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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto cuarto

Argumento

     

De Aumale se hallaba a punto de apoderarse del campo de Enrique III, cuando

 

   volviendo el Héroe de Inglaterra, bate a los Ligados, y hace cambiar la fortuna.

 

La Discordia consuela a Mayenne, y vuela a Roma en busca de socorros.

 

   Descripción de Roma, donde reinaba al tiempo Sixto V. La Discordia encuentra

 

   allí la Política. Vuelve con ella a París. Subleva la Sorbona. Anima a los

 

   Dez-y-seis, y arma a los frailes. Entréganse al brazo del verdugo magistrados del

 

   partido del Rey. Turbaciones y confusión horribles en París



                              

Mientras Felipe y Sixto, con descanso,

 

Sus secretos discursos prolongaban;

 

Mientras que allá, entre sí, de los estados

 

Intereses midiendo tan grandiosos,

 

De hacer la guerra al mundo, de turbarlo,

 

De vencerlo, y al fin, su ley dictarle

 

Toda la hondable ciencia apuran ambos;

 

De la funesta Liga los pendones,

 

A discreción del viento desplegados,

 

Sobre sus tristes márgenes sangrientas,

 

Mirando estaba el Sena con espanto.

 

     Lejos Valois de Enrique, de inquietudes

 

Sobrecogido todo y agitado,

 

Con flaca indecisión, de los combates

 

Sobradamente teme inciertos hados.

 

A sus fluctantes votos y designios,

 

Era siempre un apoyo necesario.

 

Esperaba a Borbón, de la victoria

 

Sobre él únicamente asegurado.

 

La inacción, entre tanto, y la tardanza,

 

Atrevimiento dan a los Ligados.

 

De París salir osan sus legiones;

 

Y del soberbio Aumale bajo el mando,

 

El feroz de San-Pól, Namur y Chatre, 36

 

Brisác y Canillác, del bando alzado

 

Delincuentes e intrépidos apoyos,

 

Al sitiador ejército cargando,

 

Con frecuentes y rápidos progresos,

 

De Valois el espíritu asombraron;

 

Y al arrepentimiento en demasía

 

Propenso el débil Rey, de haber enviado

 

De sí lejos al Héroe, le pesaba.

 

     Entre estos combatientes, declarados

 

Émulos de su Rey, ya largo tiempo,

 

De Joyeuse un ligero y feble hermano 37

 

Osara parecer. Carácter débil,

 

A quien viera París pasar voltario

 

Desde el siglo, de un claustro al fondo obscuro,

 

Y del claustro a la corte. Relajado,

 

Y luego penitente. Anacoreta,

 

Y no menos de pronto cortesano,

 

Toma, deja, y recobra en un instante

 

El cilicio y coraza. Del santuario,

 

Que sus devotas lágrimas inundan,

 

A animar va las furias de su bando,

 

Y en el seno a clavar de nuestra Francia

 

Colmada de aflicción, la misma mano,

 

Que consagrado había al Ser Eterno.

 

     Más de tanto adalid, el más bizarro,

 

Aquel, cuyo valor en las legiones

 

Infundía del Rey más miedo y pasmo;

 

Aquel, que un corazón más fiero tiene,

 

Y más fuerte también y fatal brazo,

 

Vos sois ¡Príncipe joven impetuoso!

 

¡Vos, De Aumale, nacido y animado

 

De la Lorena sangre, en héroes fértil!

 

¡Vos, el émulo siempre y el contrario

 

De los Reyes, las leyes y el reposo!

 

De jóvenes guerreros alentados

 

La flor, en todo tiempo le acompaña;

 

Y sin cesar, con ella, sobre el campo

 

Lanzábase enemigo; ya en silencio,

 

Ya con enorme ruido, ya a lo claro

 

De los cielos abiertos, ya a la sombra

 

De la cerrada noche; y atacando

 

Al sitiador, do quiera sorprendido,

 

De su sangre infeliz deja inundado

 

Su mano atroz el suelo. Así en la frente

 

Del Caúcaso, o la cima allá del Athos,

 

Do los ojos divisan a lo lejos

 

Del cielo, mar y tierra los espacios,

 

Las águilas y buitres, suelta el ala,

 

Con un rápido vuelo, atravesando,

 

En un momento hendiendo densas nubes,

 

De la atmósfera inmensa por los campos,

 

Las peregrinas aves arrebatan;

 

En los amenos bosques y los prados

 

Las reses despedazan y aprisionan;

 

Y de sangrientas rocas, do bajaron,

 

A las entrañas fétidas volviendo,

 

En sus garras opresos y gritando,

 

Aún vivientes transportan sus despojos.

