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Del divino Hacedor la
providencia,
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Con piedad infinita, a males
tantos,
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Como esta vida amargan
lastimera,
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Por
aplicar consuelos que la alienten,
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Dejarnos, generosa, quiso en
ella
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Dos benéficos seres, para
siempre
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Amables
habitantes de la tierra,
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Que fuesen nuestro alivio en las
fatigas,
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Y tesoro insondable en la
indigencia.
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El blando Sueño es uno. La
Esperanza
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Consoladora es otro. Cuando
llegan
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A
probar los mortales, de su cuerpo
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Lánguido
y abatido la flaqueza;
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Luego
que ya sus órganos rendidos,
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Sin tono sus resortes y sin fuerza,
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Desfallecer se sienten, con la
calma
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Más
saludable, entonces, y serena,
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De su naturaleza acude el uno,
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Al socorro feliz, que la recrea,
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Consigo al mismo tiempo, un
grato olvido
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Llevándole
de cuitas que la aquejan.
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Nuestros deseos siempre, el
otro, inflama.
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Del hombre el corazón siempre
alimenta;
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Y
aun cuando nos engaña, con placeres
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Nos
brinda verdaderos y sustenta;
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Sin que al mortal querido, a
quien el Cielo
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Propicio se lo envía, jamás
pueda
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Inspirar
falsos gozos. De Dios nuncio,
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|
Su
apoyo entonces trae y sus promesas,
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Y es tan puro e infalible como
él mismo.
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Requiérelos
Luis. De Enrique cerca
|
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Al uno y otro llama. «Venid,
dice,
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A mi hijo acostaos, fiel
pareja;»
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Y
el apacible Sueño, que le escucha
|
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De
la secreta hondura de sus cuevas,
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|
|
A las frescas umbrías
blandamente
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|
Su paso enderezando, a Enrique
encuentra,
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Y del viento, a su vista, calla
el silbo,
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Y el inquieto murmullo se
sosiega.
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Los
fortunados Sueños, hijos caros
|
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|
De la Esperanza, en torno revolean
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Del
durmiente, y al Héroe en fin cubriendo
|
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|
Con su amapola, oliva y laurel
mezclan.
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Su
diadema, Luis, tomando entonces,
|
|
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Del Vencedor, él mismo, en la
cabeza
|
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|
Colócala, y le dice. «Reina,
triunfa,
|
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|
Y
sé en todo hijo mío. Ya en ti resta
|
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|
Cifrada únicamente la esperanza
|
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|
De mi linaje todo: pero piensa
|
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Que el trono no es, Borbón, no
es lo bastante.
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|
|
De
los presentes todos, de la herencia
|
|
|
De Luis, lo más leve, no lo
dudes,
|
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|
Lo menos importante, es su
diadema.
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Es
un laurel amargo y marchitable,
|
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|
Una gloria es, Enrique, muy
pequeña,
|
|
|
La
de Conquistador, de Rey, y de Héroe.
|
|
|
A no alumbrarte el Cielo, nada
hubiera
|
|
|
Hecho
aún en pro tuyo. Esos honores,
|
|
|
Esa mundana pompa, todo queda
|
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|
En
un estéril bien, que frágil premio
|
|
|
A virtudes humanas sólo prestan.
|
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|
Brillo
arriesgado son, que pasa y huye
|
|
|
A
par de la inquietud, su compañera,
|
|
|
Y que presto, por fin, la muerte
acaba.
|
|
|
Otras
glorias, Borbón, más duraderas,
|
|
|
Otro imperio más sólido y
estable,
|
|
|
Más
para tu instrucción, que recompensa,
|
|
|
A
descubrirte voy en este día.
|
|
|
Ven: obedece, y sígueme por
sendas,
|
|
|
Que nuevas te serán. Al alto
seno
|
|
|
De
la Divinidad conmigo vuela
|
|
|
Y
llena, hijo dilecto, tus destinos.»
