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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto segundo

Argumento

     

Enrique el Grande cuenta a la reina Isabel la historia de las desgracias de la

 

   Francia. Se remonta hasta el origen de ellas, y entra en el detalle de la carnicería

 

   ejecutada la noche de San Bartolomé



                              

«De males el exceso a que la Francia

 

Entregada se mira, horrible es, Reina;

 

Y horrible tanto más, cuanto es sagrada

 

Su fuente comunal. Celo inhumano,

 

Furor de Religión fue, quien la daga

 

En la mano libró del Francés Pueblo.

 

Entre Ginebra y Roma jamás nada

 

Decidir osaré; más por divinos

 

Que los renombres sean, a que a entrambas,

 

De uno y otro partido los secuaces

 

Con extremos hipérboles exaltan,

 

Yo, no obstante, el furor, yo el sutil dolo

 

Vi que a los dos denigran y difaman.

 

Si del error es hija la perfidia,

 

Si entre las controversias, que desgarran

 

Y la Europa sumergen, las traiciones,

 

Los aleves puñales, las cábalas

 

Infame sello son, que la mentira

 

Tan cruel como pérfida contrastan,

 

Ambos partidos pérfidos y crueles,

 

Iguales en los crímenes y manchas,

 

Del ominoso error entre tinieblas

 

Ambos, al parecer, iguales andan. 7

 

Francés, soldado y Rey, solo adoptando

 

Del trono la defensa y de la patria,

 

Su venganza dejando al cielo solo,

 

Nunca se habrá notado que violada

 

De mi poder legítimo la linea,

 

Con una mano osase temeraria

 

Profanar del levita el incensario.

 

Perezca para siempre, si, mal haya

 

La perversa política, que intenta

 

Un despótico imperio sobre el alma:

 

Que racionales pechos solicita

 

Convencer por la fuerza de las armas:

 

Que de herética sangre los altares

 

De un culto dulce y puro, feroz mancha;

 

Y de intereses sórdidos del mundo,

 

O frenesí fanático guiada,

 

De paz a un Dios benigno solo sangre,

 

Solo homicidios bárbaros consagra.

 

     «Pluguiera a este Dios mismo omnipotente,

 

Cuya ley busco yo, que así pensara

 

La corte de Valois; pero a ambos Guisas, 8

 

Los escrúpulos míos no embarazan.

 

De esos jefes de un crédulo gentío

 

La profunda ambición, sagaz disfraza

 

Su profano interés con el del cielo.

 

Cae un furioso pueblo en su vil malla,

 

Y contra mí, los pérfidos, el odio

 

De su cruel piedad concitan y arman.

 

Yo vi correr por celo a degollarse,

 

Volar vi mis patriotas con la llama

 

Al combate empuñada y al incendio,

 

Por vanos argumentos que no alcanzan.

 

Vos conocéis el pueblo, ilustre Reina;

 

Cuál es su arrojo, cuál su audacia,

 

Desde el terrible punto en que le imbuyen

 

Y a persuadirse llega que es la causa

 

Del ultrajado cielo la que venga.

 

De la fe con la venda densa y sacra

 

Ceñidos ya sus ojos, desde entonces,

 

De la obediencia rompe el freno y valla.

 

De vos, gran Isabel, estas verdades

 

Conocidas muy bien, bien meditadas,

 

Vuestra sabia cautela de antemano

 

Oportuno remedio al mal prepara,

 

Prontamente ahogándole en su cuna.

 

La tempestad, apenas fue formada

 

En los Estados vuestros: la previera

 

Vuestro espíritu próvido, y la calman

 

Vuestras prendas, por fin, vuestros talentos:

 

El fruto ya gozáis de virtud tanta.

 

Vos, Señora, reináis: Londres es libre,

 

Y vuestras leyes florecientes campan.

 

Rumbos siguió la Médicis diversos. 9

 

De narración tan mísera tocada

 

Mandaréisme, tal vez, que un fiel retrato

 

Del carácter de Médicis os haga.

 

Oídlo ya de un labio ingenuo al menos:

 

Muchos, Reina, de Médicis parlaban;

 

Pocos empero bien la conocieran:

 

Sondaron pocos bien las ensenadas,

 

Los obscuros secretos y repliegues

 

De sus ondas maléficas entrañas.

