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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto primero

Argumento



     

Enrique III unido con Enrique de Borbón, rey de Navarra, contra la Liga,

 

   habiendo comenzado ya el bloqueo de París, envía secretamente Enrique a pedir

 

   socorro a Isabel, reina de Inglaterra. Sufre el Héroe una tempestad. Aporta a una

 

   isla, donde un anciano católico le predice su conversión y su advenimiento al

 

   trono. Descripción de la Inglaterra y de su Gobierno



                              

El héroe canto, que reinó en la Francia

 

Por derechos de sangre, y de conquista;

 

Que a gobernar los hombres aprendiera

 

Por una larga serie de desdichas;

 

Que facciones calmando, vencer fuerte

 

Y a un tiempo perdonar dulce sabía;

 

Y que de confusión en fin cubriendo

 

Al Íbero, a Mayena y a la Liga,

 

De padre y vencedor de sus vasallos

 

Su nombre señaló con la divisa.

 

     Baja, augusta verdad, del alto cielo.

 

Ven; y tu claridad y tu energía

 

Sobre los versos míos vierte grata.

 

De los Reyes el oído facilita

 

De tu escabrosa voz al agrio acento,

 

Y cuanto aprender deban les intima.

 

De tu osado pincel al rasgo toca

 

Pintar de las naciones a la vista

 

El lienzo criminal de hórridos monstruos,

 

Que sus guerras abortan intestinas.

 

, como sediciosa la Discordia

 

De turbación sembró nuestras provincias;

 

Y del Pueblo narrando las desgracias,

 

Los yerros de los Príncipes publica.

 

Llega, tu labio suene; y si es constante,

 

Que contigo de acuerdo un tiempo unida,

 

A tus más fieros tonos su voz dulce

 

La Fábula tal vez mezclar sabía;

 

Si tu altanera frente de ornamentos

 

Sus delicadas manos revestían,

 

Y el arte prodigioso de sus sombras

 

Los rayos de tu luz embellecía;

 

Deja que también hoy a compás marche,

 

Que conmigo tus huellas siempre siga,

 

Y tus gracias no empañe, antes ilustre.

 

     Aún reinaba Valois; aún él hacía 1

 

De un zozobrante Estado el gubernalle

 

Con mano fluctar trémula e indecisa:

 

De su debido honor, sanción y fuerza

 

Las santas leyes todas destituidas,

 

Confusos los derechos y turbados,

 

Más bien en caos tanto se diría,

 

Que en efecto Valois ya no reinaba:

 

Que ya el Príncipe no era, a quien propicia

 

Circundara la gloria de esplendores;

 

A quien desde la infancia a las fatigas

 

Adiestrara y las lides la Victoria;

 

Cuyos faustos progresos sorprendida

 

Y temblando la Europa contemplaba;

 

En pos de quien, al fin, la Patria había

 

De amor y soledad mil tiernos ayes.

 

Despedido, plañendo su partida

 

Un tiempo, en que del Norte, allá admirando

 

Su suprema virtud, las plagas frías

 

En poner a sus plantas sus diademas,

 

Por sufragio común se complacían.

 

En un segundo puesto brilla alguno,

 

Que al primero elevándose se eclipsa.

 

De esta suerte a Valois, al solio alzado,

 

Con sorpresa pasar la Francia mira,

 

De intrépido guerrero a Rey cobarde.

 

Sobre el trono encumbrado se dormía

 

De femenil molicie en hondo seno 2:

 

De la regia corona el peso abisma

 

De su liviana frente las flaquezas

 

Que lúbricos privados mantenían,

 

D' Epernon, San Megrén, Quelús, Joyussa, 3

 

Jóvenes voluptuosos, que a porfía

 

Bajo su augusto nombre, a su albedrío,

 

Del imperio las riendas dirigían:

 

Corruptores políticos de un dueño,

 

Que la afeminación gastado había,

 

En torpes devaneos y placeres

 

Su lánguida existencia sumergían.

 

De los Guisas, en tanto, la fortuna

 

Se elevaba veloz, se engrandecía

 

Sobre su humillación y abatimiento,

 

Levantando en París la santa Liga,

 

De su flaco poder rival soberbia.

