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Del país, que el antiguo llamó
Idalia,
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Sobre aquellos confines
venturosos,
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Señalados lugares, donde el Asia
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Su principio, y la Europa su fin
tienen,
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Un vetusto palacio se levanta,
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Que el tiempo respetó. Naturaleza,
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Sus
primordiales bases allí labra;
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Y
su rústica y simple arquitectura,
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Ornando en pos del arte mano
sabia,
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Por
atrevidos rasgos de su genio,
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A la naturaleza se adelanta.
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De su alegre distrito las
campiñas,
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Todas de verde mirto allí pobladas,
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De
sañudos inviernos los ultrajes
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No sufrieron jamás. Especies varias
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Nacen allí y maduran por do
quiera,
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De
frutos de Pomona, entre mil galas
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Y
dones aromáticos de Flora.
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Oficiosa la tierra, allí no
aguarda,
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Para ofrecer copiosas ricas
mieses,
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Ni del hombre los votos, ni
ordinarias
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Estaciones fructíferas del año.
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En la paz más profunda, ledos
hallan,
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Gozan allí los hombres cuantos
gustos
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En la primera edad del mundo
fausta,
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De la naturaleza le ofreciera
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La bienhechora mano. Eterna
calma,
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Días
puros, serenos y apacibles,
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La
dulzura y placer, que la abundancia
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Suele ofrecer risueña a los
mortales,
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Los
bienes, en fin, todos, y las gracias
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De
la edad primitiva, de ellas sólo
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La cándida inocencia exceptuada.
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Otro estrépito allí jamás se
escucha,
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Que
el de conciertos músicos, que encantan,
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Y
con dulce harmonía, languideces
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Por
las voces inspiran y palabras
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De
mil amantes, y mil tiernos tonos
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Con
que les corresponden sus amadas,
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Y
en que, a veces, celebran su vergüenza,
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Y
hacen de sus flaquezas, gloria vana.
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Véseles
cada día, con sus frentes
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De floridas guirnaldas
coronadas,
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Implorar
de sus dueños los favores;
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Y
en la maña y las artes poco cautas
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De
imponer y agradar, ir en su templo
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A ensayarse a porfía y afanadas.
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Del Amor, por la mano, a los
altares,
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Con faz siempre serena, la
Esperanza
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Plácida
y lisonjera las conduce.
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Del sacro templo aquel, siempre
cercanas
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Las Gracias, al desdén, medio
desnudas,
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A su melosa voz, ingenuas danzas
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Con
donaire entrelazan y conciertan.
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Allí el muelle Deleite, en
quietud blanda,
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Sobre
un lecho de céspedes tendido,
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Sus
canciones escucha, y se solaza.
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Oficiosas le asisten a sus
lados,
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La dócil Complacencia, la
Confianza,
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Los
amantes Cuidados, los Placeres,
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Los
Suspiros, en fin, y tiernas Ansias,
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Aún
de más dulce llama y seductora
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Que
los placeres mismos. Tal la entrada
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Es
del célebre templo, y tan amable;
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Más cuando del mortal liviana
planta,
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Bajo la sacra bóveda, hasta el fondo
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Del santuario mismo, audaz
avanza,
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¡Qué
espectáculo, entonces, tan funesto,
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Los
ojos de sorpresa en él espanta!
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De Placeres, allí, ya no aparece
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Aquella tropa, un tiempo, tierna
y cara,
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Ni
sus suaves conciertos amorosos,
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Los oídos patéticos halagan.
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Las Querellas, tan solo, y el
Fastidio,
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El Temor e Imprudencia
temeraria,
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En
un lugar transforman de horror lleno,
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Tan hermosa mansión y
afortunada.
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De
tez pálida y lívida, sombríos,
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Con pie trémulo, allí, los Celos
andan,
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Tras la inquieta Sospecha, que
los guía.
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La Cólera y el Odio, ante ella
marchan
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Vomitando venenos y blandiendo
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Un matador puñal. De vista zaina
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La Malicia, los ve, y al paso
aplaude,
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Con maligna sonrisa y afectada,
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La comparsa frenética y odiosa.
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De su error, cerca de ella, y de
su rabia,
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El Arrepentimiento, aunque harto
tarde,
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Los bárbaros furores detestaba,
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Y
aquel horrible séquito cerrando,
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Confundido suspira, y mustio
baja
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Bañados
en mil lágrimas los ojos.
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Aquí en medio de corte tan infausta,
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Siempre ingrata e infelice
compañera
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Del humano gozar, su eterna
estancia
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El Amor escogiera. De este niño,
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Tan tierno como cruel, la mano
flaca,
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Los
destinos pendientes de la tierra
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Lleva siempre a placer. Guerra o
paz manda
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Con sólo un simple gesto, y
derramando
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Por todo lo criado, en
abundancia
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|
Su dulzura falaz, anima el
mundo,
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Y en todo corazón albergue
alcanza.