 

Yo, que de cuatro lustros por espacio,

 

De sus hijos criado en cortes varias,

 

Bajo sus mismos pies, por tanto tiempo

 

Ir formándose he visto las borrascas,

 

Con demasiado riesgo a conocerla

 

Aprendido he, por fin, y a descifrarla.

 

     «La aventurera muerte de su esposo,

 

Que de su edad la flor segó temprana,

 

Dejó precipitado y libre curso

 

A toda su ambición, y sujetada

 

De sus hijos, el uno en pos del otro,

 

La regia educación a su tirana

 

Tutelar dictadura: al que sin ella

 

El cetro ya empuñar, reinar osaba,

 

Desde aquel mesmo instante le persigue,

 

Por odioso enemigo le declara.

 

Alrededor del solio derramando

 

De discordia y de envidias la cizaña,

 

Oponiendo incesante y harto astuta

 

A los Condés los Guisas, Francia a Francia,

 

Con sus mismos contrarios más discordes

 

Pronta siempre a ligarse, y en mudanza

 

De enemigos perpetua, de rivales,

 

De intereses, de bandos y de causas,

 

Del deleite y placer, si bien no tanto 10

 

Como de la ambición, sensual esclava,

 

Y para colmo, además, supersticiosa, 11

 

Y a su culto también mil veces falsa;

 

La Médicis, Señora, por decirlo

 

Sin explicarme más, en dos palabras,

 

Poseía, por fin, del sexo propio

 

Con muy poca virtud todas las faltas...

 

Se deslizó mi lengua. La franqueza

 

Perdonadme, gran Reina. Computada

 

No sois ya sobre todo en ese sexo.

 

Dél no tiene Isabel más que las gracias.

 

El cielo, que os formó porque supieseis

 

Imperios dirigir, nos echa en cara

 

A todos vuestro ejemplo, y en la lista

 

Ya la Europa os admira numerada

 

De los hombres más célebres y grandes.

 

     «De una imprevista suerte fiera saña,

 

De Francisco segundo, con Enrique

 

La reunión en la tumba ejecutara.

 

Francisco, niño feble, que de Guisa

 

Los caprichos seguía y adoraba;

 

Joven, cuyas virtudes, cuyos vicios

 

Igualmente secretos, se ignoraban.

 

Carlos, más mozo aun, tan solo el nombre

 

Poseía de Rey. Solo reinaba

 

Médicis a placer, y a su ley sola

 

Todo se humilla ya, todo se espanta.

 

En dejar su poder asegurado

 

Bien presto su política afanada,

 

De un hijo, en demasía blando y dócil,

 

La infancia al parecer eternizaba.

 

De la voraz discordia por su mano

 

En la Francia encendiendo la atroz hacha,

 

Con sangre, de su nuevo y duro imperio

 

Los principios la Médicis señala.

 

De dos furiosas sectas enemigas,

 

La cólera y los celos mueve y arma.

 

Las campiñas de Dreux, que al viento vieron

 

Sus funestas banderas desplegadas,

 

Primer teatro infausto, campo horrible

 

De los trofeos fueron de sus tramas.

 

En tan triste jornada, Montmorenci, 12

 

Caudillo que peinaba antiguas canas,

 

Del luctuoso paraje poco lejos

 

Do el panteón de los Reyes se levanta,

 

Alcanzado, por fin, y mal herido

 

Del mortífero plomo que arrojara

 

Una guerrera mano, de cien años

 

De marciales trabajos terminada

 

Su carrera vio allí; y de Orleans cerca

 

Fue asesinado Guisa. Por desgracia, 13

 

La vida de mi caro infeliz padre, 14

 

Siempre a la aleve corte encadenada,

 

Siempre, y a su pesar, sirviendo humilde

 

A la cruel Catalina su tirana,

 

Siempre sobrado feble, entre ignominias

 

Su indecisa fortuna trasarrastra;

 

Y siempre por su mano preparando

 

Sus desdichas él propio y sus infamias,

 

Ha combatido y muerto de sus mismos

 

Fieros perseguidores por la causa.

