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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto nono

Argumento



     

Descripción del templo del Amor. La Discordia implora su poder para afeminar el

 

   valor de Enrique IV. Este héroe es retenido algún tiempo cerca de Mma. De Estrée,

 

   tan célebre bajo el nombre de la bella Gabriela. Morné le arranca a su amor y el Rey

 

   vuelve a su ejército.



                              

Del país, que el antiguo llamó Idalia,

 

Sobre aquellos confines venturosos,

 

Señalados lugares, donde el Asia

 

Su principio, y la Europa su fin tienen,

 

Un vetusto palacio se levanta,

 

Que el tiempo respetó. Naturaleza,

 

Sus primordiales bases allí labra;

 

Y su rústica y simple arquitectura,

 

Ornando en pos del arte mano sabia,

 

Por atrevidos rasgos de su genio,

 

A la naturaleza se adelanta.

 

De su alegre distrito las campiñas,

 

Todas de verde mirto allí pobladas,

 

De sañudos inviernos los ultrajes

 

No sufrieron jamás. Especies varias

 

Nacen allí y maduran por do quiera,

 

De frutos de Pomona, entre mil galas

 

Y dones aromáticos de Flora.

 

Oficiosa la tierra, allí no aguarda,

 

Para ofrecer copiosas ricas mieses,

 

Ni del hombre los votos, ni ordinarias

 

Estaciones fructíferas del año.

 

En la paz más profunda, ledos hallan,

 

Gozan allí los hombres cuantos gustos

 

En la primera edad del mundo fausta,

 

De la naturaleza le ofreciera

 

La bienhechora mano. Eterna calma,

 

Días puros, serenos y apacibles,

 

La dulzura y placer, que la abundancia

 

Suele ofrecer risueña a los mortales,

 

Los bienes, en fin, todos, y las gracias

 

De la edad primitiva, de ellas sólo

 

La cándida inocencia exceptuada.

 

Otro estrépito allí jamás se escucha,

 

Que el de conciertos músicos, que encantan,

 

Y con dulce harmonía, languideces

 

Por las voces inspiran y palabras

 

De mil amantes, y mil tiernos tonos

 

Con que les corresponden sus amadas,

 

Y en que, a veces, celebran su vergüenza,

 

Y hacen de sus flaquezas, gloria vana.

 

Véseles cada día, con sus frentes

 

De floridas guirnaldas coronadas,

 

Implorar de sus dueños los favores;

 

Y en la maña y las artes poco cautas

 

De imponer y agradar, ir en su templo

 

A ensayarse a porfía y afanadas.

 

Del Amor, por la mano, a los altares,

 

Con faz siempre serena, la Esperanza

 

Plácida y lisonjera las conduce.

 

Del sacro templo aquel, siempre cercanas

 

Las Gracias, al desdén, medio desnudas,

 

A su melosa voz, ingenuas danzas

 

Con donaire entrelazan y conciertan.

 

Allí el muelle Deleite, en quietud blanda,

 

Sobre un lecho de céspedes tendido,

 

Sus canciones escucha, y se solaza.

 

Oficiosas le asisten a sus lados,

 

La dócil Complacencia, la Confianza,

 

Los amantes Cuidados, los Placeres,

 

Los Suspiros, en fin, y tiernas Ansias,

 

Aún de más dulce llama y seductora

 

Que los placeres mismos. Tal la entrada

 

Es del célebre templo, y tan amable;

 

Más cuando del mortal liviana planta,

 

Bajo la sacra bóveda, hasta el fondo

 

Del santuario mismo, audaz avanza,

 

¡Qué espectáculo, entonces, tan funesto,

 

Los ojos de sorpresa en él espanta!

 

De Placeres, allí, ya no aparece

 

Aquella tropa, un tiempo, tierna y cara,

 

Ni sus suaves conciertos amorosos,

 

Los oídos patéticos halagan.

 

Las Querellas, tan solo, y el Fastidio,

 

El Temor e Imprudencia temeraria,

 

En un lugar transforman de horror lleno,

 

Tan hermosa mansión y afortunada.

 

De tez pálida y lívida, sombríos,

 

Con pie trémulo, allí, los Celos andan,

 

Tras la inquieta Sospecha, que los guía.

