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c) Pastoral de las vocaciones: el « salto de calidad »
Hay otro elemento que une entre sí la reflexión del pre-congreso con el análisis del congreso. Es el conocimiento de que el congreso de las vocaciones se encuentra ante la exigencia de un cambio radical, de un « »impacto » idóneo », según el documento de trabajo,(21) o de « un salto de calidad », como el Papa recomendó en su Discurso al final del Congreso.(22) Todavía una vez más nos encontramos ante una convergencia evidente que ha de comprenderse en su significado auténtico, en este análisis de la situación que estamos proponiendo.
No se trata sólo de una invitación a reaccionar ante una sensación de cansancio o de desaliento por los escasos resultados; ni con estas palabras se pretende incitar a renovar simplemente ciertos métodos o a recuperar energía y entusiasmo, sino que, substancialmente se quiere indicar que la pastoral vocacional en Europa ha llegado a una articulación histórica, a un paso decisivo. Existe una historia, con una prehistoria, seguida de fases que se han sucedido lentamente a los largo de estos años, como estaciones naturales, y que ahora deben necesariamente avanzar hacia el estado « adulto » y maduro de la pastoral vocacional.
Por tanto, no se trata ni de subestimar el sentido de este paso, ni de culpar a nadie por lo que se haya hecho en el pasado; al contrario, nuestro propósito y el de toda la Iglesia es de sincero reconocimiento a aquellos hermanos y hermanas que, en condiciones verderamente difíciles, han ayudado con generosidad a tantos adolescentes a buscar y encontrar la propia vocación. De todas formas, en cualquier caso, se trata de comprender de una vez la orientación que Dios, Señor de la historia, está dando a nuestra historia, también a la rica historia de las vocaciones en Europa, hoy ante una encrucijada decisiva.
— Si la pastoral de las vocaciones nació como emergencia debida a una situación de crisis e indigencia vocacional, hoy ya no se puede pensar con la misma incertidumbre y motivada por una coyuntura negativa; al contrario, aparece como expresión estable y coherente de la maternidad de la Iglesia, abierta al designio inescrutable de Dios, que siempre engendra vida en ella;
— si en un tiempo la promoción vocacional se orientaba exclusiva y principalmente a algunas vocaciones, ahora se debería dirigir cada vez más a la promoción de todas la vocaciones, porque en la Iglesia de Dios o se crece juntos o no crece ninguno;
— si en sus comienzos la pastoral vocacional trataba de circunscribir su campo de acción a algunas categorías de personas (« los nuestros », los más próximos a los ambientes de Iglesia, o a aquéllos que parecían manifestar inmediatamente un cierto interés, los más buenos y estimados, los que habían hecho ya una opción de fe, etc.), ahora se siente cada vez más la necesidad de extender con valor a todos, al menos en teoría, el anuncio y la propuesta vocacionales, en nombre de aquel Dios que no hace acepción de personas, que elige a pecadores en un pueblo de pecadores, que hace de Amós, que no era hijo de profeta sino tan solo recogedor de sicómoros, un profeta, que llama a Leví, y entra en la casa de Zaqueo, que es capaz de hacer nacer incluso de las piedras hijos de Abraham (cfr. Mt 3,9);
— si anteriormente la actividad vocacional nacía en buena parte del miedo (a la desaparición, a la disminución) y de la pretensión de mantener determinados niveles de presencia o de obras, ahora el miedo, siempre pésimo consejero, cede el puesto a la esperanza cristiana, que nace de la fe y se proyecta hacia la novedad y el futuro de Dios;
— si una cierta animación vocacional es, o era, perennemente insegura y tímida, casi hasta aparecer en condiciones de inferioridad respecto a una cultura antivocacional, hoy hace aunténtica promoción vocacional sólo quien está animado por la convicción de que toda persona, sin excluir a ninguna, es un don original de Dios que espera ser descubierto;
— si el fin, un tiempo, parecía ser el reclutamiento, o el método de propaganda, a menudo con resultados obtenidos forzando la libertad del individuo o con episodios de « competencia », ahora debe ser cada vez más claro que el fin es la ayuda a la persona para que sepa discernir el designio de Dios sobre su vida para la edificación de la Iglesia, y reconozca y realice en sí misma su propia verdad;(23)
— si en época aún no muy lejana había quien se engañaba creyendo resolver la crisis vocacional con opciones discutibles, por ejemplo « importando vocaciones » de allende las fronteras (a menudo desarraigándolas de su ambiente), hoy nadie debería engañarse con resolver la crisis vocacional vagando de un lado a otro, porque el Señor continúa llamando en cada Iglesia y en cada lugar;
— e igualmente, en la misma línea, el « cirineo vocacional », solícito y a menudo improvisador solitario, debería cada vez más pasar de una animación hecha con iniciativas y experiencias episódicas a una educación vocacional que se inspire en la seguridad de un método de acompañamiento comprobado para poder prestar una ayuda apropiada a quien está en búsqueda;
— en consecuencia, el mismo animador vocacional debería llegar a ser cada vez más educador en la fe y formador de vocaciones, y la animación vocacional llegar a ser siempre más acción coral,(24) de toda la comunidad, religiosa o parroquial, de todo el instituto o de toda la diócesis, de cada presbítero o consagradoa o creyente, y para todas las vocaciones en cada fase de la vida;
— es tiempo, por fin, de que se pase decididamente de la « patología del cansancio »(25) y de la resignación, que se justifica atribuyendo a la actual generación juvenil la causa única de la crisis vocacional, al valor de hacerse los interrogantes oportunos y ver los eventuales errores y fallos a fin de llegar a un ardiente nuevo impulso creativo de testimonio.