|
|
|
Así dice: y con rápida presteza,
|
|
|
En un carro, uno y otro, luminoso,
|
|
|
Los
campos de los aires atraviesan;
|
|
|
No de distinto modo, que en la
noche,
|
|
|
Del un polo hasta el otro de la
tierra,
|
|
|
Correr
se ven relámpagos y rayos,
|
|
|
Que la atmósfera hienden; y a
manera,
|
|
|
Que muy lejos allá de su alta
cima,
|
|
|
Admirada y confusa vio esta
esfera,
|
|
|
Como ardorosa nube arrebataba
|
|
|
De Eliseo a los ojos, la
presencia
|
|
|
Del Señor, elevándole en carroza
|
|
|
De
fuego celestial en llama envuelta.
|
|
|
En el brillante centro de ese espacio,
|
|
|
Do en la noche la vista absorta
observa
|
|
|
Esos
etéreos globos, que matizan
|
|
|
Del cielo, con su luz, la región
bella,
|
|
|
Globos, que ya ocultarnos no han
podido
|
|
|
Su
curso y sus distancias, la lumbrera
|
|
|
Luce mayor del día, que la mano
|
|
|
Encendió
de Dios propio, y de sí mesma
|
|
|
Sobre su eje inflamado en torno
rota.
|
|
|
Sin
fin de luz torrentes parten de ella,
|
|
|
Y color: al mostrarse, aliento y
vida
|
|
|
Derrama
en la común naturaleza.
|
|
|
Los
días y estaciones de los años,
|
|
|
A
los diversos mundos, que le cercan,
|
|
|
Flotando en su contorno,
distribuye.
|
|
|
Sujetos
estos astros a las reglas
|
|
|
Que su armonía fundan, y a las
leyes
|
|
|
Que precisan su giro y los
apremian,
|
|
|
Mutuamente se atraen incesantes,
|
|
|
Incesantes
se evitan y se alejan;
|
|
|
Y sirviéndose a un tiempo entre
sí mismos
|
|
|
De un apoyo perpetuo y norma cierta,
|
|
|
Recíprocos
se envían y traspasan
|
|
|
La
clara luz que aquél a todos presta.
|
|
|
Más allá de su curso, allá muy
lejos,
|
|
|
En
espacio en que nada la materia,
|
|
|
Y
que Dios solo abraza, inmensos soles,
|
|
|
Grandes mundos, sin fin la
permanencia
|
|
|
De su morada fijan luminosa.
|
|
|
Por
un piélago tal de luz excelsa,
|
|
|
De tan glorioso Padre al mortal
hijo
|
|
|
Franquear plugo a Dios sublime
senda.
|
|
|
Aún
más y más allá de cielos tantos,
|
|
|
De
ellos formó el Señor su residencia.
|
|
|
Aquí ha sido, a do el Héroe fue siguiendo
|
|
|
Su conductor celeste. Aquí se
crean
|
|
|
Los
diversos espíritus que animan
|
|
|
Nuestros
mortales cuerpos, y que pueblan
|
|
|
Del universo mundo las regiones.
|
|
|
De
la muerte a los cortes, por fin, sueltas
|
|
|
De su prisión grosera nuestras
almas,
|
|
|
Engolfadas aquí por siempre
quedan.
|
|
|
Inexorable
Juez e incorruptible,
|
|
|
Aquí trae a sus pies, aquí
congrega
|
|
|
Los espíritus todos inmortales,
|
|
|
Que su divino soplo a bien
tuviera
|
|
|
A su imagen crear. El Ser es
este,
|
|
|
Que infinito se ignora y se
confiesa,
|
|
|
Y a
quien bajo de nombres los más varios,
|
|
|
Sirve toda nación y reverencia.
|
|
|
Él desde el alto Empíreo escucha
atento
|
|
|
Nuestros
humildes votos y querellas.
|
|
|
Él
de nuestros errores disimula,
|
|
|
Y con lástima el cúmulo
contempla,
|
|
|
No
menos que la idea y los retratos,
|
|
|
Llenos
de insensatez y de indecencia,
|
|
|
Que
del hombre curioso, en sus delirios,
|
|
|
La mísera ignorancia y la
soberbia,
|
|
|
De su sabiduría incomprensible
|
|
|
Con sobrada piedad audaz
inventa.
