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Mientras
Felipe y Sixto, con descanso,
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Sus secretos discursos
prolongaban;
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Mientras
que allá, entre sí, de los estados
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Intereses midiendo tan
grandiosos,
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De hacer la guerra al mundo, de
turbarlo,
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De
vencerlo, y al fin, su ley dictarle
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Toda la hondable ciencia apuran
ambos;
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De
la funesta Liga los pendones,
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A discreción del viento
desplegados,
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Sobre
sus tristes márgenes sangrientas,
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Mirando estaba el Sena con
espanto.
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Lejos Valois de Enrique, de
inquietudes
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Sobrecogido todo y agitado,
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Con
flaca indecisión, de los combates
|
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Sobradamente teme inciertos
hados.
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|
A
sus fluctantes votos y designios,
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|
Era siempre un apoyo necesario.
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Esperaba a Borbón, de la
victoria
|
|
|
Sobre él únicamente asegurado.
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La inacción, entre tanto, y la
tardanza,
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Atrevimiento dan a los Ligados.
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De
París salir osan sus legiones;
|
|
|
Y del soberbio Aumale bajo el
mando,
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El
feroz de San-Pól, Namur y Chatre, 36
|
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|
Brisác y Canillác, del bando
alzado
|
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Delincuentes e intrépidos apoyos,
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Al sitiador ejército cargando,
|
|
|
Con
frecuentes y rápidos progresos,
|
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|
De
Valois el espíritu asombraron;
|
|
|
Y
al arrepentimiento en demasía
|
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|
Propenso
el débil Rey, de haber enviado
|
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De
sí lejos al Héroe, le pesaba.
|
|
|
Entre estos combatientes, declarados
|
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Émulos
de su Rey, ya largo tiempo,
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De
Joyeuse un ligero y feble hermano 37
|
|
|
Osara parecer. Carácter débil,
|
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|
A quien viera París pasar
voltario
|
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|
Desde el siglo, de un claustro
al fondo obscuro,
|
|
|
Y del claustro a la corte.
Relajado,
|
|
|
Y luego penitente. Anacoreta,
|
|
|
Y no menos de pronto cortesano,
|
|
|
Toma,
deja, y recobra en un instante
|
|
|
El cilicio y coraza. Del
santuario,
|
|
|
Que
sus devotas lágrimas inundan,
|
|
|
A
animar va las furias de su bando,
|
|
|
Y
en el seno a clavar de nuestra Francia
|
|
|
Colmada de aflicción, la misma
mano,
|
|
|
Que consagrado había al Ser
Eterno.
|
|
|
Más
de tanto adalid, el más bizarro,
|
|
|
Aquel,
cuyo valor en las legiones
|
|
|
Infundía del Rey más miedo y
pasmo;
|
|
|
Aquel, que un corazón más fiero
tiene,
|
|
|
Y
más fuerte también y fatal brazo,
|
|
|
Vos
sois ¡Príncipe joven impetuoso!
|
|
|
¡Vos,
De Aumale, nacido y animado
|
|
|
De
la Lorena sangre, en héroes fértil!
|
|
|
¡Vos, el émulo siempre y el
contrario
|
|
|
De
los Reyes, las leyes y el reposo!
|
|
|
De jóvenes guerreros alentados
|
|
|
La flor, en todo tiempo le
acompaña;
|
|
|
Y sin cesar, con ella, sobre el
campo
|
|
|
Lanzábase enemigo; ya en
silencio,
|
|
|
Ya con enorme ruido, ya a lo
claro
|
|
|
De
los cielos abiertos, ya a la sombra
|
|
|
De la cerrada noche; y atacando
|
|
|
Al sitiador, do quiera sorprendido,
|
|
|
De su sangre infeliz deja
inundado
|
|
|
Su mano atroz el suelo. Así en
la frente
|
|
|
Del Caúcaso, o la cima allá del
Athos,
|
|
|
Do los ojos divisan a lo lejos
|
|
|
Del cielo, mar y tierra los
espacios,
|
|
|
Las
águilas y buitres, suelta el ala,
|
|
|
Con un rápido vuelo,
atravesando,
|
|
|
En un momento hendiendo densas
nubes,
|
|
|
De la atmósfera inmensa por los
campos,
|
|
|
Las peregrinas aves arrebatan;
|
|
|
En
los amenos bosques y los prados
|
|
|
Las reses despedazan y
aprisionan;
|
|
|
Y
de sangrientas rocas, do bajaron,
|
|
|
A las entrañas fétidas
volviendo,
|
|
|
En
sus garras opresos y gritando,
|
|
|
Aún
vivientes transportan sus despojos.
