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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto tercero

Argumento

     

Continua el Héroe la historia de las guerras civiles de Francia. Funesta muerte de

 

   Carlos IX. Reinado de Enrique III. Su carácter. El del famoso Duque de Guisa,

 

   conocido por el apodo de Balafré. Batalla de Cutrás. Asesinato del duque de

 

   Guisa. Extremos a que se vio reducido Enrique III. Mayena Jefe de la Liga. De

 

   Omala su Héroe. Reconciliación de Enrique III con Enrique Rey de Navarra.

 

   Socorros prometidos por la Reina Isabel. Su respuesta a Enrique de Borbón



                              

«Cuando fúnebres días se cumplieran,

 

En que a tanta crueldad, del hado impío

 

Libre curso el decreto permitiera;

 

Y de asesinas turbas, fatigadas

 

De incendios y homicidios, a la fiera,

 

Ya embotada cuchilla del degüello,

 

Más inocentes víctimas no restan;

 

El obcecado pueblo, cuyo brazo

 

Con bárbara impiedad armó la Reina,

 

Abre por fin los ojos, y el fiel lienzo

 

Hace de sus delitos, que suceda

 

Fácilmente su lástima a sus iras.

 

De la Patria el clamor hiere su oído;

 

Y bien presto de horror el mismo Carlos

 

Sobrecogido todo, se sublevan

 

Allá en su corazón remordimientos,

 

Que áspides lo devoran y envenenan.

 

Del Rey la educación, aunque infelice,

 

Aunque a él mismo y sus pueblos tan funesta,

 

En sus primeros años de su genio

 

El nativo carácter corrompiera:

 

Nunca en él, sin embargo, sufocara

 

Aquella voz del cielo y la conciencia,

 

Que sobre el solio mismo logra oírse,

 

Y a los Reyes espanta y atormenta.

 

Y si bien, torpes máximas y ejemplos

 

De su madre nutriéranle en la escuela,

 

Todavía en los crímenes y vicios

 

Su corazón no estaba, cual el de ella,

 

Irreparablemente empedernido.

 

De sus mejores días la flor llegan

 

A marchitar tristezas y pesares,

 

Y mortal languidez su aliento abrevia.

 

El formidable Dios de las venganzas,

 

Desplegando, por fin, la más severa,

 

A este Rey moribundo, de su enojo

 

Con patentes y horribles marcas sella;

 

Aterrar meditando, en su escarmiento,

 

Cualquiera que en pos dél, osado fuera

 

Por sus huellas marchar. Vile expirando;

 

Y su asombrosa imagen aún creyera

 

Delante aquí tener de estos mis ojos,

 

Que el recuerdo enternece de su pena.

 

A gruesos borbotones, por los poros

 

De su cuerpo, la sangre de las venas

 

Lanzándose copiosa, la francesa,

 

Que con tanta impiedad el rigor fiero

 

De sus atroces órdenes vertiera,

 

Parecía querer dejar vengada.

 

Herido se sentía y se confiesa

 

De una invisible mano; y aturdido

 

De catástrofe el Pueblo tan horrenda,

 

Llora una juventud, gime una vida

 

En su abril agostada; un Rey que viera

 

Por perversos al crimen arrastrado,

 

Y que indicios, al fin, de penitencia,

 

De un imperio más dulce, a lo adelante

 

Tal cual feble esperanza prometieran.

 

     «Allá del Norte helado desde el fondo,

 

De su muerte al fragor, que allí resuena,

 

Impaciente Valois, rápido parte,

 

Precipitadamente al punto llega

 

A apoderarse al suelo, en que aun bullía

 

Del carnicero estrago sangre fresca,

 

De la sangrienta herencia de su hermano.

 

     «Por común elección, con la diadema

 

De su Reino, aquel tiempo, la Polonia,

 

Del dichoso Valois la sien ciñera;

 

De Jagellon al trono le llamara,

 

De su primera edad marciales prendas,

 

Que, sin duda, más célebre y temible

 

De Enrique de Valois el nombre hicieran,

 

Que los más fuertes Príncipes, los votos

 

De cien vastas provincias le granjean,

 

Y al solio le proclaman con aplauso.

 

¡O lisonjera fama, y cuánto pesas

 

Cuando sobradamente eres temprana!