 

Condé, que tierno vástago me mira

 

Que de su hermano huérfano restara,

 

Oficioso adoptandome, sirviome

 

De padre y de señor. De sus campañas

 

El suelo fue mi cuna. Entre guerreros

 

Allí criado y en fatigas varias,

 

De la corte, a su ejemplo, desdeñando

 

Una indolencia obscura, a tantos grata,

 

Y del verde laurel de amargo fruto

 

Prefiriendo gozar la sombra clara,

 

De juegos a mi infancia y de recreos

 

Sirvieron desde entonces sus batallas.

 

     «¡O llanos de Jarnac! ¡o en demasía

 

Inhumana, alevosa y vil espada!

 

Bárbaro Montesquieu, que de asesino, 15

 

Más bien que de soldado nombre alcanzas!

 

Condé, que moribundo, que cubierto

 

De gloriosas heridas ya encontraras,

 

De tu golpe cayó bajo la furia.

 

Yo descargar lo vide. Yo segada

 

Su vida he visto allí... ¡ah!, que harto joven

 

De flaco brío aún y estéril saña,

 

No pudo ¡ay Dios! no pudo allí mi brazo,

 

Ni prevenir su muerte, ni vengarla.

 

     «El cielo, protector de mi flaqueza,

 

De héroes al celo ardiente y vigilancia,

 

Mi débil juventud, siempre piadoso,

 

Confiar felizmente decretara;

 

Y de Condé, por fin, sucesor digno,

 

La defensa, Coliñi, al punto abraza 16

 

De mi persona a un tiempo y de mi bando.

 

Yo se lo debo todo, si. Tan grata

 

Confesión de mi deuda, es bien forzosa;

 

Pues si la Europa ve, si acaso alaba

 

De virtud en mis hechos algún rasgo;

 

Si esa Roma procaz, que me amenaza,

 

Si aun esa Roma misma, muchas veces

 

El mérito apreció de mis hazañas,

 

¡Vos sois, vos sombra ilustre, a quien lo debo!

 

     «Crecí bajo sus ojos. Allí hallara

 

Mi juvenil ardor por tiempo largo,

 

De la guerra la escuela dura y brava.

 

Él mismo, a cada paso, de los héroes,

 

Con su ejemplo el gran arte me enseñara.

 

Yo he visto a este guerrero encanecido

 

En trabajosas lides y hechos de armas,

 

Sobre sus fatigados nobles hombros,

 

A una vez sostener con fuerza y calma,

 

De la causa común, contra la Reina

 

Y la fortuna infiel toda la carga.

 

En su bando querido, y del adverso

 

No menos respetado, injurias agrias

 

De la fortuna a veces soportando;

 

Más siempre, a su pesar, por su constancia

 

Igualmente temido y peligroso;

 

De destreza, por fin, no menos sabia

 

Al mandar retiradas que combates;

 

Y en sus mismas derrotas, harto infaustas

 

Más grande, más glorioso, y más temible,

 

Que Dunois o Gastón serlo lograran,

 

En el triunfante curso de la dicha,

 

Que coronó el suceso de sus armas.

 

     «Al cabo de dos lustros ya cumplidos

 

De prósperas empresas y desgracias,

 

Médicis, que a ver torna renaciente

 

Un partido que crédula contaba

 

Para siempre deshecho, y cuyas tropas

 

Ya de Francia los campos inundaban,

 

De infructíferos triunfos y combates

 

Dados en guerra abierta al fin cansada,

 

Por último maquina, intenta aleve,

 

Sin más vanos esfuerzos en campaña,

 

En el seno apacible de los pueblos,

 

Y en su mísera sangre, sufocada

 

De un golpe dejar ya la civil guerra.

 

La corte, desde entonces, de sus gracias

 

Seductores halagos nos ofrece.

 

De vencernos, por fin, desesperada,

 

Engañarnos procura, y con propuestas

 

De una paz lisonjera nos aplaca;

 

Más! que paz, justo Dios a quien atesto!

 

¡Cuanta sangre, gran Dios de las venganzas,

 

Presto inundó, manchó su infausta oliva!

 

¿Y será fuerza ¡cielos! que la raza

 

De los supremos jefes de los hombres,

 

Del delito las sendas allanadas

 

A sus súbditos deje con su ejemplo?