|
|
|
Lleno ya de esperanzas, y embriagado
|
|
|
De
gloriosos sucesos, a las tiendas
|
|
|
Penetraba del Rey; y redoblando
|
|
|
Las sorpresas y alarmas con la
noche,
|
|
|
Toda cedía ya, todo de espanto
|
|
|
Replegaba temblando ante sus
armas;
|
|
|
Cual de una tempestad torrente
inflado,
|
|
|
De desbordarse a punto, con un
choque
|
|
|
Feroz y tenebroso, ya a
inundarlo
|
|
|
Iba todo de un golpe el fiero
Aumale;
|
|
|
Y del alba el lucero, ya rayando
|
|
|
De la noche rasgaba el negro
velo;
|
|
|
Cuando el grave Morné, que breve
espacio
|
|
|
De Borbón el regreso precediera,
|
|
|
Y
que de cerca estaba ya mirando
|
|
|
Del soberbio París las altas
torres,
|
|
|
De un confuso rumor, de horror
mezclado,
|
|
|
Sorprendida su oreja, mira, y
nota
|
|
|
En
extremo desorden los soldados
|
|
|
De
Valois, y aun con ellos los de Enrique.
|
|
|
«¡Que
veo justos Cielos! ¿Así, bravos,
|
|
|
Así
nos aguardáis? Ya Enrique viene,
|
|
|
Ya llega a defenderos, y
entregados
|
|
|
A la fuga os encuentro ¡Camaradas!
|
|
|
A la fuga!...» A este acento de
su labio,
|
|
|
No de distinto modo, que allá un
tiempo,
|
|
|
Del Capitolio al pié, cuando
apretado
|
|
|
De Roma el fundador por los
Sabinos,
|
|
|
La
fuga refrenó de sus Romanos
|
|
|
De
Júpiter en nombre; así al de Enrique,
|
|
|
De vergüenza rehácense
inflamados
|
|
|
Sus dispersos franceses, y al
combate
|
|
|
Revolviendo de nuevo, exclaman
alto:
|
|
|
Que venga el Héroe: llegue; que
a su vista,
|
|
|
Nada nos desalienta, que a su
mando
|
|
|
Nuestra será sin duda la
victoria.
|
|
|
Súbito se aparece a todo el
campo
|
|
|
Tan refulgente Enrique, como en
medio
|
|
|
Del temporal más negro suele el
rayo.
|
|
|
A las primeras filas corre,
avanza;
|
|
|
A su frente combate denodado;
|
|
|
Siguen
todos su ejemplo, y los destinos
|
|
|
De
repente por él vense trocados.
|
|
|
Contra el campo su mano muertes
lanza,
|
|
|
Rayos
sobre él sus ojos fulminando.
|
|
|
Siguiéndole
sus jefes en contorno,
|
|
|
Con ánimo se empeñan esforzado;
|
|
|
Retorna la victoria, y a su
aspecto,
|
|
|
Desaparecen ya los coligados;
|
|
|
Al modo, que del día, que
amanece,
|
|
|
Los
rayos, que se avanzan, de los astros
|
|
|
De
la noche disipan los fulgores.
|
|
|
Sobre aquellas riberas, ha
logrado,
|
|
|
Sus
huestes, que asombradas van huyendo,
|
|
|
Detener el de Aumale; pero en
vano.
|
|
|
Su grito animador algún momento
|
|
|
A
la lid las ordena, más sus pasos
|
|
|
La voz del gran Enrique
precipita.