 

Tan peligrosa carga, no supiera

 

Sobrellevar Valois. Jamás de Enrique

 

Su disculpa se espere. Norabuena

 

Sacrifíquele yo vida y reposo.

 

Todo le inmolaré, mientras no sea

 

La verdad, que amo más, y le prefiero.

 

Mi corazón le llora y le reprueba

 

Al paso que le auxilio y soy su apoyo.

 

     «Como sombra fugaz, pasada fuera

 

De Enrique de Valois la primer gloria.

 

Mudanza grande, sí; pero no nueva.

 

Visto se ha más de un Rey, de nuestra vida

 

En la siempre voluble y leve rueda,

 

De un vencedor pasar en la campaña,

 

A un esclavo en la Corte. Sólo ¡o Reina!

 

En el humano espíritu fundado

 

Está el digno valor. No recibiera

 

Del Cielo, sino en parte, las virtudes

 

El infeliz Valois. No se le niega

 

La insigne de animoso; pero feble,

 

Y más que Rey, soldado, en él firmeza

 

Solo en días se ha visto de combates.

 

Adulando vilmente su indolencia,

 

Vergonzosos y pérfidos privados,

 

A su antojo gobiernan, doquier llevan

 

De un corazón tan débil la inconstancia.

 

De palacio en el fondo le reservan;

 

Y allí con él cerrados, y allí sordos

 

Al clamor de los pueblos, que la pena

 

De su opresión arranca, por su labio

 

Su voluntad maléfica y funesta

 

A su arbitrio dictaban. Del tesoro

 

De la Francia, y su pública opulencia,

 

Los restos y despojos miserables,

 

Pródigos dilapidan en torpezas;

 

Y consumiendo al pueblo, que suspiros

 

Al viento exhala en vano, se lamenta

 

De su lujo, y pagaba sus placeres.

 

     «Mientras que bajo el yugo, que impusieran

 

Sus codiciosos dueños, así oprime

 

Al Estado Valois, así exaspera

 

Con enormes tributos, llega Guisa.

 

El inconstante pueblo, a su presencia,

 

Los ojos vuelve al punto sobre un astro,

 

Que espléndido y propicio se le muestra.

 

De su padre la gloria, sus hazañas,

 

Su bravura, sus gracias, su belleza,

 

Y de agradar, al fin, el don dichoso,

 

Que más que la virtud, se enseñorea

 

Del corazón del hombre, por encanto

 

Los populares votos trasllevan.

 

     »Nadie mejor que Guisa el feliz arte

 

Supo de seducir. Nadie obtuviera

 

Sobre toda pasión igual imperio.

 

Ninguno con más maña ni destreza,

 

Bajo exteriores supo más falaces,

 

Abrigar de las miras más inmensas

 

La obscuridad más lóbrega y profunda.

 

De un índole imperiosa, altiva y fiera,

 

Más popular, afable y dulce a un tiempo,

 

Las graves vejaciones, las miserias

 

De los pueblos en público declama.

 

El rigor de las cargas que le aquejan,

 

Con horror maldecía. Todo pobre

 

Venturoso a su hogar de verle llega.

 

Sabía prevenir del vergonzante

 

Ciudadano la tímida pobreza.

 

Su mano liberal, sus beneficios,

 

En París anunciaban su asistencia.

 

De los Grandes, que le eran más odiosos,

 

Ganábase el amor como por fuerza;

 

Terrible y sin regreso, desde el punto

 

En que alguno era herido de su ofensa:

 

Harto astuto y prudente en sus ficciones;

 

Audaz y temerario en sus empresas;

 

Brillante en sus virtudes y en sus vicios;

 

Conocedor del riesgo que desdeña;

 

Príncipe grande, en fin, feliz soldado,

 

Mal ciudadano, empero, Guisa fuera.

 

     «Cuando ya su poder por algún tiempo

 

Ensayado tenía, y cuando piensa

 

Fija del ciego pueblo la inconstancia,

 

Ya no se oculta más; ya osado ostenta

 

De su ambición rebelde el atentado;

 

Y con resolución firme y abierta,

 

El fundamento mismo, los cimientos

 

Del trono de su Rey minar intenta.

