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Capítulo IV
Los pretendientes al trono
francés y otras cuestiones europeas
Cuando Metz acababa de caer en manos de Alemania, llegado
a Madrid tras una grande ausencia en Tours, dije yo en la Cámara Constituyente
que no corría peligro alguno la República francesa, en la conciencia y en la
voluntad nacional asentada, siquier pasase por una crisis grave, a causa de
haberla condenado el destino a recoger la tristísima herencia de los errores
del Imperio. Pues digo ahora que la República no corre peligro en Francia hoy,
a pesar de pasar por otra crisis grave que ha traído el jacobinismo, presente
aún, como una mala madre, allá en el fondo de las ideas republicanas por fuerza
incontrastable de la tradición y de la costumbre. Sólo a un partido embargado por el recuerdo de la
Convención se le hubiera ocurrido temer a pretendiente de la índole del
príncipe Napoleón, y asustarse por cosa tan ridícula y baladí como la última
proclama bonapartista.
Su
primera pretensión, la que a todas horas exhiben los bonapartistas, es la
pretensión a representar el espíritu moderno, por haber sido una obra
esencialmente revolucionaria la obra de Napoleón. ¡Parece imposible! ¡Obra
revolucionaria la obra de Napoleón! ¡Cómo el interés o la superstición alcanzan
que los ojos se cierren a la clara luz de la historia! ¡Oh! La obra de Napoleón
fue la egolatría llevada a sangre y fuego por el mundo atónito. Sintiendo
hervir un genio en su frente, un genio que él mismo estimaba sobrenatural y
cuasi divino, intentó Napoleón que la tierra toda recibiese, como blanda cera,
la marca de ese genio. Tal obra, considerada bajo el aspecto personal,
considerada en el seno de la propia familia, podría ser una obra meritoria. Gracias a ella, aún se
llamaban reyes y príncipes los parientes del siniestro hombre de la fatalidad y
del destino. Pero, considerada desde el punto
de vista humano, esta obra era una obra proterva. Soldado de la República, bien
pronto se cansó de servir con gloria una institución y una idea. Los triunfos de Arcole y de
Marengo eran triunfos de la democracia. Él necesitaba triunfos personales que
sirvieran a su ambición y su orgullo. Para herir la fantasía de los pueblos
extrañóse al África, y al Asia, y a la tierra de las conquistas, y al Oriente
de las religiones, y a la cima de las Pirámides, y al pie del Sinaí, del Tabor,
y al desierto, donde sus batallas podían ser contadas por leyendas y su persona
entrar ya, por la trasfiguración milagrosa, en las celestes regiones de los
mitos. Vuelto de allí, y apenas llegado al centro de Europa y a la capital de
las revoluciones, asesina en tenebrosa conjuración la República. Una magistratura democrática no cuadra, no, a su genio. Un
magistrado constitucional parécele un cerdo cebón. Washington es demasiado
pequeño, ese hijo de los puritanos, ante el gran corso, discípulo de
Maquiavelo. Para que el mundo lo vea se alzará sobre el pedestal de un trono,
se ceñirá una corona asiática, se envolverá en purpúreo manto sembrado de
áureas abejas, tomará en una mano el cetro que degrada, en la otra mano la
espada que aniquila, y se llamará, por la fuerza y por la conquista, el árbitro
de Europa.
¡La
guerra! Siempre es horrible, siempre nefasta. Si algo puede excusarla, es la
defensa de una idea. Pero mirad el Volga y el Guadalquivir enrojecidos; Moscou
ardiendo y Cádiz bombardeada; desde Suecia hasta Lusitania, la matanza y el
incendio; un reguero de sangre, otro reguero de llamas; los mares cerrados al
comercio y las naciones abiertas a la invasión, todo por el orgullo de un solo
hombre, y decidme luego si ese hombre, levantado sobre montañas de huesos y
circuido de olas de lágrimas, merece o no la eterna inapelable maldición de la
conciencia humana en la historia.
Cuando
la revolución francesa, en sus comienzos, se vio asaltada por los tiranos, una
guerra de defensa era una guerra de justicia. Cuando sus enemigos la obligaron
a traspasar las fronteras, una guerra de propaganda era una guerra de humanidad
mantenida por el derecho. Esta guerra de propaganda no podía tener tal carácter
si no se libraba a dos capitalísimos fines: reintegrar los hombres en su
derecho y los pueblos en su nacionalidad. Pero ¿se propuso estos fines el gran
guerrero que azotó con sus conquistas los primeros días de nuestro siglo? En
vano busco en las cenizas de sus obras Polonia resucitada, Italia unida, Grecia
rehecha, el mapa de la democracia sustituido al mapa de la conquista. Napoleón
unió Venecia al Austria, y luego Holanda y una parte de Alemania, el Piamonte y
otra parte de Italia a su confuso Imperio. En vez de llamar los alemanes a la
libertad y a la patria, se contentó con darles reyes tan ridículos como su
hermano Jerónimo e instituciones tan detestables como la confederación
germánica puesta bajo sus ensangrentadas espuelas. ¡Ay! Los polacos le habían
dado su sangre, y él dio a los polacos el irrisorio ducado de Varsovia. Los
españoles habían ido con él hasta la derrota de Trafalgar, y él dio a los
españoles por todo premio las infamias de Bayona y la guerra de conquista. Los italianos habían sido
parte muy principal de sus huestes, y él jugó a los dados, como si la Península
fuera un gran tablero, con sus reinos, con sus provincias, con la autonomía de
sus ciudades, con las coronas de sus reyes, con las tiaras de sus papas.