 

     Lleno ya de esperanzas, y embriagado

 

De gloriosos sucesos, a las tiendas

 

Penetraba del Rey; y redoblando

 

Las sorpresas y alarmas con la noche,

 

Toda cedía ya, todo de espanto

 

Replegaba temblando ante sus armas;

 

Cual de una tempestad torrente inflado,

 

De desbordarse a punto, con un choque

 

Feroz y tenebroso, ya a inundarlo

 

Iba todo de un golpe el fiero Aumale;

 

Y del alba el lucero, ya rayando

 

De la noche rasgaba el negro velo;

 

Cuando el grave Morné, que breve espacio

 

De Borbón el regreso precediera,

 

Y que de cerca estaba ya mirando

 

Del soberbio París las altas torres,

 

De un confuso rumor, de horror mezclado,

 

Sorprendida su oreja, mira, y nota

 

En extremo desorden los soldados

 

De Valois, y aun con ellos los de Enrique.

 

«¡Que veo justos Cielos! ¿Así, bravos,

 

Así nos aguardáis? Ya Enrique viene,

 

Ya llega a defenderos, y entregados

 

A la fuga os encuentro ¡Camaradas!

 

A la fuga!...» A este acento de su labio,

 

No de distinto modo, que allá un tiempo,

 

Del Capitolio al pié, cuando apretado

 

De Roma el fundador por los Sabinos,

 

La fuga refrenó de sus Romanos

 

De Júpiter en nombre; así al de Enrique,

 

De vergüenza rehácense inflamados

 

Sus dispersos franceses, y al combate

 

Revolviendo de nuevo, exclaman alto:

 

Que venga el Héroe: llegue; que a su vista,

 

Nada nos desalienta, que a su mando

 

Nuestra será sin duda la victoria.

 

Súbito se aparece a todo el campo

 

Tan refulgente Enrique, como en medio

 

Del temporal más negro suele el rayo.

 

A las primeras filas corre, avanza;

 

A su frente combate denodado;

 

Siguen todos su ejemplo, y los destinos

 

De repente por él vense trocados.

 

Contra el campo su mano muertes lanza,

 

Rayos sobre él sus ojos fulminando.

 

Siguiéndole sus jefes en contorno,

 

Con ánimo se empeñan esforzado;

 

Retorna la victoria, y a su aspecto,

 

Desaparecen ya los coligados;

 

Al modo, que del día, que amanece,

 

Los rayos, que se avanzan, de los astros

 

De la noche disipan los fulgores.

 

Sobre aquellas riberas, ha logrado,

 

Sus huestes, que asombradas van huyendo,

 

Detener el de Aumale; pero en vano.

 

Su grito animador algún momento

 

A la lid las ordena, más sus pasos

 

La voz del gran Enrique precipita.

 

Su amenazante frente, con espanto

 

Las trastorna y deslumbra; y si su jefe

 

Aplegarlas consigue, un pronto pasmo

 

Las aturde y dispersa, y en su fuga

 

Revuelto el mismo Aumale va arrastrando;

 

Al modo, que de un monte allá en la cumbre,

 

De cristalina escarcha coronado,

 

En medio de mil nieves derretidas,

 

Y de témpanos mil, un gran peñasco,

 

Que a las nubes altivo amenazaba,

 

Cayendo va rodando y tropezando.

 

     Pero ¿qué digo? Aumale aún se detiene:

 

Aumale aún hace cara, y muestra osado,

 

Y aún a su sitiador la frente muestra,

 

Que dél temida fuera tiempo largo.

 

Despréndese fogoso de los suyos,

 

Que tras sí le arrastraban, y afrentado

 

De vivir todavía, entre el degüello

 

Aún la muerte otra vez vuelve buscando,

 

Y al vencedor un rato admira y para:

 

Más de un tropel confuso de mil bravos

 

Comprimido al momento, la audaz furia

 

De su imprudente arrojo y despechado

 

A refrenar la Parca a vengar iba;

 

Cuando en riesgo de vida tan cercano

 

La Discordia le ve, y al verle, tiembla.