|
|
|
Su amenazante frente, con
espanto
|
|
|
Las trastorna y deslumbra; y si
su jefe
|
|
|
Aplegarlas consigue, un pronto
pasmo
|
|
|
Las
aturde y dispersa, y en su fuga
|
|
|
Revuelto el mismo Aumale va
arrastrando;
|
|
|
Al modo, que de un monte allá en
la cumbre,
|
|
|
De cristalina escarcha coronado,
|
|
|
En
medio de mil nieves derretidas,
|
|
|
Y
de témpanos mil, un gran peñasco,
|
|
|
Que a las nubes altivo
amenazaba,
|
|
|
Cayendo va rodando y tropezando.
|
|
|
Pero
¿qué digo? Aumale aún se detiene:
|
|
|
Aumale aún hace cara, y muestra
osado,
|
|
|
Y aún a su sitiador la frente
muestra,
|
|
|
Que dél temida fuera tiempo
largo.
|
|
|
Despréndese
fogoso de los suyos,
|
|
|
Que
tras sí le arrastraban, y afrentado
|
|
|
De
vivir todavía, entre el degüello
|
|
|
Aún la muerte otra vez vuelve buscando,
|
|
|
Y al vencedor un rato admira y
para:
|
|
|
Más
de un tropel confuso de mil bravos
|
|
|
Comprimido al momento, la audaz
furia
|
|
|
De
su imprudente arrojo y despechado
|
|
|
A refrenar la Parca a vengar
iba;
|
|
|
Cuando en riesgo de vida tan
cercano
|
|
|
La Discordia le ve, y al verle,
tiembla.
|
|
|
Por bárbara que fuese, sabe
cuanto
|
|
|
Sus días necesita. Presurosa
|
|
|
Se
remonta en el aire; y a su amparo
|
|
|
Arrójase veloz. Llega, y opone
|
|
|
Al tropel, de que a Aumale ve
cercado,
|
|
|
De hierro el broquel vasto e
impenetrable,
|
|
|
Que acompaña al horror, que
impera infracto
|
|
|
Sobre la misma muerte, y cuya
vista
|
|
|
El terror y la rabia va
inspirando.
|
|
|
¡O hija inexorable del infierno!
|
|
|
Éste ¡o Discordia! ha sido el
primer caso,
|
|
|
En
que de dar socorro capaz fuiste.
|
|
|
Un
héroe salvas, pérfida, y sus hados
|
|
|
Con la mano prolongas formidable
|
|
|
De la muerte ministra, con tu
mano
|
|
|
Tan
bárbara y en crímenes experta,
|
|
|
Que hasta esta vez, jamás perdón
ha dado
|
|
|
A sus víctimas propias. Ella
arrastra
|
|
|
De
París a las puertas, en un baño
|
|
|
De
su sangre al de Aumale, y de unos golpes
|
|
|
Que no sintió cubierto. Ella
reparos
|
|
|
A
sus males aplica saludables:
|
|
|
Ella su sangre estanca,
prodigado
|
|
|
Por complacerla solo; pero
mientras,
|
|
|
Que a su cuerpo vigor va
recobrando,
|
|
|
Su espíritu, con pócimas
mortales
|
|
|
Deja míseramente envenenado;
|
|
|
No de distinto modo que pudiera
|
|
|
La alevosa indulgencia de un
tirano,
|
|
|
Que
cruel en su lástima, de un triste
|
|
|
Tal vez suspender quiere el
mortal fallo,
|
|
|
Porque
en útiles crímenes secretos
|
|
|
Aprovecharse pueda de su brazo,
|
|
|
Y aquellos consumados, al
suplicio
|
|
|
Tórnale a abandonar pérfido e
ingrato.
|
|
|
Supo
Enrique, entretanto, aprovecharse
|
|
|
De la insigne ventaja, con que
al hado
|
|
|
De
los combates plugo, en aquel día,
|
|
|
Su
valor coronar y sus cuidados.
