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Texto
Honorio, obispo, siervo de los siervos de
Dios, a los dilectos hijos Priores y custodios de los hermanos menores, salud y
apostólica bendición.
Según el consejo del
Sabio, nada se debe hacer sin reflexión (Cf. Prov 13,16), a fin de
que no acontezca que después debamos arrepentirnos. De ahí
que es oportuno para quienquiera que tenga la intención de efectuar
un propósito de vida más perfecta, que sus ojos precedan a
sus pasos, es decir que mida las propias fuerzas con el criterio de la
prudencia, para que no suceda, Dios no lo permita, que queriendo cosas
más altas, su paso no se torne vacilante (Sal 65,9) y se vuelva
hacia atrás, destinado a ser transformado en estatua de sal (Gen
19,26) insípida, porque no fue capaz de sazonar el sacrificio de
sí mismo, que quería ofrecer a Dios, con la sal de la
sabiduría. En efecto, así como el sabio llega a ser
insípido si no tiene fervor, así, quien es ferviente se
cubre de confusión si no tiene sabor.
Por esa razón, casi
en todas las formas de vida religiosa está prudentemente
establecido que cuantos tengan la intención de abrazar las
observancias regulares, las experimenten antes durante algún tiempo
y sean probados en ellas, para que después no tengan motivos de
arrepentimiento, que no los podría excusar de la imputación
de ligereza.
Por consiguiente, con la
autoridad de las presentes cartas les prohibimos admitir a alguien a la
profesión de su Orden, si antes no ha hecho el ano de
probación. Y una vez hecha la profesión, ningún
hermano se atreva a dejar su Orden, y a ninguno sea lícito aceptar
a los que han dejado la Orden.
Prohibimos además que alguno de ustedes pueda
salir fuera de la obediencia con el hábito de su religión y
corromper la pureza de su pobreza. Si alguno, pues, presumiera hacerlo, sea
lícito a ustedes imponer a tales hermanos las censuras
eclesiásticas hasta que se hayan arrepentido.
A nadie sea lícito, por tanto, violar en
cualquier forma este escrito de nuestra prohibición y concesión,
o de o sea temerariamente ir contra ella. Si, pues, alguno tiene la
presunción de hacerlo, sepa que incurrirá en la indignación
de Dios Todopoderoso y de los santos apóstoles Pedro y Pablo.
Dada en Viterbo, el 22 de septiembre de 1220, en el
quinto año de nuestro pontificado.
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