 

Roto el freno los pueblos se extravían,

 

Y hechos de la grandeza humildes siervos,

 

Doblan a sus tiranos la rodilla,

 

Y a su dueño legítimo persiguen.

 

De mil falsos amigos turba indigna,

 

Que feliz le adorara, ya infelice

 

Le abandona vilmente, y aturdidas

 

Del Luvre le miraron las columnas

 

Por sus pueblos expulso y en huida,

 

Al paso que acogido el extranjero,

 

Al rebelde París ledo corría.

 

Todo marcha en desorden. Por instantes

 

Todo a su fin fatal se precipita,

 

Cuando aparece Enrique. Este virtuoso, 4

 

Este insigne Borbón, que fiero ardía

 

De un guerrero valor en noble llama,

 

A su Príncipe ciego se aproxima,

 

Y a su aspecto Valois la luz recobra:

 

Él su espíritu y fuerzas resucita;

 

Sus pasos endereza, y de la afrenta

 

A la gloria, del juego a la lid guía.

 

De París a las pérfidas murallas

 

Con coligadas huestes y aguerridas

 

Al ver los dos Monarcas avanzados,

 

Allí se alarma Roma, y aquí admira

 

El Español temblando su alianza:

 

La Europa toda ya comprometida

 

En tan grandes reveses y ruidosos,

 

Sobre el muro infeliz clava la vista.

 

     Viose en París entonces la Discordia,

 

Que al sublevado Pueblo enfurecía,

 

Y a la guerra excitando al de Mayena,

 

Y a la Liga y la Iglesia, en hostil grita

 

Del alto de sus torres el socorro

 

Del español soldado requería.

 

Esta fiera impetuosa y sanguinaria,

 

Este inflexible monstruo, infiel respira

 

Un eterno rencor contra los mismos

 

Que su yugo infernal más esclaviza.

 

Su maléfico plan de los mortales

 

A infelices desastres sólo aspira

 

De su mismo partido con frecuencia

 

Su mano deja toda en sangre tinta;

 

Dentro del corazón que despedaza,

 

Cual tirano cruel se domicilia,

 

Y el crimen que él inspira, pena él mismo.

 

     Al lado en que del sol la luz declina,

 

No lejos de las márgenes amenas

 

Por do serpeando el Sena corre, y gira

 

Huyendo de París, hoy sitio amable,

 

Retiro encantador, mansión tranquila,

 

Donde el arte sus triunfos nos ostenta,

 

Y la naturaleza sus delicias;

 

Campo entonces horrísono y sangriento

 

De la más ominosa y mortal riña,

 

Juntando sus soldados acampaba

 

El mísero Valois. Allí se alistan

 

Los valerosos Héroes, que la gloria,

 

Y de Francia el estado sostenían,

 

Y a quienes sectas varias dividiendo,

 

De una común venganza el celo unía.

 

De Borbón en las manos victoriosas,

 

Acordes y contentos todos libran

 

Su causa general y sus destinos;

 

Y él, que de conciliarse el don abriga

 

De todos el amor feliz, ganando

 

Los corazones todos, los reunía:

 

Que estaban los dos campos tan sumisos

 

Dijérase a su voz, que ya no habían

 

Más Jefe que él, ni más Iglesia que una.

 

     Del seno celestial do residía

 

Luis, padre inmortal de los Borbones 5,

 

Sobre el virtuoso Enrique atento fija

 

Sus paternales ojos. De su raza

 

El más claro esplendor en él divisa;

 

Su ardor, su virtud ama; su error llora:

 

Con su corona honrarle, al fin quería,

 

Y quiere más aún, quiere ilustrarle.

 

Avanza en tanto Enrique, y se encamina

 

A la suprema cumbre; más por sendas

 

Que para él mismo ocultas no advertía.

 

Del alto de los cielos sus auxilios

 

Prestábale Luis, pero escondida

 

La mano que en su apoyo le tendiera;

 

Cuidando que del Héroe siendo vista,

 

Ya por demás seguro de sus triunfos,

 

De un peligro menor fuese a medida

 

De sus hechos también menor la gloria.