 

La Cólera y el Odio, ante ella marchan

 

Vomitando venenos y blandiendo

 

Un matador puñal. De vista zaina

 

La Malicia, los ve, y al paso aplaude,

 

Con maligna sonrisa y afectada,

 

La comparsa frenética y odiosa.

 

De su error, cerca de ella, y de su rabia,

 

El Arrepentimiento, aunque harto tarde,

 

Los bárbaros furores detestaba,

 

Y aquel horrible séquito cerrando,

 

Confundido suspira, y mustio baja

 

Bañados en mil lágrimas los ojos.

 

     Aquí en medio de corte tan infausta,

 

Siempre ingrata e infelice compañera

 

Del humano gozar, su eterna estancia

 

El Amor escogiera. De este niño,

 

Tan tierno como cruel, la mano flaca,

 

Los destinos pendientes de la tierra

 

Lleva siempre a placer. Guerra o paz manda

 

Con sólo un simple gesto, y derramando

 

Por todo lo criado, en abundancia

 

Su dulzura falaz, anima el mundo,

 

Y en todo corazón albergue alcanza.

 

Sobre un fúlgido trono, sus conquistas

 

Contemplando, a sus pies fiero arrojaba

 

Las más soberbias testas, y engreído

 

Más bien de las crueldades de su llama,

 

Que de sus beneficios, daba señas

 

De holgarse de los males que causaba.

 

     Guiada por la rabia, la Discordia,

 

Los placeres de allí desvía airada.

 

Ábrese un libre paso, y agitando

 

Las encendidas hachas que empuñaba,

 

Con ojos brasas hechos, y con frente

 

Iracunda y teñida en sangre humana,

 

«¡Hermano mío! dice ¿Qué se hicieron

 

Las terribles saetas de tu aljaba?

 

¿Para quién esas flechas invencibles

 

Conservaras, Amor, así guardadas?

 

Si de tu fiel hermana la Discordia

 

Las teas encendiendo, a crudas sañas

 

De tus locos furores, siempre ansiaste

 

La ponzoña mezclar de sus entrañas;

 

Si a la madre común Naturaleza,

 

Con horrible trastorno perturbada

 

Dejé en obsequio tuyo, tantas veces,

 

Ven: y sobre mis huellas, la venganza

 

Vuela al punto a tomar de mis injurias.

 

De un victorioso Rey la fuerte planta,

 

Mis serpientes aprensa. Su audaz mano,

 

De la guerra al laurel, terrible enlaza

 

De la paz la agradable y mansa oliva.

 

La Clemencia, que asidua le acompaña,

 

Con un tranquilo paso, generosa,

 

De su guerrero impulso el ardor calma,

 

Y en el túrbido seno y desgarrado

 

De la guerra civil, por mí excitada,

 

Ya bajo sus banderas victoriosas,

 

Flotando por do quier, todas las almas

 

Por mí sola discordes, va a reunirse.

 

Una victoria más, en polvo, a nada

 

Reducido será mi altivo trono.

 

Del rebelde París a las murallas

 

El rayo lleva Enrique, y a batirle,

 

Vencerle y perdonarle se adelanta.

 

Con cien grillos de bronce aprisionarme

 

Su brazo premedita. A ti, la hazaña

 

Toca ya de enfrenar ese torrente

 

En su curso feroz. Sus, parte, marcha

 

La fuente a emponzoñar de tan sublimes

 

Y valerosos hechos. Ya postrada,

 

Bajo tu yugo ¡Amor! su gloria gima.

 

Haz que a tu tierno halago y dulce magia,

 

De la misma virtud quede en el seno,

 

De su esfuerzo rendida la constancia.

 

Tú has sido ¡Amor! tú has sido, acordaraste,

 

Cuya mano fatal urdió la trama

 

De hacer caer de un Hércules las fuerzas,

 

A los pies arrastrándolas de Omphala.

 

¿Y no se viera a Antonio entre tus hierros

 

Cautivo y quebrantado, abandonada

 

La pretensión por ti del Orbe entero,

 

Delante huir de Augusto con infamia,

 

Y tras tus huellas solo, de Neptuno

 

A la región librándose salada,

 

Del universo mundo al alto imperio,

 

Anteponer gustoso a su Cleopatra?

