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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto séptimo

Argumento

     

San Luis transporta a Enrique IV en espíritu al cielo y a los infiernos. Le hace ver

 

   allí el palacio de los destinos, su posteridad, y los grandes hombres que debía

 

   producir la Francia.



                              

Del divino Hacedor la providencia,

 

Con piedad infinita, a males tantos,

 

Como esta vida amargan lastimera,

 

Por aplicar consuelos que la alienten,

 

Dejarnos, generosa, quiso en ella

 

Dos benéficos seres, para siempre

 

Amables habitantes de la tierra,

 

Que fuesen nuestro alivio en las fatigas,

 

Y tesoro insondable en la indigencia.

 

El blando Sueño es uno. La Esperanza

 

Consoladora es otro. Cuando llegan

 

A probar los mortales, de su cuerpo

 

Lánguido y abatido la flaqueza;

 

Luego que ya sus órganos rendidos,

 

Sin tono sus resortes y sin fuerza,

 

Desfallecer se sienten, con la calma

 

Más saludable, entonces, y serena,

 

De su naturaleza acude el uno,

 

Al socorro feliz, que la recrea,

 

Consigo al mismo tiempo, un grato olvido

 

Llevándole de cuitas que la aquejan.

 

Nuestros deseos siempre, el otro, inflama.

 

Del hombre el corazón siempre alimenta;

 

Y aun cuando nos engaña, con placeres

 

Nos brinda verdaderos y sustenta;

 

Sin que al mortal querido, a quien el Cielo

 

Propicio se lo envía, jamás pueda

 

Inspirar falsos gozos. De Dios nuncio,

 

Su apoyo entonces trae y sus promesas,

 

Y es tan puro e infalible como él mismo.

 

     Requiérelos Luis. De Enrique cerca

 

Al uno y otro llama. «Venid, dice,

 

A mi hijo acostaos, fiel pareja

 

Y el apacible Sueño, que le escucha

 

De la secreta hondura de sus cuevas,

 

A las frescas umbrías blandamente

 

Su paso enderezando, a Enrique encuentra,

 

Y del viento, a su vista, calla el silbo,

 

Y el inquieto murmullo se sosiega.

 

Los fortunados Sueños, hijos caros

 

De la Esperanza, en torno revolean

 

Del durmiente, y al Héroe en fin cubriendo

 

Con su amapola, oliva y laurel mezclan.

 

     Su diadema, Luis, tomando entonces,

 

Del Vencedor, él mismo, en la cabeza

 

Colócala, y le dice. «Reina, triunfa,

 

Y en todo hijo mío. Ya en ti resta

 

Cifrada únicamente la esperanza

 

De mi linaje todo: pero piensa

 

Que el trono no es, Borbón, no es lo bastante.

 

De los presentes todos, de la herencia

 

De Luis, lo más leve, no lo dudes,

 

Lo menos importante, es su diadema.

 

Es un laurel amargo y marchitable,

 

Una gloria es, Enrique, muy pequeña,

 

La de Conquistador, de Rey, y de Héroe.

 

A no alumbrarte el Cielo, nada hubiera

 

Hecho aún en pro tuyo. Esos honores,

 

Esa mundana pompa, todo queda

 

En un estéril bien, que frágil premio

 

A virtudes humanas sólo prestan.

 

Brillo arriesgado son, que pasa y huye

 

A par de la inquietud, su compañera,

 

Y que presto, por fin, la muerte acaba.

 

Otras glorias, Borbón, más duraderas,

 

Otro imperio más sólido y estable,

 

Más para tu instrucción, que recompensa,

 

A descubrirte voy en este día.

 

Ven: obedece, y sígueme por sendas,

 

Que nuevas te serán. Al alto seno

 

De la Divinidad conmigo vuela

 

Y llena, hijo dilecto, tus destinos

 

     Así dice: y con rápida presteza,

 

En un carro, uno y otro, luminoso,

 

Los campos de los aires atraviesan;

 

No de distinto modo, que en la noche,

 

Del un polo hasta el otro de la tierra,

 

Correr se ven relámpagos y rayos,

 

Que la atmósfera hienden; y a manera,

 

Que muy lejos allá de su alta cima,

 

Admirada y confusa vio esta esfera,

 

Como ardorosa nube arrebataba

 

De Eliseo a los ojos, la presencia

 

Del Señor, elevándole en carroza

 

De fuego celestial en llama envuelta.