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Sobre un fúlgido trono, sus
conquistas
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Contemplando, a sus pies fiero
arrojaba
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Las
más soberbias testas, y engreído
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Más
bien de las crueldades de su llama,
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Que
de sus beneficios, daba señas
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De
holgarse de los males que causaba.
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Guiada por la rabia, la Discordia,
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Los
placeres de allí desvía airada.
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Ábrese
un libre paso, y agitando
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Las
encendidas hachas que empuñaba,
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|
Con ojos brasas hechos, y con
frente
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Iracunda
y teñida en sangre humana,
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|
«¡Hermano mío! dice ¿Qué se
hicieron
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Las
terribles saetas de tu aljaba?
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¿Para
quién esas flechas invencibles
|
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Conservaras, Amor, así
guardadas?
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Si de tu fiel hermana la
Discordia
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Las teas encendiendo, a crudas
sañas
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De
tus locos furores, siempre ansiaste
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La
ponzoña mezclar de sus entrañas;
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Si a la madre común Naturaleza,
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|
Con horrible trastorno
perturbada
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Dejé
en obsequio tuyo, tantas veces,
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Ven:
y sobre mis huellas, la venganza
|
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Vuela
al punto a tomar de mis injurias.
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De un victorioso Rey la fuerte
planta,
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Mis serpientes aprensa. Su audaz
mano,
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|
De la guerra al laurel, terrible
enlaza
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|
De
la paz la agradable y mansa oliva.
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|
La Clemencia, que asidua le
acompaña,
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|
|
Con un tranquilo paso, generosa,
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|
De su guerrero impulso el ardor
calma,
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Y
en el túrbido seno y desgarrado
|
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De
la guerra civil, por mí excitada,
|
|
|
Ya
bajo sus banderas victoriosas,
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|
Flotando por do quier, todas las almas
|
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|
Por mí sola discordes, va a
reunirse.
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|
Una victoria más, en polvo, a
nada
|
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|
Reducido será mi altivo trono.
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|
Del rebelde París a las murallas
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El rayo lleva Enrique, y a
batirle,
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|
Vencerle y perdonarle se
adelanta.
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|
Con
cien grillos de bronce aprisionarme
|
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|
Su brazo premedita. A ti, la
hazaña
|
|
|
Toca ya de enfrenar ese torrente
|
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|
En su curso feroz. Sus, parte,
marcha
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|
La
fuente a emponzoñar de tan sublimes
|
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|
Y valerosos hechos. Ya postrada,
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|
Bajo tu yugo ¡Amor! su gloria
gima.
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|
Haz
que a tu tierno halago y dulce magia,
|
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|
De
la misma virtud quede en el seno,
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|
De su esfuerzo rendida la
constancia.
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Tú has sido ¡Amor! tú has sido, acordaraste,
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Cuya mano fatal urdió la trama
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De
hacer caer de un Hércules las fuerzas,
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A
los pies arrastrándolas de Omphala.
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|
¿Y no se viera a Antonio entre
tus hierros
|
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|
Cautivo y quebrantado,
abandonada
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La pretensión por ti del Orbe
entero,
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|
Delante huir de Augusto con
infamia,
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|
Y
tras tus huellas solo, de Neptuno
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|
A la región librándose salada,
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Del universo mundo al alto
imperio,
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|
Anteponer gustoso a su
Cleopatra?
|
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|
Vencer
te resta a Enrique, además de tantos
|
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|
Orgullosos guerreros de alta
fama.
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En
sus soberbias manos, ve de un vuelo
|
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|
A
marchitar laureles, que las cargan.
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|
|
De
mirto y de arrayan, su sien altiva
|
|
|
Parte al punto a dejar tan solo
ornada.
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|
|
Entre
el mimo y arrullo de tus brazos,
|
|
|
Adormece su bélica arrogancia.
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|
A mi trono en peligro y
vacilante,
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|
|
Corre
a servir de apoyo. Ven: mi causa
|
|
|
Es
la tuya, y también tu reino el mío.»
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Así
dijo aquel monstruo: y retembladas
|
|
|
Las bóvedas del templo, repetían
|
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Los
ecos de su voz, que espanto daban.
|
|
|
Amor,
que allí entre flores recostado,
|
|
|
A su sabor la plática escuchara,
|
|
|
Al tono respondió de sus
furores,
|
|
|
Con sola una sonrisa fiera y
grata:
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De
sus doradas flechas se arma, en tanto,
|
|
|
Y del Cielo la bóveda azulada,
|
|
|
En un punto, cual rayo, veloz
hiende.
