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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto quinto

Argumento

     

Apriétase vivamente a los sitiados. La Discordia excita a Jacobo Clemente a salir de

 

   París, para asesinar al Rey. Llama del profundo de los infiernos al Demonio del

 

   Fanatismo, que dirige el parricidio. Sacrificio de los ligados a los espíritus

 

   infernales. Enrique III es asesinado. Sentimientos de Enrique IV. Este es

 

   reconocido Rey por el Ejército



                              

Avanzáranse, en tanto, se aprestaran

 

Las máquinas mortales, que en su seno,

 

De los tercos rebeldes abrigaban

 

La fatal perdición; y por do quiera,

 

Volando el hierro y fuego, que arrojaran

 

Por bocas cien de bronce, con estruendo

 

Sus murallas batían y aterraban.

 

     Ni de los Dez y seis sañosas iras,

 

Ni la sagaz prudencia, que inspiraba

 

Al astuto Mayenne, ni de un Pueblo

 

Con insolencia alzado la arrogancia,

 

Ni de escándalo llenos los discursos,

 

Que de la ley Doctores divulgaran,

 

Otros contra Borbón débiles menos

 

Menos vanos auxilios ministraban.

 

A agigantados pasos la victoria

 

Del Héroe por las huellas se avanzaba.

 

Sixto, Felipe, y Roma, por su parte,

 

Hórridos anatemas fulminaran:

 

Roma, empero, por fin, dichosamente,

 

De ser terrible al mundo ya dejara.

 

Ya impotentes sus rayos, en el aire

 

Con la razón chocando, se exhalaban.

 

Por otro lado, a un tiempo, la indolencia,

 

La pesadez maligna y ordinaria

 

Del vicio castellano, a los sitiados,

 

Un urgente socorro retardaba.

 

Errantes sus soldados por el Reino,

 

Sus ciudades, en tanto, desolaban,

 

Sin que a París jamás socorro dieran.

 

El pérfido político esperaba,

 

Que ya exhausto el Ligado, una conquista

 

A su brazo ofreciese poco cara.

 

El peligroso apoyo, el lazo astuto

 

De su falsa amistad, le preparaba

 

En vez de un aliado un señor fiero,

 

Cuando de un furibundo empresa infanda,

 

Cambiar con mano aleve parecía

 

La suerte por un tiempo de la Francia.

 

¡Tranquilos habitantes, que los muros

 

De la ilustre París hoy circunvalan!

 

Vosotros, que del Cielo merecisteis

 

A la predilección, la insigne gracia

 

De nacer en más prósperas edades,

 

De perdonarme habréis, si aquí empeñada,

 

Renovase mi pluma a la memoria,

 

La historia criminal, do negras llanas

 

Ocupan vuestros padres seducidos.

 

De sus atrocidades feas manchas

 

Sobre vos no recaen, no os denigran.

 

Todas las cubre al fin, todas las lava

 

Vuestro leal amor a vuestros Reyes.

 

     Procreado ha la Iglesia, en eras varias,

 

Solitarios varones, que reunidos

 

Bajo severas reglas, se miraban

 

Cual en todo distintos y arredrados

 

Del resto de los hombres, y en las aras

 

Votos solemnizando rigurosos,

 

Al servicio de Dios se consagraran.

 

Unos en soledades se sumían,

 

Gozando de la paz profunda calma.

 

En su ascética vida inaccesibles

 

A atractivos del mundo y pompas vanas,

 

Celosos de un reposo dulce y blando

 

Que robarles no pueden, de la humana

 

Mundanal sociedad, que bien pudieran

 

Útilmente servir, huyen las cargas.

 

De ellos, otros no pocos, sus funciones

 

Haciendo de más pública importancia,

 

De la Iglesia a las cátedras subiendo,

 

No poco la sirvieran e ilustraran:

 

Pero bien prontamente, por desdicha,

 

Embriagados e ilusos con el aura

 

Que sus talentos captan lisonjeros,

 

En el siglo esparcidos, sus profanas

 

Costumbres adquiriendo, no ignoraron

 

De una sorda ambición arteras ansias,

 

Y ya de sus intrigas y manejos

 

Más de un país a veces se quejara.