Un día dos emperadores, el Emperador
de Francia y el Emperador de Rusia, levantado el uno sobre el cadáver de la
República, levantado sobre los cadáveres de cien pueblos el otro; henchidos
ambos de orgullo satánico, y ambos menospreciadores de las humanas vidas y de
los populares derechos, como si fueran dos genios del mal resueltos a oscurecer
el cielo con el incendio pegado por sus aleves manos a la tierra,
reconociéronse y saludáronse hermanos; describieron sobre el mapa una línea, la
línea del río Elba, a sus respectivos Imperios; tomó uno para sí todo
Occidente, y tomó otro para sí todo Oriente, a guisa de conquistadores romanos;
juntáronse en el intento de cerrar los puertos a Inglaterra, las costas al
cambio pacífico del trabajo y del comercio; dividieron y descoyuntaron los
dominios turcos, el archipiélago griego, el antiguo Egipto, para repartírselos
como prendas de su mutua amistad; juraron renovar en la India, con escuadras
francas y rusas, las épicas expediciones de Alejandro; y como los pueblos no
murmuraban, y como los reyes, convertidos en viles cortesanos, les servían de
rodillas, creyeron con la vertiginosa demencia contraída tarde o temprano como
enfermedad endémica en las alturas sociales, enfermedad producida por las
evaporaciones de la soberbia y del orgullo, creyeron que no había Europa, que
no había nacionalidades, que no había fronteras, que el mundo todo era un
predio y la humanidad toda un ganado de su incontrastable omnipotencia.
Y al poco tiempo iba el César de
Occidente, como furioso, como poseído, como uno de esos endemoniados descritos
en las leyendas monásticas; iba, a pesar de haber ya inmolado casi todos los
hombres válidos viejos y jóvenes de Francia en los sangrientos campos donde
blanqueaban montones de sus huesos; iba desde París a Moscou, en alas de
incomprensible demencia, a una expedición sin salida, a una conquista sin
resultado, a una guerra sin objeto y en la que nada alcanzó; después de haber
visto el suelo alzarse bajo sus pies como si lo sublevaran las generaciones en
su seno enterradas, y el aire enfriarse a su paso, cual si la muerte,
concentrada por la naturaleza vengadora en aquel punto, lo hubiera helado con
su glacial hálito; después de haber visto los hombres y los elementos
conjurarse a una en su contra, nada alcanzó, decía, sino volverse solo,
fugitivo, delirante, a recoger un Imperio yermo que se escapaba a su ambición,
sin acordarse de 300.000
cadáveres tendidos sobre la nieve por su infame soberbia.
¡Y
este hombre ha sido llamado el hombre de la revolución! ¡No, mil veces no! Ese
hombre es como Juliano en el Cristianismo; como Bonifacio VIII en el movimiento
civil de la Edad Media; como Carlos V en el movimiento religioso del siglo
decimosexto; como Felipe II ante Holanda e Inglaterra: no el grande
revolucionario, sino el grande reaccionario de la historia moderna. La Inquisición de España, que
él dice haber apagado, estaba ya extinta en la conciencia de los españoles. El feudalismo germánico, que él dice haber destruido,
estaba ya cuarteado en el suelo de la vieja Alemania. Las aristocracias de Génova y de
Suiza, que él dice haber suprimido, estaban ya consumidas, devoradas por el
aliento de la revolución francesa. Él no es
más, no puede ser más que el gran reaccionario de la historia moderna. La
revolución trajo la República, y él restauró la Monarquía. La revolución trajo
la libertad, y él amordazó la conciencia. La revolución trajo la igualdad, y él
resucitó la aristocracia. La revolución reveló el derecho, y él la conquista.
La revolución separó la Iglesia del Estado, y él reanudó los Concordatos. La
revolución iba hacia la concordia de los pueblos, y él hacia los imperios
carlovingios; la revolución hacia la fraternidad universal, y él hacia el
universal odio y la guerra. La revolución era la religión de la humanidad, y él
era la fuerza, la matanza, la conquista. Y ese gigante clópeo se alza; taladra
el pesado monolito puesto por la adulación sobre sus maldecidos huesos; rompe
el sueño de la muerte que en sus huecos ojos pesa; y convertido por la leyenda
en idea redentora y mesiánica, viene a matar nuevamente desde el fondo de la
eternidad, en la fría noche de Diciembre, como el árbol maldito del mal, las
nuevas instituciones, la libertad, la democracia, la República, para traer en
cambio los mismos males que antes, la guerra universal, la conquista
restaurada, el envilecimiento de una ilustre raza en la servidumbre y la fatal
desmembración de la ilustre Francia.
