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Capítulo
V
Las agitaciones socialistas y el gobierno republicano en
Francia
Cerraríamos
los ojos al resplandor de la verdad si negásemos el gravísimo estado de la Francia
republicana. Relampaguea
en aquellos cielos asombrados por negras nubes una tormenta preñada de
innumerables calamidades. Agitación extrema en los ánimos, crisis fabril en los
talleres, deficiencia inesperada en el presupuesto, alardes alarmantes del
socialismo, ideas tumultuarias de los clubs, esperanzas facciosas de la
reacción monárquica, procesiones rayanas en motines, insultos y atentados a la
fuerza pública, saqueos de las tahonas, ataques a los coches, desórdenes allí
donde se necesita más que por ninguna otra parte la regularidad del orden, una
Cámara con propensiones convencionales, un Senado amedrentadísimo, una
presidencia indiferente, un municipio revolucionario, un Ministerio no bien
consolidado, los jornaleros exaltadísimos por esperanzas irrealizables, y los
pretendientes por errores increíbles, el problema constitucional traído
inoportunamente a impulsos del insensato radicalismo; todos estos terribles
aspectos varios de un mismo intenso mal profundo muestran que si la política
republicana y parlamentaria no toma pronto carácter conservador tan claro como
resuelto, se consumirán los franceses en constante anarquía, tras la cual
surgirá, como sucede siempre a los pueblos incapacitados de la moderación
indispensable al ejercicio del derecho, violenta y vergonzosa dictadura.
Dos errores gravísimos predominan
ahora en Francia, y de los dos dimanan cuantos males hoy deploramos y para lo
porvenir tememos. Es un error el carácter monárquico de los partidos
conservadores, y es otro error el carácter radical de los partidos
republicanos. Los conservadores franceses no comprenden que combatiendo la
República combaten la base única del orden social presente, y al combatir la
base única del orden social presente dan fuerzas a la revolución comunista y
callejera; mientras los republicanos franceses, a su vez, no comprenden que
violentando la República y conduciéndola más allá de los límites señalados en
el tiempo a nuestra generación, arrójanla en la utopía, y al arrojarla en la
utopía provocan y aún justifican la reacción monárquica, o, por lo menos, la
dictadura temporal.
Renuncien a toda ilusión las escuelas
monárquicas francesas y a toda esperanza. Las formas del gobierno jamás
obedecen a las arbitrariedades y caprichos de la casualidad; antes, como los
organismos en los planetas, resultan del estado biológico de las sociedades
humanas, y son como el continente necesario, y como el molde propio de la
sustancia social de su vívido espíritu. Han concluido las formas monárquicas
después de la revolución universal, en país tan adelantado y culto como
Francia, cual concluyeron los telégrafos ópticos después de impuestos los
telégrafos eléctricos por los adelantos naturales de la industria y del trabajo
en armonía siempre con los adelantos naturales del pensamiento y del saber. Una monarquía encontraríase frente a frente del estado
mental de las nuevas generaciones y en discordancia completa con la
trasformación profundísima que ha experimentado Francia en el mundo al
convertirse por su historia contemporánea y por sus radicales cambios opuestos
a la fe política secular, en órgano del espíritu moderno y verbo de la idea
democrática. Y encontrándose así, toda monarquía está condenada
irremisiblemente a vivir en plena guerra y a perecer por la revolución. De consiguiente,
no me parece amar mucho a su patria el francés deseoso de institución tan
opuesta por completo al espíritu de Francia y tan preñada de irreparables
catástrofes.
Sin
embargo, los pretendientes atizan el incendio en que habían de quedar consumidos
antes que nadie sus imprudentísimos partidarios; los periódicos realistas
provocan las manifestaciones tumultuarias, aguardando de los excesos del mal un
supremo remedio; y los oradores del Borbonismo y del bonapartismo en ambas
Cámaras trazan apocalípticas jornadas para ver si viene por algún punto del
cielo sobre los mares de cenizas y bajo las lluvias de pavesas entre los
desquiciamientos del Universo y la extinción de los astros, el libertador
armado con siniestro cometa por cetro parecido a guadaña y caballero con
cabalgadura cuyas crines destilen gotas de humana sangre.
¡Ah!