 

Por bárbara que fuese, sabe cuanto

 

Sus días necesita. Presurosa

 

Se remonta en el aire; y a su amparo

 

Arrójase veloz. Llega, y opone

 

Al tropel, de que a Aumale ve cercado,

 

De hierro el broquel vasto e impenetrable,

 

Que acompaña al horror, que impera infracto

 

Sobre la misma muerte, y cuya vista

 

El terror y la rabia va inspirando.

 

¡O hija inexorable del infierno!

 

Éste ¡o Discordia! ha sido el primer caso,

 

En que de dar socorro capaz fuiste.

 

Un héroe salvas, pérfida, y sus hados

 

Con la mano prolongas formidable

 

De la muerte ministra, con tu mano

 

Tan bárbara y en crímenes experta,

 

Que hasta esta vez, jamás perdón ha dado

 

A sus víctimas propias. Ella arrastra

 

De París a las puertas, en un baño

 

De su sangre al de Aumale, y de unos golpes

 

Que no sintió cubierto. Ella reparos

 

A sus males aplica saludables:

 

Ella su sangre estanca, prodigado

 

Por complacerla solo; pero mientras,

 

Que a su cuerpo vigor va recobrando,

 

Su espíritu, con pócimas mortales

 

Deja míseramente envenenado;

 

No de distinto modo que pudiera

 

La alevosa indulgencia de un tirano,

 

Que cruel en su lástima, de un triste

 

Tal vez suspender quiere el mortal fallo,

 

Porque en útiles crímenes secretos

 

Aprovecharse pueda de su brazo,

 

Y aquellos consumados, al suplicio

 

Tórnale a abandonar pérfido e ingrato.

 

     Supo Enrique, entretanto, aprovecharse

 

De la insigne ventaja, con que al hado

 

De los combates plugo, en aquel día,

 

Su valor coronar y sus cuidados.

 

Conocía Borbón, y precio daba

 

Del tiempo a los instantes en los campos.

 

Al absorto enemigo, de sorpresa,

 

Busca, ataca y acosa sin descanso.

 

A campales batallas, que ganara,

 

Que sucedan ordena los asaltos,

 

Y hace trazar su pérdida en contorno

 

De sus muros, trincheras avanzando.

 

De Valois el espíritu, a este tiempo,

 

Del de su hermano Enrique confortado

 

Lleno ya de esperanzas en su auxilio,

 

El ejemplo presenta a sus soldados,

 

Que de aquél recibía. Los ataques,

 

Las alarmas sereno despreciando,

 

No descuida del campo las acciones,

 

Y del sitio sostiene los trabajos.

 

El afán sus placeres, y el peligro

 

Tiene también a veces sus encantos.

 

Todos los jefes se unen, y sucede

 

Según sus votos todo. En breve espacio,

 

El terror, que marchaba a su vanguardia,

 

Las consternadas huestes disipando,

 

Del trémulo sitiado ya a los ojos,

 

De un lánguido despecho perturbados,

 

Las puertas a romper, a abatir iba.

 

Y en tan grave peligro, aprieto tanto,

 

¿Que puede hacer Mayenne? Sus legiones,

 

Un pueblo son hundido en duelo amargo.

 

Con lágrimas, aquí, le pide un hijo

 

El padre, que la muerte le ha robado.

 

De un hermano infeliz sobre la tumba,

 

Allí se ve plañir al triste hermano.

 

Gime por lo presente sin consuelo,

 

Desfallece abatido el ciudadano.

 

Teme, en fin, cada cual por lo futuro.

 

Alarmado aquel cuerpo grande y vasto,

 

Reunirse no puede. Se hacen juntas;

 

Se consulta y se agita el duro caso

 

De entregarse a la fuga o al enemigo.

 

Perplejos se hallan todos y embargados;

 

Y nadie resistir osa más tiempo:

 

Así el ligero vulgo suele vario,

 

De la temeridad más altanera

 

Al temor más rastrero dar un salto.

