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Consejo Pontificio de la Cultura
Pastoral de la cultura

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Diversidad de culturas y pluralismo religioso

19. En nuestros días, la misión evangelizadora de la Iglesia se ejerce en un mundo caracterizado por la diversidad de situaciones culturales modeladas por diferentes horizontes religiosos. Mientras se aceleran los intercambios interculturales e interreligiosos en el seno de la aldea global, este fenómeno toca todos los continentes y todos los países.

La Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Africa lo ha puesto en relieve. En este continente las religiones tradicionales que se encuentran, el cristianismo y el islam, siguen teniendo una gran vitalidad e impregnan la cultura y la vida de personas y comunidades. Si los valores culturales positivos de estas religiones no fueron siempre suficientemente apreciados al inicio de la evangelización, la Iglesia, especialmente después del Vaticano II, promueve aquéllos que están en armonía con el Evangelio y preparan el camino a la conversión a Cristo. « Los Africanos tienen un profundo sentido religioso, sentido de lo sagrado, sentido de la existencia de Dios creador y de un mundo espiritual. La realidad del pecado bajo sus formas individuales y sociales, está muy presente en la conciencia de estos pueblos como están igualmente presentes los ritos de purificación y expiación » (Ecclesia in Africa, nn. 30-37.42). Los valores positivos transmitidos por las culturas tradicionales, tales como el sentido de familia, el amor y respeto por la vida, el respeto por los ancianos y la veneración de los antepasados, el sentido de solidaridad y de la vida comunitaria, el respeto al jefe, la dimensión celebrativa de la vida, son apoyos sólidos para la inculturación de la fe, mediante la cual el Evangelio penetra todos los aspectos de la cultura llevándolos a su plenitud (Cf. Ibid., n. 59-62). De manera inversa, las actitudes contrarias al Evangelio, inspiradas por estas tradiciones, habrán de ser enérgicamente combatidas por la fuerza de la Buena Nueva de Cristo Salvador, portador de las bienaventuranzas evangélicas (Mt 5, 1-12).

20. Inmensas regiones del mundo, particularmente en Asia, país de antiguas culturas, están profundamente marcadas por religiones y sabidurías no cristianas, tales como el Hinduismo, el Budismo, el Taoísmo, el Sintoísmo, el Confucianismo, que merecen una consideración cuidadosa. El mensaje de Cristo suscita allí escasa respuesta. ¿No será que el Cristianismo es percibido allí con frecuencia como una religión extraña, insuficientemente inserta, asimilada y vivida en las culturas locales? He aquí toda la amplitud de una pastoral de la cultura en este contexto específico.

Multitud de realidades morales y espirituales, incluso místicas, que se viven en estas culturas, tales como la santidad, la renuncia, la castidad, la virtud, el amor universal, el amor por la paz, la oración y la contemplación, la felicidad en Dios, la compasión, son posibilidades abiertas a la fe en el Dios de Jesucristo. El Papa Juan Pablo II lo recuerda: « Corresponde a los cristianos de hoy, sobre todos a los de la India, sacar de ese rico patrimonio los elementos compatibles con su fe, de manera que enriquezcan el pensamiento cristiano » (Fides et Ratio, n. 72). En cuanto expresiones del hombre en busca de Dios, las culturas orientales manifiestan, a través de las diferencias culturales, la universalidad del genio humano y su dimensión espiritual (Cf. Nostra Aetate, n. 2). En un mundo presa de la secularización atestiguan la experiencia vivida de lo divino y la importancia de lo espiritual como núcleo vivo de las culturas.

Es un gigantesco desafío de la cultura acompañar a los hombres de buena voluntad cuya razón busca la verdad apoyándose sobre estas ricas tradiciones culturales, como la milenaria sabiduría china, y guiar su búsqueda de lo divino a abrirse a la revelación del Dios vivo que, por la gracia del Espíritu Santo, se asocia al hombre en Jesucristo, único Redentor.

21. Otras grandes regiones —la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos lo han puesto a plena luzviven de una cultura profundamente modelada por el mensaje evangélico y, al mismo tiempo, son víctimas de un penetrante influjo de modos de vida materialistas y secularizados, que se manifiesta especialmente en el abandono religioso en la clase media y entre las personas de cultura.

