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Capítulo
I
Antecedentes necesarios
Antes de
convertir los ojos al año que nos proponemos historiar, describiremos los meses
últimos del año anterior como premisa indispensable al desarrollo lógico de
nuestro importante trabajo, y sin más exordio, entramos de lleno en los asuntos
de mayor interés político.
Porfían
los cortesanos del Pontífice, pues hasta ellos alcanzan las competencias de
nuestra vida, por interpretar cada cual a su guisa, y todos a derechas, el
pensamiento inefable contenido en la conciencia infalible de su enorme oráculo.
En otros tiempos, tales porfías, dada su magnitud, empeñaríanse por los
claustros o por las aulas; mas en este nuestro siglo se urden y empeñan,
natural resultado del tiempo presente, por las columnas de los periódicos
diarios. Il Observatore Romano pareció, quizás a causa de su vetustez,
sobradamente inclinado a la reacción, y se publicó hace poco L'Aurora,
más inclinado en su nacimiento a las conciliaciones. Ahora se conoce que no ha
bastado L'Aurora como intérprete veraz de las ideas abrigadas en las
cimas del Vaticano, y se funda otro diario que lleva por nombre Il Godofredo.
Parecía que, dada la inmarcesible aureola cuyo nimbo rodea las sienes del rey
virgen y santo, su nombre místico estaba destinado, en el vocabulario eclesiástico,
a expresar cosas más bien sobrenaturales que naturales, perdidas allá en las
cimas del cielo y en los misterios de la eternidad; algo como esos espíritus
puros, etéreos, invisibles, los cuales traen el aliento creador a los mundos o
llevan al Empireo el eco de la plegaria universal, en sus continuos aleteos y
en sus descensos de lo infinito a lo finito y en sus ascensiones de lo finito a
lo infinito. Mas hanlo pensado de otra suerte los buenos eclesiásticos
vaticanos, y acaban de lanzar un prospecto poniendo a Godofredo por
cobertera...¿de qué? preguntaréis. Pues de una lotería. Convencidos, sin duda,
los piadosos sacerdotes de que no basta con la santidad incomunicable de sus
ideas y con la virtud indecible del nombre adoptado para llamar suscritores,
han decidido repartir a cuantos se abonen unos billetes que, si os tocan alguna
vez, os dan derecho a decir tal o cual número de misas, después de las cuales
puede caer sobre vuestra frente pecadora tanta lluvia de indulgencias que os
regeneren y os den la santísima bienaventuranza. No he visto jamás combinación
tan bien urdida como la mezcla y aligación de los arrebatos y arrobamientos y
éxtasis religiosos con cosas tan mezquinas de suyo como los juegos de azar. Si
el fomento de la lotería es todo lo que tienen a mano esos eclesiásticos para
conducirnos al cielo, tememos que sus crédulos suscritores vayan a dar en las
garras de Satanás, por haberse alzado a mercaderes como aquellos despedidos por
Jesús de la eterna casa de su padre. Y luego se maravillan estos señores de la general
impiedad, cuando ellos arrojan los cálices a la fundición donde se acuñan las
monedas.
Nadie ha pugnado como yo para que la
democracia reconociese de grado su origen evangélico y acatase a la Iglesia
católica en vez de promover disentimientos religiosos, propios tan sólo para
sembrar guerras en los ánimos y detener y retardar el movimiento de todos los
progresos. Pero debo decir sin reserva que muchos de los conflictos lamentados
provienen de la enemiga del clero a las públicas libertades y al espíritu
moderno. Esos obispos, que percibiendo un sueldo de la República y gozando las
preeminencias ofrecidas por un Estado tan poderoso como el Estado de Francia,
desacatan la civil autoridad tanto como los demagogos y atizan la guerra civil
tanto como los legitimistas, ¡oh! parecen resueltos en conciencia y adrede a
quitar almas a la religión y tender el desierto en torno de los altares
católicos. Creeríamos imposible que uno de los
prelados del Mediodía se haya, en su fanatismo, atrevido a celebrar la fiesta
del último triste vástago de los Borbones franceses como si aún estuviera en el
trono.
Hay
más, mucho más todavía, igualmente nocivo a la Iglesia y al Estado, en las
cóleras episcopales, tan contrarias a la mansedumbre y caridad evangélicas.
Como dijera, no ha muchos días, al obispo de Angers, a Freppel, prelado
batallador en la Cámara, uno de sus colegas que dependía del Estado,
inconvenientemente que sólo dependía del Papa. ¿Cómo es eso? Pues hay que
renunciar al sueldo percibido de las arcas del Tesoro, y al nombramiento hecho
por el Presidente de la República, y al presupuesto votado por las dos Cámaras,
y a las garantías ofrecidas por un Estado democrático, de quien se reciben
todas las prerrogativas y todas las preeminencias, pero a quien no se le
cumplen las obligaciones y los deberes en la correspondencia natural de oficios
que lleva consigo todo cargo público. Es de justicia: si el clero se aferra,
con demencia verdaderamente suicida hoy, al proceder de otros tiempos, irreconciliable
con la libertad y la democracia modernas, él y sólo él recogerá la cosecha de
males contenida en tan perversa siembra, y continuará la obra tremenda de
aislar en la cima de los panteones góticos de la Edad Media el Pontificado y la
Iglesia.