 

     En el brillante centro de ese espacio,

 

Do en la noche la vista absorta observa

 

Esos etéreos globos, que matizan

 

Del cielo, con su luz, la región bella,

 

Globos, que ya ocultarnos no han podido

 

Su curso y sus distancias, la lumbrera

 

Luce mayor del día, que la mano

 

Encendió de Dios propio, y de sí mesma

 

Sobre su eje inflamado en torno rota.

 

Sin fin de luz torrentes parten de ella,

 

Y color: al mostrarse, aliento y vida

 

Derrama en la común naturaleza.

 

Los días y estaciones de los años,

 

A los diversos mundos, que le cercan,

 

Flotando en su contorno, distribuye.

 

Sujetos estos astros a las reglas

 

Que su armonía fundan, y a las leyes

 

Que precisan su giro y los apremian,

 

Mutuamente se atraen incesantes,

 

Incesantes se evitan y se alejan;

 

Y sirviéndose a un tiempo entre sí mismos

 

De un apoyo perpetuo y norma cierta,

 

Recíprocos se envían y traspasan

 

La clara luz que aquél a todos presta.

 

Más allá de su curso, allá muy lejos,

 

En espacio en que nada la materia,

 

Y que Dios solo abraza, inmensos soles,

 

Grandes mundos, sin fin la permanencia

 

De su morada fijan luminosa.

 

Por un piélago tal de luz excelsa,

 

De tan glorioso Padre al mortal hijo

 

Franquear plugo a Dios sublime senda.

 

Aún más y más allá de cielos tantos,

 

De ellos formó el Señor su residencia.

 

     Aquí ha sido, a do el Héroe fue siguiendo

 

Su conductor celeste. Aquí se crean

 

Los diversos espíritus que animan

 

Nuestros mortales cuerpos, y que pueblan

 

Del universo mundo las regiones.

 

De la muerte a los cortes, por fin, sueltas

 

De su prisión grosera nuestras almas,

 

Engolfadas aquí por siempre quedan.

 

     Inexorable Juez e incorruptible,

 

Aquí trae a sus pies, aquí congrega

 

Los espíritus todos inmortales,

 

Que su divino soplo a bien tuviera

 

A su imagen crear. El Ser es este,

 

Que infinito se ignora y se confiesa,

 

Y a quien bajo de nombres los más varios,

 

Sirve toda nación y reverencia.

 

Él desde el alto Empíreo escucha atento

 

Nuestros humildes votos y querellas.

 

Él de nuestros errores disimula,

 

Y con lástima el cúmulo contempla,

 

No menos que la idea y los retratos,

 

Llenos de insensatez y de indecencia,

 

Que del hombre curioso, en sus delirios,

 

La mísera ignorancia y la soberbia,

 

De su sabiduría incomprensible

 

Con sobrada piedad audaz inventa.

 

     La Muerte, cerca dél, pensión del hombre,

 

Y del Tiempo fugaz hija funesta,

 

De la mansión efímera y penible

 

Del Universo entero, a sus pies lleva

 

Los habitantes todos, no exceptando

 

Clase, edad, ni nación. Él allí mezcla

 

A un tiempo con los Bonzos los Bracmanes,

 

Discípulos profanos del sistema

 

Del filósofo chino el gran Confucio.

 

Con ellos también trae a su presencia,

 

Los fieles misteriosos sucesores

 

De los antiguos sabios de la Persia,

 

Que aún en secreto adictos a Zoroastro,

 

Con ciega obstinación siguen su escuela.

 

Pálidos moradores de las frías

 

Regiones, do los témpanos congelan

 

Y esos piélagos sitian hiperbóreos,

 

Y los que allá, de América en florestas,

 

Son errantes y míseros esclavos

 

Del invencible error. A la derecha

 

Busca en balde de Dios, con vista vaga,

 

Atónito el Dervís a su profeta:

 

Y con ojos no menos penitentes

 

Que sombríos, en vano allí se precia

 

De sus votos el Bonzo y sus tormentos.

 

     Al instante ilustrados, allí esperan

 

En silencio estos muertos y temblando,

 

De su eterno destino la sentencia;

 

Y Dios, que a un mismo tiempo lo ve todo,

 

Lo escucha y lo conoce, o los condena,

 

O los absuelve de una sola ojeada.