|
|
|
Conocía Borbón, y precio daba
|
|
|
Del
tiempo a los instantes en los campos.
|
|
|
Al absorto enemigo, de sorpresa,
|
|
|
Busca, ataca y acosa sin
descanso.
|
|
|
A
campales batallas, que ganara,
|
|
|
Que sucedan ordena los asaltos,
|
|
|
Y hace trazar su pérdida en
contorno
|
|
|
De
sus muros, trincheras avanzando.
|
|
|
De
Valois el espíritu, a este tiempo,
|
|
|
Del de su hermano Enrique
confortado
|
|
|
Lleno ya de esperanzas en su
auxilio,
|
|
|
El ejemplo presenta a sus
soldados,
|
|
|
Que
de aquél recibía. Los ataques,
|
|
|
Las alarmas sereno despreciando,
|
|
|
No descuida del campo las
acciones,
|
|
|
Y del sitio sostiene los
trabajos.
|
|
|
El
afán sus placeres, y el peligro
|
|
|
Tiene también a veces sus
encantos.
|
|
|
Todos
los jefes se unen, y sucede
|
|
|
Según sus votos todo. En breve
espacio,
|
|
|
El terror, que marchaba a su
vanguardia,
|
|
|
Las consternadas huestes
disipando,
|
|
|
Del trémulo sitiado ya a los
ojos,
|
|
|
De un lánguido despecho
perturbados,
|
|
|
Las puertas a romper, a abatir
iba.
|
|
|
Y en tan grave peligro, aprieto
tanto,
|
|
|
¿Que
puede hacer Mayenne? Sus legiones,
|
|
|
Un pueblo son hundido en duelo
amargo.
|
|
|
Con lágrimas, aquí, le pide un
hijo
|
|
|
El padre, que la muerte le ha
robado.
|
|
|
De un hermano infeliz sobre la
tumba,
|
|
|
Allí se ve plañir al triste
hermano.
|
|
|
Gime por lo presente sin
consuelo,
|
|
|
Desfallece abatido el ciudadano.
|
|
|
Teme, en fin, cada cual por lo
futuro.
|
|
|
Alarmado aquel cuerpo grande y
vasto,
|
|
|
Reunirse no puede. Se hacen
juntas;
|
|
|
Se consulta y se agita el duro
caso
|
|
|
De entregarse a la fuga o al
enemigo.
|
|
|
Perplejos
se hallan todos y embargados;
|
|
|
Y nadie resistir osa más tiempo:
|
|
|
Así el ligero vulgo suele vario,
|
|
|
De la temeridad más altanera
|
|
|
Al temor más rastrero dar un
salto.
|
|
|
Mayenne, que sus haces
desmayadas
|
|
|
Está viendo, de cólera bramando,
|
|
|
Entre opuestos designios
vacilante,
|
|
|
Revolvía en su mente planes
varios;
|
|
|
Cuando allí la Discordia al
héroe absorto
|
|
|
De
repente se acerca; entre sus manos
|
|
|
Silbar
hace irritadas sus serpientes,
|
|
|
Y
de agrado en un tono aleve y falso,
|
|
|
Su acento le dirige en esta
forma.
|
|
|
«¡O
tú, digno heredero procreado
|
|
|
De
un nombre a los Franceses formidable!
|
|
|
¡Tú, a quien de tu venganza el
cruel conato
|
|
|
Unió conmigo siempre; tú, que
fuiste
|
|
|
A
mis ojos nutrido, y que formado
|
|
|
Has sido por mis leyes! oye,
escucha
|
|
|
Tu
protectora fiel, y de mi labio
|
|
|
Conoce el bronco acento. Nada
temas
|
|
|
De aquese pueblo imbécil y
voltario,
|
|
|
Cuyo reciente ardor, en un
momento,
|
|
|
Una leve desgracia ha congelado.
|
|
|
Poseo sus espíritus ¡Mayenne!
|
|
|
Sus
corazones tengo entre mis manos.