 

     «Allá en su corazón fe le guardaba

 

Coliñi a su señor. Lágrimas tiernas

 

De profundo dolor le cuesta Francia,

 

Aun cuando, a su pesar, por su bien solo

 

En combatir Franceses se empleara.

 

De este bien arrastrado, abraza, acepta,

 

Y aún la ocasión previene, que ostentaba

 

Asegurar propicia del Estado

 

La concordia común tan suspirada.

 

En el pecho del héroe, raras veces

 

Halla abrigo la vil desconfianza.

 

Coliñi, entre alevosos enemigos,

 

De una seguridad sobrado incauta

 

Conducido por fin, a París viene,

 

Y allí fija su fúnebre morada.

 

Del Louvre a un tiempo mismo allá hasta el fondo

 

Mis pasos dirigió. Médicis falsa,

 

Recíbeme llorando entre sus brazos;

 

Ternezas me prodiga, me agasaja

 

Cual madre largo tiempo, y a Coliñi

 

La más fina amistad le protestaba.

 

Que a lo adelante quiere por su sabio

 

Consejo gobernarse, le declara;

 

Cólmale de favores, y a sublimes

 

Dignidades sus méritos exalta.

 

Muestra a los míos todos, deslumbrados

 

De dulces lisonjeras esperanzas,

 

Fascinantes y astutas apariencias

 

De las gracias del Rey más señaladas.

 

Esperábamos ¡ha! creído hubimos,

 

Gozar de ellas en paz edad más larga.

 

     «Sospecharon no pocos la perfidia

 

De estos presentes, si. Se recordaran

 

Cuan temible era el don del enemigo;

 

Más siempre a sus recelos igualaban

 

Del Rey los artificios. Poco hacía,

 

Que de un secreto obscuro allá a la capa,

 

Al perjurio, la Médicis, y al fraude

 

Iba el hijo formando. Preparaba

 

A crímenes atroces de aquel joven

 

El fácil corazón, y por desgracia,

 

El Príncipe infeliz, a sus lecciones

 

Dócil en demasía, y a observarlas

 

Por su genio feroz harto excitado,

 

En su culpable escuela aprovechaba,

 

Y excesivos progresos consiguiera.

 

     «Porque, a un misterio vil de horrible cara,

 

Hermoso y noble velo astuto echase,

 

Su hermana me concede, y ya me llama

 

Su hermano ¡O falso nombre, y cuán funesta

 

Ha sido tu ilusión, tu fe cuán vana!

 

O himeneo fatal, primer presagio

 

De nuestros males todos! Turbias llamas

 

De tu antorcha, soplada y encendida

 

Del cielo por las iras, de mi amada,

 

De mi infelice madre ¡o amarga pena! 17

 

A estos mis propios ojos alumbraban

 

La tumba funeral. Ligero, injusto

 

No intento ser, Señora, en esta causa.

 

Yo de imputar no acabo a Catalina,

 

De mi madre la muerte acelerada.

 

Su misteriosa muerte, no pretendo

 

Sin más pruebas cargarle. Tal vez, varias

 

De legales indicios de mí aparto.

 

Es bien inútil ¡Reina! es excusada

 

La pena de buscar a Catalina,

 

Más número de crímenes y faltas.

 

Murió, Señora, al fin murió mi madre...

 

Perdonadme unas lágrimas, que arranca

 

A mi dolor, tan tierno y fiel recuerdo,

 

Todo se apresta en tanto. Ya es llegada

 

Del desenlace cruel la fatal hora,

 

Que Médicis muy antes reservara.

 

     «A favor de las sombras de la noche,

 

Sin estrépito fue la seña dada.

 

De aquel mes, de memoria a Francia horrenda

 

La nuncio desigual que retirara

 

A la tierra de espanto, parecía,

 

De su manchada faz la luz plateada.

 

Del reposo en los brazos dulcemente

 

El incauto Coliñi se entregaba,

 

Y un sueño engañador, de adormidera

 

Sus órganos con flores recargara.

 

Más de alaridos, pronto, un rudo estruendo

 

Interrumpió, turbó tan