 

     Mayenne, que sus haces desmayadas

 

Está viendo, de cólera bramando,

 

Entre opuestos designios vacilante,

 

Revolvía en su mente planes varios;

 

Cuando allí la Discordia al héroe absorto

 

De repente se acerca; entre sus manos

 

Silbar hace irritadas sus serpientes,

 

Y de agrado en un tono aleve y falso,

 

Su acento le dirige en esta forma.

 

     «¡O tú, digno heredero procreado

 

De un nombre a los Franceses formidable!

 

¡Tú, a quien de tu venganza el cruel conato

 

Unió conmigo siempre; tú, que fuiste

 

A mis ojos nutrido, y que formado

 

Has sido por mis leyes! oye, escucha

 

Tu protectora fiel, y de mi labio

 

Conoce el bronco acento. Nada temas

 

De aquese pueblo imbécil y voltario,

 

Cuyo reciente ardor, en un momento,

 

Una leve desgracia ha congelado.

 

Poseo sus espíritus ¡Mayenne!

 

Sus corazones tengo entre mis manos.

 

Bien presto observarás con cuanto celo

 

Nuestros designios todos ayudando,

 

De mi hiel embriagados, y hechos presa

 

De mi horrible furor, van denodados

 

A combatir audaces, y a la muerte

 

Alegres a arrojarse por tus lauros

 

Esto habló la Discordia: y al momento,

 

Más pronta que el relámpago, cortando

 

Con vuelo firme y rápidos los aires,

 

Gira de toda Francia los espacios;

 

Y el rencor, el estruendo, y las alarmas,

 

Que sus ciudades turban y sus campos,

 

De la Discordia ofrecen a los ojos,

 

Objetos de delicia y de regalo.

 

Su pestífero aliento, en mil lugares

 

Inspira la aridez. Inficionado

 

En su germen el fruto, al nacer muere.

 

Abatida la mies, mustio su grano,

 

Yace lánguida en tierra. El sol se eclipsa;

 

Vélense al verla pálidos los astros;

 

Y el rayo, entre relámpagos, que truena

 

Bajo sus pies, de muerte mil presagios

 

A los pueblos ofrece confundidos.

 

     Llévala un torbellino, voltejeando,

 

A las orillas fértiles, que baña

 

Con sus ondas el rápido Erídano.

 

     Ya su vista cruel a Roma alcanza:

 

Roma, un día su templo; Roma, pasmo,

 

Terror de los mortales, cuya suerte,

 

Hala en todas edades exaltado

 

A ser en paz, no menos que en la guerra,

 

Del mundo la señora, y cuyo brazo,

 

Si triunfante en los campos, entre hierros,

 

Sobre tronos sangrientos vio temblando

 

Todos los fieros Reyes, y abatidas,

 

Bajo el sacro estandarte, en que volaron

 

Sus águilas terribles por el orbe,

 

Las fuerzas todas dél, otro más blando

 

Más apacible imperio ejerce hoy día,

 

En que a su yugo rinde y poder sacro

 

Sus mismos más airados vencedores:

 

En que con un poder de Dios vicario,

 

Gobierna los espíritus y tiene

 

Los corazones todos a su mando.

 

Sus dictámenes solos, son sus leyes

 

Y sus solos diplomas sus soldados.

 

     Cerca del Capitolio, donde alarmas,

 

Otros tiempos tan grandes dominaron,

 

Sobre pomposas ruinas de Belona,

 

Y de Marte, un Pontífice, sentado

 

De Césares se ve en augusto solio.

 

Sacerdotes no menos fortunados,

 

Con planta huellan firme y faz serena,

 

Las cenizas, aquí, de Emilios Paulos,

 

Y allí, de los Catones los sepulcros.

 

Sobre el altar el trono levantado,

 

De un Señor, ya celeste, ya terreno,

 

En la misma profana y sacra mano,

 

El poder absoluto, a un tiempo mismo,

 

El cetro colocó y el incensario.

 

     Allí fundó Dios mismo su sagrada

 

Su primitiva Iglesia, en tiempos varios

 

Perseguida y triunfante. Allí condujo

 

Aquel primer su Apóstol, con lo santo

 

De la verdad, lo cándido y sencillo.

 

Felices sucesores le imitaron

 

Cierta dichosa edad, en que respetos

 

Y elogios de los hombres han captado,

 

Cuanto más se humillaban. Revestida