 

Así entre los mortales, el abuso

 

Del más perfecto bien, en desgraciada

 

Fatal fuente del mal llega a tornarle.

 

     Los que la vida y regla profesaran

 

De Domingo en España, largo tiempo

 

Viéranla florecer, y de la plaza

 

Más obscura de empleos harto humildes,

 

A los regios palacios de monarcas

 

Remontada bien presto la miraron.

 

No con menos fervor, si limitada

 

A influencia menor y poderío,

 

Prosperó con respeto en nuestra Patria,

 

Asaz bien de los Reyes protegida

 

Apacible, y al fin afortunada,

 

Si en su materno seno, por ventura,

 

Nunca al traidor Clemente cobijara. 46

 

     Desde edad juvenil, llevado había

 

Al retiro, Clemente, en que habitaba,

 

Los tétricos accesos y fiereza

 

De una virtud selvaje y arriesgada.

 

Feble, y crédulo simple, lleno siempre

 

De devoción frenética e insensata,

 

Su espíritu sombrío, rudo y triste,

 

De la facción rebelde y desbordada

 

El torrente seguía. Sobre joven

 

Vertiendo tan insano, en abundancia,

 

La funesta Discordia el cruel veneno

 

De su boca infernal, tanto le exalta,

 

Que al pié de los altares prosternado,

 

Con criminales votos y plegarias,

 

Cada día más túrbido y ferviente,

 

Los Cielos importuno fatigaba;

 

Y aunque cubierto, dicen, y manchado

 

De polvo y de ceniza, a Dios orara

 

Un día en esta horrible impía forma.

 

     «¡Dios, que a tu Iglesia vengas, y las tramas

 

De opresores castigas y tiranos!

 

¿Habrá de verse siempre, que abismada

 

De tus hijos la raza así consientas,

 

Y de un Rey que te insulta, que te ultraja,

 

La sacrílega mano armando impura,

 

El perjurio bendigas por su causa,

 

Y el bárbaro homicidio favorezcas?

 

Con dureza ¡Gran Dios! desmesurada,

 

Los rigores nos prueban de tu azote.

 

Harto ya nos afligen y maltratan.

 

Contra tus enemigos levantarte

 

Dígnate ya Señor. Suspende, aparta

 

De nosotros la muerte y la miseria.

 

Líbranos de ese Rey, sobre la Francia

 

En tu montada cólera arrojado,

 

Y del airado Cielo el furor calma.

 

Ven, Señor: y ante ti marchando venga

 

Del Exterminador la horrenda espada.

 

Ten clemencia ¡mi Dios! Llega: desciende:

 

Ármate, y tus centellas inflamadas,

 

A nuestra vista hieran, quemen, hundan

 

Su sacrílega hueste. Ambos monarcas,

 

Sus jefes y soldados, expirando,

 

Caigan cual hojas leves dispersadas

 

A discreción del viento; y los valientes

 

Católicos, que lidian por tu causa,

 

Salvos de tu justicia y tu clemencia

 

Por el poder inmenso y virtud santa,

 

De ese ejército infiel sobre los mismos

 

Cadáveres sangrientos, de alabanza

 

Eucarísticos himnos te enderecen

 

     Cruzando por los aires, escuchaba

 

Estos impíos ecos, la Discordia.

 

Recógelos al punto: entre ellos baja

 

Del Tártaro a los lóbregos imperios,

 

De donde la maléfica no tarda

 

En tornar, conduciendo de ellos todos

 

Al más cruel azote y atroz plaga.

 

Llega ya: Fanatismo, horrible nombre,

 

El tirano diabólico se llama.

 

Hijo desnaturado de la misma

 

Religión apacible dulce y mansa,

 

Armado de ella en pro, su ruina intenta,

 

Y en su piadoso seno ya lograda

 

Una incauta acogida, al mismo tiempo

 

Que en sus brazos la estrecha, la desgarra.

 

     El fue, quien en Rabá, sobre los bordes

 

Condujo del Arnón, feroz guiaba

 

Del desgraciado Ammón los descendientes

 

Cuando a su Dios Moloc, toda bañada

 

En lágrimas la madre, del hijuelo

 

Palpitando ofrecía las entrañas.