Apenas
se había un poco repuesto de la violenta emoción causada por los golpes
despiadados de la muerte, a los cuales sucumbieran estadistas como Gambetta y
generales como Chanzy, cuando sobreviene grande agitación, y de sus resultas
esa fiebre con apariencia de vida y corrosivos de tisis, a cuyos ardores pueden
acabarse las instituciones más arraigadas y consumirse las sociedades más
fuertes. Volvían las cosas a su ser y estado natural; a sus discusiones el
Parlamento; a sus trabajos el Ministerio; a su quietud la Presidencia, sin que
nadie pudiese, ni por asomo, sospechar la condensación de una tormenta; y
príncipe tan desacreditado hasta entre los suyos, tan disminuido en el concepto
universal, tan puesto fuera de toda competencia por el consentimiento universal
como el príncipe Jerónimo Bonaparte, desata los huracanes, enfurece a la
Cámara, desorganiza el Ministerio, y, provocando impremeditadas medidas de
proscripción contra las gentes de su rango, provoca una crisis en el Gobierno y
en el Congreso tan grave para la libertad como para la República y la Francia.
No
hace mucho tiempo que hablaba yo del príncipe Napoleón, diciéndoos cuantas
maquinaciones urdía en favor de una restauración imperial, pura y simplemente
imposible. Si abrierais vuestras colecciones y registrarais mis revistas,
veríais como hace tres meses anunciaba su propósito de publicar algo así como
un periódico, carta u hoja en todos los departamentos al mismo tiempo
sosteniendo haber fracasado la República y conjurando, por lo mismo, a los
pueblos para que la sustituyeran y reemplazaran con la monarquía cesarista y
revolucionaria. Estoy seguro de que una sonrisa incrédula se dibujaba en los
labios de todo lector sensato, dictada por el mandato de una conciencia lúcida
y por lúcida incapacitada en absoluto de comprender cómo pretendientes heridos
por el rayo del cielo y por los anatemas del espíritu pueden pensar en
restauraciones, las cuales, haciendo retroceder a una generación entera en su
natural crecimiento, al fin y a la postre acabarían por engendrar nuevas
revoluciones, de cuyo seno surgirían la democracia y la República. Se necesita
conocer el suelo de Europa y estudiar las múltiples raíces monárquicas en él
entrelazadas para sentir el vigor que tienen las esperanzas de restauración
alimentadas, sobre tantas ruinas colosales, por el jugo de tantos antiguos
recuerdos. No importan Waterloo y Sedan, el tratado de Versalles y el tratado
de Viena, la triple desmembración de Francia, para los pretendientes, que ven
cómo las exageraciones republicanas atemorizan a los pueblos europeos, y cómo
este pánico indeliberado e inconsciente trae una reacción monárquica en la cual
se atiende tan sólo a la salvación inmediata y no a lo que piden la salud y la
honra, como siempre que las generaciones de este siglo se hallan sorprendidas
por la pública peste de un general terror.
A
tal persuasión ¿qué había de resultar? Un acto demente, pero un acto grave. El
príncipe Napoleón embadurna las esquinas de París con atroz proclama, en la
cual veja la República y exalta el Imperio. Los madrugadores, los jornaleros
parisienses, leen todas aquellas sartas de lugares comunes, y alzan unos los
hombros y sueltan otros la risa. Valor se necesita para invocar el honor
nacional a nombre de una estirpe sobre cuya conciencia y cuya historia pesan
los horrores de Metz. Valor especialmente para
hablar de la política interior, cuando la política interior napoleónica redujo
el Estado francés, antiguo altar de los ideales democráticos, a una inmensa
ergástula de siervos desesperados. En sentir de todos cuantos conocen la
política a fondo y la juzgan con seso, tal audacia sólo merecía el desprecio.
Ya comenzaba el Príncipe a llevar su merecido. Los diarios que podían parecer
más adictos a su familia, recordábanle con triste unanimidad su oposición al
Imperio napoleónico, sus conspiraciones de pretendiente frustrado, sus arengas
demagógicas en los parlamentos imperiales, su enemiga irreconciliable a la
emperatriz Eugenia, sus ideas republicanas dichas a cada evento, sus votos
contra la política del diez y seis de Mayo dados en solemnísimas ocasiones, sus
complicidades morales con la persecución a las órdenes religiosas y su
comunidad de ideas con todos los heterodoxos, desautorizándole más aún de lo
que está hoy en la pública opinión, indignada contra sus veleidades y sus
arrebatos, los cuales tienen por igual todas las faltas así congénitas a la
revolución y al cesarismo. Pero hay una Cámara en Francia que carece por
completo de sentido, la Cámara popular. Y en la Cámara popular hay un partido
que no vive sino en la exaltación y en el fanatismo, tan contrarios a la
serenidad que pide la profesión del legislador y el culto religioso que
necesita el derecho; y este partido exaltado tomó pretexto de cosa tan liviana
como la arenga bonapartista, para proponer cosa tan grave como una ley
excepcional.