|
|
|
La
Muerte, cerca dél, pensión del hombre,
|
|
|
Y del Tiempo fugaz hija funesta,
|
|
|
De
la mansión efímera y penible
|
|
|
Del Universo entero, a sus pies
lleva
|
|
|
Los habitantes todos, no
exceptando
|
|
|
Clase, edad, ni nación. Él allí
mezcla
|
|
|
A un tiempo con los Bonzos los
Bracmanes,
|
|
|
Discípulos profanos del sistema
|
|
|
Del filósofo chino el gran
Confucio.
|
|
|
Con ellos también trae a su
presencia,
|
|
|
Los fieles misteriosos sucesores
|
|
|
De
los antiguos sabios de la Persia,
|
|
|
Que
aún en secreto adictos a Zoroastro,
|
|
|
Con ciega obstinación siguen su
escuela.
|
|
|
Pálidos
moradores de las frías
|
|
|
Regiones, do los témpanos
congelan
|
|
|
Y
esos piélagos sitian hiperbóreos,
|
|
|
Y
los que allá, de América en florestas,
|
|
|
Son
errantes y míseros esclavos
|
|
|
Del invencible error. A la
derecha
|
|
|
Busca en balde de Dios, con
vista vaga,
|
|
|
Atónito el Dervís a su profeta:
|
|
|
Y con ojos no menos penitentes
|
|
|
Que sombríos, en vano allí se
precia
|
|
|
De
sus votos el Bonzo y sus tormentos.
|
|
|
Al instante ilustrados, allí esperan
|
|
|
En
silencio estos muertos y temblando,
|
|
|
De su eterno destino la sentencia;
|
|
|
Y Dios, que a un mismo tiempo lo
ve todo,
|
|
|
Lo escucha y lo conoce, o los
condena,
|
|
|
O los absuelve de una sola
ojeada.
|
|
|
No se dirige Enrique, no se
acerca
|
|
|
Hasta el lugar aquel, trono
invisible,
|
|
|
De
donde a cada instante parten rectas
|
|
|
Del tremebundo Juicio de Dios
propio,
|
|
|
Aquellas decisiones sempiternas,
|
|
|
Que
de mortales tantos preveer osa
|
|
|
El indiscreto orgullo y la
demencia.
|
|
|
«¿Cual será, Borbón diz, consigo
hablando,
|
|
|
Cual
de Dios la balanza justiciera
|
|
|
Sobre aquestos ilusos o ignorantes?
|
|
|
¿Castigarlos él, porque tuvieran
|
|
|
Distraídos sus ojos o cerrados
|
|
|
A aquella misma luz, que le
pluguiera
|
|
|
De
ellos tanto arredrar? ¡Qué! ¿Dios podría,
|
|
|
Cual un Señor injusto, sin fin
penas
|
|
|
Por la ley del cristiano
fulminarles,
|
|
|
De
que nunca han podido haber conciencia?
|
|
|
Pero no: Dios crionos. Él sin
duda,
|
|
|
Salvarnos quiere a todos. Él
enseña,
|
|
|
Él,
por todo nos habla, y él en todo
|
|
|
Humano corazón, sin diferencia,
|
|
|
De la naturaleza la ley graba;
|
|
|
Ley siempre pura y fiel, siempre
una mesma.
|
|
|
Por esta ley, sin duda, al
gentil juzga;
|
|
|
Y si un alma en su error abrigó
buena,
|
|
|
Cualquier gentil también
cristiano ha sido.»
|
|
|
En
tanto, que del Héroe así se arriesga
|
|
|
La confusa razón, sobre un
misterio
|
|
|
A
fijar sus miradas indiscretas;
|
|
|
Al pié se deja oír del mismo
trono
|
|
|
Una voz, a la cual, el Cielo
tiembla,
|
|
|
Y
del Orbe los ejes se estremecen.
|
|
|
Sus
terribles acentos se asemejan
|
|
|
A los del trueno aquel, que ha
retumbado
|
|
|
Sobre el monte Sinaí, cuando a
la tierra
|
|
|
Desde su cumbre un tiempo Dios
hablara.