Si por traer la monarquía histórica, en cualquiera de sus manifestaciones
conocidas, los monárquicos franceses corren peligro de hacer zozobrar la
libertad, indispensable a todos como la luz o como el aire, y cambiarla por
pretorianesca dictadura, la cual sería vergüenza y ruina de Francia, los
republicanos franceses, a su vez, pecan gravemente contra su patria, y nuestra
Europa no comprendiendo cómo la República democrática representa de suyo la
conservación social y cómo dirigirla en proceloso rumbo hacia los falsos
ideales de la utopía, extremarla en sus procedimientos, someterla
sistemáticamente al socialismo, confundirla con todos los delirios, asestarla
como un arma de guerra contra la magistratura y el ejército, convertirla en
implacable y tenaz perseguidora del clero, equivale a servir la causa, no diré
de la monarquía, imposible de suyo, pero sí diré de la dictadura, tremendo
castigo propinado por la lógica inflexible de la Providencia necesariamente a
todas las extravagancias democráticas, lo mismo en los antiguos que en los
modernos tiempos, y lo mismo en las antiguas que en las modernas democracias.
Apenan y adoloran los últimos
acontecimientos. A consecuencia de la instabilidad en el Gobierno, la penuria
en el trabajo, y a consecuencia de la penuria en el trabajo, la inquietud en
los trabajadores. Sábenlo muy bien los reaccionarios del partido realista y los
exagerados del partido republicano; sábenlo a ciencia cierta y tratan de
aprovecharlo para perder los unos la república y los otros para exagerarla,
cómplices ambos mutuamente, sin voluntad ni conciencia, en sus sendas
desastrosas maniobras. Podrán defenderse de tal tacha indeleble los
conservadores demagógicos al uso, pero no podrán ocultar que mientras los
periódicos republicanos, en su mayor parte, disuadían a los trabajadores de
manifestaciones peligrosas, los periódicos realistas e imperiales, en su mayor
parte, movíanlos y empujábanlos a sabiendas y deliberadamente hacia el extravío
y la perdición, esperanzados de traer con jornadas de Junio dictaduras de
Diciembre, como si la historia humana se repitiera con esa monotonía y las
generaciones nuevas no escarmentaran alguna vez en cabeza de las generaciones
suicidas a quienes destruyeron o esclavizaron sus errores y sus excesos.
No creáis que mis ideas republicanas
me obligan a imputar los motines últimos a los diarios monárquicos. Conozco y
confieso que hay en las democracias, a las cuales yo pertenezco, en su extrema
izquierda sobre todo, harina bastante para componer y amasar un motín
formidable; pero la última levadura, no lo dudéis, ha sido procurada y
prevenida por la prensa reaccionaria. Yo he leído estas palabras en órgano de
reyes cesantes: «Unos cuantos empellones bastan para conseguir que los
jornaleros sin trabajo duerman esta noche calentitos en la mullida cama del
presidente monsieur Grevy o del yerno M. Willsson.» Lo cierto es que, anunciada con oportunidad la
manifestación, comenzaron a reunirse grupos de manifestantes al mediodía del
once de Marzo en la inmensa explanada de los Inválidos. El gran edificio de
Luis XIV, con su áurea rotonda, que semeja, por lo correcta y convencional,
cortesana peluca de Versalles, destacaba sus frías líneas, de un gusto
decadente, sobre sábanas de blanca nieve llovida en la glacial madrugada de día
tan triste como nefasto. La concurrencia engrosaba naturalmente a medida que
trascurría el tiempo y entraba la tarde; mas componíanla, no tanto trabajadores
sin trabajo, pocos en número, y aún humildes en actitud, como curiosos de todos
los matices políticos, muñidores de todos los clubs teatrales, pilluelos de
todos los antros parisienses, locos de esos para quienes la fiebre continua y
alta es el estado natural y permanente de las sociedades modernas, entregadas,
según ellos, a una revolución intensa y poseídas por un sibilino delirio.
Cuando ya montaba la suma un suficiente número para intentar algo, diéronse los
gritos de «Al Palacio Borbón y al Elíseo»; es decir, a la residencia del Poder
Legislativo y a la residencia del Poder Ejecutivo de Francia, no tanto para
requerirlos a tomar alguna medida o emprender alguna reforma, como para
desacatarlos ante la conciencia pública y perderlos en la opinión europea.