 

     Del muro que obstinado resistía,

 

Ya finalmente al pie, y en frente puestos,

 

Más de una vez de Marte en tentativas

 

Igual riesgo ensayaran los partidos:

 

De la humana feroz carnicería

 

Ya el mal genio, del campo desolado

 

Al uno y otro mar llevara a prisa

 

Un furor implacable, cuando a Enrique

 

Su atristada palabra, interrumpida

 

De frecuentes suspiros y sollozos,

 

Le endereza Valois en esta guisa.

 

     «Ya ves hasta que punto de mi suerte

 

El rigor me abatió. No es mi desdicha,

 

Ni solo mi interés el que va hablarte;

 

Tuya es ¡o Borbón! la injuria mía.

 

Contra su Rey osando sediciosa

 

Su frente al cielo alzar esa infiel Liga,

 

A los dos en su rabia nos confunde,

 

Y a los dos nos persigue y abomina.

 

Del pueblo de París enajenado

 

El rebelde rencor de que le animan,

 

Nos desconoce a entrambos, pretendiendo

 

Precipitarme a mí del trono en vida,

 

Y de su herencia a ti, que en pos te toca.

 

No ignoran los Ligados, no, no olvidan

 

Que la voz imperiosa de la sangre

 

De nuestra anciana augusta dinastía,

 

El mérito, las leyes, y en fin todo

 

Te aclaman a mi muerte de justicia

 

Al trono de la Francia, en que vacilo,

 

Y del cual darte piensan la exclusiva,

 

Ya de hoy mismo temblando a la grandeza

 

De tu fortuna y gloria sucesivas.

 

La Religión terrible en sus enojos,

 

Ambiciosa y colérica, fulmina

 

Contra la independencia de tus sienes

 

Su fatal anatema. Roma erguida,

 

Que a do quiera transporta sin soldados

 

De la guerra el azote, deposita

 

De su cruda venganza el sacro trueno

 

Del Español en manos. Ya vendida

 

De vasallos, de deudos y de amigos

 

Veo, amigo, la fe. Ya se retira,

 

Ya de mí huye todo y me abandona,

 

O se arma contra mí. Con tropelía

 

El avariento Hispano enriquecido

 

Por mis pérdidas, fiero se avecina

 

A inundar de sus huestes destructoras

 

Mis desiertas ya míseras campiñas.

 

     Contra enemigos tantos, que en su furia

 

Tal ansia de ultrajarnos acreditan,

 

A nuestra vez traigamos a la Francia

 

Una extranjera fuerza más benigna:

 

En secreto ganad de los Britanos

 

Esa ínclita Reina, esa heroína.

 

Bien el odio inmortal, que una alianza

 

Permite rara vez franca y sencilla

 

Entre el Francés y el Anglo. En todos tiempos

 

Émula de París, Londres la envidia.

 

Más ¿que importa, Borbón? si desde el punto

 

En que mi antigua gloria vi marchita,

 

Y por ellos mi nombre amancillado,

 

Ya ni patria, otros tiempos tan querida,

 

Ni vasallos conozco. Yo les odio;

 

A castigar anhelo sus perfidias

 

Y a mis ojos Francés es quien me vengue.

 

En tal negociación, poco confía

 

Mi supremo interés en las funciones

 

De ordinarios agentes inactivas;

 

Tu eres solo Borbón, el que yo imploro;

 

De promediar tu voz es solo digna

 

En que a los Reyes mueva mi infortunio:

 

Parte a Albión, y allí la causa mía

 

Patrono tan feliz logre en tu fama,

 

Que un ejército aliado me consiga.

 

Mis enemigas huestes por tu brazo

 

Quiero, Enrique, abatir, y otras amigas

 

Por tu sola virtud ganar espero

 

     Dijo, y el Héroe, que de gloria hervía

 

En codicioso celo, y en más manos

 

Teme ver que las suyas repartida

 

Del triunfo la palma, un dolor vivo

 

Al oírle sintió. Pasados dios

 

A su gran alma caros echa menos,

 

En que él solo y Condé sin más intrigas,

 

Ni otro extranjero auxilio que la fuerza

 

De su virtud, temblar la Liga hacían;

 

Más era necesario ardientes votos

 

Satisfacer de un dueño. Se resigna:

 

Los golpes de su brazo ya suspende,

 

Y los laureles, que cogido había

 

Del Sena en la ribera, abandonando,

 

Su valor a partir violento instiga.