|
|
|
Para
oírla las harpas mudas quedan
|
|
|
De su coro inmortal, y a
repetirla
|
|
|
En su curso los astros se dan
priesa.
|
|
|
«Guárdate temerario, de guiarte,
|
|
|
De tu sola razón por turbia
estrella.
|
|
|
Dios para amarle sólo te ha
criado,
|
|
|
Y no para que osado te
atrevieras
|
|
|
A querer comprender sus altos
juicios.
|
|
|
Invisible a tus ojos, con fe
ciega
|
|
|
Reine
en tu corazón. Él la injusticia
|
|
|
Confunde riguroso; y si dispensa
|
|
|
Al no advertido error de los
mortales,
|
|
|
Con paternal dulzura su
indulgencia,
|
|
|
También juzga y castiga el
voluntario.
|
|
|
Abre mortal los ojos, cuando
llegan
|
|
|
Los
rayos de su luz a iluminarte.»
|
|
|
En
este instante, Enrique, por la fuerza
|
|
|
De un recio torbellino
arrebatado,
|
|
|
De aquel inmenso espacio la
carrera
|
|
|
Veloz atravesando, a una morada
|
|
|
Transportado se vio la más
negra,
|
|
|
Más informe, selvaje, y
horrorosa,
|
|
|
Del caos primitivo especie
horrenda,
|
|
|
Impenetrable siempre, cual de
hierro,
|
|
|
A
los brillantes rayos y centellas
|
|
|
De
aquellos soles todos, que fulgentes,
|
|
|
Del Altísimo son obras maestras,
|
|
|
Y
como él bienhechoras. Sobre suelo,
|
|
|
Que espantoso los ángeles
detestan,
|
|
|
El germen no ha querido de la
vida
|
|
|
Derramar nunca Dios. La Muerte
fiera,
|
|
|
Ella sola, el Horror con el
Desorden
|
|
|
Y eterna Confusión, la residencia
|
|
|
De su lóbrego imperio allí
parecen
|
|
|
Haber establecido. ¡Qué
querellas!
|
|
|
¡Qué
de aullidos, O Dios, tan espantables!
|
|
|
¡Qué
torrentes de humo, y qué de hogueras!
|
|
|
«¿Qué
formidables monstruos, Borbón dice,
|
|
|
Vuelan
por estos climas? ¿Qué cavernas
|
|
|
Se
entreabren encendidas a mis plantas?»
|
|
|
«A tu vista: ¡hijo mío! están
las puertas
|
|
|
Del perdurable abismo, que la
mano
|
|
|
Excavó
de Dios propio justiciera,
|
|
|
Para eternal estancia del
Delito.
|
|
|
Ven, hijo mio; sígueme. Las
sendas,
|
|
|
Fáciles
por demás, anchas y llanas,
|
|
|
Están de esa mansión por siempre
abiertas.»
|
|
|
Y de súbito al pórtico caminan
|
|
|
Del horroroso Infierno, do se
encuentra 54
|
|
|
Verdinegra la Envidia, que al
obscuro,
|
|
|
Con torva vista de través ojea,
|
|
|
Y de su horrenda boca mil
venenos
|
|
|
Arroja
de laurel sobre diademas.
|
|
|
El resplandor del día, entre las
sombras,
|
|
|
Sus centellantes ojos atormenta.
|
|
|
Triste amante de muertos, a los
vivos
|
|
|
Con maléfico horror mira y
detesta.
|
|
|
Percibe el monstruo a Enrique, y
asustada,
|
|
|
Se
desvía y suspira. Cerca de ella,
|
|
|
El
Orgullo se admira y se complace.
|
|
|
Con mirar abatido, y faz
cubierta
|
|
|
De una amarilla tez,
desmadejada,
|
|
|
Allí
renquea enclenque la Flaqueza;
|
|
|
Tirana, que a los crímenes
cediendo,
|
|
|
Las virtudes destruye o
desalienta.
|
|
|
Altanera, feroz, y sanguinaria
|
|
|
La Ambición, deslumbrada, loca e
inquieta,
|
|
|
De
panteones, de tronos y de esclavos
|
|
|
Por do quiera rodeada, allá se
ostenta.