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|
|
De
Placeres, de Juegos, y de Gracias
|
|
|
Guiado
por los aires, y traído
|
|
|
De
los céfiros blandos en las alas,
|
|
|
A
los franceses campos raudo vuela.
|
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|
Del mezquino Simois presto las aguas
|
|
|
En su carrera avista, con los
campos
|
|
|
Donde
un tiempo fue Troya. En estas playas,
|
|
|
Tan célebres un día, el rapaz
fiero
|
|
|
Ríese al contemplar de torres
altas,
|
|
|
De
suntuosos palacios las cenizas,
|
|
|
A
que las redujeron torpes llamas
|
|
|
De su adúltera tea. Allá a lo
lejos,
|
|
|
Fábricas
ve soberbias, ve murallas,
|
|
|
Que sobre un golfo erguidas,
parecía,
|
|
|
Que
entre sus ondas móviles bogaban.
|
|
|
Venecia es la que ve, del mundo
asombro,
|
|
|
Cuyo destino al ver Neptuno
pasma,
|
|
|
Y
que a las vagas ondas encerrando
|
|
|
Con su seno esposadas, fiera
manda.
|
|
|
Desciende
a descansar, y alto Amor hace,
|
|
|
De
la fértil Sicilia en las aisladas
|
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|
Fructíferas
campiñas, donde un tiempo
|
|
|
A Virgilio y Teócrito inspiraba;
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Y do también se cuenta, que allá
un día,
|
|
|
De su poder la fuerza arrebatara
|
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|
Del amoroso Alfeo los raudales
|
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Por ocultos caminos. Se levanta:
|
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|
Y
las orillas plácidas dejando
|
|
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Del amable Aretusa, veloz pasa
|
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En campos de Provenza hacia
Voclusa,
|
|
|
Más
dulce asilo aún y suave estancia,
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Donde
en sus bellos días, sus amores
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|
Suspirara,
y sus versos el Petrarca.
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|
|
Las
paredes de Anet ve remontarse
|
|
|
Del Euro a las riberas, cuya
magna
|
|
|
Elegante estructura trazó él
mismo
|
|
|
Y
do por diestras manos aún grabadas,
|
|
|
Visibles hasta el día se
conservan,
|
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|
Las
amorosas cifras de Diana. 87
|
|
|
Las
Gracias, al pasar, y los Placeres,
|
|
|
Sobre
su tumba, flores, que brotaran
|
|
|
Bajo
sus lindas huellas, derramaron.
|
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|
Termina ya el Amor su veloz marcha,
|
|
|
Y a Ivri llega por fin; do a
partir pronto
|
|
|
Para empresas mayores el
monarca,
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|
Aún en medio del ocio, activo y
bravo,
|
|
|
Útil y dulcemente conciliaba
|
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|
La laboriosa imagen de la
guerra,
|
|
|
Con
los regios solaces de la caza,
|
|
|
Y
en tan marcial recreo, algún instante
|
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|
Su trueno reposar en paz dejaba.
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|
Mil jóvenes guerreros, a su
lado,
|
|
|
Y
al través de los campos, acosaban
|
|
|
Diestramente los huéspedes del
bosque.
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Una alegría bárbara e inhumana
|
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Siente a su vista Amor: aguza
flechas;
|
|
|
Sus cadenas apresta; lazos arma;
|
|
|
Y
los aires agita y alborota,
|
|
|
Que a proposito él mismo
serenara.
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|
Habla: y súbitamente vense
armados
|
|
|
Los
elementos todos. De la plaga
|
|
|
Más remota del mundo, hasta la
opuesta,
|
|
|
La tempestad llamando, su voz
manda
|
|
|
Que congreguen los vientos mil
nublados;
|
|
|
Que desprendan al pronto, de las
aguas
|
|
|
Los
torrentes suspensos en el aire;
|
|
|
Y que sobre aquel suelo al punto
traigan
|
|
|
Con la noche relámpagos y rayos.
|
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|
A
sus órdenes fieles e irritadas
|
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|
Del
Aquilón las furias, en los cielos
|
|
|
Despliegan anublados, fieras
alas.
|
|
|
La más horrible noche, a un día
hermoso
|
|
|
Suceder se ve ya. Gime, se
espanta,
|
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|
Y la Naturaleza a Amor conoce.
