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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto décimo

Argumento

     

Vuelve el Rey a su ejército. Renuévase el sitio. Combate singular del vizconde de

 

   Turena y el caballero de Aumale. Hambre horrible, que consume la ciudad. El Rey

 

   alimenta a los mismos sitiados. El Cielo recompensa, por fin, sus virtudes. La

 

   Verdad viene a iluminarle. París le abre sus puertas, y acábase la guerra.



                              

Tan peligrosas horas prodigadas

 

En la afeminación y la pereza,

 

Su flaca situación a los vencidos

 

Hicieran olvidar. Ya el de Mayena,

 

Preparádose había, a punto estaba

 

De otra lid arrostrar, otras empresas,

 

Y de esperanzas nuevas embriagado,

 

Era el pueblo infeliz víctima de ellas.

 

Más nada al impaciente Enrique embarga,

 

Que a poner alta cima se acelera

 

De su infiel capital a la conquista.

 

Y París espantado, con sorpresa,

 

Del campo de Borbón, que se acercaba,

 

Flotantes a ver vuelve las banderas.

 

Al pie de sus murallas nuevamente,

 

El héroe formidable se presenta;

 

Murallas, do su rayo aún humo exhala,

 

Murallas, que en cenizas no pudieran

 

Resolverse a dejar, en aquel día,

 

En que de la feliz nación Francesa

 

El Ángel tutelar, aparecido,

 

Su indignación calmando, suspendiera

 

De su triunfante brazo los rigores.

 

Todo el campo, del Rey a la presencia,

 

De gritos de alegría puebla el viento.

 

Y hacia París mirando, cual su presa,

 

Ya con ávidos ojos le devora.

 

Los de la Liga, en tanto, que consterna

 

El más justo terror, en torno todos

 

Del prudente Mayenne a unirse vuelan,

 

Allí el audaz Aumale la palabra

 

El primero tomando, con fiereza

 

De todo acuerdo tímido enemiga,

 

Del general Consejo a la Asamblea,

 

Este lenguaje impávido dirige.

 

«Hasta el día, a escondernos con vergüenza

 

Aprendido no hubimos. A nosotros

 

Ese enemigo viene. Que allá afuera

 

A encontrarle marchemos, nos importa.

 

Allá es do llevar nos interesa

 

Un dichoso furor. De los franceses

 

El ímpetu conozco en las refriegas.

 

Su arremetiente ardor, la obscura sombra

 

De los muros entibia, y es a medias

 

Vencido ya el francés que es atacado.

 

La desesperación, veces diversas

 

Victorias consiguió. Todo lo espero

 

Del activo vigor de nuestra fuerza,

 

Y nada de la inerte de esos muros.

 

¡Héroes que me escucháis, almas guerreras!

 

A los campos volad del fiero Marte.

 

¡Pueblos que me seguís en su carrera!

 

Vuestros jefes serán vuestras murallas

 

     Y calló; más de audacia tan extrema,

 

Claramente indicando los ligados,

 

Acusar en silencio la imprudencia,

 

De rubor encendido, lee con rabia

 

En sus confusos ojos la respuesta,

 

Que a su arenga el temor dictado había.

 

«Y bien, Franceses, dice, pues mis huellas

 

A seguir no se atreven vuestros pechos,

 

Sobrevivir no quiero a tal afrenta.

 

Vos teméis los peligros; más yo solo

 

A provocarlos salgo. De mí aprendan

 

A vencer vuestros ánimos, o al menos,

 

A morir con honor en la palestra

 

     Pronto una puerta abrir de París hace;

 

Y del inmenso pueblo que lo cerca

 

Arredrando la escolta, al campo avanza.

 

Cual de duelos ministro, a la pelea

 

En su marcha un heraldo le precede,

 

Que del Rey penetrando hasta las tiendas,

 

En alta y hostil voz, así pregona.

 

«Cualquiera que la gloria en algo aprecia,

 

En singular batalla, salga al punto

 

Al campo del honor; al punto venga

 

El lauro a disputar de la victoria.

 

Aquí el de Aumale os llama, y aquí os reta.

 

Pareced caballeros enemigos

 

De tan osado bando a la voz fiera,

 

Cada Jefe, a porfía, aspira ardiente,

 

De su celo impelido, nuevas pruebas

 

Contra de Aumale a dar de sus esfuerzos,

 

Tan ilustre elección, tal preferencia,

 

Todos cerca del Rey con ansia intrigan.