Los
tiempos no están para que las aristocracias religiosas arriesguen muchos
intereses y desafíen a muchas batallas. En el seno de las sociedades más
pagadas de su tradición siéntense impulsos a soluciones que parecían privativas
de las escuelas más radicales y más utópicas. En parte alguna del mundo tienen
la Iglesia establecida y el patriciado histórico arraigo como el que alcanzan
ambas instituciones antiguas en el semirealengo y semialodial suelo de
Inglaterra. Mezclado el protestantismo y sus ideas, como la nobleza y sus
privilegios, al desarrollo mismo de la libertad, confúndense con la nación y su
historia, con el derecho y su vida, con el Estado y su independencia. Cuando
acudís a la Cámara Alta o a la catedral de San Pablo en Londres, y notáis el
supersticioso culto que allí rodea el santuario de la nobleza y del clero,
diríaisles eternos, pues al desarraigarlos de la sociedad creeríais desarraigar
también la nación del planeta o al pueblo inglés de la nación. Y nos engañamos
nosotros mucho en todos nuestros presentimientos, si las reformas discutidas
ahora para el interior régimen de los Comunes no tienden a evitar, más que las
obstrusiones irlandesas, las obstrusiones conservadoras, en los altos y
trascendentes cambios preparados por el primer ministro a favor de la
democracia, como cumplimiento a sus compromisos con los radicales y como
compensación a la política imperial y conservadora seguida por fuerza en los
asuntos egipcios.
Las Cámaras están circuidas en
Inglaterra de una tradición tan sagrada como la liturgia secular en los
antiguos templos. Huelen a historia los Parlamentos ingleses, como huelen a
incienso las catedrales católicas. El sargento de armas; el saco de leña; el
blasón áureo; el speatler, con su túnica de mangas perdidas y su peluca
empolvada; la maza histórica sobre la mesa presidencial; el capellán de las
Cámaras; el reglamento, escrito más en la memoria que en los libros; las
fórmulas de rito, en sí tan sagradas como las antiguas fórmulas de
jurisprudencia romana: todo esto constituye una especie de vida histórica, en
la cual arraiga mucha parte de la fortaleza obtenida por el régimen inglés,
como asentado de antiguo sobre bases verdaderamente inconmovibles y tallado en
la razón pública y en el tiempo eterno, coordinando así la fuerza del derecho
con la fuerza de la tradición y de la historia. Pues
en todo eso ha puesto mano el primer ministro con audacia digna de un tribuno
revolucionario y de un Bautista radicalesco. Cualquier partido, cualquiera,
podrá detener una reforma en el Parlamento inglés con sólo proponerse prolongar
indefinidamente las discusiones. Así, medidas tan beneficiosas como la
abolición de la trata, o como la emancipación de los esclavos, o como la
libertad de los católicos, o como las prestaciones del juramento litúrgico, han
tardado lustros y lustros, detenidas por una libertad de discusión que se
perpetuaba indefinidamente, como no concluyesen por imponerse con su imperio
incontrastable las santas indignaciones del voto público apoyado en el juicio
claro y explícito de la pública conciencia. Pues bien; ahora las discusiones
del Parlamento inglés, las discusiones eternas, se concluirán y terminarán
cuando lo resuelva la Cámara por simple mayoría. En vano hase presentado una
tras otra enmienda en requerimiento y logro de algún respeto para la tradición
y la historia. En vano se ha querido que las dos terceras partes del Congreso y
no la mayoría pura y simple decidieran la terminación o clausura del debate. Su
primer ministro ha mostrado una entereza rayana en la tenacidad, y la clausura
por simple mayoría se ha decidido ya, después de largos y tempestuosísimos
debates. El partido irlandés, cuyas obstrusiones sistemáticas tanto han
contribuido a esta radical y trascendente alteración, después de resistirse, ha
concluido por ceder, sumándose a la mayoría, en previsión, o cuando menos
presentimiento, de que a ninguna clase ni partido le interesa tanto como a los
irlandeses el detener y contrastar las obstrusiones conservadoras.
En
efecto, según mi sentir, el suelo de Irlanda es como un campo donde Gladstone,
el gran reformador de nuestros tiempos, ensaya las reformas varias, aplicables
después al suelo de Inglaterra. Parece la pobre nación maltrecha un desahuciado enfermo
expuesto en clínica triste a las experiencias y ensayos de médicos audaces. Aquella Iglesia luterana, tan rica, eterno testimonio del
triunfo de los sajones protestantes sobre los celtas católicos, obra de los
nombres que señalan el engrandecimiento inglés, como Oliverio Cronwell,
Guillermo de Orange, aquella Iglesia, especie de áureo clavo puesto sobre la
frente de cada irlandés para significar su servidumbre, ha caído en nuestro
tiempo, rota y deshecha por un estadista, que si ama exaltadamente a su patria,
no cree necesario confundir el patriotismo con la tiranía y con la violencia.