 

En París, a este fin, forma la Liga,

 

Que fatal y veloz, recorre e infesta

 

De Francia el resto todo: monstruo horrendo,

 

Que los Grandes y Pueblos alimentan,

 

En tiranos fecundo, y que en carnaje

 

De humanales cadáveres se ceba.

 

     «Desde entonces, la Francia desgarrada,

 

Con dolor en su seno a mirar llega

 

Dos Monarcas; el uno, que de serlo

 

Insignias solo frívolas conserva;

 

Y el otro, que el terror y la esperanza

 

Por doquier inspirando, tiene apenas

 

Necesidad del título, que solo

 

Llevaba aquél de Rey en apariencia.

 

Aunque sobrado tarde, finalmente,

 

Conmuévese Valois. Valois despierta

 

Del seno de embriaguez en que yacía.

 

El inminente riesgo, que le cerca

 

El soberbio aparato y estampido,

 

Sus recargados ojos entreabrieran;

 

Más de una nueva luz, que le importuna,

 

Deslumbrada su vista, aún en la fuerza

 

De la extrema borrasca, no divisa

 

El rayo, que amagaba a su cabeza,

 

Que sobre ella tronaba; y de un momento,

 

Cansada de vigilia su indolencia,

 

Nuevamente arrojándose en los brazos

 

Del perezoso sueño, de halagüeñas

 

Delicias y privados entre arrullos,

 

Con mayor languidez todo se enerva,

 

Y al borde espantador del precipicio,

 

Adormida de nuevo su alma queda.

 

     «En tan mísero estado, en tal conflicto,

 

Aún de Enrique el amor y fe le restan.

 

Pronto ya a perecer, yo soy tan solo

 

El único socorro con que cuenta.

 

Sucesor de Valois, era de Francia

 

El trono, a falta de él, mi augusta herencia:

 

Mi afecto y mi interés súbito armaron

 

Mi brazo, sin dudar, en su defensa.

 

Un necesario apoyo, que le libre,

 

Apresúrome a dar, a su flaqueza,

 

Y con paso veloz a vencer corro,

 

O con él a morir en la palestra.

 

     «Pero, para dañar por demás hábil,

 

Allá en secreto, Guisa, astuto inventa

 

Al uno por el otro derribarnos.

 

El seduce ¡que digo! a Valois fuerza

 

Del único socorro a enajenarse,

 

De salvarle capaz. Al fin, maneja

 

De Religión pretextos ordinarios,

 

Políticos pretextos, con que piensa

 

Tender del vil misterio sobre horrores

 

El más honroso velo. Al pueblo inquieta,

 

La hoguera de sus iras encendiendo

 

Aún no bien apagada. Le recuerda

 

De sus padres el culto, los ultrajes,

 

Que de las nuevas sectas extranjeras,

 

De sufrir acababan templos y aras,

 

Que de antiguo adoró la grey francesa:

 

Y a mí me pinta, en fin, como a un profano

 

Enemigo de Dios y de su Iglesia.

 

Sus errores, les dice, a cualquier parte

 

Que su planta dirige, traslleva.

 

Ejemplos de Isabel sigue arriesgados.

 

Templos mil a su culto alzar proyecta,

 

De ruinas y escombros sobre montes,

 

Que maquina abatir de iglesias vuestras;

 

Y esas predicaciones criminales,

 

Presto en París veréis como resuenan.

 

De su hipócrita celo a estas palabras,

 

El Pueblo se enfurece, el Pueblo tiembla

 

Por su altar en peligro, y al palacio

 

Del Rey corre alarmado. Miedo afecta

 

La fanática Liga, que insolente,

 

En voz alta de Roma a nombre llega

 

Intimando a su Rey, que ya por Roma

 

Toda reunión conmigo se le veda.

 

Feble el Rey por demás ¡ah! de la Liga

 

A tan audaz insulto se doblega;

 

Sin réplica obedece, y cuando vuelo

 

A vengar sus injurias, tristes nuevas

 

A conocer me dan que ya mi hermano

 

A la Liga sumiso, se aviniera

 

Para perderme a mí con su enemigo.

 

A su pesar sus tropas de la tierra

 

Ya los campos cubrían, y de miedo

 

Declárame una guerra injusta y necia.