 

Atónito el soldado, que ignoraba

 

Sus arcanas empresas, se contrista;

 

Y de uno y otro campo los guerreros

 

Sus destinos pendientes suponían

 

Del regreso feliz del Héroe ausente.

 

Ya marchaba: aún empero le imagina

 

El pueblo criminal siempre delante,

 

Y pronto a fulminar sobre él sus iras.

 

Su nombre, que del trono la columna

 

Más sólida y más firme se apellida,

 

De todo el bando alzado su enemigo

 

El terror en las almas infundía,

 

Y por él en su ausencia peleaba.

 

     Ya del Neustrio saltaba las campiñas,

 

Sin que de sus privados otro alguno

 

Formase que Morné su comitiva: 6

 

Éste su siempre digno confidente,

 

Más nunca adulador, fiel le asistía;

 

Éste sobrado fuerte y grave apoyo

 

Del bando del error y su doctrina,

 

Éste, a quien en prudencia como en celo

 

Señalándose siempre, a par movían

 

La causa de su Iglesia y de su Patria;

 

Censor del cortesano, y todavía

 

En la corte querido, a quien de Roma

 

Fiero enemigo, Roma propia estima.

 

     Al través de dos rocas, donde viene

 

La cólera del mar rugiendo altiva

 

Sus olas a estrellar entre alba espuma,

 

A los ojos del Héroe se ofrecía

 

De Diepe el feliz puerto. Y fogoso

 

A bordo el diestro nauta jarcias iza;

 

El bajel, que a favor de su maniobra

 

Con fiera majestad la mar domina,

 

Ya de volar a punto sobre el llano

 

Del undoso cristal, sus alas infla:

 

Amarrado del viento en las regiones

 

El furibundo Bóreas se mitiga,

 

Y del céfiro al soplo la mar cede.

 

Levada el ancla ya, dél impelida,

 

Surcaba el vasto piélago la nave

 

Lejos ya de la tierra fugitiva,

 

Y de la Gran Bretaña las riberas

 

Descubríanse ya, cuando del día

 

Eclípsase el gran astro en un instante,

 

Regaña airado el cielo, el aire silba,

 

Brama el onda a lo lejos, y los vientos

 

Desenfrenados más y más irritan

 

Las encrespadas olas; centellando

 

Entre la negra nube el rayo brilla;

 

Del relámpago el fuego, y de las olas

 

El abismo profundo do quier pintan

 

Al navegante pálido la muerte:

 

Y aún el Héroe, a quien furias envolvían

 

Del undoso elemento, los peligros

 

De su propia persona no sentía;

 

Sus ojos sólo vuelve hacia la Patria,

 

Y en su empresa su mente siempre fija,

 

Por la sola tardanza en sus destinos,

 

A increpar a los vientos se limita.

 

No tan patriota, no, ni generoso

 

Allá César del Epiro a la orilla,

 

Cuando del mundo el cetro disputaba,

 

Al furioso Aquilón sobre el mar fía

 

Del Romano la suerte y de la tierra,

 

Y a Pompeyo y Neptuno, que se ligan,

 

A un tiempo desafiando, su fortuna

 

A la borrasca impávido oponía.

 

     En este instante el Dios del universo,

 

Que sobre el viento vuela, que las iras

 

Subleva de los mares, o las calma,

 

Y de cuya eternal sabiduría

 

La profunda inefable providencia,

 

Forma imperios, los alza, o los derriba,

 

Desde el trono inflamado, do preside

 

A la vida y la muerte, y que allá brilla

 

Del celestial empíreo en las alturas,

 

Sus ojos abatir al fin se digna

 

Sobre el Héroe Francés, y en riesgo tanto

 

El mismo es quien le alienta, quien le guía,

 

Y cuya voz excelsa a la borrasca

 

Mandando que a la playa más vecina