Las reformas sociales de Irlanda preparan también el movimiento social de
Inglaterra. Gladstone, auxiliado en su oposición y en su gobierno por los
radicales, siente y comprende que no basta para satisfacer a éstos una nueva política
y se necesita una nueva sociedad más en armonía con el espíritu moderno y menos
apegada de suyo a las rutinas aristocráticas y monárquicas. Y no sólo medita la
destrucción de las vinculaciones y de los mayorazgos, con lo cual arrancará su
raíz al trono y al patriciado, sino que también medita la asociación del
arrendatario a la propiedad. Poco previsor será, muy poco previsor quien,
después de haber visto el empeño de Gladstone por alterar el reglamento, no vea
tras él otro empeño, mayor y más trascendental aún, dirigido contra las
antiguas instituciones británicas, el mayorazgo en la propiedad, el clero
privilegiado y la iglesia oficial, la Cámara de los Lores.
Confesamos
que pocas obras políticas de la Europa contemporánea merecen tanto nuestro aplauso
como la reforma de Irlanda por la iniciativa de Gladstone. Digan cuanto quieran
sus enemigos, el primer ministro se ha interesado en su larga y gloriosa vida
por los vencidos como no se interesara jamás ninguno de los repúblicos
ingleses, en ningún tiempo de la historia. Últimamente aún, y con motivo del
discurso pronunciado en la comida del Lord Corregidor, ha dicho con evangélica
unción, cuyos acentos recordaban el lenguaje de los puritanos, cómo aguarda que
la isla hermana, reconociendo sus esfuerzos por salvarla, entre de lleno en la
vida del derecho. Al considerar que de quinientos crímenes agrarios cometidos
mensualmente hace poco, han bajado ahora en estos meses últimos a cien, su
ánimo se esparce y explaya como su esperanza y su fe se recrean mirando más
despejados y tranquilos horizontes en los espacios de próximo y seguro
porvenir. Mucho ha hecho con su palabra O'Connell por la tierra de su cuna y
por la religión de sus padres en el grande y logrado empeño de la libertad
completa de los católicos; pero ha hecho más Gladstone, con su reflexiva y
madura voluntad, por una tierra y por una raza sometida y eternamente contraria
por siglos de siglos a su propia patria, ¡sublime abnegación! la cual presta
resplandores más vivos aun a la grandeza de su idea y a la santidad de su
justicia.
Pero
de vez en cuando sobreviene un caso, el cual asombra todas estas ideas y aterra
y marchita las más lisonjeras ilusiones, como el atentado al juez Lawsson.
Salía éste, conocido por su actividad en reprimir las rebeliones y castigar a
los rebeldes, pocas tardes hace, a la hora de anochecer, con su obligado
acompañamiento de dos guardas a caballo en armas, y a pie cuatro agentes
encargados de atisbar cualquier amenaza y contener cualquier atentado. Nadie creería que pudiese un
criminal atreverse a quien va guardado en sus salidas y en sus paseos de tan
formidable suerte. Pues se han atrevido, y hubieran inmolado al juez en plena
calle, como inmolaron a Cavendish en pleno parque, de no andar bien listos los
agentes a impedir un crimen, arrancando de las manos del atrevido certero
revólver, que llevaba ocho proyectiles de carga. El juez, al verse detenido así
en medio de una calle concurrida, se desmayó, y esta es la hora en que no ha
podido salir de la triste angustia que le causa el verse bajo tan aterradoras
amenazas. Proceden contra sus intereses las gentes de Irlanda no aviniéndose a
la política conciliadora de Parnell y no contentándose con las reformas
alcanzadas hoy, gérmenes de otras superiores para mañana. Inglaterra es una demasiado grande nación y necesita, para
su tranquilidad y reposo, de Irlanda. Cuantos han profetizado la decadencia
británica de antiguo, han visto sus profecías burladas y desmentidas por los
hechos. En una de las últimas sesiones parlamentarias aparecieron de pronto en
la tribuna de los Comunes varios oficiales del ejército indio, llevados a
Londres para presenciar una revista y recibir los homenajes debidos a su
lealtad y arrojo en la campaña egipcia. Los hijos del Ganges, reyes un día del
Oriente y siervos hoy del Occidente, hijos de aquellos que levantaron las
primeras aras y vertieron las primeras ideas; padres de nuestra raza; tostados
por el sol del Asia y del África, vestidos a la oriental, apareciendo allí como
recuerdos vivos del Imperio guardado por la isla de las nieblas y de las
sombras en la cuna del día y del sol, merecieron que la primera Cámara del
mundo se levantara en peso, y volviéndose a ellos, entrados allí contra
reglamento, como en Londres contra ley, pues tenían armas, les consagrase un
ruidoso y fervorosísimo aplauso, muy semejante al rumor del antiguo Senado
latino cuando entraban los representantes de las razas vencidas en el sacro
templo de la Victoria Romana. Y aquellos aplausos indicaban algo más que un
sentimiento de orgullo, indicaban una esperanza muy fundada y firme, la
esperanza de poner algún día medio millón de hombres, traídos por los elementos
de transporte mejores que han conocido los siglos, a cualquier campo de batalla
donde se litiguen los intereses británicos. ¿No dice nada todo esto a los
pobres irlandeses empeñados en el temerario imposible de vencer a su
poderosísima dominadora la invencible nación inglesa? La resistencia es un
suicidio, y el suicidio puede dar el descanso de la muerte a los individuos
desesperados, pero no a las naciones inmortales.