 

No se dirige Enrique, no se acerca

 

Hasta el lugar aquel, trono invisible,

 

De donde a cada instante parten rectas

 

Del tremebundo Juicio de Dios propio,

 

Aquellas decisiones sempiternas,

 

Que de mortales tantos preveer osa

 

El indiscreto orgullo y la demencia.

 

«¿Cual será, Borbón diz, consigo hablando,

 

Cual de Dios la balanza justiciera

 

Sobre aquestos ilusos o ignorantes?

 

¿Castigarlos él, porque tuvieran

 

Distraídos sus ojos o cerrados

 

A aquella misma luz, que le pluguiera

 

De ellos tanto arredrar? ¡Qué! ¿Dios podría,

 

Cual un Señor injusto, sin fin penas

 

Por la ley del cristiano fulminarles,

 

De que nunca han podido haber conciencia?

 

Pero no: Dios crionos. Él sin duda,

 

Salvarnos quiere a todos. Él enseña,

 

Él, por todo nos habla, y él en todo

 

Humano corazón, sin diferencia,

 

De la naturaleza la ley graba;

 

Ley siempre pura y fiel, siempre una mesma.

 

Por esta ley, sin duda, al gentil juzga;

 

Y si un alma en su error abrigó buena,

 

Cualquier gentil también cristiano ha sido

 

     En tanto, que del Héroe así se arriesga

 

La confusa razón, sobre un misterio

 

A fijar sus miradas indiscretas;

 

Al pié se deja oír del mismo trono

 

Una voz, a la cual, el Cielo tiembla,

 

Y del Orbe los ejes se estremecen.

 

Sus terribles acentos se asemejan

 

A los del trueno aquel, que ha retumbado

 

Sobre el monte Sinaí, cuando a la tierra

 

Desde su cumbre un tiempo Dios hablara.

 

Para oírla las harpas mudas quedan

 

De su coro inmortal, y a repetirla

 

En su curso los astros se dan priesa.

 

«Guárdate temerario, de guiarte,

 

De tu sola razón por turbia estrella.

 

Dios para amarle sólo te ha criado,

 

Y no para que osado te atrevieras

 

A querer comprender sus altos juicios.

 

Invisible a tus ojos, con fe ciega

 

Reine en tu corazón. Él la injusticia

 

Confunde riguroso; y si dispensa

 

Al no advertido error de los mortales,

 

Con paternal dulzura su indulgencia,

 

También juzga y castiga el voluntario.

 

Abre mortal los ojos, cuando llegan

 

Los rayos de su luz a iluminarte

 

     En este instante, Enrique, por la fuerza

 

De un recio torbellino arrebatado,

 

De aquel inmenso espacio la carrera

 

Veloz atravesando, a una morada

 

Transportado se vio la más negra,

 

Más informe, selvaje, y horrorosa,

 

Del caos primitivo especie horrenda,

 

Impenetrable siempre, cual de hierro,

 

A los brillantes rayos y centellas

 

De aquellos soles todos, que fulgentes,

 

Del Altísimo son obras maestras,

 

Y como él bienhechoras. Sobre suelo,

 

Que espantoso los ángeles detestan,

 

El germen no ha querido de la vida

 

Derramar nunca Dios. La Muerte fiera,

 

Ella sola, el Horror con el Desorden

 

Y eterna Confusión, la residencia

 

De su lóbrego imperio allí parecen

 

Haber establecido. ¡Qué querellas!

 

¡Qué de aullidos, O Dios, tan espantables!

 

¡Qué torrentes de humo, y qué de hogueras!

 

«¿Qué formidables monstruos, Borbón dice,

 

Vuelan por estos climas? ¿Qué cavernas

 

Se entreabren encendidas a mis plantas

 

«A tu vista: ¡hijo mío! están las puertas

 

Del perdurable abismo, que la mano

 

Excavó de Dios propio justiciera,

 

Para eternal estancia del Delito.

 

Ven, hijo mio; sígueme. Las sendas,

 

Fáciles por demás, anchas y llanas,

 

Están de esa mansión por siempre abiertas

 

Y de súbito al pórtico caminan

 

Del horroroso Infierno, do se encuentra 54

 

Verdinegra la Envidia, que al obscuro,

 

Con torva vista de través ojea,

 

Y de su horrenda boca mil venenos

 

Arroja de laurel sobre diademas.