Mas
el Palacio de la Presidencia y el Palacio de la Cámara tienen a su entrada
fuerza militar, como auxilio necesario de sus respectivos poderes y seguro de
su autoridad. Y ante la fuerza pública de uno y otro punto cedieron los
amenazadores manifestantes, no sin haber desahogado su impotencia en gritos de
rabia y en amenazas de melodrama. Constreñidos a moverse dentro de dos filas de
armas trazadas con prudente antelación por la prefectura, y obligados a
circular sin detenerse por la consigna de los agentes de orden público, no
tuvieron medios de perturbar ni el sitio de la manifestación tumultuaria, ni el
trayecto entre la explanada de los Inválidos y el Palacio de las Cortes y entre
el Palacio de las Cortes y el Palacio de la Presidencia, muy cercanos, pues a
la simple vista se descubren desde cualquier ventana o balcón de los
alrededores el sitio donde se citaban y el sitio a donde se dirigían los ciegos
tumultuados. La policía hizo a derechas su oficio, cumplió con su deber
estricto, y así en los alrededores del Elíseo, como en los alrededores del
Congreso, redújose a nube de verano la imponente manifestación, relampagueo
continuo sin rayos y sin truenos, sin lluvia y sin granizo.
Allí
estaban la Luisa Michel y la Paulina Minke, desconociendo en sus febriles
mentes el estado de la sociedad moderna y en sus sublevadas personas la
delicadeza del sexo femenil. Paulina empuñaba nerviosamente homicida revólver,
y Luisa, sobre la escalera de un farolero, despedía las más absurdas proclamas,
con ánimo de incendiar a todo París, y sin más resultado que atraer sobre su
demente política y su dementada persona risas y burlas parisienses. Absurda,
tanto como la triste arqueología monárquica, la triste arqueología
revolucionaria. No hay Versalles poblados de reyes, ni Bastillas hinchadas de
lágrimas, ni tribunales del Santo Oficio para extinguir el pensamiento, ni
castillos en las alturas y siervos en los abismos sociales; por consiguiente,
no puede haber en la tribuna y en el Estado aquellos Titanes que convertían las
ideas en manojos de rayos para abrasar los viejos colosales poderes, ni en el
pueblo aquellas muchedumbres que agitaban las teas revolucionarias en sus manos
crispadas y traían los trágicos pero creadores días de la revolución universal.
Luisa Michel, evocando las calceteras de la guillotina, se coloca tan fuera de
sazón como la beata calcetera que busca los familiares del Santo Oficio.
Viendo
que los esfuerzos para penetrar en el Congreso y para ir del Congreso al Elíseo
no daban resultado alguno, las dos Pitonisas rojas, acompañadas por una parte
de la multitud en delirio y precedidas de banderas negras, entre cuyos pliegues
se veían sediciosas inscripciones, fuéronse por la orilla izquierda del Sena y
por las antiguas calles aristocráticas de San Germán al barrio de la
Universidad, en pos de la juventud que asiste a escuelas y liceos, propensa de
suyo a movimientos y aventuras. Pero allí, en la montaña de Santa Genoveva,
secular Aventino de las revoluciones del espíritu desde los tiempos genérisos
del revelador Abelardo, sólo una carcajada histérica de menosprecio contestó a
las profanaciones del progreso por las ridículas Euménides. Y no sabiendo éstas
qué hacer, para no malograr completamente aquel día, persiguieron a pedradas
los coches y entraron a saco en las tahonas, concluyendo y rematando tan
desdichadamente la tristísima parodia del noventa y tres, sólo comparable a la
parodia de Imperio representada por el príncipe Napoleón Jerónimo en sus
desatentados manifiestos y en sus increíbles proclamas. A tales desacatos no
había más remedio que oponer la fuerza, y a los impulsos de la fuerza en el
poder no había más remedio en los sublevados que apelar a la fuga prontamente,
y a la fuga tuvo que apelar Luisa Michel perseguida por la policía, ella, la
profetisa del nuevo mundo social; ella, la sucesora de los antiguos gracos;
ella, la Sibila del socialismo, como los deshechos calaveras o los delincuentes
vulgares, sin haber conseguido más triunfo en aquel paseo de airadas pasiones
que romper los cristales de algún vehículo, devorar el pan de algunas tahonas y
convencer a los más célebres alienistas de que necesita la infeliz una larga
cura para poner en sus goznes la desvencijada cabeza.