La
prueba del poder británico se halla en la cuestión egipcia. Destruyendo la intervención de
Francia y acaparando el canal de Suez, tan sólo suscita protestas de fórmula y
obstáculos de aparato. Últimamente ha mandado
Inglaterra su embajador en Constantinopla, lord Dufferin, al Cairo, para
demostrar cómo se ha concluido el supremo imperio de los sultanes en el antiguo
dominio de los Faraones. El enviado pertenece a la estirpe de los
experimentados estadistas británicos. Gobernador de las Indias por mucho
tiempo, diplomático de Oriente ahora, en cargos tan importantes ha desplegado
facultades dobles, la habilidad y la energía, difíciles de juntar en una sola
personalidad y de constituir un solo temperamento. Al despedirse de la corte
donde representaba un poder tan grande y tenía una tan legítima influencia, en
guisa de los antiguos señores feudales, ha dejado como rehenes a sus dos hijos.
Cosa difícil para tal diplomático, volver por los rehenes, después que haya de
Turquía separado región tan hermosa y unídola por el vínculo de una indirecta
conquista con el Imperio. Mas nadie se mete con los hijos de naciones que representan la conquista.
Y
para ver cómo se agrava la británica sobre su Egipto, no hay sino seguir las
manifestaciones varias del Gabinete inglés. En vano la oposición ha querido
indagar lo porvenir y saber cuanto encerraba en las entrañas de sus ocultos
propósitos la política dominante. A todas las interrogaciones Gladstone ha
respondido con esos discursos largos y embrollados, los cuales, diciendo mucho,
aún dicen menos que la reserva y el silencio. Maestro en la palabra, nadie le
gana hoy allí a concretar las cuestiones o iluminarlas, si quiere darles
concreción y luz. Pero nadie tampoco, en queriendo embrollarlas, gánale a
confundirlas y oscurecerlas. Más fácil adivinar un enigma de los entallados por el
tiempo antiguo en los obeliscos y en las esfinges sobre la pasada suerte del
Egipto, que un discurso de Gladstone, confiado al aire de la Cámara, sobre la
suerte por venir de nación tan extraña y tan caída en manos de los ingleses. Lo
que sacamos de sus aseveraciones en limpio, es que las tropas de invasión
subían a treinta y dos mil hombres, mientras las de ocupación se han reducido a
unos doce mil escasos, los cuales quedarán allí por algún espacio de tiempo. ¿Y a cuánto este tiempo se alargaría? ¡Oh! Averígüelo
Vargas. Nada tan relativo como el tiempo, que nunca se detiene. Los que cuentan cien años
llaman jóvenes a los de cincuenta. Los siglos, comparados con la eternidad, son
mucho menos que las gotas comparadas con el mar o las arenillas comparadas con
el desierto. Puede -la ocupación prolongarse muchísimo si, como indican los
menores indicios, deben pagarla de su peculio los vencidos, rehacios en
aprontar tributos, y mucho más a los ingleses, quienes apenas perciben ni la
mitad siquiera de lo percibido en los tiempos anteriores a su reciente
dominación. El primer ministro ha comparado la
ocupación británica del Egipto en 1882 con la ocupación europea de Francia en
1815, y no sabemos qué ha querido con tal comparación, si exaltar a sus
africanos súbditos o dirigir maquiavélicas amenazas a sus contrariados vecinos
al verlos tan tenaces en demandar una parte del despojo, si hubieran tenido en
el combate parte. Hasta los periódicos ingleses más leídos resucitan el antiguo
aforismo socrático y dicen que sobre la ocupación egipcia sólo saben que no
saben nada.