Aquel
célebre Floquet, cuya voz lanzó tantos vivas irreverentes al emperador
Alejandro II en su viaje último a París el año sesenta y siete; aquel Floquet,
conocido por sus ideas exageradamente municipales en la presidencia del
municipio parisién; aquel Floquet, en quien el entusiasmo nervioso, especie de neurosis
intelectual, impide la madura y constante reflexión política, presentó el
proyecto de destierro universal contra todos los príncipes franceses, por la
falta de uno solo; y la Cámara, en el aturdimiento propio de su complexión,
votó la urgencia, sin pararse a presentir y prever los resultados de tan
impremeditada resolución. Todo pudiera con facilidad evitarse, de haber allí
ministros persuadidos del deber moral en que todo Ministerio se halla de
dirigir las mayorías con firme voluntad y moverlas en su verdadera dirección,
pues abandonadas a sí mismas, toman las inciertas determinaciones propias de
todas las colectividades sin guía. Pero el Gobierno se sometió a la Cámara en
vez de refrenarla o dirigirla, y prendió al príncipe Napoleón, dando con tal
prisión colosales proporciones al baladí caso del manifiesto, lo mismo que
pábulo y alimento al voto inconsiderado de la mayoría.
Resultado.
La opinión, que se burlara del imbécil documento, comenzó a tomarlo en serio;
la prensa bonapartista, que maldijera sin piedad al Príncipe, no lo encontró
tan mal desde que vislumbrara en él aires de mártir; la emperatriz Eugenia, que
estaba retraída, fue de Londres, y la princesa Clotilde Napoleón, que estaba
como divorciada, pensó ir de Turín a París; y comenzaron fuerzas, que aparecían
fraccionadas antes, a reunirse de suyo en torno de un Manifiesto, el cual
hubiera caído a los pocos días en el olvido, como cayó, al aparecer, en el
desprecio. Pero hubo más; un sentimiento de justicia y equidad se sublevó
contra la idea de que los príncipes todos pagaran la falta de uno solo. Aunque
los errores del partido republicano francés han puesto maltrecha la República,
no tiene tanta debilidad que pueda temer las confabulaciones principescas.
Luego, los Orleanes pertenecen al ejército. Una reacción natural contra el
destierro que sostuviera tantos años el Imperio, y un decreto inspirado por el
espíritu de la Asamblea de Versalles, devolviéronles sus grados en el momento
mismo en que Francia estaba herida y el suelo nacional invadido y desmembrado.
Debióse mirar mucho el regreso a Francia de regios o imperiales príncipes,
cuyos nombres suponen ciertos privilegios de nacimiento y envuelven ciertas
amenazas a la República; pero una vez instalados en paz, corríase riesgo, y
gravísimo, de sublevar la opinión expulsándolos a todos por la falta o la
voluntariedad de uno solo. Así, las dificultades surgían por todas partes; y el
proyecto, aunque no tuviera tan señalado carácter de injusticia, tenía carácter
de inoportunidad. Pero el Ministerio, en vez de considerar esto, presentó a su
vez otro proyecto, a virtud del cual quedaba por completo en sus facultades,
algún tanto arbitrarias, el rayar o no a los príncipes de los cuadros del
ejército y el despedir o no a los príncipes de los dominios del Estado: término
medio henchido de dificultades inenarrables. Así es que todo el partido radical
se levantó en la izquierda, y todo el partido moderado en la derecha del
Parlamento; aquél por parecerle tal proyecto sobradamente conciliador, y éste por
parecerle tal proyecto sobradamente radical. Y los dos Ministros de Guerra y Marina
declararon que no podían continuar en sus puestos, si los príncipes de Orleans
eran dados de baja en el ejército. Y entre tantas perplejidades, el Ministerio
todo ha caído y el Presidente le ha aceptado una dimisión total, que viene a
reabrir las pavorosas crisis, a cuyo término se halla necesariamente un triste
y nuevo enflaquecimiento para el Estado democrático y para su antes fuerte y
compacto y pujante partido, una nueva y triste atonización. Teniendo que salir
por algún lado, el Presidente decidió en su angustia dar la jefatura del nuevo
Consejo de Ministros al Ministro de la Gobernación, M. Fallières, y monsieur
Fallières dio las carteras de Guerra y Marina, en su apuro, al primer diputado
civil que le cayera en gracia. Por fin lo
libertó de tal eventualidad, por lo que a Guerra se refería, el hallazgo de un
militar como el general Thibaudin.