Después
de todo esto no es maravilla que haya completamente abortado la manifestación
del once de Marzo. Algunos miles de personas se reunieron ante la obra del Hôtel de Ville y en
el espacio conocido con el nombre de Plaza de la Grève. Todos estos sitios
gozaban de renombre por su temperatura tempestuosa, cuando nos hallábamos en el
período de las revoluciones, y el barrio de San Antonio era la residencia de
los trabajadores demócratas, soldados de la libertad, siempre dispuestos al
combate y al martirio. Los tiempos han
cambiado mucho y el sufragio ha sustituido al fusil. Por consiguiente, las
manifestaciones tumultuarias no pueden hallar espacio ni eco en el sitio donde
se alza el verdadero santuario de la democracia parisién y entre veteranos de
la libertad que saben cuánto cuesta fundar la República y con qué trabajo se
salva y se conserva. Empleó el Gobierno muchas fuerzas, expidió patrullas,
apostó retenes, sacó de sus alojamientos los guardias republicanos de
caballería, encerró la guarnición y supo aparejarla hasta para un combate; mas
todo se redujo a una grande reunión de curiosos y a un millar de manifestantes,
cansados los unos de ver y los otros de ser vistos, a las tres de la tarde,
hora en que todo París volvía de nuevo a su profunda calma.
Pero
apuntemos las coincidencias entre la desesperación de los monárquicos y la excesiva
esperanza de los radicales, para que se vea cómo son a un tiempo enemigos en
ideas políticas y cómplices del mismo crimen social y cooperadores en el mismo
desastroso trabajo. M. Cuneo de Ornano escribe proclamas dignas de Luisa
Michel, concitando al pueblo contra el Gobierno. El grito de «Al Palacio del
Congreso» salió en la manifestación penúltima del pecho de M. Chincholle,
redactor del Fígaro. La persona que más llamó la general atención por sus vociferaciones, y que
primero cayó en manos de la policía por sus violencias, fue un redactor del Gaulois,
antiguo secretario del príncipe Morny. Quien más impulsó las muchedumbres hacia
el Elíseo fue sin duda el publicista reaccionario M. Rivière. Y al mismo tiempo
el radical Joffrin presenta en el Municipio de París una proposición para que
armen al pueblo y desarmen al ejército los gobernantes; y el radical Clemenceau
habla de revisar la Constitución republicana, lo cual equivale a tener la
República en perdurable fiebre; y el radical Ives Guyot insulta con palabras
soeces al Gobierno; y el radical Clovis-Vigne dice que abofeteó a la Cámara el
Senado con sus muletas de inválido. Gran maquiavelismo en los monárquicos y
demencia suicida en los republicanos.
Mi amistad a Francia y mi amor a la
República me inspiran la más vehemente reprobación a todas estas agitaciones
gárrulas y estériles. Mas no se limitan al pueblo republicano; invaden todas
las naciones y estallan a una en la cima de los mayores imperios. El Zar de
Rusia remite su coronación, amedrentado por las conjuraciones nihilistas, dos
años después del ascenso al trono; el Emperador de Alemania dicta leyes de dura
excepción para contener con la fuerza del Estado a los mismos socialistas a
quienes alienta con sus doctrinas extrañas acerca del triste socialismo de la
cátedra; el Emperador de Austria sostiene improvisados y rápidos combates en
las calles de Viena para extinguir las manifestaciones de los trabajadores
encrespados; el Imperio británico, el primero y más poderoso y más formidable
del mundo, mira con horror cómo estallan las materias explosibles bajo los
grandes edificios de Londres y cómo los asesinos, después de haber inmolado al
ilustre Cavendish, que representaba la reconciliación y la paz, invaden los
jardines regios y atentan, hasta en aquel seguro de la majestad, a las
predilectas damas de la Reina. Entre nosotros mismos los crímenes usuales en
grandes regiones despobladas, las inquietudes prevenientes de las malas
cosechas últimas y de la depreciación de los vinos jerezanos, el descenso de
los salarios a consecuencia de mil concausas, la falta del cultivo en pequeño,
tan favorable al agricultor y al jornalero, todos estos males de una región
andaluza atribúyense, por el sentido común, a confabulaciones internacionales
la revolución social y a influjo de los anarquistas europeos.