Pero
sabemos, si bien confusamente, cómo allá en el Sudán, tierra donde las
corrientes del Nilo se pierden por completo entre los misterios que rodean sus
ignorados manantiales, acaba de levantarse una cruzada fanática y supersticiosa
contra los perros cristianos reunidos en el Cairo para devorar a los fieles
musulmanes y contra el cobarde y traicionero Emir del Egipto, que consiente con
calma la invasión y aún contento la obedece y acata. Jamás la idea nuestra, de
antiguo connaturalizada con las lentitudes propias de la civilización moderna,
podrá comprender cómo cuatro predicaciones al aire libre reúnen esas inmensas
moles movibles de pueblos en armas, que se trasladan de un punto a otro,
conducidas por la palabra de cualquier santón o por la gumía de cualquier
guerrero, a irrupciones fatales y ciegas, semejantes a los giros del huracán en
la soledad inmensa de los silenciosos arenales, tan áridos de vegetación como
fecundos en profecías y en plegarias. A nosotros los españoles no deben
decirnos qué sea eso, pues tenemos testimonios de todo ello grabados en nuestra
historia de la Edad Media, y guardamos huellas todavía de tales plagas en las
ruinas de nuestros santuarios y en las piedras de nuestros caminos. Un profeta
del Islam, Abadlah, suscita los caudillos almorávides, a quienes industriara en
sus dogmas y disciplinara con su látigo, lanzándolos, no sólo sobre las
heréticas ciudades de la fiel Andalucía, sino sobre nuestros propios reyes en
Zalaca, nefasto campo de terrible derrota; y otro profeta del Islam, Mahomed,
simple atizador de lámparas en una mezquita, engendra los almohades, quienes
allende y aquende nuestro estrecho se sobreponen a los almorávides y vencen
también a nuestros reyes en Alarcos, batalla que les hubiese abierto el camino
de Francia y demás pueblos europeos, a no interponerse nuestros padres, movidos
por su valor, y obligarles a morder el polvo en los sangrientos picos de las
Navas. Ya sabemos que todas estas irrupciones suelen adelantar y retroceder con
la celeridad de cualquier fenómeno natural; pero también sabemos que suelen
causar muchos daños, sobre todo si cuentan, como ahora, con la complicidad
universal del Egipto, aún confiado en que Alah, por intercesión de Mahoma, les
envíe cualquier mahedi encargado a un tiempo de su redención y de su venganza.
Es muy observada y atendida en el
asunto egipcio la suerte de Arabi, ayer en las cumbres del Gobierno y hoy en
las tristezas del cautiverio. La expectación pública, concentrada en esa gran
tragedia, suele aplicar el oído a las cerraduras del calabozo para escuchar y
saber cómo siente los rigores quien ayer tuvo las mercedes todas de la
tornadiza fortuna. Tamaños contrastes aumentan, así el interés general de los
espectadores, como el carácter trágico de los protagonistas en tan terribles
incidentes. Hasta hoy, Arabi sólo ha publicado una breve carta, bien distante del
oriental estilo por cierto, diciendo que corriera de suyo a las armas para
evitar la dominación extraña, mas convencido y penetrado por ulteriores
experiencias y revelaciones de que los ingleses no son tan malos como parecían
a primera vista, se rindió, cuando aún contaba 35.000 hombres de línea y probabilidades muchas de resistencia.
Después de decir esto, ya por todos sabido, cuentan las crónicas diarias que ha
sujetado a examen de sus jurisconsultos valedores varios ensueños, con los
cuales quiere palmariamente demostrar cómo en sus hechos le moviera un impulso
divino; caso tan propio del hijo natural de Oriente, que creeríais leer antigua
página sacra de cualquier libro litúrgico dictado en aquella extraña región de
las teocracias y de los dioses. Y añádense sucedidos que mueven a verdadera
lástima, levantando en los más indiferentes indeliberada indignación. Al pasar
de manos inglesas a manos egipcias y encerrarlo en los calabozos del Jetife,
aquellos cortesanos, tan complacientes y serviles en los días de su dominación,
trataron al general como a un perro. La
noche del 9 de Octubre habíase Arabi rendido al sueño, cuando a eso de las ocho
y media le despierta una grande algazara de voces varias encrespadas a la
puerta de su calabozo. Los goznes ruedan y los portones abren paso a diez o
doce soldados, que acompañan a un favorito del Jetife, llamado Ibrahim-Bajá,
quien de rabia demente, y olvidado del respeto debido a la desgracia, llama
cerdo al pobre Arabi, le insulta y escupe al rostro, le pone las manos encima,
golpeándole con tal furia y ensañamiento que imaginó el pobre cautivo llegada
la hora de su muerte. Francamente, Inglaterra está en el caso de intervenir
para evitar tamañas ofensas a un vencido. El infeliz dictador no se rindió a
sus rivales de la corte y del ejército nacional, sino a los soldados del pueblo
invasor y enemigo. Un grande respeto se le debe, por infeliz en sus empresas y
por prisionero de guerra. Y dejarle maltratar así equivale a complicidad con la
cruel barbarie africana o es impotencia para detener los caprichos del Jetife y
descargar sus increíbles rencores y sus injustificables venganzas. Para
destruir el efecto de tal proceder han apelado los humanitarios ingleses a una
condenación solemne de Arabi a muerte, indultándolo después y conduciéndolo a
la isla de Ceylán, donde vivirá muy bien, pues diz que allí fue confinado Adán
después de abandonar el paraíso.