 

     «Con lágrimas sinceras lamentando

 

De su mísero acuerdo consecuencias,

 

Sin nada contemplar, corro a batirle

 

En lugar de vengarle. Ya en diversas

 

Ciudades de la Francia, y por cien lados,

 

De la Liga el alarma produjera

 

Contra mí gruesas haces; y ministro

 

Precipite Joyeuse de flaquezas

 

Indignas de su Rey, rápidamente

 

Sobre mí con ardor caer intenta.

 

Guisa, por otra parte, nada menos

 

Prudente que esforzado, me dispersa,

 

Cortándoles el paso, mis amigos.

 

Numerosos en Francia, por doquiera,

 

Enemigos y ejércitos me oprimen;

 

Más, sin embargo, yo, todas sus fuerzas

 

A un tiempo desafiando, me apresuro

 

A tentar decidido de la guerra,

 

Propicia a los audaces la fortuna.

 

     «Yo allá en Coutrás busqué, y hallar quisiera

 

Al soberbio Joyeuse. Ya sabríais 28

 

La rota, que en Coutrás sufrió completa.

 

De aquel Caudillo intrépido la muerte,

 

Sin duda no ignoráis. No debo, Reina,

 

Con vanas relaciones molestaros

 

     «Yo no os admito, Enrique, esas modestas

 

Delicadas escusas, le replica;

 

¿Queréis, dice Isabel, negar con ellas

 

A mi curioso anhelo, narraciones,

 

Que igualmente me ilustran, que interesan?

 

No; de Coutrás el día, aquel gran día

 

En olvido no echéis, y de las penas,

 

De los trabajos vuestros, y virtudes,

 

De Joyeuse y su muerte dadme cuenta.

 

Vos, ¡insigne Guerrero! el autor solo

 

De hazañas de tal brillo, y tal grandeza

 

Contarlas podrá bien, y quizá digna

 

De escucharlas soy délDijo: a tan bella

 

Lisonjera demanda, sintió el Héroe,

 

Que de un noble sonrojo era cubierta

 

De su frente la tez, y a pesar suyo

 

A hablar ya de sus glorias y proezas

 

De la Reina obligado, el hilo sigue

 

De la historia fatal de esta manera.

 

     «De cuantos caballeros en la corte

 

Del infatuado Rey ídolos eran,

 

Entre cuantos adulan su molicie,

 

Y le imponen la ley con insolencia,

 

Por su estirpe, Joyeuse, en Francia ilustre,

 

De favor y privanza tan suprema

 

Era el menos indigno. Le adornaban

 

Virtudes diferentes, y si adversa,

 

No cortase la parca en aquel día

 

De sus más florecientes la carrera,

 

Con un alma, sin duda, ya formada

 

A grandiosas e intrépidas empresas,

 

A su tiempo, Señora, del de Guisa

 

Igualado la gloria y nombre hubiera;

 

Más en medio criado de una corte,

 

Entre la femenil delicadeza,

 

En el seno ablandado de placeres,

 

Y en brazos del amor, solo conserva

 

Excesos que oponerme de bravura,

 

Peligrosa ventaja, que acelera

 

Tal vez de un joven héroe la desgracia.

 

A su suerte adherida, gran caterva

 

De nobles cortesanos, que de abismos

 

Salían de deleites y flaquezas,

 

Galante se avanzaba hacia la muerte.

 

Por prendas en sus trajes de terneza,

 

Con amorosas cifras, de sus Damas

 

Señalados los dulces nombres llevan.

 

Relumbraban sus armas entre rayos

 

De diamantes, que adorno inútil eran

 

De brazos, que enervara un muelle lujo.

 

Fogosos y desnudos de experiencia,

 

En tumulto conducen al combate

 

Su fiereza imprudente y altanera.

 

Con su pompa orgullosos, y pagados

 

De un numeroso campo, sin más regla,

 

Sin más orden, avanzan y se arrojan

 

Con impetuoso paso a la pelea.

 

     «De distinto esplendor hiere sus ojos

 

De mi ejército el campo. Sus hileras,

 

En silencio extendidas a su vista,

 

Solo por todos lados les presentan

 

Ásperos combatientes, al trabajo

 

Endurecidos ya, que envejecieran

 

En las marciales lides, a la sangre

 

Avezados de lejos, y de feas