La Iglesia, que afirma la dignidad de la persona humana, se esfuerza en purificar la vida social de plagas como la violencia, las injusticias sociales, los abusos de que son objeto los niños de la calle, el tráfico de estupefacientes, etc. En este contexto, y afirmando su amor preferencial por los pobres y los marginados, la Iglesia tiene el deber de promover una cultura de la solidaridad a todos los niveles de la vida social: instituciones gubernamentales, instituciones públicas y organismos privados. Trabajando por una mayor unión entre las personas, entre las sociedades y entre las naciones, se unirá al esfuerzo constante de las personas de buena voluntad, para construir un mundo cada vez más digno de la persona humana. Haciendo esto, contribuirá « a la reducción de los efectos negativos de la globalización, tales como la dominación del más fuerte sobre el más débil, en especial dentro del dominio económico, y la pérdida de los valores culturales locales a favor de una uniformidad mal entendida » (Ecclesia in America, n. 55).

En nuestros días, la ignorancia religiosa endémica alimenta las diferentes formas de sincretismo entre antiguos cultos hoy extinguidos, nuevos movimientos religiosos y la fe católica. Estos males sociales, económicos, culturales y morales sirven de justificación a las nuevas ideologías sincretistas cuyos círculos están activamente presentes en diversos países. La Iglesia intenta afrontar estos desafíos, en especial para con los más pobres, promover la justicia social y evangelizar tanto las culturas tradicionales como las nuevas culturas que surgen en las megápolis.(19)

22. Los países penetrados por el Islam constituyen como un universo cultural con su configuración propia, sin desconocer las diferencias entre los países árabes y los otros países de Africa y de Asia. Pues el Islam se presenta indisociablemente como una sociedad con su legislación y sus tradiciones, que juntas constituyen una vasta comunidad denominada umma, con su cultura propia y su proyecto de civilización.

El Islam vive actualmente una fuerte expansión, debido en particular a los movimientos migratorios que provienen de países con fuerte crecimiento demográfico. Los países de tradición cristiana, que tienen, a excepción de Africa, una demografía escasa o negativa, perciben hoy frecuentemente la presencia creciente de musulmanes como un desafío social, cultural e incluso religioso. Los inmigrantes musulmanes experimentan, al menos en ciertos países, grandes dificultades de integración socio-cultural. Por otra parte, el alejamiento de una comunidad tradicional conduce frecuentemente —en el Islam como en otras religiones— al abandono de ciertas prácticas religiosas y a una crisis de identidad cultural. Una colaboración leal con los musulmanes en el plano cultural puede permitir mantener —en una efectiva reciprocidadrelaciones fructuosas tanto en los países islámicos como con las comunidades musulmanas establecidas en los países de tradición cristiana. Una semejante cooperación no exime a los cristianos de dar cuenta de su fe cristológica y trinitaria con relación a otras expresiones del monoteísmo.

23. Las culturas seculares ejercen una profunda influencia en diferentes partes de un mundo marcado por el vértigo y la complejidad creciente de transformaciones culturales. Surgida en países de antigua tradición cristiana, esta cultura secularizada, con sus valores de solidaridad, de afecto gratuito, de libertad, de justicia, de igualdad entre el hombre y la mujer, de apertura de espíritu y diálogo y de sensibilidad ecológica, guarda aún la huella de sus valores fundamentalmente cristianos que han impregnado la cultura en el curso de los siglos. La secularización misma de estos valores ha aportado fecundidad a la civilización y alimentado la reflexión filosófica. Al alba del tercer milenio las cuestiones de la verdad, de los valores, del ser y del sentido, ligados a la naturaleza humana, revelan los límites de una secularización que suscita, muy a su pesar, la búsqueda de « la dimensión espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización. Este fenómeno así llamado del "retorno de lo religioso" no carece de ambigüedad, pero encierra una invitación [...] También éste es un areópago que hay que evangelizar » (Redemptoris Missio, n. 38).

Cuando la secularización se transforma en secularismo (Evangelii Nuntiandi, n. 55), surge una grave crisis cultural y espiritual, uno de cuyos signos es la pérdida del respeto a la persona y la difusión de una especie de nihilismo antropológico que reduce al hombre a sus instintos y tendencias. Este nihilismo que alimenta una grave crisis de la verdad (Cf. Veritatis Splendor, n 32), « encuentra una cierta confirmación en la terrible experiencia del mal que marca nuestra época. Ante esta experiencia dramática, el optimismo racionalista que veía en la historia el avance victorioso de la razón, fuente de felicidad y de libertad, no ha podido mantenerse en pie, hasta el punto de que una de las mas grandes amenazas de este fin de siglo es la tentación de la desesperación » (Fides et Ratio, n. 91). Devolviendo su lugar a la razón iluminada por la fe y reconociendo a Cristo como clave de bóveda de la vida del hombre, es como una pastoral evangelizadora de la cultura podrá reforzar la identidad cristiana ayudando a las personas y las comunidades a descubrir razones para vivir, por todos los caminos de la vida, al encuentro del Señor que viene y para la vida del mundo futuro (Ap 21-22).