¡Doloroso
espectáculo! Aún aquellos que más lo habían previsto, no pueden acostumbrarse a
él, ni someterse al conjunto de fatalidades que lo han traído. La deserción de los elementos
conservadores, empeñados en matar la República el diez y seis de Mayo, trajo la
supremacía del partido radical, empeñado en exagerar la República después de su
victoria. Ni los conservadores se habían penetrado de que fuera de la República
toda conservación era imposible, ni los radicales se habían penetrado de que
fuera de la conservación era imposible la República. Tomaron éstos en labios la
palabra reforma; y como tal palabra sólo contenía vaguedades, cayeron en la
incertidumbre, resultado propio de la vaguedad, pero resultado nefastísimo a
toda política. Constreñidos por su imprudencia
incurable a hacer mucho, muchísimo, cuando no tenían que hacer nada, sino
conservar la victoria, rompieron en guerra con la Iglesia y con las
asociaciones religiosas. En esta guerra, no solamente ofendieron un grande
instinto, al cual hay que atender mucho en los pueblos de educación católica,
sino que violaron sus propios principios: la libertad de enseñanza y el derecho
de asociación. Mas no era esto lo peor que tenía su conducta; lo peor que tenía
tal política era la consecuencia fatal de dar alas al elemento más pernicioso
para las Repúblicas, al elemento demagógico. En tan crítica situación vinieron
las elecciones; y el ministerio Ferry, que sólo podía presentarse a ellas con
el título de sus violencias, las dejó al arbitrio de los electores sin hacer lo
que hacen los grandes parlamentarios británicos; constreñir al cuerpo electoral
a que vote sobre un programa claro, y a que se decida entre la oposición y el
Gobierno. La
falta de propósito claro arriba, engendró abajo tales confusiones, que para
comprenderlas no hay sino estudiarlas en las salidas contradictorias de la
Cámara. Gambetta pudo remediarlo todo por su
autoridad propia nacida de su nativo ascendiente; pero Gambetta creyó
alcanzarlo variando el método de las elecciones, sin comprender que se
necesitaba cambiar el conjunto de la política. Se derrumbó Gambetta, y vino
Freycinet bajo los mejores auspicios; pero su indecisión debilitó el Estado sin
fortalecer la libertad.
Entonces
cayó Francia en la peor de las situaciones, en la más parecida por nuestro
infortunio a la situación del Directorio, en unas Cámaras sin norte ni
disciplina, encabezadas por un Gobierno sin política y sin autoridad. Y contra
este Gobierno todo lo han creído posible los demagogos, como se ha visto en las
terribles perturbaciones de Monceaux-les -Mines; y todo posible los pretendientes,
como se ha visto en las audaces proclamas del príncipe Napoleón. Y la Cámara,
sin norte, se ha despeñado por un abismo sin fondo; y el Gobierno, sin
política, ni ha sabido disciplinar las impaciencias de la Cámara ni contener y
destruir las maniobras de los pretendientes. ¡Ah! El partido republicano acaba
de dividirse y atomizarse; ¿por quién? ¿por qué? Parece imposible; por los
pretendientes. Conjurado contra sí mismo y caído en una demencia suicida, no
comprende cómo su loco proceder muestra debilidad en la República y fuerza en
la Monarquía. Entre
todas las cuestiones suscitadas por los radicales franceses, ninguna en que
hayan tenido tanta razón como en la cuestión de los príncipes. Sí, aquellos que
fueron reyes de un país libre, no pueden ser, no, en ese país por mucho tiempo
ciudadanos. Los Estuardos no lo han sido en
Inglaterra; los Borbones no lo han sido en Francia; los Módenas y los Estes no
lo han sido en Italia; los Hannovers no lo son en Prusia; ni D. Carlos y los
suyos en España. Pero el don de los políticos es la oportunidad; y la medida
contra los príncipes no podía ser más inoportuna y por consecuencia más
peligrosa, puesto que da muchas alas a quien más conviene cortárselas, al
partido demagógico. Y esta inoportunidad ha consumido ya un Ministerio y ha
abierto una nueva sima entre las dos Cámaras. Haga cuanto quiera M. Grevy, para
llegar hasta el término legal de su presidencia no tiene más remedio que
componer un gran Ministerio conservador, y con este gran Ministerio presentarse
resuelta y decididamente al juicio de los comicios, para que renazca la fórmula
de salvación única posible, la República conservadora.
