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Tan peligrosas horas prodigadas
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En la
afeminación y la pereza,
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Su flaca situación a los vencidos
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Hicieran
olvidar. Ya el de Mayena,
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Preparádose había, a punto estaba
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De otra lid arrostrar, otras empresas,
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Y de esperanzas
nuevas embriagado,
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Era el pueblo infeliz víctima de ellas.
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Más nada al impaciente Enrique embarga,
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Que a poner alta cima se acelera
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De su infiel capital a la conquista.
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Y París espantado, con sorpresa,
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Del campo de Borbón, que se acercaba,
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Flotantes a ver vuelve las banderas.
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Al pie de sus murallas nuevamente,
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El héroe formidable se presenta;
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Murallas,
do su rayo aún humo exhala,
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Murallas, que
en cenizas no pudieran
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Resolverse a dejar, en aquel día,
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En que de la
feliz nación Francesa
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El Ángel tutelar, aparecido,
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Su indignación calmando, suspendiera
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De su triunfante brazo los rigores.
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Todo el campo, del Rey a la presencia,
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De gritos de
alegría puebla el viento.
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Y hacia París mirando, cual su presa,
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Ya con ávidos ojos le devora.
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Los de la Liga,
en tanto, que consterna
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El más justo terror, en torno todos
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Del prudente Mayenne a unirse vuelan,
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Allí el audaz Aumale la palabra
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El primero tomando, con fiereza
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De todo acuerdo tímido enemiga,
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Del general Consejo a la Asamblea,
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Este lenguaje impávido dirige.
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«Hasta el día, a escondernos con vergüenza
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Aprendido no hubimos. A nosotros
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Ese enemigo viene. Que allá afuera
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A encontrarle
marchemos, nos importa.
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Allá es do llevar nos interesa
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Un dichoso
furor. De los franceses
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El ímpetu conozco en las refriegas.
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Su arremetiente ardor, la obscura sombra
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De los muros
entibia, y es a medias
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Vencido ya el
francés que es atacado.
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La desesperación, veces diversas
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Victorias consiguió. Todo lo espero
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Del activo vigor de nuestra fuerza,
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Y nada de la
inerte de esos muros.
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¡Héroes que me
escucháis, almas guerreras!
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A los campos volad del fiero Marte.
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¡Pueblos que me
seguís en su carrera!
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Vuestros jefes
serán vuestras murallas.»
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Y
calló; más de audacia tan extrema,
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Claramente indicando los ligados,
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Acusar en silencio la imprudencia,
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De rubor encendido, lee con rabia
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En sus confusos
ojos la respuesta,
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Que a su arenga el temor dictado había.
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«Y bien,
Franceses, dice, pues mis huellas
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A seguir no se atreven vuestros pechos,
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Sobrevivir no quiero a tal afrenta.
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Vos teméis los
peligros; más yo solo
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A provocarlos salgo. De mí aprendan
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A vencer vuestros ánimos, o al menos,
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A morir con honor en la palestra.»
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Pronto una puerta abrir de
París hace;
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Y del inmenso pueblo que lo cerca
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Arredrando la escolta, al campo avanza.
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Cual de duelos ministro, a la pelea
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En su marcha un heraldo le precede,
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Que del Rey penetrando hasta las tiendas,
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En alta y hostil voz, así pregona.
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«Cualquiera que la gloria en algo aprecia,
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En singular batalla, salga al punto
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Al campo del honor; al punto venga
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El lauro a disputar de la victoria.
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Aquí el de
Aumale os llama, y aquí os reta.
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|
Pareced caballeros enemigos.»
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De tan osado bando a la voz fiera,
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Cada Jefe, a porfía, aspira ardiente,
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De su celo impelido, nuevas pruebas
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Contra de
Aumale a dar de sus esfuerzos,
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Tan ilustre elección, tal preferencia,
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Todos cerca del Rey con ansia intrigan.
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Todos de su valor tan bella prenda,
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Tenían de
antemano bien ganada,
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Más de todos,
al fin, en competencia,
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Ventaja tan preciosa, blasón tanto,
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Se arrebata el intrépido, Turena.
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En sus manos,
el Rey, el nombre todo,
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La gloria de la Francia deja puesta.
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«Ve Turenne, le dice, presto corre
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A abatir de un soberbio la insolencia.