 

Vencer te resta a Enrique, además de tantos

 

Orgullosos guerreros de alta fama.

 

En sus soberbias manos, ve de un vuelo

 

A marchitar laureles, que las cargan.

 

De mirto y de arrayan, su sien altiva

 

Parte al punto a dejar tan solo ornada.

 

Entre el mimo y arrullo de tus brazos,

 

Adormece su bélica arrogancia.

 

A mi trono en peligro y vacilante,

 

Corre a servir de apoyo. Ven: mi causa

 

Es la tuya, y también tu reino el mío.»

 

     Así dijo aquel monstruo: y retembladas

 

Las bóvedas del templo, repetían

 

Los ecos de su voz, que espanto daban.

 

Amor, que allí entre flores recostado,

 

A su sabor la plática escuchara,

 

Al tono respondió de sus furores,

 

Con sola una sonrisa fiera y grata:

 

De sus doradas flechas se arma, en tanto,

 

Y del Cielo la bóveda azulada,

 

En un punto, cual rayo, veloz hiende.

 

De Placeres, de Juegos, y de Gracias

 

Guiado por los aires, y traído

 

De los céfiros blandos en las alas,

 

A los franceses campos raudo vuela.

 

     Del mezquino Simois presto las aguas

 

En su carrera avista, con los campos

 

Donde un tiempo fue Troya. En estas playas,

 

Tan célebres un día, el rapaz fiero

 

Ríese al contemplar de torres altas,

 

De suntuosos palacios las cenizas,

 

A que las redujeron torpes llamas

 

De su adúltera tea. Allá a lo lejos,

 

Fábricas ve soberbias, ve murallas,

 

Que sobre un golfo erguidas, parecía,

 

Que entre sus ondas móviles bogaban.

 

Venecia es la que ve, del mundo asombro,

 

Cuyo destino al ver Neptuno pasma,

 

Y que a las vagas ondas encerrando

 

Con su seno esposadas, fiera manda.

 

     Desciende a descansar, y alto Amor hace,

 

De la fértil Sicilia en las aisladas

 

Fructíferas campiñas, donde un tiempo

 

A Virgilio y Teócrito inspiraba;

 

Y do también se cuenta, que allá un día,

 

De su poder la fuerza arrebatara

 

Del amoroso Alfeo los raudales

 

Por ocultos caminos. Se levanta:

 

Y las orillas plácidas dejando

 

Del amable Aretusa, veloz pasa

 

En campos de Provenza hacia Voclusa,

 

Más dulce asilo aún y suave estancia,

 

Donde en sus bellos días, sus amores

 

Suspirara, y sus versos el Petrarca.

 

Las paredes de Anet ve remontarse

 

Del Euro a las riberas, cuya magna

 

Elegante estructura trazó él mismo

 

Y do por diestras manos aún grabadas,

 

Visibles hasta el día se conservan,

 

Las amorosas cifras de Diana. 87

 

Las Gracias, al pasar, y los Placeres,

 

Sobre su tumba, flores, que brotaran

 

Bajo sus lindas huellas, derramaron.

 

     Termina ya el Amor su veloz marcha,

 

Y a Ivri llega por fin; do a partir pronto

 

Para empresas mayores el monarca,

 

Aún en medio del ocio, activo y bravo,

 

Útil y dulcemente conciliaba

 

La laboriosa imagen de la guerra,

 

Con los regios solaces de la caza,

 

Y en tan marcial recreo, algún instante

 

Su trueno reposar en paz dejaba.

 

Mil jóvenes guerreros, a su lado,

 

Y al través de los campos, acosaban

 

Diestramente los huéspedes del bosque.

 

Una alegría bárbara e inhumana

 

Siente a su vista Amor: aguza flechas;

 

Sus cadenas apresta; lazos arma;

 

Y los aires agita y alborota,

 

Que a proposito él mismo serenara.

 

Habla: y súbitamente vense armados

 

Los elementos todos. De la plaga

 

Más remota del mundo, hasta la opuesta,

 

La tempestad llamando, su voz manda

 

Que congreguen los vientos mil nublados;

 

Que desprendan al pronto, de las aguas

 

Los torrentes suspensos en el aire;

 

Y que sobre aquel suelo al punto traigan

 

Con la noche relámpagos y rayos.