Nada más difícil de comprender que la
dichosa cuestión de los Príncipes, tal como se discute y dilucida en las
Cámaras francesas. Problema esencialmente político, este problema no puede
resolverse a derechas, y en conciencia, sino después de un largo juicio
contradictorio sobre las circunstancias y de una grande apreciación de los
peligros. Si, como nosotros creemos y como nos ha confirmado todo el debate, la
República tiene tal fuerza en Francia que definitivamente ha concluido para
ella el periodo tempestuosísimo de las guerras civiles, toda medida de
ostracismo contra cualquier pretendiente y de excepción contra cualquier
partido, como falta de base que la sustente y de razón que la justifique y
abone, cae por el suelo indefectiblemente a impulsos de su propia pesadumbre,
sin alcanzar sino agitaciones convulsas y estremecimientos epilépticos, tan
dañosos a la salud general de las naciones como a la salud de los individuos,
que unas y otros han menester para vivir bien el dominio de la razón y de la
conciencia sobre sus pasiones irreflexivas y sobre sus ciegas fuerzas.
La verdad es que al tercer ensayo de
República democrática y liberal correspondía mayor madurez y juicio más sesudo
en los republicanos franceses. Así como nuestro ideal ha perdido en la
experiencia una parte de sus factores y componentes utópicos, nuestra conducta
en el gobierno ha debido perder, a su vez, una parte considerable de aquellas
irreflexivas impaciencias y de aquellos súbitos arrebatos que aquejan a los
apóstoles y a los mártires. Los golpes de Estado no han provenido jamás de
gentes destituidas de todo poder público y toda oficial autoridad. Lo mismo el
diez y ocho de Brumario que el dos de Diciembre, la República pereció a manos
de los constituidos por las leyes para defenderla y para salvarla. Si Napoleón I no hubiera tenido el mando absoluto de la
guarnición parisiense, al perpetrar su terrible hazaña, y Napoleón III no
hubiera tenido la jefatura del Estado, por el sufragio universal confiada
entonces a su lealtad, ni uno ni otro lograran más resultado que afear con un
motín pretorianesco nuevo los males de su patria. Príncipes destituidos de toda
posición oficial; confinados en sus castillos, guarniciones y academias; sin
asiento siquiera en las Cámaras y sin ninguna fuerza, ni burocrática, ni
política, ni militar; príncipes caídos y olvidados, no podían amedrentrar más
que a esta Cámara, herida por el pánico y desconocedora de que la República
sólo tiene un escollo en sus caminos, la exageración y la violencia de los
republicanos, a quienes pide con grandes instancias el cargo que tienen y el
oficio que cumplen una prudencia y una mesura y una calma, sin las cuales
perderíanse indefectiblemente, hasta los mayores estadistas, en demente y
maldecido suicidio.
Lo
cierto es que las dos Cámaras han llegado, por culpa del problema de los
Príncipes, a un disentimiento profundísimo, y que tal disentimiento profundísimo
puede traer, tarde o temprano, una irreparable catástrofe. La República
seguramente ha menester un Presidente, un Senado con facultades propias, una
Cámara popular emanada genuina y directamente del sufragio universal. Si alguna
de las tres ruedas falta, la máquina cae sin remedio en profundo abismo. Así es
que no cabe detenerse a considerar si la Cámara baja se ha mostrado en este
conflicto demasiado impetuosa y la Cámara alta demasiado intransigente; lo que
apena con amargo dolor a todos los corazones republicanos es la tristísima
consideración de que una disidencia irreconciliable ha surgido entre las dos
Cámaras, y llevado las cosas políticas a términos de suprema y triste angustia.
Recógense a manos llenas los síntomas alarmantes. El comercio parisiense,
protestando con firmeza de su adhesión irrevocable a la República, dirígese al
Presidente y clama por la estabilidad en bien de las transacciones mercantiles
y en provecho del trabajo y de la industria. Pero los radicales de la Cámara,
los oradores exaltados, como Camilo Pelletan y Madier de Montiaut, piden a voz
en cuello, no sólo medidas contra los Príncipes, sino represalias contra el
Senado. Mientras tanto, en el municipio de París, un regidor demagogo, a quien
acaban de apalear otros demagogos mayores por moderado, Mr. Joffrin, presenta
nada menos que una medida tendente a reivindicar para el municipio cierto
derecho indirecto de gracia, que debiera ejercerse hoy en pro de los condenados
por las últimas perturbaciones socialistas. ¡Ah! No hay que ocultarlo. Todos
estos hechos, coincidiendo con una constante agitación febril, traen a mal
traer el Gobierno republicano y lo arrastran por pendientes pavorosas. La
discusión del Senado apena por lo vehemente y apasionada. Mientras Challemel-Lacour,
el antiguo amigo de Gambetta, conmina, con el mal humor propio de su
temperamento, a los moderados para que voten de alguna manera la ley
excepcional, éstos, recluidos en su intransigencia, rechazan toda concesión que
no esté basada en principios universales de justicia y de derecho. Inútilmente
han amenazado los radicales a los conservadores de la Cámara alta; la decisión
de ésta, en último extremo, ha sido irrevocable, y el conflicto ha quedado en
toda su insana fuerza y en toda su triste verdad.