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Por tu Patria, este día, por ti mismo,
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Y a un tiempo
por tu Príncipe pelea.
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Sus armas en
efecto dél recibe.»
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Y su espada al decírselo, le entrega.
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«No, sin duda, gran Rey, así responde,
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Su rodilla abrazando, el noble atleta,
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Jamás vuestra esperanza saldrá vana.
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Este acero, señor, por mí lo atesta.
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Yo lo juro por vos.» Dijo; en sus brazos,
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Al punto de partir, el Rey le estrecha,
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Y hacia el puesto se arroja velozmente,
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Donde de Aumale ya, con impaciencia,
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Que un campeón pareciese ufano aguarda.
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Del pueblo de París la turba inmensa
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Sus muros
coronaba. Los soldados
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De Borbón,
cerca dél, el duelo observan.
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Sobre el uno y el otro combatiente,
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Todos sus ojos
fijan en la escena;
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Y cada cual de
entrambos, en el uno,
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Viendo a su defensor, coraje intenta
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Con su gesto inspirarle y con sus gritos.
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Sobre París, entonces, verse deja
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Una nube pendiente, que en su seno,
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Conducir parecía entre la recia
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Tempestad, el relámpago y el rayo.
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Sus fogosas entrañas rubinegras
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Allí al golpe estallando fuera arrojan
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De monstruos del infierno una caterva.
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El Fanatismo horrible, la Discordia
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Sanguinaria, feroz, y turbulenta,
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De falso corazón y vista zaina
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La Política umbría, y de la guerra
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Respirando el mal Genio sus furores,
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De sangre finalmente, que bebieran,
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Embeodados Dioses, Dioses dignos
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De los Ligados,
caen, y se sientan
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De la ciudad
rebelde sobre el muro.
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Por Aumale a luchar todos se aprestan;
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Cuando allí sobre el campo, a un mismo tiempo;
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A los cielos la bóveda entreabierta,
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En la región del aire, sobre un trono,
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Descender se ve un ángel, con diadema
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De rayos mil
ceñido, que flotando,
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Y entre llamas hendiendo su carrera
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Sobre fúlgidas
alas, tras sí lejos,
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De surcos de la
luz, que le rodea,
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|
El Occidente deja iluminado.
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En una mano, sacra oliva lleva,
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De la paz
siempre amable y suspirada
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Consolador presagio. En otra, ostenta,
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Y de un Dios
vengador hace que brille
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Aquel horrible
acero, que blandiera
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Del exterminador la fiera mano,
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Cuando a la indignación de Dios tremenda
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Plugo un tiempo librar a voraz muerte,
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De una indómita raza altiva y necia,
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Los hijos
primogénitos. De espada
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Tan terrible al aspecto, se consternan
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Los infernales monstruos, desarmados,
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Atónitos y
estúpidos se quedan.
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El terror en
cadenas los envuelve;
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Y un poder
invencible, las saetas
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De su
inflexible tropa abate todas.
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|
Al modo, que otra vez, caer hiciera
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En sangre
humana tintas, de sus aras,
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Aquel fiero Dagon, deidad horrenda
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Del fuerte filisteo; cuando un día,
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Del Gran Dios de los Dioses, ya traspuesta,
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En su templo, a
sus ojos espantados,
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Del Testamento el Arca se expusiera.
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El Ejército, el Rey, París
entero,
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|
El Cielo y el Infierno, a fijar llegan
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En combate tan
célebre sus ojos.
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Al punto ambos guerreros en ley entran
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De la terrible
lid a la estacada;
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Y del campo de honor ya la barrera
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Abre a la usanza el Rey. El peso enorme
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De la adarga, sus brazos no molesta,
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Ni sus pechos
intrépidos ocultan,
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|
De una intrincada malla cotas recias,
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|
Duros bustos de acero, que ornamento
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De antiguos
caballeros ser soliera,
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Refulgente a la vista, y a los golpes
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Impenetrable a un tiempo. Ellos desprecian
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|
Arreos que
pesada más harían
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Y menos peligrosa la palestra.
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Era su arma una espada. No les cubre
|
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|
Otra defensa más; y toda expuesta
|
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Al riesgo la persona, el uno al otro
|
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|
Mutuamente avanzándose se acerca.