Respecto a España, y más aún respecto
a Francia, creo que la triste agitación jamás pasará de la superficie ni
ahondará en la médula de nuestras dos sociedades. El estado de los pueblos
latinos, profundamente mejorado por la gran revolución económica, que ha
destruido las vinculaciones y que ha desamortizado las tierras en manos muertas
retenidas; tal estado hace que la utopía socialista se refugie allá en las
muchedumbres de las grandes ciudades, muy ataraceadas por la terrible carestía
de todos los objetos indispensable al consumo diario y en las regiones donde la
propiedad se acumula, por incidencias independientes de la voluntad del
legislador, en pocas manos, y las faenas jornaleras toman la triste angustia
que suelen tener en las forjas y en las minas.
Pero
no alcanza de ningún modo el movimiento socialista de los pueblos latinos la
inmensa gravedad que alcanza ese mismo fenómeno en los pueblos germanos,
sajones y moscovitas. Las raíces del feudalismo, aún a flor de tierra en
Alemania; la complicidad moral de las clases altas con los ensueños
apocalípticos de las clases bajas en Rusia; el carácter amayorazgado de la
propiedad en Inglaterra dan mayor pábulo al socialismo en todos estos pueblos
que aquí, entre nosotros, donde la división de las propiedades por la igualdad
de los hijos ante la herencia y por el gran movimiento económico individualista
tienden a nivelar con equidad las varias condiciones y a distribuir con
proporción y con medida la riqueza por todo el cuerpo social.
Así,
las últimas perturbaciones de París, la manifestación ruidosa y gárrula de los
Inválidos y la manifestación abortada del Hôtel de Ville, más bien provienen de
accidentes fortuitos y de la debilidad ministerial que de profundas y verdadera
corrientes. Al resolverse con decisión el Ministerio por la indispensable
resistencia, el orden ha entrado en su verdadera regularidad. Ha bastado que un
ministro, el de Justicia, conminara seriamente a los fiscales para que
persiguieran los delitos contra la seguridad pública; y otro ministro, el de la
Gobernación, recordara que no pueden celebrarse reuniones al aire libre, sino
en espacios cerrados y cubiertos; que otro ministro, el de la Guerra,
concentrase las guarniciones en la capital, para que todos los elementos,
salidos de madre, hayan repentinamente vuelto a su cauce, disipándose la
manifestación amenazadora en favor de la comunidad revolucionaria como una
engañosa pesadilla.
Más,
mucho más hoy embarga mi ánimo y lo apena el movimiento de revisión
constitucional, en hora nefasta iniciado por la extrema izquierda republicana,
sin comprender cómo quebranta las instituciones nuevas y mantiene una
innecesaria perturbación política. Muy pronto el partido republicano ahora
olvida que la República se ganó por un voto no más en la Asamblea Constituyente
de Versalles, y que la revisión significó por mucho tiempo una tendencia del
partido realista y otra tendencia, no menos pronunciada y fuerte, del partido
imperial contra la República. Los reaccionarios montaron una constitución
frágil, con ánimo de cambiar los poderes electivos por los poderes permanentes
y hacer de la nueva forma de gobierno una indefinida e indefinible interinidad.
No lo creeríamos si no lo viésemos; no creeríamos que republicanos de abolengo
cayeran a una en la red con tanto arte urdida por los monárquicos de convicción
bajo sus plantas. Cuando la escuela monárquica sostiene que nuestras instituciones son
débiles, nosotros debemos demostrar su solidez y su estabilidad. El ministerio
Freycinet, débil bajo otros conceptos, en éste de la revisión constitucional
tenía una gran fuerza y estaba en muy firme terreno, porque la resistía de
todas veras y la contrastaba con soberano esfuerzo. El ministerio Ferry, para conciliarse los amigos de
Gambetta, cuyo error consistió en una revisión relativa, también la invoca y la
sostiene, aunque parcial y concreta, y aplazada para dentro de dos o tres años.
Error, en mi sentir, también esta promesa increíble, aunque templada por el
aplazamiento. En
todos los pueblos libres las Constituciones alcanzan una respetable antigüedad.
Se pierde allá en la memoria humana el origen de la Constitución británica,
formada con ideas de todas las razas y fragmentos de todos los tiempos. La Constitución americana es muy vieja. Del año 48 data la
Constitución federal suiza, ligeramente reformada el año 74 en sentido
unitario. La Italia independiente, libre, una, cabe dentro del Estatuto de
Carlos Alberto. ¿Por qué no había de caber la República francesa dentro de la
Constitución de Versalles? Si el partido gobernante no lo comprende así,
condena a la República sin remedio a la instabilidad, y condenándola por
imprevisión a la instabilidad, fomenta las supersticiones monárquicas y trae la
reacción universal.