Los países que han recuperado una libertad tanto tiempo reprimida por el marxismo-leninismo ateo en el poder, han quedado heridos por una violenta « desculturización » de la fe cristiana: las relaciones entre los hombres artificialmente cambiadas, la dependencia de la criatura con respecto a su creador negada, las verdades dogmáticas de la revelación cristiana y su ética combatidas. A esta « desculturización » ha seguido un cuestionamiento radical de valores esenciales para los cristianos. Los efectos reductores del secularismo extendido en Europa Occidental a fines de los sesenta, contribuyen a desestructurar la cultura de los países de Europa Central y Oriental.

Otros países de pluralismo democrático tradicional, experimentan, sobre un trasfondo mayoritario de adhesión social religiosa, el empuje de corrientes en las que se entremezclan secularismo y expresiones religiosas populares traídas por el flujo migratorio. A partir de aquí, la asamblea especial para América del Sínodo de los obispos ha suscitado una nueva toma de conciencia misionera.

Sectas y nuevos movimientos religiosos(20)

24. La sociedad en el seno de la cual emerge, bajo las formas más diversas, una nueva búsqueda de espiritualidad, más que religión, no deja de recordar una de las tribunas de San Pablo, el areópago de Atenas (Cf. Hech 17, 22-31). El deseo de encontrar una dimensión espiritual que sea también fuente de sentido para la vida, así como el anhelo profundo de reconstruir el tejido de relaciones afectivas y sociales frecuentemente rasgadas a causa de la inestabilidad creciente de la institución familiar, al menos en ciertos países, se traducen en un « redescubrimiento » en el seno del cristianismo, pero también en construcciones más o menos sincretistas orientadas hacia una cierta unión global que supere toda religión particular.

Bajo la denominación polisémica de sectas pueden catalogarse numerosos y diversos grupos, unos de inspiración gnostica o esotérica, otros de apariencia cristiana, otros en ciertos casos, hostiles a Cristo y a la Iglesia. Su éxito se debe frecuentemente a aspiraciones insatisfechas. Muchos de nuestros contemporáneos encuentran en ellas un lugar de pertenencia y de comunicación, de afecto y de fraternidad, incluso una aparente protección y seguridad. Este sentimiento se apoya en gran parte en soluciones aparentemente deslumbrantes —como el « Gospel of success »—, pero en el fondo ilusorias que las sectas parecen aportar a las más complejas cuestiones; se apoya también en una teología pragmática a menudo fundada sobre la exaltación del yo tan maltratado por la sociedad. Frecuentemente las sectas se desarrollan gracias a sus pretendidas respuestas a las necesidades de personas en busca de sanación, de hijos, de éxito económico. Esto vale también para las religiones esotéricas cuyo éxito se afianza gracias a la ignorancia y a la credulidad de cristianos poco o mal formados. En numerosos países algunas personas heridas por la vida o menospreciadas experimentan dolorosamente la exclusión, especialmente en el anonimato característico de la cultura urbana y están dispuestas a aceptar todo con tal de obtener una visión espiritual que les restituya la armonía perdida y les a experimentar una sensación de curación física y espiritual. He aquí la complejidad y el carácter transversal del fenómeno de las sectas que conjuga el malestar existencial con el rechazo de la dimensión institucional de las religiones y se manifiesta bajo formas y expresiones religiosas heterogéneas.

Pero la proliferación de las sectas es también una reacción al secularismo y una consecuencia de los trastornos sociales y culturales que han hecho perder las raíces religiosas tradicionales. Llegar a las personas tocadas por las sectas o en peligro de serlo para anunciar a Jesucristo que les habla al corazón, es uno de los desafíos que la Iglesia debe afrontar.

Verdaderamente, de un continente a otro asistimos al surgimiento « de una nueva época de la historia humana », ya señalada por el Concilio Vaticano II. Esta toma de conciencia reclama una nueva pastoral de la cultura, que afronte estos nuevos desafíos con la persuasión que ha conducido a Papa Juan Pablo II al crear el Pontifico Consejo de la Cultura: « de ahí la importancia que tiene para la Iglesia, como responsable de ese destino, una acción pastoral atenta y clarividente respecto a la cultura, especialmente a la llamada cultura viva, es decir, el conjunto de los principios y valores que constituyen el ethos de un pueblo » (Carta autógrafa, op. cit.).

 




19) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Santo Domingo, op. cit., n. 228-286; y la Exhortación Apostólica post-sinodal Ecclesia in America, 22 de enero 1999, n. 64.



20) 3 Cf. El Consistorio extraordinario celebrado en Roma (4-6 abril 1991); Sectas o nuevos movimientos religiosos. Desafíos pastorales. L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, 25 mayo 1986, pp. 6-9.






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