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|
«¡Gran Dios, Turena exclama, Árbitro eterno
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De mi Príncipe! baja, y su querella,
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|
|
Su causa juzga ya. Por él combate,
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|
Y pelee conmigo tu alta diestra:
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|
¿Qué importará
el valor, que de tu brazo
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|
La protección divina no sostenga?
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Es bien poco, Señor, lo que este día,
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Confiado en ti sólo el de Turena,
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Espera de sí mismo; pero todo
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Del poder de tu mano justiciera.»
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«Yo, responde de Aumale, yo lo espero
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Únicamente todo, de la fuerza
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|
De mi propio valor y de este brazo.
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De las luchas la suerte fausta o adversa,
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|
De nosotros depende solamente.
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A la Deidad suprema, en vano apela,
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En vano el hombre tímido la implora.
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Tranquila allá en el Cielo, acá nos deja
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|
Sólo a nosotros mismos entregados.
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El partido más justo en las contiendas
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De poder a
poder entre los hombres,
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Es el del que
triunfante sale de ellas.
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El esfuerzo, Turena, el valor sólo,
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|
El Árbitro y el
Dios son de la guerra.»
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Dijo: y con una
ojeada, que de furia
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Y altanera arrogancia centellea,
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|
De su rival insulta la confianza,
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No menos grave y digna que modesta.
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Ya resuena el clarín. Ya
velozmente
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|
Parten los dos
campeones a su seña.
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Ya a
arremeterse llegan, y los riesgos
|
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|
Del combate por fin, ambos comienzan.
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Todo cuanto pudieran hasta entonces
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El brío y el valor, con la firmeza,
|
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El ardid y
constancia combinados,
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|
De ambas partes
campaba en tal pelea.
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Si cien golpes se tiran, cien se paran,
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|
Y se cubren con rápida presteza.
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|
Tan pronto, con furor, el uno de ellos
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Veloz se precipita, y con la mesma
|
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|
Rapidez, el contrario quita el golpe.
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|
Tan pronto, aproximándose, que llegan
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|
A abrazarse parece. Su peligro,
|
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|
Que renace
inminente, y se acrecienta
|
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|
Cada instante, un placer presta horroroso.
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|
Gusto daba el mirar cómo se observan,
|
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Cómo los dos se
temen mutuamente:
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Cómo se avanzan ambos, y repliegan;
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Cómo entrambos se miden, y se aguardan.
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|
El centellante acero, con destreza
|
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|
Desviado, la vista ilude y turba
|
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|
Con fintas, que
aquí encaran, y allí asestan.
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Tal se mira del sol la luz fulgente,
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Que sus rayos
de fuego dobla y quiebra
|
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En el onda
diáfana, en que rotos,
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|
Y más y más
dispersos por mil sendas
|
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|
Del paso en que
refringen, a los aires,
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|
De donde ya
partieran, dan la vuelta
|
|
|
Desde el móvil cristal. Sobresaltada
|
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|
La espectadora
turba, y sin que pueda
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Comprender lo que ve, perpleja toda,
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|
Por momentos su triunfo o ruina espera.
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Es el joven Aumale más ardiente,
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Fuerte más y furioso. No es Turena
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|
Tan impetuoso, no; pero más diestro,
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Dueño de sus sentidos, no le obceca
|
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La cólera jamás, sólo le anima,
|
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Y a placer su
rival cansa y molesta.
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|
En mil vanos
esfuerzos empeñado
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|
Del de Aumale el vigor, exhausto queda;
|
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|
Y bien presto su brazo, inútilmente
|
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|
Quebrantado y rendido, ya no presta
|
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|
Servicio a su valor. Notando, entonces
|
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|
Turena, que lo mira, su flaqueza,
|
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|
Se reanima, le acosa, le comprime,
|
|
|
Le persigue, y al fin, hiere y penetra
|
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|
De una mortal herida su costado.
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Tendido ya de
Aumale, se revuelca
|
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Entre olas de
su sangre. Del Infierno
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|
Todos aquellos
monstruos, braman, tiemblan,
|
|
|
Y estos acentos
lúgubres se oyeron
|
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En los aires
sonar: «Cayó por tierra
|
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|
El trono de la Liga para siempre.
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Has vencido Borbón. Nuestra potencia,
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Nuestro Reino pasó.» A estos acentos
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|
Su lamentable grito el pueblo mezcla.