Muchos
republicanos de buena fe comienzan a comprender esta verdad evidente, y a tirar
hacia atrás en el camino de perdición que habían emprendido al borde oscuro,
del abismo donde abre su tenebrosa boca esa grande incógnita. Monsieur de
Clemençeau, en cuyo espíritu late, como en todos los espíritus de alguna
superioridad, la idea gubernamental, sigue más bien con aparato retórico que
con profunda convicción política, la idea de revisión, pero encerrándola en
tales misterios que parece, cosa tan clara y conspicua, un verdadero misterio.
Monsieur Anatolio de la Forge, carácter elevado y entero, aunque muy radical en
sus ideas, entiende que no puede llegarse hoy al radicalismo práctico; y
retrocede y se acoge a la estabilidad constitucional. Idéntico proceder sigue un
demócrata honrado y antiguo, M. Mairic, diputado de Narbona, quien dimite su
cargo porque es designado como revisionista en las últimas elecciones, y
alcanza todos los peligros de la revisión. Su amor a la patria y a la libertad
le ha mostrado que con esas amenazas de cambios indefinidos se corre a la
vaguedad política, y que con la vaguedad política se cae pronto en la
incertidumbre pública, y que de la incertidumbre pública se pasa más pronto aún
al malestar general. No ha nacido un hombre de su temple para mirar más a la
tribuna pública que a la propia conciencia, para seguir más al comité de los
electores que al conjunto de los franceses, para encerrar sus ideas en el
distrito casero y no en el pueblo todo, para destruir ministros y encontrarse
luego con que se han destruido ministerios, y con los ministerios todo
gobierno, y con todo gobierno la libertad, la democracia, la República, la
Francia; porque puestas las sociedades humanas en la terrible alternativa de
optar entre la dictadura y la anarquía, optan siempre por la dictadura.
Corregid, republicanos franceses, vuestras leyes paulatinamente dentro de la
Constitución, pues los periodos constituyentes sin necesidad equivalen a
periodos revolucionarios sin fuerza, y los periodos revolucionarios sin fuerza
material y sin fuerza creadora traen un desmayo y enflaquecimiento necesarios,
a cuyo término se halla la debilidad, que llama la dictadura y el cesarismo
para dormir en paz el sueño abrumador de la reacción.
Sí,
la revisión constitucional trae consigo toda suerte de riesgos dañosísimos sin
compensaciones de ninguna ventaja. Un suicida instinto de perdición tan sólo
puede aconsejar que, para combatir a todos los pretendientes, se resuciten y
evoquen todas las pretensiones. Aquéllos que suspiran por una especie de
Asamblea soberana, sin límites en su autoridad y sin contrapesos a su poder, no
saben cómo hay una concepción más avanzada todavía dentro de la democracia: el
plebiscito, y cómo dentro del plebiscito late por fuerza una amenaza terrible
¡ay! el Imperio. Así que pongáis en tela de juicio la Constitución vigente,
producto, como todas las obras duraderas, de transacciones entre lo pasado y lo
presente y entre lo presente y lo porvenir, vendrá por fuerza el debate
universal sobre lo divino y lo humano, con la triste atomización de las ideas y
la guerra feroz entre los ánimos. Vuestra obra de paz y de concordia se habrá venido a
tierra. Una discusión a muerte, de las que siembran irreconciliables odios
entre los individuos y las familias, traerá una de esas guerras espirituales,
si menos cruentas, más largas que las guerras civiles, a cuyo término tendréis
que someteros, como todos los pueblos divididos por pasiones implacables, al
silencio y sumisión del más exagerado despotismo. Y surgirá la pretensión
monárquica cual surgirán las demás pretensiones análogas. Y viviréis en
perpetuo aquelarre de ideas confusas, en sábado infernal de teorías políticas.