|
|
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De
aquella vasta y húmeda campaña
|
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|
Por
entre cenagosos y hondos surcos,
|
|
|
Un pie incierto, Borbón,
encaminaba
|
|
|
Sin guía y sin escolta. Amor,
entonces,
|
|
|
De su antorcha excitando la
cruel llama,
|
|
|
Hace delante dél ir alumbrando
|
|
|
Este nuevo prodigio. En la
intrincada
|
|
|
Umbría
de las selvas, de los suyos
|
|
|
Abandonado el Rey, tras la luz
marcha
|
|
|
De
aquel astro enemigo, que entre sombras
|
|
|
Brillando de la noche, le
guiadaba.
|
|
|
Cual se vieran, a veces, los
viajeros
|
|
|
Ir,
errantes, siguiendo en sus jornadas
|
|
|
Varios
ardientes fuegos, que la tierra
|
|
|
De
sus senos recónditos exhala,
|
|
|
Pasajeros vapores, cuyas luces
|
|
|
Maléficas los llevan,
deslumbrada
|
|
|
La vista, al precipicio, hasta
el momento,
|
|
|
En
que ellas le iluminan, y él los traga.
|
|
|
Hacía poco tiempo, que fortuna,
|
|
|
De una ilustre mortal la bella
planta
|
|
|
A estos lúgubres climas
condujera.
|
|
|
De una tranquila quinta
solitaria
|
|
|
En
el fondo apacible, allá bien lejos
|
|
|
Del horroroso estruendo de las
armas,
|
|
|
Esperaba la joven a su padre,
|
|
|
Que
a sus príncipes fiel, y honrosas canas
|
|
|
De la guerra adquiriendo entre
los riesgos,
|
|
|
Nunca del Gran Enrique
abandonara
|
|
|
Los
gloriosos y regios estandartes.
|
|
|
Era
de Estrée su nombre. Mano franca 88
|
|
|
De la naturaleza, sin medida,
|
|
|
De
sus amables dones la colmara.
|
|
|
No con tanto esplendor, a las
riberas
|
|
|
Del Eurotas, un día, rutilaba
|
|
|
La criminal belleza, que a su
esposo
|
|
|
Menelao, la fe, torpe violara.
|
|
|
Menos por cierto hermosa e
interesante,
|
|
|
Ostentar
viera Tarsis en sus playas,
|
|
|
La suprema beldad, que del
Romano
|
|
|
Al formidable dueño esclavizara,
|
|
|
Cuando
mortales razas de habitantes,
|
|
|
Que allá a orillas del Cidano
moraban,
|
|
|
Por la Diosa acatándola de
Chipre,
|
|
|
En su culto incensarios
manejaran.
|
|
|
Ella
en la edad rayaba... ¡Edad terrible!
|
|
|
Que
hace de las pasiones más tiranas
|
|
|
Inevitable y grato el dulce
yugo.
|
|
|
Su corazón naciera, y se formaba
|
|
|
Para el amor más fino: pero
votos,
|
|
|
Aún, fiero y generoso, no
aceptara
|
|
|
De algún ansioso amante;
parecida
|
|
|
A la mimosa rosa, en la mañana
|
|
|
De su fresca apacible primavera,
|
|
|
Que su natal belleza al nacer
guarda,
|
|
|
Y
en sus primeros días, recatando
|
|
|
De
los vientos de amor a las oleadas,
|
|
|
Los preciosos tesoros de su
seno,
|
|
|
Ábrelos a su tiempo, y los
regala
|
|
|
Sólo
a los rayos dulces y suaves,
|
|
|
De
un día de serena y pura calma.
|
|
|
Entre tanto, el Amor, que a sorprenderla,
|
|
|
Bajo un supuesto nombre se
aprestara,
|
|
|
Cerca de ella de súbito aparece
|
|
|
Sin
su antorcha, sus flechas, y su aljaba.
|
|
|
La
voz de un simple niño y la figura
|
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|
Toma, y esto le cuenta. «En las
cercanas
|
|
|
Riberas dejó verse ese famoso
|
|
|
Vencedor
de Mayenne, que se avanza
|
|
|
Hacia aquestos lugares;» y al
decirlo,
|
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|
Allá en su corazón un ansia
extraña,
|
|
|
Un deseo ignorado introducía
|
|
|
De
agradar a aquel héroe, y animada
|
|
|
Viose
de nuevas gracias su tez bella.
|
|
|
Aplaudíase Amor, al contemplarla
|
|
|
Hermosa tanto entonces, y
ayudado
|
|
|
Del
tropel de atractivos, que la agracian,
|
|
|
¿Qué no debió esperar? él, de
Estrée, lleva
|
|
|
Al encuentro del Rey, la linda
planta.
|
|
|
El arte, con que él mismo,
simplemente
|
|
|
Su
traje y sus adornos preparara,
|
|
|
A seducidos ojos parecían
|
|
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