 

El de Jephté dictando el duro voto,

 

Inhumano llevó la fiera daga

 

De su hija al corazón. Él mismo ha sido

 

Quien en Aulida abriendo del cruel Calcas

 

La despiedada boca, por su acento

 

De Ifigenia la muerte audaz reclama.

 

Él, allá en lo sombrío de tus selvas,

 

Habitó largo tiempo ¡o antigua Galia!

 

De tus patrios aromas ha incensado

 

De Teutatés la horrible Deidad vana.

 

quizá, todavía, no olvidaste

 

Los sacros homicidios que en las aras

 

De tus indignos Dioses, frecuentaron

 

Los sanguinarios Druidas. En voz alta,

 

Del Capitolio augusto allá en la cumbre,

 

Herid, a los Gentiles les gritaba,

 

Desgarrad y acabad a esos Cristianos.

 

Más luego que abjurando las paganas,

 

Y del Hijo de Dios la ley siguiendo,

 

De Roma la cerviz le fue postrada,

 

Del Capitolio hundido ya en cenizas,

 

A la triunfante Iglesia veloz pasa,

 

Y su furor frenético inspirando

 

En las devotas almas que infectara,

 

Sus índoles, de mártires piadosas

 

Cambia en perseguidoras y tiranas.

 

La secta turbulenta formó en Londres, 47

 

Que sobre un Rey imbécil mano armada

 

Ensangrentar osó; y allá en Lisboa,

 

No menos que en Madrid, fiero atizaba 48

 

Los solemnes braseros, do anualmente

 

Sacerdotes serenos arrojaran

 

En magnífica pompa a los hebreos,

 

En quienes la firmeza castigaban

 

De no querer jamás de sus mayores

 

El culto renegar y fe heredada.

 

     En sus disfraces, de ornamentos sacros

 

De ministros del cielo se adornaba,

 

Revestíase siempre: pero adopta

 

Del Infierno, esta vez, en la morada

 

De una noche eternal, la forma nueva

 

Que a su nuevo delito acomodaba.

 

La Audacia y Artificio, los disfraces

 

Con oportuno amaño le preparan.

 

De Guisa, con el talle, toman luego

 

Los rasgos, que a aquel héroe más marcaban;

 

De aquel soberbio Guisa, en quien se viera

 

Del Estado al tirano, y al monarca

 

De su propio Señor, que en todos tiempos,

 

Y aun después de su muerte desastrada,

 

Poderoso y terrible, de la guerra

 

A los horrores todos y desgracias

 

Nuestra Francia inducía, y de los suyos

 

A ambiciosas empresas arrastraba.

 

De un casco espantador arman su frente,

 

Y empuñan en su mano lucia espada

 

Siempre a la muerte pronta. En su costado

 

Las mortales heridas también graban,

 

Con que a aquel jefe un día de facciosos

 

En la ciudad blesense asesinaran;

 

Y por tales heridas de la sangre,

 

Que corría abundosa, la voz agria,

 

Acusar a Valois aún parecía,

 

Y reclamar sobre él cruda venganza.

 

     Tal el lúgubre fue ficto aparato,

 

Con que entre la amapola, que derrama

 

El dulce y blando sueño, y en el fondo

 

Del lóbrego retiro de su estancia,

 

Vino aquel disfrazado horrible espectro

 

A traer a Clemente su embajada.

 

De la fe religiosa el celo falso,

 

Que una encendida cólera inflamaba,

 

Con la Superstición, su fiel amiga,

 

Y la inquieta y maléfica Cábala,

 

Unidos en su guarda de continuo

 

A Clemente asistían de su estancia

 

Velándole al cancel, por el que al punto

 

Al feroz Fanatismo dan entrada.

 

Llega; y con voz altiva y majestuosa,

 

«Dios tus votos acepta y tu demanda:

 

¿Pero acaso, le dice, ni otro culto,

 

Ni otro incienso al Señor tu fe consagra,

 

Que un voto estéril y un perpetuo llanto?

 

Otras ofrendas más, son necesarias

 

Al Dios que nuestra Liga ampara y sirve.

 

Él exige de ti, de ti demanda

 

Lo mismo que le pides. Si allá un tiempo,

 

Para salvar Judith su nación cara,

 

Lágrimas solo a Dios, solo clamores

 

Consagrado le hubiera, si alarmada

 

Por el mal de su pueblo, por sus días

 

Temblado a un tiempo hubiese, las murallas

 

Abatir de Betulia Judith viera.