Una
política sin brújula debía dar diariamente un conflicto sin solución. Ya
estamos en él, y es necesario salir, a toda costa y a toda prisa, con honor y
sin detenerse para nada en lamentaciones pueriles. Hay dos políticas que seguir en
Francia: una de conservación y otra de movimiento. La política de conservación
es al par una política de libertad, y la política de movimiento es al par una
política de dictadura, siquier se tienda por tradiciones añejas a que tal
dictadura la personifique y ejerza una Convención soberana. La política de conservación verdadera, en cuyo seno se
halla implícitamente contenida la libertad completa, está representada por los
demócratas templados de uno y otro Cuerpo Legislativo; y la política de
movimiento, en cuyo seno se halla implícitamente contenido el autoritario
antiguo jacobinismo, se halla representada por los republicanos radicales e
intransigentes. No
he menester decir yo, y menos a mis lectores de siempre, cuál prefiero entre
las dos políticas. Pero no se trata ya en Francia,
dada la situación del Gobierno democrático, no se trata de calificar esta o la
otra política, sino con prontitud de optar por alguna. Sí, hay algo peor que todos los
errores, y es la incertidumbre; hay algo más triste y más nefasto aún que la
dictadura, y es la anarquía en la impotencia. Elija, pues, el presidente Grevy,
con la resolución propia de su responsabilidad, el camino que ha de tomar en
estas circunstancias gravísimas. Cualquiera
que tome ha de dar por necesidad en la disolución del Parlamento francés tal
como hoy está constituido. Ni la política de libertad ni la política de
autoridad tendrán mayoría en ese confuso Congreso de Diputados. Y podremos ir a
unas próximas elecciones, para preguntar a Francia qué piensa, quiere y siente
sobre la política mejor dentro de la República, institución fundamental fuera
ya de litigio y de combate. Sólo así podríamos salir del angustioso estado en que hoy nos hallamos
tristemente, sólo así podremos salir de la perplejidad y de la incertidumbre.
Hablemos
de la política europea. Un anuncio de la mayor importancia resuena hoy en el
mundo: la coronación próxima del Zar Alejandro. Amedrentado éste por las
confabulaciones nihilistas, habíase perdido en las selvas y apartado de las
ciudades, cual si toda sociedad le fuese molesta y abrumadora la imperial
diadema que acababa de arrojar a sus pies el destrozado cadáver de su padre. El
alejamiento y separación del mundo tenía tales caracteres, que las gentes
cavilosas imaginaban muerto al nuevo soberano, y presidida y gobernada Rusia
por una mera sombra desde los senos del Orco; Ahora la confianza de Alejandro
III renace, y la cita del solemne acto se promulga con resonante autoridad. No
menos que la suspensión de los ataques nihilistas, ha contribuido a esta calma
la suspensión de los conflictos internacionales. Cuando el malogrado general
Skobelef iba de ciudad en ciudad predicando la guerra eslava contra la colosal
Alemania, y el caído Ignatief concitaba todas las cóleras panslavistas en las
fronteras de Occidente, nada más difícil que una ceremonia de solemnidad y de
paz. Mas ahora que por el último viaje de Giers las discordias entre Rusia y
Austria se han apaciguado un poco y los conflictos orientales se han remitido a
más tarde, ahora la ostentosa corte de Rusia puede celebrar esa increíble
ceremonia, propia de los antiguos Imperios del Asia. En efecto, al llamar el
autócrata con aire imperioso para que vayan a reconocer su esclavitud en los
antiguos templos de Moscou, santuario de la tiranía y de la superstición, a las
innumerables naciones degolladas bajo su trono, les habla, como a sus idólatras
el ídolo y como a sus hatos el pastor, en la tristísima lengua de la más ciega
soberbia, lengua que parece, no para los humanos, para las bestias, como en
aquellos tiempos en que había castas sacerdotales arriba, y abajo miserables
parias. Desengáñese por completo el Zar, para seguir esa política cruel ha de
confinarse allá en los continentes de la esclavitud, pues mientras tenga
ciudades europeas bajo su manto, estas ciudades estallarán, hasta en cóleras
nihilistas, por alcanzar prontamente su indispensable libertad. El nihilismo, que aquí en las
libres tierras nuestras es una demencia, es entre las tierras esclavizadas una
imposición de la necesidad.