 

Todos de su valor tan bella prenda,

 

Tenían de antemano bien ganada,

 

Más de todos, al fin, en competencia,

 

Ventaja tan preciosa, blasón tanto,

 

Se arrebata el intrépido, Turena.

 

En sus manos, el Rey, el nombre todo,

 

La gloria de la Francia deja puesta.

 

«Ve Turenne, le dice, presto corre

 

A abatir de un soberbio la insolencia.

 

Por tu Patria, este día, por ti mismo,

 

Y a un tiempo por tu Príncipe pelea.

 

Sus armas en efecto dél recibe

 

Y su espada al decírselo, le entrega.

 

«No, sin duda, gran Rey, así responde,

 

Su rodilla abrazando, el noble atleta,

 

Jamás vuestra esperanza saldrá vana.

 

Este acero, señor, por mí lo atesta.

 

Yo lo juro por vosDijo; en sus brazos,

 

Al punto de partir, el Rey le estrecha,

 

Y hacia el puesto se arroja velozmente,

 

Donde de Aumale ya, con impaciencia,

 

Que un campeón pareciese ufano aguarda.

 

Del pueblo de París la turba inmensa

 

Sus muros coronaba. Los soldados

 

De Borbón, cerca dél, el duelo observan.

 

Sobre el uno y el otro combatiente,

 

Todos sus ojos fijan en la escena;

 

Y cada cual de entrambos, en el uno,

 

Viendo a su defensor, coraje intenta

 

Con su gesto inspirarle y con sus gritos.

 

     Sobre París, entonces, verse deja

 

Una nube pendiente, que en su seno,

 

Conducir parecía entre la recia

 

Tempestad, el relámpago y el rayo.

 

Sus fogosas entrañas rubinegras

 

Allí al golpe estallando fuera arrojan

 

De monstruos del infierno una caterva.

 

El Fanatismo horrible, la Discordia

 

Sanguinaria, feroz, y turbulenta,

 

De falso corazón y vista zaina

 

La Política umbría, y de la guerra

 

Respirando el mal Genio sus furores,

 

De sangre finalmente, que bebieran,

 

Embeodados Dioses, Dioses dignos

 

De los Ligados, caen, y se sientan

 

De la ciudad rebelde sobre el muro.

 

Por Aumale a luchar todos se aprestan;

 

Cuando allí sobre el campo, a un mismo tiempo;

 

A los cielos la bóveda entreabierta,

 

En la región del aire, sobre un trono,

 

Descender se ve un ángel, con diadema

 

De rayos mil ceñido, que flotando,

 

Y entre llamas hendiendo su carrera

 

Sobre fúlgidas alas, traslejos,

 

De surcos de la luz, que le rodea,

 

El Occidente deja iluminado.

 

En una mano, sacra oliva lleva,

 

De la paz siempre amable y suspirada

 

Consolador presagio. En otra, ostenta,

 

Y de un Dios vengador hace que brille

 

Aquel horrible acero, que blandiera

 

Del exterminador la fiera mano,

 

Cuando a la indignación de Dios tremenda

 

Plugo un tiempo librar a voraz muerte,

 

De una indómita raza altiva y necia,

 

Los hijos primogénitos. De espada

 

Tan terrible al aspecto, se consternan

 

Los infernales monstruos, desarmados,

 

Atónitos y estúpidos se quedan.

 

El terror en cadenas los envuelve;

 

Y un poder invencible, las saetas

 

De su inflexible tropa abate todas.

 

Al modo, que otra vez, caer hiciera

 

En sangre humana tintas, de sus aras,

 

Aquel fiero Dagon, deidad horrenda

 

Del fuerte filisteo; cuando un día,

 

Del Gran Dios de los Dioses, ya traspuesta,

 

En su templo, a sus ojos espantados,

 

Del Testamento el Arca se expusiera.

 

     El Ejército, el Rey, París entero,

 

El Cielo y el Infierno, a fijar llegan

 

En combate tan célebre sus ojos.

