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Obra Pontificia para las Vocaciones Eclesiasticas
Nuevas vocaciones para nueva Europa

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a) Enviado por el Padre para llamar al hombre

El Padre nos ha creado en el Hijo, « que es irradiación de su gloria y la impronta de su substancia » (Heb 1,3), predestinándonos a ser conformes a su imagen (cfr. Rom 8,29). El Verbo es la imagen perfecta del Padre. Este es Aquél en quien se ha hecho visible, el Logos por medio de la cual « nos ha hablado » (Heb 1,2). Todo su ser es de « ser enviado », para hacer a Dios, en cuanto Padre, cercano al hombre, para manifestar su rostro y su nombre a los hombres (Jn 17,6).

Si el hombre es llamado a ser hijo de Dios, se deduce que nadie mejor que el Verbo Encarnado puede « hablar » al hombre y reproducir la imagen perfecta del hijo. Por esto el Hijo de Dios, viniendo a esta tierra, ha invitado a seguirle, a ser como El, a compartir su vida, su palabra, su pascua de muerte y resurrección; hasta sus sentimientos.

El Hijo, el enviado por Dios, se hizo hombre para llamar al hombre: el enviado por el Padre es el que llama a los hombres.

Por esto no existe un sólo párrafo del Evangelio, o un encuentro o un diálogo, que no tenga una proyección vocacional, que no exprese, directa o indirectamente, una llamada por parte de Jesús. Es como si sus encuentros humanos, provocados por las más diversas circunstancias, fuesen para El una ocasión para colocar de algún modo a la persona ante la pregunta estrátegica: « ¿Qué hacer de mi vida? », « ¿Cuál es mi camino? ».




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