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Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiasticas
Nuevas vocaciones para nueva Europa

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La imagen trinitaria

15. En la escucha de la Palabra, no sin asombro, descubrimos que la categoría bíblico-teológica más comprensiva y más conveniente para expresar el misterio de la vida, a la luz de Cristo, es aquella de « vocación ».(28) « Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta también plenamente el hombre al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación ».(29)

Por esto la figura bíblica de la comunidad de Corinto presenta los dones del Espíritu, en la Iglesia, subordinados al reconocimiento de Jesús como el Señor. Efectivamente, la cristología está en la base de toda antropología y eclesiología. Cristo es el proyecto del hombre. Sólo después de que el creyente ha reconocido que Jesús es el Señor « bajo la acción del Espíritu Santo » (1 Cor 12,3) puede acoger el estatuto de la nueva comunidad de los creyentes: « Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero uno mismo es el Señor. Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios, que obra todas las cosas en todos » (1 Cor 12,4-6). La imagen paulina pone en evidencia, claramente, tres aspectos fundamentales de los dones vocacionales en la Iglesia, estrechamente unidos a su origen en el seno de la comunión trinitaria y con específica referencia a cada Persona.

A la luz del Espíritu, los dones son manifestación de su infinita gratuidad. El mismo es carisma (Hch 2,38), manantial de todo don y expresión de la incontenible creatividad divina.

A la luz de Cristo, los carismas vocacionales son ministerios, y manifiestan las más variadas formas de servicio que el Hijo vivió hasta dar la vida. El, en efecto, « no ha venido para ser servido, sino a servir y dar su vida... » (Mt 20,28). Jesús, por tanto, es el modelo de todo ministerio.

A la luz del Padre, los carismas son « operaciones », porque por El, origen de la vida, todo ser libera el propio dinamismo creador.

La Iglesia, pues, refleja como imagen, el misterio de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo; y cada vocación lleva en sí los rasgos característicos de las tres Personas de la comunión trinitaria. Las Personas Divinas son origen y modelo de toda llamada: o mejor, la Trinidad es en sí misma un misterioso entrecruce de llamadas y respuestas. Sólo allí, en el interior de aquel diálogo ininterrumpido, todo viviente encuentra no sólo sus raíces, sino también su destino y su futuro, es decir, lo que está llamado a ser y a llegar a ser, en la verdad y en la libertad, en la realidad de su historia.

Los carismas, en efecto, en el estatuto eclesiológico de la 1a a los Corintios, tienen una finalidad histórica y concreta: « A cada uno se le otorga la manifestación para la común utilidad » (1 Cor 12,7). Hay un bien superior que normalmente sobrepasa el carisma personal: construir en la unidad el Cuerpo de Cristo; hacer epifánica su presencia en la historia « para que el mundo crea » (Jn 17,21).

Por tanto, la comunidad eclesial, por una parte, está asida por el misterio de Dios, del que es imagen visible, y, por otra, está totalmente comprometida con la historia del hombre, en situación de éxodo, hacia « los cielos nuevos ».

La Iglesia, y en ella cada vocación, manifiestan un idéntico dinamismo: ser llamadas para una misión.




28) Pablo VI, Populorum progressio, 15.



29) Gaudium et spes, 22.






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