Y aquí surgirá la vieja sociedad, como una de esas horribles apariciones que
vomita el purgatorio sobre la campesina gente al toque de ánimas; y allí
vendrán de nuevo los doctrinarios, atribuyendo todos los males al sufragio
universal y demandando el regreso a las clases medias y el sacrificio de las
ideas democráticas, así para salvar un resto de libertad como para traer un
seguro a la paz; y más allá se levantará el Imperio, mezcla informe y absurda
de Carlo-Magno y Robespierre, proponiendo la dictadura perpetua para castigar a
los gárrulos parlamentarios y cumplir las promesas del redentor socialismo; y
más allá vendrán los comunistas de la cátedra ocurriendo con un Estado fuerte
al remedio de tantos males como trae la triste agitación y con un procedimiento
empírico a la cura de tantas llagas como abre la inquietud general en las
fuerzas del infeliz trabajador; y tras todas estas legiones anárquicas y
anarquizadoras, el cortejo de insensatos y dementes que hay allá en el hondo
seno de los abismos sociales, el nihilista con la fórmula de guerra implacable
a todo poder en los labios, y en las manos el siniestro rayo de la revolución
cosmopolita.
Y si, al fin y al cabo, los
republicanos estuvieran unidos, vaya en gracia. Pero ahí la división será más
terrible todavía, y el resultado de tantas controversias y disputas mucho más
infausto. Vendrá quien proponga la
fortificación del poder ejecutivo, lanzado hoy a la calle, como trasto viejo,
por la supremacía parlamentaria; quien arbitre una Constitución como la
Constitución americana y suspire por un federalismo como el federalismo
helvético; quién suprima el Senado por freno harto fuerte para el movimiento de
una República popular; y quien maldiga del Parlamento y de las Cámaras,
erigiendo sobre sus ruinas un remedo de Imperio con formas de República,
semejante al que idearon los sucesores primeros de César para dorar un poco la
ignominiosa esclavitud del pueblo.
No
puede, no, darse mayor desventura, para iniciar agitaciones morales, que la
triste agitación material, capaz de proponer a los pueblos cansados de fiebres
la celebración del triste aniversario de la Comunidad revolucionaria como una
verdadera fiesta nacional, cuando la Comunidad lo primero que combatía y que
negaba era la nación. El Gobierno ha tenido que ponerse firme sobre sus
estribos y que armarse del arma de la ley para contrastar tamaño atentado a la
conciencia nacional. En virtud de semejante decisión ha preso a los anarquistas
más tumultuarios y ha traído sobre París las guarniciones de los alrededores,
proponiéndose contrastar la fuerza desordenada de abajo con la fuerza
formidable de arriba. Y efectivamente ha pasado el l8 de Marzo, día del
aniversario tan temido, y no se ha experimentado en París agitación de ningún
género, por tantos aguardada. Los parisienses hanse ido al campo como suelen, y
las fiestas idílicas y las églogas han reemplazado a las esperadas explosiones
de vívido entusiasmo confundidas con explosiones de dinamita. El campo de
Marte, sitio extensísimo, donde se pierden, como en triste llanura de la
Mancha, los bordes del horizonte sensible por los inmensos espacios desiertos,
no ha visto aparecer ni siquiera un revolucionario. Los curiosos miraban desde
las alturas del Trocadero, y sólo descubrían los grandes edificios de París
envueltos en una especie de cenicienta niebla, parte por un rayo de sol mustio
esclarecidos, y parte asombrados por cenicientas nubes, aunque era el día de
los llamados allí hermosos.
Pero
si los anarquistas no han podido reunirse al aire libre y en público, hanse
desquitado bajo techo y en asambleas particulares o privadas. El barrio latino
ha celebrado el aniversario con bien poco entusiasmo. Algunos estudiantes
habían querido prestar homenaje al triste recuerdo, sin haber acertado a mover
con verdadero afecto ni a decir una palabra elocuente a su edad, tan propia
para el idealismo y tan ajena de suyo al desengaño. Nada de provecho;
disertaciones y más disertaciones, la mayor parte leídas y, por consiguiente,
untosas y olientes al aceite de la vigilia, y poco idóneas para despertar las
grandes pasiones, que despiertan con facilidad una palabra inflamada y un gesto
imponente. Luego no había en aquel conjunto de innovadores socialistas ninguna
unidad, y en cada discurso particular surgía una opinión individual, reñida con
las opiniones que antes o después de aquella se proferían y expresaban. Un
viejo comunista, individuo de la Comunidad revolucionaria en aquel tempestuoso
tiempo, expidió larga disertación sobre su historia, y actor e historiador a un
tiempo, no tuvo un acento siquiera que pudiese conmover a su auditorio. Hubiérase cualquiera creído en
la Trapa de los cartujos deshabituados del lenguaje y no en la capital
ateniense de los oradores ingeniosos, a no salir un tal Delorme con arrebatos
enfáticos y originalidades y extravagancias ridículas. El Imperio de los
Bonapartes había hecho de Francia una China, y la república de los burgueses ha
hecho de Francia una Suiza, decía; por consiguiente, los franceses resultan hoy
una mezcla muy curiosa de chinos y helvecios. Después de haber dicho esta gran
barbaridad, se levantó, en alas de su entusiasmo profético, a encarecer y
alabar los equinoccios. Y como algunos se explicaran este grandísimo entusiasmo
de un héroe de la igualdad por la igualación estacional de las noches con los
días, él ha dicho que no, que hacía tales encarecimientos por haber venido en
un equinoccio, en Setiembre, día 4, la República, y en otro equinoccio, en
Marzo, día 18, el socialismo. Y una carcajada general disolvió esta reunión
comunera, en la que brillaba más la llama de los ponches que la llama de los
pensamientos.