No
hace mucho tiempo, a principios de otoño, pasó el príncipe Napoleón por Madrid.
Pocos le conocían entre nosotros, naturalmente, por no haber estado aquí desde
los días del 49 y por haber, a las injurias de los años, perdido aquella
olímpica fisonomía que tan completa semejanza le daba con Napoleón el Grande.
Pero uno de mis amigos, que personalmente le conociera en casa de Girardin el
año 48, acercósele, guiado por un sentimiento de hospitalidad al verlo solo, y
entabló con él una verdadera conversación política, recurso para departir tan
socorrido en todos los actos del comercio social, como los recursos que
procuran el tiempo y la estación. Está visto; las ideas cuya virtud penetra con
la educación primera en el cerebro, salen difícilmente, conservándose, como se
conservan el acento y los modismos de la infancia en toda nuestra vida. El
príncipe se mostró muy esperanzado de un retroceso nuevo a la monarquía, en
atención a las dificultades encontradas por la república. Y para este retroceso
descartó la persona del Conde de París, perdida completamente desde que visitó
al Conde de Chambord, concentrando en su familia y en su tradición
bonapartistas el simbolismo natural del único principio monárquico hacedero en
tiempos de revolución y en pueblo tan democrático e igualitario como Francia.
Un
émulo se le presentaba, en su sentir, algo temible, un émulo de regia familia,
el Duque de Aumale, quien desea constituir cierta magistratura semirepublicana
y semimonárquica, como la de Holanda, en cuya virtud puedan los Orleanes,
revolucionarios y Borbones al mismo tiempo, representar en fines del siglo
decimonono idéntico ministerio que el representado por los Oranges a fines del
siglo decimoséptimo. Pero los Orleanes sólo representan en Francia las clases
medias, y desde la revolución última impera el sufragio universal, para cuyas
muchedumbres será preferible siempre, puestas en el caso de optar, a un
Orleans, un Bonaparte.
Mecido
por tales ilusiones el príncipe Napoleón ha iniciado en estos últimos días una
nueva era de propaganda imperial. A pesar de los desdenes con que ha recibido
el público todos sus diarios, proyecta crear uno que al mismo tiempo salga en
las capitales de los ochenta departamentos de Francia. Llegado a la pubertad su
heredero, el príncipe Victor, lo ha conducido él mismo al regimiento, donde
debe iniciarse su educación militar, y allí ha dicho palabras bien expresivas
de sus fantásticos proyectos y de sus inútiles maquinaciones. Para Jerónimo
Bonaparte, para este Catilina de su dinastía, el bonapartismo no es tanto el
Imperio semicarlovingio con que sueña la derecha de su partido, como el
principio revolucionario en una dictadura organizada. ¡El principio
revolucionario! Tamaño error difundido por Thiers en sus historias, por Quinet
en sus discursos, por Beranger en sus canciones, por David en sus cuadros, nos
trajo la reacción imperial del año 51; reacción horrible, así para la humanidad
como para el progreso. Y ahora que las agitaciones socialistas vuelven, que los
desengaños anejos a toda realidad vienen, que se divide por necesidad el
partido republicano, que surge con sus inconvenientes el déficit, que baja el papel,
se quiere de nuevo matar la República, la forma inseparable de la democracia y
de la libertad, para hundirnos en los babilónicos proyectos de un Sardanápalo
de Comedia. No, mil veces no. La Revolución y el Imperio se contradicen, como
se contradicen el día y la noche, la verdad y el error, el bien y el mal,
puesto que la Revolución y su idealidad sublime, sean cualesquiera las
dificultades presentes, sólo puede con verdad encarnarse y sostenerse dentro de
la República.
Heme
alargado mucho más de lo que pensaba refutando sofisma tan peligroso como el
Imperio revolucionario, todavía divulgado en Francia, y sólo asimilable al
sofisma de la monarquía democrática, todavía divulgado en España. Cuando no se
puede vencer frente a frente la libertad y la democracia, se las falsifica y
adultera. El Imperio es la falsificación sistemática de una y otra. Y esta
falsificación sólo puede impedirse por un medio, por la más consumada prudencia
en los republicanos y en la República. Felizmente, comiénzase ya entre nuestros
vecinos de allende a ver claro y a medir el abismo a que nos arrastran palabras
tan destituidas de fijeza y concreción como la palabra reforma, en cuyo fondo
ponen unos los perfeccionamientos pedidos por todo aquello que se mueve y vive,
mientras ponen otros una revisión del Código fundamental y hasta un cambio
profundo y radicalísimo de toda la sociedad francesa. Los más cegados por el
dogmatismo positivista, los mayores jacobinos de pelo en pecho y dictadura en
puerta, reconocen ya la imposibilidad para la República de chocar con el clero,
con la magistratura y con el ejército, sin deshacerse en cien pedazos, como
nave rota contra formidables bajíos y arrastrada por los vientos a las
espirales de férrido y terrible oleaje. Desengañémonos: en pueblo donde la
propiedad está dividida como en Francia, el crédito público repartido entre
tantas manos, la igualdad política y civil arraigada en las costumbres e
instituciones, el sufragio reconocido en todos los ciudadanos, cualquier ideal
político llevado mucho más allá de semejante plausible realidad encierra
insondables abismos, por más que parezca luminoso, pues el abismo tanto está
para nosotros en los esplendores del cielo inaccesible como en las
profundidades y entrañas del triste y oscurísimo planeta.