 

Al punto ambos guerreros en ley entran

 

De la terrible lid a la estacada;

 

Y del campo de honor ya la barrera

 

Abre a la usanza el Rey. El peso enorme

 

De la adarga, sus brazos no molesta,

 

Ni sus pechos intrépidos ocultan,

 

De una intrincada malla cotas recias,

 

Duros bustos de acero, que ornamento

 

De antiguos caballeros ser soliera,

 

Refulgente a la vista, y a los golpes

 

Impenetrable a un tiempo. Ellos desprecian

 

Arreos que pesada más harían

 

Y menos peligrosa la palestra.

 

Era su arma una espada. No les cubre

 

Otra defensa más; y toda expuesta

 

Al riesgo la persona, el uno al otro

 

Mutuamente avanzándose se acerca.

 

«¡Gran Dios, Turena exclama, Árbitro eterno

 

De mi Príncipe! baja, y su querella,

 

Su causa juzga ya. Por él combate,

 

Y pelee conmigo tu alta diestra:

 

¿Qué importará el valor, que de tu brazo

 

La protección divina no sostenga?

 

Es bien poco, Señor, lo que este día,

 

Confiado en ti sólo el de Turena,

 

Espera de sí mismo; pero todo

 

Del poder de tu mano justiciera

 

«Yo, responde de Aumale, yo lo espero

 

Únicamente todo, de la fuerza

 

De mi propio valor y de este brazo.

 

De las luchas la suerte fausta o adversa,

 

De nosotros depende solamente.

 

A la Deidad suprema, en vano apela,

 

En vano el hombre tímido la implora.

 

Tranquila allá en el Cielo, acá nos deja

 

Sólo a nosotros mismos entregados.

 

El partido más justo en las contiendas

 

De poder a poder entre los hombres,

 

Es el del que triunfante sale de ellas.

 

El esfuerzo, Turena, el valor sólo,

 

El Árbitro y el Dios son de la guerra

 

Dijo: y con una ojeada, que de furia

 

Y altanera arrogancia centellea,

 

De su rival insulta la confianza,

 

No menos grave y digna que modesta.

 

     Ya resuena el clarín. Ya velozmente

 

Parten los dos campeones a su seña.

 

Ya a arremeterse llegan, y los riesgos

 

Del combate por fin, ambos comienzan.

 

Todo cuanto pudieran hasta entonces

 

El brío y el valor, con la firmeza,

 

El ardid y constancia combinados,

 

De ambas partes campaba en tal pelea.

 

Si cien golpes se tiran, cien se paran,

 

Y se cubren con rápida presteza.

 

Tan pronto, con furor, el uno de ellos

 

Veloz se precipita, y con la mesma

 

Rapidez, el contrario quita el golpe.

 

Tan pronto, aproximándose, que llegan

 

A abrazarse parece. Su peligro,

 

Que renace inminente, y se acrecienta

 

Cada instante, un placer presta horroroso.

 

Gusto daba el mirar cómo se observan,

 

Cómo los dos se temen mutuamente:

 

Cómo se avanzan ambos, y repliegan;

 

Cómo entrambos se miden, y se aguardan.

 

El centellante acero, con destreza

 

Desviado, la vista ilude y turba

 

Con fintas, que aquí encaran, y allí asestan.

 

Tal se mira del sol la luz fulgente,

 

Que sus rayos de fuego dobla y quiebra

 

En el onda diáfana, en que rotos,

 

Y más y más dispersos por mil sendas

 

Del paso en que refringen, a los aires,

 

De donde ya partieran, dan la vuelta

 

Desde el móvil cristal. Sobresaltada

 

La espectadora turba, y sin que pueda

 

Comprender lo que ve, perpleja toda,

 

Por momentos su triunfo o ruina espera.

 

Es el joven Aumale más ardiente,

 

Fuerte más y furioso. No es Turena

 

Tan impetuoso, no; pero más diestro,

 

Dueño de sus sentidos, no le obceca

 

La cólera jamás, sólo le anima,

 

Y a placer su rival cansa y molesta.

 

En mil vanos esfuerzos empeñado

 

Del de Aumale el vigor, exhausto queda;

 

Y bien presto su brazo, inútilmente

 

Quebrantado y rendido, ya no presta

 

Servicio a su valor. Notando, entonces

 

Turena, que lo mira, su flaqueza,

 

Se reanima, le acosa, le comprime,

 

Le persigue, y al fin, hiere y penetra

 

De una mortal herida su costado.