En otras salas han menudeado los
discursos incendiarios y las amenazas de forjar una sociedad nueva en el molde
hirviente de una revolución popular. Mas como quiera que faltasen los
principales jefes, presos por el Gobierno, y que Luisa Michel, perseguida, hubiera
desaparecido, no tuvieron animación los varios congresos anarquistas celebrados
a un tiempo en diversos puntos de París. A propósito, Luisa Michel ha
encontrado una discípula, quien deja muy atrás a su maestra en exageración y en
violencia. Celebrábase una reunión de radicales, y en la reunión de radicales
hablaba un regidor del Ayuntamiento parisién, tan avanzado como el demócrata
socialista Mr. Ives-Guyot. El socialismo de su
conciencia y el temperamento de su ánimo no fueron parte a impedir que conociera
cómo las manifestaciones varias al aire libre, ideadas en Paris, eran obra y
hechura de la reacción universal, decidida, por la cuenta que le tiene, a
desordenar la República, para ver si viene, sobre el oleaje de una grande
anarquía, el anhelado Imperio. Aún el orador no acababa de proferir esta justa
imputación de las maniobras anarquistas a los partidos reaccionarios, cuando
entró numerosa turba comunera y se dirigió a la tribuna, demostrando una vez
más, con sus violencias, cómo respeta el partido demagógico la libertad de la
palabra y la inviolabilidad del pensamiento. En pocos segundos Ives-Guyot se
vio asaltado por una inmensa muchedumbre que le profería en los oídos palabras
de muerte y le denostaba con homicidas insultos. Por un movimiento indeliberado
de natural defensa, echóse hacia atrás, y al echarse hacia atrás, los
energúmenos, poseídos del demonio de la ira, le cogieron a una con violencia y
le derribaron sin piedad en tierra. Una vez derribado, echáronse rabiosos,
todos en tropel, sobre su cuerpo. Uno le escupió y otro le pisoteó, y aún hubo
quien, asestándole una cuchillada tras de la oreja hizo brotar de su cuello
humeante sangre. Pues hoy los espectadores cuentan aún más, cuentan que la
discípula de Luisa, enardecida por aquel espectáculo, conminó a los comuneros a
quienes capitaneaba, con el aire de una Judith o de una Herodiades, para que
cercenaran la cabeza en redondo al cuerpo del Holofernes municipal, y le
permitieran a ella mostrarla en triunfo por calles y plazas, puesta en la punta
de una buena pica, cual pasaba frecuentemente allá en el tiempo épico de la
revolucionaria Convención.
Al
demonio no se le ocurre celebrar el aniversario de la Comunidad revolucionaria.
Todo cuanto desune al partido republicano francés debe relegarse al juicio de
la historia y evocar lo que une, ya salvado de los ultrajes del tiempo y ungido
por la conciencia universal. Cuantos proponen que las fechas nefastas del desorden y
del incendio pasen por estrellas fijas en los horizontes del espíritu y en los
anales de la historia, desconocen por completo la naturaleza humana, y olvidan
cómo en ella, tarde o temprano, se imponen los sentimientos y las ideas de
justicia. La fecha de la Comunidad es una
fecha horrible. Sólo un pueblo dementado por la fiebre revolucionaria puede
cometer un suicidio moral tan espantoso. La República vive y vivirá en Francia,
porque la República resulta, después de todo, allí, la combinación mejor entre
la estabilidad y el progreso como el mejor antídoto a la utopia y el más seguro
preservativo contra la demencia socialista. Que jamás olviden estas verdades los
republicanos franceses.
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