En
los más exagerados se ha sentido la reacción más pronto: Clemençeau ha dicho,
entre un gran tumulto, que matan la República todos cuantos promueven el terror
social, generador de dictaduras e imperios. Maret ha clamado por una
conciliación estrecha en las huestes republicanas como único medio de burlar
las maquinaciones reaccionarias. Spuller ha confesado que la última ley sobre
la enseñanza laica y sus aplicaciones trae dificultades múltiples, las cuales
podrían subir en su funesta progresión, si la Iglesia y el Estado llegaran a
separarse, como pretenden los avanzados, hasta desencadenar una guerra civil en
cada familia. Ranc ha hecho mucho más: se ha opuesto con energía igual en
discurso vehementísimo al torpe licenciamiento del clero y a la elección de los
jueces por el pueblo. Andrieux, ejecutor de las órdenes que despojaban a las
escuelas de sus símbolos cristianos, se ha dolido de todo esto, y ha declarado
que la República no entraría en período completo de calma y en plena
estabilidad hasta que no restañase y cubriese las heridas abiertas con triste
impresión en la fe religiosa de Francia.
Sabía
yo de antiguo que tal despertamiento iba, tarde o temprano, a cumplirse por
necesidad. Cuando más embriagados estaban todos los demócratas franceses con su
obra de alteración religiosa y más ocupados en abrir la puerta de los sepulcros
llamados monasterios para echar almas solitarias a la calle, más gritaba yo
anunciando los peligros encerrados en tales aventuras y el estímulo y el
aliento y el vigor prestado a las pasiones demagógicas. Ha sido necesario que las cruces de
los caminos saltaran en pedazos por las campiñas de Borgoña; que los
encrespamientos socialistas crecieran amenazadores en las calles de Lyon; que
una especie de comunidad revolucionaria, otra especie de nihilismo ruso,
relampaguearan por los aires, para que los republicanos comprendieran todo el
temporal corrido por la República de cargar con todas esas pasiones y errores,
Bautistas de la reacción universal y gérmenes de dictaduras e imperios. Por eso, cuando el ministerio Duclerc, aunque oscuro y sin
autoridad, ha dicho en su programa último, ante las Cámaras, aludiendo a las
perturbaciones recientes, que tenla la resolución inquebrantable de resistir,
un aplauso fragoroso cubrió su voz, porque todo el mundo comprendió cómo en la
guerra con el desorden y el motín permanentes se halla la fuerza que ha de
acerar la República. Si el Gobierno señala con fijeza y seguridad el verdadero
límite a donde los progresos han de pararse y detenerse por ahora, logrará
reunir una mayoría y un verdadero Gobierno dispuesto a ejercer la indispensable
autoridad; y con verdadera mayoría en torno del Gobierno, sosiéganse todas las
pasiones y ábrese un camino de progreso verdaderamente seguro y pacífico hacia
los horizontes de lo porvenir, tan resplandecientes con el éter de las nuevas
ideas y tan propicios a toda verdadera democracia.