 

He aquí, he aquí, Clemente, las hazañas,

 

Las sagradas empresas cuyo ejemplo,

 

Cuyo digno valor y ofrenda grata

 

Debrías imitar... más ya, ya miro

 

Que te avergüenzas, si, de la tardanza.

 

Vuela, pues; y tu mano, con la sangre

 

Salvando del Ungido nuestra Patria,

 

Vengue Roma, París, a mí, y al mundo.

 

Por un asesinato vio segada

 

Mi vida ese Valois. Vengada quede

 

Por otro golpe igual su aleve saña.

 

De asesino el vil nombre no te espante.

 

En ti será, Clemente, virtud clara,

 

Lo que en Valois fue crimen. A quien venga

 

La Iglesia, todo es justo. Entonces nada

 

De malo tiene y cruel el homicidio.

 

El Cielo lo autoriza ¡qué! lo manda.

 

Él por mi voz te intima, que tu brazo

 

Para dar ha elegido en su venganza

 

Pronta muerte a Valois ¡Cuánta, Jacobo,

 

Cuánta tu dicha fuera, tu honra cuanta,

 

Si en seguida o de un golpe al mismo tiempo,

 

Al tirano pudieses de la Francia

 

El Navarro juntar; si de ambos Reyes

 

Tu Religión y Patria viendo salvas,

 

Te pudiesen!... más no, no son llegados

 

Esos tiempos aún. Vida más larga

 

Disfrutar debe Enrique. El Dios, que impío,

 

Que insolente persigue, reservada

 

Al brazo de otro tiene tanta gloria.

 

Tú, de este Dios celoso, que en mí te habla,

 

El gran designio cumple, y dél recibe

 

El don que por mi mano te regala

 

     Al decir esto, ostenta y vibrar hace

 

Una daga brillante aquel fantasma,

 

Que del Averno en aguas por el odio

 

Fuera al intento bárbaro templada.

 

Y el don fatal poniendo de Clemente

 

En la mano feroz, súbito escapa;

 

Y en la infernal morada se rehunde.

 

     Del solitario joven deslumbrada

 

La gran facilidad, depositario

 

De intereses del Cielo se juzgaba.

 

Besa el fatal presente con respeto.

 

De rodillas hincado, sus plegarias

 

Del Todo-poderoso el brazo imploran,

 

Y del terrible monstruo que le hablara,

 

Guiado del furor, con aire y tono

 

De santificación, se preparaba

 

Al pérfido y horrendo regicidio.

 

     ¡A cuanto error sujeto e ilusión vana

 

Está del hombre el ánimo! Clemente,

 

En horas y ocasión tan desdichadas,

 

De la paz disfrutaba más dichosa.

 

A su espíritu iluso confortaba

 

Aquella confianza leda y dulce,

 

Que de los hombres justos en el alma,

 

Afirman el candor y la inocencia.

 

Místicamente grave el furor marcha

 

Del devoto traidor, bajos los ojos.

 

Su sacrílego voto al Cielo alzaba.

 

Su sosegada frente, marcas ciñen

 

De una austera virtud, y la vil daga

 

Del parricida atroz cubre el cilicio.

 

Seguros sus amigos de tan alta

 

Tan celestial empresa, con mil flores,

 

Que su celo fanático derrama

 

Bajo sus pies, de aromas perfumando

 

El camino cubriendo por do pasa,

 

A las puertas le guían, llenos todos

 

De la veneración más pía y santa.

 

Sus designios bendicen: le reaniman:

 

Instrúyenle, y por fin, su nombre exaltan

 

Al número de tantos, como Roma

 

En sus perpetuos fastos consagrara.

 

De Francia el vengador, en altas voces,

 

Con furioso entusiasmo le proclaman;

 

Y ya con incensarios en las manos,

 

A invocarle propicio se adelantan.

 

No transportados tanto ni fervientes,

 

De la muerte solícitos con ansia,

 

Los primeros cristianos, que de apoyo

 

De la fe de sus padres se gloriaban,

 

Allá en más simples tiempos sus hermanos

 

Con placer al martirio acompañaran,