|
|
|
Bien presto observarás con cuanto
celo
|
|
|
Nuestros designios todos
ayudando,
|
|
|
De
mi hiel embriagados, y hechos presa
|
|
|
De mi horrible furor, van
denodados
|
|
|
A
combatir audaces, y a la muerte
|
|
|
Alegres a arrojarse por tus
lauros.»
|
|
|
Esto habló la Discordia: y al
momento,
|
|
|
Más pronta que el relámpago,
cortando
|
|
|
Con
vuelo firme y rápidos los aires,
|
|
|
Gira de toda Francia los
espacios;
|
|
|
Y
el rencor, el estruendo, y las alarmas,
|
|
|
Que
sus ciudades turban y sus campos,
|
|
|
De la Discordia ofrecen a los
ojos,
|
|
|
Objetos
de delicia y de regalo.
|
|
|
Su pestífero aliento, en mil
lugares
|
|
|
Inspira la aridez. Inficionado
|
|
|
En su germen el fruto, al nacer
muere.
|
|
|
Abatida la mies, mustio su
grano,
|
|
|
Yace
lánguida en tierra. El sol se eclipsa;
|
|
|
Vélense al verla pálidos los
astros;
|
|
|
Y
el rayo, entre relámpagos, que truena
|
|
|
Bajo
sus pies, de muerte mil presagios
|
|
|
A los pueblos ofrece
confundidos.
|
|
|
Llévala
un torbellino, voltejeando,
|
|
|
A
las orillas fértiles, que baña
|
|
|
Con sus ondas el rápido Erídano.
|
|
|
Ya
su vista cruel a Roma alcanza:
|
|
|
Roma, un día su templo; Roma,
pasmo,
|
|
|
Terror
de los mortales, cuya suerte,
|
|
|
Hala en todas edades exaltado
|
|
|
A
ser en paz, no menos que en la guerra,
|
|
|
Del mundo la señora, y cuyo
brazo,
|
|
|
Si
triunfante en los campos, entre hierros,
|
|
|
Sobre tronos sangrientos vio
temblando
|
|
|
Todos los fieros Reyes, y
abatidas,
|
|
|
Bajo
el sacro estandarte, en que volaron
|
|
|
Sus
águilas terribles por el orbe,
|
|
|
Las fuerzas todas dél, otro más
blando
|
|
|
Más apacible imperio ejerce hoy día,
|
|
|
En
que a su yugo rinde y poder sacro
|
|
|
Sus
mismos más airados vencedores:
|
|
|
En
que con un poder de Dios vicario,
|
|
|
Gobierna
los espíritus y tiene
|
|
|
Los corazones todos a su mando.
|
|
|
Sus
dictámenes solos, son sus leyes
|
|
|
Y
sus solos diplomas sus soldados.
|
|
|
Cerca del Capitolio, donde alarmas,
|
|
|
Otros
tiempos tan grandes dominaron,
|
|
|
Sobre
pomposas ruinas de Belona,
|
|
|
Y
de Marte, un Pontífice, sentado
|
|
|
De
Césares se ve en augusto solio.
|
|
|
Sacerdotes no menos fortunados,
|
|
|
Con planta huellan firme y faz
serena,
|
|
|
Las
cenizas, aquí, de Emilios Paulos,
|
|
|
Y
allí, de los Catones los sepulcros.
|
|
|
Sobre el altar el trono
levantado,
|
|
|
De un Señor, ya celeste, ya
terreno,
|
|
|
En la misma profana y sacra
mano,
|
|
|
El poder absoluto, a un tiempo
mismo,
|
|
|
El cetro colocó y el incensario.
|
|
|
Allí
fundó Dios mismo su sagrada
|
|
|
Su primitiva Iglesia, en tiempos
varios
|
|
|
Perseguida y triunfante. Allí
condujo
|
|
|
Aquel primer su Apóstol, con lo
santo
|
|
|
De la verdad, lo cándido y
sencillo.
|
|
|
Felices sucesores le imitaron
|
|
|
Cierta dichosa edad, en que
respetos
|
|
|
Y
elogios de los hombres han captado,
|
|
|
Cuanto más se humillaban.
Revestida
|
|