 

El resplandor del día, entre las sombras,

 

Sus centellantes ojos atormenta.

 

Triste amante de muertos, a los vivos

 

Con maléfico horror mira y detesta.

 

Percibe el monstruo a Enrique, y asustada,

 

Se desvía y suspira. Cerca de ella,

 

El Orgullo se admira y se complace.

 

Con mirar abatido, y faz cubierta

 

De una amarilla tez, desmadejada,

 

Allí renquea enclenque la Flaqueza;

 

Tirana, que a los crímenes cediendo,

 

Las virtudes destruye o desalienta.

 

Altanera, feroz, y sanguinaria

 

La Ambición, deslumbrada, loca e inquieta,

 

De panteones, de tronos y de esclavos

 

Por do quiera rodeada, allá se ostenta.

 

La blanda Hipocresía, con sus ojos

 

De dulzura colmados y terneza,

 

El Cielo muestra en ellos, y el Infierno

 

De su pecho en el fondo oculto lleva.

 

Su bárbara doctrina, sus furores,

 

Sus máximas impías y sangrientas

 

Por do quiera pregona el Celo falso;

 

Y el Interés, por fin, pasión funesta,

 

De los crímenes todos fatal madre,

 

Por entre aquellos monstruos serpentea.

 

     Del mortal corrompido estos tiranos

 

Sin pudor y sin freno, a la presencia

 

Sorpréndense de Enrique y se confunden.

 

No le vieran jamás. Tan vil ralea,

 

Jamás de su alma noble, que nutrida

 

Fuera por la Virtud, cerca estuviera.

 

¿Qué mortal, se decían, por un justo

 

Del Cielo conducido, aquí se llega

 

A insultarnos aún y perseguirnos

 

En esta inmensa noche, de horror llena?

 

     De espíritus inmundos por en medio,

 

Avanzábase absorto a marcha lenta

 

Bajo profundas bóvedas el Héroe.

 

Luis su paso guía. «Más... ¡que observa

 

Mi vista, Cielo santo! ¡El asesino

 

De Valois! ¿Monstruo tal, tan atroz fiera,

 

Se presenta a mi vista, excelso Padre?

 

Él empuñado aún, sangriento lleva

 

El parricida acero, que en su mano,

 

A poner, sedicioso, se atreviera

 

El villano y anárquico consejo

 

De aquellos Dez-y-seis ¡oh Providencia!

 

Mientras que allá en París, de un clero indigno

 

La piedad más sacrílega y cruenta,

 

De retratos del pérfido se atreve

 

A afrentar sus altares; que allá ciega

 

Le invoca ya la Liga, y que, al fin, Roma

 

Le ensalza por su parte y loor le presta,

 

Entre horrores aquí, y entre tormentos,

 

El infierno, más justo, le reprueba

 

     «Hijo mio, Luis dícele entonces,

 

Otras más justas leyes y severas,

 

En el lugar, que miras, a los reyes

 

Persiguen y magnates. Mira aquella

 

Multitud de tiranos y opresores,

 

A quienes allá en vida se les dieran

 

Adoraciones mil. Cuanto más fieros

 

Y potentes el mundo los sufriera,

 

Tanto más el Dios justo los humilla,

 

Penando en este puesto la insolencia

 

Ya de sus propias obras, ya de cuantas

 

Dejaron sin vengar, o tal vez fueran

 

Por ellos permitidas. Ya la muerte

 

Riquezas les ha robado pasajeras,

 

Los placeres, el fausto, y del infame

 

Venal adulador las complacencias,

 

Que a sus ojos de orgullo fascinados,

 

La verdad ocultaban con destreza.

 

Esta verdad, Enrique, es la que ahora

 

Su suplicio aquí labra, la que expuesta

 

A su vista está siempre, y que sus vicios

 

Y sus crímenes todos les recuerda.

 

Mira como a su voz esos soberbios

 

Vanos conquistadores, mudos tiemblan.

 

A los ojos del pueblo fueron héroes;

 

A los de Dios tiranos, plagas fieras,

 

Del Orbe entero azotes, que lo afligen