Otra
cuestión gravísima embarga hoy la inteligencia de la diplomacia europea, la
cuestión del Danubio. Río sobre cuyas riberas ejercen jurisdicción Baden,
Wutenbergh, Baviera, Austria, Hungría, Rumanía, Servia, Bulgaria, Rusia, lleva
en su seno todos los problemas orientales. Principalmente al acercarse al mar
Negro y convertirse por el caudal y la extensión de su curso en verdadero brazo
marítimo, se acrecientan las complicaciones y las dificultades, ya
innumerables. El Austria, en nombre de la universalidad de Alemania, se abroga
una especie de dominio eminente, que ofende a pueblos tan celosos de su
independencia como los principados ribereños; y Rusia, poseedora del brazo que
forma la desembocadura del Kilia, pretende sobre tal porción del inmenso curso
fluvial un poder absoluto. Colocada Rumanía entre las pretensiones de Rusia y
las pretensiones de Austria, inclínase por necesidad a las que le son menos
dañosas, unas veces a las de Rusia, para contrastar al Austria, y otras veces a
las de Austria, para contrastar a Rusia, puesto que si una le detenta de
antiguo la Transylvania, incorporada con el reino húngaro, acaba de arrancarle
recientemente la otra su Besarabia, definitivamente reunida por la violencia y
por la victoria con el Imperio moscovita. Viéndose disminuida Rumanía en la
conferencia de Londres, congregada para cumplir el tratado de Berlín último, en
sus relaciones con la navegación danubiana, se llama tristemente a engaño y
pide, no sólo voz consultiva, sino voto eficaz, para contrariar las ingerencias
de Austria. La política de nuestra Europa, de la Europa moderna, pide y
necesita el paso libre por las aguas fluviales, como el paso libre por las
aguas marinas. Cierto que toda la región alemana, para su desarrollo y para su
defensa, debe cuidar esa vía moviente, la cual abre a su actividad el comercio
con Asia, en general, y especialmente con Persia; pero hay muchos intereses
políticos, estratégicos, mercantiles, territoriales, empeñados en la extensa
línea del Danubio, para que pueda consentir Europa el predominio de ninguna
gran potencia, y mucho menos la facultad arbitraria de cerrar como muralla de
la China líneas tendidas por Dios para la libertad entera de las comunicaciones
y la relación estrecha entre los pueblos. La raza esclavona y la raza germánica
se disputan el predominio sobre las aguas del Danubio, pues que recaba la libre
circulación Europa.
Indudablemente, las cuestiones de
Italia guardan ciertas analogías con las cuestiones de España. Elegida una Cámara por un sufragio recientemente ampliado,
la democracia debía tener en ella representación mayor que en las Cámaras
anteriores. Y esta democracia por fuerza debía dividirse a su vez en dos
fracciones, de las cuales una permaneciera fiel y constante al verdadero ideal
democrático, a la doctrina republicana, y otra quisiera transacciones y
armonías con el principio monárquico, puesto que ha tenido Italia necesidad
imprescindible de apelar a él para fundar su independencia y unidad. El Dr. Bertani se halla hoy a
la cabeza de todos cuantos quieren la transacción y desean democratizar la
monarquía italiana sin quitarle sus atributos esenciales y sus caracteres
históricos. No entraremos nosotros a dilucidar
la oportunidad política de tal movimiento democrático; pero sí diremos algo
sobre la manía de sus fundamentos. Los que hayan adoptado el nombre de
demócratas deben saber que adoptan el principio de igualdad en derechos para
todos los hombres, con el principio de amovilidad y responsabilidad para todos
los poderes. Por consiguiente, democracia y herencia en el poder supremo,
democracia y privilegio hereditario en la pública y principal autoridad, digan
lo que quieran, tanto Bertani como los demás demócratas eclécticos, son dos
términos de todo punto inconciliables. Ya sabemos que las circunstancias
históricas por que hoy atraviesa Italia no pueden habilitarla de ningún modo al
cambio inmediato de la Monarquía por la República; pero esta situación
excepcional no puede autorizar un sofisma, ni mucho menos cubrir con su sombra
y justificar el error de los sofistas. Democracia quiere decir igualdad de
todos en la libertad natural, con aptitud de todos para los cargos públicos, y
como no hay medio alguno para separar nuestro cuerpo de nuestro espíritu sin
que provenga la muerte, no hay medio alguno de separar la democracia y la
República sin que provenga el privilegio.
Ya,
por fin, tenemos en Francia Ministerio. El autor del artículo séptimo contra la
enseñanza libre, que tanto funestara la política francesa, vuelve a tomar la
dirección de los negocios públicos en otra crisis difícil para las
instituciones democráticas. Acompáñale un general en guerra como Tibaudin y un
diplomático en Estado como Challemelle-Lacour. Ningún marino de profesión ha
querido recoger la cartera de Marina, y se le ha dado a un riquísimo armador.
Sea enhorabuena. Waldek-Rousseau, el orador fácil y pronto, desconocido hace
algunos años y empinado al pináculo por su amistad con Gambetta, quien
reconocía en él grandes calidades, muy semejantes a las suyas, toma la cartera
de Justicia, difícil hoy, cuando todos piden reformas para la magistratura y
nadie sabe ni cómo proponerlas ni cómo cumplirlas. Es lo cierto que recuerda
esta reciente administración los funerales de Alejandro, en que la < |