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Exánime de Aumale, ya postrado
|
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|
Sin aliento y vigor sobre la arena,
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|
Que aún su rival retaba parecía;
|
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|
Pero ¡o vano furor! Ya se le suelta
|
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|
El formidable acero de la mano;
|
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|
Y aun todavía, bravo, a hablar se esfuerza;
|
|
|
Más su voz entre el labio opresa expira.
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|
De verse así vencido la vergüenza,
|
|
|
Dábale con horror más fiero aspecto.
|
|
|
Quiere alzarse: recae. Entreabre apenas
|
|
|
Un ojo moribundo: a París mira,
|
|
|
Y suspirando muere. Tú le vieras,
|
|
|
Desgraciado Mayenne, agonizando;
|
|
|
Tú le viste y
temblaste ¡audaz Mayena!
|
|
|
Y en momento
tan mísero y horrible,
|
|
|
La imagen funestísima ya cerca
|
|
|
Presentose a tu espíritu turbado,
|
|
|
De tu infalible
pérdida completa.
|
|
|
De
París entre tanto, hacia los muros,
|
|
|
El cadáver de Aumale, a marcha lenta
|
|
|
Taciturnos soldados devolvían.
|
|
|
Tan funeraria pompa y lastimera,
|
|
|
Por medio de un gran pueblo consternado
|
|
|
Atónito y confuso, avanza y entra.
|
|
|
Temblando, cada cual, mira aquel cuerpo
|
|
|
Desfigurado todo: macilenta,
|
|
|
Manchada observa en sangre aquella frente;
|
|
|
Aquella boca advierte medio abierta;
|
|
|
La cabeza hacia un lado descolgada,
|
|
|
Suelta y de polvo sucia la melena;
|
|
|
Ve por fin unos
ojos, en que todos
|
|
|
Sus estragos y horror la muerte ostenta.
|
|
|
Ya no corren más lágrimas. Se embargan
|
|
|
Los públicos lamentos. La vil mengua,
|
|
|
La lástima, el pavor y abatimiento,
|
|
|
Los sollozos
ahogan, y las quejas
|
|
|
Reprimen populares. Todo calla.
|
|
|
Todo ya compungido solo tiembla;
|
|
|
Cuando un ruidoso son, de horror colmado,
|
|
|
Sobreviene de súbito, y aumenta
|
|
|
El lúgubre terror de aquel silencio.
|
|
|
Hasta el Cielo lanzándose, se elevan
|
|
|
Del fiero sitiador hórridos gritos.
|
|
|
Caudillos y
soldados, se reunieran
|
|
|
Del Rey cerca, pidiéndole el asalto;
|
|
|
Más el augusto Luis, que el ángel era
|
|
|
De la Francia custodio, y de su hijo,
|
|
|
La cólera de
Enrique, el ardor templa;
|
|
|
Así suele, mil veces, de aquilones,
|
|
|
Pendientes en
los aires, la braveza,
|
|
|
Domeñar de los
fieros elementos
|
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|
El invisible
Móvil. Él barreras
|
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|
A los mares fijó, donde las olas
|
|
|
A estrellar sus furores siempre vengan.
|
|
|
Él ciudades
abisma, y en ruinas
|
|
|
Las convierte
su enojo, y las dispersa.
|
|
|
Del hombre el corazón tiene en su mano.
|
|
|
Enrique, cuyo fuego
reprimiera
|
|
|
El compasivo Cielo, los furores
|
|
|
De sus
triunfantes huestes encadena.
|
|
|
Sentía al fin, Borbón, cuánto aún ingrata,
|
|
|
De su Patria el amor su pecho afecta.
|
|
|
Quiérela redimir: Salvarla quiere
|
|
|
Del calor de su cólera guerrera.
|
|
|
De sus vasallos
propios execrado,
|
|
|
De su Pueblo ofendido, sólo anhela
|
|
|
A darles su
perdón. Ellos son solos
|
|
|
Los que perderse quieren, cuando él piensa
|
|
|
Solamente en ganarles. Por felice
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|
Tendríase, si audacia tan proterva
|
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|
Solo a fuerza venciendo de bondades,
|
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|
A aquellos infelices redujera,
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Y a pedirle su gracia les forzara.
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|
Arrastrarlos pudiendo entre cadenas,
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Benigno y generoso, su bloqueo
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A formar se limita; y así deja
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De arrepentirse tiempo a sus deliri |