 

     A sus órdenes fieles e irritadas

 

Del Aquilón las furias, en los cielos

 

Despliegan anublados, fieras alas.

 

La más horrible noche, a un día hermoso

 

Suceder se ve ya. Gime, se espanta,

 

Y la Naturaleza a Amor conoce.

 

     De aquella vasta y húmeda campaña

 

Por entre cenagosos y hondos surcos,

 

Un pie incierto, Borbón, encaminaba

 

Sin guía y sin escolta. Amor, entonces,

 

De su antorcha excitando la cruel llama,

 

Hace delante dél ir alumbrando

 

Este nuevo prodigio. En la intrincada

 

Umbría de las selvas, de los suyos

 

Abandonado el Rey, tras la luz marcha

 

De aquel astro enemigo, que entre sombras

 

Brillando de la noche, le guiadaba.

 

Cual se vieran, a veces, los viajeros

 

Ir, errantes, siguiendo en sus jornadas

 

Varios ardientes fuegos, que la tierra

 

De sus senos recónditos exhala,

 

Pasajeros vapores, cuyas luces

 

Maléficas los llevan, deslumbrada

 

La vista, al precipicio, hasta el momento,

 

En que ellas le iluminan, y él los traga.

 

     Hacía poco tiempo, que fortuna,

 

De una ilustre mortal la bella planta

 

A estos lúgubres climas condujera.

 

De una tranquila quinta solitaria

 

En el fondo apacible, allá bien lejos

 

Del horroroso estruendo de las armas,

 

Esperaba la joven a su padre,

 

Que a sus príncipes fiel, y honrosas canas

 

De la guerra adquiriendo entre los riesgos,

 

Nunca del Gran Enrique abandonara

 

Los gloriosos y regios estandartes.

 

Era de Estrée su nombre. Mano franca 88

 

De la naturaleza, sin medida,

 

De sus amables dones la colmara.

 

No con tanto esplendor, a las riberas

 

Del Eurotas, un día, rutilaba

 

La criminal belleza, que a su esposo

 

Menelao, la fe, torpe violara.

 

Menos por cierto hermosa e interesante,

 

Ostentar viera Tarsis en sus playas,

 

La suprema beldad, que del Romano

 

Al formidable dueño esclavizara,

 

Cuando mortales razas de habitantes,

 

Que allá a orillas del Cidano moraban,

 

Por la Diosa acatándola de Chipre,

 

En su culto incensarios manejaran.

 

Ella en la edad rayaba... ¡Edad terrible!

 

Que hace de las pasiones más tiranas

 

Inevitable y grato el dulce yugo.

 

Su corazón naciera, y se formaba

 

Para el amor más fino: pero votos,

 

Aún, fiero y generoso, no aceptara

 

De algún ansioso amante; parecida

 

A la mimosa rosa, en la mañana

 

De su fresca apacible primavera,

 

Que su natal belleza al nacer guarda,

 

Y en sus primeros días, recatando

 

De los vientos de amor a las oleadas,

 

Los preciosos tesoros de su seno,

 

Ábrelos a su tiempo, y los regala

 

Sólo a los rayos dulces y suaves,

 

De un día de serena y pura calma.

 

     Entre tanto, el Amor, que a sorprenderla,

 

Bajo un supuesto nombre se aprestara,

 

Cerca de ella de súbito aparece

 

Sin su antorcha, sus flechas, y su aljaba.

 

La voz de un simple niño y la figura

 

Toma, y esto le cuenta. «En las cercanas

 

Riberas dejó verse ese famoso

 

Vencedor de Mayenne, que se avanza

 

Hacia aquestos lugares;» y al decirlo,

 

Allá en su corazón un ansia extraña,

 

Un deseo ignorado introducía

 

De agradar a aquel héroe, y animada

 

Viose de nuevas gracias su tez bella.

 

Aplaudíase Amor, al contemplarla

 

Hermosa tanto entonces, y ayudado

 

Del tropel de atractivos, que la agracian,

 

¿Qué no debió esperar? él, de Estrée, lleva

 

Al encuentro del Rey, la linda planta.

 

El arte, con que él mismo, simplemente

 

Su traje y sus adornos preparara,

 

A seducidos ojos parecían