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| Consejo Pontificio de la Cultura Pastoral de la cultura IntraText CT - Texto |
17. En una cultura marcada por la primacía del tener, la obsesión por la satisfacción inmediata, el afán de lucro, la búsqueda del beneficio, es sorprendente constatar, no solamente la permanencia, sino el crecimiento de un interés por la belleza. Las formas que asume este interés parecen traducir la aspiración, que no solo no desaparece, sino que se refuerza, a « algo diferente » que fascina la existencia y, quizá incluso la abre y la lleva más allá de si misma. La Iglesia lo ha intuido desde el comienzo, y siglos de arte cristiano lo ilustran magníficamente: la auténtica obra de arte es potencialmente una puerta de entrada para la experiencia religiosa. Reconocer la importancia del arte para la inculturación del Evangelio, es reconocer que el genio y la sensibilidad del hombre son connaturales a la verdad y a la belleza del misterio divino. La Iglesia manifiesta un profundo respeto por todos los artistas sin hacer excepción de sus convicciones religiosas, pues la obra artística lleva en sí misma como una huella de lo invisible, aun cuando, como todas las otras actividades humanas, el arte no tiene en sí mismo su fin absoluto: está dirigido a la persona humana.
Los artistas cristianos constituyen para la Iglesia un potencial extraordinario para acuñar nuevas formas y elaborar nuevos símbolos o metáforas, en el desencadenamiento del genio litúrgico dotado de una poderosa fuerza creadora, enraizado desde hace siglos en las profundidades del imaginario católico, con su capacidad de expresar la omnipresencia de la gracia. A través de los continentes, nunca faltan artistas de inspiración cristiana firme, capaces de atraer a los fieles de todas las religiones, aún a los no creyentes, por el resplandor de lo bello y lo verdadero. Por medio de los artistas cristianos el Evangelio, fuente fecunda de inspiración, alcanza a multitud de personas privadas de contacto con el mensaje de Cristo.
Al mismo tiempo, el patrimonio cultural de la Iglesia atestigua una fecunda simbiosis de cultura y de fe. Ello constituye una fuente permanente para una educación cultural y catequética, que une la verdad de la fe a la auténtica belleza del arte (Cf. Sacrosantum Concilium, nn. 122-127). Frutos de una comunidad cristiana que ha vivido y vive intensamente su fe dentro de la esperanza y la caridad, estos bienes cultuales y culturales de la Iglesia siguen siendo capaces de inspirar la existencia humana y cristiana al alba del tercer milenio.
18. El mundo del descanso, del deporte, de los viajes y del turismo, constituye sin lugar a dudas junto con el mundo del trabajo, una dimensión importante de la cultura donde la Iglesia se halla presente desde hace tiempo. Se convierte con razón en uno de los areópagos de la pastoral de la cultura. La cultura del « trabajo » conoce profundas transformaciones con consecuencias para el tiempo libre y las actividades culturales. Medio, para la mayoría, de procurarse el pan de cada día (cf. Laborem Exercens, n. 1), el trabajo es también uno de los recursos para responder al deseo cada vez más afirmado de realización personal, al mismo nivel que las actividades culturales. Sin embargo en un contexto de especialización, de fuerte desarrollo tecnológico y económico, las nuevas formas de organización del trabajo van frecuentemente paralelas al crecimiento del desempleo en todas las capas de la sociedad, lo cual no sólo es fuente de miseria material, sino que también siembra en las culturas duda, insatisfacción, humillación, incluso delincuencia. La precariedad de las condiciones de vida y la necesidad de proveer a lo esencial conducen muchas veces a considerar la cultura artística y literaria como algo superfluo reservado a una élite privilegiada.
Convertido en un fenómeno casi universal, el deporte tiene indiscutiblemente su lugar en una visión cristiana de la cultura, y puede favorecer a la vez la salud física y las relaciones interpersonales ya que establece relaciones y contribuye a forjar un ideal. Pero puede también desnaturalizarse por intereses comerciales, convertirse en vehículo de rivalidades nacionales o raciales, dar lugar a brotes de violencia que revelan las tensiones y las contradicciones de la sociedad, y convertirse entonces en contracultura. Así, es un lugar importante para una pastoral moderna de la cultura. Realidad multiforme y compleja, a la vez cargada de simbolismos y empresa comercial, el tiempo libre y el deporte, más que una atmósfera crean como una cultura, una forma de ser, un sistema de referencia. Una pastoral adecuada podrá discernir ahí los auténticos valores educativos, como un trampolín para celebrar las riquezas del hombre creado a imagen de Dios y a ejemplo del Apóstol Pablo, anunciar la salvación en Jesucristo (1 Cor 9, 24-27).