dios se hace compañera de viaje del hombre y le sale al encuentro a lo largo de los caminos para revelarle el designio del Padre como condición para su felicidad. Y es exactamente la Palabra extraída de la carta de Pablo a los cristianos de la Iglesia de Efeso, la que nos guía también hoy a nosotros, pueblo de Dios en Europa, a descubrir cuanto quizá no es inmediatamente visible a primera vista, pero que es evento, es donación, es vida nueva: « Así, pues, ya no sois extraños ni forasteros, antes bien, sois conciudadanos de los santos y familiares de Dios » (Ef 2,19).
No es, evidentemente, palabra nueva, pero es palabra que hace ver de un modo nuevo la realidad de la Iglesia del viejo continente, que está lejos de ser « Iglesia vieja ». Es comunidad de creyentes llamados a la « juventud de la santidad », a la vocación universal a la santidad, subrayada con fuerza por el Concilio(13) y reafirmada, en diversas ocasiones, por el Magisterio subsiguiente.
Es tiempo, ahora, de que aquella llamada adquiera fuerza y llegue a todo creyente, « a fin de que alcancéis a comprender juntamente con todos los santos cuál sea la anchura y la longitud, la altura y la profundidad » (Ef 3,18) del misterio de gracia confiado a la propia vida.
Es tiempo, ahora, de que aquella llamada suscite nuevos modelos de santidad, porque Europa tiene necesidad, sobre todo, de la santidad que el momento exige, original por tanto y, en algún modo, sin precedentes.
Se necesitan personas, capaces de « echar puentes » para unir cada vez más a las Iglesias y a los pueblos de Europa y para reconciliar los espíritus.
Son precisos « padres » y « madres » abiertos a la vida y al don de la vida; esposos y esposas que testimonien y celebren la belleza del amor humano bendecido por Dios; personas capaces de diálogo y de « caridad cultural » para transmitir el mensaje cristiano mediante los lenguajes de nuestra sociedad; profesionales y personas sencillas capaces de imprimir al compromiso en la vida civil y a las relaciones de trabajo y amistad, la transparecia de la verdad y la fuerza de la caridad cristiana; mujeres que descubran en la fe cristiana la posibilidad de vivir plenamente su condición femenina; sacerdotes de corazón grande, como el del Buen Pastor; diáconos permanentes que anuncien la Palabra y la libertad del servicio para con los más pobres; apóstoles consagrados, capaces de sumergirse en el mundo y en la historia con corazón contemplativo, y místicos tan familiarizados con el misterio de Dios como para saber celebrar la experiencia de lo divino y hacer ver a Dios presente en la vorágine de la acción.
Europa necesita nuevos confesores de la fe y del gozo de creer, testigos que sean creyentes creíbles, valientes hasta la sangre, vírgenes que no sean tales sólo para sí mismas, sino que sepan decir a todos que la virginidad reside en el corazón de cada uno y reenvía inmediatamente al Eterno, manantial de todo amor.
Nuestra tierra está ávida no sólo de personas santas, sino de comunidades santas, de tal forma enamoradas de la Iglesia y del mundo que sepan presentar al mundo mismo una Iglesia libre, abierta, dinámica, presente en la historia diaria de Europa, cercana a los sufrimientos de la gente, acogedora con todos, promotora de la justicia, solícita para con los pobres, no preocupada por su minoría numérica ni por las barreras puestas a su acción, no asustada por el clima de descristianización social (real pero quizá no tan radical ni generalizado), ni de la escasez (a menudo sólo aparente) de los resultados.
¡Será ésta la nueva santidad capaz de reevangelizar a Europa y de construir la nueva Europa!