Los más cansados de las utopías de la
demagogia, de las amenazas revolucionarias, son los pueblos mismos; quienes
padecen, como nadie, ahora, en las perturbaciones continuas, tan ocasionadas al
descenso de sus salarios. Un hecho ha sucedido
en Bélgica, el cual demuestra esta observación hasta la evidencia. Cansada
Luisa Michel de pasear su fría tea de furia revolucionaria por los teatros de
París, concertóse con un empresario para extenderla y atizarla por Gante y por
Bruselas. Esta mujer, privada del carácter tierno y dulcísimo de su hermoso
sexo, gózase con verdadero gozo en contemplar los monumentos cayendo como las
cimas de los volcanes en erupción calcinados por las llamas voraces, que se
avivan al viento de las ideas revolucionarias; cual si la última fórmula de los
progresos humanos se hallara en el fin apocalíptico de la tierra y en el
suicidio de la humanidad entre los estremecimientos de un sacudimiento cósmico
y los horrores de un juicio universal. Para ella, Estados, templos, hogares,
deben saltar en pedazos a impulsos de la dinamita, y aplastar una generación,
quien todavía no ha emancipado su conciencia del yugo de la fe, ni su trabajo
de la tiranía del capital. En su furor se le ha ocurrido la huelga de las
mujeres para interrumpir así el hilo de la vida y suspender la generación de
tantos siervos como nacen a la esclavitud en esta Europa llena, cual aquella
Roma imperial antigua, de gemonias y ergástulas. Por los desbarajustes de su
inteligencia la infeliz no recordaba el pueblo donde iba con tal aquelarre de
peligrosos disparates. En Bélgica, no obstante sus libertades, las competencias
políticas se hallan empeñadas entre un partido liberal muy realista y un
partido religioso muy ultramontano. Nada, pero absolutamente nada en aquel
pueblo de nuestras competencias contemporáneas, donde late un respeto grande a
la conciencia libre, y un desvío más o menos vehemente, pero muy universal y
arraigado, al predominio teocrático. Idos a pueblos educados así con el colectivismo en la
propiedad, el amor sin freno en la familia sin ley, la religión pesimista de la
nada para sustituir al dulce Cristo en los altares y en los templos, el principio
de la anarquía social para reemplazar al Estado, que, además de representar la
seguridad, representa la patria, y encontraréis que todas las ideas y todos los
sentimientos se alzan contra tal cúmulo de incendiarios errores, y sin que ni
las autoridades ni las leyes puedan impedirlo, rompen por cualquier parte
violentos, y acallan a los apóstoles de la mentira en los arrebatos más líricos
de su demencia. Así, en cuanto ha surgido Luisa en las tablas, los silbidos la
han acompañado a todas partes, y tras los silbidos los golpes en tal número y
con tanta fuerza que ha tenido necesidad la policía de intervenir en su favor y
protegerla contra los odios de la misma pobre gente a quien deseaba en su furor
demagógico redimir y salvar. ¿Se convencerá la infeliz de que provoca en unos
violencias, en otros carcajadas, en muchos lástima y en todos odio?
No es tan cierto, como creen los rojos
franceses y como quieren los monárquicos europeos, que las ideas exageradas
tengan innumerables prosélitos en Francia. Casualmente
la República se mantiene allí por ser la forma de gobierno natural a toda
verdadera democracia; y la democracia progresa porque guarda para la marcha
progresiva compensadores múltiples de resistencia, los cuales dan por fortuna
en el mecanismo de la política bases inconmovibles a la conservación y a la
estabilidad. En
las poblaciones rurales, y en las mismas poblaciones fabriles, con sus virtudes
múltiples de trabajo y con sus saludables hábitos de ahorro, merced a la
extensión del goce de la propiedad, y a la repartición, a veces infinitesimal,
de los valores públicos, existe una calma profunda, contrastando con la
tempestad tonante desencadenada en las cabezas de los pensadores utópicos y de
los tribunos radicales. El empeño puesto por
Mr. Barodet en demostrar con prolijo informe sobre los programas electorales
últimos la progresión creciente de las tendencias avanzadas, ha demostrado lo
contrario. Su propuesta de información para dar en rostro a los elegidos con
las promesas de candidatos, debió desoirse porque llevaba en su seno el mandato
imperativo de los comicios y la derogación de toda libertad y de toda
independencia parlamentaria. Cada diputado, corepresentante de sus electores,
debe cumplir sus compromisos electorales, pero por móviles íntimos e internos,
de conciencia y de honra, mas no por ajenas imposiciones de coacción material y
moral contrarias a su pensamiento soberano o a su voluntad inviolable dentro
del fijo límite de sus atribuciones y de sus derechos. Pero cometido el error
de tal información, se han sacado de él consecuencias muy favorables a la
democracia francesa, madura ya en política, y apta por ende para gobernarse a
si propia sin la intervención de coronados y regios tutores, por completo
repulsivos a su razón e incompatibles con su tranquilidad. Más de quinientos
diputados tiene Francia. Pues de tal número sólo sesenta y cuatro han pedido la
supresión del presupuesto eclesiástico, y sólo ciento cuarenta y cinco la
supresión de una segunda Cámara. ¿No prueba esto que gobernando con verdadera
mesura el Gobierno francés, cumple con lo que pide la naturaleza de todo
Gobierno, y cumple también con la voluntad de los pueblos?
Y
no se diga que la República francesa encuentra contra sí las procelosas
agitaciones socialistas. Me tienen sin cuidado. Nadie las siente más y a nadie
alarman menos. Mientras los vientos venidos de arriba con resoluciones como la
malhadada prohibición de enseñar, y otras análogas, no susciten movimientos
desordenados, por la naturaleza íntima y la sustancia esencial de la sociedad
francesa, toda grave agitación socialista resulta de una imposibilidad
absoluta. ¡Cuán cómico y burlesco, por lo convencional y artificioso, el terror
que han mostrado los monárquicos a las condenables y absurdas violencias sucedidas
en el distrito de Monceaux-les-Mines, donde tanto predominan los trabajadores y
tan duras condiciones lleva consigo el trabajo! Si hubiéramos de creerlos, estas
zozobras acompañan |