|
|
|
La blanda Hipocresía, con sus
ojos
|
|
|
De
dulzura colmados y terneza,
|
|
|
El Cielo muestra en ellos, y el
Infierno
|
|
|
De su pecho en el fondo oculto
lleva.
|
|
|
Su bárbara doctrina, sus
furores,
|
|
|
Sus
máximas impías y sangrientas
|
|
|
Por do quiera pregona el Celo
falso;
|
|
|
Y
el Interés, por fin, pasión funesta,
|
|
|
De
los crímenes todos fatal madre,
|
|
|
Por
entre aquellos monstruos serpentea.
|
|
|
Del mortal corrompido estos tiranos
|
|
|
Sin pudor y sin freno, a la
presencia
|
|
|
Sorpréndense
de Enrique y se confunden.
|
|
|
No le vieran jamás. Tan vil
ralea,
|
|
|
Jamás
de su alma noble, que nutrida
|
|
|
Fuera por la Virtud, cerca
estuviera.
|
|
|
¿Qué mortal, se decían, por un
justo
|
|
|
Del Cielo conducido, aquí se
llega
|
|
|
A insultarnos aún y perseguirnos
|
|
|
En esta inmensa noche, de horror
llena?
|
|
|
De
espíritus inmundos por en medio,
|
|
|
Avanzábase absorto a marcha
lenta
|
|
|
Bajo profundas bóvedas el Héroe.
|
|
|
Luis su paso guía. «Más... ¡que
observa
|
|
|
Mi vista, Cielo santo! ¡El
asesino
|
|
|
De
Valois! ¿Monstruo tal, tan atroz fiera,
|
|
|
Se presenta a mi vista, excelso
Padre?
|
|
|
Él empuñado aún, sangriento
lleva
|
|
|
El parricida acero, que en su
mano,
|
|
|
A poner, sedicioso, se atreviera
|
|
|
El
villano y anárquico consejo
|
|
|
De
aquellos Dez-y-seis ¡oh Providencia!
|
|
|
Mientras
que allá en París, de un clero indigno
|
|
|
La piedad más sacrílega y
cruenta,
|
|
|
De retratos del pérfido se
atreve
|
|
|
A afrentar sus altares; que allá
ciega
|
|
|
Le invoca ya la Liga, y que, al
fin, Roma
|
|
|
Le ensalza por su parte y loor
le presta,
|
|
|
Entre
horrores aquí, y entre tormentos,
|
|
|
El infierno, más justo, le
reprueba.»
|
|
|
«Hijo
mio, Luis dícele entonces,
|
|
|
Otras más justas leyes y severas,
|
|
|
En
el lugar, que miras, a los reyes
|
|
|
Persiguen
y magnates. Mira aquella
|
|
|
Multitud
de tiranos y opresores,
|
|
|
A
quienes allá en vida se les dieran
|
|
|
Adoraciones mil. Cuanto más
fieros
|
|
|
Y
potentes el mundo los sufriera,
|
|
|
Tanto más el Dios justo los
humilla,
|
|
|
Penando en este puesto la
insolencia
|
|
|
Ya
de sus propias obras, ya de cuantas
|
|
|
Dejaron sin vengar, o tal vez
fueran
|
|
|
Por
ellos permitidas. Ya la muerte
|
|
|
Riquezas
les ha robado pasajeras,
|
|
|
Los
placeres, el fausto, y del infame
|
|
|
Venal adulador las
complacencias,
|
|
|
Que
a sus ojos de orgullo fascinados,
|
|
|
La verdad ocultaban con
destreza.
|
|
|
Esta
verdad, Enrique, es la que ahora
|
|
|
Su suplicio aquí labra, la que
expuesta
|
|
|
A su vista está siempre, y que
sus vicios
|
|
|
Y
sus crímenes todos les recuerda.
|
|
|
Mira como a su voz esos
soberbios
|
|
|
Vanos conquistadores, mudos
tiemblan.
|
|
|
A los ojos del pueblo fueron
héroes;
|
|
|
A
los de Dios tiranos, plagas fieras,
|
|
|
Del Orbe entero azotes, que lo
afligen
|