 

Tendido ya de Aumale, se revuelca

 

Entre olas de su sangre. Del Infierno

 

Todos aquellos monstruos, braman, tiemblan,

 

Y estos acentos lúgubres se oyeron

 

En los aires sonar: «Cayó por tierra

 

El trono de la Liga para siempre.

 

Has vencido Borbón. Nuestra potencia,

 

Nuestro Reino pasó.» A estos acentos

 

Su lamentable grito el pueblo mezcla.

 

Exánime de Aumale, ya postrado

 

Sin aliento y vigor sobre la arena,

 

Que aún su rival retaba parecía;

 

Pero ¡o vano furor! Ya se le suelta

 

El formidable acero de la mano;

 

Y aun todavía, bravo, a hablar se esfuerza;

 

Más su voz entre el labio opresa expira.

 

De verse así vencido la vergüenza,

 

Dábale con horror más fiero aspecto.

 

Quiere alzarse: recae. Entreabre apenas

 

Un ojo moribundo: a París mira,

 

Y suspirando muere. Tú le vieras,

 

Desgraciado Mayenne, agonizando;

 

Tú le viste y temblaste ¡audaz Mayena!

 

Y en momento tan mísero y horrible,

 

La imagen funestísima ya cerca

 

Presentose a tu espíritu turbado,

 

De tu infalible pérdida completa.

 

     De París entre tanto, hacia los muros,

 

El cadáver de Aumale, a marcha lenta

 

Taciturnos soldados devolvían.

 

Tan funeraria pompa y lastimera,

 

Por medio de un gran pueblo consternado

 

Atónito y confuso, avanza y entra.

 

Temblando, cada cual, mira aquel cuerpo

 

Desfigurado todo: macilenta,

 

Manchada observa en sangre aquella frente;

 

Aquella boca advierte medio abierta;

 

La cabeza hacia un lado descolgada,

 

Suelta y de polvo sucia la melena;

 

Ve por fin unos ojos, en que todos

 

Sus estragos y horror la muerte ostenta.

 

Ya no corren más lágrimas. Se embargan

 

Los públicos lamentos. La vil mengua,

 

La lástima, el pavor y abatimiento,

 

Los sollozos ahogan, y las quejas

 

Reprimen populares. Todo calla.

 

Todo ya compungido solo tiembla;

 

Cuando un ruidoso son, de horror colmado,

 

Sobreviene de súbito, y aumenta

 

El lúgubre terror de aquel silencio.

 

Hasta el Cielo lanzándose, se elevan

 

Del fiero sitiador hórridos gritos.

 

Caudillos y soldados, se reunieran

 

Del Rey cerca, pidiéndole el asalto;

 

Más el augusto Luis, que el ángel era

 

De la Francia custodio, y de su hijo,

 

La cólera de Enrique, el ardor templa;

 

Así suele, mil veces, de aquilones,

 

Pendientes en los aires, la braveza,

 

Domeñar de los fieros elementos

 

El invisible Móvil. Él barreras

 

A los mares fijó, donde las olas

 

A estrellar sus furores siempre vengan.

 

Él ciudades abisma, y en ruinas

 

Las convierte su enojo, y las dispersa.

 

Del hombre el corazón tiene en su mano.

 

     Enrique, cuyo fuego reprimiera

 

El compasivo Cielo, los furores

 

De sus triunfantes huestes encadena.

 

Sentía al fin, Borbón, cuánto aún ingrata,

 

De su Patria el amor su pecho afecta.

 

Quiérela redimir: Salvarla quiere

 

Del calor de su cólera guerrera.

 

De sus vasallos propios execrado,

 

De su Pueblo ofendido, sólo anhela

 

A darles su perdón. Ellos son solos

 

Los que perderse quieren, cuando él piensa

 

Solamente en ganarles. Por felice

 

Tendríase, si audacia tan proterva

 

Solo a fuerza venciendo de bondades,

 

A aquellos infelices redujera,

 

Y a pedirle su gracia les forzara.

 

Arrastrarlos pudiendo entre cadenas,

 

Benigno y generoso, su bloqueo

 

A formar se limita; y así deja

 

De arrepentirse tiempo a sus deliri